martes, 31 de marzo de 2009

-Me llamaste, ¿verdad? Me atrevo a pensar que nunca has pensado en que una de las veces podría escucharte, y elegir tu voz entre todas las voces, y acudir a ti. Ah, mis pequeños. No te asustes, estoy atendiendo a tu plegaria, que se ha elevado como un canto hasta llegar a mis oídos. Soy alguien ocupado, creo que eso lo sabes, pero aquí me tienes, mi pequeño, mi dulce pequeño, ahora soy tuya. Sí, tuya en el breve instante en que conecten nuestras mentes y se apague una de las dos. Será breve, te lo prometo, pues en tu rostro no veo marcada ninguna situación que me obligue a alargarlo. Así es, mi asustado pequeño, a veces juego con ello. Todo lo que dicen de mí es cierto, pero al mismo tiempo se resume todo en una gran mentira. ¿Sorprendido? Oh, no llores... ¿A ella? La verás, claro que la verás, pero condenado a no poder tocarla ni besarla, mi niño. Pasará el tiempo y la verás con otros tras tu cárcel de cristal. ¿Que no es justo? Por qué. ¿Quién me ha llamado? ¿Por qué me has nombrado, por qué has mezclado en tu saliva nuestros nombres, si de verdad no lo deseabas? Las palabras cortan, pueden herir, sobre todo si están relacionadas conmigo. Pero basta ya. Ven conmigo, no puedes huir, ya me estás sintiendo, cierra los ojos, déjate ir, oh, mi ingenuo amor, ven a mí...



Temblando. Se quedó temblando cuando les comunicaron la noticia en el aula al día siguiente. Lo que más le dolió fue la indiferencia inhumana en algunos, mientras su labio inferior empezaba a temblar descontroladamente. Un escalofrío le recorrió siniestramente cuando pensó en el día anterior, en un día duro, una clase de Física demasiado cruel. Y del tono burlón de la primera frase, y de la triste despreocupación en su contestación.

-Oh, venga, muérete ya.
-Por mí, mañana mismo...

domingo, 29 de marzo de 2009

Me gusta. Me gusta infinitamente que las canciones me hablen de ti. Enfadarme mil veces mientras suelto improperios pero a la vez estar rota de risa, mientras mis mecanismos internos se reparan a un ritmo constante que se acelera cuando estás cerca.

Sé que no es bueno, no obstante, acostumbrarme a este bálsamo, a verte sonreír a dos centímetros de mis ojos, relampagueando tu luz en mis pupilas. Pero no puedo evitarlo, porque me calmas y me elevas, me enseñas en silencio tratados prohibidos, es divertido mentir, engañar, gritar, si estoy contigo. Si no es cierto, si todo son fantásticas travesías al borde del peligro.

Y a la vez aprender tanto, con un simple gesto, leer lo que piensas, una mirada fugaz a aquel hombre de rodillas ante el supermercado, esas monedas que te dijeron algo al verlas encima de la mesa, que más tarde te introdujeron en la construcción de un deseo, una cicatriz más en el alma, y mis ojos llenándose. Porque nunca te había visto brillar tanto.

No puedo, yo sola no. Y sonrío acaloradamente cuando me preguntan si me ha dado el sol, que vengo tan roja. Sonrío porque después de tanto sigues siendo tú el causante, sólo tú, y tus manos de realidades mágicas. Me gusta, y así lo digo, me gusta pensarlo y recrearme en ello, en sentirme tan completa, tan soleada a pesar de las nubes. Y, sobre todo, me gusta decirlo en domingo. Porque ya no acuchillan; desde hace mucho han cobrado un significado totalmente distinto.

martes, 24 de marzo de 2009

Supongo que hoy sería buen momento. Supongo también que ninguno va a ser buen momento ni nada que se le pueda parecer. Pero sé que debo romper este silencio absurdo, como de rabieta infantil, en el que intento resguardarme.

Pero tampoco puedo engañarme de esta manera irrespetuosa hacia mi persona. No, porque de silencio nada. Y es que a menudo me quedo sola y en aparente calma y te escucho trastear en la cocina, buscando algo dulce que darme. Ah, mis peligrosas escapatorias a las malvadas dietas de cuando era más niña.

¿Qué puedo pensar entonces? Si te escucho, un poco alejada, si te estoy notando aquí mismo, si no entiendo por qué se me anuda la garganta así. Por eso pienso que es silencio. Pero no. No es más que las palabras que jamás te dije, que ahora pesan y pesarán como una losa, que se revisten de agua y sal y quieren salir a ver si ellas te encuentran por sí solas. Sin mí. Mezcladas con el viento.

Hace años, cuando tenía miedo y era de noche, me tranquilizaba pensando en todas las cosas que me quedaban por hacer. Empezando por el día siguiente, acababa hipotecando todo mi futuro. Solía pensar que tú deberías ver cómo me casaba, tú deberías ver mis logros y mis derrotas adultas.

¿Y ahora qué? Si me encuentro en tierra de nadie implorando a tu recuerdo que deje de serlo. Que no sea recuerdo. Que pueda tocarlo, tocarte. Que toda esta semana haya sido una pesadilla, como las de cuando era niña. ¿Qué hago, si pienso en ti y pienso que todavía estás?

Apenas a unos metros de mí, yo sentada en tu salón mirando el reloj, tú trasteando en la cocina. Es entonces cuando agito la cabeza, aturdida, apenada, porque la puerta del armario se cierra y vuelves con algo que darme. Dolor de cabeza en cada repetición del recuerdo, cada armario que se cierra en mi mente tejedora de delirios, cada lágrima que suelta mi alma en forma de suspiro. A ver si se eleva, a donde sea, y te encuentra.

viernes, 13 de marzo de 2009

-¿Sabes dónde nació?

Como respuesta obtuvo una efímera mirada, ya que los ojos los tenía fijos en la figura que tenían delante.

-En París -le dijo, siguiendo él también la estela de sus pupilas y fijándose en la escultura.

Estaba absorta. En la gracia del movimiento, los cabellos alborotados, los brazos describiendo un arco de libertad absoluta. Una escultura inmóvil, pero ella la notaba bullir de vida. Viento... Él, en cambio, se recreaba mirándola sin más. Contagiándose de sus ganas de permanecer allí para siempre.

Un para siempre eterno, convertidos en frío mármol, o elegante bronce, sin moverse de ojos para fuera. Pero siendo dueños de sí mismos por dentro. Viéndose azotados por la presencia del otro, permanentemente juntos. Con todo el tiempo por delante del mundo para conocer sus aromas, desearse hasta el infino, pues sería estar cerca pero no llegar a tocarse.

Él pegó un respingo, saliendo de sus deseos enfermizos, y sonrió al recordar el hilo de sus pensamientos. Convertirse en esculturas... Ahí, delante de Viento de Rodin, siendo una atracción más para los visitantes. Los mismo que verían, al contemplar sus espaldas, cómo la mano de él intenta asir la de ella. Sin que la joven se entere, solamente entregándose a un anhelo irracional. Intentando aferrarse a un para siempre eterno.

jueves, 12 de marzo de 2009

Qué pasa con el dolor atenuado, la verdad sobre la mesa, el tiempo que se clava porque dice que sintamos su peso ahora que se agota. No voy a saber actuar. Hasta las esperanzas saben rancias porque en el fondo sentimos que no son ciertas. Se nos va a atragantar la luz artificial y la vida, que falta, que falla, que hace pip, que se extiende en tonos rojos por las sábanas blancas... Se nos va a atragantar.

Hasta los sueños veo ahora ridículos, con esta sonrisa amarga y el miedo cortado de golpe. Pensando en el otro lado. Minimizándolo todo... Incluso las ganas, las ganas de compatir nuestras somnolencias. La tristeza infinita, y no sé bien por qué, porque pasará lo que tenga que pasar.

Me gustarían tantas cosas que no llegan. Tanto me gustarían que sé que no van a llegar.

jueves, 5 de marzo de 2009

Me han venido a la mente las gafas oscuras de mi padre aquel día nublado de principios de marzo. La ilusión fría, porque después de una semana llegué a casa y él ya no estaba. Me quedé sin sus canas un triste 23 de febrero y no me enteré. Fue luego, una semana después, oyendo el llanto de mi hermano, mi tía, mi madre, y mi padre conmigo. ¿Por qué se lo ha llevado, papá? "Porque a veces toca, y toca, hija, eso nunca lo podemos saber..."

El caso es que hoy no tengo siete años ni estaba nublado al amanecer. Y tampoco me ocultan las cosas, claro. Pero ha sido escuchar su descripción y me ha temblado algo dentro... que no sé. He temido a la sangre que expectora ahora, a su tristeza infinita desde hace tres años, el no haber ido a verla este domingo, su aislamiento, sus gritos de dolor cuando la sondaban y que se oían tras el espacio que separaba los dos teléfonos móviles. Sus inexistentes ganas de vivir. ¿Y nosotros qué?

He intentado imaginar cómo es vivir sin una parte de ti. Vives, sí, pero, ¿y ese vacío? A todos nos ocurre, si no esto sería un caos interminable, pero, ¿qué haces con el dolor? Sería una desestructuración brutal de mi vida. De mis domingos. Ella es la única que me queda.

Por eso me he muerto de miedo al ver otra vez las gafas oscuras de mi padre. Porque me niego en rotundo. Porque sé que eso no sirve de nada.

viernes, 27 de febrero de 2009

Dos años pueden dar para mucho. ¿No es así? Por eso hoy, dos años después de que empezara este camino incierto, quiero explicaros el porqué de su calificación.

¿Que por qué estaba buscando tiritas?


Simplemente porque a veces el corazón las necesita. Y era entonces cuando estaba día y noche con la misma canción en la cabeza, con los versos finales, esos que dicen...

Tranquila cosita, ¡no ha sido nada!
P'al corazón, tiritas y "pa" mi rabia, pomada.
¡Que no ha sido nada!


jueves, 26 de febrero de 2009

Quizá quede un poco maruja decirlo pero a veces agradezco tener que fregar después de comer. Porque es el tiempo justo en el que la calefacción todavía no ha empezado a calentar la casa e introducir las manos debajo del chorro de agua hirviendo me encanta. Por eso me ha sorprendido que hoy, mientras enfríaba el agua porque ya era demasiado, siguiera temblando. Hasta que he comprendido que no era el frío de la casa, ni el hecho de encontrarme las tazas del desayuno sin fregar revelándome un amenazador mensaje, sino que los temblores procedían de dentro, del frío de dentro.

Suelo sentirme egoísta si estoy triste. Porque parece que no hay motivos suficientes o que los que hay son superados por otros y me dejan a mí en una situación ridícula. Sí, lo pienso a menudo. Que no debería abandonarme a la tristeza ni dejar que me domine así. Pero juro que siento que me desgarro por dentro y no entiendo el porqué de esos momentos de desaliento. No lo entiendo. Y lo peor es que me siento egoísta, y culpable, porque pienso que no es lo adecuado, y que el sol brilla demasiado en mi cielo para verlo todo de este gris.

Tengo arrebatos puntuales que me dejan aquí, y casi siempre desecho escribirlos. No obstante, supongo que ahora mismo, en este mismo momento, me ha parecido adecuado hacerlo. En un rato me levantaré o me levantarán y seguiré caminando como si nada, bordeando peligrosamente la línea que me separa del precipicio.

A lo que quiero ir es a que no entiendo por qué. Por qué me ocurre esto, este desastre emocional que albergo y que enrejo. Levantando las olas durante la tormenta de una manera demasiado salvaje, para que cuando ésta se desplace se vuelva a quedar mi mar en calma, abrazando los desperfectos que adornan ahora la playa. Supongo que la respuesta es sólo mía, y que inconscientemente lo sé. O no. A saber.

Me he sentido con derecho de pasar de los verdaderos motivos, de comparar y empatizar los sentimientos. He querido soltarlo todo sin más para poder decir que estoy en paz. Sentada sobre la cama, con los minutos demasiado lentos, tecleando sin otra cosa en la mente más que mi propia situación.

Supongo que es por eso. Por lo que temblaba. Y porque cuando la piel de mis manos se ha habituado a la temperatura del agua he sentido el mismo calor en las mejillas. Mientras se me empañaba la mirada, y quitaba el jabón de las paredes de cristal de los vasos.
Ha roto a llorar en mi regazo y no he sabido cómo reaccionar. ¿Acariciarla? ¿Susurrarle un consuelo que no sé? Entre sollozos me ha contado que le duele sentir a veces que no tiene siquiera nada que perder. Que su futuro se tambalea. También me ha dicho que le jode pensar en el futuro porque lo encuentra casi siempre estúpido.

De todas formas, me han dado un calor extraño sus lágrimas. Me he sentido egoísta al verme renacer gracias a sus lamentos. Uno de esos momentos en los que te limpias por dentro ordenando los estantes de tu alma.

Me ha confíado, mientras temblaba como un niño, que le da miedo desaprovechar sus sueños. Y que jamás querrá ser la propia barrera que los impida crecer. Pero que a veces se sumerge en un letargo muy extraño, lleno de bruma, y no sabe salir de ahí. Y que es cuando piensa que tal vez se esté equivocando en cada paso. Para que cuando quiera volver sea ya demasiado tarde.

Así ha estado un momento. Entre sacudidas y balbuceos, todo en absoluto silencio, sin construir palabras, porque no tiene voz. Pero haciéndomelas sentir dentro, dibujándome sus penas en los mismos pensamientos. Así ha estado hasta que se ha desparramado poco a poco por mi pecho y en sinuosos movimientos ha vuelto a su sitio.

Pegada a mis talones, como huyendo de Neverland, recompuesta ya. Respirando tranquila, como después de una rabieta, acompañándome siempre oscura como es ella.

lunes, 16 de febrero de 2009

A pesar de decir que estoy perdiendo mi capacidad creativa puedo desplegarla si la necesidad es agobiante. Estoy segura de que si me lo exijo y dejo de remolonear no será difícil. Tan solo esfuerzo, y ganas. Y de esto último no faltará.

Podré crear nuevos colores y darle pinceladas al cielo para que cambien estos atardeceres grises y que permanezcan como el de hoy, de un rosa intenso, amenazando con hacer arder las nubes e invadirnos de calor a todos. O dibujar de memoria el contorno de esa sonrisa y darle sombras de carboncillo para que se haga tan real que logre besarme. Riendo yo por dentro, satisfecha y artista.

También, claro está, sería capaz de recitar versos memorizados de antemano volcando en ellos todo mi sentimiento. O el sentimiento que me exigiera aquella que me poseyera en ese momento, dueña de mí, mirando a los ojos a mi sombra, que me esperaría tras los escalones que conducen a la gran tarima de madera. Versos que hablaran de la incapacidad de comunicarme que siento a veces y el miedo a hacer el dolor más creciente sin darme cuenta.

Por último, conseguiría erradicar el sentido figurado. Y hablaría en serio si te digo que todo sería para que la luz del sol rebotara en tus dientes si sonríes. Iluminándome así también a mí, disipando las sombras.

domingo, 8 de febrero de 2009

En todos los rincones veo fantasías que no acaban. Me gusta pensar que hay aspectos inalcanzables que me pueden hacer crecer. Además, tengo esta capacidad innata -no sé si por suerte o por desacierto- de desenchufarme de la realidad sin más y disfrutarme a mí misma. Así es como camino y veo fantasías por todas partes. Las elijo, las esquivo, soy capaz de quedármelas y darles forma.

Leo por las noches desde que era pequeña. Pero había noches que prefería dejar el libro donde está siempre, a los pies de la cama, y cerrar los ojos para así crear mi propio libro. Y me apetecía de veras, me apetecía mucho. En mi mente se iban tejiendo deseos. Me veía a mí, o a ellos, o a ese él que nunca llegaba. Podría disfrutar verdaderamente de la manera más sencilla y barata que he conocido.

Pero también estaban los momentos de desaliento, de maldecirme por subir tan arriba y olvidarme a veces de que permanecía abajo. Esa sensación de estupidez que me recorría entonces. ¿Para qué hacía lo que hacía? Esa era la pregunta del millón. Pregunta que se respondía sola cuando mi rostro lo cubría una sonrisa de tranquilidad al volver a hacerlo. Lo mismo que me hacía caer me levantaba.

Y ahora... De vez en cuando pienso que me estoy dejando, que ya no lo hago tanto. Pero es incierto. Esa parte de la niñez más pura de momento no me ha abandonado y se lo agradezco. Sigo siendo capaz de abstraerme. Lo que sí sé es que ahora mezclo imágenes reales, o hago a los recuerdos ensoñaciones. Supongo que es porque ya no me hace falta pensarme tanto, porque ese él parece que sí llegó, porque ellos me duelen y los amo mucho más. Más cerca. ¿Se le puede llamar crecer? No sé, pero es lo que siento.

¿Que por qué escribo esto en lugar de conservarlo como un pensamiento más? Porque quiero recordármelo, quiero que lo sepáis, me gusta decirlo. Decir que sigo siendo irremediablemente una soñadora empedernida.

martes, 27 de enero de 2009

Se encontró solitaria su alma. El silencio era más imponente si no había nadie que le ofreciera compañía. Receloso todavía, a pesar de haber llegado firmemente a esa determinación, se sopló en los dedos. Dio un paso. Agarró fuerte el papel, no se le fueran a desparramar los nervios y borraran las palabras.

No quiero arrepentirme jamás de haberte dicho pocas veces lo que sé que ves. Así como tampoco quiero maldecirme mil veces porque mis ojos te negaron lo que querían decirte. No quiero que llegue el día en el que mi voz se apague y no haberte dicho que te quiero lo suficiente. Ni arrepentirme de no disfrutar. De dejarlo para después, de dejarte para después. A veces te conformas con poco y eso me desanima, pero sé que también te gusta escucharme como me gusta a mí. No quiero, de veras, no quiero.

Se le nublan los ojos lentamente, siente cada palabra. Le toca los labios, ligeramente. Están fríos, pero ya no tiemblan.

viernes, 23 de enero de 2009

Me gustan los momentos robados a la tarde programada. Despreocuparme de quitarme la ropa y quedarme inmóvil en la cama mientras el olor dulzón del incienso se apodera de la habitación. Me siento un poquito libre entonces y voy metiéndome poco a poco bajo las sábanas abandonándome a un maravilloso estupor. Tanto es así que me despierto alarmada al rato preguntándome si era viernes y llegaba tarde a clase porque me había quedado dormida o, si por el contrario, era sábado y podía dormir mucho más.

Pero no, sigue siendo jueves, con la tarde relamiéndose porque hoy todavía es joven. Con la forma de los sueños desconocidos todavía dibujada en los labios, bailando en la tranquilidad de mis pupilas. Desafiando a la rutina de la tarde mordiéndola bien con los dientes, a pesar de que parezca una minucia.

Y yo que me he visto nacer mil veces mientras la persiana bajada impedía la entrada al sol y abrazando la almohada me doy cuenta de que por mucha oscuridad que haya hay una luz que siempre viene conmigo. Si quiere, claro está, si está dispuesta a sonreír un instante, el instante suficiente para recargar de energía mi vitalidad perdida.

sábado, 17 de enero de 2009

¿Cómo se cuenta? Esa canción sin letra que me estremece y me inocula una energía desbordante. Ha vuelto a ocurrir. Ha venido a mí de casualidad y me ha hecho ver la fuerza de cada paso, el bramido incansable del alma. No es la primera vez y ahora me pregunto por qué no acudo a ella más a menudo. Y me dejo llevar por esta paz alarmante, estas ganas de gritar que sigo aquí al escucharla.

Es absolutamente imposible explicarlo. Qué me produce, qué me da, qué me ofrece. Así como explicar cómo la amo, o cómo mueve los hilos de mis adentros.

Es como la sensación de tener los dedos volando y creando, que no sé explicarla, pero me llena por dentro. Sonreír espontáneamente al ver a un niño aprendiendo a andar, su padre detrás, los ojos llenos de ilusión. Zambullirme en esas líneas, ser otros, salir de aquí gratuitamente. Sus manos abrazándome, abrazarlo a él, porque sí, y que me pregunte que a qué viene eso. ¿A qué viene eso?

Que no se puede explicar, pero está ahí, haciéndome vibrar los sentidos a través de pequeñas descargas eléctricas. Bombeando sangre, sabiendo que soy capaz de amar, aunque sea un instante, un sueño, un alivio, una vida.


domingo, 11 de enero de 2009

Con un suspiro de resignación se terminó el café con leche y pagó la cuenta. Afuera llovía. Creyó que era la estampa perfecta para su desastre amoroso. Echó a andar mirándose en los escaparates y se regañó por ir dejando ese rastro de autocompasión absurda. En su camino encontró mil jóvenes inquietas que lo miraban con indiferencia. Él veía fuego, sudor, palabras cortadas, nieve ardiendo.

En una de ellas vio algo distinto, pues un halo de hielo lo cubrió de arriba a abajo cuando ella lo miró.

Le arrancó la ropa, le escribió melodías imposibles de interpretar con la tinta de su lengua, contó los puntos de lujuria que surgían en su piel después de adivinarlos debajo de su camisa, los alumbró la luna envidiando la superación de su locura, comieron de sus bocas, se hablaron las manos, conoció los horizontes de sus caderas, se enredó en su pelo, se lanzó y se dejó caer, pensó que tenía que ser un sueño, el mejor de todos los sueños, y sintió el vaivén de las olas de su mar embravecido. Consiguió darle forma al éxtasis, y alcanzarlo justo al fondo de sus pupilas cuando cerró los ojos, entreabrió los labios y los encontró taponados por el placer esquizofrénico de buscar por todas partes. Buscar...

En el repiqueteo de la lluvia en los cristales encontró de nuevo su resbaladiza cordura. Ella seguía allí, y él seguía viendo fuego, sudor, palabras cortadas, nieve ardiendo. Sin pensar que era cierto que podía mover sus pies se acercó. Sintió su frío, y se vio de nuevo al mismo borde de la locura. Cogió aire.

-¿Y qué pasa si te atravieso el alma y te beso?

lunes, 5 de enero de 2009

Sus manos vacías indican que este año no van a realizar ningún viaje. No han sentido la poderosa llamada de la ilusión y las ganas de sentir el agradecimiento bailando en las carnes al son de una melodía majestuosa. Este año no. Se sienten extraños pero tampoco lamentan la prolongación de su estancia vacacional. Se frotan las piernas en la comodidad caliente del hogar y guardan sus túnicas para otra ocasión en la que tengan que realizar tan largo viaje. No obstante, se miran las manos con un puntito de pena quizá; al verlas vacías, sin nada que ofrecer, sin llamamiento esta vez. Este año no las verán llenas de oro, incienso y mirra.

Se acerca el seis de enero más triste que recuerda mi inmaduro e inexperto espíritu. El más triste.

martes, 30 de diciembre de 2008

En lugar de ahogarme en mis suspiros, exorcizo las palabras que quería escribir y las hago luciérnagas que pueblan mi habitación y me alumbran cuando más lo necesito. Uso de portal la mordedura licántropa que tengo en la mano derecha y me escabullo de este mundo porque no quiero verlo más desteñido. Allá donde voy encuentro luz, con mis luciérnagas, que no eran otra cosa que palabras doloridas, y me lleno de paz.

Paso el pulgar por la marca de esos dientes y le voy cogiendo el gusto a esto de la magia. Ahora camino sobre la nostalgia del mar y su brisa salada pegada a la piel que me ha recorrido antes, y veo atardecer sentada en la arena y me sigue pareciendo algo sobrenatural. Esa gran bola naranja me sonríe, y le devuelvo la sonrisa. Las estrellas se me unen en este maravilloso estupor y me llevan de paseo sin demora. Me visten con sus ropas brillantes y me veo preciosa. No hay espejos, pero así me siento.

Soy capaz de cualquier cosa en esta calma que ha venido después de la tempestad. Porque me alegro de haber decidido dejar de salpicarme -y salpicaros- con palabras que arden y vencerme a la más pura fantasía, al escapismo que me enseñaron los románticos, a las tierras exóticas y las florituras literarias que me van sanando este dolor que carcome.

Me noto entera, y me tengo a mí y a este mordisco cuyo veneno me resulta peligroso. Normal, clavado debajo de la piel tanto tiempo y sigue expandiéndose, emborrachándome de deseos y visiones futuristas. En realidad, soy también una romántica y me encanta. Miro el reloj y veo que ya es día 30. Que todos duermen, o lo intentan. Que tengo ganas de ver qué me depara el día de mañana, y estaré agradecida si puedo disfrutar de lo que tengo hoy. Me puede esta sensibilidad de mujer que navega y no suele encontrar puerto, pero hace que me sienta viva, que en una madrugada como esta y ya lejos de ese atardecer marino, siempre se agradece. Lo dice Coldplay, Viva la vida.

domingo, 28 de diciembre de 2008

De vez en cuando me veo enloquecida por lo absurdo que albergo yo misma dentro. Y todo se reduce a mi colcha azul, mis piernas cruzadas y el portátil sobre ellas mientras apoyo mal la espalda en la pared. Me veo capaz de deshacer mi alma en minúsculos pedazos que se eleven y se marchen de aquí.

Echo de menos lo que no he tenido nunca. Son como ideas, cuando estoy disfrutando del placer de quedarme dormida, y no sé si vivo o estoy muriendo o amo o pienso o qué, pero estoy ahí, y mil palabras me surcan la mente. Intento tejerlas y me parece maravilloso lo que consigo. Al día siguiente no son más que polvo y me abruma la calidad de mi sinsentido.

Desnuda y con frío avanzo, dolorida e inerme, como a trompicones, venciendo barreras invencibles que estrujan mis pensamientos, que me sacan brillo a pesar del miedo a tener miedo; suspirando cuando me doy cuenta de que en realidad soy yo en pijama, delante de mi espejo, recién levantada. Me creo mundos que no soy capaz de sostener. Que acaban siendo motitas que se mueven dentro del rayo de luz, lentamente, sin levantar sospechas.

Me veo enloquecida al releerme, pero pienso que si temo es que de alguna manera sigo cuerda, porque dicen que miedo es lo que no tienen los locos. Antes disfrutaba, me reinventaba a mí misma, escribiendo. Ahora si temo es por la creatividad que me recorría no hace mucho, por que no vuelva nunca más.

Ahora si escribo acabo por pensar que no escribo, sino que junto palabras que forman frases, pero nada más. No veo ni chispa ni magia ni polvo de estrellas en mis líneas. Y lo curioso es que no siento dolor por esta dejadez austera a la que me abandono cada vez con más frecuencia.

Es como una idea... Que no ha estado nunca ahí, ni la he sentido jamás, ni siquiera la he soñado ni la he hecho resbalar entre mis dedos cuando no sé si vivo o estoy muriendo o qué, pero que de algún modo existe sin que yo lo sepa, y eso provoca que la eche de menos a pesar de que jamás la he tenido.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El chico no siguió, se quedó callado, pensativo... rememoraba aquel tiempo que pasó con ella, aquellos besos y aquella nueva forma de vivir la vida que ella le había enseñado. Ahora, la tenía delante de sus ojos...tan cerca, pero tan lejos.
-Aquí tiene señor, si no desea nada mas...- dijo la chica dejándole la comida en una mesa. Pero cuando ya estaba desapareciendo el chico gritó:
-¡¿Por qué ya no me miras a los ojos?! ¿Por qué me haces sentir de esta manera?- dijo echando todo lo que llevaba dentro y le martilleaba la mente día y noche desde que sus labios dejaron de rozar los de la chica-¿Acaso por desprecio? ¿Por reproche, quizá?
La chica volvió la cara y lo miró, sus ojos se tocaron y hablaron entre ellos impidiendo a los dueños comprender lo que se decían. Unas finas lágrimas empañaron la mirada de la chica, y estas mismas lágrimas le hicieron decir esto:
-¡NO! ¡Por dios, no! ¡Por temor! ¡Por miedo! ¡Por miedo a ver en tus ojos la indiferencia que me demuestre que tú no me amas como yo te amo a ti!
Las mejillas de la chica tomaron un tono mas rosa de lo habitual, y el chico quedó sin palabras... era lo que quería escuchar pero no sabía que hacer. Cuando empezaban a acercarse la puerta se abrió y apareció Fulano.
-Señor, tenemos noticias del Rey-le dijo Fulano.
-Tiene trabajo- le dijo la chica y el recuerdo de que ella estaba por debajo de todo ese mundo le hizo tragarse las ganas y desapareció por el umbral de la puerta.
El chico atendió a Fulano pero al segundo sus instintos vencieron a su conciencia y fue tras la chica, a la cual encontró en el patio central. Ella estaba tendiendo ropa y él la observaba medio escondido detrás de un muro observándola y se dio cuenta de que su momento ya había pasado, que solo le quedaba amarla en silencio… aunque demostrarle su amor fuese lo que él más quería. El chico siguió observándola un rato más, hasta que lo llamaron para seguir con sus obligaciones, cada uno por su lado. Eso sería lo adecuado, no lo que él quería ni lo mejor, pero sí lo adecuado. El chico volvió a su trabajo y siguió observándola todo el tiempo que podía. Pero lo que el chico no sabía es que la chica había pensado y sentido lo mismo que él cuando estaba escondido tras el muro, y luchaba con todas sus fuerzas para que, día tras día, su voluntad no flaqueara y pudiese seguir aguantando sin su amor…

***

Catorce años recién cumplidos, creo. El comienzo de mi primera historia larga, e incompleta, llena de ilusión. Elisa, Héctor, Zafiro... airf. Luego vinieron Dalia y Carla, Paula, Eloy... Y mi Alberto de ojos grises, el único personaje a cuya historia le di fin. Rebuscando entre todo esto me he dado cuenta de que yo antes creaba. Pero que ahora simplemente no me sale, y sonrío al releer estas historias, la ausencia de tildes en pronombres, la repetición, las erratas. ¿Era ingenua, tal vez? Tal vez. Antes creaba (suspiro).

¿Sabéis una cosa? Me niego a creer que crecer es desengañarse.

martes, 9 de diciembre de 2008

Imagino que es totalmente distinto según la persona y la situación. Hasta aquí, no hay que ser muy inteligente para darse cuenta. Puedo decir también, y decirlo de verdad, que puede variar de ser un huracán que lo arrasa absolutamente todo para luego convertirse en un mar que apenas se mueve y en el que hundes tu pelo sin llegar a ahogarte.

A veces, sin embargo, se torna agujas afiladas que te recorren el cuerpo y establecen campamento justo en tu pecho, al resguardo de la tormenta que comenzará a gestarse en tu mirada de cristal oscuro. Pero hay otras en las que es una mano de dedos ágiles que acarician tu piel y la libran de los restos de sal que se acumulan en las grietas, ayudan con la magia de sus yemas a que dejen de supurar las heridas que sólo tú ves.

Ahora sí, estoy totalmente segura de que es algo que tiene un toque de fascinación porque es común a todas las personas pero irremplazablemente propio. Lo primero porque nacemos con ello, desde la primera lágrima, y lo segundo porque somos nuestros únicos dueños y de vez en cuando ni siquiera las palabras nos ayudan a darle alas para que los demás nos comprendan. Podría describir miles de ejemplos más, del mío propio, de los días y las noches con él y con su poesía y sus canciones grises.

Lo que me duele en serio es que se juegue con él, que se exagere o se le disfrace con cualquier burdo disfraz que lo torne apático y patéticamente hipócrita. Quiero que todos seamos sinceros con él primeramente, y que no nos construyamos castillos en el aire y luego le echemos la culpa a él, porque si eso es así es que anteriormente lo habíamos convertido en un simple vástago de nuestros deseos.

Está ahí, siempre, con nosotros, pase lo que pase, y debemos dejarlo hacer sin más, que nos vaya arropando poco a poco, o helándonos de frío si hace falta. El sentir nos llama y nos espera, a todas horas, pues nosotros mismos lo llamamos y lo esperamos, sin darnos cuenta de que nunca se va. Permanece, cristalino, como debe ser.