Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de agosto de 2016

A mi yo de hace 365 días:

Querida yo,

Gonzalo me ha enseñado la foto que nos hicimos hace justo un año en la fuente del Parque José Antonio Labordeta y he de decir que parece que haya pasado un siglo. Estaba nublado y hacía algo de frío, y yo iba con esa sudadera gris de mi hermano que evidenciaba que no me apetecía vestirme, es decir, salir de casa. ¿Te acuerdas?

En la foto sonrío, pero al mirarme recuerdo el dolor en mi pecho. Lo recuerdas, ¿verdad? No se iría hasta meses después, ya pasado noviembre. Parece increíble. Sentí pinchazos de puro dolor durante semanas. ¿Cómo el estado anímico puede tener tanta influencia sobre el físico? Pero, bueno, es igual; lo cierto es que después de tener paciencia la angustia dejó de golpear el espacio entre mi diafragma y mis clavículas, y desde entonces no ha vuelto a dolerme. La piel está dura, tersa, con brillo. Sin cicatrices.

Parece mentira que haya pasado sólo un año, porque en verdad en estos meses han pasado muchísimas cosas. ¿Recuerdas la preocupación de mamá y papá, las horas eternas, los temblores y los rastros de rímmel? Creo que nunca había llorado tanto como en 2015. 

Quería escribirte para decirte que, a pesar de todo, me siento bien. Hace un año tú no habrías podido creerlo, aunque sabías que el tiempo traería alivio, pero fuiste fuerte y resististe y, como en todo, el equilibrio nos ha devuelto lo que nos merecíamos. Y sabes que tampoco ha sido una cuestión exclusivamente de fuerza, sino también de saber ser humana, honesta, íntegra.

Sigue creyendo en ti con fiereza y pasión. Sólo así podrás actuar bien, aceptándote y enfrentándote a ti misma. Porque la verdad es que a ninguna de las dos nos sirve otra forma de salir adelante.

martes, 21 de junio de 2016

Lena.

Llevo unos días pensando en escribir esto, pensando en volver a escribir en segunda persona. En verdad, era cuestión de tiempo. Y hoy he pasado por casualidad por delante del restaurante turco en el que casi rogué poder usar el cuarto de baño la noche de mayo que me rompiste en dos, y luego ha sonado Use Somebody de Kings of Leon y he sabido que estaba preparada para hacerlo.

Sé que lo estoy porque desde hace días siento que me estoy reconciliando contigo. Lo sé porque ya no hay rabia ni tropiezos con los peores recuerdos. Siento que hay coherencia, y es esa simpleza tan calma la que me permite apreciar todo lo que obtuve gracias a ti. O a nosotros, cuando nuestros cuerpos formaban ese pronombre y nos llamábamos de manera diferente. ¿Te acuerdas? Claro que te acuerdas. Lo sé porque todavía me lees, igual que yo sigo reparando en que aún lo haces. Aunque ya hayan pasado un par de años.

Después de años llena de hielo encontrarte me hizo volver a sentir. Cuando me había acostumbrado a alimentarme de las historias de amor que experimentaban otros, aparecieron tus ojos gigantes y amarillos e hicieron saltar por los aires todos mis esquemas. Y eso no lo puedo negar, ni desdeñar, por muchas cicatrices que albergue con tu nombre ni por muchas veces que se resienta mi piel cuando bajo la guardia y se vuelve a impregnar de los juegos sucios y los recuerdos más oscuros y dolorosos que también protagonizamos.

Gracias a ti he aprendido que hasta el alma más entumecida puede volver a agitarse por la pasión que otro despierta, pero también he aprendido a conocerme mejor y tener más claro lo que merezco y lo que no. ¿Quién no puede llegar a una conclusión parecida, haciendo balance? Pero lo cierto es que no puedo negar que voy a llevarte tatuado siempre. Y asumirlo sin rencor es como darme una ducha de agua caliente después de un día agotador.

Y es que formaste parte de mí, de igual manera en que ahora formas parte de mis días pasados. Soy como soy porque tú apareciste. Crecí contigo. Y en el fondo de mi ser, aunque a veces pueda olvidarlo, siempre va a haber un agradecimiento tímido hacia ti por ser una parte más de mi camino.

viernes, 13 de mayo de 2016

Hace casi un año alguien usó justo este texto, entre otras cosas, para mover mis hilos al compás de un dolor tan intenso que todavía hoy, a ratos sordos, hace que me sangren las costuras. Pero después de 365 días desde ese paseo nocturno, y de muchísimos otros, sólo puedo sonreír y sentirme contenta al seguir diciendo bien alto: "Sigo aquí".

Y, por suerte, más sana y más cuerda.

Caminar de noche a solas por las calles de Madrid me ha transportado hoy a los tiempos de 2011 y 2012, cuando estaba aprendiendo a recomponer todos mis pedazos. El ambiente nocturno menos frenético de la capital me transmite una calma extraña que no se ha ido de aquí desde mis largos paseos en soledad con mi música y mis ganas de salir del agujero. Recuerdo una de esas tardes-noche, en la calle Preciados, cuando me encontré a un conocido de la universidad al que le hablé de mis caminatas después de que, apesadumbrado, me dijera que su chica lo había dejado.
- Pues, la próxima vez, cuando pases por Sol, haz una parada, llámame y te invito a un café en mi casa- me contestó.
Yo le sonreí e internamente decliné el ofrecimiento. En muchas ocasiones sé cuándo no voy a hacer algo; podría arriesgarme o intentarlo, y a veces lo hago, pero otras, sin embargo, simplemente sé que no voy a hacerlo.
Hay algo oscuro pero íntimo en esas noches en las que camino sola. Algo que no sé definir pero que sé que me define. Como si fuera en esos momentos cuando aflora esa parte de mí que siempre será mía y de nadie más, porque sólo la conoceré yo, y se extiende por mi cuerpo, de manera natural, como diciéndome:
"Sigo aquí".

jueves, 24 de septiembre de 2015

Me quito la mochila que tenía llena de piedras.

Si algo deja cualquier guerra son tumbas. Para los dos bandos. Pero acaban siendo ocupadas por los cadáveres de aquellos que pelearon en ellas, no por quienes las causaron.

Y hasta yo misma sé que un día seré capaz de recoger flores en cualquier jardín y las llevaré a ese nicho donde descansarán, o simplemente estarán, tantas cosas como tantas tuvimos y dejamos ir.

Y volveré a nuestra tumba, dejaré las flores y con las yemas de los dedos recorreré la inscripción de la lápida, que no serán los nombres por los que todos nos conocen, sino aquellos dos con los que nos llamábamos cuando nos amamos, y que ahora comenzarán a disiparse junto a todo lo demás, mezclados entre la tierra y la tristeza.

lunes, 27 de abril de 2015

Chicle de melocotón.

Cuando he abierto el portal, he reconocido el olor a chicle de melocotón y me ha invadido una oleada de nostalgia inesperada. He recordado que me encantaban esos chicles cuando era una niña.

La verdad es que tuve una infancia solitaria. Casi todos mis recuerdos están salpicados de mi imagen leyendo un libro sentada en los bancos de mi plaza. La sensación de ser alguien que no lograba adaptarse a los ambientes donde el resto sí se desenvolvía es algo que todavía no he logrado abandonar. Supongo que forma parte de lo que fui, y de lo que soy.

Enseguida me volví una niña fantasiosa. Me recuerdo así. Inventándome historias, alimentándome de quimeras y hablando sola cuando no estaba leyendo o viendo la televisión. En ocasiones jugaba con otros niños, con otras niñas, pero siempre acababa volviéndome alguien que sobraba; entonces volvía a mi banco, y las tardes discurrían solitarias mientras mi madre trabajaba y mi padre leía el periódico en los bares.

Nunca tuve un compañero de juegos. Nadie con quien compartir mis aficiones o con intercambiar pensamientos y sueños. Si echo la vista atrás, siempre he estado sola. Hasta que conocí a Astrid, con 13 años, no conocí lo que era sentir que alguien estaba ahí e iba a estarlo pasara lo que pasara.

Era demasiado soñadora; y es algo que, aunque en menor medida, todavía arrastro. Recuerdo los días en los que yo misma me enfadaba porque las fantasías no eran más que fantasías, y me sentía precozmente estúpida. Solían ser días que coincidían más o menos en el tiempo con los momentos de encerrarme en el baño y llorar escuchando todo lo que pasaba detrás de ese cuarto, una práctica que conservé en la adolescencia y de la que, como suele ocurrir, me acabé agotando con el paso de demasiados años de esa rutina de gritos y ansiedad.

Supongo que todos los caminos nos moldean, de una manera u otra, y a mí me tocó pasar demasiado tiempo sola. Es sobrecogedor cómo un recuerdo aparentemente inocente puede traer todo esto al igual que el mar devuelve objetos a cientos de kilómetros de la costa donde se perdieron. A mí hoy me ha traído los tiempos del chicle de melocotón, y no he sentido ninguna duda acerca de que, como nos pasa a todos, yo sigo siendo esa niña.

domingo, 1 de junio de 2014

En los huesos.

Yo miraba cómo jugaban al futbolín. Sin más. Por aquel entonces, mis tardes solían reducirse al bar de siempre, futbolín y poco más. Yo no era mucho más que una chica de 15 años con vaqueros y camisetas de rallas casi siempre, el pelo largo y sin recoger y el semblante tímido. Ellos jugaban y yo observaba. Eso era todo. Pero estaba bien, me estaba entreteniendo.

De repente se acercó a mí y supongo que me daría un beso. Tal vez en la mejilla. No recuerdo exactamente eso. Se colocó a mi lado porque no le tocaba jugar y observó a la chica que estaba jugando en ese momento. La miraba esperando a que yo interceptara esa mirada, aunque yo no iba a decir nada. Los ojos eran libres, hasta donde yo sabía.

- Tú eres más guapa... Pero ella tiene mejor cuerpo. Está más buena.

Me giré y lo miré con el rostro entre la vergüenza y la interrogación. Esa es una de las cosas que nunca me perdonaré: que me avergonzara. De mi cuerpo, de mi ropa ancha, de mi cara lavada, de mi estómago cayendo en picado. De mí misma.

No dije nada. Creo. Mis palabras no las recuerdo bien. Conociéndome durante esos años, seguramente no dije nada.

- Ay... - dijo con una sonrisa enorme porque al parecer era lo que le inspiraba ese sentimiento de superioridad-. Qué buena vas a estar cuando des el estirón, Elena.

Y se fue porque le tocaba jugar, mientras le miraba el escote a aquella chica.

A día de hoy, todavía no puedo considerar que haya dado ese estirón que según él iba a trasladarme a ser una chica de 1.65 que pesara 50 kilos, con buen pecho y el vientre plano. Pero al menos ahora me quiero un poco más.

jueves, 29 de mayo de 2014

Telón.

Había un regusto amargo en el ambiente. A pesar de que amábamos ese ritual más que a nada en esos tiempos, esa vez era diferente. Era la última. Y nuestras ganas, los meses previos, se habían repartido a partes iguales entre que llegara ese día y que no nos asaltara jamás. ¿Cómo podía terminarse algo que nos había hecho tan felices?

No sólo por la euforia clave de los días señalados. Aprendimos. Dejando el arte a un lado, aprendimos a ser una piña, a apoyarnos, disfrutar juntos y complementarnos de una manera casi perfecta. Nos teníamos los unos a los otros. Tal vez sea que mis recuerdos ahora están nublados, pero no recuerdo una mala palabra, un ápice de envidia o una falta de respeto. Por supuesto que teníamos nuestros momentos. Estrés y nervios que podían acabar con nuestras muecas torcidas, pero siempre sabíamos salir de ahí. Vivimos lo bueno y lo malo juntos, sin imaginarnos por un momento un centímetro por encima del otro. A pesar de que el talento brillaba más en unos que en otros, para nosotros éramos iguales como personas, como compañeros. Sabíamos apreciar ese talento que despuntaba, y también compartíamos la felicidad de sus buenas críticas.

No todo fue fácil. Seis años dieron para muchos momentos buenos pero también malos. Lágrimas frente al espejo del baño escondidos de las exigencias feroces que a veces nos brindaba la directora. Pero, cuando eso ocurría, cuando alguien abandonaba la sala de ensayo para ir al baño, al minuto exacto alguien aparecía a su lado y lo abrazaba. 

Siempre encontramos comprensión en el otro, siempre contamos con el otro, siempre supimos que nosotros no éramos nada sin el otro. Todos éramos columnas de un mismo proyecto. Podría decir, cuatro años después, que nuestros corazones latían a la vez. O al menos así lo sentí yo.

Los días de función, ese ritual... Juntarnos, desconectar de los estudios, comer juntos sin prisas, que nos entraran las prisas a todos a la vez y de repente, reírnos, sentirnos. Para luego mutar en apenas segundos cuando las luces y la música se apagaban y se abría el telón.

Aquella vez había amargura en el ambiente antes y después del telón. Una hora antes, había gente haciendo fila para vernos. Se colgó el cartel de aforo completo mientras todavía había gente aguardando a entrar. Cuando sonó la última nota de música y explotó en el público un aplauso revitalizador, Claudia rompió a llorar. En la grabación de ese final se ve cómo su rostro cambia en un segundo y llora. Porque era la última. Y todos lo sabíamos. Por eso la sentimos más que nunca y aún hoy lo recordamos con infinito cariño. Mientras escribo todavía noto en mi piel cada vibración, cada nervio, cada milímetro de ilusión que me cubrió entera. Siento en mis entrañas esa nostalgia absoluta y todavía vive en mí el pensamiento que tuve presente durante todo ese día: no puedo estar triste porque ha sido sencillamente maravilloso.

Me es agradable volver la memoria hacia atrás y acabar aquí. Tal vez fue el fervor adolescente, ser una constante en nuestros años más cruciales, los lazos que allí forjamos, las imágenes de preparar las funciones y vivirlas... Sea lo que sea todavía me hace sonreír. Crecí más como persona y amiga que como actriz. Así aprendí a amar el teatro. Pero también a la gente.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Inspirado en una postal real encontrada en el rastro de Madrid, 
entre millones de recuerdos que la gente vende.


Lemmer, 24 de noviembre de 1953

Querida Alice:

Anoche volví de Brujas. Holanda me recibió con frío y lluvia, pero, como siempre que ocurre, no me importó. El recuerdo de Bélgica me resguardaba de las gotas heladas y la certeza de que algún día vendrás conmigo me mantiene caliente, en el hogar.

Aquí cuando digo tu nombre todo el mundo acaba llamándote Alice, por eso te llamo así. Mi compañero de cuarto está cansado de oírte a través de mis labios pero he conseguido que se muera de ganas de verte. No sé si llegarás a conocerlo, marchará pronto, en cuanto pueda moverse e irse a Alemania, donde espera reunirse con su esposa y sus hijos. Ojalá puedas conocerlo.

Pienso mucho en ti, Alice, y también pienso en preguntarte cómo irán las cosas por Madrid. Pero luego me digo "¿para qué?", si yo lo que quiero es que te olvides de España y vengas conmigo. Creo que esto te encantará. Podrás sacar muchas fotografías y estoy seguro de que encontraremos un aparato de fotos que puedas manejas con más facilidad que aquel cacharro que encontraste con tu padre ese día. Aquí encontraremos algo mejor.

Sigue lloviendo, Alice. Pero en el sonido amortiguado en el cristal puedo encontrarte. Me acuerdo de cómo mirábamos llover desde la cafetería de siempre y si acompaño el recuerdo de café puedo sentir tus risas y tus apretones de manos a escondidas. ¿Sigues yendo ahí? Ya sé que me dijiste que se te hacía doloroso, pero me gustaría que fueras, que fueras y sintieras que seguimos ahí, apurando el café frío y viendo a la gente pasar. Esa gente que decíamos que jamás sabría de nosotros, y mucho menos que la estábamos mirando. ¿Te acuerdas? Cada vez que te recuerdo riendo se me hace imposible sentirme desgraciado.

Pronto cumpliré seis meses en la fábrica. Pronto será el momento y podré enseñarte todo esto. También podré enseñarte Brujas. Y aprenderás a montar en bicicleta. ¡No puedo esperar a tenerte aquí!

Espero que por allí tengáis un poco más de sol. Yo aquí ya tengo el mío.

Te quiero, Alicia.

                                           Francisco Javier 

PD: Te he comprado chocolate. Intentaré mandártelo con esta carta.

lunes, 13 de enero de 2014

Hace ya demasiados años conocí a Ángel González. No sé adónde iría, pero el caso es que él estaba apoyado en el cristal del autobús. Fue el primer poema que le conocí, en un folio pegado a la ventana con un dibujo que ya no logro ver en la memoria. Recuerdo que me sorprendí por que el ayuntamiento de Zaragoza hiciera algo que promoviera la cultura. Leí el poema y lo guardé. Y aquí sigue. Sigue en parte para hacerme ver cómo depende la percepción de lo que siente uno mismo, así como de cómo es en dicho momento. La mindundi adolescente y enamorada que cogió ese autobús hace años leyó Amor en las palabras de Ángel González. Cómo iba a leer otra cosa, claro, si en aquella época la pobre tenía que amar por dos, ante el pasotismo y la incompetencia del otro. Todos hemos sido jóvenes, muy jóvenes, y todos hemos cometido amargos errores cegados por la ilusión y la mentira. Hoy, sin embargo, leo otras cosas. Más que Amor leo Pasión y Lujuria, Frío, Represión y Soledad. Y me leo a mí. Una Elena de otro tiempo.


Inventario de lugares propicios al amor

Son pocos.     
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia (con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
-sin interés alguno-
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿A dónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.
Ángel González

jueves, 9 de enero de 2014

La escritura me ha dado muchas cosas; algunas buenas, otras no tan buenas, otras engañosas, otras curiosas. Cuando uno escribe para que alguien lo lea suele entusiasmar el hecho de que alguien responda que el texto le ha ayudado o se ha sentido identificado. Pero lo que nunca podría haberme imaginado es que la escritura me iba a dar unas palabras de aliento de alguien que se hizo llamar, sencillamente, Anónimo. Entonces se convirtió en El Anónimo de mi espacio. Meses después dirigí unas palabras exclusivamente a él, con la esperanza vaga -porque era poco probable-, de que me leyera y lograra saber quién era.

La magia existe y por eso acabé conociéndolo. A El Anónimo de mi espacio. Y años después he reído y llorado con él, se me ha cargado a la espalda en muchas ocasiones, le he dibujado, he compartido cafés, sonrisas y cervezas, nos hemos distanciado, pero... Pero siempre vuelve. Siempre volvemos.

Por eso quería interrumpir la línea habitual que sigue este espacio. Porque fue a través de la palabra como te encontré (aunque más bien me encontraste tú a mí) y vas a estar siempre ligado a ella, de una manera u otra.

Felices 24, Anónimo -amigo- de mi espacio. Esta sonrisa es tuya (aunque es infinitamente mejor tu sonrisa de payaso).


sábado, 20 de julio de 2013

A veces nos comportamos como auténticas idiotas. Nos dejamos insultar, presionar, intimidar; dejamos que hablen despectivamente de nuestro cuerpo, nuestros hábitos, de todos los estereotipos que nos crucifican. Parece que nos tengamos que sentir mal si expresamos nuestro derecho a que nos respeten y respeten, sobre todo, nuestra condición de mujeres.

Para mí resulta muy duro mirar atrás y ver cómo me han manipulado, cómo me han controlado desde la más paleta obsesión, cómo se han aprovechado de mí o cómo me han considerado débil una, y otra, y otra, y otra vez. Sólo porque parece que ser mujer significa cargar con un halo de debilidad contra el que debes luchar para que todos se enteren o el cual debes aceptar, sumisa.

No. El verdadero problema es que no debe existir esa creencia en torno a que todas portamos la debilidad sólo por ser mujeres.

Sí, me he sentido insultada, he notado cómo se aprovechaban de mí, cómo para muchos no era más que sexo y cómo aquellos pensaban que yo debía saberlo y yo debía actuar en consecuencia. Pero lo lamentable no es eso, porque desgraciadamente ocurre a diario. Lo verdaderamente hiriente es que muchas de nosotras, aquejadas de la más cruel presión social que existe, hemos creído que debíamos aguantarlo. Por eso nos comportamos como auténticas idiotas. Y ahora, a pesar de no ser más que una mindundi a la que todavía le quedan muchas experiencias y conocer muchas personas con las que enrabietarse, solamente puedo ofrecer una certeza. 

No tenemos por qué aguantarlo.

No es nuestro deber creernos sólo un cuerpo, pensar que Sólo ha sido esta vez, creer que el resto de la humanidad tiene derecho a llamarnos gordas, flacas, putas, sosas, secas, y demás lindeces que al final sólo nos relacionan con aquello tan primigenio y que suele sacar a flote nuestros monstruos. El sexo.

No somos sexo. Y por ello tenemos nuestro jodido derecho a enfadarnos con alguien que se comporta como un cerdo, a cantarle las cuarenta, sea nuestra pareja o no, a expresar lo que nos molesta, nos incomoda, nos hace sentir mal, débiles, coaccionadas, asustadas. Porque no somos nada más que personas, con todos los derechos y obligaciones que eso implica. Sin más. 

Sólo siendo conscientes de esto podremos librarnos de todos esos clichés infernales y esa supuesta y falsa debilidad que nos caracteriza y que, en ocasiones, nosotras mismas nos atribuimos.

martes, 28 de agosto de 2012

·14 de marzo de 2010·


Hablan de sueños. De sueños de verdad. De esos que se consiguen. Desde siempre este afán mío por ver cine y todo lo que se le parezca acaba por destruirme cuando pienso que por qué yo no. Desde pequeña. Alimentarme de sueños hechos imágenes que son falsos, pero que a su vez disfrazan el que realizaron todos aquellos actores. Actores o héroes, gente con suerte, valientes, constantes, afortunados. Qué más da. El caso es que esta sensación es maravillosa y por eso me alimento de que un día lo conseguiré yo. Crearla, llevarla a cabo, sentirla. ¿Ilusa? Puede que sí. ¿Sincera, temperamental, dramática y tremendista? También. Pero aunque sea poco a poco y dejándome la sangre voy a intentarlo... Por intentarlo que no quede, ¿no? Eso dicen. Seguro que eso dijeron, o decían, cuando sus padres los llevaban a cástings, o eran ellos, o simplemente tenían una cara perfecta para la imaginación del director. Por intentarlo que no quede. Y por poner toda la sencillez de la que sea capaz en la película más inquietante que pueda hacer nunca, también.


¿La mía? La mía.
Siempre es más agradable cuando tienes una determinación.