viernes, 31 de diciembre de 2010

Libélulas.



Octubre de 2007. Quince años. Poca incertidumbre en el cuerpo y muchas ganas de sentir, de conocer, de probar. El mundo podía estar en mis manos pero yo no me atrevía a mirar dentro de mis puños cerrados. Gran Vía. Atestada de gente que disfruta de las fiestas y busca algún capricho que agenciarse. Me paro ante un puesto porque me llama la atención el cartel: Acero quirúrgico, no da alergia. Y pienso que qué casualidad, voy a mirar a ver si veo algo. Rozo con los dedos muchos colgantes, y de repente me detengo en uno, todavía no sé por qué, y lo compro. Y lo deposito en mi cuello hasta hoy.





A veces pienso en por qué la llevo todavía. Y de alguna manera me contesto que lo importante es lo que simboliza. Porque a partir de ese octubre y de esos quince ha sido un torbellino, una prisa constante para crecer sin perderme nada. Era una niña que comenzaba a trastear en la vida, sin más.

Mi balance de 2010 es ese, libélulas. ¿Por qué? Porque ha sido el año del cambio, del recibir todo aquello para lo que nos estábamos preparando. He tenido que pensar, sin vuelta atrás, en un futuro que me quedara bien, y los dieciocho han comenzado a pesarme en la espalda. La transición, me imagino, a la vida adulta. Y yo con la libélula en el pecho, sintiéndome todavía una niña, sin asimilar que iba a marcharme, que había sido un año lleno de disgustos pero también maravilloso, y que todo eso se iba a quedar atrás, en Zaragoza.

Marcharme. Debía ser consciente de alguna forma que me recordara este paso, este cambio, y también que no me dejara olvidar a la niña de quince años que se moría de frío hace cuatro octubres. No sabía lo que me esperaba, pero sí era consciente de que no quería que toda esta vida tortuosa y llena de zierzo se me escapara entre los dedos. Una determinación, sólo un signo, una señal de esas tontas que me gustan a mí... Y vino a mi cabeza. Libélulas. La semana de mi marcha conseguí atreverme y construí esa señal.

-A mí no me gustan las libélulas. No me mires así, que no es por ti, es que en Argentina cuando va a llover siempre salen, y yo siempre he odiado la lluvia.

Fueron las palabras de aquel que me ayudó a erigir mi marca, mientras escuchaba el inconfundible sonido mecánico. Mi trozo robado al pasado, para que no fuera capaz de marcharse, al menos no enteramente. Así que aquí está. Aquí estamos mis libélulas y yo. Sobre y en mi piel. Recordándome que he cambiado de vida, que he evolucionado mucho, pero que sigue habiendo partes de mí que están intactas. Que este 2010 ha sido importante por tanto cúmulo de responsabilidades y despedidas.

Pero que siempre vuelvo. De una manera o de otra. Como mis ojos a los ojos de ese octubre frío, cuando se posan en mi tobillo, y recuerdan lo que esa marca significa. No me enfado cuando hay gente que me deja ver que es un dibujo tonto que no simboliza nada. Ellos no lo saben, pero yo sí.


Libélulas...


lunes, 27 de diciembre de 2010

Me gustaría que no fuera así pero no puedo evitarlo. De verdad. Es más, esta vez ni siquiera está todo en mi mano. El frío de estos días me está succionando el pequeño resquicio de conciencia que todavía me quedaba. No es que disfrute estudiando y volcando mi tiempo en esa labor, es que no me queda otra alternativa en estos días. No es cuestión de prioridades: es que toca, hoy y mañana y pasado, sin más. Es lo que ahora toca.

Me froto los ojos y se me quejan en silencio porque no puedo dormir bien estos días. Ojalá pudiera, pero el volcán en activo de mi pecho no me deja. Debería aprovechar cada segundo de libertad que me permito, pero llego a él con el alma cansada y los pies sin querer despegarse del suelo. Sólo busco dormir, y que se acabe este frío que mata. Este, y el de fuera también.

Me gustaría que no fuera así... Pero ya he dicho que no puedo evitarlo. Preferir ahora el silencio y la de mí misma la única compañía. Mientras los días pasan y los noto desaprovechados y, sin embargo, no percibo ningún síntoma de arrepentimiento.

viernes, 17 de diciembre de 2010

¿Qué queremos exactamente? ¿Qué es lo que nos mueve a buscar? Buscamos alguien para liberarnos una noche, o alguien para caminar con él de la mano. Buscamos un instante de consuelo etílico o evitar beber para que no podamos decir ni hacer nada de lo que luego podamos arrepentirnos. Buscamos redimirnos e intentar pensar en no salpicar a nadie de dolor o hacer lo que más alivie nuestra angustia, que crece, independientemente de quién esté por medio. Buscamos el hogar de aquí, o el hogar que dejamos reposar hasta Enero, sintiéndonos extraños.

Qué buscamos exactamente. Yo no sé si busco unos labios o los míos propios cortados del cierzo. Busco no hacernos daño y no enturbiar nada de lo vivido. Quitarme esta pesadez de encima y curarme un poco más las ojeras, porque tal vez si me duele menos por fuera también dolerá menos por dentro. Busco un tiempo muerto, una regresión en la memoria, para no tener tantos nombres y tantos rostros que me bailan mezclados con humo y sabor a ron. Busco momentos que ya viví, que se consumieron, y que me están abriendo las cicatrices. Para que no olvide que siguen ahí.

lunes, 13 de diciembre de 2010

La gente vende sus recuerdos. En cada esquina del rastro de Madrid había una mesa plegable mal puesta llena de pequeños detalles que otros disfrutaron y que ahora ofrecían al resto del mundo. ¿Necesidad? No lo creo. Mi sospecha fue, simplemente, que en lugar de acumularlo en un trastero y habilitarle el hogar a las motas de polvo prefieren dejarlo ir, sin más. Porque al fin y al cabo es lo mejor que podemos hacer, dejarlos ir. No son más que recuerdos, y el balance suele ser negativo cuando nos paramos ante ellos: duelen más que traen alegría.

Por un momento los he envidiado. Por saber desprenderse de todas esas viejas historias, y he recordado un relato del genial Carlos Castán -escritor destrozacorazones donde los haya-, en el que el protagonista narraba cómo cada cierto tiempo debía hacer limpieza de sus cosas antiguas y las metía todas en bolsas de basura negras. Un día, cansado de hacerle el amor a la que no dejaba de ser su exnovia, decidió romper también con ese recuerdo y ella misma acabó en una bolsa de basura negra. Decía que esas bolsas significaban la suciedad de su vida, los resquicios que ya de nada servían.

He pensado en qué pasaría si se rompiera la mía. Si borrara todos mis recuerdos hasta hoy, o no me diera tanto miedo dejarlos marchar. Me he imaginado en el rastro de Madrid, un domingo por la mañana, con mi vida desnuda encima de una mesa plegable.

O al menos una de ellas, porque estoy como perdida. Insegura, hecha un lío entre tanta vida simultánea. Por un momento olvidé Zaragoza y pensé en Carlos Castán, y en toda esa gente que vendía hasta el más mínimo fragmento de su alma este domingo. Porque simplemente querían hallar una nueva.

viernes, 10 de diciembre de 2010

A veces me ocurre, que me pregunto si con los años no estaré yendo hacia atrás en lugar de hacia adelante. En mi idioma personal, ir hacia atrás significa perder esos puntos espontáneos que me surgían antes y que me hacían escribir historias totalmente imaginativas. La verdad es que no quiero anquilosarme, ni sentarme con las piernas cruzadas a esperar a que me consideren una adulta y poder demostrarlo.

Me asusta, y mucho, caer en la rutina absurda de separar imaginación y capacidad de crear. De crear, de escribir, de narrar lo que me toque narrar y ese hecho arrincone otras capacidades. Ya apenas dibujo, pero sigo recordando la satisfacción de encontrarme los dedos llenos de carboncillo y mancharme la nariz -siempre y cuando el resultado fuera bueno-. Muchas veces pienso en comprarme un lienzo, o algo que me impulse, pero se me acaban, y esto es cierto, anquilosando las ganas.

Sonrío con las quinceañeras locas que desprenden ganas de todo. Porque me recuerdan a mí. Y no sabéis, sin más, lo congelada que se me queda la sonrisa en los labios cuando soy consciente, y me siento mayor.

Dios mío, dulces quince años llenos de sueños y de ganas y ganas de escribir...

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Están en silencio. En un silencio absoluto. Tienen todo el aula para ellos pero, aun así, cada uno ocupa una esquina de la estancia. Las persianas están bajadas, aunque todavía se cuelan un par de rayos del sol frío de noviembre. Se miran intermitentemente, como oteándose las curvas del cuerpo. Como si no conocieran el cuerpo del otro lo suficientemente bien como para dibujarlo con los ojos vendados.

Pero ahora se sienten desconocidos. Después de tanto tiempo, se les cuelan en estos momentos los segundos entre los dedos, como si nunca se hubieran tocado o nunca hubieran soñado con tocarse. La mirada de ella es triste, él apenas abre los ojos. No han llorado, porque ya lo hicieron a solas. Apenas han dicho nada tampoco, porque aún sienten que la magia puede existir y puede guardarse en un tarro de cristal. Sin embargo ambos comprenden que ese momento es demasiado doloroso como para querer guardarlo, y esperan con paciencia el momento de marchar y enfrentarse al otoño por caminos separados.

Ella toma la iniciativa. Se mueve, como por un escalofrío, y se baja de la silla donde estaba sentada. Él, acto seguido, piensa que la esperanza existe y que todo se va a arreglar. Pero ella solloza, y la realidad se rompe en pedazos. Qué agujero negro abriéndose en el pecho, piensan.

-Me tengo que ir-dice ella.
-Lo sé.
-Creo que te he dejado de querer.
-También lo sé...

lunes, 29 de noviembre de 2010

Siempre que algo me parece realmente bonito pienso inmediatamente en francés. C'est jolie. Aunque no concuerde con el contexto, me sale solo. Creo que es porque el sentido más estricto de la palabra bonito lo asocio a París y a la vida que me dejé ahí cuando fui efímeramente. Porque supe que volvería a buscarla y no me movería más de ahí.

Sin embargo, lo más bonito que siento ahora es poder sonreír un domingo por la noche en un contexto diferente. Haber perdido el miedo a estar lejos sencillamente porque aquí también estoy cerca. Es agradable no sentirse sola, y ser parte de una familia peculiar compuesta por muchos, muchos huérfanos que día a día comparten la misma estructura de vida y el mismo edificio.

Un placer el frío de Madrid, abandonar botellas de ron, bailar como hacía mucho que no hacía, casi llorar en la estación de cercanías, ser pseudoabandonada, oler el Otoño de aquí, reír demasiado e ignorar muchas miradas, y sobre todo quemar una noche sin dormir hasta que amanece. Que ya iba olvidándolo.

Así, en frío, parece una ironía. Pero de veras lo digo. C'est jolie.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Qué nariz más fría.
Lo pienso mientras camino y el frío me corta las mejillas, aunque estén tapadas por el pañuelo de siempre. También pienso que debería actualizarme, vestirme con más color y dejar de ser tan gris en algunos sentidos. Pero me paro a observar las calles heladas de Getafe y siento que todo el color que quiero ya lo tengo aquí.

La alfombra que cubre las baldosas, el tiempo que pasa y deja su huella. Una mezcla de la esperanza del naranja y el novoyavolver de los tonos tierra. Aunque sea mentira: todos sabemos que siempre vuelve.

Por mi mente pasan cientos de historias románticas que me gustaría rodar. Cientos de historias a secas que me encantaría rodar. (Siempre he elegido los sueños más difíciles). Y de veras creo que el amor tiene que tener estos colores, tiene que estar hecho a base de otoños consumidos, con ese frío que no es tan, tan frío porque el sol brilla, si hay suerte, y parece que le estamos robando instantes al verano. Sonará Sabina, seguro, porque aunque su espíritu ande algo encorvado sigue siendo un artista en las canciones más bonitas del mundo.

Tenía que hacerlo. Escribir para esta estación, para el único mes que escribo de verdad con mayúscula y que me vuelve loca. Porque respiro el frío que se despereza, y todos los segundos me parecen segundos retratables en un lienzo. No sé por qué me vuelve tan loca. Me vuelven tan loca. Otoño y Noviembre, como un cuento que nunca acabo de relatar...


miércoles, 24 de noviembre de 2010

Me mira a los ojos y no sé qué decirle. Me gustaría mentirle pero sé que eso no estaría bien. Siento que ya no confía en mí como antes y puedo notar ese miedo del que todas hablan... Se me está yendo. Se está marchando sin que yo pueda hacer nada porque, en teoría, es lo que corresponde. A ella y a mí, a todas nosotras.

Sigue en silencio porque espera una respuesta. Pero no va a llegarle. ¿Por qué ya no puedo hablarle como antes y ver cómo bebe de mí, cómo encuentra en mi figura alguien a quien seguir y a quien acudir cuando se está perdido? El tiempo no cura nada, sólo abre heridas y las deja marchitarse, para que un movimiento brusco las haga doler todavía más. ¿Cuántos segundos han pasado ya?

Parece que la veo pegada a mis rodillas, otra vez. Esperando a que la coja de la mano y la lleve a un sitio que, aunque sea mentira, no haya visto nunca. Ya no puedo darle nada. Nada nuevo, nada que la motive y la invite a sonreír. Me he quedado vacía porque le he dado todo lo que tenía demasiado rápido. A mí crecer no me dolió tanto.

¿Por qué con ella... sí?

martes, 23 de noviembre de 2010

-Me duele el pecho- decías.



Y a mí ahora me dueles tú, porque ya no estás.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Hoy te he echado de menos. Sí, a usted, pecho que me sujeta y me ha sujetado hasta hace unos minutos; y a ustedes también, manos enormes que me cubren la espalda a la altura de la cintura por completo. Hoy os he tenido a todos y os he echado de menos todavía.

Estaba a punto de entrar en un estado avanzado de congelación y aun así tenía la suficiente consciencia para desear que vinieras y me abrazaras por detrás para cortarme un poco el frío y un mucho la respiración. He pensado también que me parece un ritual maravilloso el de consumir todas las ganas de la semana en tu cama y acabar acurrucados porque el frío continúa y nosotros no vamos a pararlo con nuestro fuego.

Ya te he echado de menos teniéndote a un milímetro y también cuando subía las escaleras de mi portal y me volvía para verte a través del cristal, sonriendo o sacándome la lengua, después de decirme otra vez que me querías. Porque todo es un hermoso cuento a tu lado, y prefiero no pensar en las veces que nos amamos desde la distancia y ya no son dos minutos lo que nos separan. Porque me maldigo por no estar ahí, por acompañarte, por timbrarte después de haber estado estudiando, y no sé, ver la tele, besarnos, discutir o cualquier cosa.

Pero lo cierto es que te echaba de menos porque ya sé cuánto te echaré de menos estos días que se me vienen encima. A tu pecho, a tus manos, a tus bromas desmesuradas. Te he echado de menos a ti, a ti entero, pero con una sonrisa en los labios.

Mañana, cuando despierte, pensaré en ti y sabré, a diferencia de otros días, que seguro que voy a verte.

martes, 9 de noviembre de 2010

Comía con los dedos cuando todos los demás no nos atrevíamos por pudor o temor a quedar mal delante del resto de la residencia. A veces salpicaba sus jerseys de aceite y otras, simplemente, derramaba agua de su vaso o reía con la boca abierta. A cada bocado se le unían un par de miradas más.

Y había veces que, sin más, levantaba la vista y nos sonreía con amabilidad. Sin pizca de maldad. Era entonces cuando a todas se nos escapaba un suspiro de chico imposible, de cuento de princesas, de anhelo de cita perfecta.

lunes, 8 de noviembre de 2010

He vuelto a mi segundo cuarto, en el que paso mi vida de estudiante, y las arrugas de las sábanas estaban intactas. También la posición de la almohada, ligeramente contra la pared, y todos los objetos que dejé encima de la cama para que no siguieran esparcidos por el suelo. Se me ha caído un suspiro sin quererlo cuando he visto los restos de la merienda del viernes, y me he acordado de ti en mi mundo de aquí, tan extraño, con tu sombra proyectada en la pared haciéndome sentir viva. La lucha de cuerpos desnudos que desempeñamos y que acabó formando todas esas arrugas en las sábanas, las mismas que he visto esta mañana.

Al entrar en el baño me he encontrado también la ducha tal cual la dejaste, después de que terminaras de eliminar de tus músculos el jabón y yo me secara rápidamente porque me moría de frío. Tú decías que hacía calor.

Lo estaba deseando desde hace mucho tiempo, pero ahora qué difícil me resulta la separación de mis mundos otra vez. Y es que me encuentro con que aún es lunes, y con el recuerdo de uno de los fines de semana más maravillosos que recuerdo. Contigo, mi mundo de allí, unido a mi mundo a regañadientes de aquí. Las escaleras del metro con tus labios acercándose a mi pelo mientras subimos o bajamos, o yo revolviéndote el pelo porque sé que te gusta.

Y, ahora, un lunes sin ti. Doliéndome tu ausencia y deseando el bálsamo mágico que me cura. Contando los segundos.

viernes, 5 de noviembre de 2010

¿Que por qué no te hablo y evito mirarte a los ojos? No es porque te odie o pretenda que tú hagas lo mismo conmigo. En realidad lo que menos deseo es que me odies o dejes de mirarme a escondidas porque temes que te descubra y te queme la vida desde mis propias pupilas. El tiempo pasa demasiado despacio cuando te tengo cerca, cuando te observo intentar acercarte para acortar el espacio de tensión que nos separa. ¿Que qué has hecho mal?

Que no eres mío, que no te tengo y sé que no te voy a tener nunca. Porque te conocí siendo ya de otra y eso no va a cambiar. Porque tengo que luchar con eso a cada minuto mientras te sigo queriendo en silencio, haciéndote creer que te odio, cuando todo lo que pretendo desde que me levanto es cruzarme contigo. Rozarte, levemente, y pedirte disculpas con voz cortante. Para que pienses -sin ninguna duda, por favor- que jamás voy a ser capaz de quererte.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Tengo que aprovechar el momento para escribirte, ahora que la música me habla de ti, otra vez. Ahora que me viene envuelta en nostalgia la sensación de estar tranquila en tu cama, mientras tú te duchas, oyendo el repicar del agua y pensando en la pereza que me da vestirme. Con la canción que nos toque ese día, los minutos por delante para pensar qué hacer, las ganas de aprovechar el tiempo... Y tú, que sales de la ducha, abres el armario para vestirte y yo sigo tumbada en la cama, con los ojos cerrados. Para quedarme dormida y no despertarme de ese momento.

And love is blind and that I knew when,
My heart was blinded by you.
I've kissed your lips and held your head.
Shared your dreams and shared your bed.
I know you well, I know your smell.
I've been addicted to you.

miércoles, 27 de octubre de 2010

A veces la otra línea cruza justo a la vez las vías que se rozan y es como estar en una película de ciencia ficción. Por un par de segundos el sonido se hace ensordecedor y parpadean las luces que se cuelan por la ventana, como si fuera a llegar el fin del mundo.

Pero sólo dura unos segundos. Luego continúa el frenesí pausado de las paradas que se suceden, la gente que viene cargada, los que no se han quitado el abrigo y se mueren de calor, y también aquellos que se han entregado a Morfeo y seguramente ya se hayan pasado de parada. Ayer unos chicos sentados a mi lado hablaban sin parar en árabe, para de vez en cuando, y sin saber por qué, soltar un par de frases en castellano. Intercalaban los idiomas con una facilidad pasmosa, y a mí me pareció totalmente mágico. Cómo me gustaría controlar así una lengua propia, en lugar de chapurrear unas cuantas palabras en aragonés.

Yo me entretengo observando a la gente, intentando adivinar los títulos de los libros que leen y recordando el sabor del metro de París. Cuando no está concurrido y se sortean codazos para llegar a las puertas, la cosa está mejor. No obstante, me sigue pareciendo un escenario maravilloso para un montón de historias. Como las estaciones de autobús o los aeropuertos.

Me gusta ir en metro, a fin de cuentas, porque se me antoja como una novedad constante, con intimidades muy aisladas, muchos pares de ojos... Y ya sabéis cómo me gustan las miradas.

martes, 19 de octubre de 2010

Es muy duro que te rechacen por estar enamorada de otra persona. No deja de ser algo injusto que te acostumbres a la presencia de una persona para que, tiempo después, se esfume porque es ya consciente de que no va a conseguirte. Y por ello considera que el resto de tu ser ya no merece la pena.

Una terapia para echarle una mano al olvido. Para que no duela tanto. Para posibilitar la entrada de otra chica en la cabeza, para que no nubles tanto el camino que esa persona avanza. Pero no hay que olvidar que mi corazón también palpita, que yo también siento, que amar a alguien no significa que no pueda amar sin besar a mil personas más. Se me hace daño, y lo peor es que parece que es la parte que me toca, porque el destino me ha conferido el papel malo en esta historia.

Hay personas que me gustan, con las que de verdad disfruto, porque me llenan y verlas sonreír es como un impulso a mis propios labios. Por ese motivo duele su marcha, sobre todo si tienes que verlas, si van a estar en tu vida. Porque ahora ya te han negado la entrada.

No puedo disculparme por amar, por estar enamorada de él, por ansiar el viernes para que sus manos me recorran y podamos caminar juntos. Tampoco puedo elegir porque sería impensable: en mi boca vibraría su nombre antes incluso de formular la pregunta.

jueves, 7 de octubre de 2010

"Recuerdos maravillosos y recuerdos tristes que conforman el mural más completo e íntimo de mi vida, de mi identidad, porque no puedo ser yo si no encuentro tu voz ni el amanecer de tu rostro.
Tendré que buscar otra luz mientras no pueda ver tu sonrisa y te aseguro que asusta, te aseguro que de verdad acojona. No he podido escuchar esa canción de Journey en toda la semana, mi mente ha ido esquivando la idea, sorteando la tentación, y ahora mismo es esa melodía la que guía estas líneas... Nunca había entendido tan bien y profundamente esta letra.
No sé cómo hacerlo, ni siquiera dónde estoy.
Porque no solo te vas tú, contigo se va lo mejor de mí y te aseguro que no es mentira ni
exageración alguna.
Es increíble cuánto necesitaba llorar. Y no imagino cuánto me queda por hacerlo todavía, cuántas noches veré tu imagen velada por mis lágrimas ni cuántas tardes me giraré en tu plaza al pensar que te veo."

Es increíble la fuerza de tu influencia un mes después de esas palabras. Es increíble que sigamos vivos, que haya pasado ya un mes, y que queden tantos otros. Todavía no me atrevo a escuchar mucho esa canción. Pero qué bien sienta cuando lo hago. Porque te trae a ti, de nuevo. Conmigo.
(Creo que no necesito decir de quién son las líneas arriba citadas).




Right down the line It's been you and me...

miércoles, 6 de octubre de 2010

Al salir a correr me han venido a la mente las vueltas a los campos de fútbol sala de esos martes y jueves muertas de calor o muertas de frío. Las que se paraban, las que querían acortar pero el murete no les dejaba, las que se quedaban atrás, Andrés mirando el móvil, las vueltas extra por pasarnos de listas que nunca hacíamos... Siendo unas niñas, y luego no tanto.

Los viernes sueltos, los domingos de partido. El nunca querer jugar y el no querer que me quitaran cuando ya estaba en el terreno de juego. Buscar incansablemente el color azul con la mirada, lanzar lo más fuerte posible el pase, sin que botara. Animar a la portera, darle siempre al empezar el partido un toque en el casco, las risas robadas a la preparación de una falta o la mala leche de cagarla, conscientemente, y saber que ya no había nada que hacer.

Los gritos desde la banda y los oídos sordos cuando Andrés y Alfonso hablaban a la vez y nos decían cosas distintas. Los golpes, las uñas rotas y los cabreos tontos de Miriam o el recelo de Begoña a pasarnos la bola. Los estiramientos del final, cuando estábamos reventadísimas y sólo queríamos ducharnos e irnos a casa.

El frío de enero y el sol inaguantable de mayo. Los dolores, el agotamiento y la ausencia de cambios en el banquillo. Las botellas de agua, que iban y venían, y el temor a caer en el césped corto y afilado, rasgándonos la piel levemente. La desesperación por interceptar un pase, impedir un gol o entrar en el área para que el gol fuese válido.

Tantas cosas... Que me faltan ahora, que echo de menos y se agolpan en mis recuerdos como tantas otras. Cosas que me han venido hoy a la mente, mientras corría y notaba la ausencia del stick en las manos y el césped mullido y mojado bajo mis botas de jugar a hockey.
Regresó, aunque muchos pensaran que no iba a hacerlo. Todos le buscaban cicatrices, heridas de guerra, pero no se las veían; tenía heridas, todavía, que palpitaban dolorosamente y le supuraban angustia, pero iban por dentro. Lo peor iba por dentro.

Se alegraron, lo cubrieron de vítores, de lágrimas, de alegría. Todo era felicidad porque, aunque hubieran muerto miles de personas, él había regresado. Estaba sano y salvo, y todo el mundo le felicitaba. Había vuelto al hogar entero, aparentemente, y todo apuntaba a que debía sentirse orgulloso por ello.

Estaba en casa. Lejos de las bombas, de los compañeros muertos, de la sangre ajena en su rostro y del dedo tembloroso apretando el gatillo. Debía sonreír, congratularse de su suerte. Ya no había gritos de puro temor y últimas respiraciones. Ya nadie imploraba ni ninguna piedra que caía helaba los corazones de aquel que aguardaba en silencio.

Estaba en casa... Pero sólo de día. Sólo cuando todo el mundo estaba despierto y, por descontado, él también. Por la noche volvían las heridas de bala en sus pesadillas. Cuando conseguía dormir, a su pesar, era consciente de que iba a estar condenado el resto de su vida. Por la noche volvía a la tierra entre las uñas, el miedo y la piel hecha jirones. Volvía, en un bucle infinito, al campo de batalla.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

A través del cristal contempló muchas despedidas, pero sólo se fijó especialmente en las que incluían besos en los labios. La había acompañado a la estación, pero, sin saber todavía muy bien por qué, esta vez no se habían besado. Y ahora ya no lo veía. Ya no esperaba en el andén a que el bus se marchara y los dejara con un nudo en la garganta, se había ido antes que ella; en realidad se habían ido los dos hacía mucho tiempo.

Sintió ganas de que a su lado se sentara un desconocido, que la mirara con ojos profundos y se convirtiera de repente en el hombre más misterioso del mundo, en el único que pudiera quitarle esa pena tan agarrada a la piel. Esa ausencia de él. La eterna pregunta de por qué si antes sí, ahora ya no se querían.

Eran una maldición esas estaciones. Llenas de cadenas rotas y de gente que se va, que viene, unos tristes y otros ya sin tristeza. Fantaseó con la idea de no volver nunca más, y cerró los ojos sabiendo que era imposible, mientras seguía esperando a ese desconocido. La sobresaltó un cuerpo a su lado y vio a un niño que se acurrucaba en el asiento de al lado. Contempló a su compañero de viaje y el bus se puso en marcha.

Lo que no llegaba a sospechar es que él sí que la estaba observando. Esperando que el bus se fuera. Como siempre, aunque ya no se besaran en los labios.

lunes, 27 de septiembre de 2010

A mucha gente la ha pillado de sorpresa, en pantalones cortos, sandalias y minifaldas. Yo lo observo en silencio porque siempre lo hago, y aunque su aliento está matando de dolor a mi garganta vuelvo a agradecer su vuelta. No sé qué tipo de esquizofrenia me hace amarlo tanto, pero es notar su tacto frío y sonreír.

Pronto cobrará más fuerza, se repondrá de su letargo, y nos cubrirá con su efecto naranja, haciendo crujir nuestros pies y aumentando las ventas del chocolate caliente. Cuando me preguntan que por qué, que no es ni frío ni calor, sino una ambigüedad injusta y débil, no sé qué responder. Supongo que aprecio más este sol y que ahora que estoy lejos me gusta más su zierzo perezoso, el que nace en estas fechas para desnudarnos a todos en enero.

También será porque abarca noviembre. Por muchas cosas más, por las chaquetas que han dormido dentro del armario, por su cálido abrazo y porque me pasaría protegida detrás del cristal de la ventana los tres meses, mientras lo miro. Porque me recuerda a él, al primer beso, a nuestros primeros meses turbulentos. Porque siempre vuelve. Mi otoño de nuevo.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Debo centrarme en vivir, que es lo que más me gusta. Sin embargo, no puedo evitar pensar en lo difícil que se me está haciendo tener el hogar lejos y no ser capaz de hacerme uno de reserva que le dé de comer a mi alma en los momentos de desazón. La filosofía que aplico en estos momentos es la de la calma, y la de esperar, pacientemente, a que vaya tomándole cariño a ese otro sitio que ahora sólo se me antoja como el causante de la lejanía.

Ha sido un paso de gigante, y mis piernas estaban acostumbradas a caminar a pasitos cortos, sinuosos, sin mucha más trascendencia. Pero ahora es distinto, ahora estoy sola porque así lo he elegido, porque así lo he creído necesario para, por fin, hacer algo que me gusta. A ratos me embarga la esperanza y a otros la más profunda tristeza. Es algo de lo que no me puedo evadir, pero que intento trabajar para no ver los días getafenses tan grises y llenos de cuchillas. Hay momentos para todo, y espero que los buenos sigan creciendo para que no se me haga tan complicada la llegada del gran gigante de hierro que me monta en sus cuatro ruedas para volver a la capital.

A veces me siento asustada, y es entonces cuando el nudo en la garganta se me hace más grueso. No obstante, suspiro y me armo de valor. Me he enfrentado a otras batallas, y todas me han hecho más fuerte. Puedo sobrevivir a una más...

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Se me está comiendo la añoranza. De una manera tal que me da esperanzas la idea de tumbarme en la cama a leer apuntes tapada con tu manta para curarme el frío de las manos y del alma. Me trepa la soledad en determinados momentos y me clava las manos en la espalda porque sabe que estoy vulnerable, que no me voy a quejar, porque hasta entiendo que me visite y se acurruque a mi lado.

No obstante, no puedo ponerme nostálgica porque no pienso en las veces que me has abrazado sino en las veces que me vas a abrazar cuando te vea y cuando el sabor de tus brazos se me mezcle con los de todas esas personas que tanto echo de menos. Me está creciendo el nudo en la garganta por momentos, pero casi me gusta la idea porque así el beso que me des será más largo, y así tu saliva lo disolverá hasta que vuelva a formarse en un ciclo que pienso se repetirá bastante a menudo.

Te echo tanto de menos que me consume el arrepentimiento y, a pesar de saber que esto es lo correcto, se me plantea la duda de si he hecho bien. Porque no dejo de soñar contigo, de revolcarme en la incomprensión de por qué te anhelo tanto si he aguantado más días sin ti. Sin ti. Esas dos palabras se tumban conmigo en la cama hasta que vengas tú las eches, para llenarme de tu esencia, y devolverme la vida que se me escapa entre estas paredes. Y estar contigo.

viernes, 27 de agosto de 2010

No habléis de amor. Ni os enredéis con historias a estas alturas. ¿Os gustáis? ¿A ti te gusta ella? Una declaración no debe contener por norma general el verbo amar. ¿No merece la pena saltarse los pasos de las películas y besarla lentamente para ver qué se siente? La vida está hecha de riesgos, y el camino que seguimos lo tejen éstos mientras se cruzan. En intentarlo está la clave. Nadie se enamora con sólo mirar a alguien a los ojos, es una mentira. Cupido murió hace mucho, y no hay nadie que haya perpetuado el legado de sus flechas.
Sólo sé que no hay que tener miedo a equivocarse. Ni tampoco aspirar a encontrar el amor eterno en esas pupilas que nos observan, sin intercambiar una palabra, un roce de manos, o el sabor de otra piel distinta. Hay que probar y aprobar miles de cosas. Por ese motivo, no habléis de amor si estáis todavía en el maravilloso juego de los nervios y las primeras veces. Si quiere venir, vendrá. Os enamoraréis y será otro mundo... Diferente. Extraño al principio.
No obstante, ahora... no estropeemos el presente con un futuro que no sabemos si llegará. Y menos en los asuntos que incluyen latidos de corazón que encienden el alma.

jueves, 19 de agosto de 2010

Es que te falte algo, a pesar de que sabes que lo tienes siempre y que acabas de dejarlo. Es sentir en tu piel algo distinto pero del mismo nombre, un cosquilleo que quema en las yemas de los dedos cuando te roza. Es hacer todos los días lo mismo, pero seguir estando lejos de la rutina; cuando es rutina y te la quitan, lo agradeces, esto, sin embargo, te falta en silencio si desparece. Aunque no desaparece del todo, sino que solamente se vaporiza unos días y te lo trae el viento, en cada vez que suspiras. Él está conmigo. Es su olor, su voz, sus sentidos que son los míos, sus ojos que chispean en la memoria, el calor, las ganas.

Echarlo de menos aún hoy... Hoy, hoy mismo, como la primera vez que me marché y nos separamos. Eso sigue siendo magia.

jueves, 12 de agosto de 2010

Hay muchos tipos de amor y eso es algo que he aprendido con el paso de los años, a base de conversaciones y ojos abiertos, alguna comparación (de esas odiosas) y escuchar mucho. Pero si hay algo de lo que estoy segura, al mismo tiempo, es que el sentimiento, en su esencia más pura, es idéntico. Y no es contradictorio, de verdad que no. Es como un cuadro que todos vemos pero del que sacamos impresiones distintas. El corazón nos late de distinta manera ante un mismo signo, y por eso, a veces, caemos en el error de juzgar que eso, eso que vemos, no es amor.

La diferencia radica en que, a mi juicio, quien no ha sentido amor jamás sentirá si eso lo es o no, si merece la pena luchar por una persona. Porque no lo entiende. Y de veras que me apeno muchísimo cuando esa persona, vacía de este grandioso sentimiento y llena de inquietudes de plástico, sólo demuestra estar llena de odio y de rabia acumulada, la cual trepa poco a poco por su alma escupiendo celos. Lo peor es cuando esa persona cree que de verdad sabe de amor.

Y fijaos que no me gusta hablar de esa palabra, que en ocasiones se me antoja gastada y llena de costras de lo que la han maltratado, pero me siento feliz cuando en mi interior soy consciente de que lo he sentido y he tenido ese privilegio. Por eso, desde mi cuarto y mi retahíla de experiencias en estos viajes prohibidos que nos otorga sentir, deseo que se pase. Que se pase todo ese odio y esa inexperiencia que acaba malgastándote desde adentro, haciéndote sentir mecánicamente especial, sabiendo en tu interior que es todo mentira.

Alguna vez te llegará, cuando dejes de resguardarte en esa coraza de falsedad, y entonces... Sabrás cuánto has errado.

domingo, 1 de agosto de 2010

Yo corregía tus textos con alma infantil mientras tú marchabas a aspirar otros olores. En mi corazón palpitaban tus palabras porque era una niña, e inexperta, y en mis ojos resonaban tus frases como los mismísimos mandamientos. Mientras tanto tú... no sé. Tú no sé. Pero después de tres años he recobrado la cordura, me he cortado los hilos de ese tiempo, y aunque ya soy una persona distinta también fui la niña de quince, y por eso en lo más hondo me daña. Porque soy la misma, con la espalda más cargada o no, pero la misma. Y por ello sé que mis ojos han cambiado esta noche. Ya no verán igual.

miércoles, 28 de julio de 2010

-Te llevo en las entrañas- me dice.

-Y yo en la boca, para llamarte puta. Pero sólo cuando estoy muy borracho o te echo demasiado en falta.
Y eso duele y otra vez y luego otra vez más. Porque a veces odio saber contar sólo porque así soy capaz de contar los minutos. Cuando no importan, te apena que pasen. Cuando sí que importan, las agujas son dos armas letales que llenan de cricatrices la garganta. Justo donde se juntan las lágrimas para atacar tus pupilas desde adentro. Estamos pasando más minutos discutiendo que viéndonos las caras. Porque vernos las caras no cuenta si están demasiado ocupadas nuestras lenguas desconociéndose para escupir palabras y no llegar a nada. A nada. A más batallas perdidas con el núcleo de mi garganta. A tardes que pasan enteras, tonterías o no, sin que estemos juntos. A que yo me voy en un mes, y aun así tiramos las horas a la basura. Porque aunque ahora podría ir a tu casa y despertarte mientras rompo tu timbre, mi corazón me pide que me quede. Que me quede y no vaya. Y son las ganas, que se atrofian justo donde se atrofiaron las tardes sin tener que pensar qué hacer. Porque siguen pasando los minutos y yo los cuento, sin poder evitarlo. Sólo puedo ver que es un minuto más sin ti y un minuto menos para marcharme. Y que luego, si te veo, estoy perdida. Como si ya no nos conociéramos. Por eso no quiero ir ahora a tu casa, porque estoy perdida. Y porque las tortitas las he tirado todas; ni siquiera he llegado a juntar los ingredientes.

martes, 27 de julio de 2010

Después de soñar contigo, por fin voy a ir a visitarte. Aunque no sirva de mucho esa visión a ciegas. No... Él no viene, esta vez tampoco. Sí, ella sí, porque ella sigue siendo poesía.

Gracias.

lunes, 26 de julio de 2010

Nos volvimos todos hacia ella, como siempre que sonaba un teléfono móvil en la biblioteca; resultado de la monotonía y el tedio del estudio: a cualquier sonido, nuestras cabezas se despegaban del libro de texto para buscar un resquicio de aventura que nos salvara de esa tarde tan igual a tantas otras. Por eso la miramos, y ella se disculpó en todas las direcciones por no haberlo puesto en silencio. No obstante, parecía nerviosa, como si esperara de verdad esa llamada. Colgó del susto, pero al minuto se levantó y salió de la sala para atender la llamada.

Me llamó la atención su ropa colorida: verde y rojo combinados en formas extrañas, con figuras que se extendían por su camiseta. Cuando se fue dejó ver su parte de la mesa, llena de apuntes desordenados y la carpeta a medio cerrar. Al fin volvió, pero muy sigilosa, y no mucha gente la miró. Yo sí. Porque traía la mirada perdida e iba dando pasos cortos mientras se tambaleaba y se apoyaba en las mesas para no perder pie, como si hubiera recibido un balazo mortal y las fuerzas se estuvieran escapando de su cuerpo junto con su sangre. Su expresión había cambiado, ya no había alegría, sino vacío. Y caminaba perdiéndose en ese mismo vacío, hasta que llegó a su mesa.

Recogió los apuntes tal y como estaban, y se llevó la carpeta, sin ni siquiera cerrarla. No los guardó, ni se los metió en el bolso; simplemente dio un par de manotazos para juntarlo todo y se marchó con el mismo paso tambaleante. Me quedé mirando unos segundos el pasillo por donde se había perdido, y al rato me fui, hambrienta y con ganas de disfrutar del resto del sábado.

Cuando salí del centro me topé con ella otra vez. Un hombre la sostenía en los brazos mientras ella luchaba por no partirse en dos y caerse de bruces al suelo. Se había puesto unas gafas de sol, pero no tapaban su rostro descompuesto ni los gemidos que salían de su boca. Desprendía ese dolor que te desconfigura la sonrisa, el que te hace sentir todos los músculos torcidos, el dolor que te atraviesa de verdad. Se le cayó la carpeta y el hombre la recogió mientras hablaba por teléfono, como si la cosa no fuera con él.

A los pasos volví la vista atrás para comprobar si seguía igual, y así era. Supe que ese llanto sólo podía llevar el nombre de ella, de la dama de negro, y sentí tanta pena que estuve tentada de volver sólo para abrazarla. Pero seguí caminando, ya sin hambre, con el recuerdo fresco. Tan fresco que me acuerdo hoy de ese día y todavía siento escalofríos.

martes, 20 de julio de 2010

Siempre dices que te parece maravilloso cómo las hojas que han caído en invierno reaparecen en primavera sin que apenas nos hayamos dado cuenta de que estaban naciendo otra vez. Mientras hablas se te suelen iluminar los ojos, porque ya estás cerca de tu camino, muy cerca, y aunque haya habido demasiados baches... Vas a conseguirlo.
Y en ese brillo pienso mientras escucho esta canción maldita, la que habla de un músico que se tiene que alejar de su amor por su música. Y aun así le dice que siempre será suyo, que está en su mente a pesar de los kilómetros.
Me entra un pánico atroz porque, si he caminado de tu mano estos días, ¿qué voy a hacer ahora? ¿Quién me va a besar cuando mi tobillo se tuerza o caiga rendida negándome a continuar el sendero? La respuesta ya la sé, porque serás . Porque esto es como la primavera y el invierno. A pesar de que a veces el terreno parezca yermo, al final siempre vuelve. Siempre vuelve la vida y se llena de verde, nos llenamos de verde, y en eso reside la magia. En que siempre vuelve.
Y aunque yo no sea un music man... you stand by me. Y, ahora mismo, I'm forever yours.

lunes, 19 de julio de 2010

Voy a dejar mi vida aquí. Me joda lo que me joda, es lo que va a pasar si lo pienso; ya no será mi vida, sólo destellos de lo que fue, mezclados con la actual, en la gran capital, con tanta contaminación.

En mis dieciocho años he dudado muchísimo en lo que hacer cuando acabara el instituto, y al fin se abrió una luz y noté mis ojos llenos de ganas cuando pensaba en estudiar cine. Pero el cine es caro, al menos estudiarlo, y elegí la carrera pública que más se acercaba: Comunicación Audiovisual. La pena es que estaba en Madrid, en Zaragoza, aquí, solamente en la privada. Entonces me di cuenta de que no hay que estudiar para hacer lo que quieres, al menos no del todo. Lo que hay que hacer es poder pagarlo.

Después de muchos dolores de corazón supe que si quería hacer lo que de verdad me gustaba tenía que marcharme. Y de verdad creo que esta decisión es de las más dolorosas que he tomado nunca. Sé que arriesgo y que pierdo mucho aquí, aunque soy consciente de que ganaré mucho allí también. De todas formas, a todos nos costó adaptarnos pero al final parece que la idea cuajó.

Entonces comenzó mi búsqueda de becas, trabajo y trabajillos que me dieran dinero para no hipotecar a mis padres al irme. Parecía que todo estaba hablado, que nos habíamos hecho a la idea y a un día de que salgan las listas para ver si estoy admitida allí... Resulta que me voy no porque quiera estudiar lo que hay allí, sino porque soy una hija egoísta que lo único que quiere es irse de casa.

Con la de lágrimas que me ha costado hacerme a la idea de que me voy a marchar, esto es lo último que esperaba. Me ha partido en dos y no sé... No sé ya lo que soy.

jueves, 15 de julio de 2010

El abismo más inmenso se abrió a sus pies y pensó que había muerto, y que eso era el infierno. Tanto dolor en el pecho no podía ser humano, de verdad que había tenido que morir. Las luces artificiales del pasillo bizquearon un instante cuando él golpeó la pared con los puños roto de pena, y todos callaron sin intentar calmarlo, porque ni siquiera ellos lo entendían. ¿Cómo se podía comprender una cosa semejante? Por un momento sintió que caía sin remedio, y sus rodillas chocaron contra el frío suelo cuando perdió el equilibrio y comenzó a llorar sin poder pararlo.

La médico se retiró de su lado diciéndole con serenidad fingida que si él quería le podían traer un calmante. Él sólo deseó un avance científico de locos, o una máquina del tiempo que se comiera los años gastados, para volver a arrancar las hojas del calendario. Se maldijo y en su locura momentánea intentó arrancarse el corazón para arrojarlo por el ventanal y que dejara de latir. Por fin se puso en pie y llegó hasta la puerta. Una punzada de angustia le susurró con malicia que esa iba a ser la última. Que de allí no iba a salir, y sus pupilas se nublaron queriendo escaparse de sus ojos para hacerse ciegas.

-Está dormida- oyó al abrir la puerta. Pero él no contestó.- Ahora duerme-repitió, y al ver que no contestaba lo dejó a solas con ella. Unos minutos no iban a hacerle daño. Al menos, no más daño.

Él se sentó al lado de su cama, y la observó tan tranquila y niña que quiso despertarla y llevarla en brazos hasta el fin del mundo. Parecía que al cogerla iba a pesar menos que una pluma, tanto que podría echarla a volar. Porque en realidad era un ángel. Le besó las manos, y siguió observando su rostro con una frase en los labios.

-Me vas a matar, mi amor...

Y lloró en su regazo hasta que cayó rendido en esa extraña posición. Todavía angustiado, sintiendo su corazón latir y preguntándose de qué le iba a servir cuando ella le diera la razón a los médicos. ¿De qué servía entonces su alma, esos latidos del demonio, si no eran capaces de mantener vivos a los dos? Si ella moría... ¿Qué sentido tenía su vida si ella moría?


lunes, 5 de julio de 2010

Las cosas no cobran sentido por sí solas. Somos nosotros los encargardos de otorgarles un valor especial que las haga cobrar significado. Por eso considero inútil realizar algo sin sentirlo de verdad o mantener algo que sólo nos produce calidez en el recuerdo. El recuerdo sirve para que podamos confeccionar un archivo de hechos pasados que nos ayuden a moldear el resto del camino; pero los recuerdos son, casi siempre, irrepetibles y en darnos cuenta de ello reside uno de los aspectos más dolorosos de nuestra existencia.

Nada es especial por sí mismo. Casi siempre somos especiales a otros ojos y a otros sentidos que nos ven de manera muy distinta a cómo nos devuelve nuestra imagen el a veces temido espejo. Y considero eso mágico. Ser yo misma pero, al mismo tiempo, ser cientos de personas diferentes para cada uno que me conoce. No hay una percepción igual a otra, y lo más misterioso es que no existe manera humana, hoy en día, de comprobar esta afirmación que hago.

La ciencia no lo posee todo, puesto en nuestra mente sigue siendo algo inalcanzable. Sobre todo cuando se enlaza con otras, a través de los ojos, y en los mecanismos internos se dan reacciones que aún no tienen nombre. Imagino que estas reacciones son las encargadas de hacer las cosas especiales.

Algo que para otra persona carece de signicado, es un templo para otra. Por ello, cuando ese templo deja de iluminarse y pierde sentido, se vuelve un hecho banal, rutinario y lleno de monstruos pasados.

miércoles, 23 de junio de 2010

Debajo llevan los labios pintados de carmín, porque les gusta, y algunas incluso rodean sus ojos con lápiz de carbón. Aunque no se las vea.

Pienso qué será ahora de aquellas que nacieron rodeadas de burkas, y se casaron con un hombre que creció rodeado de burkas. Me recorre un escalofrío la espalda cuando llego a la conclusión de que muchas lo llevan por devoción y respeto a una religión y una tradición común, sí, pero las otras... Aquellas otras que fueron obligadas por el autoritarismo de sus padres y el silencio de sus madres -o viceversa-, para caer después en manos de un hombre que recogió el legado de sus suegros. ¿Qué ocurre ahora con ellas? Vinieron aquí tal vez buscando una mejora en sus vidas, pero, ¿y ahora?

Se me vienen a la cabeza los ojos llorosos de sus hijos cuando sus padres gritan: gritan porque está prohibido y aun así debe llevarlo, gritan porque está prohibido e incumpliendo la prohibición han llegado a casa con una multa que no pueden pagar. ¿Con qué cara un agente de la ley le dice a una viadante que debe multarla porque la libertad exige la prohibición de su atuendo?

No estoy a favor de que se asfixien dentro de esas cárceles de telas gruesas y opacas; lo veo una aberración y un peligro para la salud. Pero sólo sé que si lo llevan es por algo, y que en mi concepto de libertad no está incluido el verbo prohibir. No sé si este pensamiento me hace peor persona, pero en mi defensa diré que en un planeta donde viven casi seis mil ochocientos millones de personas diferentes no podemos exigir que todos los pensamientos funcionen como el nuestro. Porque no es así.

viernes, 18 de junio de 2010

Una de las peores armas es una pluma, si tienes ganas de cargarte el mundo. De reventarlo desde abajo, desde lo que abarcan tus propios ojos, y esa rabia la traduces en palabras que nos retratan como la raza más despiadada que jamás poblará la Tierra. La desventaja es, a mi juicio, que el alcance de dicha arma varía bastante. Es lo que tiene la cultura, que hay gente que se resiste a darle importancia.

Pero yo creo que él pensaba como yo, y por eso nos arrancó la piel a todos para dejarnos desnudos. De sus manos salió el mejor libro que he leído nunca. Porque a través de la más retorcida y alarmista situación imaginaria, consiguió que tomara conciencia de que no tiene sentido hablar de un mundo que destroza si no te incluyes en ese mundo. Lo considero un hacedor de milagros, porque, a pesar de su tono crítico, supo encuadrar sus historias de una manera maestra que impidió que éstas desaparecieran.

Y hoy le arrancaba el último suspiro a este mundo del que tanto ha hablado y al que -estoy segura- amó tanto. Se nos ha ido uno de los mejores maestros que he tenido el placer de conocer. Así que, ahora, esté donde esté, ya sólo queda la inmortalidad que le dieron sus libros. Su ceguera visionaria.

domingo, 13 de junio de 2010

-¿Por qué sonríes de medio lado?
-¿De medio lado?
-Sí. Al sonreír, sólo levantas una parte de la boca. ¿Sabes cómo te digo? De medio lado, como si te estuvieras pensando si sonreír o no y te quedaras a medio camino.

No sabes cómo te digo, no. Lo veo en tu cara, porque si algo sabe la gente de ti es que eres transparente. La gente y yo, por supuesto. Aunque a veces eso duele más que si disfrazas tus sentimientos, porque cuando me voy en expedición a tus adentros siempre acabo viendo que no me amas.

-Chica, no sé. Pues porque me sale así...
-¿De verdad que nunca te has fijado en cómo sonríes?
-No, creo que no. ¿Por?

Porque yo sí. Porque yo me sé tu sonrisa como si la tuviera tatuada en la retina; y así era, que la veo en todas partes, mire lo que mire, ahí estás tú. Lo peor es que tú lo sabes y por eso te alejas, pero al mismo tiempo nos gusta estar juntos. Me gusta a mí, y te gusta a ti, y por ello no entiendo que nunca, nunca, me beses. ¿Qué falta?

-Por nada. Por qué va a ser...
-Estás muy rara hoy. ¿Qué ocurre?

Nada. Qué puede ocurrir. Lo de siempre, un día tras otro, a tu lado y sin tenerte. ¿Qué clase de broma puede ocurrir que no fuera esa? No sé si... No sé.

-Nada. Qué puede ocurrir. Lo de siempre, un día tras otro, a tu lado y sin tenerte. ¿Qué clase de broma puede ocurrir que no fuera esa? No sé si... No sé.
-¿Qué?
-¿Cómo que qué? Lo que oyes.

La he liado de verdad. No pensaba que se me pudiera ir tanto la cabeza como para decírselo. ¿Estoy idiota o qué? Pero es que él ya lo sabía, era un secreto a gritos. ¿Qué hago? Me está mirando y no sé qué decirle.

-A ver, quiero decir...

A tomar por culo. Voy a besarle.

sábado, 12 de junio de 2010

Ya no soy la chica de doce años que soñó de golpe cuando llenaste su cabeza de nombres, obras, recuerdos y sensaciones. Ya no lo soy, porque he crecido, pero sigo soñando con la cabeza llena de historias: más serias y creibles, pero historias al fin y al cabo, y todo el mundo sabría que sería mentira decir que a veces no sueño cosas imposibles.

Tengo grabadas en la memoria cada frase. Cada personaje. Cada punto álgido de la representación que me hacía vibrar o me libraba de la presión de soltar al texto o, simplemente por la trama, lo amaba. He tenido que aprender mucho y experimentar sensaciones que no concebía pegadas a mi piel, pero aquí está la magia. En la mentira y la falsedad que creamos de tal manera que parezcan ciertas. Una farsa, como siempre, como cuando nació esta fiebre hace miles de años.

Recuerdo a Quiteria y su mal genio, y recuerdo también la primera vez que le grité a Nacho y cómo abriste la boca porque ¡hay que ver qué mal genio tiene esta chica! Muy bien, Elena, ¡muy bien! También a la angustiada sin más sobrina del Quijote. Y a todos los personajes que me poseían cuando nos calzábamos la nariz de payaso de siempre y enmudecíamos para aprender a expresarnos sin las palabras.

Y llegaron más. Llegó Greta, Rania, Pluma Blanca, Pata Negra y el abanico de nombres enrevesados que nos dejó Bocaccio como legado y que estaban recogidos en la sencillez absoluta de Dama 1 (Giacmina, Falopina, Tessa, Myriam...).

Pero, como te dije ayer, el que verdaderamente me ayudó a crecer fue Pata Negra. De su voz ronca y su cojera conseguí construir una parte de mí a base de días tristes, lágrimas de impotencia y esfuerzo. Pero lo conseguí, lo conseguimos, y ahora soy como soy en parte por ella. En parte por ti.

Cuando alguien diga que esto no sirve para nada es que no ha hecho teatro nunca. De ninguna de las maneras: no sólo en un escenario, sino también con cualquier broma inocente una noche de risas, un momento de drama. No será consciente, pues, de la cantidad de vidas que llegamos a vivir los que actuamos -los locos que actuamos-, los sentimientos que conocemos... ¿No se erige como un privilegio la posibilidad justificada de dejar de ser tú? Completamente. Para bajar y recobrar mis sueños, mi timidez, mi futuro palpitante que me aguarda unido a este mundo. Es lo único que sé.

Eso y que ha sido tan maravilloso que no puedo estar triste. Que te echaré de menos, muchísimo, pero volveremos a encontrarnos. Porque, en realidad, buscamos la inmortalidad, y somos inmortales.

La vida... No tiene fin.

domingo, 6 de junio de 2010

Era la dueña de la luna entera. En sus manos tenía el patrimonio más rico que había conseguido nunca. "Te guardas uno para después, ¿eh? Ahora si quieres te comes uno; pero sólo uno, señorita." Ella había contestado obediente a su madre que sí, pero lo que su madre no sabía, desde esa gran altura que le otorgaba tanta sabiduría, era que la había sumergido, a la vez, en la peor disputa de su vida.
Se sentó en su rincón de pensar y luego cambió de postura tumbándose de lado y sintiendo el frescor de las baldosas. ¿Cuál? Por un lado... pero por el otro... Recordó todas las historias que le habían contado y que empezaba a leer bien orgullosa de sí misma y se sintió una heroína. Iba a ser valiente, valiente de verdad, una verdadera heroína merecedora del trono hecho de polvo de estrellas que la aguardaba en la luna. Su decisión iba a ser muy importante, y era consciente, pero iba a obrar con justicia y sabiduría. Aunque no fuera tan alta como su madre.
Respiró hondo dos veces, frunció el ceño y se sintió mayor. Con estudiado cuidado, desenvolvió, finalmente, el envoltorio dorado. Lo observó unos segundos y prosiguió la operación con suma concentración. Apenas el caramelo había rozado su boquita, pensó que había cometido un error incalculable. ¡Cómo iba el trono de la luna a pertenecerle así! Tendría que haber elegido el otro, estaba claro. Pero el caramelo ya se deshacía en su interior, y tragó sin lograr disfrutar su sabor.
Se quedó pensativa un instante. Tal vez dos. Se aseguró de que el pasillo de su casa estaba desierto, desplegó a todo su equipo de seguridad imaginario, y desenvolvió el otro caramelo sin hacer ruido. No se iba a enterar nadie. En su mente sonaba música de intriga, como la de las películas de mayores, y entrecerrando los ojos saboreó el caramelo verde.

No supo por qué, pero mientras el segundo se movía en su garganta pensó que todo eso del trono de la luna era una tontería y que qué deliciosa estaría en ese mismo momento una gran tarta de fresas.

viernes, 4 de junio de 2010

Hay veces que cuando sonrío me siento ridícula. Muy ridícula. Pienso que es porque sé que a mi sonrisa plena le acompañan mis pómulos que suben, y la barbilla que se afila todavía más. En mi interior pienso, mientras sonrío, que debo de estar espantosa. Vista desde fuera. Pero si sonrío tanto para sentirme ridícula es porque el momento lo merece.

Porque también tengo otras sonrisas. La media, la tímida, la triste, la educada y la que suspira. Hay miles. Y en ocasiones me han dicho que es preciosa, pero yo sigo viéndome más guapa seria. Con los músculos relajados y en calma, yo totalmente en calma. La tristeza es otro cuento, otro escenario donde actuar, pero entonces no pienso en si estaré bonita o no. En esos momentos sólo hay abandono y apatía (supongo que todos os conocéis en esos momentos, cuando ya no preocupa si estás guapo).

Lo noto sobre todo en los pómulos, que al subir acompañados de mis mofletes me dan un aire a veces diabólico. A mí no me gusta. Porque además me empequeñece los ojos y mira que es paradójico: cuando sonrío es cuando más grande tengo la mirada.

martes, 1 de junio de 2010

Debería descorchar una botella de champán, o algo así, pero no puedo. Me he dado cuenta de que después de todo esto me tengo a mí misma, y es una sensación extraña, porque es como si no pudiera salir de aquí. Después de días y días de sonrisas torcidas y miradas borrosas después de haber estado sobre los apuntes... Ya está. Se ha ido. Prácticamente cualquier resquicio del instituto está siendo borrado en estos momentos. A él volveré, me imagino, como un antiguo polluelo más, a contar qué es de mi vida, la carrera qué tal. Y todo eso que se dice.

Simplemente perdida. Tras la alegría inicial y las felicitaciones diversas, me hallo en un torbellino. Sólo una semana más, un último empujón, y en tres meses... Todo sería más fácil si comenzara a beber champán, ¿no creéis? Pero sola no tiene mucha gracia. Just a week.

sábado, 29 de mayo de 2010

Para algunos es una manera de supervivencia y una forma de expresarse, mientras que a otros les pilla de sorpresa y no salen de ella hasta que se rompe. Para todos, no obstante, el juego se quiebra cuando lo besas. Siempre es así.

Hablo de ese tipo de sensación de la sutileza flotando entre dos corazones que se aceleran cuando se aproxima el cuerpo que provoca ese compás. El acercamiento, las manos recorriendo emplazamiento estratégicos: aquellos que fijan la frontera entre llamar a la puerta y atravesarla de golpe. No sé si a los cuarenta años seguirán este tipo de juegos peligrosos, pero puedo asegurar que los abanderados absolutos somos los jóvenes.

Como ayer leyeron, en estos momentos lo que importa es el camino que recorres. La finalidad es importante, pero no marca más que eso, un final; todo lo interesante se teje antes de las manos que se encuentran y dos labios que se buscan por fin de manera directa. Lo que despierta los aleteos del alma más física es la búsqueda indirecta de esos labios, el roce, las miradas, la media sonrisa y los pasos estudiados que deben parecer totalmente naturales. Se desea el encuentro, pero se disfruta el proceso de encontrarse.

Por eso insisto en que el beso tiene que ser, casi seguro, la vuelta a la realidad. Porque allí se acaba el camino y, aunque pueden abrirse nuevas fronteras, los más asiduos a estos juegos prefieren volver a empezar con otras cartas diferentes. Me viene a la cabeza esta reflexión mezclada con los recuerdos de anoche; oficialmente se llama atracción sexual, pero a mí también me gusta llamarlo misterio.

sábado, 22 de mayo de 2010

retrasado, da.

(Del part. de retrasar).

1. adj. Dicho de una persona, de una planta o de un animal: Que no ha llegado al desarrollo normal de su edad.

2. adj. Dicho de una persona: Que no tiene el desarrollo mental corriente. U. t. c. s


Permitidme, si no es mucha molestia, corregiros. Cuando algo se os revuelve adentro y decidís que sois los mejores justicieros sobre la faz de la tierra. Y los justicieros hacen justicia, y por ello os ensuciáis la lengua con el insulto fácil.

Hoy lo he visto claro. En la biblioteca, mi nuevo hábitat natural, ha entrado un chico con pasos felices, sonrisa infantil. Y al verlo han surgido las bromas, las risas, las caras de susto cuando se dirigía a gente que conocía y éstos se mofaban en su rostro. Luego ha venido su hermano, al que todos los inteligentes conocían, y nadie se ha atrevido a sonreír con superioridad. He podido sentir la protección que emanaba del hermano menor, que sin quererlo se convirtió en hermano mayor cuando tuvo que cuidarlo, y me he sentido profundamente avergonzada por todos ellos. Aunque en el fondo sé que es porque no saben lo que se siente.

Luego, a diario, me quedo exhausta de observar cómo decenas de personas que en ocasiones perturban mi alrededor se sienten justicieros con la palabra retrasado en la boca, a modo de insulto. Esta sociedad de eufemismos en exceso ha provocado que el adjetivo se convirtiera en algo peyorátivo, pero en sus inicios solamente describía una condición con la que se nace, generalmente, y que marca una vida y todas las vidas en las que repercute.

Yo que sé lo que es, que lo contemplo todos los días, con su rutina establecida, su eterna estancia en el país de Nunca Jamás (porque envejecen sólo por fuera), su alegría de niño. Sus ojos de niño. Los ojos de mi tío. Yo, que sé lo que es, que lo vivo, y que escucho mil veces el insulto en diferentes ámbitos, quiero un minuto de atención.


Porque es deplorable que, haciendo uso del insulto, coloquen al mismo nivel de las bocas inteligentes que lo dicen a mi tío y al chaval de la biblioteca. Porque estoy segura de que los últimos son, muchas veces, mucho más honrados y más sinceros con ellos mismos y con los demás que todos los demás humanos de la Tierra.

miércoles, 12 de mayo de 2010

¿Realmente es mi culpa? La euforia ha desaparecido. Sé que volverá mañana mismo pero la quiero ahora, porque la he sentido durante todo el mes y no quiero que se vaya ahora. Es demasiado doloroso darse cuenta de que dieciocho años son insuficientes. No dejo de ser la cría inútil que se arrastra por un poco de apoyo. Por que, alguna vez, me digan que todo saldrá bien, en lugar de dibujarme todos los lados malos del asunto. ¿Sabéis qué? Creo que no se puede educar a un hijo haciéndole creer que no va a salir bien para que el golpe, si llega a caerse, duela menos. El golpe duele siempre. A veces incluso más, cuando sientes que estuvieron acertados en no confiar en ti. Puedo gritarlo más alto pero no más claro. Los quiero, pero eso es todo. He dejado de pensar que van a ayudarme, y por eso ahora me duele.

Mañana pasará. Seguirán los días. Y probablemente esos días me lleven a 300 kilómetros de aquí. ¿Se darán cuenta entonces? Quién sabe. Creo que una parte de mí desaparecerá para siempre, y sé que temen que eso ocurra.

domingo, 9 de mayo de 2010

Me parece absolutamente hipócrita que -yo misma- critiquemos una historia de España que se nos antoja cargada a la espalda. Lo toleraría si el lastre del pasado nos impidera emprender un nuevo futuro. Pero vale ya de heroismos débiles. Lo debemos de llevar en la sangre, en la genética, no sé, algún alelo muy cabrón que nos cayó a todos en gracia cuando fuimos concebidos. No cambiamos ni aunque nos pongan en las narices cifras que muestran gente que murió por no ponerse de acuerdo.

He asistido al espectáculo más atroz de mi vida. Dentro del límite de riesgos y guerras que he vivido, el más atroz. Ver cómo gente de diecisiete a veinte años no se ponían de acuerdo a la hora de organizar una cena que, en teoría, es para disfrute de todos. Para que en nuestra vida que empieza tras este verano conservemos un buen sabor de lo que dejamos atrás.

Sin embargo, preferimos anteponer el victimismo, las modas, los amiguismos y la bandera que enarbola cada uno, aunque esa bandera que nos parece tan auténtica no sea más que la falsedad reflejada de una sociedad que nos arrastra. Modas. Tu amiga, tu amigo, tu chico, tu chica, el que te cae mal, el que te cae bien. ¿Resumo? El que te anula.

Soy una defensora incansable de mi generación. De los jóvenes. De acabar con los tópicos que nos acechan y nos impiden desarrollarnos al cien por cien. Pero ahora, ahora mismo, soy consciente de que si el futuro del país estuviera en nuestras manos, en las manos de cincuenta adolescentes que no han aprendido aún a comprender, acabaríamos en otra guerra civil que nos dejaría miles y miles de cadáveres con la incomprensión todavía en el rostro.

sábado, 8 de mayo de 2010

-¿Qué estudias?
-¿Perdón?
-Que qué estás estudiando, porque te he visto salir de aquí.

Le digo que hoy me toca estudiar a Kant y su razón práctica, y confiesa entre dientes que no tiene mucha idea de filosofía.

-Yo hasta hace dos años tampoco, eh. Pero ya me tocaba...

Me he sentado en su banco sin darme cuenta de que había otra persona allí. Por eso ahora me fijo en su cara y se me antoja un desconocido en el que se puede confiar. Una tontería viniendo de mí, ya que siempre me palpita adentro la desconfianza. No sé muy bien por qué, le digo que me he sentado porque quería estar sola, pero no lo estoy echando, y creo que me comprende.

-¿Necesitas más tiempo para estar sola? No te asustes, lo digo porque te veo a menudo por aquí y hasta cuando hay gente contigo pareces ausente.
-Deberías darme miedo ahora mismo...
-No pareces asustada.

Tiene razón. Ni siquiera tengo miedo. Llevo unos días en los que los sentimientos desfilan delante de mis ojos sin penetrarme de verdad. O unas semanas, unos meses... no lo sé. Sólo entiendo que esta resignación me está dejando fuera de juego, y que ya no concibo un día sin mi rostro serio. Se lo hago saber por eso de la extraña conexión que sientes con alguien que no conoces cuando le cuentas tus cosas más íntimas, tal vez porque sabes que, si te juzga, probablemente no lo va a hacer acertadamente.

-También estoy nerviosa, porque pronto actúa mi grupo de teatro, y es la última vez. Y, no sé, tengo un mal presentimiento.
-Así que eres actriz, ¿eh?
-Algo así.
-¿Y os lleváis bien?
-¿Entre nosotros? Hay de todo, la verdad. A ratos. Hace poco uno nos echó en cara a los demás que no habíamos movido un dedo, y me molestó bastante, porque ha sido un año muy difícil, ¿sabes? Bueno, como todos los que estén como yo, supongo. Y me he intentado esforzar por llevar todo bien, pero... No sé. No sé si todos los que están como yo se sentirán así.
-¿Así? ¿Cómo?
-Vacíos.

Le invito a venir a vernos el viernes que viene, señalándole con el dedo que es enfrente, que está cerca si vive por aquí. Me dice que le gustaría venir, y que espera que no se le vaya de la cabeza, que si lo vuelvo a ver esta semana se lo recuerde. Yo asiento, y me dispongo a irme, pero parece que se le han quedado bailando en los ojos mis palabras de antes.

-¿No te satisface tu vida? ¿Por eso te sientes vacía?

Me sorprendo. Qué pregunta más rara. Pero me hace reflexionar.

-No, no creo que sea eso... O sea, no es eso. Pero siento como si ya no supiera retener lo que antes retenía, ¿sabes cómo te digo? Soy como un maniquí. Estoy echando por la borda relaciones, conversaciones, silencios, todo lo que parece que nunca importa. Pero importa y mucho. Más que estudiar.
-¿De veras?
-Claro... Y ahora me tengo que ir, ya sabes.
-¿Adónde?
-A estudiar.

lunes, 3 de mayo de 2010



Otorgado por Nada más importa, de Mi vida en palabras.


Reglas del premio:

1- Agradecer a quien te lo dio:
Porque se contradice siempre. En su firma deja patente que nada más importa, pero es falso, porque sus palabras importan y sabe demostrarlo. Y porque esto también importa, porque me ha llenado de ilusión. Gracias :)


2- Porqué te gusta/n su/s historias?

Porque (curiosamente como su última historia) sus palabras suelen estar en blanco y negro, y es como muchas veces me salen a mí. Porque me veo en sus historias, en su vida en palabras, porque antes que las letras ella pone el sentimiento. Por eso me gustan. Y, además, sabe darles un toque estético que me encanta y sabe que envidio.

3- Qué te llevó a escribir tu historia?

Quince años y mucho tiempo libre. Noches en el ordenador, ganas de escribir, de vivir de una vez, de comerme el mundo. Muchas cosas que contar y mucha inocencia. Quería construir mi mundo para que los demás me conocieran, y a lo tonto ya estoy aquí. Tres años después. Y, de vez en cuando, sigo buscando tiritas.

4- Pasárselo a 5 blogs:
  • En busca de sonrisas porque espero que así crea un poquito más en ella. En que vale tanto como sus palabras, que sus actos son tan apreciados como los de cualquiera. E incluso más. Sigo pensando que llegarás lejos, y si sigues sin quererte... ya te querré yo por las dos. (Además, tiene enchufe),
  • Sun of Mayas porque en sus delirios encontré una vía para seguir muchas noches y porque me hacían soñar sus palabras. Era Rubbens Carnívoro y parecía inalcanzable; es el testimonio de lo curiosa que puede llegar a ser la vida. Y, además, porque sé que no pasará el premio... Lo conozco demasiado bien (y quiero ponerlo a prueba).
  • En busca de ideas porque ÁNIMO. Me veo reflejada en su estrés (generación del 92) y hace reflexiones realmente buenas. Las espero de vuelta en dos semanas. Millones de kilos de suerte y fuerza, señor Yonseca.
  • Palacio de cristal porque hace honor a su nick. Cada comentario suyo me anima y me llena de euforia. En sus historias me transmite las ganas que a veces me faltan, y es algo que valoro mucho. Sigue escribiendo, y dándome una parte de ti.
  • El cajón de los pinceles de Damned. Por la dosis que me da de arte, y porque espero que perdone que la siga más entre las sombras.


Gracias otra vez a Nada más importa. Os prometo más historias cuando no me puedan las ganas y el sonido del reloj.

lunes, 26 de abril de 2010

-¿Por qué lloras?

Hacía quinientos días, por lo menos, que no había silencio en el terreno. Ni un momento de paz, de calma robada al frenesí de una vida media. Medio vacía, medio llena. Los gritos dejaron paso a los disparos, a la tensión, a la condena de la espera. Ya no había revolución. Ya no quedaban canciones de aliento mientras cualquier herida sangrara todavía. ¿Qué esperábamos? La muerte y la libertad a veces deben mezclarse, pero esto era demasiado. Teníamos tanta muerte pegada al cuerpo que no había sitio para la utopía. ¿Qué utopía, joder, qué puta utopía nos quedaba después de esto? Las manos nos temblaban mientras sujetábamos los naranjeros porque la rabia era demasiada. Y el miedo. El cansancio. El echar de menos. Queríamos tiempos mejores, una promesa de unidad y de sacrificio colectivo, pero a qué precio. Olemos a sangre mezclada, de buenos y malos. De todos. De seres humanos que luchan por algo, por un motivo.

-¿Por qué lloras, hombre libre?-repitió.
-Este dolor...
-Debemos permanecer.
-¿Permanecer?
-Todos y cada uno de nosotros. Flaquear es dar paso al desaliento, ¡a la eterna sumisión! No soy más importante que tú, ni tú lo eres más que yo, y cualquiera de los dos, de todos nosotros, puede tener en su mano la victoria. ¡La victoria, compañero! Somos el pueblo, y sobre la sangre del pueblo se erigirá el nuevo mundo. Debemos sacrificarnos si es preciso por los que vienen, los que vendrán. Mira a tu alrededor, camarada. ¿Cuántas familias aguardan la libertad anhelada por generaciones de trabajadores, de gente libre que estaba encadenada? Aférrate a tu arma y estáte dispuesto a disparar si surgen en el horizonte sombras enemigas. Yo lucharé por ti, como lo harás tú por mí y por todos los que apoyamos la revolución.

Qué bien hablaba la hija de puta. Siempre comiendo orejas y transfiriendo ese latido, esas ansias de triunfo. Sus palabras me parecieron por un segundo pura esperanza. Pero no contesté, esperé a que volviera a preguntarme alarmada por mi silencio.

-¿Lloras por la revolución?
-Sólo tengo sangre entre las uñas y pesar en el rostro, compañera-. Me miró, interrogante.- Ya no sé por qué lucho.