domingo, 26 de marzo de 2017

"Nuestra venganza es ser felices"

Me coge de la mano y, al ver que me suelto bruscamente, me hace gestos para que lo siga igualmente. Lo hago, y acabamos en un laberinto de galerías lleno de vidrieras protectoras. Es como si fuera un museo.

- ¿Ves? -me dice-. Aquí está todo. Te lo enseño.

Y me conduce por cada pasillo ofreciéndome una breve descripción de cada estampa atrapada detrás de los cristales. Mira, me dice, allí fue donde te desplomaste y caíste de rodillas, ¿te acuerdas? Justo al lado está el banco donde firmamos nuestra sentencia de muerte y, un poquito más a la derecha, tenemos el interior de tu portal, cuando cogiste mi cara entre tus manos y me suplicaste que no siguiera diciendo que se había terminado.¿Ves? ¿Lo reconoces todo? Ah, y mira allí: están los trenes de cercanías y el edificio desconocido donde te dieron esos ataques de ansiedad. Los he tenido que reconstruir, porque, como no lo viví... En esta estantería de aquí, justo aquí en la esquina, están todos los insultos que te proferí. Los he separado en tres facciones: en la primera están las frases que te decía para que leyeras entre líneas, en la segunda están las palabras que te dije literalmente, casi nunca con tu carne y tu hueso presentes, y, por último, en la tercera, están todas las mentiras que les conté a mis amigos. ¿Has visto? Lo tengo todo perfectamente ordenado, para que no te pierdas si quieres venir a verlo.

Me freno en seco. ¿Qué es todo esto? Su intención es seguir adelante, pero yo no tengo ningún tipo de interés en continuar esta visita macabra. Así se lo digo, y él sonríe y agita la cabeza, diciéndome que no sea impaciente, que todavía queda lo mejor.

¿Lo mejor? Casi me arrastra cuando me conduce a la siguiente habitación.

¿Ves todo esto? Sé que esto te va a gustar más. ¿Te has fijado en la luz que he elegido? Es más cálida, ¿verdad? Sabía que te fijarías en estos detalles. Mira, mira: aquí están nuestros viajes. He construido un contador de kilómetros, y lo he puesto ahí, justo al lado de los tarros con la arena de todas las playas que visitamos. ¿Y eso? ¿Te gusta? Son los carteles de todas las películas que vimos. No, no es casualidad que estén todos al lado de la lista de nuestros restaurantes favoritos. ¿Te gusta? Ahí están todas las sábanas que nos arroparon y los colchones que soportaron el peso de nuestros cuerpos. ¡Ah! ¡Y mira, mira esto, por favor! Siento predilección por esta parte. Ven. Fíjate: son frases. Frases que te dije, frases que me dijiste. Algunas son de canciones, otras de tus textos, y otras de tantos momentos a dos milímetros de distancia... ¿Te gusta? Quería enseñártelo.

Está esperando a que yo diga algo, pero no se me ocurre nada que decir. No es un silencio sorprendido; es un silencio totalmente vacío. Sin embargo, tengo que hacerle una pregunta para que oiga su propia respuesta dicha en voz alta:

- ¿Por qué me enseñas todo esto?

Piensa unos segundos. Me mira y, al final, dice:

Eres la única persona del mundo a la que puedo enseñarle todo esto. ¿Tú no tienes nada que enseñarme?

No puedo evitar sonreír. Ladeo la cabeza y, con la vista fija en su figura, le digo que no, que hace mucho tiempo que no conservo nada y, que si tuviera unas habitaciones tan maravillosas como estas a mi disposición, las utilizaría para otra cosa muy diferente. ¿Nada?, me dice. Nada, le digo. ¿Qué sentido tendría? Pero, ¿y mis señales? Le digo que soy consciente de cada una de sus señales y llamadas de atención, y que no es casualidad mi ausencia de respuesta. "Deberías redireccionarlas a las personas que de verdad comparten tu presente", quiero decirle, pero la frase muere en mi garganta porque hace meses que dejé de hablar en esa segunda persona. Agacha la cabeza y no dice nada. Parece que le ha invadido una pequeña decepción. ¿O tristeza? No lo sé. No me importa especialmente.

Este sitio da escalofríos. Es como si fuera un mausoleo. Me doy la vuelta para marcharme. Conozco el camino de vuelta. Oigo su voz. ¿Adónde vas? No me vuelvo, pero le respondo:

- No lo sabes.

Esa respuesta queda ya fuera de sus galerías.

domingo, 19 de marzo de 2017

Entonces se difuminan los hilos, la carne, el tiempo, las costuras que otros rompieron y crearon a base de arañazos y cicatrices. Se mezclan las pieles y las voces, se empañan los cristales de cualquier recuerdo anterior y las paredes de la habitación se vuelven líquido, mar, tormenta, sifón, vapor.

Si pudiera pensar en algo que no fueran esos hilos, pensaría en si alguna vez somos más vulnerables que como lo somos cuando chocamos, desnudos, con alguien.

Atrápame, como si no tuviera heridas, que no las tengo, porque no las siento más allá de esta habitación entumecida, que arde, y me arde el pelo, y me tumbo y veo los muros naranjas que enmarcan tu silueta, que se mueve, se fuga, me vuelve y me habla, sin aliento, sin cuerda ni lamentos más allá de esta casa, que se viste diferente cuando tú estás desnudo, como si fuera nueva, y la acabáramos de estrenar, cada vez, cada pelea en la que acabamos conquistando el mismo terreno inhóspito, conocido, nuestro, infinito.

Si pudiera pensar en algo que no fueran tus hilos, pensaría en dónde estabas antes, hace tiempo, cuando no existíamos todavía porque no nos habíamos conocido.

Si no te conozco,
no he vivido
(...)
LC.

martes, 14 de marzo de 2017

lunes, 27 de febrero de 2017

Y yo.

Me dijo "Si muriera hoy, moriría feliz. ¿Tú morirías feliz?", y yo le dije que sí con esa voz de atontada que dice mentiras, la misma voz con la que hacía tiempo le dije "yo también" después de decirme que me quería, aunque yo a él no, pero sí había querido a otros muchos, y había deseado a otros muchos, también después de conocerlo a él. Le dije que sí todas las veces, le dije que yo también en todas las ocasiones, y él se dormía tranquilo, feliz de verdad, dispuesto a morirse en paz. Yo no lo entendía pero cerraba los ojos y acababa sumida en ese sueño tan extraño, tan eléctrico, que por aquel entonces todavía estaba empezando a conocer. Por eso, cuando dos días después de hacerme esa pregunta, el teléfono de la casa sonó y desde el contestador automático me notificaron su defunción, sólo pude pensar en si él habría sabido, al final del todo, que yo le había mentido todas las veces.

Me vestí de negro, esquivé las miradas y me planté en el cementerio. Asistí a mi primera ceremonia y esperé, esperé largos minutos a que algo se agitara en mi interior, a echarlo de menos, a lamentar haberle mentido a pesar de que mi deber era hacerlo feliz a cualquier precio. No pasó nada, salvo el tiempo. Cuando todos se habían ido me quedé allí, rebuscando entre todas esas piedras tan absurdas, y me senté en la hierba. Observé su color y sentí su levedad, como si de verdad pudiera apreciar todo eso, y el aroma a calma de aquel lugar me erizó la piel trayéndome los recuerdos agitados de todas esas noches en las esquinas de los bares, en las sábanas de otros, preguntándome, después de la extenuación, si de verdad había sido programada también para eso.

En teoría, él me encargó para hacerlo feliz. Yo lo hacía feliz, tanto que me decía una y otra vez que podía morirse ese mismo día. "¿Y yo?" era una pregunta que yo no conocía, que yo no podía hacer, pero sin embargo me asaltaba cada vez con más frecuencia, y desentrañarla me llevaba a los brazos de otros, de otras, que sí me encendían, me volteaban, me suplicaban que me quedara con ellos. "¿Y yo?", parecían preguntarme con los ojos, cuando les decía que pertenecía a otra persona, que mi sitio estaba con él. Y yo, afirmaba yo, en mi fuero interno, en esa cavidad que, en verdad, debía estar sólo llena de nada, y, por el contrario, cada vez se llenaba de más, de tantas cosas que, aunque no conseguía echarlo de menos, me estaba empezando a alegrar de que se hubiera marchado al fin.

jueves, 16 de febrero de 2017

74.462

¿Qué son 74.462 palabras si no construyen, si no remueven, si no hablan?

Me siento cansada si ellos están cansados, sufro con ellos y ahora, sentados en una sala de espera dolorosa de un hospital del norte, la desidia se me va con ellos, y me pregunto qué pasará cuando tenga que despedirlos, cuando me miren desde las páginas acribilladas a sílabas con esos ojos de "¿Ya está? ¿Esto es todo lo que vas a hacer con nosotros?"

No quiero olvidarme de lo real. Pero, ¿qué ocurre si lo real son ellos? Si me están construyendo por dentro, y no al revés; si cada vez que me hieren, o cada vez que hiero, huyo a ellos y les sigo dando forma. En qué punto de la creación asoma la nariz la ficción. ¿Cuándo dejo de ser yo para que sean sólo ellos? ¿Eso ocurre?

Mi gente a menudo me pregunta: "¿Sigues escribiendo?", y yo en mis adentros proceso las palabras de manera diferente, y me escucho responder:

"Sigo construyéndo(me), relacionándo(me), calmándome. Sigo viviendo."

sábado, 11 de febrero de 2017

Anyone alive?

¿Y qué te queda cuando empiezas a venderte a ti mismo?

So bring on the rebels
The ripples from pebbles
The painters, and poets, and plays