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jueves, 15 de julio de 2010

El abismo más inmenso se abrió a sus pies y pensó que había muerto, y que eso era el infierno. Tanto dolor en el pecho no podía ser humano, de verdad que había tenido que morir. Las luces artificiales del pasillo bizquearon un instante cuando él golpeó la pared con los puños roto de pena, y todos callaron sin intentar calmarlo, porque ni siquiera ellos lo entendían. ¿Cómo se podía comprender una cosa semejante? Por un momento sintió que caía sin remedio, y sus rodillas chocaron contra el frío suelo cuando perdió el equilibrio y comenzó a llorar sin poder pararlo.

La médico se retiró de su lado diciéndole con serenidad fingida que si él quería le podían traer un calmante. Él sólo deseó un avance científico de locos, o una máquina del tiempo que se comiera los años gastados, para volver a arrancar las hojas del calendario. Se maldijo y en su locura momentánea intentó arrancarse el corazón para arrojarlo por el ventanal y que dejara de latir. Por fin se puso en pie y llegó hasta la puerta. Una punzada de angustia le susurró con malicia que esa iba a ser la última. Que de allí no iba a salir, y sus pupilas se nublaron queriendo escaparse de sus ojos para hacerse ciegas.

-Está dormida- oyó al abrir la puerta. Pero él no contestó.- Ahora duerme-repitió, y al ver que no contestaba lo dejó a solas con ella. Unos minutos no iban a hacerle daño. Al menos, no más daño.

Él se sentó al lado de su cama, y la observó tan tranquila y niña que quiso despertarla y llevarla en brazos hasta el fin del mundo. Parecía que al cogerla iba a pesar menos que una pluma, tanto que podría echarla a volar. Porque en realidad era un ángel. Le besó las manos, y siguió observando su rostro con una frase en los labios.

-Me vas a matar, mi amor...

Y lloró en su regazo hasta que cayó rendido en esa extraña posición. Todavía angustiado, sintiendo su corazón latir y preguntándose de qué le iba a servir cuando ella le diera la razón a los médicos. ¿De qué servía entonces su alma, esos latidos del demonio, si no eran capaces de mantener vivos a los dos? Si ella moría... ¿Qué sentido tenía su vida si ella moría?


miércoles, 8 de julio de 2009

No quiero hipotecar mi felicidad. Ni reinventar un sistema de sentimientos que más tarde aplique a mi persona y me den una realidad que no me hace feliz. Suena frío, enfermizo y sobre todo, y es lo que me pesa, demasiado triste. No puedo soportar la idea de autoengañarme, pero es que me duele tanto; me duele tanto haber llegado a este punto de desesperación. Yo no creía en revivir estos recuerdos: creía en los sueños y en los amaneceres inalcanzables.
No puedo. No puedo con este peso en el pecho y este remolino de confusiones varias que se me planta entre los ojos, el cual no se alivia liberándolo. No puedo con mi pesimismo rebuscado ni mi capacidad de dinamitar las cosas y quedarme a un lado, tan ancha, esperando a que vuelvan a salirle flores al jardín.
Conozco el arrepentimiento futuro por entregarme a las letras creyéndome sola. No entiendo demasiadas cosas, y al mismo tiempo tengo ganas de tantas que todo se mezcla en batalla, se calma, y finalmente explota en siempre lo mismo: silencio y pesadumbre. La balanza equilibrada, o el desequilibrio trepando por uno de los extremos, tiñéndolo todo de locura, mientras me hipnotiza la melodía de esta canción.
Take a glorious bite out of the whole world...



domingo, 6 de enero de 2008

El gris ha quedado totalmente limpio, sin fisuras, cubierto en su totalidad por una capa espesa de nubes que, al mismo tiempo que no deja pasar ningún rebelde rayo de sol, cubre las calles con un manto inclemente de negrura, amparando tal vez los corazones con frío que se lanzan a la aventura solitaria en un atardecer de domingo. En el ambiente flota el olor nostálgico de la lluvia cuando ya sólo se escucha su golpeteo contra los cristales en la memoria. No muy lejos bizquea, creyéndose estrella marchita, una vieja farola.

-Ya no llueve.
Parpadea, pues mi frase le sorprende, manchándole el silencio que la estaba llenando de paz.

-Lo sigue haciendo, ¿no te das cuenta?

Ahora es ella la que impulsa mis pestañas, alentadas por el misterio que connotaba su última frase. Miro al cielo de nuevo y parece que el gris pretende engullirme mientras me lleno de la calma que su presencia me ofrece. Mi piel ya no siente ni una sola gota de agua, pero aún tirita del chaparrón que ha dejado a los charcos simbolizando su presencia. El gris es plomizo, ya que noto su peso sobre mi persona, como si quisiera susurrarme que la lluvia se ha ido pero volverá cuando se le antoje. Aún no entiendo sus palabras, por más que lo intento.

-No, creo que no me doy cuenta-contesto por fin, sin atreverme a mirarla por si mis palabras le hacen mella.
-Sí que te das cuenta. Quédate en silencio y asústate de la tempestad de tus adentros. Date cuenta de que cada estremecimiento que sufres es un rayo que impacta impertinente contra la barrera que intentas construir. ¿No lo vas notando? El revuelo del aire provoca que las olas rompan hurañas en tu interior. Quieta; se acerca la tormenta. Y sigues permaneciendo impasible ante lo que se te viene encima. ¡Date cuenta! No puedes frenarlo, ya hueles la lluvia. Y te asustas, por supuesto que te asustas. Empiezas a empaparte. No puedes frenarlo...
-¿De qué estás hablando?-. Me asusto de veras. Nunca la había visto así.
-De que llueve. Que tengo el corazón inundado de lluvia. Que me ahogo y no para de llover. No para...
Dejo de contemplar el cielo y la miro, después de un rato sin atreverme, la miro. Tiene los ojos arrasados en lágrimas y tiembla ligeramente. Casi me veo reflejada en sus lágrimas, que ahora vuelven a mojar mi hombro mientras ella se convulsiona.
Que tiene razón. Y, a pesar de los paraguas cerrados que pasea la gente, la lluvia sigue golpeando su alma con fiereza salpicando también la mía.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Una mirada rompe un mundo. Unos ojos que te observan pueden llegar a corromper el esquema de tus vivencias, mientras te juras y perjuras que esa ponzoña no va a hacer sangrar más tu alma, aún cuando notas tus cicatrices supurando recuerdos desnudas, sin gasas ni vendas que calmen el dolor de un silencio envenenado de pupilas titilantes.
Es entonces cuando tu boca quiere transmitir el pensamiento que te ronda. Quiere decir que todo ha pasado, pero se frena al encontrarte de rodillas contra el suelo esperando "a que todo termine" De nuevo. Y temes moverte porque el hilo que cerraba tus heridas escuece y amenaza con caer pedazo tras pedazo. No quieres que vuelvan a abrirse, ¿verdad? No, no quieres. Así que lanzas una moneda al cielo y esperas a que el azar decida por ti. Pero, ¿qué ocurre cuando no crees en el azar? ¿Cuando sabes que tu suerte es la misma que tus pasos buscan, que el destino no es más que una manera de llamar a las consecuencias de tus acciones?
Una mirada rompe un mundo. La incertidumbre arremete dejándolo temblando y a la interperie, pero vivo. Vivo, al fin y al cabo.
Una mirada rompe un mundo. Como el cristal de tu ventana cuando tus gritos mudos hacían temblar los cimientos de tu realidad. Como cuando descubriste que el Sol siempre nace aunque muera. Que siempre te levantas aunque caigas. Que entonces te queda mostrar tus rodillas magulladas y musitar un "Yo ya he pasado por esto", alegando que te ha hecho fuerte, sospechando pero queriendo esconder que la debilidad se adueña de ti cuando alguien bucea peligrosamente cerca del océano de tus secretos.
Una mirada rompe un mundo mientras una sola palabra te guía por caminos a los que no todos llegan. Al mismo tiempo que rompe un mundo, otra puede enseñarte a construir otro.
A construir un cristal transparente por el que esa mirada pueda penetrar y que te rompa en mil trozos de nuevo. Un cristal que refleje los rayos del sol cuando nazca y cuando muera.
Como tú. Que te levantas siempre que caes. Que ansías miradas arriesgándote a que rompan tu mundo.
Será por mundos. Será por ganas de que tus ojos irrumpan en el mío.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

El Otoño me trae ganas de desgarrame la piel en llanto. De sofocar mis inquietudes gritando en mitad de un lugar que no roce los oídos de nadie, haciéndole saber al vacío que mi voz y la decisión de seguir prevalecen por muchos árboles e ilusiones que vayan quedando desnudos.
El zierzo que esta estación me trae corta mis labios y me ensancha el alma cuando me enervo porque sus susurros alborotan mi pelo de una manera incontrolable. Pero me acaricia la piel por debajo de las ropas que me protegen del frío, consiguiendo que me sienta suya y que arrastre la incertidumbre que está encadenada a mi tobillo izquierdo. Esa incertidumbre misma que regresa a mí cuando el viento se topa con la puerta y el calor gobierna mis mejillas y me incita a cambiarme rápidamente de ropa. Allá queda el cierzo, mi zierzo, colgado en el armario, en la puerta de la derecha, con el abrigo que me acompaña en las tardes de escapismo.
Contemplar el Otoño, sin disfrutarlo, me trae ganas de desgarrarme la piel en llanto. Y más aún si esa satisfacción también me es negada, si tengo que bajar los ojos de nuevo a esa hoja cuadriculada y olvidarme de que el Otoño toca en mi ventana con nudillos envejecidos pero fuertes, resistentes.
Es el silencio que apacigua las tardes - que no mis entrañas - el que se burla de mis anhelos de Otoño. Porque quiero por fin que me posea y salga al exterior en forma de surcos transparentes que tiemblen con la luz del atardecer. Que cumpla esas ganas.
Porque quiero gritar y no ser oída pero sí escuchada. Porque, de nuevo, necesito esconderme de esta prisión de obligaciones, de promesas a una misma que acaban por astillarse y clavarse debajo de mis uñas. Una tras otra. Esperando que con el dolor recuerde que esperan ser cumplidas.
Porque le pido a Otoño que venga y me desgarre la piel en llanto. Pero que me acune. Que me abrace mientras, a poder ser.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Ya ni se sentía tiritando. Su cuerpo entero se convulsionaba de una forma inhumana pero ella hacía mucho rato que no era consciente de sus temblores. A decir verdad, no sentía absolutamente nada. Era como si su cuerpo hubiera decidido dejarla ir y así hubiera sido. No era capaz de moverse. Ni siquiera sabía si estaba respirando o no.
Poco a poco, iba introduciéndose en un sueño temible a la par que reparador. Luchaba para que sus párpados no se cerraran, pero el calor iba aumentando conforme cerraba la persiana de sus ojos y se concentraba en la negrura que le esperaba en su interior. Era curioso que estuviera alejándose tan vertiginosamente de la realidad pero que siguiera siendo consciente de todo lo que se arremonilaba en sus adentros. Sus pensamientos iban pesando como argamasa, pero seguía luciéndolos. Y por ello el miedo la acuchillaba. No podía pensar en otra cosa. Tan solo, miedo.
La luz iba volviéndose opalina, como su piel.
Un recuerdo iba tomando forma en su mente, llenándola de un calor contrarrestante con sus dedos rígidos como témpanos de hielo. Se acordó de unos dedos derrochando fuego que acarciaban sus labios agrietados, mientras una voz melodiosa la mecía, incitándola a tranquilizarse pero que en verdad lo que intentaba era que el temblor de sus sílabas desapareciera para que ella no se percatara. Rememoró unas manos duras que la sacaban de allí con angustia, como si temiera que el cuerpo de ella fuera a desquebrajarse por momentos. Añoró sonrisas, pues no había ni una sola en esa visión gastada que iba cubriéndola por dentro. Siguió alimentándose de ese recuerdo hasta que la oscuridad fue haciéndose palpable y se sublevó del todo. Lo último que logró recordar fue el tacto cálido de gotas de agua salada que se derramaron en sus mejillas. Se sintió turbada hasta que comprendió que las lágrimas no eran suyas, sino de aquel ser que se arrodillaba junto a ella en su recuerdo. Entonces cayó en la cuenta de que era la realidad misma lo que se le había antojado como una acción ya pasada.
Y, sólo entonces, comprendió que la muerte se colaba entre sus entrañas, invitándola al viaje eterno. Y cálido. Ante todo, cálido.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Vosotros, los que leéis, aún estáis entre los vivos; pero yo, la que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Y es esa profunda certeza la que me oprime el pecho y hace que los suspiros expiren en mi boca. Voy a morir. Lo sé. Y escribo esto por si dentro de muchos años, cuando mi cuerpo no sea más que cenizas enjauladas en podredumbre y ya nadie conserve mi rostro en sus despreocupados recuerdos, alguien decida leer y sea precavido. Que no le pase lo que a mí. Que no crea. Que no enloquezca.

La lluvia golpea con rencor en la ventana que cubre mis temblorosas espaldas, invitándome a descorrer la cortina y que mis lágrimas de horror se mezclen con la tormenta. Pero no puedo, pues mi tiempo se agota y temo que estos latidos que rasgan el silencio y van a hacer explotar mis tímpanos decidan tomarse una tregua y me abandonen. ¡Igual que hizo mi cordura tiempo atrás! Si pudiera surcar los pantanos de mi mente y recordar tiempos en los que dormía tranquila...

Allí está. Noto su presencia y parece que me llama. ¿Cómo adivinó mi nombre? Me pongo a tiritar cuando oigo ese seductor susurro de nuevo colándose entre mis entrañas. Tengo miedo. Un miedo tan puro y tan exultante que sé que va a ser mi último miedo. El más feroz, el más horrendo, el que me arrebate la vida.
Escucho su llamada de nuevo. Me quema, ¡me quema! Y me trae retazos del recuerdo de la primera vez. Qué alma tan inocente. Qué sonrisas tan dulces sabía dedicarle a los demás. Y ahora, los labios agrietados y cicatrices candentes danzando en mi piel, espero el momento en el que el tic-tac que rige mi existencia se agote.

Me llama. Los golpes de esa voz me aprietan la garganta. El frío es palpable pero su presencia me quema. Y se acerca. Lo noto. Lo sé. Igual que sé que estas palabras van a ser mis últimas. Ya noto su aliento en mi nuca. No puedo moverme: temo que si lo hago me clave los ojos, arrancándome el corazón de un soplido. Puedo notarlo leyendo por encima de mi hombro. Las sílabas me astillan, no tengo control sobre mí. ¡Me quema, me quema!

Ya es tarde. La sangre se agolpa en mis sienes. Temo que pose su mano en mi hombro. Ya no susurra mi nombre, pero sigue ahí, disfrutando de mi inercia, de mi miedo. Miedo. Jamás pensé que podría acuchillarme de esta forma.

Ya no llueve. El exterior aparece en calma. Ha dejado de llover igual que se han secado mis lágrimas. Voy a morir. Y sola, loca, sola. Quiero lluvia que me apacigüe pues su presencia me quema, me quema... Pero es tarde. Y ahí está. Aguardándome.

[En cursiva, palabras de Edgar Allan Poe]


PD: Cágome en los dobles intros ¬¬

jueves, 25 de octubre de 2007

Ha sido un efímero instante. Pero tan intenso. Tan cálido. Me ha dejado descolocada. Y, es que, cuando la tarde se me presentaba como un alto pico que debía escalar cargando con tantas aprensiones, me he visto allí. Allí. Ante una atardecer de tonos naranjas que iba confundiéndose con un mar en calma que me provocaba a mezclarme con sus aguas, a ser una ola más, a desaparecer entre sus sueños.
El Sol iba muriendo poco a poco, sin saber que volvería a nacer sin tardanzas. La paz era absoluta. He podido sentir el calor en mi cara, invadiéndome y tirando de las comisuras de mis labios para que sonriera. No me ha hecho falta cerrar los ojos. Estaba allí, a punto de rozar con las puntas de los dedos una arena blanca que no podía ser real.
Y, por un momento, un fugaz momento, he podido sentir un lazo que se cerraba en torno a mi cintura. Un lazo que no era otra cosa sino un par de brazos que derrochaban ternura en un gesto tan sencillo. Ha sido extraño sentirlo, verme allí. Pero estaba allí. Allí.
Y ha sido entonces cuando la acogedora luz ha parpadeado y me he visto sentada en el brazo del sofá de mi salón, ribeteado de tonos naranja y teja. Con una pila de libros a mi izquierda, susurrando mi nombre con malicia, sabiendo que iba a caer en su trampa tarde o temprano. Creo que han sido un par de minutos los que he permanecido allí inmóvil, agradeciendo la soledad y el silencio que sólo en mis momentos consigue reinar en la casa. Echando de menos ese atardecer extraño. Ese allí.
Y me he dado un poco de libertad clandestina metiéndome bajo el agua hirviendo de la ducha, disfrutando de los arañazos candentes que dejaba en mi piel. Sintiendo el agua acariciándo mi rostro en su totalidad, mientras el cabello se adhería al cuerpo.
Horas. Hubiera estado horas.
Pero al final me he visto obligada a salir con las yemas de los dedos arrugadas y el alma ancha, muy ancha. Me he permitido el último suspiro borrando en formas caprichosas el vaho del espejo y ya.
Terminado el allí y el agua hirviendo. Y empezando de nuevo el haz, haz, haz. Empieza, termina. Respira... ahora. Para. Ahora. Quéjate del dolor de espalda, pero sigue. Muérdete el labio inferior si gustas, pero no pares. Añora el silencio, pero no te tapes los oídos.
Ni rías.
Ni llores.
No seas tú.

sábado, 20 de octubre de 2007

¿Nunca habéis sentido que vuestros párpados se sublevan y se cierran, aunque luches porque permanezcan abiertos?
Bien, esta era la sensación que yo añoraba tanto que, cada vez que entre mis recuerdos se colaba el cansancio y la somnolencia que sentía en esos momentos, era como si mil dagas empozoñadas se clavaran en mis adentros.
Desde hace tanto tiempo que no lo recuerdo exactamente, mis párpados no han conseguido cerrarse. Siempre están abiertos, quiera o no. Y nunca tengo sueño. Jamás me siento cansado porque no duerma.
Estoy condenado a la vigilia eterna.
Y, por ello, mi cuerpo se niega a dormir. Pero anhelo tanto esa dulce sensación... Sobre todo, los sueños. Hace tanto tiempo que no se cuelan en mi mente llevándome por mundos que me atrapan y me mecen... Recuerdo que cuando lo hacía, mis sueños llegaban a influenciarme en la vida real, manipulando mis sentimientos, guiándome cuando me encontraba perdido. Era tan mágico sumergirme en esos mares desconocidos, sin saber qué me iba a deparar esa noche.
Y creedme cuando os digo que es lo que más echo de menos desde que me marcó esta estúpida maldición.
Las horas se me adhieren al cuerpo haciéndome más pesado. No sé qué soy exactamente. Supe que no era humano hace mucho. Aunque, ¿qué es exactamente ser humano? Siento y padezco. No obstante, no duermo. No puedo. Pero, oh, me siento tan pesado... Es todo tan inverosímil.
Como esas viejas historias que nos contaban en el pueblo.
Me dijeron que este iba a ser mi destino. Que iba a vivir más por ello.Pero, la verdad, es que no lo quiero para nada. ¿Vigilar? A qué. ¡Ni yo mismo lo sé! Todo es tan confuso que me asusta.
Vivir más. Vivir para siempre tal vez. Pero siento esta inmortalidad como un castigo recorriendo mi piel. No quiero lo eterno. Ya no. Quiero lo que todo el mundo quiere, a sabiendas de que sería imposible. Desear. En mis sueños siempre deseaba.
Y sigo sin poder dormir. Sin dejarme ir, dejar que el sueño me posea.
Nada.
Seguiré vagando, hasta que pueda encontrar el descanso que sé que nunca tendré.
23·o8·o9
...
Textos recuperados. Y otros que se quedan de camino. No sé qué pasa por mi cabeza.

martes, 9 de octubre de 2007

Giro la llave y el calor penetra en mis sentidos, derrochándose por mis adentros y subiendo hasta mis mejillas donde rompe en una imperceptible sonrisa.
Perfecto, no hay nadie.
Doy un paso y parece que el peso de mi espalda se hace más doloroso, así que suspiro largamente y cierro la puerta para que el frío que me ha venido acompañando no entre y haga explotar la cálida burbuja.
Este frío helado que frecuenta la ciudad me sienta verdaderamente bien.
Recorro el pasillo en penumbra sin accionar el interruptor de la luz y me guío por el instinto y la prudencia de mis manos que palpan el estucado, aun habiendo recorrido aquel camino innumerables veces.
Ya estoy. Ya estoy.
El silencio se va adueñando de mis inquietudes y cada golpe de respiración me deja en calma. Es una sensación atrayente esa de sentirse parte del entorno, sin más. Tomo asiento en el borde de la cama y observo la silueta difuminada que me devuelve el espejo.
Y cómo la luz que se cuela por mi persiana se refleja en él y me brinda sombras fantasmagóricas que me acompañan.
Me deshago de cargar y suspiro de nuevo. De nuevo. Abro la ventana y el frío vuelve a recorrerme con su gélida garra, adueñándose de mi alma. De mi cuerpo. Entrecierro los ojos y observo mi pedacito de mundo.
Me siento afortunada por poder charlar conmigo misma en palabras mudas.
Me desvisto en silencio mientras el calor y el frío se mezclan arañándome la piel que va quedando, poco a poco, desnuda. Pongo en orden el día que me queda y me preparo.
Puedo sentir que ya se acaba.
Y, en efecto, oigo la cerradura que chilla de nuevo.
La puerta se abre y la burbuja explota sin salpicar a nadie, excepto a mi paz.

Sonrío, a mi pesar.
Me acaricio la nariz y me pongo en marcha. Vamos allá.

El tic tac me supera. Y las palabras amenazantes.


Y dejo de notar el sabor del viento debajo de mi paladar.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Siento una presión en los ojos que me desconcierta. Puedo oír los susurros de las lágrimas dirigiéndose a mí pero mi mente no les quiere hacer caso. Hace tanto tiempo que no las escucho, que no visitan la curva de mis mejillas...
Por las noches es cuando mi alma se siente limpia, entre la soledad de mis sábanas, y callan. Dejan de susurrar porque saben que no las necesito. Es esa sensación de ilógica tranquilidad la que trepa por mi tripa y se aventura hasta mi boca para explotar en una mueca de total indiferencia.
A veces me siento sola. Cuando la Luna se cuela en mis sentidos y el frío se hace notar. Pero es una sensación que expira en mis sueños, después de haberme abandonado a esa sensación de éxtasis de recorrer mundos sin salir de la cama.

Hay ocasiones en las que me siento poseída de sentimientos contrarios a los míos. Y la presión de esos sentimientos se une a mis ojos y me desconcierta.
Las lágrimas van apagando su voz, desistiendo en su intento de hacer sangrar mis emociones.
Hace tanto que callan. Tanto.
Que me siento indefensa sin su escapatoria, sin refugiarme en ellas. Tan extraña. Porque, de vez en cuando, esa presión vuelve pero no cede.


Y me envuelvo en sonrisas idiotas.


Y me envuelvo en sonrisas idiotas.

sábado, 22 de septiembre de 2007

Anoche volviste a visitarme. Como tantas otras, aunque aun no me acostumbro del todo a desearte y que allí estés tú, por arte de alguna magia extraña que conoce mis anhelos. Escuché tu voz que me dedicaba palabras cálidas, que me curaron el frío y me encendieron la sonrisa sin poder evitarlo. De nuevo se me clavaron tus ojos y me sumergí en ellos sin coger aire, perdiéndome en sus olas, bañándome en tus negras pupilas. De tus labios salió un beso que me rodeó hasta llevarme a la felicidad más ilógica. Sentí tus manos ancladas en mi cintura y la irrealidad del momento me dejó confusa. Pero tú estabas ahí, y con eso todo lo demás moría. Enterré las inquietudes y me concentré en tu pelo. A veces pienso que peligro bajo tu hechizo, que sería mejor alejarme corriendo sin la valentía que me impidiera mirar hacia atrás y chocarme con tus ojos. Pero no puedo. Me llenas y me llevas a un mundo desconocido, al mundo que inventamos los dos. Algún día… Poco a poco, me fui dejando ir contigo, mientras oía tu pecho acompasado con el mío. Qué felicidad más extraña puede esconderse en la mente de cada uno… Escondida, agazapada, hasta que vienes tú y la invitas a pasear por mis sentidos. El frío se fue del todo y yo estaba contigo, deseándote, disfrutando de ti. Creí enloquecer del puro placer de contemplarte. Allí, estabas allí.
Mientras la noche se disipaba, cuando entre incertidumbre abrí los ojos y huí de Morfeo, la losa de la realidad volvió a caer sobre mi mente, aplastándome. Pude comprobar que la luna había desaparecido por los pliegues de mi pecho y que el sol acababa de abofetearme, susurrándome que las ilusiones rotas venían con el día. Parpadeé un par de veces, ansiando encontrarme colgada de tu sonrisa después de un mal sueño. El mal sueño estaba ahí; tú, no. Me sentí indefensa entre tanta cama vacía. Tu falta me acuchilló hasta hacer sangrar mis ojos, dejando tu nombre escrito en un ligero rastro de amargura y sal.
Los recuerdos acaban regresando a mí y sus astillas se clavan debajo de mi alma. De nuevo. Siento que derrocho mis sueños mezclándome contigo cuando la noche me vence. Sé que es necio caer en tus redes de este modo, estar contigo solamente en sueños. Pero es lo único que me queda, el último retazo que conservo de ti, a parte de la huella de tus besos en mi piel. Esas cicatrices que se estremecen cuando vuelvo a encontrarme con tus asesinos labios.
Seguiré esperando a que mis párpados y la somnolencia se subleven y se apoderen de mí. Evitando sentir el deseo de verte, sin conseguirlo. Tuya en mis sueños, en mi día a día, en mis miedos.
Tal vez un día el alba te traiga y tus besos vuelvan a drogarme. Quizás despiertes a mi lado y todo haya sido un sueño. Un mal sueño…



...


Escribir por fuerza no ayuda nada.
Y menos en condiciones que me bloquean. Por confusas. Por joder.

jueves, 13 de septiembre de 2007

La verdad es que acabo de borrar todo lo que llevaba escrito (por segunda vez). Demasiado bla, bla, bla. Sobre mí. Lo que quiera expresar a esa gente que no entiendo su comportamiento, ya me lo guardaré. Sé que no voy a atreverme a soltarlo. Lo sé.




Me siento extrañamente feliz. Sí. Las piedras del camino parecen marchitarse a mi paso pero sigo adelante. Esta miel que me llena las entrañas tiene un efecto reparador. El cielo está tornándose gris pálido, un gris que huele a gotas cristalinas corroyendo el sol. Pero continúo. Hoy me da igual. Hoy, sí.
Puedo sentir todas las cicatrices lindando en el límite de mi alma, luchando por volver a boicotearla y vencer. Reabrirse. Vencer. Pero mi sonrisa es tan real que las mantiene a raya. Me sigo preguntando por qué este sentimiento que me invade. Pero es tan dulce, tan curativo, que pagaría con mis ojos y mis manos a quien pudiera ofrecerme esta droga minuto a minuto. Se me hace difícil crees que soy yo la que empieza a tararear esa canción mientras el cielo truena acompañándome y recorro el camino que me separa de mis días tristes.

Siempre pensé que recorrería este sendero acompañada. No sola, ni extrañamente plena. Pero ahora es cuando comprendo que esto debe hacerse por uno mismo, sin ayudas ni empujones. Empuño mi victoria mientras mis pies se regocijan siguiendo adelante. No los paro, y eso es bueno.
Mis labios parecen congelados. Pero no sólo sonríen ellos. Lo hace todo mi cuerpo, todo mi yo.
Y sigo. Sin dudarlo, sigo caminando.
Parece que la lluvia va arreciando conforme llego a mi destino. La verdad es que no me importa. Sé que el fin esta cerca y eso me mantiene activa. Tengo la certeza de que voy a conseguirlo, y mi corazón también. Tal vez él lo supiera antes que la dueña. Todo puede ser.

Todo va haciéndose mucho más nítido. Incluso yo, mi mente, mi figura alejándose. Mi cuerpo burbujea. Y quiero dejarme llevar.
Esta felicidad me atemoriza, pero es tan dulce, tan dulce...

Creo que ya. Que ya estoy. Sí, creo que llegué. Suspiro y no me hace falta mirar a mi alrededor. Sé dónde me encuentro. Lo he sabido siempre, solo que nunca llegué como he llegado ahora.
Sigo.
Sigo dando pasos.

Todo está más cerca y mi espíritu parece sonreir de alivio mientras me abraza más fuerte. No me siento sola, aunque lo esté.
Feliz, muy feliz.

Estoy segura. Ahora sí. Todo terminó, puedo sentirlo. ¿Os habéis fijado? Todo es tan maravilloso que me recorre como una descarga eléctrica. Cierro los ojos y me olvido de mí. Excepto de un aspecto.
Feliz, tan feliz...









[Quise escribir algo que no fuera tan gris. Bueno, creo que el intento ha tenido un resultado algo cochambroso. Pero ahí está]

Otro extraño 13 para la colección.

martes, 4 de septiembre de 2007

Hoy me siento indefensa sin tu mirada clavada en mi pecho.

Hoy, envuelta en recuerdos que quiero evitar a toda costa, me prometo que no anhelo tu presencia. Y me siento confusa al pensar que te tengo y, en verdad, saber que ni eres mío ni lo fuiste nunca.
Y me invento que no te quiero.

Que no me hace falta ni tu tiempo ni tu cuerpo. Que no te echo de menos. Y que tu falta no me acuchilla hasta hacer sangrar mi alma.

Y mezclo el desconcierto con las brumas que me quedan de lo que fuimos nosotros. No entiendo por qué sigo sintiéndome cerca de ti si alargo la mano y no llego a tocarte.
No te tengo.

Y ahora, mi corazón se tiñe de indecisión mientras se nubla con nubes de amor y desesperanza.

Me gustaría que sintieras lo que yo siento. Que te sintieras dueño de algo pasajero, que va borrando las huellas que dejó en mi piel grabadas a fuego.
Quisiera morder tu oreja y susurrarte que me quieras.
Que me seduzcas mil veces.
Que tus palabras embriaguen mi realidad.
Que me espíes.
Me recorras.
Que tus ojos me guíen.

E intento esconderte en rincones de mi memoria donde tu rastro quede agazapado entre incertidumbre. Aléjate de mí. Pero no quiero.
Ojalá pudiera verte sin sentir la necesidad inmediata de mirarte. Y que mi alma siga fría en tu presencia mientras mis entrañas no ardan, tiritando de frío de no poder sentirte.
Que mi deseo se apague.
Que tu luz deje de enseñarme el camino.
¿Por qué me drogaste con tus besos hasta hacerme dependiente?
Aún pienso que tus manos siguen engarzadas en mi cintura. Y que el océano de tus pensamientos sigue bañándome, sumergiéndome en desiertos de miel y felicidad.

Abro los ojos y la realidad no te muestra. Las lágrimas dejan escrito tu nombre en su rastro de amargura y sal.

Y, al compás de la melodía de dolor que desprende mi corazón, mi boca tan solo susurra tu falta entre sueños rotos que se convierten en pesadillas sin pedirme consentimiento.

Y me niego que no te quiero. Sigo necesitando tu sustento. A ti. Sigo anclada en el puerto que te espera, añorando verte de vuelta llenando mis adentros.
Y espero ansiosa la metadona de tus besos nuevos.


Escrito: 21.8.07.



[Y dejarlo todo atado bajo llave]

lunes, 3 de septiembre de 2007

A veces siento que la vida es un río de aguas cristalinas, aguas transparentes. Y asomarse a ver tu reflejo en ellas puede ser tan descorazonador como apasionante.

Y el corazón puede pararse.
Detenerse al compás de la desilusión o del regocijo. A sabiendas de que se ha vuelto más pequeño con un nuevo disgusto o a que suspira de amor.

O palpita, como normalmente hace. Pero no del mismo modo. Y te agota. Exhausto, exhausta.

Tus mejillas arden y te sientes transparente.
Como las aguas del río. Como tu reflejo, tu imagen.

Sumida en transparencias, dudas, transparencias...

sábado, 18 de agosto de 2007

Llegados a este punto, me gustaría mirar en derredor y sentirme orgulloso de lo que he llegado a ser. Dejar que el mar ruja a mis espaldas y marcharme canturreando alguna canción de esas que llenan el alma y disipan las dudas brumosas que flotan en mi cabeza.

A veces la idea de que todo hubiera sido mucho mejor si hubiera optado por tomar otro camino taladra mi mente y me impide suspirar, envuelto en el desánimo. Pero pienso que mis actos están grabados con cincel no sólo en mi piel, sino en la de todas aquellas personas que me han empujado o me han dado la mano hasta donde he llegado. Hasta aquí y ahora.
Mierda, está sonando a despedida y no quiero que lo sea.

Pero, reitero, llegados a este punto seguiré.

Ahora me doy cuenta de cada uno de los errores que me han llevado hasta aquí. Sí. Los noto como si me embalsamaran con ellos, cabalgan sobre mi espítiritu y hoy, más que nunca, soy yo. Hoy puedo permitirme el lujo de decir que nadie me controla, que no tengo hilos atados a mis extremidades que me impidan gritar que soy libre.

¿Sabéis? No pensé que esto fuera a resultarme tan difícil. Estoy turbado. El terror me oprime todo el cuerpo, puedo sentirlo. Pero, al mismo tiempo, ya huelo la satisfacción que me espera cuando todo haya pasado. El miedo me frena, pero la meta es mucho más atrayente.

No sé por qué le doy tantas vueltas. Es sencillo, ¿verdad? Mi mirada surca el horizonte y me lleno de paz. Observo el acantilado que se abre ante mis pies, retándome a cometer la locura que se esconde en el recodo de mi corazón que no enseño desde hace tanto tiempo. Casi siento la espuma de las olas recorriendo mi espalda. Es tan gratificante saber que estoy solo, que nadie va a decirme qué debo hacer.

He sido feliz, muy feliz incluso. Pero ahora me siento realmente pletórico. Es tan confuso sentirse así en un momento como éste.
Podría acabarse el mundo; yo sería feliz.

Joder, esto sí que está pareciendo una despedida. Y, ¿qué más da, al fin y al cabo? De un modo u otro, en verdad lo es.


Las olas me llaman y noto su frescor trepando por mi nuca. La soledad es tan deliciosa en estos momentos que me asusta. Me siento dueño de todo lo que me rodea, aun sabiendo que realmente es al revés.
Creo que terminó ya.
No voy a alargar más el momento.
Cierro los ojos.
Ahora me siento capaz de volar.

Y lo hago. De un modo u otro, lo hago.

martes, 14 de agosto de 2007

Pienso si no sería mejor cerrar los ojos y lanzar una moneda al fondo de miradas vidriosas y empañadas, escondidas en un lamento que grita en la mente de cada uno.
Dejárselo todo al azar, aunque no crea en él. Aunque me evite cuando necesito que la suerte me sonría, enseñando sus relucientes dientes.

Alguien me dijo que esperara a que el Destino me siriviera en bandeja de plata los pequeños placeres de los que la gente habla.
Pero yo los quiero ahora. Y Destino me odia por tener fe hipócrita en él, por creer que tan solo es una excusa para inculparlo a él en lugar de a nosotros mismos.

De vez en cuando, despierto de un sueño velador de almas que me arropa en silencio cuando la Luna desaparece por los pliegues de mi pecho. Turbada, miro en todas direcciones como ansiando encontrar la mano que estaba sintiendo mientras mi corazón palpitaba por sentirse cerca de otro.
Pero el sol me abofetea y descubro que las ilusiones rotas no vienen solas. Vienen con el día.



El reloj me escupe. Y debo partir.

jueves, 9 de agosto de 2007

' Why does my heart cry?
Feelings I can't fight
You're free to leave me but
Just don't deceive me...
And, please, believe me when I say
I love you '

[El Tango de Roxanne - BSO Moulin Rouge]
Porque la canción y la voz de Ewan McGregor me hacen estremecer.

miércoles, 25 de julio de 2007

Hay momentos en los que el viento, exhausto y con transparentes lágrimas, se cansa de ser viento.

Se niega a seguir acariciando heridas sangrando a borbotones y cuerpos tendidos en campos de batalla de donde su alma ya no saldrá. Allí, atrapada, envuelta en miles de gritos igual que el que pereció en su garganta antes de echar a volar. Allí, con el viento.

Intenta detener la caída de esa persona que ha perdido todo en un torbellino de tristeza y desolación. Esa persona que carece de manos de dedos largos y alargados hacia su rostro, sonrisas que le susurren sin temor 'Estoy contigo. Yo estoy contigo' Y que se lanza al abismo con ojos cerrados y labios curvados amargamanete, totalmente segura de que allí, vaya donde vaya, todo va a ser mejor que lo que carga a las espaldas y la aplasta con desquiciante lentitud. Allí, con el viento.

Se opone al hecho de recorrer crispado calles sin fin repletas de basura. Basura en todos los sentidos. En el sentido que te atañe a ti, y en el que no. El viento lo sufre. Sufre. Y está condenado a ser esclavo de nubes de ignorancia y soberbia. De convivir con la basura que inunda nuestras calles, nuestros ojos, nuestros corazones. Basura que se queda allí, con el viento.

No quiere colarse entre las ropas de aquellos que en tiempos fueron amantes y hoy se aman de una forma más dolorosa que los cubre de heridas y de recuerdos amargos que les devuelven a una realidad que les quema. Y mezclarse con esos gritos que en un tiempo no demasiado lejano fueron jadeos, sonrisas, palabras que conducían al éxtasis de la felicidad; esos golpes que antaño fueron besos, caricias. Y lágrimas que son llevadas por el viento, intentando éste que se pierdan para siempre y no se reúnan con más hermanas. Se quedarán allí, con el viento.


El viento se niega.
Nos niega.

Quiere disfrutar de pieles, de sexos, de ideas, de libertad.
Y lo tenemos aprisionado en la peor cárcel.
Él es libre, sí. Pero no de la forma que le gustaría.

Y llora. Y llueve. Y miramos ajenos a su dolor en cualquier dirección que él ocupe, quejándonos, llamándolo.
Y el viento se cansa de ser viento.
No lo sabemos, pero él también es capaz de quejarse envuelto en dolorosos silencios cargados de impotencia.


Y llueve...

jueves, 12 de julio de 2007

Siento que tengo que escribir.


Es extraño, pero una tristeza diferente a la común me arropa en estos momentos. La tristeza que va unida a unos labios enlazados con el silencio, a una mirada vacía y vidriosa en la que me veo reflejada cuando me enfrento al espejo, a un sentimiento contradictorio que oprime lo que tal vez hace un tiempo fue ilusión.

Ella me arropa, con una frialdad que, a su vez, me transmite un calor desconocido.

Pero no la necesito. No quiero necesitarla. Hoy, no. Ni mañana ni los días que empiecen por la I de inquietud.

Necesito que me arropes tú.




Y cierro los ojos mientras la música suena. Esta canción me da realmente miedo. Me posee y me gusta. Se apodera de mí y yo, ausente de caricias, me dejo ir con ella.

Secuéstrame.
Agárrame.
Espíame.
Condúceme.
Explórame.
Aúllame.
Sonríeme.
Muérdeme.
Recórreme.
Estúdiame.
Grítame.
...Quiéreme.



Porque hoy es un día de esos en los que no hablo yo, sino mi imaginación desbordada.