jueves, 19 de diciembre de 2019

Carta a alguien que no la leerá

Hay personas que desaparecen de repente. Un día uno se empeña en buscar sus huellas y solo descubre marcas borradas con prisas, y a pesar de ello resulta imposible seguir su rastro.

Debo ser sincera y comenzar diciendo que apenas pienso en ti. Con el tiempo mi mente se ha acostumbrado a no tener la intención de buscarte en ningún hueco, salvo en contadas ráfagas que aparecen guiadas por una de esas piedras que todavía me llevan a ti. Entonces, de manera fugaz, hallo alguna emoción: a veces me siento enfadada, otras intento imaginar cómo estarás, y en ocasiones más reducidas me pregunto por qué sin poder sacudirme de encima una indiferencia algo triste.

He decidido enterrarte para que no vengas conmigo a mi 2020. No voy a quemarte, como sí sé que haré con otras partes que sé que solamente me suman peso de ese que me hace consciente de que es el momento de desprenderme. Cuando uno quema algo lo está eliminando convirtiéndolo en polvo y cenizas; enterrar algo muerto, en cambio, es darle la oportunidad de que sirva de abono para la nueva vida que viene.

Supongo que por eso te escribo esta carta, una carta que sé que no llegarás a leer, pero me sorprende teclear sin intención de que lo hagas. Supongo que es una manera más de hablarme a mí, de dialogar conmigo misma antes de dejarte ir definitivamente.

Hoy he reflexionado que tal vez no te atendí como esperabas. Creo que una parte de ti siempre me vio de una forma que nunca fui. Me contemplabas como un verano que no llegabas a alcanzar, y es posible que te cansaras de caminar conmigo entre unas nieblas que creías aceptar. ¿De verdad te gustaba este gris que nos rodeaba casi de manera invariable? ¿O te abrías paso entre la bruma esperando unos rayos de sol que jamás llegaron? La verdad, no lo sé; no puedo saberlo, pues tu elección fue desaparecer sin palabras ni avisos, amparándote en un silencio que se extiende hasta hoy.

Lo más importante es que no te culpo. Hoy he recordado con alegría sincera nuestras conversaciones, y he apreciado tu espíritu de niño y tus miedos y tu pereza tan de adulto. Siempre me he sentido hastiada ante las preguntas que no llegan a responderse, pero yo misma también he escogido en algunas ocasiones cambiar de sendero sin avisar, aunque nunca en las mismas circunstancias. Cada persona elige sus opciones, de eso no tengo ninguna duda, y desencuentros así también me han enseñado a asumir y aceptar.

A veces no se nos brinda la oportunidad de una respuesta, se nos deja desarmados con todos los recuerdos tirados por el suelo con furia. Cuesta tiempo, siempre cuesta, pero al final la clave es encontrar el instante en el que sabemos que debemos meterlo todo en bolsas y despejar el trastero para dejarle sitio a todo lo demás. Hoy he recogido los pedacitos de cristal que todavía se me clavaban en las plantas muy de vez en cuando, y los he contemplado con la certeza de que deshacerme de todos ellos no me causará dolor. Y eso ha hecho que me sintiera tranquila y en paz, como una ducha de agua caliente después de un día de mierda.

Y, por más que me esfuerce en volcar en esta carta todo lo que debería decirte antes de no decirte nada más, no se me ocurre qué más puedo añadir. Estoy preparada para soltarte y desearte una vida plena, pues es un deseo que me sale directamente del pecho, sin fisuras ni obligaciones.

Así sea pues.




martes, 22 de octubre de 2019

Estoy leyendo un libro que me dejó Sara hace siglos. Está narrado en forma de diario personal, y el tipo de narración contagia. Dan ganas de ponerse a escribir igual.

Justo hoy me ha preguntado Lucía que qué puede hacer en Barcelona, y yo le he dicho que en este libro se nombran infinidad de garitos alternativos. Me ha hecho gracia la coincidencia.

Lleva toda la mañana lloviendo y a mí me sigue encantando ese hueco que improvisamos en el salón para colocar mi escritorio y toda mi parafernalia desordenada. Tengo la ventana justo al lado y se cuela el ruido de la lluvia y también ese frío pálido que siempre hace cuando llueve. Incluso en verano.

Me encantan estas vistas. Son vistas de un barrio viejo pero forzadamente cambiante. Ante mí tengo decenas de ventanas, desde donde se me puede espiar de la misma manera en la que yo observo a la gente que se asoma. Una mujer justo en frente, a apenas unos metros, que sale a tender a menudo y que otras veces se asoma a una ventana más pequeña, parece de algún tipo de buhardilla, y fuma en silencio.

Mucha gente me pregunta estos días que qué tal estoy, que cómo estoy llevando todo. La verdad es que me sorprendo a mí misma encontrándome bien, tranquila, llena de energía y de ganas que todavía no tienen un objetivo concreto. Eso es bueno. Aprovecho ese estado de actividad porque llevaba unos meses sin él. Aunque ayer me dio un bajón, un bajón por el futuro, por vivir en un sitio donde no sea este. Entonces Anthony y yo caminamos en silencio un rato muy largo, él esperando con paciencia y yo teniendo debates en mi cabeza. Luego fuimos a comprar, pero por el camino él pidió falafel y patatas para cenar. Luego agarró un par de mantas, ya en casa, y me hizo el sushi. También me lo hizo en el Mercadona, como pudo. Me arropa con lo que pilla, enrollándome como si fuera sushi, y me abraza en silencio. Gracias, Trid, por la bonita sugerencia.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Elegía contrastada.

Hay momentos en los que los planes cambian sin que se pueda hacer mucho, porque siempre suele haber cabos que dependen de circunstancias externas hasta tal punto que es imposible atarlos hacia nosotros mismos. Supongo que es en alguno de esos momentos en los que pensamos que ya está, que hasta aquí, que ya no hay mucho más que se pueda aprovechar de algo que en otro tiempo nos hizo tan felices. O al menos creímos ser así de felices.

Son escollos, piedras de un puente que se hunden hacia el abismo. Imagino que es más fácil dejarnos ir detrás, ir perdiendo altura en un suspiro, ni siquiera en algo que se parezca a un grito de auxilio. Resulta muy duro tener que dejar ir algo que nos negamos a dejar de rozar, de alcanzar, de asir hasta que nos duelan todas las articulaciones. Tristemente, a veces no queda otra que soltarlo. No hay otra manera de seguir avanzando por esa pasarela que, en equilibrio, nos separa de ese precipicio insondable.

Lo más fácil sería entonces que sonaran en mis oídos los acordes que apuntan al final, al funeral inseparable de una despedida. Esa música opaca que me acompaña cuando camino con la barbilla hacia el pecho y los ojos repasando cada centímetro que recorren mis piernas, autómatas, rendidas ante la inercia.

Son esos pasos también los que me conducen a casa, a esas cuatro letras que cambian tantísimo de forma y color. Es un destino que en ocasiones queremos evitar a toda costa pero al que siempre volvemos. Al que siempre vuelvo. Es en esos instantes de reflejo involuntario en el que me dejo caer en el sofá en plena noche y me acurruco en una esquina, pensando que es la hora de romper.

Pero ningún paso es en balde, aunque podamos pensar lo contrario, y así, encogida, me llegan caricias que me reparan, silencios que me envuelven con calidez y olores que creo desconocer pero que en realidad son guía indiscutible cada día. Suenan otras notas. Unas que reconozco, que a veces desprecio porque son las que suenan siempre, pero que en el momento justo son bálsamo asombroso.

Estoy en casa, me oigo pensar.

Y me dejo rodear por brazos que conozco y que me conducen a tientas al otro lado de esa sima por la que estaba caminando sin ningún pudor. Ningún paso es en balde, y ningún camino acaba donde pensamos que debe terminar.

Esa canción se transforma, poco a poco, siempre a su tiempo, y muta de lo lúgubre a lo fulgurante, marcando en mi piel una nueva cicatriz mientras otras yemas la recorren, y la besan, y la abrazan, y dejan su huella para llenarme entera de la sensación de que todo irá bien. Esto es hogar, me oigo pensar.

Me pesa el polvo en todas las carnes y los pies cargan con toneladas de metal. Hay momentos en los que no es tan fácil hallar el sendero de vuelta. Pero lo importante es volver, volver siempre, creer siempre que se puede volver, que al final continuamente aparece un contraste que revuelve esa elegía y la hace luz. Apenas un rayito tímido; lo suficiente para levantarse del sofá, mezclarse con otra piel y salir adelante una vez más.

viernes, 30 de agosto de 2019

El tiempo.

¿Qué está pasando con el tiempo?

Buceo entre las posibilidades que me han brindado todas las esquinas en las que he descansado estas últimas seis semanas. Es curioso el tiempo. Toma tantas formas diferentes y nos negamos a admitir que cada una de ellas depende únicamente de nosotros mismos.

Escribo por convicción aunque por suerte no es por inercia. Hay tantas cosas a las que puedo estar agradecida que les dedicaría renglones eternos si no sintiera este agotamiento emocional tan extraño. Pero no le tengo miedo; eso es lo bueno.

miércoles, 3 de julio de 2019

Lo mundano.

Supongo que tenemos la capacidad de decir lo que es divino.
Y lo que no lo es.

lunes, 3 de junio de 2019

El altillo (II)

Hace dos años comencé a escribir un glosario con tu nombre (en clave). Es curioso, porque ahora me siento en una noche de características similares a aquellas en la capital en las que mi piel te añoraba de una manera que todavía no entendía. Hoy sin embargo rotulo las letras que te identifican en una tímida caja de cartón que no sé si acabaré subiendo al altillo, junto a la del otro día, aquella que nada tiene que ver contigo.

Hoy te he visto y mi corazón ha vuelto a entristecerse. Transformarlo en palabras me da cierto respeto pero sé que debo hacerlo para ser honesta conmigo misma. Sí, la sangre me ha latido más despacio después de tu contacto, mi piel se ha puesto un poco más gris. Me ha pillado por sorpresa, después de la película, entre los sorbos de una cerveza que me ha ido trayendo una pesadumbre que no logro sacudirme.

No es una tristeza que me sorprenda. Es la tristeza de las heridas que no cierran pero que no incapacitan para seguir adelante. Hay temas que tal vez nunca logremos resolver, pero yo poco a poco me voy cansando de abrirme el pecho (o intentarlo) y hacer preguntas que no poseen una raíz banalizada aunque a ti puede que te lo siga pareciendo.

Me concedo unos segundos y respiro, y pienso que no sé qué voy a hacer con este pesar sordo, porque no sé si cabe en la caja de cartón que estoy preparando. Está llena de la soledad pesada se sentirme apartada, algún viaje a Tailandia, los sueños (tal vez solamente míos) de vivir en el otro lado del mundo como voluntarios u otras vidas que ni siquiera puedo mirar a los ojos todavía, siendo valiente.

Termino de escribir tu nombre, con delicadeza pero sin miedos, y me pregunto qué ocurrirá el día, si llega, en el que decida subirme a la escalera y empujar la caja muy hondo, todo lo hondo que me permita el altillo. Creo que es lo típico que piensas que dejas a mano pero que en el fondo sabes que nunca vas a volver a recuperar. Me marcho a dormir triste, pero entera. Esta vez sin esperar que llegues, agarres este dolor y acabes meciéndolo y reconociéndolo también como tuyo.


miércoles, 29 de mayo de 2019

El altillo.

He tenido una pesadilla horrible. Había un asesino merodeando, una víctima había muerto desplomándose ensangrentada encima de mi prima, y en un momento mi madre me llamaba llena de pánico y llorando porque estaba sola en casa, había escuchado un ruido y tenía miedo de que hubieran venido a matarla.

Luego he estado pensando sobre la rendición ante la evidencia. Hace semanas metí todas mis esperanzas en una caja que escondí en al altillo, bien arriba, pero sé que no puedo dejarla allí para siempre. Pero todavía es muy pronto, no creo que vuelva a estar preparada para creer con una fuerza similar a hace unos meses. Creer con la misma fuerza ya sería imposible. Todo cambia y se transforma, y yo ya no soy la misma persona después de todo.

Me encantaría recuperar toda esa esperanza y abrigarme con ella. Pero aún no puedo. En circunstancias así, la paciencia es el único camino, aunque sea el más molesto sin ninguna duda.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Creo que uno de nuestros mayores errores es pensar que todo en nuestra vida permanece, especialmente las personas que tenemos cerca.

sábado, 20 de abril de 2019

El día que volví a Skogafoss y estaba sola y me sentía bien

Me pidieron que me hiciera un regalo y yo elegí volver a Skogafoss. Pero esta vez lo hice sola, sin ninguna compañía. A pesar de ello, el lugar estaba salpicado de turistas, como es habitual en este sobrecogedor rincón de Islandia que, además, había vuelto a salir en Juego de Tronos, concretamente en el primer capítulo de la octava temporada.

Esta vez traía los deberes hechos y me había traído un chubasquero. Era rojo, no sé por qué. Bajé del coche y me fui aproximando al terreno llano a los pies de la cascada, mientras el sonido se iba volviendo más y más ensordecedor. Comencé a notar las salpicaduras salvajes de agua en la cara y en ese momento decidí desabrocharme el chubasquero, me remangué y apenas unas gotitas se empezaron a deslizar también por mis brazos.

Caminé haciendo eses, de un lado a otro de la cascada, mientras todo el mundo hacía fotos o simplemente se quedaba maravillado mirando hacia lo alto del monumento natural. Me paré en el sitio y me respiré a mí misma, sintiendo cada rincón de mi cuerpo, reconociéndome para poder afirmar que me sentía inmensamente bien. Conectando conmigo. No sé cuánto rato estuve allí.

Me pidieron que me hiciera un regalo y yo elegí volver a Skogafoss, sola, y sintiéndome bien.



jueves, 11 de abril de 2019

Resulta extremadamente difícil escribir sobre el miedo. Supongo que porque en ese hecho está implícito el intento de definir esta emoción, y eso es precisamente lo que no es posible hacer con esto. Definirlo sería controlarlo, y el miedo no deja de ser una conmoción que nace de la falta absoluta de dominio.

En verdad, no tememos aquello que podemos controlar.

Nos hemos acostumbrado a obsesionarnos tanto relacionando poder con bienestar que en cuanto algo se escapa de nuestra mano lo que nos aflora de una manera lacerante es el pánico, el pavor, la inseguridad, el desasosiego y el sufrimiento inevitable que va con todo lo anterior. Encapsular las emociones entre palabras es una forma de desahogarse con el fin de volver -una vez más- a controlarlas. Hablar de un sentimiento, ser capaz de acotarlo y explicarlo, significa en parte sobreponerse.

Por eso, supongo, no me veo capaz de escribir sobre el miedo más allá de dar un par de rodeos que rozan el sinsentido y que no acaban apagando este frío en las manos y estos nervios en la tripa.

viernes, 29 de marzo de 2019

La Vida.

Alguien capaz de dejar que el amor entre plenamente es alguien dispuesto a vivir en el misterio de quien él o ella es. Tiene que sentirse cómodo con esta imprevisibilidad, soltar la configuración del yo en la que ha vivido y que ha llevado consigo durante tanto tiempo.
 (H. Hendrix y H. LaKelly Hunt)

jueves, 14 de marzo de 2019

La Habana.

Perdí todas las notas que había estado tomando en nuestras semanas recorriendo Cuba después de un robo nocturno. Lo recuerdo porque fue lo que más me dolió. Me propuse entonces que, en algún momento, tenía que reconstruir nuestro viaje. Todavía no lo he hecho.

Sin embargo, llevo unos días volviendo de manera recurrente al magnetismo que me produjo La Habana. Había escuchado de todo, como ocurre, creo yo, con todas las ciudades que se escapan de la norma: que la amaban, que olía mal, que no era para tanto, que era una maravilla. No sabía qué me iba a encontrar, y lo que encontré me pareció una suerte excepcional.

La Habana me dio la impresión de ser, ante todo, presente. Hay una parte en la filosofía vital de muchos cubanos de la que deberíamos aprender los que hemos sido criados en el capitalismo, y es esa sensación de presente, de aceptación.

Tenían razón en que hay personas que en cuanto ponen un pie en la capital de Cuba se sienten decepcionados y disgustados. Supongo que son los mismos que acaban refugiándose en hoteles y restaurantes lujosos. Por mi parte, he estado revisitando las fotos de La Habana y siento una emoción extraña.

Sé que a todos puede ocurrirnos que visitamos un lugar al que sabemos que volveremos y a mí me pasó con esta ciudad enigmática y amable. Ahora mismo, parece que estoy viendo mis chanclas pisando sus suelos de asfalto irregular, mojados, llenos de carreras de niños y de gritos de vendedores ambulantes y conductores de diversa índole. En La Habana la gente combate el intenso calor de agosto en las calles, haciendo guardia en la puerta de sus casas o de sus vecinos, saliendo al patio interior del edificio (si lo tiene) y sacando sillas a las calles para sentarse y ver la vida pasar, también desde sus balcones. Creo que me volví adicta a los balcones de La Habana, siempre con movimiento, siempre con vida, siempre alguien tendiendo la ropa, alguien hablando por teléfono, alguien observando el resto de ese micromundo que es Cuba, más concretamente su capital.

Los paseos se acaban convirtiendo en una mezcla de cemento y música, pues rara es la esquina sin una radio que viene de algún lugar, la música que se escucha salir de un paladar o alguien agazapado en una escalerilla tocando la guitarra o alguna percusión improvisada. Se habla del baile pero se debería hablar, también, de cómo parece que por la sangre de sus gentes corre la música, más por genética que por contemporaneidad.

Escribir sobre La Habana desde una casa tan lejos de allí es extraño, sobre todo si miro por la ventana, porque me faltan el gris salpicado de todos los colores, las conversaciones a gritos con el vecino, la que vende guayaba justo debajo o ese calor tostado que acaba reflejándose en cada calle que gira y te invita a seguir empapándote de ese lugar mágico e indescifrable. 

martes, 5 de marzo de 2019

¿He normalizado
este vacío?

No lo sé.

O, tal vez,
lo sé.
Lo que ocurre es que
no
estoy preparada para seguir
con el análisis,
el aislamiento,
las lágrimas,
los nervios en la tripa,
el peso en el pecho,
y la pena
-honda,
tan honda que llega hasta mi infancia-
que me produce saber que
no
tengo la llave para
salir
de aquí.
No,
al menos,
completamente.

Pero me siento
anciana
en el cansancio.
Triste
en la repetición.
Agotada
en la escucha.
Sin ganas
de tener ganas
de confiar una vez más
(sólo una más,
sólo una más quinientas veces más).

Entonces, ¿estoy normalizando
este vacío?

Pero, ¿qué vacío?
Si sigo
llenando frases sin sentido,
folios que cuando era niña sangraban y
me aguardaban
escondidos detrás del lavabo
de nuestro baño pequeño.
Ya no araño el papel
sino que
arrastro
el lápiz,
con resignación pero
sabiendo
que no puedo parar.

¿Será que lo que quiero es
al fin
vacío?

Un vacío
con cierto rastro de alivio,
que me diga,
a susurros -mientras finjo
que estoy dormida
y que no comprendo
los gritos que se producen
en ese salón de mi pasado-,
que papá está curado,
que se acabó la guardia,
que podemos irnos a dormir manteniendo la sonrisa,
que las conversaciones ahora son diferentes,
que ya no me altera el sonido de la puerta,
o de una lata abriéndose,
que ha habido un parpadeo clave,
un clic,
y todo ha cambiado.

Que ahora
todos esos cajones,
armarios,
esas cajas de cartón viejas,
o esas de plástico que compramos en el todo a 100,
esos rincones,
mil,
millones,
de esta casa tan bonita
que fuimos llenando con dolor
y miedo
ahora,
al fin,
están vacíos.


miércoles, 6 de febrero de 2019

A tu lado.

Me doy cuenta de que no sé muy bien cómo explicarlo, y eso me resulta bastante frustrante. Estoy acostumbrada a moldear las palabras para expresar hasta lo más nimio que encuentro escondido en mis adentros, y cuando ese trabajo no me funciona como a mí me gustaría no puedo evitar sentirme, en parte, perdida.

Sin embargo, creo que no podría explicar con palabras por qué escribo. Qué es lo que me lleva a levantarme cada día pensando en lo que me gustaría escribir. Pienso siempre en eso, y en ti.

Pero precisamente al pensar que es difícil para mí explicar por qué me ocurre esto, por qué soy así y me comporto en base a todo esto, no puedo llegar a imaginar cómo es para ti, que estás a mi lado presenciando casi todo desde tu rol de observador. ¿Cómo actuar cuando la persona que se sienta contigo ni siquiera es capaz de entenderse a sí misma o de justificar por qué tiene algo metido adentro?

A veces me quedo despierto por las noches
Y me siento culpable por alguna extraña razón
Quizás porque te veo a mi lado
Durmiendo como un ángel
Sin necesitar absolutamente nada más

A veces, cuando más me bulle la mente, pienso en esto. En cómo sería ver el universo sin sentir la necesidad de convertirlo en letras. En por qué me complico tanto, y en si te complico también a ti. Si todo sería más fácil para ti si esta parte de mí no existiera y pudiera aportar una calma mayor. En qué pasaría si fuera capaz de dormir como tú, sin necesitar absolutamente nada más.

Y me enredo en pensamientos laberínticos y extraños
Que emborrachan a las agujas de mi reloj
Y me adentro en paraísos y universos mágicos
En busca de nuevos versos para una canción

Entonces me destapo y me levanto de la cama
Y me muevo por la casa como si fuera un pez
Y de nuevo estoy nadando entre recuerdos muy lejanos
Y me invento pasadizos en la pared

Supongo que es en esos momentos, en algún segundo de esa velocidad mental, cuando decido convertir todas esas preguntas laberínticas y extrañas en paraísos y universos mágicos, y me hallo aporreando el teclado como he hecho siempre, aunque en ocasiones no quiera verlo. Entonces me separo de ti porque acepto que debo hacerlo e intento darle forma a todo lo que ocupa mi cabeza, viajando entre mil pensamientos que pueden llegar a mi pasado más remoto, descubriendo pasadizos en cualquier lugar. Ni yo misma, creo, sé cuánto pueden durar esos viajes por mi memoria.

Y aunque tengo miedo a perderme en mundos raros
Siempre dejo piedras para poder regresar
A tu lado
A tu lado

Porque al final me queda aceptar que esto forma parte de mí de una manera parecida a como lo haces tú. Que tal vez no puedas llegar a comprender mi ritmo, o se te pueda escapar, pero que tú acabas siendo un refugio en este camino que me lleva hacia adelante a pesar de que todavía me resisto. Y ahí encuentro mi fortuna, mi ventaja más poderosa; y es que ahora sé que siempre que me pierda habré dejado piedras o huellas para poder regresar a tu lado.

En un sueño de lobos y de ciervos blancos
Voy siguiendo las señales para regresar
Contigo antes de que te hayas despertado
Sigilosamente para no molestar

Porque entre mis luces y mis sombras acabo teniendo la ingenuidad de pensar que podré ocultarte todo esto, que podré esconder en mi rostro las señales del machaque o de la inspiración. ¿Pero cómo voy a poder? 

Pero siempre te despiertas cuando me he acostado
Y me preguntas qué es la música que suena alrededor
Y de nuevo se vuelven a cerrar tus ojos lentamente
Mientras canto la canción que he escrito para vos

Es como si te despertaras justo cuando intento meterme sigilosamente en la cama para dejarme hueco suficiente y abrazarme cuando ya esté tumbada. Me haces preguntas sin la pretensión de encontrarte entre lo que he podido escribir, escuchando con atención, y tras ello vuelves a tu calma y a tu saber esperar, porque de verdad me demuestras que no necesitas absolutamente nada más.

Y a mí me toca asumir que tal vez yo nunca pueda abrazar esa calma directamente, pero que a través de tu piel puedo compartirla contigo. Que puedo escabullirme en plena noche y dar vueltas y vueltas y tener la suerte de saber que puedo volver a ti en cualquier momento, que me estarás esperando durmiendo, disfrutando del silencio que es posible que yo nunca pueda conocer, mientras siga con este insomnio.

Porque...


Y aunque tengo miedo a perderme en mundos raros
Siempre dejo huellas para poder regresar
A tu lado
A tu lado






martes, 29 de enero de 2019

Aguacate con queso.

"Oigo tu voz
siempre antes de dormir
Me acuesto junto a ti
y, aunque no estás aquí,
en esta oscuridad
la claridad eres tú"


Me quiero comer contigo todas las tostadas de aguacate con queso que pueda. Pero no de vez (no queremos explotar). Más bien dilatadas en el tiempo, en ese tiempo que se extienda hasta que compartamos siempres, una a una. Me da igual si son con prisas, si llegamos tarde a trabajar, o son como las de hoy, relajadas después de una mañana tímida sin despertador. Pero es que me quiero comer contigo todas las tostadas de aguacate con queso del mundo, así, tú cortando el queso y yo peleándome con la fruta (o al revés, qué más da), mientras te miro y pienso que al principio solías mirarme tú pero ahora casi siempre soy yo la que te está observando en silencio.

martes, 22 de enero de 2019

¿Sabes ese momento en el que miras a alguien a los ojos y sabes que tenéis fecha de caducidad?

¿Cómo se maneja ese momento?

¿Cuántos de nosotros somos capaces de ser honestos y afrontarlo?

lunes, 21 de enero de 2019

Las Normas.

¿Las normas? ¿De quién? ¿Para quién? ¿Por quién?

¿Será el objetivo de sentirse bien con nosotros mismos el opio de nuestra sociedad de acomodados atiborrados de ansiedad?

Cuando rezas, cuando ofreces, cuando susurras una oración, cuando dices "amén", cuando donas, cuando sudas en el gimnasio, cuando adelgazas 5 kilos, cuando te enteras del mal de alguien que detestas, cuando sales de la consulta del psicólogo, cuando te tomas un té verde después de yoga, cuando te haces vegano y crees que combates una industria arrasando con todos los productos que encuentras con etiqueta verde, cuando te retiras a meditar en chándal en mitad de la naturaleza, cuando alquilas esa casita de la playa donde vas a poder escribir, cuando perdonas a tu mejor amigo, cuando cumples un reto, cuando acudes a una reunión del partido y aplaudes al que acapara el micrófono... ¿quién está alimentando al hambriento? ¿Quién está dando un techo al que no lo tiene? ¿Quién está gritando a pecho descubierto en la puerta de cualquier ministerio? ¿Quién se está preocupando de la miseria sistematizada, de cómo somos la servidumbre del poder, de cómo asesinamos a una parte del planeta para poder seguir viviendo como vivimos?

Una pista: tú, no.

¿Por qué vamos a hacerlo? Si estamos embarcados en la cruzada de mejorarnos como personas, de ahondar en nosotros mismos y sentirnos mejor, sin dolor, sólo llenos de paz. Nuestra propia paz.

¿Nuestra?

Creo que nunca hemos sido tan hipócritas como ahora mismo.