Mostrando entradas con la etiqueta Proyectos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Proyectos. Mostrar todas las entradas

sábado, 31 de diciembre de 2016

Paterson.

Algunos podrían decir que en Paterson no ocurre nada y, es más, que a Paterson no le ocurre nada, pero esa sería la visión de la vida que cada vez me da más y más pereza. Paterson es uno de esos documentos maravillosos que retratan la magia de lo cotidiano y lo extraordinario de lo que comúnmente tachamos de ordinario. De todo eso que metemos en el saco de lo "normal".

Paterson me recordó que cada vez me gusta más el presente y me encanta dejar el pasado en el pasado. Durante años fui una persona que se aferraba con uñas y dientes a lo que se estaba marchando; sin embargo, desde hace un tiempo tengo la suerte de saber dejar marchar aquello que tiene que irse, sin que eso suponga dejar de disfrutarlo o lamentar que desaparezca.

Ha sido un año de avanzar en muchos sentidos. Si miro atrás compruebo que no me he detenido en ningún tropiezo, y que he seguido cultivando esa calma sanadora a la que llevo años dedicándole muchísimas horas. Ha sido un año de recuperar equilibrios y disfrutar del tiempo como nunca, de sacarle punta a los malos momentos para que ninguno se extendiera más de lo necesario y de pensar muchísimo en silencio y mantener conversaciones tan interesantes que me han recordado, y me recuerdan, lo afortunada que soy por contar con mentes tan brillantes en mi vida.

Han sido doce meses de una paz que no habría creído hace más de un año, de sobriedad y madrugadas eternas, de palabras y risas, de aprendizaje y nuevos retos. Ha sido un año para darme cuenta de que tengo que aprender a enorgullecerme más de mis logros, pero he de decir, pudiendo caer en lo pretencioso, que no hay día que no me alegre de la persona en la que me estoy convirtiendo, y eso se traduce en una fuerza tan imprescindible que me mantiene cuerda y contenta, feliz de mi normalidad, de mis días, todos, sin excepción.

He visto nacer proyectos, propios, salidos directamente de mí, que me han calentado tantísimo las entrañas que, aunque a veces sea tentador caer en la desidia, me han demostrado que no quiero una vida que no esté unida a la creación, de la manera que sea. Lo contrario a la guerra no es la paz, es la creación. Crear me recuerda quién soy, me mantiene pegada al suelo y me susurra por qué estoy aquí y cuáles tienen que ser mis siguientes pasos. Ha sido un año de empezar a abandonar los miedos y las barreras autoimpuestas, de exploración y de descubrir que todavía queda muchísimo de mí que no conozco. Que el camino apenas está empezando.

Nunca me había gustado tanto seguir adelante. Evolucionar. Simplemente, seguir caminando, sin saltarme ningún paso, incluso cuando eso supone dudar del último trecho recorrido.

Ha sido el año de conocer por fin Escocia, de volver a mi Irlanda firme, de tantas despedidas que ya no las puedo ni contar. De quedarme, una vez más; de decisiones y hogar, hogares, personas únicas que conforman mi atlas vital, cada vez más amplio y ocupado por almas valientes y honestas.

El encanto de la normalidad y la perfección de la sencillez son combinaciones de palabras que cada vez me atrapan con más fuerza. Como un conductor de autobuses urbanos que escribe poesía en sus ratos libres sin ninguna pretensión de publicarlos. Como volver a tu casa después de un día largo y que te estén esperando. Como escribir, por la mañana, muy temprano, antes de que empiece tu turno.

Esos momentos, esos detalles del presente, esa magia casi palpable. Algunos podrían decir que no ocurre nada, que no me ocurre nada, pero esa sería la visión de la vida que cada vez me da más y más pereza. No sabéis cuánto.

Paterson


domingo, 11 de diciembre de 2016

Houses, sobre Pablo (I)

Cuando Pablo giró la llave en la cerradura el sonido le pareció extraño y aterrador. No lo reconoció. Se sintió como si fuera la primera vez que entraba a esa casa; casi un intruso. Empujó la puerta y accedió a la estancia.

Casi le asustaba el hecho de no sentirse destrozado. En momentos en los que no pudo evitar que sus defensas cayeran, había imaginado ese instante decenas de veces, y siempre se adivinaba hecho trizas. Sin embargo, si se concentraba en sus adentros sólo alcanzaba a distinguir órganos y sangre, también algo de hueso y músculo. Piel, protegiéndolo todo. Más allá de todo aquello no hallaba nada en su cavidad interna. No había emociones ni lamentos. Sólo su cuerpo cumpliendo las leyes de la biología, como cada día.

Estaba rodeado de recuerdos en forma de fotografías, muebles, prendas de ropa olvidadas y pequeños signos de las huellas de la irrepetible vida rutinaria. Dejó las llaves en la mesita de la entrada -volvió a no reconocer el sonido-, justo al lado de una crema hidratante que habían olvidado meter en la bolsa de viaje.

Se sentó en el sofá como un autómata y, al pasar la mirada por el televisor apagado, pensó en las películas. Recordó esas escenas que alguna vez había visto en las que un personaje llamaba una y otra vez a su pareja sólo para escuchar su voz grabada en el contestador. Pero era una tontería. Marta ni siquiera había grabado uno de aquellos mensajes; cuando marcabas su número, aparecía la nota de voz de la compañía telefónica de turno. Nada más.

Pero tampoco hacía falta. Cogió su teléfono móvil y, sin desbloquearlo, repasó mentalmente todas las imágenes que había en él, cientos de fragmentos robados al tiempo donde el rostro y la voz de Marta seguían vivos. Dudó pero no desbloqueó el dispositivo; lo dejó encima del sofá, y confió en olvidar que existía.

Escuchaba sus latidos, como un recordatorio de que seguía vivo. Se sentía agotado hasta los huesos, cansado incluso de sentirse vacío. ¿Dónde estaban todas esas lágrimas que se había tragado durante meses confiando en que aparecerían cuando todo hubiera pasado? Menuda gilipollez.

¿Iba a existir de verdad un día en el que todo hubiera pasado? Le parecía imposible. Hay cosas que no pasan jamás; simplemente se quedan, forman parte de nosotros y nunca se marchan. Como ese vacío que se extendía desde sus clavículas hasta su estómago, como un disparo de escopeta certero y macabro. Se tocó el pecho: pudo notar los bordes de piel quemados y sin curar. Se sintió capaz de pasar su brazo por ese hueco y sacarlo por la espalda.

Ni siquiera sabía si se iba a quedar en esa casa. Por una parte, se negaba a abandonar el fuerte donde había comenzado a construir su vida; por otra, cada rincón le hablaba del tono de voz de Marta y eso provocaba que se resintieran todas sus costuras. En ese sofá vieron cientos de series; en esa esquina él siempre se dormía; en la habitación hablaron de ser padres millones de veces; en esa cocina fue donde Marta se desvaneció por primera vez...

El timbre sonó sacándolo de ese peligroso bucle de remembranzas. Se levantó sin entender cómo y fue a la puerta, sin saber si iba a abrirla o no. De hecho, se quedó a un metro, observándola y creyendo de veras que en el umbral iba a aparecer ella.

¿Cómo iba a seguir adelante con tantos fantasmas tirando de su espalda?

Escuchó una voz conocida, desde el rellano.

- Pablo, ábreme.

La voz de Alberto volvió a sonar extraña y aterradora. Sus nudillos resonaron en la puerta, insistentes y casi feroces, y una fuerza ajena le empujó a rodear el pomo con la mano y abrir la puerta. El rostro de su amigo le saludó destilando preocupación.

- Pablo...

Él no respondió. No encontró absolutamente nada en su interior que le sirviera para juntar unas sílabas que merecieran la pena. Se quedó mirando a Alberto, lleno de una vida que en ese momento rechazaba. Seguía escuchando el sonido ensordecedor de sus latidos.

Alberto dio un par de pasos hacia adelante. Llevaba un abrigo negro elegante colgado del brazo, y le hizo un gesto para indicarle que se lo había olvidado. Pablo cayó en la cuenta y de repente comprendió que se había dejado el abrigo en el cementerio.

- ¿Para qué lo quiero? -dijo, con una voz seca y fría.
- ¿Cómo? -le preguntó Alberto.

Pablo cogió la prenda de vestir y se abrazó a ella. Creyó reconocer en ese abrigo los olores de los últimos recuerdos de una Marta ya sin vida y sus hombros empezaron a convulsionarse; primero con lentitud, a los segundos con violencia.

- ¿Qué hago ahora, Alberto? ¿Qué puedo... qué puedo hacer?

Alberto no dijo nada, porque no conocía esa respuesta. Así que hizo lo único que sentía que podía hacer: avanzó con firmeza y rodeó a su amigo con los brazos, asegurándose de que no se zafara como todas las veces en las que había intentado el mismo movimiento. Pero Pablo se dejó abrazar. Soltó el abrigo, que cayó a sus pies, y de repente se dio cuenta de que tenía muchísimo frío. Se sintió estúpido allí plantado, en esa casa que ya no sentía como suya, y pensó en qué habría dicho Marta si lo hubiera visto así.

Entre nieblas, la vio sonriéndole, e incluso le pareció escuchar el sonido de su risa.

Entonces se dejó ir. Dejó que su cuerpo cediera y se apoyara en Alberto, y empezó a llorar.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

"Good. I love impossible things. I try to do at least one each year."

¿Cómo no me voy a enamorar de él?

Cuando Alberto se deja guiar por la música se convierte en otro tipo de criatura, en un ser cuya esencia se mezcla con las armonías que salen directamente de su sangre. Cuando se trata de él, siempre me viene a la mente un verso de Federico García Lorca que nunca podré olvidar porque me habla precisamente de Alberto.
“Oye mi sangre rota en los violines.”
Así es su música. Indescifrable y necesaria, indómita y generosa. Exactamente como él.
En cada melodía que sale de sus manos, va un trozo de sí mismo, una porción palpitante de su alma. Con su música Alberto completa todos los enunciados que no termina con las palabras. Para entenderlo a él, hay que entender su pasión por este arte.
Cuando termina la canción, salgo de mi estado cercano a la catarsis y decido marcharme antes de que me descubra espiándole desde el umbral de la puerta. Ese momento es solamente suyo, así que es justo que siga así, sin interrupciones de ningún tipo. Me doy la vuelta y enfilo hacia mi cuarto, en el otro extremo del pasillo.
Antes de entrar, no puedo evitar darme la vuelta y dirigir mis ojos hacia el estudio. A contraluz por la negrura del pasillo y enmarcado por la luz que está encendida adentro, Alberto me mira, en silencio, y de él no emana ni hostilidad, ni desconfianza, ni lejanía. Simplemente me mira, con esa intensidad que siempre he creído que sólo percibían mis latidos. Le sostengo la mirada, sin sentir culpabilidad por primera vez en todo el viaje.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Creation?

Me acuesto y me levanto pensando en Mónica, Aitana, Alberto, Marta y Pablo. Cuando pienso que no soy capaz de darles más vida, de repente veo a Aitana afinando la guitarra de Alberto o a Pablo desmoronándose delante de Mónica. Estoy parada y me asaltan, los veo en mi cabeza, tienen vida propia y las escenas pasan ante mí para que las alcance y les ponga palabras.

Anoche le dije a un amigo sin pensarlo cuál era mi vocación. Me quedé unos segundos en silencio, dándole vueltas a algo: pues resulta que sí tengo vocación. ¿La tengo? No lo sé. ¿Cómo se sabe algo así? Puede que la tenga.

martes, 15 de noviembre de 2016

Sobre Alberto (II) y Mónica (I)

(...)

Una queja de la guitarra me saca de la película hecha de recuerdos que estoy viendo en mi cabeza. Pasó hace años, pero parece que hubiera sido ayer. Es increíble cómo en apenas unos segundos pueden cambiar la visión que tenemos de alguien. Puede que una luz débil ilumine unos ojos en los que no nos habíamos fijado antes o una canción nos haga conectar con alguien de una manera insospechada. A menudo acudo a esa remembranza musical y me pregunto si el paso de los años habrá distorsionado la imagen que tengo de Alberto mirándome con fuego en las pupilas. Quizás no ocurrió así. Quizás mi mente lo ha exagerado. No puedo saberlo, pero sí puedo contar con todo lo que ha pasado desde entonces y eso me hace darme cuenta de que me he prometido que tenía que enfocar una conversación pendiente.

Sin embargo, antes de que abra la boca Alberto me roba un trozo de manta y toma la palabra:

- Dicen que la luna que se ve esta noche no se ve desde hace setenta años -me dice, con la vista fija en el astro argentado.
- ¿En serio? -. Lo imito.
- Sí, eso he leído. ¿No te has fijado en las mareas? También les afecta. La próxima creo que será en casi cuarenta años. Podríamos haberla visto todos juntos, supongo.

No respondo. Pienso en que no hace falta que haya una luna inusualmente gigante para que un momento sea único pero que, en cambio, solemos necesitar un detalle así para tomar consciencia de ello. Miro a mi amigo y ordeno las palabras en mi cabeza.

- Siento muchísimo todo. De verdad -. Vaya. Me había preparado una pequeña introducción del tema, una estructura deductiva, y abro la bocaza y lo suelto todo a bocajarro y sin anestesia. Así que, para disimularlo o para terminar de firmar mi suicidio verbal, sigo hablando. - No sé muy bien qué decirte. Sólo sé que estás aquí, y yo estoy aquí, y siento algo raro, que no sé si soy yo, o tú también lo piensas, pero al final de todo acabo pensando que no te mereces lo que hice, o al menos las formas en las que lo hice y, en fin, creo que me estoy liando y que me voy a callar…

Hay dos datos que estimulan mi curiosidad: uno es que conforme hablaba he ido despojándome de mis nervios, y no al revés, y otro es que Alberto vuelve a tener esa expresión serena y enigmática con la que siempre irrumpe en mis recuerdos.

- ¿Todavía sigues con el tío ese?
- ¿Qué? -. La pregunta me pilla con la guardia baja.
- Con el de tu trabajo. Juan, o Jon, o algo así. ¿Sigues con él?
- No… ¿Por qué? - Y matizo-: No volví con él.
- Por saber. Pensaba que seguirías con él.

Miro al suelo intentando asimilar esas tres frases. ¿Qué está pasando? Siento que Alberto está asaltando mi intimidad como si tuviera el derecho de poder hacerlo. Y nadie lo tiene. Lo propio es nuestro, y es nuestra elección si lo compartimos o no. Siento que la piel de las palmas de las manos me chisporrotea, y comienzo a enfurecerme.

- ¿Es un reproche? -le pregunto.
- Tómatelo como quieras.
- Qué genial…

Supongo que para Alberto es justo. Que piensa que es su momento de desquitarse, que tiene derecho a echarme un poquito de sal en las heridas porque yo hice lo mismo hace meses. Transcurren unos minutos en silencio, con el sonido casi mecánico de las olas de fondo.

- Mira, Mónica: perdona. En serio. Ha sido una salida de tono y no soy un crío, ya no debería hacer esas cosas.

Pongo todo mi empeño en dulcificar el gesto a pesar de que, si fuera posible, ahora mismo estaría saliendo humo de mis dos orejas.

- Ya, gracias… Intento comprenderte, sé que me porté mal, pero no, no sigo con Juan. No he vuelto a verlo y mejor así.

Algo se retuerce en mi pecho, entre las clavículas y el estómago. Acuden veloces imágenes a mi mente y quiero desterrarlas para siempre, meterlas en una caja de cartón y colocarlas en la última balda de la estantería de mi memoria. Pero todavía no puedo. Han pasado meses sin saber nada de Juan y, aun así, el eco de sus gritos sigue despertándome algunas noches. Si me descuido, las cicatrices todavía me supuran angustia, y tengo que evitarlo. Tardé demasiado en conseguir que las heridas se cerraran.

- Sé que te hizo mucho daño y ha sido un gesto muy sucio por mi parte. Lo siento. - añade Alberto.
- No pasa nada.
- Aquella noche, sin más, pensé que ibas a quedarte. Y me desperté y ya no estabas, Monique, y aunque en el fondo sabía que eso iba a ocurrir me sentí imbécil por aferrarme a la idea de que por fin te quedarías. ¿Me entiendes?
- Claro que te entiendo, Alberto. Lo peor de todo…

No sé cómo decirlo con tacto. ¿Se puede decir con tacto una verdad tan horrible, no obstante?

- ¿Qué?
- Pues que lo peor es que yo ya sabía que te ibas a sentir así. Y me fui. Como siempre, que acabo escabulléndome por la puerta de atrás.

Más mar yendo y viniendo. Más saliva atravesando el nudo de mi garganta. Creo que tengo una sobredosis aguda de emociones.

- Ya, también lo sé -contesta Alberto, al cabo de un rato.

Me vuelvo a mirarlo para terminar de afrontar la situación pero él rehuye mi mirada. Como réplica, se desenrolla de la manta y me la posa sobre las piernas, antes de levantarse y sacudirse la arena de las piernas.

- Voy a dar un paseo. Te veo mañana.
- Hasta mañana -le digo, queriendo que se quede. No me quiero quedar sola conmigo en estos momentos.

Apenas ha dado unos pasos cuando deshace su camino y vuelve a donde estoy sentada. Pienso que va a coger su guitarra, que reposa todavía a mi lado. Sin embargo, se queda de pie mirándome y yo le sostengo el gesto desde abajo, turbada.

- De todas formas, si hubieras vuelto habría dejado que te quedaras.

Patapúm. Si me quedaba vivo algún tipo de esquema, acaba de precipitarse junto a los otros contra el suelo. Percibo que Alberto se aleja y entierro la cara entre las manos luchando por asimilar todos los datos y situaciones que se han desarrollado en esas intensas últimas horas. Tengo ganas de correr detrás de él y abrazarme a su espalda como si no fuera a pasar el tiempo pero, ¿para qué? Sería cobarde e infantil; no puedo decir qué querría hacer después y esa es la injusticia que he venido repitiendo siempre.

Cuando me incorporo, Alberto no es más que una mota contra la línea del horizonte. Me he quedado helada y decido levantarme. A mi lado, todavía, está el instrumento que ha presenciado toda la conversación en silencio.

Me levanto y me llevo la guitarra de Alberto conmigo. No me doy cuenta hasta ese preciso momento de que yo también quiero protegerla, aunque no sea mía.

(...)

lunes, 7 de noviembre de 2016

Not this month.

"One more habit: if someone asks you to do something during your writing time, say no. Protect your writing time at all costs. If this is something you’ve wanted to do for years, chances are there’s a part of you that feels like a friend who gets ditched every time. That part of you is waiting to do this. They are also afraid you’ll ditch. Don’t do it. Not this month. Show up and write."*
(Alexander Chee)

Mensajes que te dan la vida y que te hacen pensar que los madrugones merecen la pena. El camino está ahí, esperando a que uno se decida a enfrentarlo.

*Un hábito más: si alguien te dice de hacer algo durante tu tiempo de escritura, di que no. Protege tu tiempo de escritura a toda costa. Si esto es algo que has querido hacer durante años, lo más probable es que haya una parte de ti que se siente como un amigo que siempre abandona. Esa parte de ti está esperando hacer esto. También tienen miedo de que abandones. No lo hagas. No este mes. Mantente ahí y escribe

sábado, 8 de octubre de 2016

Candados.

(...)

Ella le da una larga calada a su cigarro.

ELLA: Yo en teoría no fumo, pero...

Él espera.

ELLA: La verdad es que tienes un poquito de razón. Pero sólo un poquito.
ÉL: ¿En qué? ¿En que fumar mata? Eso lo dicen las cajetillas de tabaco.

Ella lo mira. Sonríe.

ELLA: No, comotellames. Me refiero a toda esta mierda, a todo este numerito de querer reventar el puto candado del puto puente. Pero qué le voy a hacer, me va mucho el drama, y por no reventarlo a él...

Ahora sonríe Él.

ÉL: Bueno, no sé. A mí me has hecho gracia, verte gritando ahí, tirando de uno de los barrotes del puente. Joder, no me mires así, ha sido bueno.

Ella acaba su cigarro.

ELLA: Gracias. Supongo.

Ella y Él miran la ciudad encendida que se presta a sus ojos en esa noche de otoño. Guardan silencio, uno al lado del otro. Dos desconocidos observando la sombra imponente de la Basílica del Pilar de madrugada, apoyadas sus espaldas en el Puente de Santiago.

ELLA: ¿Y tú? ¿Qué hacías en este puente? ¿También te han roto el corazón?

Él vuelve a sonreír. Enigmático. Tierno. Distante. Abstraído en algo que Ella ni siquiera puede rozar con los dedos.

ÉL: Más o menos.
ELLA: ¿Más o menos?
ÉL: Sí. Más porque sí tengo el corazón roto; menos porque no ha sido nadie. Me lo he hecho yo mismo.

Ella no entiende. Quiere preguntar, pero no quiere. Sabe que no es el momento de las preguntas y, por un momento, lleva sus impulsos en silencio. Es agradable estar ahí, después de todo.

ÉL: Tolerar que nos destruyan es horrible. Pero es mucho peor destruirnos a nosotros mismos.

Él se vuelve y la mira. Sonríe triste, muy triste, y Ella cree comprender pero no quiere comprender lo que está creyendo.

ÉL: ¿No es increíble estar aquí en el momento exacto en el que se apagan las luces del Pilar? Parece que así es como si la ciudad pudiera irse a dormir.
ELLA: Nunca me había fijado en que esto ocurría.

Él comprende. Y pone el cuerpo en tensión para levantarse y marcharse.

ÉL: Sí, pequeña loca de los candados, estaba aquí porque hoy había decidido tirarme. Pero entonces has aparecido tú gritando. Y sí, era una tontería...

(...)

martes, 20 de septiembre de 2016

Sobre Alberto (I)

Fue la noche que lo vi versionar el Hallelujah, de Jeff Buckley. Habíamos acudido todos al bar para ver a Alberto tocar, pero la verdad es que yo nunca lo había escuchado como aquel día.

Con los primeros acordes se me despertaron las comisuras de los labios porque era una de mis canciones favoritas, y él lo sabía. Comencé a agradecérselo atendiendo con dulzura a su actuación cuando en las primeras frases estoy segura de que se me heló el rostro. Jamás lo había visto así. Ni escuchado. Ni... sentido. Yo no podía despegar los ojos de su figura encorvada sobre el micrófono mientras él acariciaba con cuidado su guitarra y yo iba sintiendo en mi estómago un fuego desconocido que me subía hasta el pecho para explotar en cientos de rayos eléctricos.

El primer hallelujah me puso los pelos de punta. De alguna manera, supe que algo había cambiado para mí.

Sin embargo, como si tuviera el cerebro dividido en dos, escuchaba una voz en mi cabeza que insistía en que era el Alberto de siempre, que si estaba idiota. Y yo la atendía perfectamente pero, a la vez, no podía dejar de mirarlo. Miraba su boca moviéndose, sus brazos sujetando la guitarra, su pie siguiendo el ritmo suavemente, su respiración agitada. 

En un momento de la canción, más o menos a la mitad, Alberto me atravesó con sus pupilas enmarcadas en gris y no las volvió a mover. Me miraba y yo notaba que comenzaba a brotar en mí un sentimiento incómodo de culpabilidad que tenía que ver con la chica que estaba sentada un par de mesas por delante de mí: su novia. Yo tampoco me moví.

Alberto siguió cantando mientras parecía que me cantaba, y sentí una paz que pocas veces he vuelto a conocer. A pesar de la tristeza implícita en el tema, su guitarra y su voz actuaban como un bálsamo que me estaba haciendo creer que todo iba a ir bien. Recuerdo que se me encharcó la mirada, y que todos se sorprendieron. Ni siquiera lloro con los dramones con los que llora todo el mundo. Pero esa noche sí lloré.

Cuando terminó de cantar me agité como cuando estás a punto de dormir y sueñas van a atropellarte, o a caer por un precipicio. De alguna forma, yo me había dejado caer ya en ese abismo. Y cuando el efecto se fue con la música, Alberto dedicó al público un tímido gracias y besó a su novia, que lo rehuyó, visiblemente molesta.

Se sentó a su lado y se volvió para brindar con nosotros. Cogí mi cerveza y entre los choques de las jarras y las copas de cristal nuestros ojos volvieron a encontrarse y me sonrió con esa sonrisa tan suya que lo hacía serio, misterioso y desafiante. 

Creo que ese fue el momento en el que todo empezó.

M.


martes, 30 de junio de 2015

- ¿Crees que esto cambiará alguna vez, abuela?

Marzul miró a su nieta, y se sintió tentada de acariciarle el cabello, pero supo que Ictria ya era demasiado mayor para esas muestras de cariño que, por lo general, solían estar reservadas a las abuelas y a sus nietas más pequeñas.

- Ictria...
- ¿Qué?

La joven la miró, con sus ojos grandes e inquietos. En sus pupilas había una ligera señal de desprecio, el signo del rencor que la chica iba acumulando conforme pasaban los días y aumentaba su sensación de insatisfacción. Su abuela sabía reconocerlo, pero no había nada que pudieran hacer. Excepto mantenerse a salvo.

- Esto es lo que nos ha tocado vivir. ¿Por qué debería cambiar?

Ictria desvió la mirada, descontenta con la respuesta de su abuela de sangre. No podía evitar que latiera en su interior cierta rabia; así se había sentido desde que le alcanzaba la memoria. Era un sentimiento que no se iría de su pecho hasta que se sintiera libre. Pero, ¿libre cómo? ¿Cómo se podía ser libre en un mundo en el que nacían condenadas a esconderse, aunque sólo pareciera importarle a ella?

La anciana sabía que no le quedaba mucho tiempo. Lo presentía en el aire que quemaba sus pulmones cada mañana, y la idea de dejar a su nieta la apenaba más que cualquier otra cosa. Ictria necesitaba una guía, o se desviaría de una manera que podía resultar mortal. Marzul había vivido ya más de lo que las habitantes de los subsuelos solían durar, y en cierta medida se sentía preparada para cerrar los ojos y dejar de sentirte en tensión. Como si fueran a atraparla en cualquier momento. A ella, y a todas las demás.

Desvió esos pensamientos que tan poco ayudaban a las arrugas de su alma, y volvió a concentrarse en su nieta. En sus adentros más íntimos, la entendía. Marzul apenas recordaba cómo se sentía cuando la luz del sol impactaba en su piel y nublaba su visión, pero al menos era una de las afortunadas que habían conocido ese recuerdo. Su nieta, sin embargo, había pasado cada uno de sus días en los subsuelos y, aunque eso era una buena señal, porque significaba que seguía viva, podía comprender su frustración. Ictria había nacido con unas inusuales ganas de conocer y descubrir. Esas ansias, compaginadas con una vida de confinamiento para sobrevivir, le producían a su nieta una existencia desagradable e incompleta. Pero, de nuevo, apenas había nada que pudieran hacer si querían seguir con vida.

- Tal vez, si mejoras tu instrucción, podrías unirte a las cazadoras de víveres en cuanto estuvieras preparada. Como tu madre... -le propuso su abuela, sabiendo que la chica rechazaría esa opción, porque siempre lo había hecho.
- No quiero ser una cazadora de víveres. ¡Cazadoras de víveres! Sólo el nombre es estúpido.
- ¡Ictria!
- ¿Qué, abuela? Es así. Además...

Su nieta, testaruda y llena de fuego, se frenó poniendo todos sus esfuerzos en controlar su lengua. Su abuela, no obstante, la animó a que continuará hablando.

- Además, ¿qué?
- Son unas cobardes. Como mi madre.

Las dos guardaron silencio después de la última estocada verbal de Ictria. La joven sabía que no debía haberlo dicho delante de Marzul, pero, ¿por qué debía controlarse? Apenas podía dar dos pasos sin que la vigilaran; al menos le quedaba la libertad de sus palabras. Estaba furiosa, y eso es algo que nadie podía arrebatarle.

- Yo no quiero cazar víveres, abuela - añadió a los minutos, dulcificada. 
- Lo sé, Ictria.
- No es eso lo que quiero...
- ¿Y qué quieres? ¿Salir al exterior como si no pasara nada? ¿Quieres que te maten? ¿Que nos maten como asesinaron a nuestras antepasadas y a todas las que no tienen la suerte de seguir aquí, respirando este oxígeno vacío que no deja de ser oxígeno que nos permite seguir viviendo?

Ictria frunció el ceño, dolida por la dureza en la voz de su abuela de sangre. No, no era nada de eso lo que quería. Al menos no directamente.

- No, abuela. Yo quiero cazar hombres. No víveres.

Su abuela se llevó las manos a su frente, resignada y disgustada con la fantasía atroz de la joven. Como siguiera así, la catalogarían como lunática, y se acabaría cualquier atisbo de sueños imposibles.

- Cazar hombres, abuela. ¡Piénsalo! Si son ellos los que nos han hecho esto, los que nos aniquilian... ¡¿Cuándo vamos a empezar a devolvérselo?!

Ictria se levantó, rabiosa. Miró a las alturas, y dio una patada a un trozo de tierra. Allí, escondida en las entrañas de la ciudad, con el sol siendo poco más que una leyenda, siempre era noche cerrada.

martes, 12 de mayo de 2015

Proyectos, I.

- ¿Quieres que vayamos a mi casa?

Marga lo miró, algo sorprendida, y esperó a que él siguiera hablando. Pero Alberto no volvió a abrir la boca, se limitó a mirarla con esos ojos negros que a ella se le antojaban tan profundos y desafiantes, así que al final respondió.

- ¿Estás seguro?
- Claro-dijo él. Aunque no lo estaba.

Marga no sabía mucho del pasado de Alberto. En esos días apenas habían hablando de historias del ayer, se habían centrado en compartir los momentos que estaban viviendo como uno de esos regalos que ya nunca se esperan. Pero sí podía intuir que había tenido problemas en su relación anterior, con una mujer que había vivido con él, en su casa. Por eso la propuesta la dejó algo insegura, preguntándose si Alberto se sentía de alguna manera obligado a abrirle esa parte de sus adentros, pero sin ganas.

- ¿No está un poco lejos? -le sondeó.
- Qué va, he traído la moto.

Sonrió. Y en esos labios curvados Marga adivinó un conato de súplica y de alguna manera supo que Alberto quería que ella conociera su casa. Ese museo del pasado y de la soledad en el que se había convertido su pequeño apartamento. Marga entrelazó sus dedos con los de él, y tiró de él para ponerse en marcha.

Cuando sacó las llaves y las introdujo en la cerradura, lo oyó respirar con fuerza. Estaba nervioso, y Marga sólo quería abrazarlo y decirle que todo iría bien. Pero todavía no habían llegado a esos niveles de confianza, y Alberto seguía siendo, en parte, un desconocido. Cada vez que pensaba en él no podía evitar imaginarlo con el jersey negro de cuello alto con el que lo conoció hacía meses, y embutido en el cual desapareció del taller de escritura pensando ella que jamás volverían a encontrarse. Y allí estaba, dejando que sus dedos se aventuraran por su barba cuidada, que le daba un tono más joven, aunque fuera extraño, y permitiéndose el privilegio de mirarlo fijamente a los ojos y quedarse en silencio adivinando qué se escondería detrás de aquel hombre de 36 años que parecía tan reticente a conocerla pero que no quería dejar de conocerla. ¿La soledad puede ser acaso autoimpuesta? Ella se dijo que no volvería a amar, y así había sido. Sin embargo, Alberto le presentaba un reto, un pozo enigmático en el que quería zambullirse sin salvavidas. La idea la asustaba; no quería sufrir. Pero, al mismo tiempo, la curaba; quería querer.

Alberto abrió la puerta y Marga sintió que estaba invadiendo un espacio de su intimidad que pocos habían conocido antes. Su apartamento, pequeño y diáfano, con una humilde cocina americana y una estantería llena de libros y películas que separaba la cama de la pequeña sala de estar, le habló de compromiso. Pero también de un corazón roto, de espacios vacíos y densos silencios llenos de angustia.

- Tienes una cama de matrimonio. ¡Qué suerte! Yo siempre he querido...

Marga se frenó. Vio cómo cambió el semblante de Alberto y supo que había metido la pata. ¿En qué?

- Alberto -lo cogió de la mano de nuevo-. No quiero decir que quiera invadirte, sólo comentaba, no sé, era por decir algo... Me gusta cómo tienes esto.

Él sonrió con esa amargura que parecía inherente a él, y acercó su nariz a su pelo como había hecho cuando se reencontraron en el tren de cercanías. Ella sintió esa calidez extendiéndose por todo su ser y cerró los ojos sin prisa, sólo quedándose con el momento.

- Quería hacer esto-dijo él.

Ella asintió, y esperó. No quería agobiarlo, quería que él marcara la parte del camino de sus entrañas que ella pudiera recorrer. Quería reparar esa amargura, volverla vacío con sus manos, darle brillo a esos ojos negros que prometían tanto y contaban haber sufrido tantísimo.

Y Alberto pareció agradecérselo. Fue hasta la cama, se sentó en ella y esperó a que Marga se acercara y se sentara a su lado, manteniendo la distancia adecuada. Lo soltó casi sin pensar:

- Mi mujer se fue a los tres meses de casarnos.

Marga se quedó helada. No esperaba una revelación tal y tan de golpe. Lo observó hundir la mirada en la alfombra y se pidió calma, para darle una contestación que pudiera reconfortarlo. Quería saber más, quería conocer más, pero no podía precipitarse. Desechó entonces valerse de las palabras y se aproximó a él, se apoyó en su espalda y lo rodeó con los brazos para apoyar su cabeza en el cuello de Alberto. Él se dejó invadir y agradeció el asedio sanador.

- ¿Tanto roncas...?-preguntó ella tras un par de minutos en silencio.

Soltó una risa sin forzarla y tocó los brazos de Marga mientras comenzaba a besarlos. Se volvió para mirarla a los ojos y apoyó la palma de su mano en su mejilla. Quería sentir que la sujetaba, que la tenía, sólo para poder sentir en contrapartida que ella lo sostenía a él. Quería dejarse sostener, a pesar de todo.

Entonces la besó. Con delicadeza y lentitud, la besó queriendo hacerlo, dejándose invadir por la sensación de querer hacerlo, y tras ella llegó la de tocar su piel, y tumbarse con Marga, y contarle historias y que ella se las contara a él.

Había pasado demasiadas noches atemorizado de ocupar los dos lados de la cama. Ahora quería ocuparla entera.

Sólo quería que ella estuviera allí. Con él.