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domingo, 24 de agosto de 2008

Sonido amortiguado que caracteriza a los aeropuertos. Tal vez por el cúmulo de sentimientos que se amontonan en tal recinto, que se van, que vuelven, una sonrisa y un corazón roto, la voz que anuncia que está más cerca tu camino, o tu condena, las prisas, las ganas, el ajetreo, el olor a maleta cerrada... Caminan de la mano pero no hablan entre ellos; ahora es momento para conversar con sus almas y calmarlas con palabras de aliento. Están como perdidos, pero ambos saben que el problema es que los dos están demasiado decididos. De repente, él detiene su paso y la contempla un instante. Sonríe como le enseñó ella.

-Te quiero desde el 2008-le dice. Y la deja perpleja.
-¿Desde el 2008?
-Sí... Por entonces tú eras una niña asustada que creía que la perseguían para matarla y yo tenía más miedo aún porque acababa de empezar a trabajar.
-Ah... Qué vergüenza. Cómo me perdí. Y cómo me llevaste de nuevo al campamento. Te juro que pensaba que iban a matarme-. Y aún parece arrepentida de haberse comportado así.
-Lo sé, lo sé.
-Y tú el forestal que se convirtió en un héroe, ¿no? -Ahora ella sonríe.- No ha pasado tanto tiempo.
-No, días no. Sin embargo parece que llevamos toda una vida juntos y qué poco me basta...

La abraza y ella apoya la cabeza en su pecho aspirando lentamente su perfume. Sigue siendo una niña que se ha perdido. Permanecen inmóviles hasta que una voz les sobresalta y les devuelve a la realidad. La megafonía. Alguien tiene que coger un avión.

Él se la queda mirando como suplicándole algo, bordando las palabras en los suspiros que se alejan de la mano de ese abrazo. Los ojos de ella titilan.

-Cógelo, date prisa. No lo pierdas, ¿eh?-le dice con voz quebrada.- Y vuelve pronto-añade.

Lo besa suavemente en los labios y él nota el sabor salado de las lágrimas; no obstante, piensa que son las más dulces que ha saboreado nunca. Agarra su maleta llena de olores y echa a andar con la mirada en ella, que lo espera, en la puerta de embarque, sonriendo de esa manera tan suya. Como la primera vez que se vieron, toda una vida atrás demasiado corta...

sábado, 8 de septiembre de 2007

Yo estaba como estoy ahora. Es decir, consciente. En mi casa. Con mi ropa habitual de estar por casa. De humor indiferente. En la cocina.
Y, entonces, me asomaba a la terraza del patio de luces. Vivo en un primero y, por ello, es bastante amplia. Grande. Siempre nos caen diversos objetos con los que nos bendicen los vecinos.
Atravesaba la puerta que comunica la terraza con la cocina y me quedaba mirando al frente. A las ventanas y terrazas de los demás vecinos. Había tanta ropa tendida en todas las terrazas que apenas veía las demás casas.
Y fue cuando las vi. Mágicamente asustadoras. Un par de piernas siniestramente blancas. Me recordaron a la palidez con la que suelen describir a los vampiros. Eran tan blancas, tan carnosas. Como los cuadros antiguos. Y las uñas de los pies tenían un color carmesí admirable. Laca de uñas, seguramente. Pero el conjunto resultaba atractivo. Y supe que era una mujer.
Sólo veía las piernas. El resto del cuerpo estaba tapado por la ropa tendida. Pero deducía que estaba sentada en el alféizar de la ventana, con las piernas colgando.
Tenía curiosidad por ver el rostro de esa persona.
Seguía allí clavada, bastante tranquila. Era de día. Y mi madre preparaba la comida en la cocina.
Fue entonces cuando el sueño se volvió angustioso. Veía a esa mujer. Y su expresión. Sus piernas de deslizaban hacia abajo y su cuerpo iba cayendo al vacío mientras sus ojos iban cerrándose, mostrando una sensación pacífica.
Como si quisiera morir.
Y yo la veía caer contra el suelo. Su cabeza chocando contra la pared, no contra el suelo, y la sangre que iba recorriendo mi terraza vecina.
Estaba muerta.
Y yo seguía allí clavada.
Horrorizada.
Sin poder moverme. Ni gritar.
Y algo me decía que a nadie le había importado la muerte de esa mujer. Que nadie iba a socorrerla. Que pasaría inadvertida.
Y yo sentía un amor tan fuerte por ella...
No sé.
Fueron tristeza y miedo a partes iguales.

Y se acabó con esa imagen. Y mi horror. Mi corazón desbocándose. Y esa palidez. Esas uñas carmesí. El rostro aquel...
El horror siguió impregnándome durante toda la noche, mientras estaba sumida en la inconsciencia.

Fue extraño. Y no me acordé de él hasta horas más tarde. Y volvió el miedo.





Fue un sueño. O pesadilla. Pero tenía que contarlo.