jueves, 22 de enero de 2015

Fiebre.

Elena desayuna mientras yo me hago la comida. Me cuenta, con el semblante dolorido por la jaqueca, que ha tenido sueños extraños esta noche. También me dice que se encuentra peor; ella también está empezando a incubar este catarro que parece estar afectando a casi todos. Le digo que habrá tenido fiebre durante la noche, porque la febrilidad, por algún motivo que escapa a mi escaso conocimiento, provoca que los sueños sean peores y más intensos. Al menos en mí. Estas últimas noches a mí también me ha ocurrido.

Pienso si puedo culpar a la fiebre también de la parte de mis ojeras que responde a mi tristeza creciente, a esta sensación de desatino que hoy, anímicamente defectuosa, se me antoja devastadora. Pienso si puedo echarle la culpa de las lágrimas a la fiebre, si así sentiré algún tipo de consuelo o de apoyo quimérico que me reconforte.

Internamente, sonrío de manera amarga. Claro que puedo. Puedo culpar a la fiebre de todo lo que quiera. Lo que no puedo conseguir es que yo misma me crea esa desmoralizada justificación.

2 comentarios:

Nada más importa dijo...

Habrá que seguir buscando razones entonces.
Me gusto la mezcla de cuestiones que en fin, pueden desencadenar en una sola.

Beso!

Ruby T. dijo...

No te lo creas. Búscala, encuéntrala y acaba con ella :)