Mostrando entradas con la etiqueta Relatos de algún lugar recóndito de mi mente.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos de algún lugar recóndito de mi mente.. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de noviembre de 2013

- ¿Por qué has venido ahora? ¿No habíamos quedado luego?

Se pone una camiseta con torpe rapidez. Es la primera que ha pillado, pero ni le da tiempo a mirarla. Piensa en peinarse un poco pero acaba concluyendo que eso va a provocar que parezca todavía más estúpido. Espera su respuesta mientras le late el pulso en las sienes con ese frenesí de una situación incómoda y que le llena a uno de culpabilidad. Incómodo y lleno de culpabilidad, en eso se ha quedado el orgasmo.

- Ya. Pero prefería venir ahora. Ya me marcho.

Ella abre la puerta de casa y antes de que pueda irse él sale a su paso y le corta el paso.

- ¿Por qué? ¿Pero qué cojones haces?

Ella sonríe ligeramente. Es una sonrisa amarga pero entera. Una sonrisa que no esconde nada.

- Quería ver esa vergüenza. Quería ver cómo la sentías. Así puede ser que la próxima vez que me eches en cara que me tiro a otros mientras intentamos arreglarnos te lo pienses dos veces y recapacites. Y al menos te calles. Porque si tienes dos dedos de frente, y sé que los tienes, sabrás que sé que no puedes exigir nada que tú no quieres ofrecer. Ahí está tu problema. En que crees que no tienes dueño pero que, ante todo, sigues siendo el mío. Cuídate. Y mis cosas puedes quedártelas-. Rápido vistazo. - Incluida esa camiseta; te queda a ti mejor.

Y se va. Él, perplejo entre el salón y la cocina, se rasca la cabeza mientras en su pecho se va abriendo un vacío hondo, lacerante, implacable. De su ensimismamiento lo saca otra voz femenina; esta segunda proviene del dormitorio.

- ¿Qué ha pasado? ¿Qué quería esa loca?

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Sólo salgo bien en las fotos cuando salgo contigo, decía siempre.

Y tras esa frase sobrevenía una sonrisa, porque le encantaba salir con ella en las fotos. No solían hacerse muchas, pero encontraba que las pocas que se hacían alcanzaban la sencilla y compleja perfección. Dos sonrisas que pasarían desapercibidas para cualquiera pero que para ellos era un sustento. Un modo de vida. Por eso sólo se gustaba en las fotos cuando salía con ella. Cuando salían juntos.

Pero como ocurre con casi siempre la felicidad es corta, aunque en verdad llevara años agotándose. El tiempo se convirtió en una losa que agrietó sus labios y, mientras el alma de ella se iba arrugando, él seguía ensimismando en las sonrisas de las fotos, las del pasado, sin pararse en avivar las del presente.

Cuando te digo que te quiero, porque te quiero, ya no siento que podría morirme con esas palabras en la garganta. He esperado mucho, pero ya no puedo más. He recogido mis cosas. Me voy. Te quiero, de verdad que te quiero. Pero ya no puedo más. Intenta entenderme... Te llamaré en unos días. Cuídate.

Y se marchó dándole un beso fugaz y envenenado en la mejilla. Se marchó y se llevó todas sus cosas, menos las fotos que tenían juntos. Así que él se quedó con las fotos, pero también con la ausencia. Pero en el blanco de los dientes de los rostros de aquellas fotos sólo encontró un vacío oscuro. Se había ido. Podían desaparecer las cámaras de todo el mundo, porque él no iba a volver a hacerse una foto jamás.

A los días, ella lo llamó. Sin respuesta. Volvió a hacerlo, obteniendo el mismo resultado. Preocupada, volvió al piso que compartían aprovechando que aún tenía la llave y esperando encontrarlo ahí. Lo encontró. O al menos creyó encontrarlo, porque no pudo reconocerlo.

Lo que antes había sido su rostro era un amasijo de arañazos sanguinolentos que apenas dejaban adivinar sus rasgos faciales. Horas más tarde, en la autopsia, el forense firmó que el fallecido se los había autoinfligido antes de morir de un disparo en la sien derecha, también autoinfligido. Pero eso ella ya lo sabía. Cuando lo encontró, él agarraba una foto que estaba manchada de sangre de sus propios dedos. En ella salían los dos. Sonriendo. Y por detrás encontró unas palabras en letra temblorosa y dolorida:

Sólo salgo bien en las fotos cuando salgo contigo. Como decía siempre.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Frunce el ceño entre extrañada y aturdida. Twitter le ofrece lo de siempre: noticias prefabricadas, tweets banales y voces ahogadas en el mundo real que piden un poco de protagonismo en la Red a través de lo que intentan sea humor inteligente. Está cansada. Sigue todas las noches el mismo ritual: se sienta en la cama, abre el portátil a oscuras y decide informarse de la realidad que, cree, se ha perdido durante el día. Pero ya está cansada.

Está a más de 3000 kilómetros de su casa. Le duelen los pies porque el calzado los tortura a ampollas, y además tiene alguna magulladura de tropezones sin importancia que acabaron en una caída. Con los cascos puestos escucha su música de siempre sin pararse a pensar que lo que falla en la expresión es el de siempre. Ya no sabe qué vida es su vida de siempre. Ha estado en este territorio hostil tanto tiempo que a veces pierde una porción de orientación; esa porción que siempre da la rutina. Los ecos de los últimos disturbios le hacen relajar la expresión y se siente estúpida por sentarse a mirar Twitter mientras a las afueras del hotel donde se encuentra y donde han asentado a la prensa siguen torturando almas humanas. Está cansada.

Y por eso se fue. Porque cansada de la misma posición estática necesitaba moverse y ahora ya nunca para. Sin embargo, de vez en cuando sufre un colapso, una pequeña crisis vital que le aprieta las paredes de todo su cuerpo. Se siente extraña, errante, en tierra de nadie. Pero luego recuerda qué está haciendo en este país tan inquieto y recupera el norte. A pesar de que la mayoría de lo que ofrece a Madrid -lo que graba y locuta, las fotos que hace, las notas de prensa- no llega a su destino porque desde España piensan que no es necesario mostrar tanta brutalidad con los tiempos que corren a puerta cerrada, ella se deja la piel, y a veces nunca mejor dicho, en patearse las calles asustadas y con frecuentes escombros en busca de algo que se deba saber.

Así que ahora recarga la página web por última vez y cierra el portátil enfadada consigo misma. ¿Qué cojones está haciendo? Se dice a sí misma que no va a volver a abrir Twitter porque al lado del sonido de los disparos de fondo es más que una gilipollez. No obstante, en su fuero interno sonríe amargamente: sabe que lo hará, que no cumplirá su ya condenada al fracaso promesa. Tiene que hacerlo. Aunque sólo encuentre estupideces. Saber qué ocurre más allá. Pensar que piensa que sabe lo que ocurre más allá.

lunes, 10 de agosto de 2009

Eran tiempos difíciles y nadie en su sano juicio lo negaba. Ni siquiera nosotros, aunque obviamente también teníamos lo nuestro. Parecía que nunca salía el sol de detrás de las montañas; el hambre era algo que estaba a la orden del día, sobre todo en las ciudades, donde había más estrés y más revolucionarios que no querían más que juerga. Los niños se quedaban huérfanos de bien pequeños solamente porque sus padres eran unos rojos de mierda. Aunque a veces ni eso; simplemente eran unos ignorantes que ayudaban a la persona equivocada en el momento equivocado... Y así acababan. Dejando a un hijo solo, hijo que podría haber disfrutado de la protección de sus padres si éstos hubieran tenido dos dedicos de frente.

Yo en ese tiempo no me podía quejar porque mi padre tenía bastante nombre y quien me tocara los huevos ya sabía lo que pasaba. Hubo gente que se quiso reír de mí y de mi cámara, pero acabó con más de dos hostias bien dadas. Eso sí, ni mi padre ni yo nos manchamos las manos en ningún momento.

Lo más triste era cómo se intentaban meter a escondidillas en nuestro mundo. Las mujeres se creían más listas, como si por ser mujeres no se les iba a ver que eran unas putas, y además republicanas. A veces me hacían gracia. Que si metiéndose de cocineras o niñeras, a mezclarse con los hijos de nuestra sangre; y luego los enanos lo soltaban casi todo. No se daban cuenta, de momento, y ellas acababan en la cárcel hasta que salían los juicios y, bueno, ya se sabe el resto.

Me gustaba hacerles fotos a ellas. El primer día que conseguí afianzarme entre la patrulla de fusilamientos, llegué justo cuando un grupo de mujeres bajaban del vehículo temblando y llorando, muchas gritando o intentado zafarse de los brazos que las agarraban. Sabía, al verlas, que muchas no entendían todavía por qué iban a matarlas. Pobres ilusas. En cuanto las vi escupí al suelo y comencé a hacerles fotos. Sus expresiones vendían más que las de los hombres, y mis fotografías empezaban a hacerse valiosas ahora que la guerra, en teoría, había acabado y ya no había que andarse con tantos remilgos.

A mí me gustaba captar sus caras justo cuando apretaban el gatillo y antes de que la bala llegara a sus cuerpos. Me daba una especie de regusto por dentro que no me daban las mujeres caminando por el parque o desnudas en mi cama. Hubo una una vez que me preguntó a gritos cómo podía ser tan frío y tan hijo de puta. Me reí y le hice una foto. Esa todavía la guardo yo, no dejé que nadie la viera. Me parecía divertido que una hubiera tenido cojones a fijarse en mí y en la repugnancia que le causaba mi presencia. Como si violara su intimidad, no te jode.

No pensaba que esa foto me iba a causar problemas ni nada por el estilo. Total, era una zorra más, una lista que seguro que había gritado que viva la jodida República cuando la apresaron. Y ahora vienes a preguntarme por ella, qué casualidad, ¿no? Sobre esta mujer. Casi sesenta años después... No te puedo decir mucho más de ella, solamente que sería...


No siguió hablando porque un balazo le cortó la voz en la garganta. Se miró la herida sangrando y murió casi al instante. El muchacho que portaba la pistola lo miró con verdadero odio, cogió la foto de su abuela y se marchó pensando que después de tantos años sentía verdadero alivio, y orgullo. Orgullo de ser hijo de uno de esos hijos que se quedaron huérfanos por ser el fruto del amor de esos rojos de mierda.


miércoles, 23 de enero de 2008

Me pegó un susto del copón. A poco me arranco la cabellera cuando oí esos golpetazos en la puerta mientras me peinaba. Creo que el peine que estaba usando aún sigue temblando. Qué golpes, madre mía.

-Es que tardabas tanto... Y después de todo lo que ha pasado, no sé. Siento haberte asustado, pero estaba realmente preocupada. Llevabas dentro tanto rato...- me dijo cuando le pregunté sobresaltada que a qué venía esa entrada digna de los GEOs.

-¿Dentro de dónde? ¿Del baño?

-Sí.

Y miró al suelo como avergonzada mientras afirmaba. Le iba a contestar que seguía sin entenderlo pero, cuando me disponía a abrir la boca, lo comprendí todo. Después de todo lo que ha pasado, me había dicho... Mandaba narices. Sólo me faltaba eso.

-Pero, ¿tú estás ida de la cabeza o qué te pasa? ¿Creías que me estaba abriendo las venas o algo así? ¿De veras que me ves capaz de una cosa así?

Negó con la cabeza porque, lo que era hablar vocalizando, no podía. Había empezado a balbucear y cuando sus hombros comenzaron a sufrir sacudidas me temí lo peor y le metí un abrazo de esos que estrujan el alma hasta que la sientes clavándose en tu pecho. Dio rienda suelta a sus lágrimas y le revolví el pelo para que se calmara. Tenía los nervios a flor de piel y no tendría que haberle gritado... Pero no pude evitarlo. Con toda la tensión acumulada y las ganas de clavar cabezas en estacas que se iban formando en mis sienes me iba a volver loca. Y lo pagaba con ella, cuando sólo se estaba preocupando. Mira que era idiota yo también. Aunque he de reconocer que me jodió que pensara que me estaba suicidando o alguna historia de esas macabras. Tendría que saber que yo no escapo así de los problemas, que ni siquiera intento escapar de ellos.

Mientras sentía sus manos diminutas aferrándose a mi espalda, comprendí que la cosa no podía terminar así. Que tenía que hacer algo pero ya mismo porque no eran normales esos sustos que nos estábamos llevando ambas a diario. Decidí que saldría a por ellos, a por esos problemas que me venían acechando desde hacía tanto tiempo, echándome su aliento maloliente en la nuca pero sin llegar a acercarse lo suficiente. Que estaba ya hasta donde la espalda pierde su santo nombre de tantas trabas, de tanto punto y coma. Y más aún si la estaba afectando a ella de esa manera. Temía por mí, o eso me decía... De veras que se me encogió todo el cuerpo mientras oía sus sollozos. ¿Qué culpa tenía ella?

Suicidarme... Recordé todos los silencios y las caretas de piedra de esos días, pero... Es que había veces que no podía evitarlo. Que, si estaba jodida, estaba jodida y punto. No tenía ganas ni ánimo de esconderlo fingiendo cual actriz de teleserie. Pero el sonido de su preocupación me dio fuerzas, además de una colleja en la nuca que me encendió la mente. Nada de venirse a abajo, nada de intentar agachar la cabeza hasta que todo pasara. Había que luchar. Y luchar por mantenerse de pie y ver el suelo lo más lejos posible.

Luchar por que esas lágrimas se tornaran risas despreocupadas que me sanaran a mí también. Coser bocas con las palabras y deshacer actos con la rabia contenida de mis aspavientos. Mirar al frente y atarme bien el camisón, por lo que pudiera pasar. Estar preparada.

-Aún nos quedan muchas puertas que tirar abajo juntas, pequeña. Pero muchas...

martes, 4 de diciembre de 2007

-Puedes mirar todo - y alargó la primera sílaba - cuanto quieras, siempre y cuando no toques absolutamente nada.

Recordó las palabras que lo recibieron al llegar. De lo inseguro que se sentía. Incluso llegó a sentir el miedo que se adueñó de él en sus primeros días; un miedo que se acrecentó cuando Ella le dijo aquello y él preguntó que por qué, si nada parecía inofensivo. "Recuérdalo. Cuando sepas por qué, sé que estarás preparado" ¿Preparado? ¿Preparado para qué? Se acordó de cómo bullieron sus pensamientos a partir de ese momento, de cómo su cuerpo y su alma se fueron acostumbrando a ese lugar, a Ella, a todo lo que le rodeaba y, por aquel entonces, pensaba que jamás llegaría a comprender. Que no tocara nada... Perfecto, pues todo lo que se alzaba ante él le provocaba un pavor insospechado.

Ahora, sin querer evitarlo, sonrió mientras contemplaba aquella escultura y escuchaba los pasos de Ella resonando por las paredes de la galería mientras se alejaba. No la había visto nunca y parecía tan magníficamente real... Hacía mucho que dejó de preguntarse de dónde salían: nunca había recibido respuesta y aprendió a tomarse el silencio como licencia para dejar volar su inquieta imaginación. La estatua poseía una belleza extraña. Estaba seguro de que más de uno la hubiera catalogado como desagradable pero a él se le antojaba, sencillamente, hermosa. Estudió las facciones de aquel rostro y reparó en sus labios.

-Esto tiene que ser real. Tiene que serlo... -dijo inconscientemente mientras daba un paso adelante para sentirse más cerca de aquella estimulante figura.

Alargó los dedos, largos y fuertes, y sintió cómo temblaban por primera vez en mucho tiempo. Se dio cuenta de lo que estaba haciendo poco antes de rozarla. Pero, ¿qué estoy haciendo? Ya no soy un novato.Sacudió la cabeza y decidió alejarse de allí. Tal vez ir a buscar a Ella y preguntarle acerca de esa escultura. Aunque, ¿qué le diría Ella? No quería que pensara que no estaba preparado. Entornó los ojos y volvió a acercarse, esta vez con cautela, alterado por el ruido de la saliva recorriendo violentamente su garganta. Dejó de respirar durante un instante, concentrándose al máximo en lo que sus ojos registraban. Esos labios... No pueden ser ficción. Poco a poco, la atmósfera que lo rodeaba fue cerrándose en torno a él y la figura. Era tal el hechizo que sentía recorriéndolo que se preguntó si sería una nueva prueba que superar. Si todo sería cosa de Ella... Pero esto era demasiado. La confusión se agolpaba en su piel, compartiendo escenario con la atracción que iba creciendo. Y creciendo. De repente se vio a escasos centímetros del objeto de su deseo. Podía oler la palidez de su semblante, el blanco de sus ojos, los rígidos bucles de su pelo. Pensó que quizás todo eran juegos para asustarlo y no pasaba nada si...

-¿Qué haces? ¡Cuida!

Su corazón se paró cuando la voz de Ella penetró en sus pensamientos.

-¡¡Cuida!!

Ella parpadeó. Como si así pudiera borrar lo que acababan de presenciar sus ojos. Atemorizada por primera vez en mucho tiempo, sintió cómo le temblaban las piernas y amenazaban con venirse abajo. No pudo hacer nada. Nada. Tan solo contemplar cómo aquella escultura cerraba su brazo en torno al hombro de él, con la elegancia y la rabia que siempre las caracterizaba.

El silencio y la luz que se filtraba por uno de los majestuosos ventanales fueron mudos testigos de su reacción, de las lágrimas que sacaron todos los sentimientos que había intentado esconder en un recoveco de sus entrañas.

El silencio. El mismo que le recordó que volvía a estar sola. Sola.

La luz. La misma que se reflejó en el mármol que hacía unos segundos había sido la piel joven e inexperta de su protegido.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Ya ni se sentía tiritando. Su cuerpo entero se convulsionaba de una forma inhumana pero ella hacía mucho rato que no era consciente de sus temblores. A decir verdad, no sentía absolutamente nada. Era como si su cuerpo hubiera decidido dejarla ir y así hubiera sido. No era capaz de moverse. Ni siquiera sabía si estaba respirando o no.
Poco a poco, iba introduciéndose en un sueño temible a la par que reparador. Luchaba para que sus párpados no se cerraran, pero el calor iba aumentando conforme cerraba la persiana de sus ojos y se concentraba en la negrura que le esperaba en su interior. Era curioso que estuviera alejándose tan vertiginosamente de la realidad pero que siguiera siendo consciente de todo lo que se arremonilaba en sus adentros. Sus pensamientos iban pesando como argamasa, pero seguía luciéndolos. Y por ello el miedo la acuchillaba. No podía pensar en otra cosa. Tan solo, miedo.
La luz iba volviéndose opalina, como su piel.
Un recuerdo iba tomando forma en su mente, llenándola de un calor contrarrestante con sus dedos rígidos como témpanos de hielo. Se acordó de unos dedos derrochando fuego que acarciaban sus labios agrietados, mientras una voz melodiosa la mecía, incitándola a tranquilizarse pero que en verdad lo que intentaba era que el temblor de sus sílabas desapareciera para que ella no se percatara. Rememoró unas manos duras que la sacaban de allí con angustia, como si temiera que el cuerpo de ella fuera a desquebrajarse por momentos. Añoró sonrisas, pues no había ni una sola en esa visión gastada que iba cubriéndola por dentro. Siguió alimentándose de ese recuerdo hasta que la oscuridad fue haciéndose palpable y se sublevó del todo. Lo último que logró recordar fue el tacto cálido de gotas de agua salada que se derramaron en sus mejillas. Se sintió turbada hasta que comprendió que las lágrimas no eran suyas, sino de aquel ser que se arrodillaba junto a ella en su recuerdo. Entonces cayó en la cuenta de que era la realidad misma lo que se le había antojado como una acción ya pasada.
Y, sólo entonces, comprendió que la muerte se colaba entre sus entrañas, invitándola al viaje eterno. Y cálido. Ante todo, cálido.

miércoles, 24 de octubre de 2007

-Parece que está dormida.


El silencio fue el único que corroboró en un primer momento la afirmación. Él y el viento que golpeaba con fuerza en la ventana, retándolos a descorrer la cortina y que la pálida luz de la luna irrumpiera en la habitación. Un silencio de esos que encogen el estómago mientras deseas con fervor que alguien lo rompa, pero de una forma conciliadora. Romper el silencio para dar paz. Alguien tosió fuera de la habitación, mezclándose la sonora espectoración con mil murmullos de esperanza y tristeza. Fuera, se vivía un frenesí constante. Dentro, el silencio seguía oprimiendo pechos y acariciando lágrimas mudas. Un silencio que, al fin, se vio manchado por, tal vez, la verdad, el dolor o el desconsuelo.

-No está dormida, mamá. Está muriéndose. ¿No la ves? ¡Mírala! ¡Se va a morir! Se va a morir, joder, se va a morir...

La amargura agitó las almas de todos los allí presentes, mientras la boca que había pronunciado la primera frase se convulsionaba entre sollozos. Su llanto enturbió el ambiente, cincelado de hipocresía y ceguera. Y esas lágrimas fueron susurrando en los oídos de todos la realidad, lágrimas de una madre a la que la vida se le escapaba por el pecho casi inmóvil de una de sus pupilos. De pequeña su abuela, entre pastilla y pastilla, siempre repetía que lo peor que puede pasarle a una persona es enterrar a un hijo. Una y otra vez, hasta que se la llevaban diciéndole palabras envenenadas de mentira que, en realidad, encerraban un Estás loca.

Y ahora comprendía a su abuela. Ahora, que la muerte estaba de pie ante la cama de su hija. Ahora, cuando todos estaban esperando si La Dama de Negro decidía si sentarse a los pies o en el cabecero del lecho.

-Aún no lo sabemos. Nos han... dicho que tenemos que esperar-tartamudeó alguien, con los ojos anegados de lágrimas y amor.

-Esperar. ¿A qué? ¡A qué! ¿A que vaya dejando de respirar? ¿A que tengan que enchufarla a un montón de aparatos? Deséngañate: puedes estar muy enamorado de ella, pero no creo que quieras guardarle el celibato estando así. No cabría en cabeza alguna.

-Cállate. Te puede estar escuchando.
-¡Oh, Dios! ¡Por supuesto! Está esperando a que le soltemos un "Begoña, levántate y anda". De esta no va a salir. Y todos créeis que...
-¡Nuria! Vale ya. Puede que esté muriendo, sí, pero deja de matarme a mí. Para ya o vas a conseguir que, desde ahora, cuando te mire a los ojos sólo vea a la asesina de mi hija.

La sangre de Nuria se heló al escuchar las palabras de su madre. Su rostro irónico se contrajo en una mueca de dolor que intentó esconder, pero que no escapó a la percepción de su cuñado. Notó sus propias uñas clavándose en las palmas de sus manos, mientras la rabia le recorría. Begoña estaba así y, ahora... Su madre. Su madre acababa de agujerear su corazón y le daba la impresión de que iba a meter el puño para que el orificio creciera.

-Pero, mamá, yo... Mamá.

-Ilusión, Nuria. Esperanza. ¡Lo que sea! Todo menos eso. Lo que estás haciendo tú. ¿Qué nos queda si damos todo por perdido? Diantres, mírala a ella pero míranos también a nosotros. ¿Qué pretendes?

Ya no hubo contestación audible. Pero sí se sintió el golpe y el estruendo que causó la máscara de miedos de Nuria al romperse contra el suelo. Y, tras ella, pudo observarse un rostro pálido asediado por lágrimas que provenían directamente del nudo de su garganta. Su mundo se desmoronaba, de nuevo. Había vuelto a tropezar con la misma piedra, solo que esta vez todo era muy distinto. Su hermana...
Quiso confesar. Ser sincera, por una vez. Decir todo lo que la envidiaba. Que todos se enteraran de que cada noche se imaginaba desnudando a su cuñado con lujuria. Que quería ser ella. Y no Nuria.
Y que últimamente sólo se alimentaba de su odio, el cual volcaba en la única persona a la que idolatraba de verdad. Su hermana.
Quiso decir la verdad y echarse a correr cuando las culpabilidades la persiguieran con paso de acero.
Se dejó caer en el sillón y suspiró.
-¿Eh? ¿Qué pretendes? - repitió su madre, con una determinación pasmosa.
Miró a los ojos a su madre y a su cuñado. Pero evitó echar un vistazo a la cama donde reposaba su hermana a golpe de pip, pip, pip.
¿Era mejor librarse del peso de las cadenas de su vida?
-Nada, nada. Pa-parece que esté dormida, fijaos.

jueves, 2 de agosto de 2007

"Sólo hice lo que recuerdo. Sólo hice lo que recuerdo. Sólo hice lo que recuerdo"



El frío ya se hacía demasiado insoportable para seguir caminando por la calle. Pero él no quería dejar de hacerlo, se arropaba de una extraña seguridad cuando andaba sin rumbo fijo, sintiéndose poderoso por tener agallas de recorrer la ciudad a esas horas de la noche, ajeno a los peligros que se escondían tras callejones lúgubres y siniestros.
Así que siguió caminando.

Si alguien se hubiera cruzado con él esa noche, hubiera percibido una dureza que atemorizaba marcada en sus austeros ojos grises, que hacía juego con la palidez que embargaba su rostro. Las paredes de los edificios que iba dejando atrás parecían estar pintadas de desgracia, desprendiendo un halo de desesperación que hubiera encogido el corazón más valiente. A pesar de ello, él seguía caminando. Y sonriendo. Siempre, sonriendo.

Continuó con su ritual hasta que algo, de forma inesperada, se cruzó en su camino. Se sobresaltó en un principio, pero recuperó la compostura antes de que ese algo pudiera percibir lo acelerada que se había tornado su respiración.

Entornó los ojos.
Reconoció la silueta que temblaba ante sí y soltó una carcajada que hizo crujir el viento.

-Pero, ¿aún estás suelto por ahí? Me sorprende que se atrevan a dejar a alguien como tú campar a sus anchas. Ahora, apártate, ¿quieres? No me apetece jugar.

Hizo ademán de dar un paso adelante, pero la silueta se le adelantó y la luz de una farola cercana que bizqueba bañó su rostro impertérrito, a pesar de que sus ojos reflejaran un temor inhumano.

-No-dijo el otro, intentando reprimir el tartamudeo que atenazaba su gargante- No. Vengo a hablar contigo.
-¿Ah, sí?-Volvió a entornar los ojos.
-Sabes que sí.-Retrocedió de nuevo, brindando a su rostro una oscuridad total- ¡No te entiendo! Dios, ¿cómo puedes caminar alegremente? ¿No te das cuenta? ¡Eh! ¡Estás enfermo, diablos!

El otro recibió la acusación con un estremecimiento. Notó al sangre agolparse en sus sienes y la rabia enrojeciendo sus pómulos. Con un rugido casi gutural, se lanzó contra el que acaba de hablar y provocó que ambos cayeran en medio de la calle, haciendo sonar un charco que había recibido la caída.

-¡Cállate! Escúchame una sola vez. No estoy enfermo. Y no tienes derecho a venir a decirme nada. ¿Vale? ¡Nada! Es... -carraspeó para disimular su titubeo. Odiaba ir perdiendo seguridad.-¡Oh, es culpa vuestra! Me molestáis. ¡Mucho! Y el que más, tú. Así que déjame en paz. No quiero hacer nada de lo que luego me pueda arrepentir.

Contempló al otro temblando sobre el suelo. Vio sus ojos empañados y se sintió más feliz que nunca. Era poderoso. Y nadie podría cambiar eso nunca.

Se puso de rodillas mientras el otro permanecía aun en el suelo. Lo miró de nuevo y le propinó un puñetazo no demasiado fuerte.
Éste recibió el golpe y se levantó. Vio alejarse a aquella bestia... Y siguió sin creer que, en otro tiempo, meses atrás...
Aún no podía creerlo.

-¿De qué te vas a arrepentir tú? ¿Eh?-le gritó mientras empezaba a alejarse-¡Por favor! Jamás podrás arrepentirte de nada. ¿Te arrepientes acaso de haber matado a papá y mamá? ¡No me hagas reír!-vociferó.-Eres un monstruo. Los monstruos no sienten remordimientos-dijo esto último pausadamente, con voz suave, como sabiendo que acababa de condenarse.

-¡¡Oh, cállate de una puta vez!!

Y, sin pensarlo, sacó una gran daga de su abrigo y arremetió contra el otro con toda la ferocidad de la que era capaz. El otro intentó huir en vano.
Lo inmovilizó y elevó el brazo. El filo del arma brilló casi mágicamente.

-Hermano, hermano... No lo hagas. Por fav...

Pero ya no pudo continúar.
La bestia había sido liberada y descargaba el cuchillo contra su hermano una y otra vez, una y otra vez.
La sangre empezó a correr por la calle desierta, acusándolo de su crimen tras manchar sus ropas, mientras sus carcajadas eran el eco de los agonizantes gritos que su hermano lanzó antes de expirar.
Esos gritos quedarían grabados en su memoria, en un recoveco que evitaría sin problemas durante el resto de su vida.

Cuando se calmó, se levantó lentamente del suelo y se dirigió a su apartamento.

Echó una mirada atrás y, allí, contempló cómo la rabia lo había poseído extasiándolo.


Sonrió de nuevo y se perdió entre las brumas de la madrugada.







Ahogando un grito, despertó envuelto en sudor y malas sensaciones. Recordó su sueño y fue consciente de que no era la primera vez que mataba a alguien cercano en sueños. Se extrañó esta vez, no obstante, de que en este sueño se le reprochaba lo que había hecho en otro. Suspiró, aliviado, por haber despertado. Ahora las imágenes del sueño iban perdiéndose, como le ocurría siempre, pero aún podía sentirse empuñando esa daga, riendo, disfrutando de matar a su hermano.

Miró el reloj y se tranquilizó: aun podía dormir un par de horas más. Se arrebujó debajo de las mantas-hacía un frío que mordía-y se dio la vuelta hasta encontrar la postura más cómoda.

Sin embargo, no se dio cuenta de que ni siquiera se había quitado el abrigo cuando se acostó. Los primeros rayos de sol alcanzaron su cama e iluminaron, ajenos al que dormitaba sobre ellas, unas sábanas impregnadas de sangre y confusión.

domingo, 29 de julio de 2007

El odioso calor se colaba por cada pliegue de su ropa.

Siguió caminando aun a sabiendas de que no era lo más adecuado en ese momento. No quería huir, pero sus pies tentaban con echarse a correr por minutos. No quería llorar, pero los sollozos se agolpaban en su garganta, desgarrándola. No quería ser ella misma, pero ella sabía mejor que nadie que jamás dejaría de serlo.

Recorrió calles desconocidas y a la par compañeras suyas. Su mirada permaneció fija durante todo el trayecto; sus pupilas no vacilaron ni un solo instante, ni siquiera un parpadeo. Se paró frente a la puerta de un desvencijado edificio. Estaba rota, así que no tuvo más que empujarla para que cediera.
Y, dentro, un silencio sepulcral que ofrecía abrigo a más de un escalofrío, de esos que recorren tu espalda como si la garra de algún ser invisible danzara por ella a su antojo.

Subió los peldaños de la escalera sin temor, sin ningún tipo de recelo. Se detuvo frente a la puerta que, inquietantemente, relucía más que las demás. Sus nudillos se posaron en la fría madera, pero no hizo falta que la golpeara. Entró dentro del piso sin dilación y en su interior se enfrentó con un individuo que la observaba envuelto en la penumbra, disfrazado en unos ojos de mar y plata.

Permanecieron unos minutos allí, inmóviles, con sus miradas hablándose en un lenguaje que escapaba a la percepción humana. Sólo cuando ella pareció sonréir, él rompió el silencio.

-¿Qué tal estás?-preguntó. Tenía una voz peligrosamente seductora.
-Tengo muchísimo calor.- Se limitó a responder ella.

Entonces, él se movió de una forma inesperada y brusca hacia ella, hasta que ambos sintieron las respiraciones del otro en sus rostros, entrecortadas pero sedientas. Con manos ágiles y profesionales, él empezó a luchar con la ropa de ella, desgarrándola. Desnudándola hasta que la piel de la chica, sudorosa, estuvo al completo frente a sus ojos, brillando con los últimos rayos de una luna que se dejaba ver por una de las ventanas del apartamento.

-¿Así mejor?-preguntó él, jadeando.
-Hum... Creo que sí.

De nuevo, ella sonrió. Se echó ligeramente hacia atrás hasta que, de pronto, se lanzó a la boca de él como si estuviera al borde de morir de inanición.
Y así, bebiendo el uno del otro, sus cuerpos se envolvieron en una danza que sólo se valía de la melodía de su lujuria. Las manos de ella volaron rápidas y sin descanso hasta que sintió la piel palpitante de él rozando la suya. Y comenzó a recorrerla extasiada. La acción fue recíproca.

El baile de sensaciones y pieles, siguió cuando ellos cayeron al suelo y rodaron sobre el parqué. Siguió el vaivén sin complejos, sin nombres, sin pasado, sin futuro. Tan solo el presente que les tendía un fruto peligroso, sin dejar de ser dulce.

Y los dos, aunque en ese momento solo se distinguía un solo cuerpo fundiéndose con el calor del ambiente, gozaron del placer de sentirse hasta el éxtasis.

Y el tiempo se paró. Para ellos, dejó de importar.

Ahora solamente eran dos bestias jugando a ser amantes...

viernes, 8 de junio de 2007

Sus pisadas se perdieron entre la maleza que los rodeaba. Paso tras paso, los pies de ambos obedecían un acuerdo tácito, sin saber adónde los dirigían. Pero no les importaba. Caminaban absortos en la atmósfera que los rodeaba, tan desconocida como inverosímil para ellos. Si no lo hubieran tenido en sus narices, hubieran creído que estaban soñando. El pelo de ella se mezclaba con las motas de pólen que se dejaban ver allá donde la espesura de los árboles era atravesada por viles rayos solares, los únicos que les recordaban que aún era de día. Él, por el contrario, seguía sin confíar en aquel paisaje, salvaje y fantástico hasta un punto inimaginable. Así que, receloso, iba pasando su dedo índice por todo aquello que alcanzara la largura de su brazo, de un color que bien se hubiera podido mimetizar con la negra noche. Las ramas de lo que creyeron árboles, a pesar de su magestuosidad, les arañaban el rostro y los brazos, a la vez que conseguían proferir pequeños desgarros en sus ropas occidentales, que tan fuera de lugar andaba por allí. Desde hacía horas oían el seductor susurro de un arroyo, pero prefirieron no apartarse del tortuoso sendero que sus pies seguían con firmeza. De vez en cuando, se miraban a los ojos. Y se veían reflejados en un ambiente tan maravilloso como temerario. Los sonidos de todo animal que allí habitaba, se filtraban por sus oídos hasta llegar a su cerebro donde, dependiendo del sonido, se traducía en una enigmática sonrisa o un nudo en la garganta que les impedía tragar saliva con normalidad. Sin saber cuántas horas llevaban en aquel paraje, vislumbraron lo que parecía el atisbo de una hoguera. Vacilantes pero decididos en parte, encaminaron sus pasos hacia aquel pálpito, con el corazón escalando por sus gargantas con gran estrépito. Cuando llegaron, se pararon en seco. Quisieron seguir adelante, pero les fue imposible. Sus pies hacía rato que habían iniciado un boicot y ahora, agazapados a la hierba y la tierra que acariciaban, se negaban a continuar. Así que ellos, asustados, se buscaron mutuamente con manos temblorosas, y se refugiaron el uno en el otro, dispuestos a que pasara lo que tuviera que ocurrir...
Habían llegado allí impulsados por una fuerza electrizante que poseía sus cuerpos sin piedad. No lo entendieron, ni lo entendendían en ese momento, pero estaban seguros de que había llegado el momento. La naturaleza los envolvía con garras frías, a pesar de que el calor se hiciera notar en el ambiente. Pero, lo que ellos ignoraban y no podían imaginar, era que la propia Madre Natura iba a hacer su aparición esa noche. Lo único que podían sentir era su enfado, sus lágrimas derramandose una a una por encima de sus cabezas, su aliento entrecortado, su miedo a expirar con tanto por hacer...
Pero, ¿cómo iban a saber ellos que algo tan aparentemente subjetivo podría reprocharles lo que no alcanzaban a comprender?

Ellos no lo sabían, pero pronto lo descubrirían. Aunque, lamentablemente, no estoy segura de que pudieran salir vivos de esa selva de fascinación y temor.
Naturaleza, habían oído que se llamaba. Pero allí no había nadie que pudiera confirmárselo. Todo era tan nuevo para ellos, que lo sentían como agua escapándose entre sus dedos. Pero, aún así, sentían que se les había negado lo que no alcanzarían a entender...