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sábado, 20 de abril de 2019

El día que volví a Skogafoss y estaba sola y me sentía bien

Me pidieron que me hiciera un regalo y yo elegí volver a Skogafoss. Pero esta vez lo hice sola, sin ninguna compañía. A pesar de ello, el lugar estaba salpicado de turistas, como es habitual en este sobrecogedor rincón de Islandia que, además, había vuelto a salir en Juego de Tronos, concretamente en el primer capítulo de la octava temporada.

Esta vez traía los deberes hechos y me había traído un chubasquero. Era rojo, no sé por qué. Bajé del coche y me fui aproximando al terreno llano a los pies de la cascada, mientras el sonido se iba volviendo más y más ensordecedor. Comencé a notar las salpicaduras salvajes de agua en la cara y en ese momento decidí desabrocharme el chubasquero, me remangué y apenas unas gotitas se empezaron a deslizar también por mis brazos.

Caminé haciendo eses, de un lado a otro de la cascada, mientras todo el mundo hacía fotos o simplemente se quedaba maravillado mirando hacia lo alto del monumento natural. Me paré en el sitio y me respiré a mí misma, sintiendo cada rincón de mi cuerpo, reconociéndome para poder afirmar que me sentía inmensamente bien. Conectando conmigo. No sé cuánto rato estuve allí.

Me pidieron que me hiciera un regalo y yo elegí volver a Skogafoss, sola, y sintiéndome bien.



viernes, 24 de agosto de 2018

Isla Bella.

Creo que es imposible describir Cuba, hablar de Cuba de una manera medianamente fidedigna. Esto es algo que ocurre con cualquier lugar que uno visite, pero irrumpir en esta isla es un viaje diferente, de una naturaleza desconocida para mí hasta hace un mes. ¿Cómo hacer justicia a ese rincón del mundo construido con unos cimientos distintos, que nosotros ni siquiera podemos llegar a comprender? Las grietas de cada edificio de La Habana nos pueden hablar de una realidad que, en realidad, no estamos entendiendo.

Sin embargo, Cuba tiene un magnetismo particular. Se convierte en un sitio que atrapa a pesar de su misterio, a pesar de que uno se sienta un bicho raro allí plantado, con su líquido anti-mosquitos (que a veces no funciona) y sus ideas europeas e imperialistas. No pasa nada; nos han educado así. Nos han educado, en parte, para no comprender la revolución: el que no la desprecia la idolatra, y ninguno de los dos enfoques es el correcto para poder desentrañar los hilos de este país.

jueves, 13 de octubre de 2016

Norte.

Esta lluvia me recuerda a Escocia. Pero es un falso reflejo: cuando estuvimos allí, no pudo hacer más sol. Los rayos picaban de verdad en Edimburgo y, aunque hubo una pequeña tregua neblinosa, en Glasgow fue más de lo mismo.

Me gustaron los escoceses. Igual que me gustaron las calles empedradas e inundadas de teatro de la capital de Escocia; sus cementerios forrados de colinas de verde brillante, sus cuestas llenas de perezosos, sus pubs escondidos en rincones oscuros y esas dos ciudades a diferentes alturas que echaban por tierra cualquier mapa. En esa cafetería en la última planta de una librería céntrica, mientras mis manos se calentaban con la taza de café, supe que volvería.

De la misma manera que volveré a Glasgow, a sus calles franqueadas por grandes edificios grises, a la cerveza artesana, los ritmos nocturnos y el olor a comida india. Todavía en Edimburgo, mientras un taxista nos llevaba a toda máquina a una obra de teatro a la que llegábamos tarde -una versión increíble de Dorian Gray-, nos advirtieron de que Glasgow era feísimo. Como todo el mundo. Pero nada más lejos de la realidad, aunque, todo sea cierto, mis acompañantes contribuyeron a llenarla de luz.

Echo de menos esos días en Reino Unido, cargando kilómetros a la espalda y llenándonos de música en la calle de The Cavern de Liverpool o de bosque en los senderos del Peak District. Esta lluvia de estos días en mi bonita Zaragoza me recuerda a ese norte tan verde y gris que volveré a visitar en apenas siete días.

El próximo viernes volveré a pisar las calles de Dublín. La capital de ese país que siempre ha sido mágico para mí y que por eso llevo siempre en la muñeca y que me hace sentirlo por Escocia e Inglaterra: Éire irá siempre en primer lugar. Me gusta la lluvia; en Irlanda, todavía más.

domingo, 23 de agosto de 2015

viernes, 21 de agosto de 2015

Islas.

Él dijo extasiado que si su avión se estrellara en esa isla, jamás querría volver. A ella se le amortiguaron el resto de palabras en la cabeza conforme iba sintiendo una losa sobre su cuerpo y pensaba: Entonces yo no te volvería a ver.

Pasó algo de tiempo y aunque ella no le dijo nada sí lo escribió, y él reaccionó desinteresadamente y le dijo que sí, que volvería a por ella. Ella forzó media sonrisa mientras notaba el corazón más duro y fortalecido y, de nuevo, pensaba en silencio:

Es demasiado tarde, escuchó esta vez su propia voz retumbando en las paredes de su cráneo.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Instante.

Una sonrisa fugaz en un museo puede comenzar una gran historia.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Era casi madrugada cuando nos comíamos un sándwich pedido para llevar en un banco perdido por el barrio de Gros, en San Sebastián. Más tarde, apuraríamos la noche con el mar de fondo y la arena y las últimas conversaciones colándose en cada arruga de la ropa.

Me invadió una sensación incierta de juventud. Como si el hecho de ser jóvenes fuera el pretexto para estrujar el sobre de ketchup sentados en el suelo y reírnos a carcajadas de esas fiestas con luces y música repetitiva que suelen incluir tacones, faldas cortas, camisas y, al menos esta vez, incluso pajaritas.

No sé si será esa misma juventud la que me echa las garras al estómago cuando veo fotos de otros más afortunados en cada rincón del mundo a pesar de que ya no existe debate en mis adentros. Sé por qué me quedé, aunque fuera duro. Sé que me gusta esta vida, y que aprecio la gente que me rodea aquí y que contribuye a que lo anodino brille un poco más y a que yo misma me anime más con las pequeñas cosas. Comprar pan en el chino para hacerme tostadas mañana en el desayuno, volver casi corriendo a casa canturreando un estribillo, leer en el metro, reírme con los demás.

Me niego a creer que todo esto, que la comida de madrugada devorada en plena calle y las caminatas nocturnas o las horas de tren y autobús, que todo ello, se deba únicamente a esa incierta sensación de juventud. Prefiero pensar que son detalles que estarán siempre. O que al menos jamás me olvidaré de que mis días tiemblen y se sacudan en parte por ellos.

sábado, 30 de agosto de 2014

Sevilla.

Sacado de rostros, 
fragmentos de conversación, 
fantasías 
y libres interpretaciones 
a cuarenta 
grados.


Dos adolescentes se dan un abrazo en una estación de autobuses como si llevaran mucho tiempo sin verse; se abrazan entre gritos jóvenes e ilusionados y echan a caminar dándose de la mano y riendo; cuando están más lejos, parece que marchan a pequeños saltos, como niños que van de excursión. Una mujer que viaja con sus padres, ya ancianos, echa a correr cuando se percata de que se ha dejado la cámara de fotos en el bus turístico. A dos calles de allí, una media de cinco hombres mayores de cincuenta años se reúnen a diario en el bar de siempre para echarse la clara de antes de comer y, si se sienten especiales, elegir una tapa de la lista escrita a tiza hace más de tres años en una pizarra. Pasando por esa misma taberna, una joven de unos veinticinco años casi se atraganta con el chicle que mastica al ver en la acera de en frente al novio de su mejor amigo cogiendo de la mano a una chica que no se parece demasiado a su mejor amiga; se le congela el nombre de él en los labios, tras estar a punto de gritarlo. Dos horas más tarde más o menos, esa mejor amiga llorará tras colgar el teléfono; se moverá entre las calles estrechas de Triana a trompicones; sin ganas de discutir, sin ganas de gritar, sin ganas de llorar descontroladamente; sólo deseará dejar de preguntarse por qué confió su corazón de nuevo si ahora está partido en dos; de nuevo. Con ella se cruzará una pareja de ancianos muy ancianos que aprietan lo que pueden el paso porque llegan tarde; turistas asentados en México, él español y ella mexicana, que disfrutan de lo que -saben- serán sus últimos días en España. Trabajando en una heladería cercana, un chaval de apenas veinte años le dará vueltas a la cabeza preguntándose si merece la pena seguir luchando por una carrera que ya no sabe si le llena; con cada pálpito de duda, se agarra con más fuerza a la fregona, intentando que el sudor de su frente disimule la amargura, honda y lenta, que se adueña poco a poco de su pecho.

...

viernes, 24 de enero de 2014

Elegí tener una vida que me perteneciera sólo a mí.

Tengo una vida. A veces me estresa e incluso puede hacer que me sienta agobiada, pero tengo una vida. De vez en cuando se me juntan los ensayos de teatro con las prácticas de la universidad, algún reportaje al que le quedan las últimas pinceladas, unas fotos que tengo que retocar, las clases de francés o la llamada que le debo a una amiga. Por eso puedo llegar a agobiarme, pero, ¿no sería horrenda la total ausencia de todas esas cosas?

Tengo una vida. Como también la tenía cuando decidí irme a Irlanda con una beca porque si no no habría podido vivir en Dublín durante casi un mes y volví con el espíritu nuevo. También la tuve cuando una agencia de noticias me contrató como becaria y pasé el verano aprendiendo y recorriéndome ruedas de prensa. Cuando ahorré para comprarme una cámara. O cuando tomé una de las decisiones más difíciles de mi vida y me quedé un año más en la capital. 

Tiene tantas cosas buenas como malas. ¿A quién le podría gustar trabajar en algo que no es lo suyo, perdiéndose en los almacenes subterráneos de un Alcampo para montar un stand de cartón y pintándome la raya y los labios sólo porque debo ir así a trabajar? Pero, meses después, pude coger un avión que me llevó a Manchester y de ahí al oxígeno del norte. Porque así lo quise.

Escogí tener una vida en lugar de refugiarme en el rencor y el desencuentro constante. Decidí sacudirme el polvo de tristeza y comenzar una vida, la mía pero otra, y encaminarla para que no pudiera volver a tropezar dolorosamente. O, al menos, no de la misma manera. En esta vida que tengo, puedo mirar atrás sin arrepentirme y sin espantar a la sombra que me sigue a todas partes, cosida a mis zapatos como siempre.

Podría arrepentirme de esos tres años que entregué a alguien que no lo merece, pero tengo la claridad suficiente como para saber que ese tiempo me hizo ser como soy ahora. Y no me arrepiento de la persona que soy. Porque reflejados en los pozos de mis ojos veo a los míos; ellos también son parte de lo que soy. Porque al igual que tengo una vida, elijo quién entra en ella. Y quién se queda. Como aquellos que van a recorrer metros o kilómetros sólo para conocer una parte tan esencial de mi existencia. A ellos podré mirarlos a la cara y saber que su sonrisa es sincera.

No podría imaginarme sin mis pasos apresurados a un ensayo de Ícaro, o sin las cervezas de después, las risas cuando alguien espera hacerte llorar, el cielo de Madrid o el viento inigualable de Zaragoza. Porque todo eso es mi vida. Sólo soy yo quien puede decidir si convierte en mofa un intento frustrado de sufrimiento infligido o si alguien duerme esta noche en mi cama.

En lugar de quedarme en el hastío y en culpar al universo de un complot contra mi felicidad, decidí que -tal vez- era yo la que debía hacer algo. Por eso lo hice. Elegí tener una vida que me perteneciera sólo a mí.

lunes, 13 de enero de 2014

Hace ya demasiados años conocí a Ángel González. No sé adónde iría, pero el caso es que él estaba apoyado en el cristal del autobús. Fue el primer poema que le conocí, en un folio pegado a la ventana con un dibujo que ya no logro ver en la memoria. Recuerdo que me sorprendí por que el ayuntamiento de Zaragoza hiciera algo que promoviera la cultura. Leí el poema y lo guardé. Y aquí sigue. Sigue en parte para hacerme ver cómo depende la percepción de lo que siente uno mismo, así como de cómo es en dicho momento. La mindundi adolescente y enamorada que cogió ese autobús hace años leyó Amor en las palabras de Ángel González. Cómo iba a leer otra cosa, claro, si en aquella época la pobre tenía que amar por dos, ante el pasotismo y la incompetencia del otro. Todos hemos sido jóvenes, muy jóvenes, y todos hemos cometido amargos errores cegados por la ilusión y la mentira. Hoy, sin embargo, leo otras cosas. Más que Amor leo Pasión y Lujuria, Frío, Represión y Soledad. Y me leo a mí. Una Elena de otro tiempo.


Inventario de lugares propicios al amor

Son pocos.     
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia (con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
-sin interés alguno-
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿A dónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.
Ángel González

domingo, 29 de julio de 2012

Estaba caminando por Grafton Street y sonaba esta canción en mi cabeza. Mi banda sonora de Dublín, y la banda sonora de todas las veces que me vuelva a ir.

http://www.youtube.com/watch?v=0UjFRBEy4dM

It's time for us to part
Although it breaks my heart

miércoles, 25 de julio de 2012

Estaba escribiéndole un mensaje en inglés a Aleksander, pero he parado para ir a desmaquillarme y me he quedado unos segundos mirándome al espejo. Estaba sonriendo levemente, con una de esas sonrisas que se llevan puestas horas y no surgen de repente como un chispazo. Y mis pies han vuelto al verano pasado y en ese momento sí que ha habido un destello.

En estos últimos meses he descubierto más de mí misma de lo que hubiera llegado a pensar nunca y, aunque el dolor forzó el mecanismo, ahora puedo mirarme en el espejo y sonreír. No me he dado cuenta de todo lo que he vivido hasta que me he topado con gente que buscaba resolver dudas que yo ya había sufrido y he visto en su estela torcida remembrazas de lo que yo fui un día.

Sé que mi pena ha salpicado a más de uno, pero lo he intentado hacer lo mejor que he podido. El resultado, no sé si bueno o malo, lo encuentro en unos envejecidos pero íntegros ojos castaños, las ojeras perpetuas, la comisura de los labios a punto y la piel brillando por nuevas experiencias, segura de querer probar otros oxígenos y otros vientos menos conocidos. Lo encuentro ahí. Justo en mi reflejo en el espejo.

lunes, 23 de julio de 2012


When I woke up this morning I have felt confused for a few seconds. In the darkness of my bedroom I was still thinking that I was sleeping in Shanowen Road. After I realized my error, something has turned inside me and now I feel restless, nostalgic, like in an eternal wait.

I could get obsessed with the idea of keeping these days fresh in my mind and not to let them go. But I don’t want that. What I want is to live with all these moments like one more stone on my way. Glad to have lived these days. To have had them. Because I’m not the same girl who arrived Ireland alone almost a month ago anymore. All of you have changed me. You and the hours in Dorset, in Temple Bar, in Gabriel’s house and, of course, the hours travelling around that green and grey island. Always magical.

martes, 17 de julio de 2012

Ya se me va cubriendo el alma con una fina película de nostalgia anticipada. Pero es normal. Suele ocurrir cuando tu vida cambia, y a mí todo este verde y gris que me asustó al principio me ha cambiado. También cosas tan banales como hablar por whatsapp en inglés esforzándome por hacerme entender o bailar salsa con un mexicano en un local insólito de Dublín llamado Pacino's. Lo mejor no son las pintas de cerveza, sino las fotos de Aleksander o la cocina de Gabriel llena de arte y de la generosidad de su dueño. Voy a echar de menos todo esto. La rutina lluviosa de Dublín, la moqueta donde dormí el sábado y la música resonando por Temple Bar. Las risas infinitas con Sergio y Claudia, la dulzura de Rosa, la risa de Adrián y las clases locas de inglés. La vida de aquí, otoñal y amable. Y las citas firmes y deliciosamente ineludibles en O'Connell Street.

Dublín, día 16.

miércoles, 11 de julio de 2012

Sólo con el apunte de rigor lo digo todo. Voy a echar de menos esto. Voy a echar de menos este estilo de vida y sobre todo a tanta gente dispar que simboliza lo que sé que seré algún día.

Dublín, día 10.

jueves, 5 de julio de 2012

- Ask Adrián about Korean food today.

Viéndolos a todos adultos, perdidos en un país extranjero, después de meses, buscando trabajo o algún modo de subsistir. Viéndolos felices, recibiendo sus besos cada día que nos vemos en la escuela a pesar de que ni siquiera llevo aquí una semana, su manera de compartir, su paciencia con mi inglés oxidado. Los veo lejos de Brasil, Méjico y Colombia, pero felices. Sonriendo, riendo, intercambiando expresiones y sabiendo que tienen el mundo si quieren en la palma de su mano. Observándolos en el piso de GG he pensado si no nos perdemos demasiado teniendo que estudiar, terminar de estudiar, encontrar un trabajo... Tanto tengo que. Los he envidiado y he sabido que en este mes voy a aprender mucho de ellos. Aunque me dé miedo, porque podría quedarme con el modo de vida que me están enseñando.


Dublín día 4.

domingo, 1 de julio de 2012

Los preparativos han sido como volver a los nervios previos a una excursión de la infancia. Luego los gritos en el avión mientras atravesábamos las turbulencias me han llevado a temores superiores y he pensado que adónde estaba yendo. Que qué estaba haciendo. Luego me ha explotado todo este verde y gris en los ojos y aunque las gotas de lluvia me han nublado el ánimo ha vuelto a ocurrir. Entre la hierba, y la lluvia suspendida en el aire, impasible, tentador, imposible de convencer -y menos ahora-: estabas tú.

Dublín día 1.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Ya ni se sentía tiritando. Su cuerpo entero se convulsionaba de una forma inhumana pero ella hacía mucho rato que no era consciente de sus temblores. A decir verdad, no sentía absolutamente nada. Era como si su cuerpo hubiera decidido dejarla ir y así hubiera sido. No era capaz de moverse. Ni siquiera sabía si estaba respirando o no.
Poco a poco, iba introduciéndose en un sueño temible a la par que reparador. Luchaba para que sus párpados no se cerraran, pero el calor iba aumentando conforme cerraba la persiana de sus ojos y se concentraba en la negrura que le esperaba en su interior. Era curioso que estuviera alejándose tan vertiginosamente de la realidad pero que siguiera siendo consciente de todo lo que se arremonilaba en sus adentros. Sus pensamientos iban pesando como argamasa, pero seguía luciéndolos. Y por ello el miedo la acuchillaba. No podía pensar en otra cosa. Tan solo, miedo.
La luz iba volviéndose opalina, como su piel.
Un recuerdo iba tomando forma en su mente, llenándola de un calor contrarrestante con sus dedos rígidos como témpanos de hielo. Se acordó de unos dedos derrochando fuego que acarciaban sus labios agrietados, mientras una voz melodiosa la mecía, incitándola a tranquilizarse pero que en verdad lo que intentaba era que el temblor de sus sílabas desapareciera para que ella no se percatara. Rememoró unas manos duras que la sacaban de allí con angustia, como si temiera que el cuerpo de ella fuera a desquebrajarse por momentos. Añoró sonrisas, pues no había ni una sola en esa visión gastada que iba cubriéndola por dentro. Siguió alimentándose de ese recuerdo hasta que la oscuridad fue haciéndose palpable y se sublevó del todo. Lo último que logró recordar fue el tacto cálido de gotas de agua salada que se derramaron en sus mejillas. Se sintió turbada hasta que comprendió que las lágrimas no eran suyas, sino de aquel ser que se arrodillaba junto a ella en su recuerdo. Entonces cayó en la cuenta de que era la realidad misma lo que se le había antojado como una acción ya pasada.
Y, sólo entonces, comprendió que la muerte se colaba entre sus entrañas, invitándola al viaje eterno. Y cálido. Ante todo, cálido.