jueves, 28 de enero de 2016

Fórmulas.

Supongo que
no existe
una fórmula científica que
justifique
las ganas de pegarse a un cuerpo,
despertar con alguien,
curar la jaqueca en otros ojos,
perderse en unos acordes que cobran
-de repente-
otro significado,
comerse de postre otra piel,
o sentirse a salvo
y
otras tantas cosas,
tantas,
que juraste que ibas a guardar
(esta vez sí)
durante un tiempo.

Digo yo que no hay fórmula
química, física o matemática,
que teorice sobre
la velocidad
de curación de
algunas
cicatrices.
Que conduzca a una ley,
que explique por qué
el alma
enseña los dientes porque sonríe,
cuando antes
tenía miedo
(otra vez)
de volver a desnudarse.

Creo que, si existe esa fórmula,
si es posible que conviva
acurrucada
entre dos personas que comienzan a
conocerse,
no responde a una cuestión científica,
explicable,
lógica,
razonable,
medida,
o hallada mediante una ecuación.
Se debe a algo mucho más
difícil
de comprobar
-desde fuera-,
tal vez místico
o
irremediable
o
deliciosamente recóndito;
algo que muchos,
en muchas ocasiones,
con muchas personas diferentes,
llamaron -y pueden todavía llamar-
magia.



2 comentarios:

María Stern dijo...

Y, aunque haya momentos en los que dejes de creer en esa magia, acaba volviendo y te rompe los esquemas :)

Soñadora Empedernida dijo...

Y a veces no está nada mal que esos esquemas se rompan, que no haya fórmulas, que todo venga a revolver un poco lo esperado... :)

Gracias por tu comentario.