miércoles, 15 de enero de 2014

Colinas.

- Te pasas el tiempo quejándote de una vida normal, y, cuando por fin eso cambia, rechazas lo que te está ocurriendo. Es curioso, ¿no?

Arturo contemplaba a su amigo Andrés con expresión seria. No supo muy bien cómo reaccionar, así que se limitó a poner su mano en la espalda de Andrés, y esperar a que siguiera hablando. Pero no volvieron a salir palabras de la boca de su amigo, quien se había quedado con la mirada perdida en un punto fijo, arrasado por el torrente de los recuerdos actuales, esos que ocurren en el momento preciso en que se piensan, y ante cuyo acoso nadie puede hacer nada. Sólo tragar saliva.

- Ya no puedes hacer nada, Andrés. No te machaques por eso...
- No es justo, ¿sabes? Quiero decir... ya sé que no debería lamentarme... que preguntarme si es justo o no, pero...

Entonces es cuando Andrés rompió a llorar. Sus hombros comenzaron a convulsionarse y Arturo lo notó en su abrazo. Los sollozos ahogados en seguida se conviertieron en un llanto desesperado que Arturo no sabía cómo parar. Andrés se tapó la cara con las manos, fuertes, a pesar de su aspecto trémulo.

- Pero, ¡no es justo! - continuó con la voz entrecortada colándose a través de las rendijas que dejaban sus dedos. - Somos gente buena, no hacemos daño a nadie, tenemos una vida normal, sencilla, y sin embargo...

Arturo intentó calmarlo pero fue inútil. Se inquietó ligeramente por si estaban armando escándalo pero al segundo decidió que no tenía importancia, que había cosas más importantes que una tranquilidad perturbada cuando en sus manos se estaba deshaciendo el corazón de un amigo y se sentía incapaz de remediarlo. La vida a veces dicta pruebas que pillan a uno desprevenido incluso cuando se tratan de algo tan cotidiano y tan real como la muerte.

A Arturo nunca le había gustado la muerte. Cuando tenía cinco años su abuela paterna había muerto de un infarto y después de que unos trescientos tíos lejanos le revolvieran los rizos morenos y casi socavaran su cráneo decidió que cualquier velatorio se parecía más al recuerdo de un circo que al de un ser querido. Sus padres no le dejaron ver el cadáver de su abuela pero años después sigue prefiriendo no verlos porque no quiere que la garra de la dama de negro distorsione el sonido de la risa de esa persona que él atesora en la memoria. Se sentía preparado para la muerte, para afrontarla. Sin embargo, para Arturo había algo peor que la muerte que estruja el alma: aquella que no destroza el alma propia, sino la de alguien cercano. Nunca sabía cómo manejar esas situaciones. ¿Cómo se podían poner palabras a algo tan visceral, tan básico, tan natural, contra lo que no se podía hacer absolutamente nada? ¿Qué sensatez cabía? ¿Qué consuelo? 

Por eso él siempre quería estar solo cuando algo así ocurría; para que nadie tuviera que encargarse absurdamente de él. Pero aquella mañana su teléfono había sonado y la voz helada de Andrés no le hizo dudar ni un minuto. Así que allí estaba. En un circo más, sin rizos morenos porque ya no llevaba el pelo largo, pero con la misma sensación de deshumanización que le había embargado cuando solamente tenía cinco años.

Andrés ya se había calmado un poco mientras Arturo rememoraba todo esto. Los dos amigos estaban sentados en un banco cercano a las puertas de cristal negro del velatorio. Era una inusualmente soleada mañana de diciembre, y en ese sol que apagaba un poco el frío del invierno Andrés quiso ver en vano una señal de aliento. ¿Cómo iba a continuar su vida normal así? ¿Cómo se sale adelante cuando pierdes la mitad de tus adentros? En los ojos azules de Arturo clavados en él con preocupación supo leer, a pesar del Valium, que sabía lo que estaba pensando.

Como guiadas por el hilo de los pensamientos de ambos, las puertas mortecinas del complejo se movieron y de ellas salió corriendo una figura menuda y nerviosa, de apenas un metro, que saltó sobre Andrés y clavó sus pequeñas garras en su espalda para que nadie pudiera llevárselo de ahí. Andrés rodeó su cuerpo con un brazo y con el otro se secó las lágrimas del rostro mientras Arturo se apresuraba a darle un pañuelo de papel.

- No te encontraba... No te encontraba y tenía miedo, papá. No me dejaban venir a buscarte.

Andrés lo abrazó con una fuerza mayor y en ese gesto encontró una fuerza bien conocida que lo ayudó a ponerse en pie. Le hizo un gesto a Arturo pero éste le dijo que entraría más tarde, que fueran ellos por delante. La expresión de los dos amigos se unió momentáneamente por una medio sonrisa y Andrés se alejó con su hijo. Se quedó unos minutos con la vista fija en el verde brillante de las colinas y no supo si la visión era esperanzadora o siniestra. Definitivamente ese no era su sitio. Arturo se frotaba las manos de manera mecánica para entrar en calor sin poder dejar de contemplar ese brillo casi fantasmal. Pero el frío estaba adentro, más adentro.

(...)

1 comentario:

Litlle Lena dijo...

Al principio pensé que eran dos amigos adolescentes... pero un hijo? Me sorprendió la sorpresa. Yo pasé por lo mismo que Andrés hace un par de años. Y creo que nunca encontraré respuesta... porque se van los mejores? Al igual que desde ese momento, no me gusta ir a los funerales, tanta gente desconocida a tu alrededor que lo único que te recuerdan es que ya no tienes al lado a alguien que te hacia realmente feliz... Y así de fácil se esfumó, porque la vida es corta, y más para los buenos. Así que a disfrutarrlaa! Te espero por mi blog, añadí nuevas secciones!

- sonríe eternamente -