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viernes, 2 de diciembre de 2016

Noviembre.

Siempre he sentido una especial predilección por el mes de noviembre. Y por el otoño. Cualquiera que me conozca un mínimo lo sabe.

Ocurrió hace ya bastantes años; tuve un mes de noviembre relativamente intenso y eso me sugestionó para el resto de noviembres de mi vida. Esa es mi teoría. Así que cada año llega y se va, y a veces no ocurre nada especial, y otras todavía me estoy curando de algún naufragio, pero siempre está presente de una manera más viva.

Sergio me dijo que todo ocurre por una razón, y yo en parte pienso como él. Así que, desde esta perspectiva, podría decir que conocer a Nuno ha sido una de las cosas más trascendentes que me han ocurrido este año. Parece una tontería, pero él se puso a mi altura, me escuchó y me habló de mis limitaciones autoimpuestas, de lo rígida que me sentía al escribir y de aquello de que la inspiración debía "encontrarme trabajando".

Algo que me arranca una sonrisa inevitable es pensar en que todas nuestras conversaciones sobre lo humano y lo divino, the moon and the sun side of the brain, y otros temas son en inglés. En cierta medida, Nuno me hizo sentir que mi historia merecía tanto la pena como la de cualquier otro. Así que, en nuestro primer día, me encomendó la tarea de "escribir las primeras 15 páginas de mi primera novela". De locos. Pero lo hice, como quien sigue un juego que sólo le produce diversión.

Luego llegó noviembre y hace exactamente un mes me embarqué en este viaje de esfuerzo y superación que comenzaba con mi despertador sonando a las 6:20 de la mañana. Contra todo pronóstico, madrugar era la mejor forma de empezar el día, porque me situaba en mi escritorio, aporreando el teclado entre café y legañas.

Me siento satisfecha pero vacía. En parte vacía por aquello de finalizar un proyecto que ha vertebrado todo mi mes de noviembre. Confiada, sin embargo, porque la historia y los apoyos continúan, y tengo que seguir este viaje para saber adónde me lleva.

Algo se contrae dentro de mí cuando me siento y simplemente tecleo un par de palabras medio dormida y descubro a mis personajes más despiertos que yo misma, guiándome y susurrándome sin malicia por dónde tengo que hacerlos continuar, por dónde quieren que les haga avanzar. Nunca me había ocurrido. Sobre un esqueleto escueto y predeterminado pero no cerrado, el relato iba avanzando sin presiones ni apuros, simplemente dejaba que la vida de esas criaturas continuara.

Las ojeras han merecido la pena, no me cabe ninguna duda. Ha sido un noviembre de pluriempleo, que digo yo, pero sintiéndome plena y comprendiendo que el sacrificio a veces es necesario; me gustaría no tener que pasar nueve horas en una oficina, pero dedicarle tiempo a lo que de verdad me apasiona es la clave para convivir en paz conmigo misma.

Las consignas hay que sentirlas, y cuando eso ocurre ni siquiera uno tiene ganas de gritarlas a todas horas para convencerse a sí mismo de que se las cree. Simplemente nos guían. Y así me está ocurriendo.

no day but today.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Creation?

Me acuesto y me levanto pensando en Mónica, Aitana, Alberto, Marta y Pablo. Cuando pienso que no soy capaz de darles más vida, de repente veo a Aitana afinando la guitarra de Alberto o a Pablo desmoronándose delante de Mónica. Estoy parada y me asaltan, los veo en mi cabeza, tienen vida propia y las escenas pasan ante mí para que las alcance y les ponga palabras.

Anoche le dije a un amigo sin pensarlo cuál era mi vocación. Me quedé unos segundos en silencio, dándole vueltas a algo: pues resulta que sí tengo vocación. ¿La tengo? No lo sé. ¿Cómo se sabe algo así? Puede que la tenga.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Noviembre.

"Es que, Elena, tú no sabes cómo te ha cambiado el humor en este tiempo. Bueno, sí lo sabes, pero me refiero a cómo se te ve desde fuera. Es que no tiene nada que ver. Estás recuperando la luz de la mirada. ¡Tienes hasta menos ojeras!"

Él la observa y ella baila. Desde el segundo piso de la discoteca, zona acotada sólo para selectos, la visión de la pista es completa y desnuda. Al compás del juego de luces brillan las miserias, las borracheras y las escasas sonrisas que las burbujas etílicas todavía no han torcido y parece que aún seducen. Él no sabe si ella lo pretende, si quiere en efecto seducir, pero desde que la ha visto abrirse paso con sus amigos no puede quitarle las pupilas de encima. Ella a veces lanza miradas a los balcones que rodean la pista de la discoteca, construida en forma de teatro, pero él está seguro de que no logra verlo porque las luces en los pisos de arriba no son tan intensas como para iluminar los rostros de los que observan a la plebe que se acumula abajo, agitando sus huesos. Pero eso da igual. La mira, la mira, la mira, y quiere probarla. Primero lento, luego acelerándose, después recorriéndola dejándose notar y arrebatándole el aliento.

No, ella no lo ve. Lo sabe. Baila, pasea su mirada sin ninguna pretensión, mueve las caderas según le susurra la música y, sobre todo, ríe. No para de darle forma a su sonrisa y él la mira, la mira, la mira y la mira sin poder evitarlo. Llega a ver cómo aparta a manotazos contundentes y cortantes a un par de babosos que se le acercan, y eso provoca que tenga más ganas de probarla. Tiene carácter, se rinde y piensa, pero luego añade que qué gilipollez, si no la conoce. Pero le gusta mirarla. Quiere conocerla. Ropa negra, labios color vino. No quiere dejar de mirarla.

Las músicas varían, se mecen, se apagan y vuelven, las luces no paran, cada vez parece que hay más hombres en la pista, ella habla con sus amigos, se balancea, parece moverse ajena a las decenas de personas que -está seguro- se arremolinan a su alrededor intentándose contagiar de su electricidad.

Pasan las canciones y los minutos y él la mira, la mira y la mira. La mira. Apura su vaso, sereno y decidido, y se la come con los ojos sabiendo que seguramente ella no estaría de acuerdo. Que tal vez hasta lo apartaría de otro manotazo, y eso le haría sonreír, y la esperaría a la salida para hablarle y decirle que él no es otro baboso más. Lo sabe. Va a ir a por ella. Va a hacerlo. Acodado en la barandilla de su balcón de privilegiados, rodeado de estúpidos que se beben las botellas de la zona VIP, sigue mirándola y, sintiendo algo de temor por que en un parpadeo desaparezca, se dice a sí mismo que va a ser suya. Va a ser suya; ya no tiene dudas.

Lo que ignora, porque a veces ocurre, es que, a pesar de que ella no sabe que alguien la mira, la mira y la mira, ella no se siente de nadie. Ella no es de nadie. Y ella no va a ser de nadie.




jueves, 26 de noviembre de 2015

For (E)Lena.



Creo que lo importante de los recuerdos es lograr volver a ellos sin ningún tipo de amargura ni dolor. Para mí es importante trabajar, y haberme esforzado, en resolver todos los asuntos conmigo misma para desterrar cada atisbo de rencor, ira o ganas de venganza. En la vida uno se encuentra ya suficientes trabas como para, además, añadir algunas que se construyen desde el interior y cerrar los ojos a los escasos aspectos buenos que pueden sobrevenir y ayudar a que uno se sienta mejor persona.

Doy un paso, me lleno los pulmones de aire fresco y sonrío ajena a los curiosos que me miran por la calle preguntándose, imagino, por el motivo de la curvatura positiva en mis labios. 

Les diría: Suena música, me encanta el frío, y no hay dolor.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Soy piel y huesos. Soy una sonrisa burlona devuelta por el espejo. Un aliento más, el pecho hinchado de vacío. Soy un fracaso que duele. Un fracaso que enseña. Soy la penúltima nota de un violín que arranca desde sus cuerdas una melodía rota. (No) soy la chica de 15 años que se enamoró casi sin razón y respiraba pasión en el invierno más frío. (No) soy la chica que se enamora. Soy los resquicios de lo que algún día fui. (Cómo pude ser) así. Soy algo diferente, evolucionado, envejecido, desganado. (Ya no) soy esa chica. Soy la misma piel y los mismos huesos. Soy la incredulidad de quien ha sentido el sufrimiento en el estómago y la tristeza profunda agazapada en lo más primigenio, sin que quisiera marcharse. Soy un verano negro y de lágrimas. Soy las cenizas de las que volví a nacer. (Todavía) soy esas cenizas barridas debajo de la alfombra más gruesa. Soy resignación, ausencia de paciencia, ausencia de impaciencia. Soledad, ansias de viajar, independencia. Soy el silencio de quien no tiene que darle explicaciones a nadie. Soy aquella que camina rápido con una maleta y que no quiere que venga a recogerla nadie al aeropuerto. Soy la que sonríe por amabilidad aunque sea un día de mierda. (Ya no) soy Tina Leone. Soy otra ilusión que parece diluirse. Soy ese espejo. Esa chica que me mira desde el otro lado. (Ya no) esa chica que me mira desde el otro lado.

Soy ausencia de carne ahora, hoy, en este segundo. De espíritu. De alma. De esperanza. Sólo piel y huesos.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Existe la posibilidad de que el cielo y el mar se tiñan de un color similar y parezca que se funden. Ocurre de noche, y a veces sólo un tímido reflejo lunar es el rostro de un mar en calma, negro a mis ojos, contemplado únicamente por esas pinceladas blancas y amarillas. Pero cuando ocurre en un día nublado o al atardecer, sin que tenga que ser la negrura el catalizador de esta maravilla, me parece magia. El mar y el cielo unidos en un manto uniforme, sin fisuras, provocando que no eche de menos ningún horizonte.

Entonces todo es calma, espíritu tranquilo, y la vida entera se me antoja sencilla. Como si pudieran unirse las mentes y nadie tuviera que entenderme. Sólo ser parte de ese manto infinito, entre el gris y el azul, y no tener que preocuparme de otra cosa que no fuera sentirme libre.

jueves, 29 de noviembre de 2012

El día comienza mal. No me entero del despertador, el iPod decide joderse justo cuando sonaba una canción que iba a calmarme, me he quedado incomunicada telefónicamente hablando, se me manchan los pantalones, no tengo ni hambre, pero por qué me pasa esto a mí, vaya frío hace, y justo ahora se va Internet, y la de la tienda de Orange me ha dicho que a mí no me puede duplicar la SIM, y qué pocas ganas de seguir adelante con este día y cuántas horas quedan aún...

Pero hay que parar. Pararse y pensar. Si soy capaz de pararme veinte segundos y a mis labios sigue asomándose una sonrisa cuando pienso en lo que tengo, en los que tengo, ningún día malo puede ser tan malo como los días de esas personas que en veinte segundos no son capaces de sonreír.

Además, cualquier día malo puede acelerar, elevarse, doblar la esquina y acabar en mi portal. Alguien dijo alguna vez que lo importante no es cómo empieza; sino cómo acaba.