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viernes, 20 de enero de 2017

Parece que últimamente todo tiene que ver con escribir, y no sólo para mí, sino también para los míos. En ocasiones, incluso, tengo que reiniciar cierto mecanismo mental porque estoy hablando con alguien que me está considerando una escritora y tienen que pasar bastantes frases hasta que me doy cuenta de que eso está ocurriendo de verdad.

Para mí escribir siempre ha sido un acto de libertad y autodeterminación. Y no es que me lo planteara así; ahora que han pasado tantos años he adquirido las palabras necesarias para expresarlo así, pero lo que vengo a decir es que escribía porque era más yo misma que nunca, y así ha sido desde que recuerdo. Desde que escribía cuentos con letra irregular y a lapicero en folios en sucio y los doblaba y grapaba para fantasear que eran un libro.

Sin embargo jamás me lo planteé como nada más. Simplemente era una parte de mí que alimentaba de vez en cuando, una extremidad más de mi cuerpo. Nadie aspira a vivir de su brazo o de su pierna, por lo general, ¿no? Pero en los últimos años algo ha cambiado, y parece que mi pasión por la expresión no sólo es visible para mí, sino que la consideran y la perciben todos aquellos que se molestan un mínimo en conocerme.

Mentiría si dijera que sé cómo sentirme. Son más preguntas que emociones las que me embargan, y la capitana siempre es la misma: ¿de verdad lo soy? A veces la acompañan otras como "¿debería sentir presión?", "¿esto va a perjudicar que escriba por pasión y no por obligación?".
"¿Soy lo suficientemente buena?".

No puedo perder mucho tiempo en las respuestas, porque son volátiles, van cambiando según mi estado de ánimo o mis circunstancias, y por eso las dejo que descansen a mi lado y les echo una mirada de reojo de vez en cuando. Pero si me tengo que centrar en algo es en las sensaciones y no puedo negar que, hasta el momento, crear historias es lo que me hace sentir más completa, contando con todo lo que me queda por aprender. Que esas historias lleguen a los demás es, sin ninguna duda, parte del motor que me mantiene activa.

Como cuando tenía unos siete u ocho años, y yo llevaba esos folios grapados a mi profesora de primaria. Entonces leía el cuento en voz alta, delante de mis compañeros, y yo sentía, muerta de vergüenza pero orgullosa, que el círculo se cerraba.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Noviembre.

Siempre he sentido una especial predilección por el mes de noviembre. Y por el otoño. Cualquiera que me conozca un mínimo lo sabe.

Ocurrió hace ya bastantes años; tuve un mes de noviembre relativamente intenso y eso me sugestionó para el resto de noviembres de mi vida. Esa es mi teoría. Así que cada año llega y se va, y a veces no ocurre nada especial, y otras todavía me estoy curando de algún naufragio, pero siempre está presente de una manera más viva.

Sergio me dijo que todo ocurre por una razón, y yo en parte pienso como él. Así que, desde esta perspectiva, podría decir que conocer a Nuno ha sido una de las cosas más trascendentes que me han ocurrido este año. Parece una tontería, pero él se puso a mi altura, me escuchó y me habló de mis limitaciones autoimpuestas, de lo rígida que me sentía al escribir y de aquello de que la inspiración debía "encontrarme trabajando".

Algo que me arranca una sonrisa inevitable es pensar en que todas nuestras conversaciones sobre lo humano y lo divino, the moon and the sun side of the brain, y otros temas son en inglés. En cierta medida, Nuno me hizo sentir que mi historia merecía tanto la pena como la de cualquier otro. Así que, en nuestro primer día, me encomendó la tarea de "escribir las primeras 15 páginas de mi primera novela". De locos. Pero lo hice, como quien sigue un juego que sólo le produce diversión.

Luego llegó noviembre y hace exactamente un mes me embarqué en este viaje de esfuerzo y superación que comenzaba con mi despertador sonando a las 6:20 de la mañana. Contra todo pronóstico, madrugar era la mejor forma de empezar el día, porque me situaba en mi escritorio, aporreando el teclado entre café y legañas.

Me siento satisfecha pero vacía. En parte vacía por aquello de finalizar un proyecto que ha vertebrado todo mi mes de noviembre. Confiada, sin embargo, porque la historia y los apoyos continúan, y tengo que seguir este viaje para saber adónde me lleva.

Algo se contrae dentro de mí cuando me siento y simplemente tecleo un par de palabras medio dormida y descubro a mis personajes más despiertos que yo misma, guiándome y susurrándome sin malicia por dónde tengo que hacerlos continuar, por dónde quieren que les haga avanzar. Nunca me había ocurrido. Sobre un esqueleto escueto y predeterminado pero no cerrado, el relato iba avanzando sin presiones ni apuros, simplemente dejaba que la vida de esas criaturas continuara.

Las ojeras han merecido la pena, no me cabe ninguna duda. Ha sido un noviembre de pluriempleo, que digo yo, pero sintiéndome plena y comprendiendo que el sacrificio a veces es necesario; me gustaría no tener que pasar nueve horas en una oficina, pero dedicarle tiempo a lo que de verdad me apasiona es la clave para convivir en paz conmigo misma.

Las consignas hay que sentirlas, y cuando eso ocurre ni siquiera uno tiene ganas de gritarlas a todas horas para convencerse a sí mismo de que se las cree. Simplemente nos guían. Y así me está ocurriendo.

no day but today.