lunes, 26 de junio de 2017

"La violencia engendra violencia"

¿Cuántas veces voy a acabar la jornada pensando Bueno, no ha estado tan mal el día? ¿Y cuántas veces, después de eso, me voy a meter en una sala que va a reducir mi existencia a lo más insignificante?

Cómo puede uno conformarse teniendo delante a esos actores, que sudan y padecen, que gritan y se carcajean, que desgranan cada sílaba para formar palabras que forman frases que, a su vez, forman cuadros vivos de nuestra existencia. Cómo no me van a agitar sus palabras.

"Palabras, palabras, palabras", dirá Orestes.

Sí, palabras, le responderá su madre, las palabras y el cuerpo son lo único que tenemos.

Cuando he llegado a casa, ya de noche, sólo quería escribir. Y C., al ver que no quería conversar, me ha preguntado si estaba bien y le he dicho que tenía que darle vueltas al coco.

"¿Vueltas al coco por lo que pueda pasar este fin de semana?", me ha dicho.

Me ha costado entenderla. Porque la carne, las camas, los juegos terrenales me quedaban muy lejos cuando abría la puerta del portal con ansia, cenaba con ansia y pensaba con ansia. No, no pensaba en el fin de semana, sino en hoy, en el momento presente, en mi cuerpo y las palabras, en este ahora que me sacude, cada día más, pidiéndome que le ponga un nombre a cada historia.

viernes, 9 de junio de 2017

viernes, 19 de mayo de 2017

"¿A qué no sabes dónde he vuelto hoy?"

El amanecer nos había pillado en la carretera. Volvíamos de un fin de semana intenso de rodaje a 400 kilómetros de Madrid, y en apenas unas horas entrábamos a trabajar de nuevo. Intercambiábamos canciones mientras la oscuridad se iba manchando de rosas y azules, y fue cuando L. me habló de este disco, me contó la historia que narra y me puso esta canción, en la que nunca antes hasta ese día había reparado.


Vertical y transversal, 
 soy grito y soy cristal, 
 justo el punto medio, 
 el que tanto odiabas 
 cuando tú me provocabas aullar.

martes, 16 de mayo de 2017

La nota pegada en la puerta de la nevera.

Decía:

Yo ya no te puedo ayudar.
¿No lo recuerdas?

Y la veía cada vez que iba a calentarse la cena. Sin hambre ya.

sábado, 6 de mayo de 2017

El grito.

Si tú supieras
que quería gritarte que te quedaras
conmigo.

Pero no puedo. Me he encerrado en esta posición de enferma de lo racional porque así es mi escudo y no soy ni siquiera capaz de gritar a nadie que no sea yo misma (cuando nadie me escucha). Me gustaría gritarte, de verdad, avisarte de que voy a hacerlo, y hablarte de todos mis porqués, de mis sacudidas y de mis miedos.

Pero no es mi momento. O quizás sí, y prefiero pensar, razonar, que ya lo fue, y así me excuso, y sigo protegida, con un escudo que ya se resquebraja, mientras vuelvo a casa gritándo-me, hablándo-me. Como si tú estuvieras en algún lugar, escuchando, y mi grito tuviera algo de sentido.

miércoles, 3 de mayo de 2017

El despertar.

- No me puedo creer que esté sufriendo.

Lo dicen los nervios danzando en mi tripa y las agujitas de angustia que de vez en cuando acuden a mi pecho. También mi mente, que no para de pensar, y recordar, y de trazar conclusiones que hasta hoy tenían polvo.

Recuerdo la angustia como algo malo. Recuerdo esa emoción como el principio del fin, como la marca en el calendario que hizo que mi cabeza hiciera clic. Y, ahora, sin embargo...

Yo pensaba que la angustia siempre era algo malo.

Pero resulta que hoy. Ahora. Parece que estoy despertando.

El final y el principio.

- ¿Duermes esta noche conmigo? -le pregunto.
- Por supuesto. 

Hay algo en el amor que siempre me he sentido incapaz de comprender. Existe un punto en el que sólo he estado cuando me he enamorado y que ha disipado en parte mi cordura porque me he entregado por completo a ese sentimiento animal. Pero si algo he podido aprender de mis fracasos es a eliminar acepciones de mi definición personal de esta emoción, y ahora sé que en ella no tienen cabida palabras como celos, posesión, desconfianza o control. Cargo con mis historias pasadas a la espaldas pero no quiero que perjudiquen a nadie; quiero que me vertebren para que nadie a mi lado tenga que pasar por todo aquello negativo por lo que me hicieron pasar a mí. 

Miro a A. Es él, sé que es él, y tenerlo claro es como si entrara luz por una ventana que ha permanecido años tapiada.

martes, 2 de mayo de 2017

La valentía.

¿Y si a veces lo valiente consiste en justamente pararse y pensar si el camino que estamos llevando es el correcto?


Una voz me dice: 
"Déjate llevar" 
Otra voz me dice: 
"Mientras puedas escapa"
(JI)

martes, 25 de abril de 2017

La invasión.

¿Qué ocurre cuando uno se siente invadido?

¿Cuando no hay ganas de dar explicaciones, y cualquier gota de energía se resume en no querer dedicar ni una palabra a aquellas personas que no las van a valorar? ¿Cómo es posible que lleguemos a extremos en los que no nos expresamos porque sabemos que el miedo, y el egoísmo, y el egocentrismo, y la pereza de quien tenemos delante van a provocar que no se esfuerce en comprender ni una sílaba?

¿Y de verdad presumimos de lo que nos distingue del resto de los animales?

(Silencio.)

lunes, 24 de abril de 2017

El amor.

Si tuvieras que elegir, ¿podrías decir cuál ha sido la historia de amor que más te ha marcado? ¿Tienes una que te haya removido de tal manera que sabes que va a ser esa siempre?

Las palabras de S, siempre tan sabio, me hicieron reflexionar sobre lo extraños que pueden llegar a ser los recuerdos. Vuelvo muchísimo sobre ellos pero es que, en definitiva, mi materia y mi forma responden en parte a esas remembranzas ocultas, agazapadas en los recovecos de mi memoria. Pero sí, vuelvo a ellos y hoy es para decir que son extraños. Caprichosos. ¿Somos nosotros los que tenemos el poder de activarlos o hay alguna fuerza que no terminamos de lograr entender que los revuelve y los pone, otra vez, delante de nuestros ojos?

Yo creo que, si hemos tenido que vivir una gran historia de amor, ya la hemos vivido. Que ya hemos experimentado esa gran historia, dada nuestra edad y nuestra experiencia. Creo que al que no le ha ocurrido algo así todavía es porque ya no le va a ocurrir.

Son extraños, primero, porque pueden actuar de barrera o de puerta. No a la vez. Si acaso, primero una, y luego la otra. Nos conforman y nos hacen saber qué es lo que nos gusta, lo que queremos para nuestra vida, y, de una manera similar pero contraria, también provocan que en ocasiones salten todas nuestras alarmas. Es cuando no queremos que algo se repita. Entonces también actúan, levantando una tapia kilométrica ante estímulos externos.

¿Crees que hay una historia que nos marca de tal manera que, todo lo que vayamos a vivir después, va a ser a través de ellas? ¿Crees que a veces amar a alguien de una manera tan única nos condena a sobrevivir a base de réplicas menos intensas de esos sentimientos?

Soy una cabezona, y por eso a veces me rebelo ante las cosas que pienso y que no quiero pensar. Puedo pasar unos días concentrada en vaciar mi mente de todas esas imágenes, esos recuerdos, pero al cabo del tiempo me reprendo y me explico a mí misma, una vez más, que hay cosas que permanecen, y tengo que aprender a convivir con ellas en calma en lugar de gastar energías rechazándolas. Porque forman parte de mí, y se van a quedar conmigo, pues así lo decidieron mis pasos.

Yo sé que el día que me muera pensaré en ellos. Sé que ellos vendrán a mi cabeza por muchos años que hayan pasado.




sábado, 22 de abril de 2017

El simbolismo.

- A mí me parece una gilipollez. Lo de los candados.
- Ya, bueno... En ese momento parecía algo divertido.
- ¿Divertido?
- Sí, no sé. Memorable. Yo era feliz cuando lo pusimos. Me gusta pensar en eso.
- ¿Qué pretendíais?
- No lo sé. Hacer algo juntos, supongo. Demostrarnos algo.
- ¿Y para eso hay que poner un candado en un puente?
- Ya...
- Es una gilipollez sin sentido.
- ¿Tú crees?
- Bueno, algo de sentido tiene. Pero no romántico.
(...)
- Pues a mí los candados sólo me recuerdan a uno que tenía mi padre para cerrar la taquilla del garaje.
- ¿Por eso no te gustan?
- (Silencio)
- No tiene nada que ver con los barrotes del puente.
- Supongo que sí. Que por eso no me gustan.

miércoles, 19 de abril de 2017

Se acercan semanas llenas de kilómetros.

Tengo la tripa invadida por millones de danzantes que llevan días de fiesta usando como pista mi estómago.
Respiro y el pecho se me llena de un dulzor cálido.
Miro a mi derecha y a mi izquierda y me veo rodeada de días cada vez con más sol que me empujan a vivir el siguiente.
No desecho ni uno de los días de mi semana. Ni uno. Y eso me hace sentir muy satisfecha.
No odio los lunes.
No puedo hacerlo.
Para mí la única diferencia entre los días de la semana la marca mi oficina. Nada más. No soy capaz de lamentar ni uno de ellos, sea lunes o sábado.
Hacía tiempo.
Que.
No.
Me.
Sentía. Siento.
Tan viva.
Viva.

Las dos caras de la viveza siempre se reducen a que todo lo bueno se vive intensamente, y también lo malo.
Hay días más grises, ratos más mustios, minutos más largos.
Pero no importa.
Respiro y el pecho se me llena de vida.
Las carcajadas son reales.
Los pasos fuertes.
Estoy aquí. Ahora. En este preciso momento. Y me siento afortunada.
Y eso.
Justo eso.
Es lo que vertebra mi existencia.

domingo, 26 de marzo de 2017

"Nuestra venganza es ser felices"

Me coge de la mano y, al ver que me suelto bruscamente, me hace gestos para que lo siga igualmente. Lo hago, y acabamos en un laberinto de galerías lleno de vidrieras protectoras. Es como si fuera un museo.

- ¿Ves? -me dice-. Aquí está todo. Te lo enseño.

Y me conduce por cada pasillo ofreciéndome una breve descripción de cada estampa atrapada detrás de los cristales. Mira, me dice, allí fue donde te desplomaste y caíste de rodillas, ¿te acuerdas? Justo al lado está el banco donde firmamos nuestra sentencia de muerte y, un poquito más a la derecha, tenemos el interior de tu portal, cuando cogiste mi cara entre tus manos y me suplicaste que no siguiera diciendo que se había terminado.¿Ves? ¿Lo reconoces todo? Ah, y mira allí: están los trenes de cercanías y el edificio desconocido donde te dieron esos ataques de ansiedad. Los he tenido que reconstruir, porque, como no lo viví... En esta estantería de aquí, justo aquí en la esquina, están todos los insultos que te proferí. Los he separado en tres facciones: en la primera están las frases que te decía para que leyeras entre líneas, en la segunda están las palabras que te dije literalmente, casi nunca con tu carne y tu hueso presentes, y, por último, en la tercera, están todas las mentiras que les conté a mis amigos. ¿Has visto? Lo tengo todo perfectamente ordenado, para que no te pierdas si quieres venir a verlo.

Me freno en seco. ¿Qué es todo esto? Su intención es seguir adelante, pero yo no tengo ningún tipo de interés en continuar esta visita macabra. Así se lo digo, y él sonríe y agita la cabeza, diciéndome que no sea impaciente, que todavía queda lo mejor.

¿Lo mejor? Casi me arrastra cuando me conduce a la siguiente habitación.

¿Ves todo esto? Sé que esto te va a gustar más. ¿Te has fijado en la luz que he elegido? Es más cálida, ¿verdad? Sabía que te fijarías en estos detalles. Mira, mira: aquí están nuestros viajes. He construido un contador de kilómetros, y lo he puesto ahí, justo al lado de los tarros con la arena de todas las playas que visitamos. ¿Y eso? ¿Te gusta? Son los carteles de todas las películas que vimos. No, no es casualidad que estén todos al lado de la lista de nuestros restaurantes favoritos. ¿Te gusta? Ahí están todas las sábanas que nos arroparon y los colchones que soportaron el peso de nuestros cuerpos. ¡Ah! ¡Y mira, mira esto, por favor! Siento predilección por esta parte. Ven. Fíjate: son frases. Frases que te dije, frases que me dijiste. Algunas son de canciones, otras de tus textos, y otras de tantos momentos a dos milímetros de distancia... ¿Te gusta? Quería enseñártelo.

Está esperando a que yo diga algo, pero no se me ocurre nada que decir. No es un silencio sorprendido; es un silencio totalmente vacío. Sin embargo, tengo que hacerle una pregunta para que oiga su propia respuesta dicha en voz alta:

- ¿Por qué me enseñas todo esto?

Piensa unos segundos. Me mira y, al final, dice:

Eres la única persona del mundo a la que puedo enseñarle todo esto. ¿Tú no tienes nada que enseñarme?

No puedo evitar sonreír. Ladeo la cabeza y, con la vista fija en su figura, le digo que no, que hace mucho tiempo que no conservo nada y, que si tuviera unas habitaciones tan maravillosas como estas a mi disposición, las utilizaría para otra cosa muy diferente. ¿Nada?, me dice. Nada, le digo. ¿Qué sentido tendría? Pero, ¿y mis señales? Le digo que soy consciente de cada una de sus señales y llamadas de atención, y que no es casualidad mi ausencia de respuesta. "Deberías redireccionarlas a las personas que de verdad comparten tu presente", quiero decirle, pero la frase muere en mi garganta porque hace meses que dejé de hablar en esa segunda persona. Agacha la cabeza y no dice nada. Parece que le ha invadido una pequeña decepción. ¿O tristeza? No lo sé. No me importa especialmente.

Este sitio da escalofríos. Es como si fuera un mausoleo. Me doy la vuelta para marcharme. Conozco el camino de vuelta. Oigo su voz. ¿Adónde vas? No me vuelvo, pero le respondo:

- No lo sabes.

Esa respuesta queda ya fuera de sus galerías.

domingo, 19 de marzo de 2017

Entonces se difuminan los hilos, la carne, el tiempo, las costuras que otros rompieron y crearon a base de arañazos y cicatrices. Se mezclan las pieles y las voces, se empañan los cristales de cualquier recuerdo anterior y las paredes de la habitación se vuelven líquido, mar, tormenta, sifón, vapor.

Si pudiera pensar en algo que no fueran esos hilos, pensaría en si alguna vez somos más vulnerables que como lo somos cuando chocamos, desnudos, con alguien.

Atrápame, como si no tuviera heridas, que no las tengo, porque no las siento más allá de esta habitación entumecida, que arde, y me arde el pelo, y me tumbo y veo los muros naranjas que enmarcan tu silueta, que se mueve, se fuga, me vuelve y me habla, sin aliento, sin cuerda ni lamentos más allá de esta casa, que se viste diferente cuando tú estás desnudo, como si fuera nueva, y la acabáramos de estrenar, cada vez, cada pelea en la que acabamos conquistando el mismo terreno inhóspito, conocido, nuestro, infinito.

Si pudiera pensar en algo que no fueran tus hilos, pensaría en dónde estabas antes, hace tiempo, cuando no existíamos todavía porque no nos habíamos conocido.

Si no te conozco,
no he vivido
(...)
LC.

martes, 14 de marzo de 2017

lunes, 27 de febrero de 2017

Y yo.

Me dijo "Si muriera hoy, moriría feliz. ¿Tú morirías feliz?", y yo le dije que sí con esa voz de atontada que dice mentiras, la misma voz con la que hacía tiempo le dije "yo también" después de decirme que me quería, aunque yo a él no, pero sí había querido a otros muchos, y había deseado a otros muchos, también después de conocerlo a él. Le dije que sí todas las veces, le dije que yo también en todas las ocasiones, y él se dormía tranquilo, feliz de verdad, dispuesto a morirse en paz. Yo no lo entendía pero cerraba los ojos y acababa sumida en ese sueño tan extraño, tan eléctrico, que por aquel entonces todavía estaba empezando a conocer. Por eso, cuando dos días después de hacerme esa pregunta, el teléfono de la casa sonó y desde el contestador automático me notificaron su defunción, sólo pude pensar en si él habría sabido, al final del todo, que yo le había mentido todas las veces.

Me vestí de negro, esquivé las miradas y me planté en el cementerio. Asistí a mi primera ceremonia y esperé, esperé largos minutos a que algo se agitara en mi interior, a echarlo de menos, a lamentar haberle mentido a pesar de que mi deber era hacerlo feliz a cualquier precio. No pasó nada, salvo el tiempo. Cuando todos se habían ido me quedé allí, rebuscando entre todas esas piedras tan absurdas, y me senté en la hierba. Observé su color y sentí su levedad, como si de verdad pudiera apreciar todo eso, y el aroma a calma de aquel lugar me erizó la piel trayéndome los recuerdos agitados de todas esas noches en las esquinas de los bares, en las sábanas de otros, preguntándome, después de la extenuación, si de verdad había sido programada también para eso.

En teoría, él me encargó para hacerlo feliz. Yo lo hacía feliz, tanto que me decía una y otra vez que podía morirse ese mismo día. "¿Y yo?" era una pregunta que yo no conocía, que yo no podía hacer, pero sin embargo me asaltaba cada vez con más frecuencia, y desentrañarla me llevaba a los brazos de otros, de otras, que sí me encendían, me volteaban, me suplicaban que me quedara con ellos. "¿Y yo?", parecían preguntarme con los ojos, cuando les decía que pertenecía a otra persona, que mi sitio estaba con él. Y yo, afirmaba yo, en mi fuero interno, en esa cavidad que, en verdad, debía estar sólo llena de nada, y, por el contrario, cada vez se llenaba de más, de tantas cosas que, aunque no conseguía echarlo de menos, me estaba empezando a alegrar de que se hubiera marchado al fin.

jueves, 16 de febrero de 2017

74.462

¿Qué son 74.462 palabras si no construyen, si no remueven, si no hablan?

Me siento cansada si ellos están cansados, sufro con ellos y ahora, sentados en una sala de espera dolorosa de un hospital del norte, la desidia se me va con ellos, y me pregunto qué pasará cuando tenga que despedirlos, cuando me miren desde las páginas acribilladas a sílabas con esos ojos de "¿Ya está? ¿Esto es todo lo que vas a hacer con nosotros?"

No quiero olvidarme de lo real. Pero, ¿qué ocurre si lo real son ellos? Si me están construyendo por dentro, y no al revés; si cada vez que me hieren, o cada vez que hiero, huyo a ellos y les sigo dando forma. En qué punto de la creación asoma la nariz la ficción. ¿Cuándo dejo de ser yo para que sean sólo ellos? ¿Eso ocurre?

Mi gente a menudo me pregunta: "¿Sigues escribiendo?", y yo en mis adentros proceso las palabras de manera diferente, y me escucho responder:

"Sigo construyéndo(me), relacionándo(me), calmándome. Sigo viviendo."

sábado, 11 de febrero de 2017

Anyone alive?

¿Y qué te queda cuando empiezas a venderte a ti mismo?

So bring on the rebels
The ripples from pebbles
The painters, and poets, and plays

sábado, 4 de febrero de 2017

Mañana.

Lo malo del amor son las canas debajo de la piel. Despertarse una mañana de domingo, con la cama caliente pero el alma fría, y observar a esa persona, que todavía duerme y parece sonreír profundamente, mientras te preguntas:

"¿Cuándo sacrifiqué mis sueños para que tú pudieras cumplir los tuyos?"

viernes, 3 de febrero de 2017

Scout Finch.

- Scout -dijo Atticus-, cuando llegue el verano, tendrás que mantener la calma por cosas mucho peores... No es justo para ti y para Jem, lo sé, pero cuando lleguen los malos momentos... Bueno, lo único que puedo decir es que cuando Jem y tú seáis adultos, quizá recordéis todo esto con cierta clemencia y con la sensación de que no os defraudé. Este caso, el caso de Tom Robinson, apela a la misma conciencia del ser humano. Scout, no podría ir a la iglesia y adorar a Dios si no intentara ayudar a ese hombre.

- Atticus, debes de estar equivocado...

- ¿Cómo es eso?

- Bueno, casi todo el mundo parece pensar que tiene razón y que tú estás equivocado...

- Sin duda, tienen derecho a pensar eso, y tienen derecho a que respeten sus opiniones -dijo Atticus-. Pero para poder vivir con los demás primero tengo que vivir conmigo mismo. Lo único que la mayoría no rige es la propia conciencia.

(Harper Lee)

domingo, 29 de enero de 2017

Compañeras de vida.

Hay una magia especial en los domingos por la noche que consisten en estar en la cocina comiendo pizza con el pijama puesto. Con las risas colándose en los huecos entre las tazas de té y el humo sobre nuestras cabezas, asomadas a imágenes en movimiento de otros tiempos, cuando ya conocíamos esta fuerza conjunta que, lejos de agotarse, crece cada domingo. Sois tan básicas para mi día a día que sois hogar, savia, intensidad, calor y certeza.

Cuando todo se oscurece, llego a casa y os encuentro, y me llenáis de esa magia real y necesaria que me hace sentir afortunada de teneros.

martes, 24 de enero de 2017

Robert Kincaid.

No puedo evitar pensar si soy una especie de Robert Kincaid. Y no lo pienso porque esté destinada a seducir amas de casa que sienten que han sacrificado su vida por formar una familia a la que dedicarse. No me voy a poner tan dramática. Pero supongo que lo pienso porque vi algo de mí en ese reportero gráfico que ha dejado de escribir sólo para hacer fotografías y que se dedica a viajar de un lado a otro sin compañía.

"No esperaba compañía", le dirá a Francesca la primera vez que ella sube a su camioneta, limpiando a toda prisa todos los objetos y desperdicios que había ido depositando en el asiento del copiloto.

Hoy hablaba con unos amigos sobre pasar tiempo en soledad, para uno mismo, y ha vuelto a mí la imagen de este fotógrafo cuando he recordado la calma de viajar sola. Ese sabor diferente en los labios y ese color peculiar que adoptan los adoquines de las calles y las pieles de la gente cuando me muevo en silencio, me pierdo, pregunto, me escabullo y al final me siento a tomar un café en cualquier sitio que tenga una mesa libre.

Pero eso no significa que no necesite compañía, o que no me guste disfrutar de una buena conversación y compartir momentos íntimos con alguien. Sin embargo, desde hace un tiempo me vengo preguntando si no acabaré sola en la camioneta, si lo que acabará ocurriendo es que mi Francesca de turno nunca se subirá conmigo, sino que se quedará agarrando con fuerza la palanca de la puerta, tan destrozada como yo pero totalmente segura de que está haciendo lo correcto.

Robert Kincaid no deja de ser para Francesca un oasis de luz en mitad de una rutina autoimpuesta pero esencial para mantener la estructura vital que ha construido en el tiempo. Robert llega, rebosando experiencias, pasión e intensidad, y ella le deja entrar consciente de la fecha de caducidad de su historia. Si es justo para él no podemos saberlo del todo; la trama decide quedarse con Francesca y ver cómo la sombra de él se aleja patinando en la lluvia, como si así nos hiciera saber que está bien.

Cuanta más gente conozco y más tiempo pasa soy más consciente de que si bien parece que todos buscamos intensidad y aventuras, al final lo que nos acaba tirando es la rutina y la estabilidad. Porque a veces nos gusta lo que todo el mundo parece tener, y pensamos que el hecho de quejarnos constantemente de que no estamos haciendo todas esas cosas que siempre hemos querido hacer porque estamos ocupados con nuestras responsabilidades nos exime de aceptar que, en realidad, no buscábamos ninguna aventura. Que al final a todos nos gusta conocer a un Robert Kincaid, reírnos con él, contarle nuestros deseos e incluso arañarle la espalda desnuda en repetidas peleas de cama, pero en cuanto el subidón se disipa nos asusta esa persona tan entera e independiente. Buscamos que nos necesiten. Buscamos sentir que hacemos falta. Por eso Robert nos acaba asustando: ¿acaso una persona como él podría necesitar alguna vez a alguien tan pequeñito como yo?

Seguramente no, pensaremos.

Pero lo único seguro es que nos habremos alejado de un cambio fresco pero perturbador de nuestra rutina.

Por eso Robert acaba rodeando su retrovisor con el colgante de Francesca y se marcha hacia la derecha, en uno de los semáforos, probablamente, más penetrantes de la historia del cine.

"No vas a venir conmigo, ¿verdad?", le dice a pesar de que ella ha hecho las maletas. Lo ve, lo siente, de alguna manera lo sabía cuando ella le dijo que sí: se va a marchar solo, una vez más. Porque así es como funciona con él, y así es como, seguramente, sepa que vaya a funcionar siempre.

viernes, 20 de enero de 2017

Parece que últimamente todo tiene que ver con escribir, y no sólo para mí, sino también para los míos. En ocasiones, incluso, tengo que reiniciar cierto mecanismo mental porque estoy hablando con alguien que me está considerando una escritora y tienen que pasar bastantes frases hasta que me doy cuenta de que eso está ocurriendo de verdad.

Para mí escribir siempre ha sido un acto de libertad y autodeterminación. Y no es que me lo planteara así; ahora que han pasado tantos años he adquirido las palabras necesarias para expresarlo así, pero lo que vengo a decir es que escribía porque era más yo misma que nunca, y así ha sido desde que recuerdo. Desde que escribía cuentos con letra irregular y a lapicero en folios en sucio y los doblaba y grapaba para fantasear que eran un libro.

Sin embargo jamás me lo planteé como nada más. Simplemente era una parte de mí que alimentaba de vez en cuando, una extremidad más de mi cuerpo. Nadie aspira a vivir de su brazo o de su pierna, por lo general, ¿no? Pero en los últimos años algo ha cambiado, y parece que mi pasión por la expresión no sólo es visible para mí, sino que la consideran y la perciben todos aquellos que se molestan un mínimo en conocerme.

Mentiría si dijera que sé cómo sentirme. Son más preguntas que emociones las que me embargan, y la capitana siempre es la misma: ¿de verdad lo soy? A veces la acompañan otras como "¿debería sentir presión?", "¿esto va a perjudicar que escriba por pasión y no por obligación?".
"¿Soy lo suficientemente buena?".

No puedo perder mucho tiempo en las respuestas, porque son volátiles, van cambiando según mi estado de ánimo o mis circunstancias, y por eso las dejo que descansen a mi lado y les echo una mirada de reojo de vez en cuando. Pero si me tengo que centrar en algo es en las sensaciones y no puedo negar que, hasta el momento, crear historias es lo que me hace sentir más completa, contando con todo lo que me queda por aprender. Que esas historias lleguen a los demás es, sin ninguna duda, parte del motor que me mantiene activa.

Como cuando tenía unos siete u ocho años, y yo llevaba esos folios grapados a mi profesora de primaria. Entonces leía el cuento en voz alta, delante de mis compañeros, y yo sentía, muerta de vergüenza pero orgullosa, que el círculo se cerraba.

viernes, 13 de enero de 2017

A veces siempre.

Vivimos tan deprisa que
a veces
es necesario
parar,
respirar las motas de
realidad
como si fuera la primera vez,
notar
el pecho
hinchado
y comprender que estamos
aquí
por algo.
Siempre.