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viernes, 29 de febrero de 2008

Cuando nos dijeron que lo primero que pasaría cuando llegáramos al aeropuerto de Bérgamo sería el hecho de que los perros italianos nos olfatearían de arriba a abajo en busca de sustancias estupefacientes, las reacciones fueron muy dispares. Los hubo que se rieron y los hubo que dijeron en voz baja que a ellos les daba verdadero pavor los perros.

Yo, sin poder evitarlo, me vi preguntándome cómo le sentaría a los perros su olor. Ese olor que ya forma parte del mío, que es el mismo, que no es igual. Pues yo el mío lo conozco de sobra. El suyo me sabe más dulce.



Quería dejar constancia del día de hoy. De la marca del bisiesto. Me hacía especial ilusión. Cosas que pasan...

domingo, 10 de febrero de 2008

Escucho su respiración mientras me cuenta que tenía que haber ido a la peluquería. Que ya no hace viajes de esos que hacía antes y que a veces se siente con fuerzas para ir a uno de ellos pero que siempre termina echándose atrás. Yo asiento mientras bebo del zumo que me ha ofrecido y le sonrío siempre que me mira. Intento concentrarme en sus palabras y articular una respuesta coherente y que la satisfaga, pero ha sido un domingo sin serlo y no estoy en lo que tengo que estar.

Con el velo de sus palabras, surco imágenes que se me antojan inventadas, como si aún no fuera capaz de creer que han pasado. Agacho la cabeza para que no me vea reírme sin motivo aparente y vuelvo al salón de su casa, al salón donde crecí jugando a las damas y dibujando, y me centro de nuevo en lo que me dice. Empiezo a pensar que es totalmente imposible prestarle el mínimo de atención que se merece, pero yo sigo incapaz de reprimir las sonrisas que se suceden unas tras otras, susurrándome un nombre que aún está grabado en cada estremecimiento de mi piel. Me pregunta por los estudios y me guiña un ojo cuando me dice, como todos los domingos, que eso yo lo tengo bajo control. Le digo que no siempre y se va dejándome a solas con esas sensaciones que me pellizcan las mejillas. Es increíble, pero creo que aún las tengo sonrojadas. Será que todo el calor robado ha ido a parar allí, justo debajo de los ojos, que siguen brillando...

Vuelve pero, apenas se vuelve a sentar, suena el timbre y tenemos que marcharnos. Mientras nos ponemos el abrigo, me mira y sonríe como casi siempre hace. Me pregunto si habrá intuido que detrás de esas sonrisas idiotas que me invaden se esconde su nieta inexperta y sedienta, pensando una y otra vez que ha sido un domingo con traje de seda y entre sábanas extrañamente ajenas.

sábado, 3 de marzo de 2007

Junto al anochecer

Un sábado distinto.

De esos que recuerdo con cariño, sonriendo al evocarlo.
Porque mientras decenas de grupos subían y bajaban la cuesta del parque para hacer botellón, ahí estábamos nosotros, asomados a un mirador y contemplando como la noche se iba cerrando poco a poco encima de nosotros.
[Foto del paisaje que teníamos delante. Preciosa]

Lamentando que el paisaje estuviera salpicado de grúas y edificios dispares, nos quedamos por un momento en silencio, absorbidos por la imponente y relajante belleza de la poca naturaleza que teníamos a nuestro alcance.
Unos cuantos pinos, y carretera.
Pero ese cielo...
Con ese cielo se podía disculpar todo.

Soy una sensiblona, lo sé. Pero me es irresistible.

Así que, aprovechando la situación, saqué un viejo céntimo de mi bolso y lo fui posando en los labios de todo aquel que quisiera.
"Pide un deseo..."
Y lo han pedido.

Después, he tirado el céntimo todo lo lejos que he podido. Una monedita sin valor para algunos, pero con mucho valor para mí.
Cayó ladera abajo conteniendo los deseos [menos el mío, que me he abstenido de pedir nada], encerrando un secreto que solamente él sabrá.
Espero que no se cumpla lo que ha dicho Álex [mientras ambos pensábamos en pensamientos] y no sea comido por un zorro.



Así que cuando la magia del momento se había consumido, tuvimos que abandonar ese emblemático mirador, al que, seguramente, cada vez que nos acerquecemos rememoraremos ese momento.
Y ese cielo. Esa compañía.



Gracias por ese sábado distinto. La mejor terapia que pudiera necesitar.



***




Gracias, feo. Nuestro vicio.
Por ese encuentro furtivo en el paso de cebra.
¿En serio es quien creo que es?

...Cuando menos te lo esperas.
Espero que se repita, no quiero estar otros seis meses sin verte.





Me enfrento al cruel y despiadado domingo, ¿por qué me gustarán tan poco?