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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Marzul.

No puedo ni fechar ni ubicar esta carta. Estoy en algún lugar debajo de la tierra, y contar los días del calendario es un privilegio que perdimos hace mucho. De hecho, ni siquiera sé si esta carta te llegará en algún momento. Dado lo que estamos viviendo, imagino que no.

Pero tenía que escribirte. Hoy me ha ocurrido algo que hace tiempo te habría contado antes que a nadie, y, de alguna manera, he sentido la necesidad de sentarme a escribirte, aunque sea rodeada de escombros y tristeza.

Ya no sé cuántas compañeras he visto ser asesinadas. Nos están masacrando, sin descanso, y yo salgo un día tras otro para encontrarme con lo mismo. Y las desaparecidas... No quiero ni imaginar qué amargo destino nos espera si nos atrapan vivas. Esto es terrible. No sé. Jamás pensé que me quedaría sin adjetivos para describir un horror como este. Pero, ¿cómo imaginar que algo así iba a ser posible?

Lo que peor llevo creo que es la falta de solidaridad y tolerancia. Veo traiciones en cada rincón de cada calle, zancadillas, puñaladas por la espalda... En ocasiones así, ¿cómo mantener la creencia de que todos hemos salido de los mismos vientres y nos han criado las mismas manos? No dejo de pensar que me bajaría de esta raza en marcha. Ahora mismo.

Pero hoy me ha ocurrido algo, como te he dicho. Una de esas cosas que merecen la pena tener en cuenta.

Cuando hemos vuelto, antes de que me llevaran al hospital he querido ir a ver a P. Sé lo mucho que sufre con todo esto, y lo perdida y confusa que se encuentra. No la culpo. Me ha recibido con las lágrimas en los ojos que luce siempre, y nada más verme me ha reprochado la nueva incursión. Nada sirve con ella; siempre tenemos la misma discusión.

A los segundos me ha abrazado, con fuerza, y he sentido su tripa hinchada entre nosotras, y en sus brazos, como si fuera la primera vez que lo supiera aunque los dos sabemos que no es así, he sentido de verdad que no había patrias ni banderas, y que las fronteras sólo las marcaban ellas. Mi hija, mi futura nieta y todas las que aquí habitamos. He comprendido que ese momento podía lavar toda la sangre seca de mis ropas. Ese momento, P. y estas cuatro paredes con las que intentamos construir un nuevo hogar a pesar de todas las pérdidas humanas.

¿Sabes qué? Nunca he tenido tanto miedo a la muerte como en ese instante. Me he sentido tan aterrada que no he podido moverme, así, como estaba, entre los brazos de mi hija.

Y, justo entonces, como apoyando nuestros calores, la pequeña ha dado su primera patada. P. ha dado un respingo y ha roto a llorar, mientras me apretaba fuerte la mano y las dos juntas buscábamos de nuevo ese signo de nueva vida.

Esa patada me ha parecido el gesto más revolucionario que he vivido en los últimos meses.

He comprendido que mi patria son ellas, y que eso sí que se extraña.

No me tiembla el pulso cuando escribo, letra a letra, que hoy ha sido mi último día en la Superficie.

A pesar de todo, albergo la esperanza de que volveremos a vernos algún día.

M.

viernes, 4 de agosto de 2017

VI.

Pasa... Te estaba esperando.
Vaya frase, ¿verdad? Suena a frase hecha de una manera desalentadora, pero es verdad, te estaba esperando. Por eso la puerta abierta, por eso esta tranquilidad que ahora presencias. Tú... Tú... Pasa, pasa, no te quedes ahí. Este lugar es tan tuyo como mío.
No, no pongas esa cara, no... Tú eres una de las criaturas más extrañas que han pasado por mis manos. Pero al conocer tu composición, al estudiarla, pude entenderlo... Tú... Tenías que llegar. Para mí es un honor que hayas venido. Lo contrario me habría decepcionado. Ven. Acércate.
¿Ves todo esto? ¿Lo ves? ¿No te parece maravilloso? Vaya... No puedo cansarme de contemplarlo.
Míralos. Mírate. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué precindir de materia prima? ¿Por qué eliminar a tu enemigo si puedes convertirlo en tu herramienta? ¿Qué hay más grandioso que conseguir que tus enemigas construyan tu imperio?
No fue fácil, no... Tuve que dejar de sentir muchas cosas para poder comenzar a separar esas pieles, esa carne, a remover sobrantes, añadir... Ah, las pruebas. Erais seres imperfectos por aquel entonces. Y ahora... Míralos, son todos excepcionales, a pesar de que muchos vienen de una materia podrida. Sí, podrida. Sí... Vosotras... Vosotras ya no aportabais nada bueno. Ah, nada... Nada...
¿Qué persona antes había conseguido evitarse la gestación? ¿Quién ha sido tan brillante para poder prescindir de esa parte de la supervivencia? En el fondo, erais carne y hueso, como todos. De la carne al metal hay poco, muy poco, y sólo fue cuestión de tiempo. Pero tú... Tú... Contigo no funcionó. ¿Por qué? Por qué... Supongo que no podía ser todo perfecto en la Superficie. Sí, supongo... Supongo... Te estaba esperando. Sabía que vendrías. No podía ser de otra forma. Y ahora... Ahora...
Has venido a matarme, ¿verdad? Quieres matarme. Por eso has subido hasta aquí. Por eso saliste de tu agujero en llamas. Porque estabas llena de rabia, sí... Porque tú... Tú... Tú tienes el Elemento. Tú lo tienes. Por eso no funcionó contigo. Querías mucho a tu abuela, ¿verdad? Verdad... Y... Sus historias, las historias que te contaba, algunas... Algunas eran...
Crees que vas a matarme. Tienes miedo, pero vas a hacerlo porque es lo único que te mantiene con vida. Sí... Acércate, puedes hacerlo, no quiero que te quedes atrás.
Mírate... Eres perfecto. Perfecto. Como todos... Sin embargo, por dentro... El Elemento. Tú. Podías no existir y, sin embargo, estás aquí. Queriendo rebanarme el cuello aunque la idea de quitar una vida humana te provoque náuseas, ¿eh? Sí... He dicho vida... He dicho humana.
Pasa, pasa, de verdad... Ven hacia mí. ¿Ves lo que llevo colgando del cuello? ¿Lo ves? Vas a necesitarlo si quieres volver a lo que eras antes. ¿Quieres? O, tal vez... Contémplalo... ¿Has visto todo esto? Podría ser tan tuyo como mío. Pero aquí estás... Aquí... Y, primero... antes de nada, sin falta... Tienes que matarme.

lunes, 10 de julio de 2017

Nada.

No sé qué me ocurre. Me siento parte de nada. De nada. ¿Cómo se puede sentir uno parte de nada? Cuando te sientes parte de algo, ¿cómo ese algo puede ser nada? ¿Algo no debería ser algo?

martes, 28 de junio de 2016

Atardecer. (IV)

...

- Y después de esto, ¿qué es lo que queda?

Kairum la miró y esperó a que Ictria siguiera hablando. Despuntaban las últimas luces del atardecer, que cubría sus cuerpos de un tono naranja que recordaba vagamente al fulgor de las llamas de los Subsuelos. Aunque eso Kairum no podía saberlo. 

La muchacha no continuó, y por ello decidió apremiarla.

- ¿A qué te refieres?

Ictria cogió un bolígrafo y empezó a jugar con los restos de cemento fresco. Miraba sin ver, absorta en un pensamiento que creyó que no iba a revelar nunca. Pero Kairum era diferente, aunque ser consciente de ello le provocaba un revolcón sísmico en el estómago que no hacía más que recordarle por qué estaba allí.

- Vine aquí porque ya no me quedaba nada allá de donde venía. Por la rabia. No sabía qué quería hacer, sólo sabía que quería vengarme de lo que le habían hecho a las mías.

Kairum asintió y se acercó a ella. Ictria se separó ligeramente mientras fijaba su vista en el horizonte.

- Y ahora... ¿Qué va a pasar cuando se termine lo que vine a hacer aquí? -. Él la miró fijamente, comprendiéndola- No tengo ningún tipo de objetivo. En realidad, creo que me da absolutamente igual, y eso es lo que me asusta. ¿Qué hay más allá de toda esta ira? No me importa. No quiero saberlo.

El sol ya se había escondido del todo detrás de los altos edificios de piedra. La estampa les hablaba de opresión y miseria. De promesas por cumplir.

Ictria dejó el bolígrafo y comenzó a incorporarse para levantarse. Kairum quiso frenarla y ella no le dejó.

- Mañana, cuando el sol se ponga, seguramente esté muerta. Y me da igual. Me da igual, Kairum. Estoy vacía.

Y se fue.

Kairum intentó disimular el abismo en su pecho. Era como si un cañonazo comenzara a comerse su piel desde el estómago hasta las clavículas. Notaba los pinchazos de ansiedad en el pecho, y se sintió un cobarde.

Observó los restos de cemento. Su amiga había escrito su nombre inconscientemente, pues no había prestado atención a sus garabatos ni un solo segundo. Coronando la segunda i, Kairum reconoció una espiral simple.

Suspiró inevitablemente. Y se preparó para lo que les esperaba en las próximas veinticuatro horas.

***

sábado, 30 de abril de 2016

La muchacha con el sol en el hombro. (III)

La tengo desde hace muchos meses dentro de mí. Se agita, da vueltas, desaparece, me grita, me retuerce, a veces incluso se ríe conmigo. Nos vamos conociendo.

A menudo nos observamos en silencio, sobre todo por las mañanas, cuando voy en el metro leyendo sobre la construcción dramática y sus ojos cada vez se van haciendo más grandes, fijos en mí, como susurrándome: "¡Dame forma, estoy aquí, me tienes aquí!". Voy dibujando mejor su rostro; sus rasgos más duros que bellos, su mueca de frustración y su mirada oscura pero firme, enmarcada por una melena larga y rebelde, recogida en decenas de trenzas que contrastan con el tono enfermizo de su piel. Nunca ha visto el sol.

Se ha criado en un mundo escondido del astro rey, encerrada en los Subsuelos desde que nació, alimentando su ira y sus ganas de conocer esa luz cegadora a partes iguales. Por eso lleva una espiral en el hombro, le pidió a su abuela que se la tatuara mientras la anciana torcía el gesto reconociendo en su nieta algunos toques de la personalidad de aquel cuyo nombre ni siquiera quería pensar. Pero eso Ictria no lo sabe.

Ictria... Creo que no hay día que no piense en ese nombre, y cuando yo marqué de nuevo mi propia piel ahí estaba ella también: diminuta pero poderosa, golpeando con sus deditos el cristal de mi imaginación. Está creciendo, y me parece increíble: cada día aprendo algo de ella.

Lo que no cambia es su testarudez, su tesón, su fuerza volcánica, siempre dispuesta al arrojo, a la aventura. Siempre dispuesta a romper todas las barreras, a salir ahí fuera y vencer a esas otras criaturas que llaman hombres, y que tampoco ha visto jamás. Se cree aventajada, pero sabe tan poco...

Aunque, supongo, que lo mismo que yo sé de mí y de los días que me quedan. Lo que sí sabe son los días que pasamos juntas, arrancándole la piel muerta al verano y esperando con paciencia a que creciera la nueva, una versión mejorada de mis días. Es lo que ocurre con las heridas: la piel que forma la cicatriz suele ser más dura, más oscura, como si así recordara que está preparada para la siguiente batalla. ¿Cuántas horas pasé con Ictria a pesar de las lágrimas? ¿Cuándo elixir vertió en mis labios para llevarse el veneno que me estaban inoculando?

Cada vez que quería rendirme a las consecuencias de la cobardía ajena, ella me recordaba que ser valiente era la única opción y que al final la cobardía y las mentiras solamente repelen la autenticidad. La muchacha con el sol en el hombro...

No sé qué pasará, no tengo el control total sobre ella aunque muchos caigan en el error de pensar que sus creaciones están supeditadas a su capricho. No es así. A veces nos cogen, se agitan, dan vueltas, desaparecen, nos gritan, nos retuercen, incluso se ríen acompañándonos... Y nunca dejan de enseñarnos.

martes, 5 de abril de 2016

II.

***

Le sorprendió la puerta entreabierta y se lo tomó como una invitación. Las facilidades que tuvo durante el último tramo del gran torreón le hicieron sospechar que la estaban esperando. No se equivocaba. No dudó, puesto que por algo había llegado hasta allí, y cuando empujó la puerta de madera maciza su voz la recibió, áspera y venenosa, como la que tendría una serpiente si alguna vez Ictria hubiera conocido sus palabras silbantes.

- Y aquí está, la muchacha con el sol en el hombro.

Ictria no se movió. Le mantuvo la mirada desde el otro lado del gran despacho, revestido de paneles de madera blanca, y se mantuvo en guardia. Le ardían en las uñas las ganas de llevárselo por delante, pero se contuvo. Acarició con fuerza la octavilla que Marzul le había dado y que ahora guardaba en su chaleco y se dijo que debía contenerse, al menos de momento. Al menos por lo que quedaba de la Resistencia.

- ¿Qué escondes ahí?

Él se acercó hasta ella, con una rapidez inusual para su edad. Ictria se sobresaltó al notarlo tan cerca, pero no se movió, y aprovechó el recorte de distancia para estudiarlo. Había algo extraño en sus arrugas, algo que producía rechazo. Tal vez fuera su mueca de superioridad, rayana en la locura. A Ictria no le importaba; había llegado hasta allí para matarlo y estaba dispuesta a cualquier tipo de intercambio, incluso el de su propia vida. Apretó los dientes.

Él también la miró, y sonrío con suficiencia. A las comisuras de sus labios asomaban la maldad, e Ictria pudo adivinarlo relamiéndose desde el cristal del despacho observando ese mundo artificial y sin vida que había creado. El poder nublaba los sentidos, ahora lo sabía. Funcionaba de manera parecida a su rabia, aunque sabía que el veneno del poder duraba muchísimo más en la sangre.

Con un chasquido de dedos él ordenó que dos Uniformados entraran, y la agarraron para que no pudiera moverse. Él le acarició la cara y contempló su creación.

- ¿No es increíble cómo, a pesar del proceso del Cambio, la belleza de la inquilina puede todavía vislumbrarse al contemplar el rostro del hombre en el que es convertida? Sé que eras preciosa, lo sigues siendo, aunque no funcionara con tus adentros. ¿No tienes curiosidad? ¿No quieres saber por qué tu consciencia permaneció en ti a pesar de dejar atrás tu cuerpo de mujer y tomar esta nueva forma?

- No - se limitó a contestar Ictria.

- Mejor. Porque aquí nadie se lo explica. Eres la primera con la que ocurre esto, y no creas que no has levantado ampollas. Pero no temas... El sistema es demasiado perfecto, la ecuación ha sido estudiada y comprobada demasiadas veces, pequeña. No hay brecha que pueda con este mundo, con nuestro poder...

Ictria escupió y uno de los Uniformados le dio una bofetada.

- Ictria... ¿Para qué asesinar a las mujeres si puedo eliminarlas convirtiéndolas en hombres? Admítelo: es inteligencia pura. Es progreso. Es, por fin, la uniformidad natural de todas las cosas. Pero, dime, ¿qué escondes ahí?


***