miércoles, 6 de octubre de 2010

Regresó, aunque muchos pensaran que no iba a hacerlo. Todos le buscaban cicatrices, heridas de guerra, pero no se las veían; tenía heridas, todavía, que palpitaban dolorosamente y le supuraban angustia, pero iban por dentro. Lo peor iba por dentro.

Se alegraron, lo cubrieron de vítores, de lágrimas, de alegría. Todo era felicidad porque, aunque hubieran muerto miles de personas, él había regresado. Estaba sano y salvo, y todo el mundo le felicitaba. Había vuelto al hogar entero, aparentemente, y todo apuntaba a que debía sentirse orgulloso por ello.

Estaba en casa. Lejos de las bombas, de los compañeros muertos, de la sangre ajena en su rostro y del dedo tembloroso apretando el gatillo. Debía sonreír, congratularse de su suerte. Ya no había gritos de puro temor y últimas respiraciones. Ya nadie imploraba ni ninguna piedra que caía helaba los corazones de aquel que aguardaba en silencio.

Estaba en casa... Pero sólo de día. Sólo cuando todo el mundo estaba despierto y, por descontado, él también. Por la noche volvían las heridas de bala en sus pesadillas. Cuando conseguía dormir, a su pesar, era consciente de que iba a estar condenado el resto de su vida. Por la noche volvía a la tierra entre las uñas, el miedo y la piel hecha jirones. Volvía, en un bucle infinito, al campo de batalla.

1 comentario:

Angelical dijo...

Hay heridas que no dejan cicatrices porque nunca sanan : las del alma.

Bonita entrada XDDD