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viernes, 20 de enero de 2017

Parece que últimamente todo tiene que ver con escribir, y no sólo para mí, sino también para los míos. En ocasiones, incluso, tengo que reiniciar cierto mecanismo mental porque estoy hablando con alguien que me está considerando una escritora y tienen que pasar bastantes frases hasta que me doy cuenta de que eso está ocurriendo de verdad.

Para mí escribir siempre ha sido un acto de libertad y autodeterminación. Y no es que me lo planteara así; ahora que han pasado tantos años he adquirido las palabras necesarias para expresarlo así, pero lo que vengo a decir es que escribía porque era más yo misma que nunca, y así ha sido desde que recuerdo. Desde que escribía cuentos con letra irregular y a lapicero en folios en sucio y los doblaba y grapaba para fantasear que eran un libro.

Sin embargo jamás me lo planteé como nada más. Simplemente era una parte de mí que alimentaba de vez en cuando, una extremidad más de mi cuerpo. Nadie aspira a vivir de su brazo o de su pierna, por lo general, ¿no? Pero en los últimos años algo ha cambiado, y parece que mi pasión por la expresión no sólo es visible para mí, sino que la consideran y la perciben todos aquellos que se molestan un mínimo en conocerme.

Mentiría si dijera que sé cómo sentirme. Son más preguntas que emociones las que me embargan, y la capitana siempre es la misma: ¿de verdad lo soy? A veces la acompañan otras como "¿debería sentir presión?", "¿esto va a perjudicar que escriba por pasión y no por obligación?".
"¿Soy lo suficientemente buena?".

No puedo perder mucho tiempo en las respuestas, porque son volátiles, van cambiando según mi estado de ánimo o mis circunstancias, y por eso las dejo que descansen a mi lado y les echo una mirada de reojo de vez en cuando. Pero si me tengo que centrar en algo es en las sensaciones y no puedo negar que, hasta el momento, crear historias es lo que me hace sentir más completa, contando con todo lo que me queda por aprender. Que esas historias lleguen a los demás es, sin ninguna duda, parte del motor que me mantiene activa.

Como cuando tenía unos siete u ocho años, y yo llevaba esos folios grapados a mi profesora de primaria. Entonces leía el cuento en voz alta, delante de mis compañeros, y yo sentía, muerta de vergüenza pero orgullosa, que el círculo se cerraba.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Paterson.

Algunos podrían decir que en Paterson no ocurre nada y, es más, que a Paterson no le ocurre nada, pero esa sería la visión de la vida que cada vez me da más y más pereza. Paterson es uno de esos documentos maravillosos que retratan la magia de lo cotidiano y lo extraordinario de lo que comúnmente tachamos de ordinario. De todo eso que metemos en el saco de lo "normal".

Paterson me recordó que cada vez me gusta más el presente y me encanta dejar el pasado en el pasado. Durante años fui una persona que se aferraba con uñas y dientes a lo que se estaba marchando; sin embargo, desde hace un tiempo tengo la suerte de saber dejar marchar aquello que tiene que irse, sin que eso suponga dejar de disfrutarlo o lamentar que desaparezca.

Ha sido un año de avanzar en muchos sentidos. Si miro atrás compruebo que no me he detenido en ningún tropiezo, y que he seguido cultivando esa calma sanadora a la que llevo años dedicándole muchísimas horas. Ha sido un año de recuperar equilibrios y disfrutar del tiempo como nunca, de sacarle punta a los malos momentos para que ninguno se extendiera más de lo necesario y de pensar muchísimo en silencio y mantener conversaciones tan interesantes que me han recordado, y me recuerdan, lo afortunada que soy por contar con mentes tan brillantes en mi vida.

Han sido doce meses de una paz que no habría creído hace más de un año, de sobriedad y madrugadas eternas, de palabras y risas, de aprendizaje y nuevos retos. Ha sido un año para darme cuenta de que tengo que aprender a enorgullecerme más de mis logros, pero he de decir, pudiendo caer en lo pretencioso, que no hay día que no me alegre de la persona en la que me estoy convirtiendo, y eso se traduce en una fuerza tan imprescindible que me mantiene cuerda y contenta, feliz de mi normalidad, de mis días, todos, sin excepción.

He visto nacer proyectos, propios, salidos directamente de mí, que me han calentado tantísimo las entrañas que, aunque a veces sea tentador caer en la desidia, me han demostrado que no quiero una vida que no esté unida a la creación, de la manera que sea. Lo contrario a la guerra no es la paz, es la creación. Crear me recuerda quién soy, me mantiene pegada al suelo y me susurra por qué estoy aquí y cuáles tienen que ser mis siguientes pasos. Ha sido un año de empezar a abandonar los miedos y las barreras autoimpuestas, de exploración y de descubrir que todavía queda muchísimo de mí que no conozco. Que el camino apenas está empezando.

Nunca me había gustado tanto seguir adelante. Evolucionar. Simplemente, seguir caminando, sin saltarme ningún paso, incluso cuando eso supone dudar del último trecho recorrido.

Ha sido el año de conocer por fin Escocia, de volver a mi Irlanda firme, de tantas despedidas que ya no las puedo ni contar. De quedarme, una vez más; de decisiones y hogar, hogares, personas únicas que conforman mi atlas vital, cada vez más amplio y ocupado por almas valientes y honestas.

El encanto de la normalidad y la perfección de la sencillez son combinaciones de palabras que cada vez me atrapan con más fuerza. Como un conductor de autobuses urbanos que escribe poesía en sus ratos libres sin ninguna pretensión de publicarlos. Como volver a tu casa después de un día largo y que te estén esperando. Como escribir, por la mañana, muy temprano, antes de que empiece tu turno.

Esos momentos, esos detalles del presente, esa magia casi palpable. Algunos podrían decir que no ocurre nada, que no me ocurre nada, pero esa sería la visión de la vida que cada vez me da más y más pereza. No sabéis cuánto.

Paterson


viernes, 2 de diciembre de 2016

Noviembre.

Siempre he sentido una especial predilección por el mes de noviembre. Y por el otoño. Cualquiera que me conozca un mínimo lo sabe.

Ocurrió hace ya bastantes años; tuve un mes de noviembre relativamente intenso y eso me sugestionó para el resto de noviembres de mi vida. Esa es mi teoría. Así que cada año llega y se va, y a veces no ocurre nada especial, y otras todavía me estoy curando de algún naufragio, pero siempre está presente de una manera más viva.

Sergio me dijo que todo ocurre por una razón, y yo en parte pienso como él. Así que, desde esta perspectiva, podría decir que conocer a Nuno ha sido una de las cosas más trascendentes que me han ocurrido este año. Parece una tontería, pero él se puso a mi altura, me escuchó y me habló de mis limitaciones autoimpuestas, de lo rígida que me sentía al escribir y de aquello de que la inspiración debía "encontrarme trabajando".

Algo que me arranca una sonrisa inevitable es pensar en que todas nuestras conversaciones sobre lo humano y lo divino, the moon and the sun side of the brain, y otros temas son en inglés. En cierta medida, Nuno me hizo sentir que mi historia merecía tanto la pena como la de cualquier otro. Así que, en nuestro primer día, me encomendó la tarea de "escribir las primeras 15 páginas de mi primera novela". De locos. Pero lo hice, como quien sigue un juego que sólo le produce diversión.

Luego llegó noviembre y hace exactamente un mes me embarqué en este viaje de esfuerzo y superación que comenzaba con mi despertador sonando a las 6:20 de la mañana. Contra todo pronóstico, madrugar era la mejor forma de empezar el día, porque me situaba en mi escritorio, aporreando el teclado entre café y legañas.

Me siento satisfecha pero vacía. En parte vacía por aquello de finalizar un proyecto que ha vertebrado todo mi mes de noviembre. Confiada, sin embargo, porque la historia y los apoyos continúan, y tengo que seguir este viaje para saber adónde me lleva.

Algo se contrae dentro de mí cuando me siento y simplemente tecleo un par de palabras medio dormida y descubro a mis personajes más despiertos que yo misma, guiándome y susurrándome sin malicia por dónde tengo que hacerlos continuar, por dónde quieren que les haga avanzar. Nunca me había ocurrido. Sobre un esqueleto escueto y predeterminado pero no cerrado, el relato iba avanzando sin presiones ni apuros, simplemente dejaba que la vida de esas criaturas continuara.

Las ojeras han merecido la pena, no me cabe ninguna duda. Ha sido un noviembre de pluriempleo, que digo yo, pero sintiéndome plena y comprendiendo que el sacrificio a veces es necesario; me gustaría no tener que pasar nueve horas en una oficina, pero dedicarle tiempo a lo que de verdad me apasiona es la clave para convivir en paz conmigo misma.

Las consignas hay que sentirlas, y cuando eso ocurre ni siquiera uno tiene ganas de gritarlas a todas horas para convencerse a sí mismo de que se las cree. Simplemente nos guían. Y así me está ocurriendo.

no day but today.

martes, 26 de julio de 2016

Perder la cuenta de tantos "tantos" y "tan".

Hoy me he paseado por medio Madrid con un bañador porque hemos hecho una guerra de agua en el trabajo y, a pesar de tener en la oficina la maleta porque volvía de viaje, no tenía una muda de recambio. Parece una frase que inicia un relato enrevesado e ingenioso pero no; es totalmente cierta y mía.

Últimamente estoy haciendo tantísimas cosas que estoy perdiendo la cuenta de todas ellas. Estoy viendo tanto cine -bajo demanda, en salas, de verano- y tantas series y leyendo tanto que. Estoy tomando tantos cafés y tantas cervezas que. Estoy abrazando tanto y queriendo tantísimo a los míos que. Estoy hablando tanto sola y cantando tanto por la calle mientras tamborileo con los dedos en las farolas y las paredes que. Estoy riéndome tantísimo y sonriendo y esquivando besos que. Estoy bailando y sincerándome y durmiendo y viviendo y repitiéndome tanto que...

Que el otro día lo decía: estoy sintiéndome tan bien últimamente que me estoy recordando a un producto de Mr. Wonderful y la verdad es que no quiero, porque me parecen algo odiosos.

Creo firmemente que hay cierto bienestar que sólo podemos alcanzar cuando estamos solos. Y, hago un inciso: también pienso que hay una parte de nosotros que sólo se completa con una pareja. Pero creo que estoy ahí, en el primer bienestar. A menudo pienso que en diciembre inicié un paréntesis que me mantuvo a gusto pero no así de bien, y que se prolongó hasta más allá de febrero, cuando ya dejé de sentirme a gusto para sentirme un poquito menos a gusto. Sin embargo ahora noto en la espalda los restos del cascarón que mis alas han roto y, sí, lo admito: no me sentía así de bien, estando sola, desde abril de 2014.

Iba a escribir que "se inicia" un verano fantástico pero lo cierto es que casi me he comido la mitad y apenas me he enterado porque tengo tanta energía que me faltan días para desparramarla disfrutando conmigo y con los míos. Supongo que necesitaba llegar a este punto de nuevo, al bienestar pleno y natural. Sin mitades, ni huidas, ni distracciones.

viernes, 21 de agosto de 2015

Islas.

Él dijo extasiado que si su avión se estrellara en esa isla, jamás querría volver. A ella se le amortiguaron el resto de palabras en la cabeza conforme iba sintiendo una losa sobre su cuerpo y pensaba: Entonces yo no te volvería a ver.

Pasó algo de tiempo y aunque ella no le dijo nada sí lo escribió, y él reaccionó desinteresadamente y le dijo que sí, que volvería a por ella. Ella forzó media sonrisa mientras notaba el corazón más duro y fortalecido y, de nuevo, pensaba en silencio:

Es demasiado tarde, escuchó esta vez su propia voz retumbando en las paredes de su cráneo.

jueves, 4 de junio de 2015

Copiloto.

Me dice Sé fuerte, tienes que intentarlo, y yo me quedo unos segundos en silencio porque estoy tomando consciencia de que me lo está diciendo una mujer de verdad. Una mujer que a sus espaldas carga años de sacrificios y momentos duros que la han hecho ser tal y como es y que me han hecho a mí querer hacerla feliz cada día desde que la conozco. Tengo el privilegio de tenerla como amiga y confidente, y el tono de su voz es el ingrediente que busco siempre, a veces desesperadamente, cuando mi despensa se está quedando dolorosamente vacía.

Su silueta se abrió ante mí cuando avanzaba por la estación de trenes y autobuses con pasos temblorosos y agarrando con fuerza la maleta para que no se abriera un abismo ante mis pies y cayera irremediablemente. Cuando Zaragoza me azotó con toda la furia de los recuerdos, sus brazos me sostuvieron y me llevaron hasta el coche mientras guardaba silencio sobre mis lágrimas, y dejaba que sus ojos también se encharcaran poco a poco.

Es difícil estar aquí, le dije cuando me abroché el cinturón y emprendimos el rumbo. Asintió y me cogió la mano con fuerza, mientras avanzábamos por los lugares que tan bien conozco y que iban adquiriendo nuevos matices conforme aparecían ante mí y los momentos recientes, aunque pasados, me golpeaban con la fuerza de la añoranza y la pesadumbre, que velaban el miedo a que no volvieran a repetirse.

Compartió conmigo los silencios más densos e instrospectivos, y acurrucándome junto a ella en el sofá recuperaba la cordura del hogar, de saberme en un sitio al que pertenezco. Es mi chica, siempre lo ha sido, y en torno a la determinación de no dañarla o decepcionarla se ha construido en parte mi espíritu, mi actitud, mis entrañas. Unos adentros que también son suyos, pues ella me hizo, me modeló y me enseñó a no querer soltarla nunca.

Me llama todas las mañanas, su voz no puede ocultar la preocupación sobre cómo he pasado la noche, volvemos a hablar por la noche, y entonces por el sonido de mis palabras sabe cómo estoy y cómo de difícil ha sido el día. Siempre que me sienta a oscuras, ella estará allí. Como lo estaba cuando mi alma se desplomaba en el asiento del copiloto, y mi ciudad me devolvía su imagen distorsionada por la angustia de las decisiones que deben acatarse.

Nunca está de más recordarlo. Que eres mi amiga, mi confidente, mi chica, mi imagen, mi sangre, mi piel y mis huesos. Y así seguirá siendo, porque te necesitaré siempre conmigo.

Te quiero, mamá.

jueves, 23 de abril de 2015

When I'm gone.

Anoche volví a mi pregunta habitual que se acaba materializando en una horrible jaqueca: ¿Por qué la vida está llena de cosas desagradables e injustas?

Podría quedarme atrapada en ese interrogante y no salir adelante. De veras pienso que es imposible salir adelante si intento desgranar una a una todas las cosas que considero injustas. El azar, la razón, las emociones, los intereses; todo ello está ahí y va desequilibrando, siempre, esa balanza hipotética con la que en algún momento se decidió identificar a la Justicia.

"Pero no se puede meter uno en el puto bucle autodestructivo. Porque te mata", me contestó, algo dramático, un amigo.

De una forma u otra, tiene razón. Existen las cosas desagradables e injustas; conllevan dolor y ante él uno no puede hacer más que sobrellevarlo como pueda y caminar siempre al borde de ese bucle. Por muy duro que en ocasiones pueda parecer.

martes, 17 de marzo de 2015

Aunque no pudiéramos soportarlo.

Los acordes me hablan de días revueltos, de estómagos del revés y de primeras veces en acostumbrarse a seguir adelante con un elemento vital menos. Cada estrofa me transporta a la desorientación casi demente en mi propio barrio, a despertarme en mitad de la noche con dolor en el pecho y a los últimos rayos de sol del invierno azotando con fuerza en las lacónicas colinas del cementerio de Torrero.

Esta vez no pregunte por qué; simplemente dejé que una parte de mí también se fuera.

Elegiste uno de los días con más atardecer, el puente entre los últimos coletazos de frío del invierno y las intentonas más adelantadas de calor de primavera. El cielo se acabó. Y todavía hoy se aloja esta desolación irresoluble e incuestionable entre mis costillas.


domingo, 31 de agosto de 2014

Tristeza.

No puedo evitar sentirme algo triste. Es una tristeza leve y comedida, que está aquí conmigo pero no duele; hace que haya un poco más de gris pero no de manera nociva, sino paciente. Es como un regusto lejano que sé que me amargará con más fuerza dentro de unos días.

No puedo pensar en cualquiera de los momentos de este verano sin notar cómo se agita algo dentro de la extensión que cubre desde mi estómago a mis clavículas. En mi mente se acumulan como la típica colección de flashbacks que aparece en algunas películas como recurso facilón cuando uno de los protagonistas recae en algo y a su cabeza vuelven uno tras otro recuerdos que parece que haya descubierto justo en ese momento. Pero a mi pensamiento no vuelven, sino que están ahí.

Guardo la sensación de recorrer por primera vez a oscuras el pasillo de tu casa mientras tú me guiabas de la mano y girabas a la derecha, luego a la izquierda y luego a la izquierda otra vez. Un camino que pude registrar ya con luz aquel domingo en el que anochecía en Zaragoza y en tu habitación mientras yo te preguntaba el significado de ese póster, y tú me hablabas de tiempos pasados sin soltarme la mano. La luz se iba apagando, pero recuerdo que no dejé de verte en ningún momento.

Supongo que también de esto trata vivir, de que haya circunstancias que nunca dejen de sorprendernos. ¿Cómo es posible que alguien descreído que comenzaba a aceptar su realidad sentimental se vea ahora así, sin vuelta atrás? No todos los contratos se firman con papel y bolígrafo; tú y yo firmamos el nuestro cuando entre burbujas de cerveza de siete grados y ruido de música y gente nos cogimos de la mano y nos miramos con esa media sonrisa, tu media sonrisa de hombre y de niño, de seguridad y sorpresa, de magia y vacile. Nuestra media sonrisa de trascendencia, de ser conscientes de que vivíamos uno de esos días que, de una manera u otra, no pasarán desapercibidos jamás en esas líneas temporales que nos cruzaron irremediablemente.

En esta colección de momentos inesperados nos veo dormidos en el cine, cruzando el Paseo Independencia en medio de una tormenta de verano, curando la humedad de la ropa con un chocolate caliente en agosto y curando luego nuestras pasiones en la cama, despertándome en mi habitación contigo al lado, mirando por la ventana en un restaurante de paredes blancas con vistas a una de las mejores playas en las que he estado, esperándote impaciente en la estación, bajando de mi casa y abrazándote sintiendo cómo se me deshacía al segundo el nudo en la garganta, colgada del móvil hasta que te sentía mejor, gritando contigo, riendo en tu sofá, madrugando un día cualquiera para buscar tu cortina en Urgencias y cogerte de la mano.

Entre este torrente imparable resuenan tímidas unas notas musicales y me veo a mí entrando en tu habitación y me encuentro contigo y tu guitarra. A tu lado hay un cuaderno donde has garabateado las claves para tocar y cantar Lost stars, y entonces comienzas a darle vida a la letra, mientras tus manos no paran, y no puedo más que tumbarme y observarte, mientras me pregunto qué clase de magia nos ha llevado aquí. 

La canción avanza y a veces sonríes y vuelvo a notar esa sensación en el pecho y pienso. Pienso en cómo es posible despertar tan de pronto y saber que ya no voy a ser la misma si me faltas. Que ni siquiera voy a esperarte: no hará falta, porque estaré contigo, como todos esos días desde que supimos implícitamente a través de nuestras manos que esto no acababa en el Viña.

Ático 4

domingo, 1 de junio de 2014

En los huesos.

Yo miraba cómo jugaban al futbolín. Sin más. Por aquel entonces, mis tardes solían reducirse al bar de siempre, futbolín y poco más. Yo no era mucho más que una chica de 15 años con vaqueros y camisetas de rallas casi siempre, el pelo largo y sin recoger y el semblante tímido. Ellos jugaban y yo observaba. Eso era todo. Pero estaba bien, me estaba entreteniendo.

De repente se acercó a mí y supongo que me daría un beso. Tal vez en la mejilla. No recuerdo exactamente eso. Se colocó a mi lado porque no le tocaba jugar y observó a la chica que estaba jugando en ese momento. La miraba esperando a que yo interceptara esa mirada, aunque yo no iba a decir nada. Los ojos eran libres, hasta donde yo sabía.

- Tú eres más guapa... Pero ella tiene mejor cuerpo. Está más buena.

Me giré y lo miré con el rostro entre la vergüenza y la interrogación. Esa es una de las cosas que nunca me perdonaré: que me avergonzara. De mi cuerpo, de mi ropa ancha, de mi cara lavada, de mi estómago cayendo en picado. De mí misma.

No dije nada. Creo. Mis palabras no las recuerdo bien. Conociéndome durante esos años, seguramente no dije nada.

- Ay... - dijo con una sonrisa enorme porque al parecer era lo que le inspiraba ese sentimiento de superioridad-. Qué buena vas a estar cuando des el estirón, Elena.

Y se fue porque le tocaba jugar, mientras le miraba el escote a aquella chica.

A día de hoy, todavía no puedo considerar que haya dado ese estirón que según él iba a trasladarme a ser una chica de 1.65 que pesara 50 kilos, con buen pecho y el vientre plano. Pero al menos ahora me quiero un poco más.

jueves, 29 de mayo de 2014

Telón.

Había un regusto amargo en el ambiente. A pesar de que amábamos ese ritual más que a nada en esos tiempos, esa vez era diferente. Era la última. Y nuestras ganas, los meses previos, se habían repartido a partes iguales entre que llegara ese día y que no nos asaltara jamás. ¿Cómo podía terminarse algo que nos había hecho tan felices?

No sólo por la euforia clave de los días señalados. Aprendimos. Dejando el arte a un lado, aprendimos a ser una piña, a apoyarnos, disfrutar juntos y complementarnos de una manera casi perfecta. Nos teníamos los unos a los otros. Tal vez sea que mis recuerdos ahora están nublados, pero no recuerdo una mala palabra, un ápice de envidia o una falta de respeto. Por supuesto que teníamos nuestros momentos. Estrés y nervios que podían acabar con nuestras muecas torcidas, pero siempre sabíamos salir de ahí. Vivimos lo bueno y lo malo juntos, sin imaginarnos por un momento un centímetro por encima del otro. A pesar de que el talento brillaba más en unos que en otros, para nosotros éramos iguales como personas, como compañeros. Sabíamos apreciar ese talento que despuntaba, y también compartíamos la felicidad de sus buenas críticas.

No todo fue fácil. Seis años dieron para muchos momentos buenos pero también malos. Lágrimas frente al espejo del baño escondidos de las exigencias feroces que a veces nos brindaba la directora. Pero, cuando eso ocurría, cuando alguien abandonaba la sala de ensayo para ir al baño, al minuto exacto alguien aparecía a su lado y lo abrazaba. 

Siempre encontramos comprensión en el otro, siempre contamos con el otro, siempre supimos que nosotros no éramos nada sin el otro. Todos éramos columnas de un mismo proyecto. Podría decir, cuatro años después, que nuestros corazones latían a la vez. O al menos así lo sentí yo.

Los días de función, ese ritual... Juntarnos, desconectar de los estudios, comer juntos sin prisas, que nos entraran las prisas a todos a la vez y de repente, reírnos, sentirnos. Para luego mutar en apenas segundos cuando las luces y la música se apagaban y se abría el telón.

Aquella vez había amargura en el ambiente antes y después del telón. Una hora antes, había gente haciendo fila para vernos. Se colgó el cartel de aforo completo mientras todavía había gente aguardando a entrar. Cuando sonó la última nota de música y explotó en el público un aplauso revitalizador, Claudia rompió a llorar. En la grabación de ese final se ve cómo su rostro cambia en un segundo y llora. Porque era la última. Y todos lo sabíamos. Por eso la sentimos más que nunca y aún hoy lo recordamos con infinito cariño. Mientras escribo todavía noto en mi piel cada vibración, cada nervio, cada milímetro de ilusión que me cubrió entera. Siento en mis entrañas esa nostalgia absoluta y todavía vive en mí el pensamiento que tuve presente durante todo ese día: no puedo estar triste porque ha sido sencillamente maravilloso.

Me es agradable volver la memoria hacia atrás y acabar aquí. Tal vez fue el fervor adolescente, ser una constante en nuestros años más cruciales, los lazos que allí forjamos, las imágenes de preparar las funciones y vivirlas... Sea lo que sea todavía me hace sonreír. Crecí más como persona y amiga que como actriz. Así aprendí a amar el teatro. Pero también a la gente.

martes, 6 de mayo de 2014

Nos vendieron la vida adulta como el abandono de las pasiones mal medidas de la adolescencia y el paso a una madurez que nos convertía en mejores seres humanos.

Era mentira.

La vida adulta no es más que una prolongación de los errores y malentendidos de la adolescencia. Aquel que disfrutaba desollando a los demás con palabras envenenadas cuando no estaban delante en el patio del instituto, lo seguirá haciendo cuando está fumándose un cigarro en la puerta de la oficina con treinta años más. Por otra parte, aquel que se ofrecía a ayudar a un compañero o no le importaba que dieran un bocado a su bocata de tortilla en los recreos, con veinte años más seguramente seguirá siendo mucho mejor persona que los que rabiaban si alguien les pedía bocadillo.

Sin duda, es una de las mayores decepciones que se van asimilando cuando uno crece. Que esa responsabilidad inherente teóricamente a la vida adulta que apagaba las hipocresías y las puñaladas traperas era falsa. Que no existe. Que quien es honesto lo es desde que tiene consciencia; y quien cuando la adquiere decide usarla para torcerse... sigue torcido. Por muchos años que cumpla.

miércoles, 19 de marzo de 2014

De nuevo me observo los brazos. La mala cicatrización que caracteriza a mi piel provoca que esta reflexión me dure más días de los que debería. Vuelvo a pensar en ese líquido carmesí y en cómo lo he sentido más que nunca estos días en mis venas. Siempre he relacionado la sangre con la familia, pero no como un vínculo de ADN; puede ser que otras personas que no compartan mis glóbulos rojos también los sienta como mi sangre. En mis pensamientos la palabra familia aparece remarcada en tono borgoña, por eso, aparte de a tantas otras cosas menos agradables, la sangre me habla de familia.

De la sangre paso a la muerte con demasiada rapidez. Será que es marzo y que el final del invierno me encoge un poco las entrañas porque hace cinco años tuve la primavera más fría que conozco. Todavía siento ese frío. Todavía me es difícil hablar de aquellos días y todavía se me anuda la garganta si invierto tiempo en rememorarlos. Creo que me cuesta escribir sobre ellos porque fueron vacío. Cada vez estoy más convencida de que de todo se puede escribir, excepto del vacío. Puedo describir mi pecho herido, el agujero desde las clavículas hasta el estómago, cómo me sentí desorientada en una calle por donde llevaba diecisiete años caminando o cómo me enfadé con el universo porque todo lo que escapa a mi comprensión suele ser hiriente. Y si no puedo comprenderlo tampoco podré curarlo nunca.

Es así. Las personas se van y uno debe acostumbrarse a convivir con su recuerdo aunque sea algo que incluso queremos parar. ¿Qué sentido tienen los recuerdos cuando no podemos renovarlos, cuando son un grito mudo del dolor de no recuperar a esa persona, cuando no hay nada que se pueda hacer? Nada. Salvo aceptar lo que todo el mundo debe aceptar. El vacío de la muerte se lo quedan los que siguen vivos. Los que de un día a otro dejan de tocar la carne amada y deben conformarse con limpiarle el polvo a un trozo de mármol o esparcir unas cenizas y ver cómo se las lleva el viento.

Marzo me habla de la familia. La sangre me habla de la familia. De la única brecha insalvable a la que me he enfrentado en toda mi vida y de la música gritando en mis oídos que el cielo se había acabado. Sky is over, cantaba Serj Tankian mientras yo reproducía la canción una y otra vez, una y otra vez, parándome en ese momento en el que aclara Aunque no podamos afrontarlo, el cielo se ha roto.

Me duele porque vive en mí. Porque en parte es el legado que nos toca en vida, hacer vivir a través de las palabras, los gestos, la herencia y los recuerdos a todos aquellos que nos hicieron ser como somos pero se marcharon sin decírnoslo y sin saberlo, simplemente porque tenían que marcharse. Es la simpleza más dolorosa del universo. Y ese dolor ya calmado, asimilado, ese dolor que soy yo, vuelve con un poco más de fuerza en marzo, sobre todo cuando camino y miro al cielo. Entonces me encojo, me hago pequeña y siento mis dependencias pesadas, astilladas, y a mi cabeza acude de nuevo una música, más leve...

Yes, I'm getting older too.

Ellos viven aquí. En mi sangre. En mi marzo. En mí. En esta primavera que me espera, cálida y fría. Como todas desde aquel 17 de marzo.

viernes, 24 de enero de 2014

Elegí tener una vida que me perteneciera sólo a mí.

Tengo una vida. A veces me estresa e incluso puede hacer que me sienta agobiada, pero tengo una vida. De vez en cuando se me juntan los ensayos de teatro con las prácticas de la universidad, algún reportaje al que le quedan las últimas pinceladas, unas fotos que tengo que retocar, las clases de francés o la llamada que le debo a una amiga. Por eso puedo llegar a agobiarme, pero, ¿no sería horrenda la total ausencia de todas esas cosas?

Tengo una vida. Como también la tenía cuando decidí irme a Irlanda con una beca porque si no no habría podido vivir en Dublín durante casi un mes y volví con el espíritu nuevo. También la tuve cuando una agencia de noticias me contrató como becaria y pasé el verano aprendiendo y recorriéndome ruedas de prensa. Cuando ahorré para comprarme una cámara. O cuando tomé una de las decisiones más difíciles de mi vida y me quedé un año más en la capital. 

Tiene tantas cosas buenas como malas. ¿A quién le podría gustar trabajar en algo que no es lo suyo, perdiéndose en los almacenes subterráneos de un Alcampo para montar un stand de cartón y pintándome la raya y los labios sólo porque debo ir así a trabajar? Pero, meses después, pude coger un avión que me llevó a Manchester y de ahí al oxígeno del norte. Porque así lo quise.

Escogí tener una vida en lugar de refugiarme en el rencor y el desencuentro constante. Decidí sacudirme el polvo de tristeza y comenzar una vida, la mía pero otra, y encaminarla para que no pudiera volver a tropezar dolorosamente. O, al menos, no de la misma manera. En esta vida que tengo, puedo mirar atrás sin arrepentirme y sin espantar a la sombra que me sigue a todas partes, cosida a mis zapatos como siempre.

Podría arrepentirme de esos tres años que entregué a alguien que no lo merece, pero tengo la claridad suficiente como para saber que ese tiempo me hizo ser como soy ahora. Y no me arrepiento de la persona que soy. Porque reflejados en los pozos de mis ojos veo a los míos; ellos también son parte de lo que soy. Porque al igual que tengo una vida, elijo quién entra en ella. Y quién se queda. Como aquellos que van a recorrer metros o kilómetros sólo para conocer una parte tan esencial de mi existencia. A ellos podré mirarlos a la cara y saber que su sonrisa es sincera.

No podría imaginarme sin mis pasos apresurados a un ensayo de Ícaro, o sin las cervezas de después, las risas cuando alguien espera hacerte llorar, el cielo de Madrid o el viento inigualable de Zaragoza. Porque todo eso es mi vida. Sólo soy yo quien puede decidir si convierte en mofa un intento frustrado de sufrimiento infligido o si alguien duerme esta noche en mi cama.

En lugar de quedarme en el hastío y en culpar al universo de un complot contra mi felicidad, decidí que -tal vez- era yo la que debía hacer algo. Por eso lo hice. Elegí tener una vida que me perteneciera sólo a mí.

jueves, 9 de enero de 2014

La escritura me ha dado muchas cosas; algunas buenas, otras no tan buenas, otras engañosas, otras curiosas. Cuando uno escribe para que alguien lo lea suele entusiasmar el hecho de que alguien responda que el texto le ha ayudado o se ha sentido identificado. Pero lo que nunca podría haberme imaginado es que la escritura me iba a dar unas palabras de aliento de alguien que se hizo llamar, sencillamente, Anónimo. Entonces se convirtió en El Anónimo de mi espacio. Meses después dirigí unas palabras exclusivamente a él, con la esperanza vaga -porque era poco probable-, de que me leyera y lograra saber quién era.

La magia existe y por eso acabé conociéndolo. A El Anónimo de mi espacio. Y años después he reído y llorado con él, se me ha cargado a la espalda en muchas ocasiones, le he dibujado, he compartido cafés, sonrisas y cervezas, nos hemos distanciado, pero... Pero siempre vuelve. Siempre volvemos.

Por eso quería interrumpir la línea habitual que sigue este espacio. Porque fue a través de la palabra como te encontré (aunque más bien me encontraste tú a mí) y vas a estar siempre ligado a ella, de una manera u otra.

Felices 24, Anónimo -amigo- de mi espacio. Esta sonrisa es tuya (aunque es infinitamente mejor tu sonrisa de payaso).


viernes, 20 de diciembre de 2013

Es la felicidad lo que hoy lamento.

No el dolor verdadero,
que enmudece;

sino esa sutil forma de tristeza
que no es apenas nada
más que ausencia de dicha.
(AG)


domingo, 1 de diciembre de 2013


We're all in this thing together
Walkin' the line between faith and fear
This life don't last forever
When you cry I taste the salt in your tears.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Existe la posibilidad de que el cielo y el mar se tiñan de un color similar y parezca que se funden. Ocurre de noche, y a veces sólo un tímido reflejo lunar es el rostro de un mar en calma, negro a mis ojos, contemplado únicamente por esas pinceladas blancas y amarillas. Pero cuando ocurre en un día nublado o al atardecer, sin que tenga que ser la negrura el catalizador de esta maravilla, me parece magia. El mar y el cielo unidos en un manto uniforme, sin fisuras, provocando que no eche de menos ningún horizonte.

Entonces todo es calma, espíritu tranquilo, y la vida entera se me antoja sencilla. Como si pudieran unirse las mentes y nadie tuviera que entenderme. Sólo ser parte de ese manto infinito, entre el gris y el azul, y no tener que preocuparme de otra cosa que no fuera sentirme libre.

miércoles, 30 de octubre de 2013

viernes, 11 de octubre de 2013

Estoy sentada en silencio, pensando, cuando noto que alguien se sienta a mi lado y me abraza por detrás. Sé exactamente quién es sin necesidad de verle el rostro o escuchar su voz. Siempre acude a mí en ocasiones como esta. Jamás falla.

- Sólo estoy reflexionando. Necesito tiempo. Pero gracias por venir.
- Lo sé, por eso sólo me quedaré aquí. Contigo. Un rato más.

Cierro los ojos y me acomodo más en su pecho mientras pienso que ella piensa que no voy a aguantar mucho más sin hablar. Que al final siempre hablo. Exploto. Y ella está ahí para escucharme. Es algo que sé.

- Simplemente duele, ¿entiendes? Es una de estas veces en las que está el dolor bien adentro y tengo que esperar a que deje de gritar para asumirlo y afrontarlo.
- Lo sé, pequeña. Pero yo sé que puedes.

Volvemos a quedarnos entonces en silencio y a los minutos comienza a notar mi cuerpo trémulo, y desde las yemas de sus dedos me calma el agua y sal de las mejillas y me susurra que todo va a ir bien, porque estamos juntas. Yo sonrío amargamente pero agradezco su presencia. Como siempre.

- Recuérdalo, nunca debes responder a la amargura o a la venganza. Estás tú, antes que todo lo demás, y en tu integridad reside la clave para no volverte loca, pequeña. Asúmelo, como siempre. Acusa el golpe pero sigue adelante. Siempre habrá dolor... Así que no dejes de luchar cuando te haga mella. No te fíes, pequeña. No termines de fiarte nunca.
- Lo sé, pero...
- Tienes el mejor ejemplo en casa. Sabes lo que las decepciones pueden hacerle a un ser humano. Sabes cómo pueden reforzar la debilidad más primigenia. Sabes que puedes acabar como él si te abandonas a ti misma.

La miro atónita. Aprieto su mano entre las mías. Me calma.

- ¿Sabes qué? Cuando volvía a casa había en mi calle una chica joven llorando y gritándole a un chico que caminaba unos pasos por delante de ella. Le preguntaba a lágrima viva por qué la hacía sufrir así, que qué le había hecho ella a él para merecer ese trato. Yo he pensado al verla que podría estar como ella. Llorando y gritando. Incluso he recordado que hace años estuve así alguna vez. De verdad. Pero ahora prefiero parar y pensar. Reflexionarlo. Y, si lloro, no llorarle a nadie.

Ella me sonríe mientras me acaricia el pelo y yo voy notando el calor de nuevo en mi pecho, y cómo se va extendiendo por mis venas curándome el dolor que se me ha quedado atrapado debajo de la piel. Estoy lista para dormirme relajada y en paz, a pesar de que sé que va a marcharse, que va a dejarme sola otra vez. Pero esto funciona así.

- Te echo de menos-le digo.
- Volveremos a vernos, pequeña. Siempre que me necesites.

Y me besa y la beso segundos antes de verla desaparecer. Se disipa su imagen en blanco y negro y me quedo en la oscuridad de mi habitación pensando en ella. El dolor sigue aquí, pero con ella siempre recuerdo que puede pasar a formar parte de mí sin rabia, sin rencor, sin amargura. Como forma parte de nosotros alguien que se ha ido, a quien dejas de ver sin que puedas hacer nada y quien te hace aprender a convivir con su ausencia quieras o no. Pero sigue ahí. De alguna manera... Sigue ahí.