domingo, 22 de octubre de 2017

La felicidad.

Supongo que tiene que ser algo parecido a tú y yo, 
merendando un domingo, 
encima de la cama, 
viendo una serie
tan friki y tan vieja 
que ni siquiera voy a transcribir su nombre aquí.

"Me gusta que estés aquí".

lunes, 16 de octubre de 2017

(Tiempos raros)

Creo que tengo los ojos heridos. Aparentemente están sanos, lo sé, pero sin embargo mi mirada está dolida, ácida cada vez que se posa sobre alguien en el ir y venir infame de esta ciudad que tanto frío me da últimamente.

A veces me asusto. Sentir pena de sentir pena. Si me descuido, me encuentro acusándome a mí misma y gritándome que no tengo absolutamente nada que ofrecerle a nadie. Que no hago más que dar vueltas para fingir que no sigo atascada. Si me descuido allí estoy, por partida doble: estoy yo, sentada en un rincón, casi paralizada; y estoy yo también, de pie, desafiante, apuntándome con un dedo desde las alturas y con los ojos llenos de heridas.

Me asusta mimetizarme finalmente con el cemento, terminar de caer hacia abajo, seguir hundiéndome, de golpe, como llegando hasta un final que sé que no existe, pero que a veces me acecha, como hoy, cuando no tenía fuerzas ni para coger el metro y seguir con el trajín.

Y es que es cierto. Ese miedo. Esos pensamientos pastosos que me asaltan y me cubren por completo, asfalto líquido todavía, llenándome de manchas que sustituyen mi piel, que ya no brilla, porque me niego. Me niego y no quiero. Y, sin embargo, lo hago. Por qué. ¿Y si es verdad? Que no tengo nada que ofrecerle a nadie. A nadie. Se abre una grieta gigantesca ante mis pies y el tropiezo es tentador. ¿Con una tía así quién coño quiere estar?

Pero mi razón se sobrepone, sea como sea, y me repite que son unos minutos, unas horas, que no pasa nada, que a veces es normal. Y lo creo, con contundencia, pero mientras tanto mi piel sigue gris y mi pecho vacío, oscuro, esperando el momento de desbordarse, con lentitud, y tal vez llevarse esos arañazos de ira e insatisfacción que luzco en los ojos, por dentro, muy dentro, donde al final sólo puedo entrar yo.

Ojalá no hubiera escrito esta canción.

domingo, 15 de octubre de 2017

viernes, 13 de octubre de 2017

Préstame tu fuerza 
y haz que no me vuelva a caer 
Si ya te lo he pedido 
esta será la última vez

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Marzul.

No puedo ni fechar ni ubicar esta carta. Estoy en algún lugar debajo de la tierra, y contar los días del calendario es un privilegio que perdimos hace mucho. De hecho, ni siquiera sé si esta carta te llegará en algún momento. Dado lo que estamos viviendo, imagino que no.

Pero tenía que escribirte. Hoy me ha ocurrido algo que hace tiempo te habría contado antes que a nadie, y, de alguna manera, he sentido la necesidad de sentarme a escribirte, aunque sea rodeada de escombros y tristeza.

Ya no sé cuántas compañeras he visto ser asesinadas. Nos están masacrando, sin descanso, y yo salgo un día tras otro para encontrarme con lo mismo. Y las desaparecidas... No quiero ni imaginar qué amargo destino nos espera si nos atrapan vivas. Esto es terrible. No sé. Jamás pensé que me quedaría sin adjetivos para describir un horror como este. Pero, ¿cómo imaginar que algo así iba a ser posible?

Lo que peor llevo creo que es la falta de solidaridad y tolerancia. Veo traiciones en cada rincón de cada calle, zancadillas, puñaladas por la espalda... En ocasiones así, ¿cómo mantener la creencia de que todos hemos salido de los mismos vientres y nos han criado las mismas manos? No dejo de pensar que me bajaría de esta raza en marcha. Ahora mismo.

Pero hoy me ha ocurrido algo, como te he dicho. Una de esas cosas que merecen la pena tener en cuenta.

Cuando hemos vuelto, antes de que me llevaran al hospital he querido ir a ver a P. Sé lo mucho que sufre con todo esto, y lo perdida y confusa que se encuentra. No la culpo. Me ha recibido con las lágrimas en los ojos que luce siempre, y nada más verme me ha reprochado la nueva incursión. Nada sirve con ella; siempre tenemos la misma discusión.

A los segundos me ha abrazado, con fuerza, y he sentido su tripa hinchada entre nosotras, y en sus brazos, como si fuera la primera vez que lo supiera aunque los dos sabemos que no es así, he sentido de verdad que no había patrias ni banderas, y que las fronteras sólo las marcaban ellas. Mi hija, mi futura nieta y todas las que aquí habitamos. He comprendido que ese momento podía lavar toda la sangre seca de mis ropas. Ese momento, P. y estas cuatro paredes con las que intentamos construir un nuevo hogar a pesar de todas las pérdidas humanas.

¿Sabes qué? Nunca he tenido tanto miedo a la muerte como en ese instante. Me he sentido tan aterrada que no he podido moverme, así, como estaba, entre los brazos de mi hija.

Y, justo entonces, como apoyando nuestros calores, la pequeña ha dado su primera patada. P. ha dado un respingo y ha roto a llorar, mientras me apretaba fuerte la mano y las dos juntas buscábamos de nuevo ese signo de nueva vida.

Esa patada me ha parecido el gesto más revolucionario que he vivido en los últimos meses.

He comprendido que mi patria son ellas, y que eso sí que se extraña.

No me tiembla el pulso cuando escribo, letra a letra, que hoy ha sido mi último día en la Superficie.

A pesar de todo, albergo la esperanza de que volveremos a vernos algún día.

M.

martes, 19 de septiembre de 2017

Sí.

La Navaja de Ockham es un principio que, a grandes rasgos, estipula que la explicación más simple y suficiente suele ser la más probable. Cuando me pierdo en razonamientos que se ramifican, a menudo acudo a esta afirmación, una guía más que una regla, y me obligo a desandar un trecho para pensar de la manera más sencilla posible.

También cuando siento que estoy perdiendo la visión entre tantas brumas que yo misma provoco y que casi siempre vienen acompañadas de jaqueca. Así que, de nuevo, allá voy, a lo más simple:

A la pregunta de si quiero estar contigo, respondo sí.

Y eso me es suficiente para respirar hondo un par de veces y pensar que, pase lo que pase, estoy en la dirección correcta, la que me conduce a ti y a los días contigo. Y así, cuando voy desenmarañando los miedos, soy capaz de sonreír cuando te recuerdo tosiendo por un pendiente rebelde o me calmo casi inconscientemente al despertarme en mitad de la noche para buscar a tientas tu sudadera y volverme a dormir abrazada a ella.

No diré que no soy perfecta, porque la afirmación va mucho más allá: soy muy, muy torpe. Soy torpe y me han hecho daño, como a casi todos en este planeta, y si me quitaran la palabra escrita mi capacidad de expresión se vería reducida considerablemente. Quiero escribirte porque todavía la tengo, la palabra, y porque para mí es la manera de mostrar por qué y por quién y quiénes laten los ritmos en mis venas.

Puede que esté perdida pero sí sé que necesito notar tu frente junto a la mía, y que me divierto cada vez que buscándote cerca choco con tus gafas y quiero atravesarlas para poder zambullirme dentro de tus ojos calmos, pacientes, que saben mirarme para hacerme saber que nada tiene que salir mal. Que nada tiene por qué volver a salir mal.

Voy a repetirlo, que no viene mal, y así me duermo con estas palabras sobrevolando mi consciencia:

A la pregunta de si quiero estar contigo, respondo sí. Sin dudarlo ni una milésima de segundo.

lunes, 18 de septiembre de 2017

La tristeza.

Lo que ocurre con el feminismo y algunos seres queridos es como una historia de desgaste. Al final las risas y la mofa constante de amigos y familiares derivan en una desgana selectiva; esa, esa persona que en una cena con amigos vuelve a reírse a gritos de que sea feminista a pesar de que en privado me respete o finja hacerlo, esa, justo esa persona, acaba fuera de mi círculo más íntimo.

Y para mí se trata de una pérdida. Y toda pérdida, máxime si tiene que ver con la gente a la que quiero, duele.

Pero se trata de preservar mi salud mental. No entiendo, a veces no entiendo. No entiendo por qué un hombre considera tan ofensiva la reivindicación feminista cuando respeta otras como la racial o la homosexual. En fin, quiero decir... Sí lo entiendo, pero no quiero aceptar que personas a las que quiero y respeto cumplen esos motivos porque, de nuevo, me resulta decepcionante.

No obstante, como casi todo en la vida, se trata de sobrevivir, y yo no me considero defensora de la igualdad para aleccionar a aquellos que, aunque me quieren, no se paran a pensar si me están haciendo daño o no con su inseguridad disfrazada de bravuconería. Hay un error generalizado que consiste en creer que nos declaramos feministas para educaros.

De mis seres queridos, espero comprensión y, al menos, una oreja abierta para escuchar mis motivos. Pero si eso no ocurre, de manera sistemática, acabo apartando a esa persona de una parte esencial de mí, y me pierde, nos perdemos, pero es que no conozco otra manera de sentirme a salvo y de mitigar el malestar que cuando esto ocurre surge en medio del pecho, justo encima de la boca del estómago. Creo que es allí donde habita la tristeza más honda. 

jueves, 14 de septiembre de 2017

Las secuelas.

Ojalá las batallas terminaran con las últimas estocadas y las expiraciones más tardías. Pero por desgracia la sangre y la tierra dejan ríos y huellas difíciles de borrar, que pueblan sin remedio todos los paisajes de mi mente. Apenas recuerdo los tiempos en los que me miraba las palmas de las manos y no veía cicatrices.

Hace mucho tiempo que dejé mis primeros paisajes atrás. Ahora entiendo que la falta de experiencia contribuyó a que tuviera tantísimo frío, y a que abandonara todos los campamentos sin borrar mis huellas ni apagar ninguna hoguera. Ya no me estremezco si me topo con ellos; supongo que esa siempre es la señal de que uno ha salido adelante.

Y esa mansión polvorienta, con toneladas de promesas amontonadas en el desván... Recuerdo el momento en el que de verdad eché la llave y la arrojé lejos. Me hizo falta habitar en otro piso para darme cuenta de que estaba preparada para abandonar esos pasillos que ya parecían un mausoleo. No echo de menos esa casa y esos jardines. Soy incapaz de añorarla. La chimenea estaba siempre encendida, las estanterías llenas de libros, la cama a punto para deshacer las sábanas entre dos... Pero no podía salir. No podía ir más allá de los límites de esa propiedad. Olvidé el tacto de las tierras del bosque en mis pies, incluso llegué a pensar que jamás volvería a ver el mar. Cada vez que la recuerdo y siento las junturas de mi piel intactas mis pulmones se llenan de oxígeno. También era hora de seguir adelante.

Sin embargo, cuando me curé de mis heridas la cojera no se fue, y caminaba a trompicones, sin poder cubrir todo el terreno que a mí me hubiera gustado. Todas mis batallas no habían terminado a pesar de estar sola y yo, aunque sabía la respuesta, sólo podía preguntarme por qué.

(...)

lunes, 11 de septiembre de 2017

sábado, 9 de septiembre de 2017

La soledad.

Es como un escalofrío
que se queda.

Como si deshiciera las maletas en tu frente
y, casi sin
mirarte,
se adueñara de uno de los lados de la cama.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Irremediablemente.

Y aquí estamos, un año después; pienso mientras mi respiración se normaliza. Como si fuéramos los protagonistas de una comedia de enredos y acabara de terminar la temporada con un final apoteósico.

Y aquí estoy; pienso mientras te miro con los ojos llenos. Con esa película fina y transparente que recubre las pupilas cuando están mirando de verdad.

He sentido que se abría en mi pecho una grieta que irradiaba luz. Justo en ese momento en el que me revolvía e inspiraba fuerte tus últimas palabras, mientras te abrazaba con fuerza, como si no hubiera otro alimento que tu cuerpo y mis ojos no supieran funcionar sin tus ojos.

martes, 29 de agosto de 2017

Yo empezaría con un: ¿Qué tengo que hacer para vivir al día? Y dejar de pensar en los días que se me comen, como si ya estuvieran aquí, que parece que los tengo merendándose las costuras de los bajos de mi pantalón.

¿Qué busco? Qué busco, me pregunto sin cesar. El otro día me desperté queriendo escribir algo que ya escribí en diciembre de 2010, cuando mi corazón estaba convulso y mi inexperiencia a punto, pero mi pecho quería llenarse de experiencias a pesar de que tuvo que pagar el peaje de permanecer más de un año cerrado y oscuro.

El texto fue este:

¿Qué queremos exactamente? ¿Qué es lo que nos mueve a buscar? Buscamos alguien para liberarnos una noche, o alguien para caminar con él de la mano. Buscamos un instante de consuelo etílico o evitar beber para que no podamos decir ni hacer nada de lo que luego podamos arrepentirnos. Buscamos redimirnos e intentar pensar en no salpicar a nadie de dolor o hacer lo que más alivie nuestra angustia, que crece, independientemente de quién esté por medio. Buscamos el hogar de aquí, o el hogar que dejamos reposar hasta Enero, sintiéndonos extraños.
Qué buscamos exactamente. Yo no sé si busco unos labios o los míos propios cortados del cierzo. Busco no hacernos daño y no enturbiar nada de lo vivido. Quitarme esta pesadez de encima y curarme un poco más las ojeras, porque tal vez si me duele menos por fuera también dolerá menos por dentro. Busco un tiempo muerto, una regresión en la memoria, para no tener tantos nombres y tantos rostros que me bailan mezclados con humo y sabor a ron. Busco momentos que ya viví, que se consumieron, y que me están abriendo las cicatrices. Para que no olvide que siguen ahí.

Recuerdo el dolor que vino poco después. El amor y el dolor, el crecimiento obligado, mi alma arrastrándose por cada esquina como si no supiera seguir adelante sin anhelo, sin otro cuerpo, sin otros ojos que me prestaran su luz.

El dolor y el amor. ¿Qué busco? ¿Qué queremos exactamente?

¿Mi ansia por la cercanía de los días es un reflejo de la desorientación? Es un error considerarse valiente. Me he acostumbrado tanto a mi palacio de cristal que aunque sé que es una ilusión permanecer aquí me aterra abandonarlo. ¿Cómo pueden tener tanto poder las cicatrices? Ya tienen mi piel, ¿por qué quieren tener también la extensión de mi presente?

Es extraño saber lo que busco pero tener miedo a pronunciarlo en voz alta si esa certeza incluye otras personas que no soy yo. He pasado años grabándome a fuego la distinción entre lo que es y lo que me gustaría que fuera y ahora me siento perdida ante la realidad que no me pertenece. Para mí es un campo minado aventurarme más allá de la mano de alguien. Y no me dan miedo los impactos, ni la sangre, ni el riesgo a que la tierra explote de repente... Entonces, ¿qué ocurre? ¿Qué busco? 

Supongo que me asusta la incomprensión. No poder llegar al nivel de entendimiento que a mí me gustaría porque la experiencia me ha enseñado que para muchos siempre es más fácil la mentira que la empatía. Supongo que eso es. Que, en lo que amor y dolor se refiere, me acostumbraron tanto a que mi palabra no sirviera para nada que ahora antes de abrir la boca ya estoy pensando que lo que voy a decir no tiene sentido para la persona que tengo delante. Y por eso me desgano y me callo, me hundo, levemente, cada vez un poquito más, y acabo preguntándome si funciono al revés. Si tendría que replantearme mi significado de lo auténtico y sobre todo de lo vital que resulta algo así para mi existencia.



jueves, 24 de agosto de 2017

Islandia.

Estoy sentada en una terraza de Olimpia (hay millones en toda Grecia), hablando sobre Guatemala con una viajera argentina. Observo las escasas ventanas encendidas en este pequeño lugar entre montañas y mitos, y mi mente se desplaza a los días de junio que pasé en la isla del fuego y el hielo, en todas sus cascadas y sus volcanes, sus glaciares y sus fumarolas y sus carreteras kilométricas que recorrían algunos paisajes también inhóspitos. Esto tiene que ser la vida; Islandia, Grecia, Guatemala o cualquier sitio dispuesto a dejarse descubrir.

lunes, 21 de agosto de 2017

viernes, 4 de agosto de 2017

VI.

Pasa... Te estaba esperando.
Vaya frase, ¿verdad? Suena a frase hecha de una manera desalentadora, pero es verdad, te estaba esperando. Por eso la puerta abierta, por eso esta tranquilidad que ahora presencias. Tú... Tú... Pasa, pasa, no te quedes ahí. Este lugar es tan tuyo como mío.
No, no pongas esa cara, no... Tú eres una de las criaturas más extrañas que han pasado por mis manos. Pero al conocer tu composición, al estudiarla, pude entenderlo... Tú... Tenías que llegar. Para mí es un honor que hayas venido. Lo contrario me habría decepcionado. Ven. Acércate.
¿Ves todo esto? ¿Lo ves? ¿No te parece maravilloso? Vaya... No puedo cansarme de contemplarlo.
Míralos. Mírate. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué precindir de materia prima? ¿Por qué eliminar a tu enemigo si puedes convertirlo en tu herramienta? ¿Qué hay más grandioso que conseguir que tus enemigas construyan tu imperio?
No fue fácil, no... Tuve que dejar de sentir muchas cosas para poder comenzar a separar esas pieles, esa carne, a remover sobrantes, añadir... Ah, las pruebas. Erais seres imperfectos por aquel entonces. Y ahora... Míralos, son todos excepcionales, a pesar de que muchos vienen de una materia podrida. Sí, podrida. Sí... Vosotras... Vosotras ya no aportabais nada bueno. Ah, nada... Nada...
¿Qué persona antes había conseguido evitarse la gestación? ¿Quién ha sido tan brillante para poder prescindir de esa parte de la supervivencia? En el fondo, erais carne y hueso, como todos. De la carne al metal hay poco, muy poco, y sólo fue cuestión de tiempo. Pero tú... Tú... Contigo no funcionó. ¿Por qué? Por qué... Supongo que no podía ser todo perfecto en la Superficie. Sí, supongo... Supongo... Te estaba esperando. Sabía que vendrías. No podía ser de otra forma. Y ahora... Ahora...
Has venido a matarme, ¿verdad? Quieres matarme. Por eso has subido hasta aquí. Por eso saliste de tu agujero en llamas. Porque estabas llena de rabia, sí... Porque tú... Tú... Tú tienes el Elemento. Tú lo tienes. Por eso no funcionó contigo. Querías mucho a tu abuela, ¿verdad? Verdad... Y... Sus historias, las historias que te contaba, algunas... Algunas eran...
Crees que vas a matarme. Tienes miedo, pero vas a hacerlo porque es lo único que te mantiene con vida. Sí... Acércate, puedes hacerlo, no quiero que te quedes atrás.
Mírate... Eres perfecto. Perfecto. Como todos... Sin embargo, por dentro... El Elemento. Tú. Podías no existir y, sin embargo, estás aquí. Queriendo rebanarme el cuello aunque la idea de quitar una vida humana te provoque náuseas, ¿eh? Sí... He dicho vida... He dicho humana.
Pasa, pasa, de verdad... Ven hacia mí. ¿Ves lo que llevo colgando del cuello? ¿Lo ves? Vas a necesitarlo si quieres volver a lo que eras antes. ¿Quieres? O, tal vez... Contémplalo... ¿Has visto todo esto? Podría ser tan tuyo como mío. Pero aquí estás... Aquí... Y, primero... antes de nada, sin falta... Tienes que matarme.

El Silencio.

A mis padres, Marcos y Ana, víctimas inocentes
de la guerra y sus consecuencias.

A mi hijo Marcos, y a su madre, Vida Sender.

A las nuevas generaciones en cuyos surcos
hemos sembrado nuestra historia.

A mis camaradas de cautiverio y a todos los hombres
y mujeres del mundo que lucharon
y siguen luchando por la libertad.

(MA)


He comenzado las memorias de Marcos Ana y no he podido evitar que me doliera el pecho al imaginar cómo tiene que ser pasar más de media vida en la cárcel por tus ideas políticas y culturales. No lo entiendo. ¿Cómo pueden tener ideología la muerte y la memoria?

A menudo le doy vueltas al dolor implícito en el hecho de que cada vez estoy más segura de que las instituciones están esperando a que los últimos supervivientes de las masacres de la Guerra Civil mueran. Cada vez quedan menos, y en cuanto su voz se extinga, habremos perdido cualquier testimonio en primera persona de las atrocidades que tanta gente tuvo que sufrir durante más de 40 años.

¿Pero cómo es posible que se siga defendiendo lo indefendible? ¿Cómo es posible que las vidas humanas sean una herramienta de los poderosos? Me hierve la sangre cuando pienso en el castigo de las cárceles y del paredón, y en cómo ese castigo no ha cesado porque con un par de disparos la carga pasó a sus familiares: ¿sabrían ellos que no les dejarían enterrar a sus muertos?

Nací cuando, en teoría, en España la paz cabalgaba a lomos del progreso. En mi libro de texto de Historia de España contaban que la Transición fue un periodo modelo, que se alcanzaron pactos por la paz que querían cerrar las heridas de décadas oscuras en el país. Aparecían fotos de líderes dándose la mano en el Congreso. Sonreían, posaban, parecía que habíamos hecho todo bien.

Pero más allá de esos párrafos lo que se me grabó de esos años de estudio fue una frase de mi profesor que introdujo en mí un cambio de enfoque absoluto.

La diferencia de los crímenes del Franquismo con los de cualquier otro conflicto o bando, es que esas muertes estaban institucionalizadas, nos dijo.

Comprendí que una firma tenía el poder de arrebatar varias vidas de golpe, en apenas segundos, y empecé a ser consciente de que vivo en un país construido sobre los escombros de la vergüenza y de la sangre. Que todo son esquirlas y baldosas mal puestas, y si levantas una encuentras lo que de verdad siembra la tierra de España: cadáveres sin nombre, arrojados a fosas comunes, gritos ahogados de los muertos y sollozos silenciados de las familias que exigen una justicia que cada vez las leyes bloquean con más fuerza.

¿Cómo es posible? De verdad: ¿cómo es posible? ¿Cómo podemos sentirnos con derecho a elegir sobre la vida de otros?

Grito de nuevo la misma pregunta: ¿cómo pueden tener ideología la muerte y la memoria?

Miro a mi alrededor y se me rompen los nervios al darme cuenta de que vivo en un sistema orquestado para olvidar e indultar a los que tienen las manos manchadas de sangre. Tenemos unas fuerzas armadas y de seguridad a las que no les temblaría el pulso contra su propio pueblo con tal de proteger a los que se refugian en sus despachos y les prometen un plato caliente diario y unas buenas vacaciones cuando llegue el momento. Vivo rodeada de personas que educan a sus hijos para que señalen con el dedo a los perdedores (como si alguien ganara en una guerra) y griten con el brazo en alto el nombre de un dictador que no es más que el rostro visible de un sistema podrido, asesino y que sigue perdurando disfrazado de una falsa democracia.

Luego los peligrosos somos nosotros. Siempre nosotros. Los que hablamos de cunetas y Lorca, los que nos negamos a olvidar porque somos unos pesados y no queremos pasar página, los que exigimos que todo el mundo tiene derecho a la memoria porque para la libertad ya es demasiado tarde. Qué asco. De verdad. Luego los peligrosos somos nosotros, por rechazar esta puta dictadura del silencio.

Como animales hambrientos.

Echo de menos los inviernos sin prisas en Zaragoza. De verdad. La noche cerrada y temprana, los rincones para escapar del frío, caminar a paso rápido por las calles apagadas. Echo de menos los días entre semana, el tiempo más allá de un fin de semana tembloroso. Lo pienso y mi cuerpo se resiente. Tengo algo, agazapado adentro, que me manda señales, cada vez más fuertes. Cada vez más constantes.

miércoles, 2 de agosto de 2017

El vértigo.

Atesoramos nuestras historias. Muchas veces podemos intentar relatarlas, pero jamás nadie las va a conocer como las vemos nosotros, proyectadas en las paredes internas de nuestro cráneo.

Supongo que a veces nos da rabia no poder transmitir alguna vivencia. Porque para nosotros es tan clara y está tan llena de energía que queremos contagiarla, hacer vivir a nuestro interlocutor cada centímetro de esa electricidad. Pero al final siempre cunde un pequeño desánimo, una decepción basada en que nunca podremos expresar con fidelidad lo que nos hace sentir un recuerdo grabado en la memoria.

¿Por qué? Por subjetividad, primero; el filtro que aplicamos al escoger las palabras y el lenguaje corporal no es casual y ya está moldeando la percepción de aquel que nos escucha.

¿Por qué más? Porque son sólo nuestras. Existe una especie de celo primigenio que las protege, porque son sólo nuestras, de nadie más, las vieron nuestros ojos, las sintieron nuestra piel y por eso no hay nadie más digno que nosotros mismos para enarbolar la bandera de ese momento.

¿No os da miedo, en ocasiones, ser tan vulnerables ante la falta de seguridad en aquello que otros nos cuentan? Si mis historias son mías, ¿acaso no son suyas las suyas, y de nadie más? Atesoramos nuestras historias, y también escogemos a quién contárselas, y cuándo, y cómo.

Sin embargo, ¿qué ocurre cuando se nos demanda una información que no queremos compartir? ¿Cómo manejamos ese cruce del límite que no viene de nosotros mismos?

Me empeño tanto en proteger mis historias y las del resto, y no presionar a nadie para que no se sienta obligado nunca a contarme nada que no quiera, que tal vez por eso me gusta inventar tantas ficciones. ¿Estaré nombrando inconscientemente interlocutores a todos los protagonistas de esas líneas en las que vierto tiempo e imaginación? A ellos los conozco; sé lo que piensan, sé cómo son, sé lo que sienten aunque a menudo me sorprenden guiándome de manera rebelde, pero sus cuerpos no dejan de estar hechos del material que yo elijo.

A ellos puedo controlarlos, pero no a los demás. Con los demás revivo ese pequeño vértigo, esa mirada oscura que escudriña el rostro que tengo delante, que descansa si confío y se eriza si algo no me convence. Ese pequeño vértigo que siento siempre cuando las historias no son mías y, a pesar de todo, quiero conocerlas.

viernes, 28 de julio de 2017

Etapas.

Al vacíar mis cajones no me he sentido triste. Tal vez porque todavía me queda mañana; o porque aún no lo he asimilado; o igual es consecuencia de haber tomado esta decisión yo misma. El caso es que sólo podía pensar en las etapas, en cómo se van sucediendo una tras otra desde que salimos del camino premarcado de los estudios obligatorios, y en que cada vez -creo- me es menos difícil desprenderme de todo lo acumulado en ese fragmento de camino.

¿Será porque de verdad nos va siendo más fácil? ¿Será porque nos hacemos más duros o simplemente más insensibles ante la pérdida? ¿Es porque maduramos, o cambiamos, o sencillamente nos volvemos más egoístas? ¿Acaso cambia cómo percibimos la intensidad de todo lo que nos ocurre?

No sé cómo será mañana, con mis cajones vacíos y mi escritorio limpio. Con la presencia de Chuchi a mi izquierda por última vez y la nostalgia por adelantado de su piel morena, sus gafas de pasta y su sonrisa blanca y reparadora. O con la verdad inevitable de que a Mary le queda poco, muy poco, y a lo que me quiera dar cuenta no sólo no estaremos juntas en el café de media mañana, sino que ella se habrá marchado a Soria y será más imposible todavía volver a reírme con ella entre burbujas de cerveza.

Siempre me han horrorizado los cambios. Se me dan fatal los principios de cualquier etapa. Pero cada vez creo con más firmeza que el movimiento llama al movimiento, y que si hay algo que no me gusta tengo que atacarlo y modificarlo para poder buscar mi bienestar.

En ocasiones así, veladamente, acude a mí el recuerdo aprendido de mi abuelo paterno, y siempre acabo preguntándome si vendrá de su sangre este rechazo a las normas que considero injustas para el ser humano. Puede que sea ingenuidad, juventud, espíritu poco machacado; puede ser, no lo niego. No obstante, de momento quiero seguir mi propio camino. No sé adónde me llevará. Pero ahora puedo, y de eso se trata.

Y sí sé que en estas dos últimas semanas he vuelto a sentirme feliz, a amar Madrid como lo hacía antes y a recorrer sus calles con ganas y no con rechazo gris a sus junglas de cemento. He vuelto a disfrutar de la compañía de los míos, y a sentir que los echaré de menos si algún día me marcho de verdad, y a mis venas ha vuelto la percusión que parecía haberse marchitado en los últimos meses. Todavía no sé si esto es lo correcto, pero sé que es lo que necesito. 

Y sé que me siento bien.

lunes, 24 de julio de 2017

No sé qué decir. ¿Hasta qué punto podemos evitar que otros sufran? ¿Dónde empieza y dónde acaba nuestra capacidad de actuación? ¿Cómo es posible provocar emociones en personas que no nos han visto nunca?

Conforme acumulamos más experiencias más susceptibles somos de vivir conflictos que, en realidad, no hemos provocado. Las personas que nos cruzamos, directa o indirectamente, a veces juegan un papel activo en nuestros pasos cuando eso solamente debería ser una capacidad propia. El remedio no puede ser otro que aguantar la posición, susurrar palabras de paciencia y esperar a que el camino, de nuevo, esté despejado, porque así debe ser siempre.

jueves, 20 de julio de 2017

El cumpleaños.

¿Qué escribirás?, me preguntaste. Pero yo no lo sabía. Y era cierto.

Me dije que cuando llegara el día vería si acudía a mí algo o, por el contrario, no sentía el impulso de rellenar el espacio en blanco que dejé debajo de ese título hace unos días.

Y es hoy, y acuden a mí estas ganas de viernes, que estaban ateridas en algún rincón oculto, sepultado por promesas a mí misma que hicieron mi coraza más dura; en el que ahora se mezcla el polvo con los rayos del sol que entra, formando una nube de esas que, contempladas, parecen casi polvo de materia.

No deja de ser extraño, pero quiero hacerlo. Mañana es viernes, y quiero tener estas ganas de que llegue. Supongo que, al fin y al cabo...

...aún tengo hambre.

lunes, 10 de julio de 2017

Nada.

No sé qué me ocurre. Me siento parte de nada. De nada. ¿Cómo se puede sentir uno parte de nada? Cuando te sientes parte de algo, ¿cómo ese algo puede ser nada? ¿Algo no debería ser algo?

martes, 4 de julio de 2017

El pasado.

- ¿Y tú, si pudieras volver atrás con el conocimiento que tienes ahora, cambiarías algo?

Reflexiono en silencio sobre la respuesta que él me ha dado hace unos segundos. ¿Cambiaría algo? Siempre me gusta pensar que no, que no me arrepiento de nada, pero estamos hablando de algo diferente. Lo miro y me siento protegida; sé que con él puedo hablar de estos temas porque nos entendemos, y su presencia en esa jungla de hormigón es como un oasis.

- Sí, supongo que sí -respondo al fin.- Supongo que no lucharía tanto por alguien que, a día de hoy, sé que no merecía que yo siguiera ahí.

Eso es. Es verdad.

Si pudiera volver atrás sabiendo todo lo que sé ahora, sé que lucharía más por mí y menos por quien sé que no lo merecía.

lunes, 3 de julio de 2017

La emoción.

Podría hablar de pieles y cadenas, de los cuerpos y las noches que colorean los minutos de tonos plateados y violetas. Podría hablar de tus ojos, de la forma que parecen adquirir durante tus silencios largos, esos que ocurren cerca, muy cerca, aunque alargue la mano y parezca que nunca llego a acariciarte la mejilla. Podría lanzarme a ello, supongo, asumiendo que no hay remedio, pero supongo que no estaría siendo del todo honesta.

Y, sin embargo, prefiero escribir de ti en lugar de sobre mí, prefiero volver a tus espasmos sin preguntarme si fueron los últimos, si fueron merecidos, si hago bien en sentirme bien si dejas de estar lejos.

Es como si supiera que, de un momento a otro, todo va a estallar.

lunes, 26 de junio de 2017

"La violencia engendra violencia"

¿Cuántas veces voy a acabar la jornada pensando Bueno, no ha estado tan mal el día? ¿Y cuántas veces, después de eso, me voy a meter en una sala que va a reducir mi existencia a lo más insignificante?

Cómo puede uno conformarse teniendo delante a esos actores, que sudan y padecen, que gritan y se carcajean, que desgranan cada sílaba para formar palabras que forman frases que, a su vez, forman cuadros vivos de nuestra existencia. Cómo no me van a agitar sus palabras.

"Palabras, palabras, palabras", dirá Orestes.

Sí, palabras, le responderá su madre, las palabras y el cuerpo son lo único que tenemos.

Cuando he llegado a casa, ya de noche, sólo quería escribir. Y C., al ver que no quería conversar, me ha preguntado si estaba bien y le he dicho que tenía que darle vueltas al coco.

"¿Vueltas al coco por lo que pueda pasar este fin de semana?", me ha dicho.

Me ha costado entenderla. Porque la carne, las camas, los juegos terrenales me quedaban muy lejos cuando abría la puerta del portal con ansia, cenaba con ansia y pensaba con ansia. No, no pensaba en el fin de semana, sino en hoy, en el momento presente, en mi cuerpo y las palabras, en este ahora que me sacude, cada día más, pidiéndome que le ponga un nombre a cada historia.

viernes, 9 de junio de 2017

viernes, 19 de mayo de 2017

"¿A qué no sabes dónde he vuelto hoy?"

El amanecer nos había pillado en la carretera. Volvíamos de un fin de semana intenso de rodaje a 400 kilómetros de Madrid, y en apenas unas horas entrábamos a trabajar de nuevo. Intercambiábamos canciones mientras la oscuridad se iba manchando de rosas y azules, y fue cuando L. me habló de este disco, me contó la historia que narra y me puso esta canción, en la que nunca antes hasta ese día había reparado.


Vertical y transversal, 
 soy grito y soy cristal, 
 justo el punto medio, 
 el que tanto odiabas 
 cuando tú me provocabas aullar.

martes, 16 de mayo de 2017

La nota pegada en la puerta de la nevera.

Decía:

Yo ya no te puedo ayudar.
¿No lo recuerdas?

Y la veía cada vez que iba a calentarse la cena. Sin hambre ya.

sábado, 6 de mayo de 2017

El grito.

Si tú supieras
que quería gritarte que te quedaras
conmigo.

Pero no puedo. Me he encerrado en esta posición de enferma de lo racional porque así es mi escudo y no soy ni siquiera capaz de gritar a nadie que no sea yo misma (cuando nadie me escucha). Me gustaría gritarte, de verdad, avisarte de que voy a hacerlo, y hablarte de todos mis porqués, de mis sacudidas y de mis miedos.

Pero no es mi momento. O quizás sí, y prefiero pensar, razonar, que ya lo fue, y así me excuso, y sigo protegida, con un escudo que ya se resquebraja, mientras vuelvo a casa gritándo-me, hablándo-me. Como si tú estuvieras en algún lugar, escuchando, y mi grito tuviera algo de sentido.

miércoles, 3 de mayo de 2017

El despertar.

- No me puedo creer que esté sufriendo.

Lo dicen los nervios danzando en mi tripa y las agujitas de angustia que de vez en cuando acuden a mi pecho. También mi mente, que no para de pensar, y recordar, y de trazar conclusiones que hasta hoy tenían polvo.

Recuerdo la angustia como algo malo. Recuerdo esa emoción como el principio del fin, como la marca en el calendario que hizo que mi cabeza hiciera clic. Y, ahora, sin embargo...

Yo pensaba que la angustia siempre era algo malo.

Pero resulta que hoy. Ahora. Parece que estoy despertando.

El final y el principio.

- ¿Duermes esta noche conmigo? -le pregunto.
- Por supuesto. 

Hay algo en el amor que siempre me he sentido incapaz de comprender. Existe un punto en el que sólo he estado cuando me he enamorado y que ha disipado en parte mi cordura porque me he entregado por completo a ese sentimiento animal. Pero si algo he podido aprender de mis fracasos es a eliminar acepciones de mi definición personal de esta emoción, y ahora sé que en ella no tienen cabida palabras como celos, posesión, desconfianza o control. Cargo con mis historias pasadas a la espaldas pero no quiero que perjudiquen a nadie; quiero que me vertebren para que nadie a mi lado tenga que pasar por todo aquello negativo por lo que me hicieron pasar a mí. 

Miro a A. Es él, sé que es él, y tenerlo claro es como si entrara luz por una ventana que ha permanecido años tapiada.

martes, 2 de mayo de 2017

La valentía.

¿Y si a veces lo valiente consiste en justamente pararse y pensar si el camino que estamos llevando es el correcto?


Una voz me dice: 
"Déjate llevar" 
Otra voz me dice: 
"Mientras puedas escapa"
(JI)

martes, 25 de abril de 2017

La invasión.

¿Qué ocurre cuando uno se siente invadido?

¿Cuando no hay ganas de dar explicaciones, y cualquier gota de energía se resume en no querer dedicar ni una palabra a aquellas personas que no las van a valorar? ¿Cómo es posible que lleguemos a extremos en los que no nos expresamos porque sabemos que el miedo, y el egoísmo, y el egocentrismo, y la pereza de quien tenemos delante van a provocar que no se esfuerce en comprender ni una sílaba?

¿Y de verdad presumimos de lo que nos distingue del resto de los animales?

(Silencio.)

lunes, 24 de abril de 2017

El amor.

Si tuvieras que elegir, ¿podrías decir cuál ha sido la historia de amor que más te ha marcado? ¿Tienes una que te haya removido de tal manera que sabes que va a ser esa siempre?

Las palabras de S, siempre tan sabio, me hicieron reflexionar sobre lo extraños que pueden llegar a ser los recuerdos. Vuelvo muchísimo sobre ellos pero es que, en definitiva, mi materia y mi forma responden en parte a esas remembranzas ocultas, agazapadas en los recovecos de mi memoria. Pero sí, vuelvo a ellos y hoy es para decir que son extraños. Caprichosos. ¿Somos nosotros los que tenemos el poder de activarlos o hay alguna fuerza que no terminamos de lograr entender que los revuelve y los pone, otra vez, delante de nuestros ojos?

Yo creo que, si hemos tenido que vivir una gran historia de amor, ya la hemos vivido. Que ya hemos experimentado esa gran historia, dada nuestra edad y nuestra experiencia. Creo que al que no le ha ocurrido algo así todavía es porque ya no le va a ocurrir.

Son extraños, primero, porque pueden actuar de barrera o de puerta. No a la vez. Si acaso, primero una, y luego la otra. Nos conforman y nos hacen saber qué es lo que nos gusta, lo que queremos para nuestra vida, y, de una manera similar pero contraria, también provocan que en ocasiones salten todas nuestras alarmas. Es cuando no queremos que algo se repita. Entonces también actúan, levantando una tapia kilométrica ante estímulos externos.

¿Crees que hay una historia que nos marca de tal manera que, todo lo que vayamos a vivir después, va a ser a través de ellas? ¿Crees que a veces amar a alguien de una manera tan única nos condena a sobrevivir a base de réplicas menos intensas de esos sentimientos?

Soy una cabezona, y por eso a veces me rebelo ante las cosas que pienso y que no quiero pensar. Puedo pasar unos días concentrada en vaciar mi mente de todas esas imágenes, esos recuerdos, pero al cabo del tiempo me reprendo y me explico a mí misma, una vez más, que hay cosas que permanecen, y tengo que aprender a convivir con ellas en calma en lugar de gastar energías rechazándolas. Porque forman parte de mí, y se van a quedar conmigo, pues así lo decidieron mis pasos.

Yo sé que el día que me muera pensaré en ellos. Sé que ellos vendrán a mi cabeza por muchos años que hayan pasado.




sábado, 22 de abril de 2017

El simbolismo.

- A mí me parece una gilipollez. Lo de los candados.
- Ya, bueno... En ese momento parecía algo divertido.
- ¿Divertido?
- Sí, no sé. Memorable. Yo era feliz cuando lo pusimos. Me gusta pensar en eso.
- ¿Qué pretendíais?
- No lo sé. Hacer algo juntos, supongo. Demostrarnos algo.
- ¿Y para eso hay que poner un candado en un puente?
- Ya...
- Es una gilipollez sin sentido.
- ¿Tú crees?
- Bueno, algo de sentido tiene. Pero no romántico.
(...)
- Pues a mí los candados sólo me recuerdan a uno que tenía mi padre para cerrar la taquilla del garaje.
- ¿Por eso no te gustan?
- (Silencio)
- No tiene nada que ver con los barrotes del puente.
- Supongo que sí. Que por eso no me gustan.

miércoles, 19 de abril de 2017

Se acercan semanas llenas de kilómetros.

Tengo la tripa invadida por millones de danzantes que llevan días de fiesta usando como pista mi estómago.
Respiro y el pecho se me llena de un dulzor cálido.
Miro a mi derecha y a mi izquierda y me veo rodeada de días cada vez con más sol que me empujan a vivir el siguiente.
No desecho ni uno de los días de mi semana. Ni uno. Y eso me hace sentir muy satisfecha.
No odio los lunes.
No puedo hacerlo.
Para mí la única diferencia entre los días de la semana la marca mi oficina. Nada más. No soy capaz de lamentar ni uno de ellos, sea lunes o sábado.
Hacía tiempo.
Que.
No.
Me.
Sentía. Siento.
Tan viva.
Viva.

Las dos caras de la viveza siempre se reducen a que todo lo bueno se vive intensamente, y también lo malo.
Hay días más grises, ratos más mustios, minutos más largos.
Pero no importa.
Respiro y el pecho se me llena de vida.
Las carcajadas son reales.
Los pasos fuertes.
Estoy aquí. Ahora. En este preciso momento. Y me siento afortunada.
Y eso.
Justo eso.
Es lo que vertebra mi existencia.

domingo, 26 de marzo de 2017

"Nuestra venganza es ser felices"

Me coge de la mano y, al ver que me suelto bruscamente, me hace gestos para que lo siga igualmente. Lo hago, y acabamos en un laberinto de galerías lleno de vidrieras protectoras. Es como si fuera un museo.

- ¿Ves? -me dice-. Aquí está todo. Te lo enseño.

Y me conduce por cada pasillo ofreciéndome una breve descripción de cada estampa atrapada detrás de los cristales. Mira, me dice, allí fue donde te desplomaste y caíste de rodillas, ¿te acuerdas? Justo al lado está el banco donde firmamos nuestra sentencia de muerte y, un poquito más a la derecha, tenemos el interior de tu portal, cuando cogiste mi cara entre tus manos y me suplicaste que no siguiera diciendo que se había terminado.¿Ves? ¿Lo reconoces todo? Ah, y mira allí: están los trenes de cercanías y el edificio desconocido donde te dieron esos ataques de ansiedad. Los he tenido que reconstruir, porque, como no lo viví... En esta estantería de aquí, justo aquí en la esquina, están todos los insultos que te proferí. Los he separado en tres facciones: en la primera están las frases que te decía para que leyeras entre líneas, en la segunda están las palabras que te dije literalmente, casi nunca con tu carne y tu hueso presentes, y, por último, en la tercera, están todas las mentiras que les conté a mis amigos. ¿Has visto? Lo tengo todo perfectamente ordenado, para que no te pierdas si quieres venir a verlo.

Me freno en seco. ¿Qué es todo esto? Su intención es seguir adelante, pero yo no tengo ningún tipo de interés en continuar esta visita macabra. Así se lo digo, y él sonríe y agita la cabeza, diciéndome que no sea impaciente, que todavía queda lo mejor.

¿Lo mejor? Casi me arrastra cuando me conduce a la siguiente habitación.

¿Ves todo esto? Sé que esto te va a gustar más. ¿Te has fijado en la luz que he elegido? Es más cálida, ¿verdad? Sabía que te fijarías en estos detalles. Mira, mira: aquí están nuestros viajes. He construido un contador de kilómetros, y lo he puesto ahí, justo al lado de los tarros con la arena de todas las playas que visitamos. ¿Y eso? ¿Te gusta? Son los carteles de todas las películas que vimos. No, no es casualidad que estén todos al lado de la lista de nuestros restaurantes favoritos. ¿Te gusta? Ahí están todas las sábanas que nos arroparon y los colchones que soportaron el peso de nuestros cuerpos. ¡Ah! ¡Y mira, mira esto, por favor! Siento predilección por esta parte. Ven. Fíjate: son frases. Frases que te dije, frases que me dijiste. Algunas son de canciones, otras de tus textos, y otras de tantos momentos a dos milímetros de distancia... ¿Te gusta? Quería enseñártelo.

Está esperando a que yo diga algo, pero no se me ocurre nada que decir. No es un silencio sorprendido; es un silencio totalmente vacío. Sin embargo, tengo que hacerle una pregunta para que oiga su propia respuesta dicha en voz alta:

- ¿Por qué me enseñas todo esto?

Piensa unos segundos. Me mira y, al final, dice:

Eres la única persona del mundo a la que puedo enseñarle todo esto. ¿Tú no tienes nada que enseñarme?

No puedo evitar sonreír. Ladeo la cabeza y, con la vista fija en su figura, le digo que no, que hace mucho tiempo que no conservo nada y, que si tuviera unas habitaciones tan maravillosas como estas a mi disposición, las utilizaría para otra cosa muy diferente. ¿Nada?, me dice. Nada, le digo. ¿Qué sentido tendría? Pero, ¿y mis señales? Le digo que soy consciente de cada una de sus señales y llamadas de atención, y que no es casualidad mi ausencia de respuesta. "Deberías redireccionarlas a las personas que de verdad comparten tu presente", quiero decirle, pero la frase muere en mi garganta porque hace meses que dejé de hablar en esa segunda persona. Agacha la cabeza y no dice nada. Parece que le ha invadido una pequeña decepción. ¿O tristeza? No lo sé. No me importa especialmente.

Este sitio da escalofríos. Es como si fuera un mausoleo. Me doy la vuelta para marcharme. Conozco el camino de vuelta. Oigo su voz. ¿Adónde vas? No me vuelvo, pero le respondo:

- No lo sabes.

Esa respuesta queda ya fuera de sus galerías.

domingo, 19 de marzo de 2017

Entonces se difuminan los hilos, la carne, el tiempo, las costuras que otros rompieron y crearon a base de arañazos y cicatrices. Se mezclan las pieles y las voces, se empañan los cristales de cualquier recuerdo anterior y las paredes de la habitación se vuelven líquido, mar, tormenta, sifón, vapor.

Si pudiera pensar en algo que no fueran esos hilos, pensaría en si alguna vez somos más vulnerables que como lo somos cuando chocamos, desnudos, con alguien.

Atrápame, como si no tuviera heridas, que no las tengo, porque no las siento más allá de esta habitación entumecida, que arde, y me arde el pelo, y me tumbo y veo los muros naranjas que enmarcan tu silueta, que se mueve, se fuga, me vuelve y me habla, sin aliento, sin cuerda ni lamentos más allá de esta casa, que se viste diferente cuando tú estás desnudo, como si fuera nueva, y la acabáramos de estrenar, cada vez, cada pelea en la que acabamos conquistando el mismo terreno inhóspito, conocido, nuestro, infinito.

Si pudiera pensar en algo que no fueran tus hilos, pensaría en dónde estabas antes, hace tiempo, cuando no existíamos todavía porque no nos habíamos conocido.

Si no te conozco,
no he vivido
(...)
LC.

martes, 14 de marzo de 2017

lunes, 27 de febrero de 2017

Y yo.

Me dijo "Si muriera hoy, moriría feliz. ¿Tú morirías feliz?", y yo le dije que sí con esa voz de atontada que dice mentiras, la misma voz con la que hacía tiempo le dije "yo también" después de decirme que me quería, aunque yo a él no, pero sí había querido a otros muchos, y había deseado a otros muchos, también después de conocerlo a él. Le dije que sí todas las veces, le dije que yo también en todas las ocasiones, y él se dormía tranquilo, feliz de verdad, dispuesto a morirse en paz. Yo no lo entendía pero cerraba los ojos y acababa sumida en ese sueño tan extraño, tan eléctrico, que por aquel entonces todavía estaba empezando a conocer. Por eso, cuando dos días después de hacerme esa pregunta, el teléfono de la casa sonó y desde el contestador automático me notificaron su defunción, sólo pude pensar en si él habría sabido, al final del todo, que yo le había mentido todas las veces.

Me vestí de negro, esquivé las miradas y me planté en el cementerio. Asistí a mi primera ceremonia y esperé, esperé largos minutos a que algo se agitara en mi interior, a echarlo de menos, a lamentar haberle mentido a pesar de que mi deber era hacerlo feliz a cualquier precio. No pasó nada, salvo el tiempo. Cuando todos se habían ido me quedé allí, rebuscando entre todas esas piedras tan absurdas, y me senté en la hierba. Observé su color y sentí su levedad, como si de verdad pudiera apreciar todo eso, y el aroma a calma de aquel lugar me erizó la piel trayéndome los recuerdos agitados de todas esas noches en las esquinas de los bares, en las sábanas de otros, preguntándome, después de la extenuación, si de verdad había sido programada también para eso.

En teoría, él me encargó para hacerlo feliz. Yo lo hacía feliz, tanto que me decía una y otra vez que podía morirse ese mismo día. "¿Y yo?" era una pregunta que yo no conocía, que yo no podía hacer, pero sin embargo me asaltaba cada vez con más frecuencia, y desentrañarla me llevaba a los brazos de otros, de otras, que sí me encendían, me volteaban, me suplicaban que me quedara con ellos. "¿Y yo?", parecían preguntarme con los ojos, cuando les decía que pertenecía a otra persona, que mi sitio estaba con él. Y yo, afirmaba yo, en mi fuero interno, en esa cavidad que, en verdad, debía estar sólo llena de nada, y, por el contrario, cada vez se llenaba de más, de tantas cosas que, aunque no conseguía echarlo de menos, me estaba empezando a alegrar de que se hubiera marchado al fin.

jueves, 16 de febrero de 2017

74.462

¿Qué son 74.462 palabras si no construyen, si no remueven, si no hablan?

Me siento cansada si ellos están cansados, sufro con ellos y ahora, sentados en una sala de espera dolorosa de un hospital del norte, la desidia se me va con ellos, y me pregunto qué pasará cuando tenga que despedirlos, cuando me miren desde las páginas acribilladas a sílabas con esos ojos de "¿Ya está? ¿Esto es todo lo que vas a hacer con nosotros?"

No quiero olvidarme de lo real. Pero, ¿qué ocurre si lo real son ellos? Si me están construyendo por dentro, y no al revés; si cada vez que me hieren, o cada vez que hiero, huyo a ellos y les sigo dando forma. En qué punto de la creación asoma la nariz la ficción. ¿Cuándo dejo de ser yo para que sean sólo ellos? ¿Eso ocurre?

Mi gente a menudo me pregunta: "¿Sigues escribiendo?", y yo en mis adentros proceso las palabras de manera diferente, y me escucho responder:

"Sigo construyéndo(me), relacionándo(me), calmándome. Sigo viviendo."

sábado, 11 de febrero de 2017

Anyone alive?

¿Y qué te queda cuando empiezas a venderte a ti mismo?

So bring on the rebels
The ripples from pebbles
The painters, and poets, and plays

sábado, 4 de febrero de 2017

Mañana.

Lo malo del amor son las canas debajo de la piel. Despertarse una mañana de domingo, con la cama caliente pero el alma fría, y observar a esa persona, que todavía duerme y parece sonreír profundamente, mientras te preguntas:

"¿Cuándo sacrifiqué mis sueños para que tú pudieras cumplir los tuyos?"

viernes, 3 de febrero de 2017

Scout Finch.

- Scout -dijo Atticus-, cuando llegue el verano, tendrás que mantener la calma por cosas mucho peores... No es justo para ti y para Jem, lo sé, pero cuando lleguen los malos momentos... Bueno, lo único que puedo decir es que cuando Jem y tú seáis adultos, quizá recordéis todo esto con cierta clemencia y con la sensación de que no os defraudé. Este caso, el caso de Tom Robinson, apela a la misma conciencia del ser humano. Scout, no podría ir a la iglesia y adorar a Dios si no intentara ayudar a ese hombre.

- Atticus, debes de estar equivocado...

- ¿Cómo es eso?

- Bueno, casi todo el mundo parece pensar que tiene razón y que tú estás equivocado...

- Sin duda, tienen derecho a pensar eso, y tienen derecho a que respeten sus opiniones -dijo Atticus-. Pero para poder vivir con los demás primero tengo que vivir conmigo mismo. Lo único que la mayoría no rige es la propia conciencia.

(Harper Lee)

domingo, 29 de enero de 2017

Compañeras de vida.

Hay una magia especial en los domingos por la noche que consisten en estar en la cocina comiendo pizza con el pijama puesto. Con las risas colándose en los huecos entre las tazas de té y el humo sobre nuestras cabezas, asomadas a imágenes en movimiento de otros tiempos, cuando ya conocíamos esta fuerza conjunta que, lejos de agotarse, crece cada domingo. Sois tan básicas para mi día a día que sois hogar, savia, intensidad, calor y certeza.

Cuando todo se oscurece, llego a casa y os encuentro, y me llenáis de esa magia real y necesaria que me hace sentir afortunada de teneros.

martes, 24 de enero de 2017

Robert Kincaid.

No puedo evitar pensar si soy una especie de Robert Kincaid. Y no lo pienso porque esté destinada a seducir amas de casa que sienten que han sacrificado su vida por formar una familia a la que dedicarse. No me voy a poner tan dramática. Pero supongo que lo pienso porque vi algo de mí en ese reportero gráfico que ha dejado de escribir sólo para hacer fotografías y que se dedica a viajar de un lado a otro sin compañía.

"No esperaba compañía", le dirá a Francesca la primera vez que ella sube a su camioneta, limpiando a toda prisa todos los objetos y desperdicios que había ido depositando en el asiento del copiloto.

Hoy hablaba con unos amigos sobre pasar tiempo en soledad, para uno mismo, y ha vuelto a mí la imagen de este fotógrafo cuando he recordado la calma de viajar sola. Ese sabor diferente en los labios y ese color peculiar que adoptan los adoquines de las calles y las pieles de la gente cuando me muevo en silencio, me pierdo, pregunto, me escabullo y al final me siento a tomar un café en cualquier sitio que tenga una mesa libre.

Pero eso no significa que no necesite compañía, o que no me guste disfrutar de una buena conversación y compartir momentos íntimos con alguien. Sin embargo, desde hace un tiempo me vengo preguntando si no acabaré sola en la camioneta, si lo que acabará ocurriendo es que mi Francesca de turno nunca se subirá conmigo, sino que se quedará agarrando con fuerza la palanca de la puerta, tan destrozada como yo pero totalmente segura de que está haciendo lo correcto.

Robert Kincaid no deja de ser para Francesca un oasis de luz en mitad de una rutina autoimpuesta pero esencial para mantener la estructura vital que ha construido en el tiempo. Robert llega, rebosando experiencias, pasión e intensidad, y ella le deja entrar consciente de la fecha de caducidad de su historia. Si es justo para él no podemos saberlo del todo; la trama decide quedarse con Francesca y ver cómo la sombra de él se aleja patinando en la lluvia, como si así nos hiciera saber que está bien.

Cuanta más gente conozco y más tiempo pasa soy más consciente de que si bien parece que todos buscamos intensidad y aventuras, al final lo que nos acaba tirando es la rutina y la estabilidad. Porque a veces nos gusta lo que todo el mundo parece tener, y pensamos que el hecho de quejarnos constantemente de que no estamos haciendo todas esas cosas que siempre hemos querido hacer porque estamos ocupados con nuestras responsabilidades nos exime de aceptar que, en realidad, no buscábamos ninguna aventura. Que al final a todos nos gusta conocer a un Robert Kincaid, reírnos con él, contarle nuestros deseos e incluso arañarle la espalda desnuda en repetidas peleas de cama, pero en cuanto el subidón se disipa nos asusta esa persona tan entera e independiente. Buscamos que nos necesiten. Buscamos sentir que hacemos falta. Por eso Robert nos acaba asustando: ¿acaso una persona como él podría necesitar alguna vez a alguien tan pequeñito como yo?

Seguramente no, pensaremos.

Pero lo único seguro es que nos habremos alejado de un cambio fresco pero perturbador de nuestra rutina.

Por eso Robert acaba rodeando su retrovisor con el colgante de Francesca y se marcha hacia la derecha, en uno de los semáforos, probablamente, más penetrantes de la historia del cine.

"No vas a venir conmigo, ¿verdad?", le dice a pesar de que ella ha hecho las maletas. Lo ve, lo siente, de alguna manera lo sabía cuando ella le dijo que sí: se va a marchar solo, una vez más. Porque así es como funciona con él, y así es como, seguramente, sepa que vaya a funcionar siempre.

viernes, 20 de enero de 2017

Parece que últimamente todo tiene que ver con escribir, y no sólo para mí, sino también para los míos. En ocasiones, incluso, tengo que reiniciar cierto mecanismo mental porque estoy hablando con alguien que me está considerando una escritora y tienen que pasar bastantes frases hasta que me doy cuenta de que eso está ocurriendo de verdad.

Para mí escribir siempre ha sido un acto de libertad y autodeterminación. Y no es que me lo planteara así; ahora que han pasado tantos años he adquirido las palabras necesarias para expresarlo así, pero lo que vengo a decir es que escribía porque era más yo misma que nunca, y así ha sido desde que recuerdo. Desde que escribía cuentos con letra irregular y a lapicero en folios en sucio y los doblaba y grapaba para fantasear que eran un libro.

Sin embargo jamás me lo planteé como nada más. Simplemente era una parte de mí que alimentaba de vez en cuando, una extremidad más de mi cuerpo. Nadie aspira a vivir de su brazo o de su pierna, por lo general, ¿no? Pero en los últimos años algo ha cambiado, y parece que mi pasión por la expresión no sólo es visible para mí, sino que la consideran y la perciben todos aquellos que se molestan un mínimo en conocerme.

Mentiría si dijera que sé cómo sentirme. Son más preguntas que emociones las que me embargan, y la capitana siempre es la misma: ¿de verdad lo soy? A veces la acompañan otras como "¿debería sentir presión?", "¿esto va a perjudicar que escriba por pasión y no por obligación?".
"¿Soy lo suficientemente buena?".

No puedo perder mucho tiempo en las respuestas, porque son volátiles, van cambiando según mi estado de ánimo o mis circunstancias, y por eso las dejo que descansen a mi lado y les echo una mirada de reojo de vez en cuando. Pero si me tengo que centrar en algo es en las sensaciones y no puedo negar que, hasta el momento, crear historias es lo que me hace sentir más completa, contando con todo lo que me queda por aprender. Que esas historias lleguen a los demás es, sin ninguna duda, parte del motor que me mantiene activa.

Como cuando tenía unos siete u ocho años, y yo llevaba esos folios grapados a mi profesora de primaria. Entonces leía el cuento en voz alta, delante de mis compañeros, y yo sentía, muerta de vergüenza pero orgullosa, que el círculo se cerraba.

viernes, 13 de enero de 2017

A veces siempre.

Vivimos tan deprisa que
a veces
es necesario
parar,
respirar las motas de
realidad
como si fuera la primera vez,
notar
el pecho
hinchado
y comprender que estamos
aquí
por algo.
Siempre.