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domingo, 11 de diciembre de 2016

Houses, sobre Pablo (I)

Cuando Pablo giró la llave en la cerradura el sonido le pareció extraño y aterrador. No lo reconoció. Se sintió como si fuera la primera vez que entraba a esa casa; casi un intruso. Empujó la puerta y accedió a la estancia.

Casi le asustaba el hecho de no sentirse destrozado. En momentos en los que no pudo evitar que sus defensas cayeran, había imaginado ese instante decenas de veces, y siempre se adivinaba hecho trizas. Sin embargo, si se concentraba en sus adentros sólo alcanzaba a distinguir órganos y sangre, también algo de hueso y músculo. Piel, protegiéndolo todo. Más allá de todo aquello no hallaba nada en su cavidad interna. No había emociones ni lamentos. Sólo su cuerpo cumpliendo las leyes de la biología, como cada día.

Estaba rodeado de recuerdos en forma de fotografías, muebles, prendas de ropa olvidadas y pequeños signos de las huellas de la irrepetible vida rutinaria. Dejó las llaves en la mesita de la entrada -volvió a no reconocer el sonido-, justo al lado de una crema hidratante que habían olvidado meter en la bolsa de viaje.

Se sentó en el sofá como un autómata y, al pasar la mirada por el televisor apagado, pensó en las películas. Recordó esas escenas que alguna vez había visto en las que un personaje llamaba una y otra vez a su pareja sólo para escuchar su voz grabada en el contestador. Pero era una tontería. Marta ni siquiera había grabado uno de aquellos mensajes; cuando marcabas su número, aparecía la nota de voz de la compañía telefónica de turno. Nada más.

Pero tampoco hacía falta. Cogió su teléfono móvil y, sin desbloquearlo, repasó mentalmente todas las imágenes que había en él, cientos de fragmentos robados al tiempo donde el rostro y la voz de Marta seguían vivos. Dudó pero no desbloqueó el dispositivo; lo dejó encima del sofá, y confió en olvidar que existía.

Escuchaba sus latidos, como un recordatorio de que seguía vivo. Se sentía agotado hasta los huesos, cansado incluso de sentirse vacío. ¿Dónde estaban todas esas lágrimas que se había tragado durante meses confiando en que aparecerían cuando todo hubiera pasado? Menuda gilipollez.

¿Iba a existir de verdad un día en el que todo hubiera pasado? Le parecía imposible. Hay cosas que no pasan jamás; simplemente se quedan, forman parte de nosotros y nunca se marchan. Como ese vacío que se extendía desde sus clavículas hasta su estómago, como un disparo de escopeta certero y macabro. Se tocó el pecho: pudo notar los bordes de piel quemados y sin curar. Se sintió capaz de pasar su brazo por ese hueco y sacarlo por la espalda.

Ni siquiera sabía si se iba a quedar en esa casa. Por una parte, se negaba a abandonar el fuerte donde había comenzado a construir su vida; por otra, cada rincón le hablaba del tono de voz de Marta y eso provocaba que se resintieran todas sus costuras. En ese sofá vieron cientos de series; en esa esquina él siempre se dormía; en la habitación hablaron de ser padres millones de veces; en esa cocina fue donde Marta se desvaneció por primera vez...

El timbre sonó sacándolo de ese peligroso bucle de remembranzas. Se levantó sin entender cómo y fue a la puerta, sin saber si iba a abrirla o no. De hecho, se quedó a un metro, observándola y creyendo de veras que en el umbral iba a aparecer ella.

¿Cómo iba a seguir adelante con tantos fantasmas tirando de su espalda?

Escuchó una voz conocida, desde el rellano.

- Pablo, ábreme.

La voz de Alberto volvió a sonar extraña y aterradora. Sus nudillos resonaron en la puerta, insistentes y casi feroces, y una fuerza ajena le empujó a rodear el pomo con la mano y abrir la puerta. El rostro de su amigo le saludó destilando preocupación.

- Pablo...

Él no respondió. No encontró absolutamente nada en su interior que le sirviera para juntar unas sílabas que merecieran la pena. Se quedó mirando a Alberto, lleno de una vida que en ese momento rechazaba. Seguía escuchando el sonido ensordecedor de sus latidos.

Alberto dio un par de pasos hacia adelante. Llevaba un abrigo negro elegante colgado del brazo, y le hizo un gesto para indicarle que se lo había olvidado. Pablo cayó en la cuenta y de repente comprendió que se había dejado el abrigo en el cementerio.

- ¿Para qué lo quiero? -dijo, con una voz seca y fría.
- ¿Cómo? -le preguntó Alberto.

Pablo cogió la prenda de vestir y se abrazó a ella. Creyó reconocer en ese abrigo los olores de los últimos recuerdos de una Marta ya sin vida y sus hombros empezaron a convulsionarse; primero con lentitud, a los segundos con violencia.

- ¿Qué hago ahora, Alberto? ¿Qué puedo... qué puedo hacer?

Alberto no dijo nada, porque no conocía esa respuesta. Así que hizo lo único que sentía que podía hacer: avanzó con firmeza y rodeó a su amigo con los brazos, asegurándose de que no se zafara como todas las veces en las que había intentado el mismo movimiento. Pero Pablo se dejó abrazar. Soltó el abrigo, que cayó a sus pies, y de repente se dio cuenta de que tenía muchísimo frío. Se sintió estúpido allí plantado, en esa casa que ya no sentía como suya, y pensó en qué habría dicho Marta si lo hubiera visto así.

Entre nieblas, la vio sonriéndole, e incluso le pareció escuchar el sonido de su risa.

Entonces se dejó ir. Dejó que su cuerpo cediera y se apoyara en Alberto, y empezó a llorar.

sábado, 8 de octubre de 2016

Candados.

(...)

Ella le da una larga calada a su cigarro.

ELLA: Yo en teoría no fumo, pero...

Él espera.

ELLA: La verdad es que tienes un poquito de razón. Pero sólo un poquito.
ÉL: ¿En qué? ¿En que fumar mata? Eso lo dicen las cajetillas de tabaco.

Ella lo mira. Sonríe.

ELLA: No, comotellames. Me refiero a toda esta mierda, a todo este numerito de querer reventar el puto candado del puto puente. Pero qué le voy a hacer, me va mucho el drama, y por no reventarlo a él...

Ahora sonríe Él.

ÉL: Bueno, no sé. A mí me has hecho gracia, verte gritando ahí, tirando de uno de los barrotes del puente. Joder, no me mires así, ha sido bueno.

Ella acaba su cigarro.

ELLA: Gracias. Supongo.

Ella y Él miran la ciudad encendida que se presta a sus ojos en esa noche de otoño. Guardan silencio, uno al lado del otro. Dos desconocidos observando la sombra imponente de la Basílica del Pilar de madrugada, apoyadas sus espaldas en el Puente de Santiago.

ELLA: ¿Y tú? ¿Qué hacías en este puente? ¿También te han roto el corazón?

Él vuelve a sonreír. Enigmático. Tierno. Distante. Abstraído en algo que Ella ni siquiera puede rozar con los dedos.

ÉL: Más o menos.
ELLA: ¿Más o menos?
ÉL: Sí. Más porque sí tengo el corazón roto; menos porque no ha sido nadie. Me lo he hecho yo mismo.

Ella no entiende. Quiere preguntar, pero no quiere. Sabe que no es el momento de las preguntas y, por un momento, lleva sus impulsos en silencio. Es agradable estar ahí, después de todo.

ÉL: Tolerar que nos destruyan es horrible. Pero es mucho peor destruirnos a nosotros mismos.

Él se vuelve y la mira. Sonríe triste, muy triste, y Ella cree comprender pero no quiere comprender lo que está creyendo.

ÉL: ¿No es increíble estar aquí en el momento exacto en el que se apagan las luces del Pilar? Parece que así es como si la ciudad pudiera irse a dormir.
ELLA: Nunca me había fijado en que esto ocurría.

Él comprende. Y pone el cuerpo en tensión para levantarse y marcharse.

ÉL: Sí, pequeña loca de los candados, estaba aquí porque hoy había decidido tirarme. Pero entonces has aparecido tú gritando. Y sí, era una tontería...

(...)

martes, 20 de septiembre de 2016

Sobre Alberto (I)

Fue la noche que lo vi versionar el Hallelujah, de Jeff Buckley. Habíamos acudido todos al bar para ver a Alberto tocar, pero la verdad es que yo nunca lo había escuchado como aquel día.

Con los primeros acordes se me despertaron las comisuras de los labios porque era una de mis canciones favoritas, y él lo sabía. Comencé a agradecérselo atendiendo con dulzura a su actuación cuando en las primeras frases estoy segura de que se me heló el rostro. Jamás lo había visto así. Ni escuchado. Ni... sentido. Yo no podía despegar los ojos de su figura encorvada sobre el micrófono mientras él acariciaba con cuidado su guitarra y yo iba sintiendo en mi estómago un fuego desconocido que me subía hasta el pecho para explotar en cientos de rayos eléctricos.

El primer hallelujah me puso los pelos de punta. De alguna manera, supe que algo había cambiado para mí.

Sin embargo, como si tuviera el cerebro dividido en dos, escuchaba una voz en mi cabeza que insistía en que era el Alberto de siempre, que si estaba idiota. Y yo la atendía perfectamente pero, a la vez, no podía dejar de mirarlo. Miraba su boca moviéndose, sus brazos sujetando la guitarra, su pie siguiendo el ritmo suavemente, su respiración agitada. 

En un momento de la canción, más o menos a la mitad, Alberto me atravesó con sus pupilas enmarcadas en gris y no las volvió a mover. Me miraba y yo notaba que comenzaba a brotar en mí un sentimiento incómodo de culpabilidad que tenía que ver con la chica que estaba sentada un par de mesas por delante de mí: su novia. Yo tampoco me moví.

Alberto siguió cantando mientras parecía que me cantaba, y sentí una paz que pocas veces he vuelto a conocer. A pesar de la tristeza implícita en el tema, su guitarra y su voz actuaban como un bálsamo que me estaba haciendo creer que todo iba a ir bien. Recuerdo que se me encharcó la mirada, y que todos se sorprendieron. Ni siquiera lloro con los dramones con los que llora todo el mundo. Pero esa noche sí lloré.

Cuando terminó de cantar me agité como cuando estás a punto de dormir y sueñas van a atropellarte, o a caer por un precipicio. De alguna forma, yo me había dejado caer ya en ese abismo. Y cuando el efecto se fue con la música, Alberto dedicó al público un tímido gracias y besó a su novia, que lo rehuyó, visiblemente molesta.

Se sentó a su lado y se volvió para brindar con nosotros. Cogí mi cerveza y entre los choques de las jarras y las copas de cristal nuestros ojos volvieron a encontrarse y me sonrió con esa sonrisa tan suya que lo hacía serio, misterioso y desafiante. 

Creo que ese fue el momento en el que todo empezó.

M.


jueves, 5 de noviembre de 2015

"Eres tan peligrosa, tan peligrosa, mi amor..."

Él se levanta de la cama, pero, al ver que ella, perezosa y niña, se da la vuelta y deja su espalda desnuda a la vista no puede evitar inclinarse de nuevo y comenzar a besarla.

- ¿Te gusta?
- ¿El qué? ¿Que me beses así? - le contesta ella con los ojos cerrados y tanteando con su mano el colchón resentido buscando la de él.
- Sí.
- Claro que me gusta...

Y ella sonríe de manera natural, sin pretenderlo, y él intenta adivinar sus sueños y vuelve a tumbarse a su lado.

- No me quiero ir.
- Pues no te vayas. Quédate.

martes, 12 de mayo de 2015

Proyectos, I.

- ¿Quieres que vayamos a mi casa?

Marga lo miró, algo sorprendida, y esperó a que él siguiera hablando. Pero Alberto no volvió a abrir la boca, se limitó a mirarla con esos ojos negros que a ella se le antojaban tan profundos y desafiantes, así que al final respondió.

- ¿Estás seguro?
- Claro-dijo él. Aunque no lo estaba.

Marga no sabía mucho del pasado de Alberto. En esos días apenas habían hablando de historias del ayer, se habían centrado en compartir los momentos que estaban viviendo como uno de esos regalos que ya nunca se esperan. Pero sí podía intuir que había tenido problemas en su relación anterior, con una mujer que había vivido con él, en su casa. Por eso la propuesta la dejó algo insegura, preguntándose si Alberto se sentía de alguna manera obligado a abrirle esa parte de sus adentros, pero sin ganas.

- ¿No está un poco lejos? -le sondeó.
- Qué va, he traído la moto.

Sonrió. Y en esos labios curvados Marga adivinó un conato de súplica y de alguna manera supo que Alberto quería que ella conociera su casa. Ese museo del pasado y de la soledad en el que se había convertido su pequeño apartamento. Marga entrelazó sus dedos con los de él, y tiró de él para ponerse en marcha.

Cuando sacó las llaves y las introdujo en la cerradura, lo oyó respirar con fuerza. Estaba nervioso, y Marga sólo quería abrazarlo y decirle que todo iría bien. Pero todavía no habían llegado a esos niveles de confianza, y Alberto seguía siendo, en parte, un desconocido. Cada vez que pensaba en él no podía evitar imaginarlo con el jersey negro de cuello alto con el que lo conoció hacía meses, y embutido en el cual desapareció del taller de escritura pensando ella que jamás volverían a encontrarse. Y allí estaba, dejando que sus dedos se aventuraran por su barba cuidada, que le daba un tono más joven, aunque fuera extraño, y permitiéndose el privilegio de mirarlo fijamente a los ojos y quedarse en silencio adivinando qué se escondería detrás de aquel hombre de 36 años que parecía tan reticente a conocerla pero que no quería dejar de conocerla. ¿La soledad puede ser acaso autoimpuesta? Ella se dijo que no volvería a amar, y así había sido. Sin embargo, Alberto le presentaba un reto, un pozo enigmático en el que quería zambullirse sin salvavidas. La idea la asustaba; no quería sufrir. Pero, al mismo tiempo, la curaba; quería querer.

Alberto abrió la puerta y Marga sintió que estaba invadiendo un espacio de su intimidad que pocos habían conocido antes. Su apartamento, pequeño y diáfano, con una humilde cocina americana y una estantería llena de libros y películas que separaba la cama de la pequeña sala de estar, le habló de compromiso. Pero también de un corazón roto, de espacios vacíos y densos silencios llenos de angustia.

- Tienes una cama de matrimonio. ¡Qué suerte! Yo siempre he querido...

Marga se frenó. Vio cómo cambió el semblante de Alberto y supo que había metido la pata. ¿En qué?

- Alberto -lo cogió de la mano de nuevo-. No quiero decir que quiera invadirte, sólo comentaba, no sé, era por decir algo... Me gusta cómo tienes esto.

Él sonrió con esa amargura que parecía inherente a él, y acercó su nariz a su pelo como había hecho cuando se reencontraron en el tren de cercanías. Ella sintió esa calidez extendiéndose por todo su ser y cerró los ojos sin prisa, sólo quedándose con el momento.

- Quería hacer esto-dijo él.

Ella asintió, y esperó. No quería agobiarlo, quería que él marcara la parte del camino de sus entrañas que ella pudiera recorrer. Quería reparar esa amargura, volverla vacío con sus manos, darle brillo a esos ojos negros que prometían tanto y contaban haber sufrido tantísimo.

Y Alberto pareció agradecérselo. Fue hasta la cama, se sentó en ella y esperó a que Marga se acercara y se sentara a su lado, manteniendo la distancia adecuada. Lo soltó casi sin pensar:

- Mi mujer se fue a los tres meses de casarnos.

Marga se quedó helada. No esperaba una revelación tal y tan de golpe. Lo observó hundir la mirada en la alfombra y se pidió calma, para darle una contestación que pudiera reconfortarlo. Quería saber más, quería conocer más, pero no podía precipitarse. Desechó entonces valerse de las palabras y se aproximó a él, se apoyó en su espalda y lo rodeó con los brazos para apoyar su cabeza en el cuello de Alberto. Él se dejó invadir y agradeció el asedio sanador.

- ¿Tanto roncas...?-preguntó ella tras un par de minutos en silencio.

Soltó una risa sin forzarla y tocó los brazos de Marga mientras comenzaba a besarlos. Se volvió para mirarla a los ojos y apoyó la palma de su mano en su mejilla. Quería sentir que la sujetaba, que la tenía, sólo para poder sentir en contrapartida que ella lo sostenía a él. Quería dejarse sostener, a pesar de todo.

Entonces la besó. Con delicadeza y lentitud, la besó queriendo hacerlo, dejándose invadir por la sensación de querer hacerlo, y tras ella llegó la de tocar su piel, y tumbarse con Marga, y contarle historias y que ella se las contara a él.

Había pasado demasiadas noches atemorizado de ocupar los dos lados de la cama. Ahora quería ocuparla entera.

Sólo quería que ella estuviera allí. Con él.


jueves, 26 de marzo de 2015

Isabel se rebela justo en el momento en el que comienza a percibir que va a volver a ser objeto de algún relato triste y solitario que la lleve a viajar en metro agotada o a toparse con una canción que no desea en el aleatorio de su reproductor de música. Esta vez no va a dejar que suceda. Ya está bien de dar tanta pena, coño, piensa, furiosa.

- Deja de usarme, por favor.

Guarda silencio y espera una respuesta. Ha intentado sonar educada, tal vez con un deje de impaciencia, pero al menos cordial. Cuando se enfada le es muy difícil controlar su tono, pero no quiere asustarla más de lo que va a asustarse ya.

- Oye... ¿Me escuchas? -insiste.- ¡Oye!

Ante su grito, un par de ojos castaños la miran confusos. Parpadean de manera frenética e Isabel teme el consiguiente ataque de pánico que ha imaginado que vendría después. Aguarda callada, intentando ordenar los pensamientos que se atropellan en su limitada e inexperta mente y respira un par de veces.

- A ver,  perdona por gritar, el caso es que...
- ¿Perdona?
Silencio.
- ¿Perdona? -repite la segunda voz, histérica- ¿Pero quién coño eres? ¿Qué eres? ¿Qué mierda es esta?

A Isabel le entra la risa floja ante las palabras malsonantes. De tal palo tal astilla, piensa sin poder evitarlo. Esa pequeña intervención ha hecho brotar en ella un sentimiento que desconoce, un calor extraño en el pecho y debajo de la piel. Como una fuerza insólita que empuja los músculos de su cara en un gesto que tampoco logra reconocer.

- No te alteres -logra articular Isabel.- He notado que ibas a volver a escribirme triste y la verdad, y no te ofendas porque no quiero ofenderte, pero qué coñazo. Hay otros personajes que viven cosas mejores, y a mí siempre me toca lo gris y lo oscuro y, joder, pues eso, que me estoy volviendo un coñazo. ¿No hay otras cosas que pueda vivir?

Su autora parpadea de nuevo intentando asimilar que una de sus creaciones esté dirigiéndose a ella con libre albedrío.

- ¿Pero esto qué es, la novela del puto Unamuno?

Las dos ríen.

La escritora se roza brevemente la frente buscando un signo febril y al no notar nada parecido se dice que la jaqueca la está volviendo loca. Tiene que ser eso, el dolor de cabeza, que le ha tostado el cerebro después de tantas horas de pantalla de ordenador y paredes blancas y moqueta azul. Está loca. Se ha vuelto majara sin siquiera llegar a ser una escritora reconocida, así que nadie llegará a apreciar su falta de cordura. Sólo será una loca más.

Isabel carraspea y la interrumpe.

- ¿Qué ocurre?
- ¿Por qué decidiste hacerme así?

La autora no sabe qué contestar. ¿Por qué? Pues... porque sí. ¿Por qué no? En cada personaje vuelca una faceta o una experiencia, a Isabel le tocó lo más pesaroso.

- Si quieres te convierto en Andrés. O en Arturo -le contesta finalmente su creadora.

Isabel reflexiona, y al final responde:

- Seguro que a ellos les aguardan cosas mejores. Sin embargo, parece que a mí nunca me vas a sacar del vagón de metro.

Touché.

La escritora piensa unos segundos.

- ¿Qué cosas te gustaría vivir?
- ¿Y cómo voy a saberlo? Yo vivo lo que tú escribes que viva, y siento lo que tú quieras que sienta.

Otro punto para la alucinación, sin duda. Tiene toda la razón. ¿Cómo una creación de un escritor va a saber antes que el creador mismo lo que le espera? Pero, espera, espera, espera... ¿Cómo una creación siquiera va a hablarle a su autor?

- Me provocas ternura con todo esto...
- ¿Ternura? -pregunta, extrañada, Isabel.
- Sí. Eso que estabas sintiendo hace nada debajo de la piel. Lo que te empujaba a sonreír.

Isabel esgrime un gesto de haberlo comprendido. Ter-nu-ra, parece pensar, como un niño que apenas está empezando a leer y a descubrir así decenas de palabras.

- Vamos a ver qué podemos hacer contigo...-dice su autora, con cariño.

Isabel sonríe y se muestra conforme. Parece concentrarse mientras espera. Se saca del bolsillo el reproductor de música y lo abandona, y corre lejos de cualquier parada de metro que pueda quedar en su perímetro de visión. ¡Ternura, joder!, grita mientras se apresura.

Su autora pone los dedos encima del teclado. Relee las historias que ha creado antes para Isabel y, después de rechazar la primera tentación, la de añadir una anécdota plomiza más a la ojerosa Isabel, piensa que tal vez puede intentar cambiar esta vez. Pobre Isabel, vale ya de dar tanta pena.

Vamos a ver si lo contrarrestamos con un conato de algo divertido.

viernes, 3 de octubre de 2014

- Álex, ¿me copias? -. No hubo respuesta.- Álex, me cago en la leche, ¿me copias o no?

La voz distorsionada por los mecanismos del walkie-talkie rompió el silencio del museo.

- ¡Sí, sí, sí! Perdona, que estaba en el baño. Te copio, te copio, faltaría más.

- En fin... Te pegas la vida en el baño. A ver, el sistema dice que la puerta del personal de la sección nueve está abierta. ¿Puedes ir a comprobarlo? Algún guiri curioso otra vez, supongo.

- Vale, ahora te comento.

Se colgó el walkie-talkie del cinturón y se desperezó mientras se rascaba los ojos. Al mirarse las manos vio un rastro negro y pensó Mal día para ponerse rímel. Para Alexia Roldán ese era el día en el que cumplía un año como vigilante de seguridad en el museo de cera. Había conseguido el puesto de casualidad gracias a un contacto y desde entonces pasaba gran parte de sus noches canturreando por los pasillos o iluminando con su linterna rostros reconocibles al azar y hablando con ellos. A veces se sentía en un recinto lleno de mudos; le rodeaban figuras humanas aunque no estuvieran hechas más que de cera. Y aunque algunas, por mayor o menos maña del creador, parecieran cualquier cosa menos humanas.

En todos aquellos días se había convertido en la mejor guía turística del lugar, aunque todavía no se había atrevido a colar a nadie. Se lo conocía como la palma de su mano, así que no le costó gran trabajo llegar al sector nueve.

Una vez allí, iluminó la puerta de servicio y, efectivamente, la encontró abierta.

- Estoy aquí. La cierro. Te copio.

Y, distraída, fue a cerrarla empujándola con la pierna como había hecho tantísimas otras veces. Había ocasiones en las que los visitantes se aventuraban por los accesos restringidos, como si esperaran encontrar algo misterioso que no fueran paredes grises, alguna fregona y mucho polvo. Hasta el momento nadie había encontrado un portal a otro mundo o un botón que insuflara vida a las doscientas veinticuatro figuras que allí habitaban.

Sin embargo, la puerta no se cerró. Extrañada, Alexia se aproximó y escrutó levemente el hueco. Se agachó y puso el foco de luz en el suelo. Había una pequeña pieza que impedía que la puerta se cerrara. Fue a cogerla, pero al hacer el movimiento se percató de que había algo tras la puerta de servicio del sector nueve. La abrió e inspeccionó lo que impedía el cierre y había hecho que saltara la alarma en la central. Había algo allí detrás, tenía que empujar la puerta, y en ello estaba cuando se le cayó la linterna.

El sonido amplificado por los pasillos vacíos la sobresaltó. Se sintió tonta por el susto, y la recogió al tiempo que alumbraba al otro lado de la puerta.

Alexia se quedó helada. Era la primera vez que estando de servicio una mano humana la cogía por el hombro. Después de notar esa garra fría en su hombro izquierdo, gritó.

También era la primera vez en su vida que veía un cadáver. 

martes, 16 de septiembre de 2014

Ictria bajó la mirada y no pudo evitar una mueca de agotamiento que apenas le duró un segundo. Alarmada, miró a ambos lados para comprobar que nadie la había visto. Todo aquel que no era sintimita tenía prohibido expresar sus sentimientos en público. Era un delito grave que podía mandarlos de vuelta a Gaia o, peor aún, encerrarlos una temporada indefinida en la Cabina. Ictria no querría ninguna de las dos cosas, pero mucho menos la segunda; pocos habían salido cuerdos de allí. Al menos en Gaia podría pensar... Aunque muriera de hambre a las pocas semanas.

Acudió a la llamada que gritaba su nombre y por el camino miró a través del gran ventanal de nuevo. Era imposible no sentirse sobrecogida. Ictria pensaba que jamás se le iría esa sensación cuando miraba al exterior. Jamás. Como jamás dejaría de ser una extranjera en Sintimión.

A su alrededor, la vegetación comenzaba a invadir las primeras casas abandonadas. El gigante verde asustaba a Ictria con sus tentáculos infinitos. En los días anteriores a la limpieza mensual de vegetación, era difícil ya ver el sol. Ictria volvió a suspirar internamente mientras se sentía idiota por haber acabado allí buscando un futuro mejor. Al principio, de alguna manera, lo encontró.

Pero más tarde también en ese planeta comenzó a ocurrir lo mismo que en Gaia y para ella fue demasiado tarde. Todos los extranjeros fueron tomados como esclavos y cualquier viaje turístico a Gaia era intervenido por la fuerza. Los no turísticos pero no autorizados por el Gobierno tampoco corrían mejor suerte.

A determinadas horas del día la concentración de sustancias nocivas para la respiración humana era tal que tenían prohibido salir a la calle. Sintimión se había convertido en un planeta aislado y taciturno, aunque más rico que muchos otros del Sistema. Sin embargo, a Ictria eso le daba igual. Ella nunca podía salir a la calle. Lo tenía prohibido. Como escribir a Kairum. Y como tantísimas otras cosas que veía reflejadas en el cristal cada vez que se asomaba a aquel ventanal que la descorazonaba dolorosamente.

Volvió a escuchar su nombre con furia y apretó el paso.

Volvería a Gaia. Lo sabía. Tarde o temprano lograría volver.

sábado, 30 de agosto de 2014

Sevilla.

Sacado de rostros, 
fragmentos de conversación, 
fantasías 
y libres interpretaciones 
a cuarenta 
grados.


Dos adolescentes se dan un abrazo en una estación de autobuses como si llevaran mucho tiempo sin verse; se abrazan entre gritos jóvenes e ilusionados y echan a caminar dándose de la mano y riendo; cuando están más lejos, parece que marchan a pequeños saltos, como niños que van de excursión. Una mujer que viaja con sus padres, ya ancianos, echa a correr cuando se percata de que se ha dejado la cámara de fotos en el bus turístico. A dos calles de allí, una media de cinco hombres mayores de cincuenta años se reúnen a diario en el bar de siempre para echarse la clara de antes de comer y, si se sienten especiales, elegir una tapa de la lista escrita a tiza hace más de tres años en una pizarra. Pasando por esa misma taberna, una joven de unos veinticinco años casi se atraganta con el chicle que mastica al ver en la acera de en frente al novio de su mejor amigo cogiendo de la mano a una chica que no se parece demasiado a su mejor amiga; se le congela el nombre de él en los labios, tras estar a punto de gritarlo. Dos horas más tarde más o menos, esa mejor amiga llorará tras colgar el teléfono; se moverá entre las calles estrechas de Triana a trompicones; sin ganas de discutir, sin ganas de gritar, sin ganas de llorar descontroladamente; sólo deseará dejar de preguntarse por qué confió su corazón de nuevo si ahora está partido en dos; de nuevo. Con ella se cruzará una pareja de ancianos muy ancianos que aprietan lo que pueden el paso porque llegan tarde; turistas asentados en México, él español y ella mexicana, que disfrutan de lo que -saben- serán sus últimos días en España. Trabajando en una heladería cercana, un chaval de apenas veinte años le dará vueltas a la cabeza preguntándose si merece la pena seguir luchando por una carrera que ya no sabe si le llena; con cada pálpito de duda, se agarra con más fuerza a la fregona, intentando que el sudor de su frente disimule la amargura, honda y lenta, que se adueña poco a poco de su pecho.

...

lunes, 23 de junio de 2014

A veces la música en aleatorio daba en el clavo respecto a su estado de ánimo. Algunos de sus amigos se empeñaban en confeccionar listas de reproducción minuciosas que iban empleando según cómo se sintieran. Pero a Isabel le gustaba escuchar su música en aleatorio, sobre todo cuando cogía el metro, arriesgándose así tanto a la más grata sorpresa como a la más desagradable caída de su estómago.

Esta tarde no se sentía agotada, pero sí algo desconcentrada, alejada de la burbuja en la que procuraba protegerse a diario. Ni siquiera tenía ganas de escudriñar los rostros de sus compañeros de vagón; el temor a verse reflejada en alguna de esas caras cotidianas de cansancio y vida normal la echó para atrás esta vez. Y justo sonó la canción.

Lo primero que le vino a la mente fue por qué seguía estando allí. Por qué no la había borrado.

Lo segundo que supo es que iba a ser incapaz de saltarla, de ignorarla y meterse con la siguiente. Así que dejó que las notas le levantaran silenciosamente la piel mientras se preparaba para el chaparrón de ese día tan seco de Julio. Y tan lleno de nada.

Cerró los ojos sintiendo su peso cansado coronando sus mejillas y se dejó ir mientras a su cabeza volvían los interrogantes y esa voz ligeramente rasgada le traía con acento argentino una historia que se repite, el azar del que a veces parece depender una situación tan sencilla y tan compleja. La caída de la moneda. La cara de la soledad.

El pitido de la próxima parada aflojó la garra que notaba en ese momento en el pecho. Como un autómata, se levantó mientras se le caía el teléfono móvil al suelo y los cascos se le resbalaban de las orejas. Lo recogió sin apenas mirar y se colocó delante de la puerta. En el cristal se vio a ella misma. No necesitó ningún rasgo de vida normal. Mientras las puertas se abrían, se colocó de nuevo los cascos y echó a andar. En sus oídos, muy lejos de allí, unos siete años más o menos, sonaban las últimas notas. El dedo de Isabel pulsó el botón de repetición. Suspiró y siguió adelante.

jueves, 15 de mayo de 2014

Habían pasado muchos días. Demasiados. Adriana y Pascual, su cámara, llevaban días con las botas llenas de barro pero el problema eran los días con el corazón y el alma también cubiertos de polvo. Habían estado en muchos sitios, sitios como ese, o que en teoría eran como ese, pero Adriana nunca se había sentido tan agotada, tan desesperanzada. Tan derrotada. Tal vez es la edad, pensó.

Tal vez no, resonaba su voz en un recoveco mucho más escondido en su cabeza.

Cuando llegaron al lugar vieron a lo lejos cómo salía humo de un edificio que ya estaba en ruinas. Estaban quemando algo. Con una mirada, Adriana y Pascual se entendieron y este último se colocó la cámara al hombro y ajustó el visor mientras empezaba a hacer foco. Grabaron algunos planos recurso del humo y las escasas llamas que se vislumbraban, así como de la gente que estaba alrededor. Trabajando, observando o sencillamente sufriendo.

- Vaya sitio -dijo Pascual.
- Vamos a acercarnos un poco, anda. Creo que no hay peligro.

Ambos se acercaron y mientras lo hacían iban notando el olor acre en el ambiente. El aire se iba haciendo pesado. Adriana empezó a preguntar en inglés a algunos de los que allí se encontraban mientras Pascual intentaba encontrar el plano que lo distinguiera de todo. El plano que lo ayudara a mostrar lo que él mismo estaba viviendo de una manera clara, que pudiera llegar a todo el mundo. Incluso a aquel que dormitaba después de comer, con el telediario encendido, en el cómodo sofá de su casa.

Mientras lo intentaba, Adriana se acercó a él y le hizo una seña. Pascual la siguió con su cámara.

- ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué están quemando?

El soldado la miró detrás de toda la ceniza de su rostro. Boqueó como para comenzar una frase pero se quedó callado. Adriana sintió en todo su ser que el polvo de las botas de él también lo había acabado cubriendo por entero.

- Ustedes no pueden estar aquí, no deberían estar aquí -chapurreó en un inglés algo difícil.
- ¿Por qué están aquí? ¿Qué ha ocurrido?

En lugar de mirarla y marcharse sabiendo que no iba a seguirlo, como ocurría casi siempre, el soldado la miró y en su expresión Adriana vio el cansancio que también notaba en todo su cuerpo. Y en su espíritu. Vio en sus ojos que estaba exhausto hasta de decirles a los periodistas que se fueran. Que todo había acabado. Que sólo quería volver al hogar, o al menos encontrar algo a lo que pudiera llamar hogar.

- Ustedes...
- ¿Qué ha ocurrido? Dígame -Adriana insistió. Firme pero amable. En su interior se creyó comprensiva. 

¿Comprensiva? ¿Comprensiva en qué?

- Estamos quemando los cadáveres. Había demasiados. Es la única manera.

Y se marchó.

A su derecha, Pascual lo había grabado todo.

lunes, 14 de abril de 2014

A las 20:53 estaba a tres minutos de la farmacia. A las 20:57 la llamó su madre para que cenara con ellos y tuvo que explicarle, como siempre, que esa noche estaba de guardia y que no podía. A las 20:59 estaba ya en la farmacia, un minuto después se había puesto la bata, y cuando pasaban dos minutos de las nueve de la noche se despidió de sus compañeros y se preparó para la que sería una larga noche. A las 21:03 bajó la persiana del comercio y se metió en el despacho a ver un capítulo de una serie. Su infección de oído había remitido en la última semana, pero todavía conservaba un pequeño dolor amortiguado y una pérdida de audición nimia pero presente. Se sentó más cerca de la puerta, por miedo a no escuchar a alguien que llamara con timidez.

Desde las 21:03 hasta las 1:00 de la madrugada, vendió una caja de paracetamol, tres paquetes 3x1 de condones, dos cajas de antibióticos y un bote de antiestamínicos. No estaba mal. También en ese lapso de tiempo vino a verla su madre con un tupper con torrijas, un par de amigos que pasaban por allí antes de irse de fiesta y una vecina de unos setenta años que, viuda desde hacía veinte, se aburría a menudo y casi siempre que la farmacia de la esquina estaba de guardia se acercaba a pasar revista y a ponerles al corriente de su vida.

Se aburría. Se aburría mucho. Quería aprovechar para estudiar inglés pero le daba pereza abrir el cuaderno, así que iba de un lado para otro reponiendo cremas anti-edad y champús balsámicos hasta que las estanterías estuvieron perfectas y volvió a verse otro capítulo.

A las 2:37 sonaron unos golpes en la persiana. Se acercó cerrándose la bata porque hacía frío.

- ¿Sí? ¿Qué deseaba?

Cuando su compañero se quedaba de guardia no tenía problemas, porque medía un metro y ochenta y seis centímetros, pero normalmente ella no llegaba a la abertura en lo alto de la persiana y tenía que subirse encima de una pequeña banqueta para poder ver a los clientes. Estaba oscuro, y no encontró la banqueta, pero aun así habló para que la persona que esperaba al otro lado no pensara que no había nadie.

- ¿Sí? -repitió.

Por unas milésimas de segundo, se asustó. Sintió el tacto frío de su teléfono móvil en el bolsillo de la bata. Era una persona asustadiza. Por eso no le gustaban las guardias. Por eso, y porque se aburría.

- Eh... Buenas.
- ¡Hola! - la voz le era familiar, así que se tranquilizó-. Estoy aquí, estoy aquí, disculpe que no pueda verla. ¿Qué desea? Dígame.
- Quería... - la voz, masculina, se paró, como expectante. A los segundo siguió hablando, con cierto tono de decepción-: Quería una caja de condones.
- ¿De qué marca?
- De la más cara -. Aquella voz parecía irritada.
- Está bien... ¿De seis, de doce, o de veinticuatro?
- Hostia, de la que te dé la gana.
- Muy bien, pero no hace falta ser grosero.

Se metió para dentro con esa voz buscándole algo en la mente. Antes de coger la caja de condones más cara que tenían en la farmacia, buscó la banqueta para poder verle el rostro cuando fuera a entregárselos. Pero no llegó al armario de los profilácticos. Cuando estaba a medio camino se paró en seco, respiró un par de veces y avanzó a zancadas hasta la persiana tropezándose con la banqueta, dándole una patada después y yendo finalmente a por ella cuando la localizó con el pie dolorido. La agarró rápidamente, la puso delante de la ventanilla y se subió.

- ¿David?
- Hombre, ya pensaba que te habías olvidado hasta de mi voz.
- Pero...
- ¿Qué tal estás, Erika? -. La voz había recuperado el tono amable, casi burlón, mientras por el cambio en el tono se intuyó que al pronunciar el nombre de ella había sonreído. 
- ¿Pero cómo eres tan hijo de puta, David?
- ¿Qué?
- ¿Qué haces aquí? ¿Comprar condones? Pues bien.

Erika se bajó de la banqueta zumbando y David sólo escuchó sus pasos y el leve sonido de su bata mientras caminaba deprisa. Cuando volvió y fue a retomar la conversación una caja de condones salió por la ventanilla directo a su ojo y tuvo que agacharse para esquivar el golpe.

- Hala, para ti. Invita la casa.

Y Erika se fue. Otra vez.

A las 2:45 seguía nerviosa.

A las 2:58 sintió ganas de llorar pero se contuvo porque pensó que no se lo merecía.

A las 3:06 sonaron golpes en la persiana. Fue a abrir hasta que escuchó la voz de David. Entonces no fue.

A las 3:31 estaba delante del estante de los condones.

A las 3:32 lloraba desconsoladamente.

A las 3:35, a las 3:36, a las 3:40 y a las 3:51 David volvió. Resultaba que no quería los condones, sino solamente ver a Erika y hacerla sufrir un poco. Se quedó sentado con la espalda apoyada en la persiana de la farmacia hasta las 5:52. Entonces se dio por vencido y se fue.

A las 6:59 Erika se quitaba la bata y a las 7:00 salía de la farmacia. Todavía le temblaban las manos cuando bajó la persiana. Desde la esquina opuesta David la observaba. Estaba preciosa; estaba preciosa siempre que estaba triste, era algo gris pero era así. La observó marcharse.

A las 7:01 se cagaba en sus propios muertos por ser un pobre imbécil.

A las 7:03 no soportaba el nudo en la garganta.

A las 7:05 se fue a casa, y en la primera papelera que vio tiró la caja de condones sin desprecintar siquiera.

jueves, 13 de febrero de 2014

A Isabel le gustaba viajar en metro. Sin embargo llevaba tiempo fijándose en que el cine retrataba a los viajeros de metro y tren de cercanías como personas infelices, fracasadas y sin suerte. Se dio cuenta de que, para el séptimo arte, una manera fácil de hacer saber que alguien lleva una vida poco satisfactoria es, por lo general, hacerlo viajar en metro.

Por eso Isabel comenzó a fijarse en los rostros de sus compañeros de vagón. Vislumbró alguna pareja enamorada y alguna sonrisa consecuencia de una ocurrencia de un niño pequeño. También se topó con gente de apariencia feliz mientras hablaba por Whatsapp o escuchaba música con unos cascos muy grandes. Vio jóvenes y ancianos, gente de edad media, algunos con el abrigo en los brazos y otros con él todavía puesto a pesar del calor por la pereza de no llevarlo encima y tener que volvérselo a poner al salir al frío invernal. Pero lo que más observó Isabel fueron rostros cansados.

Se chocó con las ojeras de decenas de personas que a pesar de tener aspecto agotado corrían al salir del vagón porque llegaban tarde a trabajar o porque querían estar cuanto antes en su casa. Isabel sintió un frío extraño en el pecho cuando se dio cuenta de que todas esas personas sí tenían aspecto infeliz, aunque ella nunca sabría si se sentían o no fracasadas. Sin poder evitarlo, aprovechó la oscuridad de un túnel para mirarse reflejada en el cristal de en frente y escudriñó sus propios rasgos en busca de un ápice de felicidad que rompiera ese cliché tan feo que había creado el cine.

Isabel no vio apenas nada. Fue en ese momento cuando pensó que mientras habría gente que se estaba poniendo sus mejores galas para acudir en coche con chófer a un palco del Teatro Real y disfrutar del espectáculo de esa noche ella no quería más que llegar a casa, desmaquillarse antes de ducharse y ponerse el pijama para descansar e intentar curar su dolor de riñones. Eran las nueve de la noche de un sábado pero Isabel no tenía ganas de salir porque estaba demasiado cansada. Agotada. Su vista estaba fija en sus propias ojeras cuando el tren salió del túnel y la escasa luz rompió el improvisado espejo.

Tras salir de la estación de Atocha el tren se paró unos instantes mientras Isabel trasteaba en su reproductor de música intentando hallar una canción que le levantara el ánimo. De nuevo distraída después de sus vanas reflexiones, levantó los ojos y se quedó mirando un cartelón de publicidad que se podía ver iluminado tras el cristal que tenía a la espalda. Era de un banco, o de un supermercado, Isabel no lo supo bien, porque sólo fue capaz de centrarse en la pintada que alguien, tal vez una noche de rebeldía, había hecho con trazo grueso en una esquina del cartel. Isabel la leyó.

Tu vida es una puta mierda (y lo sabes)

Y se dejó caer un poco más en su asiento.

miércoles, 15 de enero de 2014

Colinas.

- Te pasas el tiempo quejándote de una vida normal, y, cuando por fin eso cambia, rechazas lo que te está ocurriendo. Es curioso, ¿no?

Arturo contemplaba a su amigo Andrés con expresión seria. No supo muy bien cómo reaccionar, así que se limitó a poner su mano en la espalda de Andrés, y esperar a que siguiera hablando. Pero no volvieron a salir palabras de la boca de su amigo, quien se había quedado con la mirada perdida en un punto fijo, arrasado por el torrente de los recuerdos actuales, esos que ocurren en el momento preciso en que se piensan, y ante cuyo acoso nadie puede hacer nada. Sólo tragar saliva.

- Ya no puedes hacer nada, Andrés. No te machaques por eso...
- No es justo, ¿sabes? Quiero decir... ya sé que no debería lamentarme... que preguntarme si es justo o no, pero...

Entonces es cuando Andrés rompió a llorar. Sus hombros comenzaron a convulsionarse y Arturo lo notó en su abrazo. Los sollozos ahogados en seguida se conviertieron en un llanto desesperado que Arturo no sabía cómo parar. Andrés se tapó la cara con las manos, fuertes, a pesar de su aspecto trémulo.

- Pero, ¡no es justo! - continuó con la voz entrecortada colándose a través de las rendijas que dejaban sus dedos. - Somos gente buena, no hacemos daño a nadie, tenemos una vida normal, sencilla, y sin embargo...

Arturo intentó calmarlo pero fue inútil. Se inquietó ligeramente por si estaban armando escándalo pero al segundo decidió que no tenía importancia, que había cosas más importantes que una tranquilidad perturbada cuando en sus manos se estaba deshaciendo el corazón de un amigo y se sentía incapaz de remediarlo. La vida a veces dicta pruebas que pillan a uno desprevenido incluso cuando se tratan de algo tan cotidiano y tan real como la muerte.

A Arturo nunca le había gustado la muerte. Cuando tenía cinco años su abuela paterna había muerto de un infarto y después de que unos trescientos tíos lejanos le revolvieran los rizos morenos y casi socavaran su cráneo decidió que cualquier velatorio se parecía más al recuerdo de un circo que al de un ser querido. Sus padres no le dejaron ver el cadáver de su abuela pero años después sigue prefiriendo no verlos porque no quiere que la garra de la dama de negro distorsione el sonido de la risa de esa persona que él atesora en la memoria. Se sentía preparado para la muerte, para afrontarla. Sin embargo, para Arturo había algo peor que la muerte que estruja el alma: aquella que no destroza el alma propia, sino la de alguien cercano. Nunca sabía cómo manejar esas situaciones. ¿Cómo se podían poner palabras a algo tan visceral, tan básico, tan natural, contra lo que no se podía hacer absolutamente nada? ¿Qué sensatez cabía? ¿Qué consuelo? 

Por eso él siempre quería estar solo cuando algo así ocurría; para que nadie tuviera que encargarse absurdamente de él. Pero aquella mañana su teléfono había sonado y la voz helada de Andrés no le hizo dudar ni un minuto. Así que allí estaba. En un circo más, sin rizos morenos porque ya no llevaba el pelo largo, pero con la misma sensación de deshumanización que le había embargado cuando solamente tenía cinco años.

Andrés ya se había calmado un poco mientras Arturo rememoraba todo esto. Los dos amigos estaban sentados en un banco cercano a las puertas de cristal negro del velatorio. Era una inusualmente soleada mañana de diciembre, y en ese sol que apagaba un poco el frío del invierno Andrés quiso ver en vano una señal de aliento. ¿Cómo iba a continuar su vida normal así? ¿Cómo se sale adelante cuando pierdes la mitad de tus adentros? En los ojos azules de Arturo clavados en él con preocupación supo leer, a pesar del Valium, que sabía lo que estaba pensando.

Como guiadas por el hilo de los pensamientos de ambos, las puertas mortecinas del complejo se movieron y de ellas salió corriendo una figura menuda y nerviosa, de apenas un metro, que saltó sobre Andrés y clavó sus pequeñas garras en su espalda para que nadie pudiera llevárselo de ahí. Andrés rodeó su cuerpo con un brazo y con el otro se secó las lágrimas del rostro mientras Arturo se apresuraba a darle un pañuelo de papel.

- No te encontraba... No te encontraba y tenía miedo, papá. No me dejaban venir a buscarte.

Andrés lo abrazó con una fuerza mayor y en ese gesto encontró una fuerza bien conocida que lo ayudó a ponerse en pie. Le hizo un gesto a Arturo pero éste le dijo que entraría más tarde, que fueran ellos por delante. La expresión de los dos amigos se unió momentáneamente por una medio sonrisa y Andrés se alejó con su hijo. Se quedó unos minutos con la vista fija en el verde brillante de las colinas y no supo si la visión era esperanzadora o siniestra. Definitivamente ese no era su sitio. Arturo se frotaba las manos de manera mecánica para entrar en calor sin poder dejar de contemplar ese brillo casi fantasmal. Pero el frío estaba adentro, más adentro.

(...)

lunes, 30 de diciembre de 2013

I.

Claudia se sentía intranquila. Introdujo tres veces la cucharilla en el tarro de azúcar y dejó caer el polvo blanco en el café repitiendo el gesto de manera mecánica y distraída. Mientras le daba vueltas a la mezcla edulcorada sentía que la cucharilla socavaba su propio pecho. Claudia volvía a notarse ese agujero que se extendía de entre sus clavículas a su estómago, y no quería beberse el café porque significaría ampararse en una rutina simulada, embustera.

Miraba una y otra vez el reloj de la cocina al tiempo que los minutos eran como bofetadas en sus mejillas temblorosas. Respiraba entrecortadamente, el frío estaba presente en sus manos, no sabía cómo hacer que el tiempo corriera más deprisa. O que se detuviera. Claudia no sabía nada; había vuelto a ese dolor silencioso y confuso que le deja a uno en la estacada, provocando que pierda todas sus facultades medianamente racionales. Tenía miedo, el dolor le traía miedo... Pero también se encontraba muy cansada.

Luis debía haber vuelto hacía una hora. Había salido temprano porque quería jugar un partido de pádel pero una llamada de Pedro, su compañero en los escarceos deportivos, había provocado que a Claudia le oprimiera de nuevo el corazón la garra del desasosiego. Luis no había ido. Pero tampoco había vuelto a casa.

Claudia entonces bebió un sorbo del café remontándose a años atrás, con la misma escena, y pensando que en otras ocasiones una lágrima suya se habría mezclado con ese líquido marrón y despierto. Sin embargo, esta vez ya no había lágrimas ni lamentos porque Claudia estaba infinitamente agotada. Estaba intranquila, porque no sabía dónde estaba Luis, pero ya se había cansado de llorar. Los sollozos nunca habían solucionado nada.

Fue en ese momento de regresión vana cuando se escuchó la puerta del ascensor y acto seguido una llave buscando la cerradura de casa. Claudia permaneció inmóvil, y tampoco se movió cuando por fin la puerta se abrió y Luis apareció en el umbral rehuyendo la mirada de su esposa. No necesitaba ninguna palabra porque el olor que acababa de irrumpir en casa era, por desgracia, el mejor de los testimonios. Luis no dijo nada. Se limitó a esperar unos segundos allí plantado para después ponerse en marcha y dirigirse al dormitorio de invitados. Claudia lo escuchó trastabillar por el pasillo un par de veces. Su mente se llenó de gritos y recuerdos y se vio a sí misma suplicándole a Luis que jurara por sus hijos que no había vuelto a hacerlo y también vio a Luis jurándolo una y otra vez, aunque fuera mentira.

Lo había vuelto a hacer. Claudia escuchó la puerta cerrándose del dormitorio y en el silencio de esa prisión de reiteraciones e insuficiencia se levantó y tiró el café por el fregadero de la cocina. Miró el reloj. Sin decir nada, abrió el grifo y metió los dedos debajo del chorro de agua caliente hasta que lo sintió templado. Sin más, se puso a fregar los cacharros de la cena y del desayuno mientras en su pecho seguía ese latido nocivo. Pum-pum, pum-pum, pum-pum. Claudia llevaba años sintiendo cómo le dolía el corazón.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Los pasos apresurados de Carlos resonaron en el pasillo como cuando se perturba la paz de un cementerio. Había estado horas dudando acerca de si ir o no al hospital, y al final se había decidido como un loco sintiéndose imbécil por no haber tomado la decisión antes. Por eso corría. Por eso y porque se estaba sintiendo intimidado por el silencio y el aspecto inhumano de aquel lugar.

- Joder, no hay ni dios.

Tenía el número de la habitación adonde se dirigía apuntado en el dorso de la mano y mientras lo volvía a mirar una vez más sus ojos se tropezaron con su objetivo. Vio a María, caminando hacia él con el paquete de tabaco en la mano, y a los segundos sintió sus brazos rodeando su cuello con esa serenidad tan tierna y tan distante. Tan de María.

- ¿Pero por qué has venido, idiota?
- ¿Tú no habías dejado de fumar, flipada?
- Estoy de los nervios. Si no fumo estoy de un mal humor insoportable. Además así me escapo diez minutos con excusa.
- ¿Vas a la calle?
- Qué va, voy a la escalera. Que les den a todos, que parece que hoy aquí no trabaja ni Cristo, lo cual es hasta gracioso.
- Anda, te acompaño.

María lo miró un breve segundo debatiéndose entre el agradecimiento y la intriga. No podía negar que había deseado que alguien viniera y lo habría dicho a gritos en mitad de ese sitio lúgubre y artificial si no se hubiera autoconvencido para mantener la compostura. Guió a Carlos hasta la escalera en ese laberinto de habitaciones, lloriqueos, horas de espera y pitidos rítmicos e insoportables. Una vez allí buscó con manos temblorosas el mechero y se encendió un cigarro mientras observaba el exterior a través de la ventana. Un aparcamiento en mitad de la noche, apenas con coches; María se preguntó si eso sería buena o mala señal.

- ¿Qué tal está tu hermano?
- Bueno, ya sabes cómo es... Se ha ido hace un rato a darse una ducha, y así veía a los críos un poco antes de que se fueran a dormir. No dice palabra, lo lleva a su manera. ¿No has hablado con él?
- ¿Eh? Sí, sí, claro - se apresuró a aclarar Carlos-. Pero por saber cómo lo veías tú.
- Pues ya lo conoces. Sobrevive. Como todos.

No se oía a nadie en el hospital. Eran las doce de la noche de un día extraño.

- Dame un pitillo, anda.

María amagó para acabar dándole el cigarro a la tercera y mientras sonreía le preguntó que si no tenía familia o qué, a esas horas en el hospital.

- No seas capulla. He cenado con ellos, pero estaba inquieto... Quería venir y punto.
- Ay, cacho de pan... Muchas gracias por venir. - Esta vez fue Carlos el que sonrió, pasándole el brazo por encima a María.- Me estaba a empezando a volver loca. Te lo digo en serio. Más días aquí y, en fin...
- Ya, tiene que ser difícil. Por eso quería ve...
- ¿Difícil? No sé, Carlos, y perdona que te corte... No es porque sea Navidad ni moñadas de esas. No sé. Me meto a Facebook desde el móvil o miro Whatsapp y todavía me pongo de más mala hostia. Veo que la gente se queja, se queja, se queja, y me hacen sentir como el culo por quejarme de unas putas navidades en el hospital mientras mi madre se muere porque pienso que si estos gilipollas se quejan y me ponen mala seguramente alguien se ponga malo al ver mis quejas de mierda. Dios.

Carlos no dijo nada porque sabía que María iba a seguir. Cuando comenzaba a soltar todos los monstruos que llevaba dentro era mejor dejarla hasta que acabara exhausta pero tranquila. Había tenido demasiados momentos similares con ella como para conocerla.

- Tío, no sé... ¿Por qué me enfado tanto? Me paso el día enfadada y acabo agotada de todo. Pero es que veo cómo hablan de sus resacas, de la noche de fiesta que se van a pegar, que suben fotos de los platos que había encima de la mesa... Hostias, y encima se quejan. ¿Pero por qué se quejan, Carlos? ¿No estamos en Navidad? ¿No es hoy la puta noche de Nochebuena? ¿Qué más quieren?
- Pero, a ver, María, no te fíes de lo que escriben en Facebook, si ya sabes que la mitad es por aparentar.
- Ya, pero no sé... ¿Tienen que ser más pedantes por que sea Navidad? No entiendo por qué me ponen tan furiosa. Supongo que porque en el fondo me gustaría estar escribiendo las mismas chorradas que ellos y subir una jodida foto mía con una diadema de reno. Yo qué sé... No te rías, coño.
- Me río porque eso no te lo crees ni tú. Tú no eres así de simple.

María pensó unos segundos en las últimas palabras de Carlos e incluso le jodió que tuviera razón. Ella no era así. A ella siempre le habían pesado más estas fechas, era la típica a la que le daba por deprimirse el día 25 de diciembre pensando en la hipocresía de la gente y en por qué no podía pensar en otra cosa y simplemente disfrutar de la familia que le quedaba.

- Carlos, es... es... esta rabia de mierda. - Dio una calada. Paladeó el humo como quien paladea una idea que pugna por romper el equilibrio que uno mismo se ha marcado.- Que me destroza la vida. Te juro... que me la destroza.

Carlos vislumbró el reflejo de la luz de la escalera en un par de lágrimas que corrían por las mejillas de María. Se quedó mirando ese cristal terrenal. En parte entendía a María, entendía su ira, pero no podía compartir esa tristeza de la que siempre se embebía María en Navidad. Era obvio que este año la alegría no podía habitar las paredes de aquella habitación de hospital que llevaba escrita en el dorso de su mano, pero María siempre... Siempre se dejaba enterrar por la pesadumbre. Ella decía que era porque no le gustaba aparentar como había hecho su madre, que le daba pavor convertirse en una autómata sonriente, pero a veces Carlos quería agarrarla de los hombros y agitarla para que despertara y viviera un poco más. Para que dejara de cargarse con las miserias de todo el mundo que le rodeaba y riera un poco más. Solamente un poco más.

- ¿Hace cuánto que conozco a tu hermano, María?
- Pues... no sé-. Se secó los ojos con cansancio-. Desde que teníais veinte años o así, ¿no?
- Sí... Eso creo.
- ¿Por?
- Porque entonces debo de llevar como seis u ocho años enamorado de ti.

En ese momento, que Carlos había dibujado tantas veces en su cabeza, justo en ese momento, a María le dio por reírse.

- ¿Enamorado? Anda, que no tienes cuento tú.
- ¿Qué?
- Pues que qué dices de amor, vamos a ver. ¿Amor? Pues vaya drama de vida, ¿no? Enamorado y viéndome hasta en la sopa.
- Joder, María...
- ¿Te he roto el momento de peli de Hollywood?
- Si lo sé no abro la puta boca.

María apartó sus ojos de la ventana y se volvió hacia Carlos, que ahora evitaba su mirada mientras apuraba el cigarro con el ceño fruncido de disgusto. Entonces lo abrazó colocando su cabeza debajo de su barbilla como había hecho miles de veces desde que no era más que una cría que empezaba a vivir por sí misma. Si echaba la vista atrás y recorría sus recuerdos, los que habían permanecido entre la maraña de vivencias, ahí estaba Carlos.

- No me lo tomo a broma, Carlos - le dijo María mientras notaba cómo le devolvía el abrazo con fuerza-. Creo que lo sabía antes de que me lo dijeras, como creo que tú sabes que también siento cosas. Siempre hemos tenido algo, aunque estuviéramos con otras personas - aclaró al notar que Carlos se había sobresaltado.- Será posible... De todos los momentos que hemos podido tener eliges este, qué original eres, eh...

Carlos la separó un poco de sí y la miró intentando desentrañar sus pensamientos. María solía ser un enigma. Allí, en ese abrazo robado al sinsabor de un hospital, supo por qué le dolían siempre las frustraciones y los dolores de ella.

- Carlos.
- ¿Qué?
- Te puedo besar ahora porque tengo ganas de besarte, y seguramente mañana también las tendré, y el día siguiente y... y si pasa algo... algo malo estoy segura de que querré que estés conmigo, pero...
- ¿Pero qué?
- Ya me conoces. Esto no es buena idea. Ya sabes cómo soy, tú has visto qué les ha ocurrido a los tíos con los que he estado.
- No me jodas, María, qué tendrá que ver.
- ¿Que qué tendrá que ver? Ya dije que no quería volver a hacerle daño a nadie. Si tuviera que escoger a una persona para romper esa promesa, ¿cómo te voy a elegir a ti? ¿Estamos locos? Eres de las mejores personas que tengo, Carlos.
- ¡Pero mira que eres pesada! Ven.
- ¿Me vas a felicitar la Navidad a lo Love Actually?
- ¡A callar!

María se separó entonces de Carlos y lo cogió de la mano mientras su mirada iba de la ventana a la puerta que daba a los pasillos del hospital. Pisó el cigarro que acababa de tirar.

- Carlos, Carlos...
- ¿Quéeee?
- Vamos a la calle mejor, anda. Está prohibido fumar aquí.