viernes, 29 de noviembre de 2013
miércoles, 21 de noviembre de 2012
miércoles, 8 de agosto de 2012
lunes, 10 de agosto de 2009
Yo en ese tiempo no me podía quejar porque mi padre tenía bastante nombre y quien me tocara los huevos ya sabía lo que pasaba. Hubo gente que se quiso reír de mí y de mi cámara, pero acabó con más de dos hostias bien dadas. Eso sí, ni mi padre ni yo nos manchamos las manos en ningún momento.
Lo más triste era cómo se intentaban meter a escondidillas en nuestro mundo. Las mujeres se creían más listas, como si por ser mujeres no se les iba a ver que eran unas putas, y además republicanas. A veces me hacían gracia. Que si metiéndose de cocineras o niñeras, a mezclarse con los hijos de nuestra sangre; y luego los enanos lo soltaban casi todo. No se daban cuenta, de momento, y ellas acababan en la cárcel hasta que salían los juicios y, bueno, ya se sabe el resto.
Me gustaba hacerles fotos a ellas. El primer día que conseguí afianzarme entre la patrulla de fusilamientos, llegué justo cuando un grupo de mujeres bajaban del vehículo temblando y llorando, muchas gritando o intentado zafarse de los brazos que las agarraban. Sabía, al verlas, que muchas no entendían todavía por qué iban a matarlas. Pobres ilusas. En cuanto las vi escupí al suelo y comencé a hacerles fotos. Sus expresiones vendían más que las de los hombres, y mis fotografías empezaban a hacerse valiosas ahora que la guerra, en teoría, había acabado y ya no había que andarse con tantos remilgos.
A mí me gustaba captar sus caras justo cuando apretaban el gatillo y antes de que la bala llegara a sus cuerpos. Me daba una especie de regusto por dentro que no me daban las mujeres caminando por el parque o desnudas en mi cama. Hubo una una vez que me preguntó a gritos cómo podía ser tan frío y tan hijo de puta. Me reí y le hice una foto. Esa todavía la guardo yo, no dejé que nadie la viera. Me parecía divertido que una hubiera tenido cojones a fijarse en mí y en la repugnancia que le causaba mi presencia. Como si violara su intimidad, no te jode.
No pensaba que esa foto me iba a causar problemas ni nada por el estilo. Total, era una zorra más, una lista que seguro que había gritado que viva la jodida República cuando la apresaron. Y ahora vienes a preguntarme por ella, qué casualidad, ¿no? Sobre esta mujer. Casi sesenta años después... No te puedo decir mucho más de ella, solamente que sería...
No siguió hablando porque un balazo le cortó la voz en la garganta. Se miró la herida sangrando y murió casi al instante. El muchacho que portaba la pistola lo miró con verdadero odio, cogió la foto de su abuela y se marchó pensando que después de tantos años sentía verdadero alivio, y orgullo. Orgullo de ser hijo de uno de esos hijos que se quedaron huérfanos por ser el fruto del amor de esos rojos de mierda.
miércoles, 23 de enero de 2008
martes, 4 de diciembre de 2007
-Puedes mirar todo - y alargó la primera sílaba - cuanto quieras, siempre y cuando no toques absolutamente nada.
Recordó las palabras que lo recibieron al llegar. De lo inseguro que se sentía. Incluso llegó a sentir el miedo que se adueñó de él en sus primeros días; un miedo que se acrecentó cuando Ella le dijo aquello y él preguntó que por qué, si nada parecía inofensivo. "Recuérdalo. Cuando sepas por qué, sé que estarás preparado" ¿Preparado? ¿Preparado para qué? Se acordó de cómo bullieron sus pensamientos a partir de ese momento, de cómo su cuerpo y su alma se fueron acostumbrando a ese lugar, a Ella, a todo lo que le rodeaba y, por aquel entonces, pensaba que jamás llegaría a comprender. Que no tocara nada... Perfecto, pues todo lo que se alzaba ante él le provocaba un pavor insospechado.
Ahora, sin querer evitarlo, sonrió mientras contemplaba aquella escultura y escuchaba los pasos de Ella resonando por las paredes de la galería mientras se alejaba. No la había visto nunca y parecía tan magníficamente real... Hacía mucho que dejó de preguntarse de dónde salían: nunca había recibido respuesta y aprendió a tomarse el silencio como licencia para dejar volar su inquieta imaginación. La estatua poseía una belleza extraña. Estaba seguro de que más de uno la hubiera catalogado como desagradable pero a él se le antojaba, sencillamente, hermosa. Estudió las facciones de aquel rostro y reparó en sus labios.
-Esto tiene que ser real. Tiene que serlo... -dijo inconscientemente mientras daba un paso adelante para sentirse más cerca de aquella estimulante figura.
Alargó los dedos, largos y fuertes, y sintió cómo temblaban por primera vez en mucho tiempo. Se dio cuenta de lo que estaba haciendo poco antes de rozarla. Pero, ¿qué estoy haciendo? Ya no soy un novato.Sacudió la cabeza y decidió alejarse de allí. Tal vez ir a buscar a Ella y preguntarle acerca de esa escultura. Aunque, ¿qué le diría Ella? No quería que pensara que no estaba preparado. Entornó los ojos y volvió a acercarse, esta vez con cautela, alterado por el ruido de la saliva recorriendo violentamente su garganta. Dejó de respirar durante un instante, concentrándose al máximo en lo que sus ojos registraban. Esos labios... No pueden ser ficción. Poco a poco, la atmósfera que lo rodeaba fue cerrándose en torno a él y la figura. Era tal el hechizo que sentía recorriéndolo que se preguntó si sería una nueva prueba que superar. Si todo sería cosa de Ella... Pero esto era demasiado. La confusión se agolpaba en su piel, compartiendo escenario con la atracción que iba creciendo. Y creciendo. De repente se vio a escasos centímetros del objeto de su deseo. Podía oler la palidez de su semblante, el blanco de sus ojos, los rígidos bucles de su pelo. Pensó que quizás todo eran juegos para asustarlo y no pasaba nada si...
-¿Qué haces? ¡Cuida!
Su corazón se paró cuando la voz de Ella penetró en sus pensamientos.
-¡¡Cuida!!
Ella parpadeó. Como si así pudiera borrar lo que acababan de presenciar sus ojos. Atemorizada por primera vez en mucho tiempo, sintió cómo le temblaban las piernas y amenazaban con venirse abajo. No pudo hacer nada. Nada. Tan solo contemplar cómo aquella escultura cerraba su brazo en torno al hombro de él, con la elegancia y la rabia que siempre las caracterizaba.
El silencio y la luz que se filtraba por uno de los majestuosos ventanales fueron mudos testigos de su reacción, de las lágrimas que sacaron todos los sentimientos que había intentado esconder en un recoveco de sus entrañas.
El silencio. El mismo que le recordó que volvía a estar sola. Sola.
La luz. La misma que se reflejó en el mármol que hacía unos segundos había sido la piel joven e inexperta de su protegido.
sábado, 10 de noviembre de 2007
miércoles, 24 de octubre de 2007
jueves, 2 de agosto de 2007
El frío ya se hacía demasiado insoportable para seguir caminando por la calle. Pero él no quería dejar de hacerlo, se arropaba de una extraña seguridad cuando andaba sin rumbo fijo, sintiéndose poderoso por tener agallas de recorrer la ciudad a esas horas de la noche, ajeno a los peligros que se escondían tras callejones lúgubres y siniestros.
Así que siguió caminando.
Si alguien se hubiera cruzado con él esa noche, hubiera percibido una dureza que atemorizaba marcada en sus austeros ojos grises, que hacía juego con la palidez que embargaba su rostro. Las paredes de los edificios que iba dejando atrás parecían estar pintadas de desgracia, desprendiendo un halo de desesperación que hubiera encogido el corazón más valiente. A pesar de ello, él seguía caminando. Y sonriendo. Siempre, sonriendo.
Continuó con su ritual hasta que algo, de forma inesperada, se cruzó en su camino. Se sobresaltó en un principio, pero recuperó la compostura antes de que ese algo pudiera percibir lo acelerada que se había tornado su respiración.
Entornó los ojos.
Reconoció la silueta que temblaba ante sí y soltó una carcajada que hizo crujir el viento.
-Pero, ¿aún estás suelto por ahí? Me sorprende que se atrevan a dejar a alguien como tú campar a sus anchas. Ahora, apártate, ¿quieres? No me apetece jugar.
Hizo ademán de dar un paso adelante, pero la silueta se le adelantó y la luz de una farola cercana que bizqueba bañó su rostro impertérrito, a pesar de que sus ojos reflejaran un temor inhumano.
-No-dijo el otro, intentando reprimir el tartamudeo que atenazaba su gargante- No. Vengo a hablar contigo.
-¿Ah, sí?-Volvió a entornar los ojos.
-Sabes que sí.-Retrocedió de nuevo, brindando a su rostro una oscuridad total- ¡No te entiendo! Dios, ¿cómo puedes caminar alegremente? ¿No te das cuenta? ¡Eh! ¡Estás enfermo, diablos!
El otro recibió la acusación con un estremecimiento. Notó al sangre agolparse en sus sienes y la rabia enrojeciendo sus pómulos. Con un rugido casi gutural, se lanzó contra el que acaba de hablar y provocó que ambos cayeran en medio de la calle, haciendo sonar un charco que había recibido la caída.
-¡Cállate! Escúchame una sola vez. No estoy enfermo. Y no tienes derecho a venir a decirme nada. ¿Vale? ¡Nada! Es... -carraspeó para disimular su titubeo. Odiaba ir perdiendo seguridad.-¡Oh, es culpa vuestra! Me molestáis. ¡Mucho! Y el que más, tú. Así que déjame en paz. No quiero hacer nada de lo que luego me pueda arrepentir.
Contempló al otro temblando sobre el suelo. Vio sus ojos empañados y se sintió más feliz que nunca. Era poderoso. Y nadie podría cambiar eso nunca.
Se puso de rodillas mientras el otro permanecía aun en el suelo. Lo miró de nuevo y le propinó un puñetazo no demasiado fuerte.
Éste recibió el golpe y se levantó. Vio alejarse a aquella bestia... Y siguió sin creer que, en otro tiempo, meses atrás...
Aún no podía creerlo.
-¿De qué te vas a arrepentir tú? ¿Eh?-le gritó mientras empezaba a alejarse-¡Por favor! Jamás podrás arrepentirte de nada. ¿Te arrepientes acaso de haber matado a papá y mamá? ¡No me hagas reír!-vociferó.-Eres un monstruo. Los monstruos no sienten remordimientos-dijo esto último pausadamente, con voz suave, como sabiendo que acababa de condenarse.
-¡¡Oh, cállate de una puta vez!!
Y, sin pensarlo, sacó una gran daga de su abrigo y arremetió contra el otro con toda la ferocidad de la que era capaz. El otro intentó huir en vano.
Lo inmovilizó y elevó el brazo. El filo del arma brilló casi mágicamente.
-Hermano, hermano... No lo hagas. Por fav...
Pero ya no pudo continúar.
La bestia había sido liberada y descargaba el cuchillo contra su hermano una y otra vez, una y otra vez.
La sangre empezó a correr por la calle desierta, acusándolo de su crimen tras manchar sus ropas, mientras sus carcajadas eran el eco de los agonizantes gritos que su hermano lanzó antes de expirar.
Esos gritos quedarían grabados en su memoria, en un recoveco que evitaría sin problemas durante el resto de su vida.
Cuando se calmó, se levantó lentamente del suelo y se dirigió a su apartamento.
Echó una mirada atrás y, allí, contempló cómo la rabia lo había poseído extasiándolo.
Sonrió de nuevo y se perdió entre las brumas de la madrugada.
Ahogando un grito, despertó envuelto en sudor y malas sensaciones. Recordó su sueño y fue consciente de que no era la primera vez que mataba a alguien cercano en sueños. Se extrañó esta vez, no obstante, de que en este sueño se le reprochaba lo que había hecho en otro. Suspiró, aliviado, por haber despertado. Ahora las imágenes del sueño iban perdiéndose, como le ocurría siempre, pero aún podía sentirse empuñando esa daga, riendo, disfrutando de matar a su hermano.
Miró el reloj y se tranquilizó: aun podía dormir un par de horas más. Se arrebujó debajo de las mantas-hacía un frío que mordía-y se dio la vuelta hasta encontrar la postura más cómoda.
Sin embargo, no se dio cuenta de que ni siquiera se había quitado el abrigo cuando se acostó. Los primeros rayos de sol alcanzaron su cama e iluminaron, ajenos al que dormitaba sobre ellas, unas sábanas impregnadas de sangre y confusión.
domingo, 29 de julio de 2007
Siguió caminando aun a sabiendas de que no era lo más adecuado en ese momento. No quería huir, pero sus pies tentaban con echarse a correr por minutos. No quería llorar, pero los sollozos se agolpaban en su garganta, desgarrándola. No quería ser ella misma, pero ella sabía mejor que nadie que jamás dejaría de serlo.
Recorrió calles desconocidas y a la par compañeras suyas. Su mirada permaneció fija durante todo el trayecto; sus pupilas no vacilaron ni un solo instante, ni siquiera un parpadeo. Se paró frente a la puerta de un desvencijado edificio. Estaba rota, así que no tuvo más que empujarla para que cediera.
Y, dentro, un silencio sepulcral que ofrecía abrigo a más de un escalofrío, de esos que recorren tu espalda como si la garra de algún ser invisible danzara por ella a su antojo.
Subió los peldaños de la escalera sin temor, sin ningún tipo de recelo. Se detuvo frente a la puerta que, inquietantemente, relucía más que las demás. Sus nudillos se posaron en la fría madera, pero no hizo falta que la golpeara. Entró dentro del piso sin dilación y en su interior se enfrentó con un individuo que la observaba envuelto en la penumbra, disfrazado en unos ojos de mar y plata.
Permanecieron unos minutos allí, inmóviles, con sus miradas hablándose en un lenguaje que escapaba a la percepción humana. Sólo cuando ella pareció sonréir, él rompió el silencio.
-¿Qué tal estás?-preguntó. Tenía una voz peligrosamente seductora.
-Tengo muchísimo calor.- Se limitó a responder ella.
Entonces, él se movió de una forma inesperada y brusca hacia ella, hasta que ambos sintieron las respiraciones del otro en sus rostros, entrecortadas pero sedientas. Con manos ágiles y profesionales, él empezó a luchar con la ropa de ella, desgarrándola. Desnudándola hasta que la piel de la chica, sudorosa, estuvo al completo frente a sus ojos, brillando con los últimos rayos de una luna que se dejaba ver por una de las ventanas del apartamento.
-¿Así mejor?-preguntó él, jadeando.
-Hum... Creo que sí.
De nuevo, ella sonrió. Se echó ligeramente hacia atrás hasta que, de pronto, se lanzó a la boca de él como si estuviera al borde de morir de inanición.
Y así, bebiendo el uno del otro, sus cuerpos se envolvieron en una danza que sólo se valía de la melodía de su lujuria. Las manos de ella volaron rápidas y sin descanso hasta que sintió la piel palpitante de él rozando la suya. Y comenzó a recorrerla extasiada. La acción fue recíproca.
El baile de sensaciones y pieles, siguió cuando ellos cayeron al suelo y rodaron sobre el parqué. Siguió el vaivén sin complejos, sin nombres, sin pasado, sin futuro. Tan solo el presente que les tendía un fruto peligroso, sin dejar de ser dulce.
Y los dos, aunque en ese momento solo se distinguía un solo cuerpo fundiéndose con el calor del ambiente, gozaron del placer de sentirse hasta el éxtasis.
Y el tiempo se paró. Para ellos, dejó de importar.
Ahora solamente eran dos bestias jugando a ser amantes...
viernes, 8 de junio de 2007
Habían llegado allí impulsados por una fuerza electrizante que poseía sus cuerpos sin piedad. No lo entendieron, ni lo entendendían en ese momento, pero estaban seguros de que había llegado el momento. La naturaleza los envolvía con garras frías, a pesar de que el calor se hiciera notar en el ambiente. Pero, lo que ellos ignoraban y no podían imaginar, era que la propia Madre Natura iba a hacer su aparición esa noche. Lo único que podían sentir era su enfado, sus lágrimas derramandose una a una por encima de sus cabezas, su aliento entrecortado, su miedo a expirar con tanto por hacer...
Pero, ¿cómo iban a saber ellos que algo tan aparentemente subjetivo podría reprocharles lo que no alcanzaban a comprender?
Ellos no lo sabían, pero pronto lo descubrirían. Aunque, lamentablemente, no estoy segura de que pudieran salir vivos de esa selva de fascinación y temor.
Naturaleza, habían oído que se llamaba. Pero allí no había nadie que pudiera confirmárselo. Todo era tan nuevo para ellos, que lo sentían como agua escapándose entre sus dedos. Pero, aún así, sentían que se les había negado lo que no alcanzarían a entender...