domingo, 27 de diciembre de 2009

El porqué de tanto frío. Irónico cuando ni siquiera me puedo consumir en ceniza de palabras. Será el frío.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Ante su ausente mente se está desatando una algarabía descomunal. Es increíble que el cuerpo siga aguantando después de la noche anterior. Pero aguanta. Se mueven alegres, divertidos, dando voces, bromeando por aquí y por allá. Es un día familiar.

Sin embargo, él está ausente. Con la mirada medio vidriosa a causa del buceo incesante en los recuerdos. Hay relámpagos, de vez en cuando, de anhelos. Se reflejan en sus ojos también. Piensa en cómo gira el mundo poco a poco, cómo un día estás aquó y otro allí. El efecto mariposa. En cómo una casualidad o un mero paso hacia adelante que te hace chocar con esa persona desconocida te hace cambiar. ¿Es posible? Cuando ya creemos que nos hemos asentado. Que nuestro mundo está completo de alguna manera. ¿El error? Creerlo. Sólo se completará con la misma dama de negro. A los pies de nuestra cama.

Él sigue a su completo rollo. Moviendo entre sus dedos una miga que se ha escapado de la comilona de horas antes. Pensando.

Fundido negro. Aparece ella. Las luces de navidad le iluminan a intervalos el rostro. Su cabeza apoyada en la palma de la mano.

Apura el contenido del vaso de tubo que han besado sus labios en la última hora. Todos los hielos ya se han deshecho. Juegan al bingo y ella tapa sus números con bastante retraso; también su cabeza anda en otra parte. Se ríe en sus adentros del paso de los años y de cómo unos lo tapan. Ella piensa que cualquier momento del pasado puede aflorar inexplicablemente. Y ahí reside su ensimismamiento.

A distancia, pero con el mismo rostro, los mismos ojos soñadores y la misma arruga de preocupación enmarcándoles la cara. Les une, también, el mismo programa cutre en la tele, las voces extasiadas de la familia. Y sus almas, que vuelan.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Yo quiero ser esa chica que asoma las pestañas tímidamente entre tus líneas cuando empiezas a crearla. Hazme el favor y olvidemos que nos conocemos. Sí. Vamos a borrar todos los recuerdos que nos unen y así mañana seremos maravillosamente desconocidos y yo podré ser esa chica.

Estoy segura de que quiero. De que quiero ser ella. Y así vivir las historias que escribes en primera persona y que me tocan un poco el alma porque sigo siendo una romántica, y más aún una lectora romántica. Me desnudo entera y así me tienes, y me guías como quieras cuando construyas esos versos. Aunque recuerda que mañana ya no nos conoceremos, que ya no seremos cercanos para conocernos de nuevo desde lejos y así reinventar todo lo que ya hemos hecho. ¿Te parece? A mí me convence bastante la idea.

Espero que aceptes. Y así mañana, o cuando se crucen nuestras pupilas, nos descubrimos, nos causamos interés, nos observamos un tiempo y vamos rozándonos; por equivocación, a idea, poco a poco... Y construimos un mundo. Cuidaré con el juego porque no quiero que te escapes. Volverás a llevarme al cine y no sé qué pasará esta vez: si perderé de nuevo las entradas y me avergonzaré tanto, tanto, que pensaré otra vez eso de madre mía, apenas me conoce y pierdo las entradas, va a pensar que además de torpe soy idiota. O qué.

Tal vez haya nevado lo suficiente para que desees que me caiga en la nieve, y sea esa chica que se ha dejado las alas de hada del invierno en casa, preciosa entera, que te ayude a levantar cuando seas tú, tan loco como siempre, quien te caigas en la gran alfombra de nieve.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Es tan sencillo como desplegar el mantel para poner la mesa de todos los días, y de repente un relámpago en la mente.
Ay, pero si hoy como sola...

Así se crea la burbuja más egocéntrica en la que puedo refugiarme. Me abro a mí misma, y mira que parece lo más fácil del mundo y qué difícil es, y mientras me llevo a los labios el vaso de agua pienso mirando sin ver nada, en un torbellino de esos peligrosos, que empiezas con recuerdos y acabas echando de menos, anhelando, deseando, preguntándote por qué. Mi mundo desordenado en dos segundos, saltando a mi vista.

Ayer entré en mi último mes de dulce adolescencia justificada. Por lo de siempre, por la burocracia de las normas establecidas y lo que dicta tu carné de identidad. Pero, ay, en menos de un mes seré oficialmente adulta y no dejo de preguntarme para qué. Eso por una parte. Porque, por la otra, por qué. Por qué tienen tantas ganas de cambio y de adultez, y tan pocas de crecer siendo todavía niños. Y sí, lo dejamos atrás y a menudo nos asusta acercarnos en días de estos de soledad y cielo nublado, porque el recuerdo duele cuando se convierte en cenizas.

Pero ayer me susurraron que qué guapa estaba cuando reía. Cuando reía de verdad, cerrando los ojos y mostrando mi rostro con más arrugas y más niñez que nace en cada carcajada. La tristeza es demasiado fácil cuando crecemos. Bueno, cuando cumplimos años, estemos o no dispuestos a crecer de verdad y no sólo para entrar en los bares. Van flaqueando nuestras ganas de luchar y de revolverlo todo a golpe de locura. Ah, ¿y por qué?

Sólo espero saber cumplir años y no olvidarme de lo que dejo atrás. Ni amilanarme ante el cambio, y disfrutar. Qué aburrida, pensaréis, pensando tanto en el futuro... Bueno. ¿Responsable? No. Soñadora...

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Me siento tan desastre que giraría y tiraría la llave bien lejos. Por no creerme palabras que yo misma digo, por ingenua, por exigente y dura como la piedra. Creo que tendré que llevar un cartel de que yo también siento. Y bastante, como todos los seres humanos que tienen aprecio por la vida, y por todos sus elementos. Aunque a veces duelan y duela yo misma.

lunes, 14 de diciembre de 2009

(Nadie sonríe. Absolutamente nadie sonríe. La pelirroja solloza en silencio sentada justo en la silla de la esquina, donde la sombra es más pronunciada porque la luz llega oblicuamente desde las dos paredes que la forman, pero nadie la mira. Uno de ellos está en la barra pidiendo otra jarra de cerveza, los tres hombres restantes miran al suelo).

-Pero si ni me llamabas, joder. (Una de ellas rompe el silencio. La morena).
-Uy, cierto. Pero, ya ves, después de que intentaras ligarte a mi novio me daba por el saco llamarte. Completamente. (Sorpresa en la mesa. Agitación general, como cuando te haces partícipe de una verdad incómoda que tú ya sabías. No obstante, un respingo llama más la atención. El chico de la barra. El antiguo novio).
-Oye... (La pelirroja intenta calmar los ánimos, por si no están suficientemente caldeados).
-No empieces con lo mismo. ¿Qué pasa? No era yo la única que calentaba. Tu novio también rondaba, eh. Pero yo quería seguir siendo tu amiga, ¿no te das cuenta? Es que por querer hacer las cosas bien al final me vi metida en un lío del quince.
(Todos miran a la morena. Parece triste: en sus adentros se libera la tormenta interna del recuerdo).
-¿Las cosas bien? (El antiguo novio habla).
-Sí. Bien.
-Yo me voy. Os juro que no quiero seguir viéndoos las caras. ¡Estamos hechos de mentiras! No decimos otra cosa. Mentiras, mentiras, mentiras. Así que mejor me voy.
(Hace ademán de irse, dejando su jarra de cerveza pagada aún sobre la barra).
-Espera, Andrés. Por favor. (Uno de los otros chicos interviene) En teoría, estamos aquí para arreglar lo nuestro, ¿no? Nos han juntado una serie de situaciones extrañas, pero...
-¿Extrañas? (La morena sigue enfadada). Pero si no sabemos quién ha podido ser, por Dios.
-Sí que lo sabemos. El mismo que firmó la nota. (La pelirroja, con lágrimas todavía en las mejillas, parece firme pese a su debilidad aparente).
-Ah, no. Eso no lo volvemos a discutir. No vayamos a volvernos locos; cuando no puede ser, no puede ser.
-¿Pero por qué no? ¡Chicos! (Solloza). Debemos creer en él. Tal vez ya lo sabía, puede que... no sé. Buf. Que él ya lo supiera, ¿no? Y por eso nos escribió a cada uno de nosotros, para... reencontrarnos.
-Nos íbamos a encontrar de todas formas. (Uno de los chicos musita, la morena lo mira).
(La pelirroja continúa sin haber oído nada).
-O también quizá... no sé, existe la posibilidad de que él mismo... De que él mismo lo provocara.
-¿Qué? (Vuelve a hablar el mismo chico. La chica morena cierra los ojos, cansada, infitamente cansada. El rostro del chico está desencajado). ¿Qué cojones estás insinuando? ¡Eso ni en broma! Ni en broma, joder, Ángela. Deja ya de decir gilipolleces. La nota era innecesaria porque ya nos íbamos a encontrar si todavía nos quedaba un poco de vergüenza.
-Cómo... (La pelirroja, Ángela, vuelve a llorar).
-¿Que cómo? ¿Me estás diciendo que sin la dichosa nota, que no pudo escribir él, no habríamos acudido a su entierro? A ver, Ángela. Él no pudo enviarla, sencillamente porque no sabía que iba a morir.

(Andrés ha vuelto a la mesa después de su amago; bebe de su jarra con tranquilidad. La otra chica lo mira de soslayo. El que acaba de hablar y de decir lo que ninguno quería oír, Marcos, sostiene la mirada de la morena. La pelirroja sigue llorando, ya callada. Otro juega con el cenicero. Hay un ambiente extremedamante incómodo. Y, por supuesto, absolutamente nadie sonríe).

martes, 1 de diciembre de 2009

Digamos que tú y yo nos llevamos bien. Porque nos llevamos bien, ¿verdad? Nos llevamos mejor en otros tiempos, pero eso todavía no ha pasado. ¿No crees? Sonríes, no sonrías, que hablo en serio. ¿No te parecería que podríamos pasarlo bien, tú y yo, un ratito? Como en los viejos tiempos... ¿Te acuerdas? Nada más que un rato de piel y de calor del que nos hace falta. Porque a ti te hace falta, ¿no? Por qué sonríes... Me gusta tu sonrisa, porque sonríes sin impedir que se te noten las arrugas. Aunque la mejor sonrisa era la que ponías por las mayores tonterías. ¿Aún las pones? Como cuando atrapabas con la cuchara la bolsita de té y la dejabas escapar de golpe, y el agua se teñía de color pardo. Sonreías entonces. Pero a lo que iba... ¿No nos lo pasamos bien? Hablando, haciéndonos rabiar y eso. Nos llevamos bien. Podríamos emplearlo, y ya que nuestros cuerpos se conocen dialogar otra vez. Una vez más. Es que me parece divertido. ¿No? Ay, como cuando te tropezabas con el bajo del edredón. Sí, claro, sin sentimientos. Diversión, ya te lo he dicho. Bueno, uno sí que habría, ya me perdonarás. La mentira. Mentir porque aún te quiero y me muero por contemplarte desnuda. Como cuando...

domingo, 29 de noviembre de 2009

-¿Qué te pasa? Antes apenas has probado la cena. Te puedo preparar otra cosa si todavía tienes hambre. ¿Quieres? ¿Eh, pequeña?
Se quedó un momento más pensativa, y temió que a él le molestaran las nubes en sus ojos de nuevo. Pero sonrió, sonrió por el desastre que tenía delante.
-Un vaso de leche estaría bien.
Él le devolvió la sonrisa.
-Ahora mismo voy-. Hizo ademán de levantarse del sofá, pero ella se lo impidió.
-Pero… Ve luego. Por favor, quédate conmigo. Quédate. Por favor.
Paró su reincorporación en el sofá, y se pegó un poco más a ella. Calmó sus nervios, para que no se reflejaran en su voz.
-Como quieras. Estoy aquí, no te preocupes... Me quedo aquí.
-Sabes... ¿Sabes ese dolor en el pecho que te invade muy pocas veces? Muy pocas en tu vida. ¿Que sientes como un millón de dolores en uno solo, y te duele al respirar, y piensas que algo parecido tiene que ser el apocalipsis?
-¿Te duele otra vez? ¿Nos vamos a urgencias?
-No. No es eso. Es el dolor de la pérdida -sonrió-, de cuando sabes que alguien no va a volver jamás. Y te duele, te duele mucho, pero ya ni siquiera tienes ganas de decirle que pare. Porque lo has perdido. ¿Sabes cuál?
La mano de él iba y venía por sus hombros de manera mecánica. Estaba pensativo. Le estaba haciendo pensar.
-Claro. Ahora te entiendo. Como aquella vez que pensé que te perdía.
-Como aquella vez que pensábamos que nos perdíamos.

Ella se movió para mirarlo a los ojos un instante. Lo que duran un montón de recuerdos dolorosos que se arremolinan en el pecho. Lo que dura espantarlos para meterse en sus ojos y no salir de ahí en lo que quedaba de noche.

-Ahora soy consciente. Ahora... -se le quebró la voz.
-Tranquila, ¿vale? No va a pasar nada porque no queremos que pase. Piensa que somos más fuertes que todo esto. No te asustes por cosas innecesarias.
-¿Innecesarias?
-Sí. Nos necesitamos. Nada más. Todo lo demás no tiene lugar aquí. ¿De acuerdo? Sé que algo parecido a esto tuvo que ser el génesis.
Silencio de nuevo.
-Si no lo controlo me duele el pecho todos los días. Y no es por la mierda esta que me invade. No puedo perderte.
-No vas a hacerlo.
-Me estoy muriendo...
-Y yo no voy a dejar que lo hagas.

martes, 24 de noviembre de 2009

No sé qué extraño bicho otoñal me ha picado hoy me ha hecho necesitar un cambio. Ah, será el aire francés que tengo desde las dos horas en las que he tenido que pensar de manera franca. C'est la vie qui me dit qu'elle veut me troubler. Siempre he pensado que lo de la primavera es una mentira porque a mí el que me altera la sangre es el otoño. ¡Bombeándola a mil por hora! À mille par heure!

Pero volvamos al cambio. A crear. A crear cosas preciosas como las que veo visitando blogs y pequeños álmbumes de fotos de gente que de veras sabe capturar momentos. Créer. Me siento anclada en los quince años que tenía cuando creé este rincón, pero al mismo tiempo me da miedo abrir el grifo y empujar todos mis recuerdos por el desagüe.

Sí. No puedo evitarlo. Otoño me trouble mais aussi me hace recordar. Una nostalgia en tonos tostados que, de momento, me encanta. J'adore ça. Es como una locura gigantesca que a veces me pone furiosa y otras no. Cuando entro aquí y acabo pensando que necesito un cambio sustancial.

Pero no puede ser sustancial. Acabaría siendo un accidente más que sazona un poco la rutina, pero seguiría permaneciendo yo. De todas las maneras posibles. La misma sustancia, la même rêveuse. Parce que j'aime arriver ici et me sentir comme le petite rêveuse d'il y a quelques années. No obstante, cependant, de alguna manera me sonrojo a veces orgullosa cuando me sigo sintiendo yo. Aussi petite. Tan pequeña. Es agradable. Saborear el tiempo. En goûtant tous les instants que je garde.

Volverme loca. Totalement folle. Divagar. Unos minutos, los suficientes, para descargar el dolor de espalda del día... Et vogayer par mon monde de souvenirs et rêves. Tout mélangé, que diría mi profesora de francés.




¡Hoy me apetece sonreír en francés!

viernes, 20 de noviembre de 2009

Estaba en el parque, y no hay ninguna luz -dice-. Y yo pienso que es verdad, que me había sorprendido de ello horas antes. Cuando he empezado a recorrerlo era ya noche cerrada, todo lo cerrada que se cierra en noviembre la noche, y he pensado que si no me daba temor. La oscuridad total en el camino. Y por qué no. Me ha contestado una vocecita diciéndome que no había motivo para temer un asalto, que seguramente espantaría a cualquier ladrón o violador con una mirada brillante.

Así que he seguido andando hasta acabar delante de la valla de donde paso gran parte de mis días, mientras la vista se nublaba y también los pensamientos. Ya sentada he asustado a alguien en bici al sollozar. Me ha parecido curioso, su mirada temerosa. Como si yo fuera un ladrón o un violador que pretendía asaltarle.

Seguía con la mente espesa ante el café solo pero con leche. Sentada en la barra con la camarera lanzándome miradas furtivas y revolviendo la espuma tan rica que dejan encima del líquido caliente. Como con flaqueza de alma y en huelga de pensamiento. Sintiéndome en una película con banda sonora melancólica, deseando muchas cosas. Y, de repente, un bipbip y una frase en el mensaje.

"Desear es añorar el pasado"

Me quedo pensando. En las casualidades o en el destino escrito, en lo que sea que conecta una cosa con otra. En el mensaje y en que era viernes. Y apurar el café, porque me estaban llamando, apretar el botón de encendido... Y echar a andar. De nuevo.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Me ha inspirado él, aquel que tantas veces nombrabas sin ponerle nombre provocándome muecas de fastidio, de nuevo, con uno de sus textos. Con un recuerdo enlatado en hojas de papel, gritando hacia más allá del cielo, o donde os escondéis todos. Después de dejarnos.

Me encuentro asustada. Supongo que ya sabrás por qué, porque de alguna manera sé que cuando hablo para mí estoy hablando contigo. Porque así lo quiero, y si de verdad existe la fe esta es la mía. Saber que me escuchas. No sé qué haré, lo digo totalmente en serio. Sé lo que deberé hacer, pero me da tantísimo miedo romper esta estabilidad tan frágil pero que se mantiene de alguna manera... No quiero ver la decepción en sus ojos porque me dolería más que nada. Sentirme fracasada si ellos se sienten así. Brilla en mí un pequeño rayo de luz, pero me hundo tan a menudo en las profundidades del pesimismo... Que no puedo vivir así. Necesito saberlo de una vez.

Asustada y de exámenes. Ya sabes. Lo pienso a menudo, lo de ir a verte. Siempre se me pasan los días y ahora me encierro para no perder ni un minuto (aunque sea falso; los gasto soñando). Cuando acabe sé que iré. Me avergüenzo de no saber encontrarte pero me armaré de valor y preguntaré, descubriendo mi plan. Qué importa. Quiero ir y compartir un silencio contigo, o los que sean. Y devolverte los últimos dieciséis euros que me diste, que me dieron en tu nombre, y que no he gastado desde el 17 de marzo.

Necesitaba escribirte. Gritarte a ti mis preocupaciones y mis ganas de llorar este desequilibrio. Y sé que me escuchas, de alguna manera, en blanco y negro como siempre te recuerdo. Dándome un poco de paz y haciéndome sentir desdichada por ser huérfana de esta manera, pero hablándote a cada instante. No sabes cómo te abrazaría si tuviera la oportunidad ahora.

martes, 10 de noviembre de 2009

-Oye, perdón. No me mires así... Es que te he visto delante del fregadero ahí dándole a las probetas para que no quedara nada de lo que hemos usado en la práctica esta de mierda y, no sé por qué, y no te asustes, por favor, te he imaginado delante del fregadero de mi casa. Sí, el de mi casa. En la misma posición, con la mano izquierda sujetando el recipiente y la derecha llena de jabón, y esa mueca de concentración... Te he imaginado de pie y descalza, vestida con una camisa, con mi camisa, por ejemplo, la que me habías quitado horas antes, o días antes. Qué más da. Aburrida, tal vez, porque yo aún dormía y tú ya no tenías sueño y te levantabas de mi cama, cubrías ligeramente tu cuerpo y decidías limpiar lo de la cena anterior... por hacer algo, por hacer tiempo hasta que me despertara. Pero lo hacía antes de que tú te dieras cuenta y te observaba de espaldas a mí, desde el quicio de la puerta. ¿No te parece extraño? Me ha explotado todo de repente, al verte. No te asustes, que es una tontería, pero me ha parecido tan real... Que tenía que decírtelo.


La observó un minuto más. Sólo uno. El minuto que tardó en terminar de fregar, cerrar el grifo y sonreírle para indicar que ya podía empezar él.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Debería escribir. Algo fresco, soñador, un elogio al desenfreno. Cometer algún error de vez en cuando para luego arrepentirme. Bailar como si nadie me mirara. Tengo ganas de bailar, increíblemente. Aun con estos riñones palpitando al rojo vivo pidiéndome ¡cama!, siendo engañados constantemente porque la única respuesta que reciben es la de cama con quién. Escribir algo que me arranque una sonrisa mal disimulada dentro de un otoño, allá donde esté y allá donde se acomoden mis palabras. Sus palabras. De las que me apropio de manera visceral, sin poseerlas, simplemente acariciándome suavemente cuando sueño. Dormida y despierta. Mis dos grandes Ds. Enfermizamente comparar primaveras y lo que venga, y compararme a mí, a mi mente perversa e inocente cuando prefiere ser así.

Podría pensar más en algo que escribir que me guste. Que me guste a mí, porque aunque guío mis dedos para llenar otros ojos mi intención no es gustarles. A todos. Ni escribir con alguna pretensión. Digan lo que digan, quien se quiera quedar es bienvenido y me hará sonreír si así lo quiere. El sombrío, el que se va, tiene mi más sincero respeto. (Aunque no me suene cierto)

En lugar de ponerme a ello prefiero arrancarme el cansancio y las preocupaciones y juntarlos en un cóctel molotov que vaya a parar a tu ventana. Enfadarte, si puede ser. Para que acudas al estruendo y, al verme como la culpable, vuelques tu pasión sobre mí.

miércoles, 28 de octubre de 2009

¿Cuánto dura un viaje en ascensor? Depende de los pisos robados al aire, claro. Pero, ¿cuánto puede durar? Lo que dure un orgasmo, o las ganas de él.

Si nos descuidamos acabamos saliendo despedidos de los raíles del elevador que nos va acercando al ansia palpable de descamisarnos para que se hable la piel nada más. Y los dientes, y las marcas posteriores, y las miradas tan cercanas que se chocan. Pulsemos el botón que pulsemos creo que acabaríamos en el mismo sitio, en contarle las pecas a tu espalda con los iris agarrados a mis uñas.

Cuando el tiempo persigue puede ser que sea cierto que se aprovecha mejor cada respiración, por eso intento compartirla y verterla en tu boca a ver si así le arranca un suspiro a tus pulmones, donde puedas volcar la locura angustiosa que a veces se arremolina en el puente de nariz -porque lo sé, que reside ahí- y que ya no vuelva. Que deje sola a la que convive con tu sangre en una armonía caótica, haciéndote a ti, desde la partícula más esencial que pueda encontrar en cualquiera de mis incursiones cuando duermes. O cuando disimulas que sí has escuchado el chasquido de la cámara.

Y en el último instante fijarme en tu sol, en el sol que reposa en tu pecho ejerciendo una odiosa competencia con mi pelo cuando osa desparramarse por el mismo lugar.

Aunque no sepa cuánto dura, a pesar de que mi cabeza se monte sus historias de soñar despierta en cada momento y me puedan parecer escuetos segundos empujándote contra la pared. Le reservo al tiempo otros ratos de protagonismo; no es amigo del egoísmo pero estoy segura de que no va a parar sus pasos para detenerme, para detenernos. En uno de nuestros bailes de lujuria.

viernes, 23 de octubre de 2009

Todo es un caos. Ni siquiera encuentro armonía alguna en la línea perfecta que separa mi alma en dos partes que crecen y decrecen a su antojo. Ni el golpeteo musical y casi irónico del dolor en cada latido. Seguramente no merezca la pena pero no puedo evitarlo. Es duro aceptar que las cosas cambian y que no seré una niña eternamente. Al menos no para el mundo.

Pero está en mi naturaleza soñadora pedirme lo contrario. No obstante, a veces no es posible. Y es cuando sobreviene el caos sobre mi mente. Hasta que se queda a vivir en mis ojos y extiende su grito por mis mejillas.

sábado, 17 de octubre de 2009

Súbete conmigo ahora mismo porque me marcho. Es ahora o nunca. Sé que es precipitado y que probablemente no te va a dar tiempo de traerte nada contigo, pero no te angusties, ni tengas ese miedo en los ojos: yo tampoco llevo nada. Bueno, sí, te llevo a ti.

Resultará un pelín sorprendente pero he decidido irme de este cúmulo de sentimientos que me envenenan. Sí, como tú me dijiste, me están envenenando. Puedes llamarlo huir. Pero huyo de las tormentas que se pegan a mi cuerpo y salen al exterior desde las pupilas, las que me empañan el mirar y me hacen verlo todo de este gris nostalgia que tan poco me gusta ahora. Es tan prometedora la promesa del sol eterno que me voy. Pero puedes venirte conmigo. Es más, espero que aceptes, porque he hecho este viaje para que vengas conmigo.

Así podremos visitar los lugares más oscuros del universo y siempre tendremos luz. Yo al menos sí, si sigue palpitando así en el centro de tu pecho, y si tú no las tienes todas contigo te la puedo prestar porque es tan mía como tuya. Te aseguro que no me importará no poder llorar a oscuras.

De esta manera, aunque en nuestra travesía encontremos los huracanes más intensos y mi alma vuelva a desparramarse por el suelo al verme enloquecer, estarás tú para traerme calma otra vez con sólo una sonrisa y cambiarme de tema, verte sentado a mi lado, dormido o susurrándole a mis latidos qué les ofreces para que se suavicen. Un mundo para los dos te ofrezco yo, pero decídete ya. ¿Nos marchamos ahora?

martes, 13 de octubre de 2009

No suelo llamar la atención a la primera. Seguramente, tampoco a la segunda y en casos extremos a la tercera tampoco pasa nada. Obviamente, para muchos soy como uno de esos entes que resbalan entre la gente a toda prisa, con los que intercambiamos pupilas desconfiadas durante unos segundos... y seguimos caminando. A menudo me gusta pensar qué pasaría si el intercambio se prolongara, cuántas historias surgirían. Sería una locura. De mundos que chocan.

Los sentimientos se intensifican cuando queremos que algo ocurra al límite. Es buena señal, ya que es lo que perseguimos; pero no contamos con el abanico de sentires diversos que están atrapados debajo de la piel y también quieren salir. Llevando a cabo peligrosas piruetas, bailan la felicidad y la decepción, locura y tristeza, diversión y seriedad. Se intensifican ellos, en nuestro pecho, y se intensifican todas las personas con las que nos cruzamos, con las que me cruzo estos días. Se afilan las miradas; todo parece una espiral de seducción.

Mis ojos también observan y le traen imágenes con las que nutrir la mente de fantasmas y preocupaciones. Es curioso, de vez en cuando, encontrarte con la mirada de alguien durante un segundo, incluso sonríen si son valientes, pero ahí se queda la cosa. Para muchos empieza el juego, otros simplemente son meros espectadores.

Me gusta observar ahora porque sé que nunca llamo la atención a la primera. Mi baza, tal vez, sea que exista gente con la que se puede conversar antes de nada. O tal vez no, no lo sé, tengo la impresión con el sol de esta mañana de que he crecido tan rápido que me he perdido algunas cosas. Por ello, por la confusión momentánea entre los litros de alcohol que desfilan por mis ojos y el humo de miles de almas, me limito a observar. A observar. Mientras pienso que nunca nadie me ha dicho que beso bien. Aunque conozca la razón de sobras.

lunes, 12 de octubre de 2009

Como una broma demasiado macabra. Los hilos de la consciencia que se agitan tan deprisa con el viento que nos trae la fiesta. La fiesta, la fiesta que acaba en desventura completa. La fiesta, esa fiesta que tanto ansiamos y que tanto nos molesta al día siguiente, con la mirada perdida en el váter o la cabeza en otra parte: qué fue lo que hice anoche, por qué no lo recuerdo. Ay, las ganas de comernos el mundo.

El incierto modo de tratar la diversión como un cúmulo de sustancias y dinero gastado. Las risas en el bar de siempre no se venden en ningún supermercado. Tampoco encuentro en estanterías que se ofrecen al público el aprender a ser precavido con las bofetadas que nos trae el amanecer de vez en cuando. Es pensarlo y me estremezco.

miércoles, 7 de octubre de 2009

-Pero poco, ¿verdad?
-Sí. Bueno, sí. De vez en cuando, es que si sangrara mucho no seguiría viva. Pero no remite, es constante este río de atardecer refulgente.

Silencio. La sonrisa de ella, la más mayor, una sonrisa gris pero tranquilizadora. Como de fotografía antigua. Ella, ahora más joven, más en paz... más dueña de sí misma. Descorazonadoramente irónico. Y luego estaba la pequeña. Preocupada, nerviosa, nostálgica, con el brillo en los ojos de una fuga próxima de agua y sal.

-Aunque tampoco me importa mucho que me sangre. Me preocuparía que no lo hiciera. Me entiendes, ¿verdad? Dime que sí, dime que sí, por favor...
-No te preocupes. Si sangra o no es irrelevante. ¿De veras crees que me olvidarías si el dolor se cura? ¿En qué lugar me deja eso, señorita?

La pequeña sonrió. Le gustaban esas charlas nocturnas, de repente, con un poco de miedo al principio; pero luego la conocía como no la había conocido antes, y parecía que se le aplanaban un poquito las arrugas del alma. Pero era engañoso: cuando se marchaba, volvían a crearse para que tropezaran con ellas sus lágrimas cuando recordara su nueva marcha.

No se preocupaba en comprender por qué ocurría y por qué venía unas noches sí y otras no. Por el día la sentía en el viento de otoño y recordaba el invierno que se la llevó. A escasos días de estrenar el verde enamoradizo de la primavera, el invierno firmó la sentencia en silencio, con un fondo de luz artificial y el constante sonido de la respiración antinatural. A pesar de las visitas, rememoraba a menudo el último día y cómo se durmió sin apenas darse cuenta. Cómo se marchó la otra, la pequeña, de la habitación sin hacer ruido para no molestarla.

-No quiero que te marches. No te marches.
-No seas tonta. ¿Cómo podría quedarme? Sería una auténtica locura. Ya no tengo hueco aquí, me fui y... No te angusties. Sé que lloras más que por ti por ellos. También los vigilo, no te preocupes, los vigilo y ansío tocarlos, sobre todo cuando los veo llorar en silencio. Quiero que les hagas ver a través de ti y que puedan sentirme, ¿está bien? ¿Lo harás?
-Claro. Si puedo, sí. Si... si sé.
-Claro que podrás.

Miraron un instante la ausencia de la luna en el cielo triste de un primer piso de una zona urbanizada. Deseó volver atrás, hacer lo que sea. Todos menos el final. Lo deseó la pequeña, claro, la otra seguía completamente serena. Como satisfecha y apenada a partes iguales, a sabiendas que debía volver pero teniendo en cuenta que este no dejaría de ser su hogar nunca.

-He de irme. No sufras, no me des trabajo y que tenga que venir a calmarte en sueños. Deja que pueda venir a arroparte sin más. ¿Está bien?
-Vuelve. Cuando puedas, en cuanto puedas.
-Claro.
-Vuelve, abuela.


Y tecleó sollozando al día siguiente sus fantasías, volcando la intuición de verla de repente aparecer detrás de una esquina, esquizofrénica visión, y recordando el sonido de su voz para que no lo borre la ceniza del tiempo en su mente. Volviendo a llorar, habiendo roto el dolor que permanece dormido pero que no es maligno. Simplemente está, ahí. Y vuelve.

Te echo de menos.

domingo, 4 de octubre de 2009

Hablé con el sol al despertar y le pregunté a qué venía el madrugón porque ya no lo recordaba y mis pupilas se agitaban (es su manera de chillar que quieren un poquito más de oscuridad). Me dijo que siguiera adelante y que luego ya sabría a quién preguntar. Me vestí en silencio y notaba los nervios rebotar contra las paredes de mi estómago. Decidí esperar, como me había dicho mi gran núcleo de luz. Raro me pareció que sonreía mucho. Pero no le di importancia.

Más tarde me di cuenta de que tenía razón y, mandando callar a mis remolinos, hablé con su piel en susurros (no quería despertar a nadie). De manera enigmática acabó confesándome que iba a estar orgullosa. Lloró al final porque sentía el sufrimiento debajo de su extensión y eso la ponía triste. Se alegró (la vi) cuando empezó todo y pudo estar tranquila. Ya no había vuelta atrás.

Yo me asusté. Mucho. Los tambores se asentaron en mi corazón al principio, luego calmaron su canción poco a poco, se acomodaron y sólo oía retumbar mis pestañeos.

Conforme pasó el tiempo visité mundos e intercambié emociones con el viento que tímido nos visitó en ese momento. En cada una un rostro, un color de alma, una sonrisa distinta (las mejores son las sinceras).

Cayó la noche y mirando a la luna me di cuenta. Se comunica solamente con silencios, pero me bastó una mirada para entenderlo. Recordé el madrugón y supe por qué. El sol, el sol sonriendo, porque un pecho noble iba a tatuarse su rostro. Con tinta de eternidad, recién hecho, como indefenso; con un brillo peculiar que olía a locura.