miércoles, 30 de marzo de 2011

No sabía si porque había dormido bien o el agua de la ducha le había sentado como poesía, pero ese día se atrevió por fin a hablarle. Sólo tenía una pregunta que hacerle. Cabezonerías. Fantasías varias.

Sus pasos parecían decididos. Por dentro sonreía. Ella le miró cuando estaba ya muy cerca.

-Oye...

-¿Sí?-. Un aleteo de sus pestañas. Ella, en el fondo, se moría de ganas de cualquier pregunta que viniera de él.

-¿Cómo te llamas?

-Eh... Sara. ¿Por qué?

-Porque estás de suerte. Eres tan bonita que acabo de aprenderme una canción que lleva tu nombre.

http://www.youtube.com/watch?v=E0KEDfPawWs

martes, 29 de marzo de 2011

Goteándole del pantalón un reguero de sangre, el cual se camufla en la oscuridad y apenas se deja ver. La herida, no obstante, le hace cojear hasta que llega a su destino y cierra la puerta tras de sí. Se deja caer entonces en el suelo y se examina el resto de heridas, comprobando que algunas están curando debidamente, pero hay otras que todavía palpitan y supuran cada cierto tiempo. Se retuerce cuando posa las yemas de los dedos en algunas de ellas, y cierra los ojos pensando que nadie sabe que está ahí.


Ha perdido el sentido de la justicia. Ahora no es más que una criatura que renquea de vez en cuando y que ha entrenado sus gritos para que no lleguen a oídos de casi nadie. Pero aun así es consciente del dolor que ha despertado, de las miradas y las palabras envenenadas, las pupilas dirigiéndose hacia otra parte; y sabe que ellos lo saben. Que en el fondo lo saben. Sin embargo la posición tomada parece ligera, apenas dañina. Como si por su parte no debiera existir sufrimiento.


Se vuelve a agitar inesperadamente. Sin querer. Y al segundo recuerda por qué. Todavía siguen en su cuerpo esas heridas.

viernes, 18 de marzo de 2011

Hay situaciones con las que no puedo lidiar. En realidad sí podría, pero de vez en cuando el alma está tan gastada que no apetece. Que no hay ganas de ello.

Al menos siempre vamos a tener nuestro secreto. Yo no creo que lo cuente porque sé que probablemente no me va a entender nadie. Sólo tú y el cielo de Getafe ardiendo mientras atardece y el frío que hacía en lo más alto de la terraza de esta casa tan extraña en la que ahora habito. Los enredones en el pelo que me dejó el viento, la canción que me acompañó hace dos años, el bolígrafo rasgando el papel y la esperanza de que de alguna manera me escuches. Por un día m gusta pensar que puedo sobrepasar esas brechas insalvables.

jueves, 17 de marzo de 2011

Yo no puedo con tanto corazón roto. Me chocan las pupilas con rostros agitados, acalorados, que no son más que el reflejo de que algo se resquebraja por dentro. Odio esto. La otra cara del juego, el dolor, el constante recuerdo de que el mundo es tan hijo de puta para que al segundo nos pueda parecer maravilloso.

Siento también cómo se encoge el mío y puedo notar que mi juego también se agota e intenta cambiar de perfil. Que estoy cambiando constantemente y voy a acabar desnuda en un escenario como acababa siempre antes. Antes. O ahora. Confundo los segundos porque en realidad se repiten. No es egoísmo, es supervivencia.

Yo no puedo con tanto corazón roto porque además ya es 17 de marzo y eso me hace recordarte. Pensar que tu casa es un espacio que he eliminado de mi mente, como si ya no existiera y nunca hubiera estado allí. Aunque no fue perderte el no tenerte me exaspera porque la vida sigue sin pararse a que yo pueda recogerte. Traerte de vuelta. Meterte en mi vida y que yo vuelva a meterme en tu casa. Pero sigue roto. Como hace dos años, cuando chocó contra el suelo y yo pensé que estaba perdida. Porque recuerdo esa canción que gritaba que el cielo estaba roto y así fue en el mío, porque de alguna manera no ha vuelto a recomponerse al completo. Aunque supongo que es normal.

Como ya he dicho el dolor de corazón nos hace apreciar todavía más cuando alguien nos lo cura. A pesar de que a veces sea simplemente el tiempo. No es consuelo, pero ahora sólo pienso en que es 17 de marzo y hay tanto dolor a mi alrededor que acaban venciendo mis barreras.

domingo, 13 de marzo de 2011

A veces los observo y pienso en qué habría sido de ellos si hubieran podido realizar sus otros sueños. Sí, esto está bien. Nos tienen a mi hermano y a mí, no vivimos mal, una casa, una vida... Pero, al fin y al cabo, lo que les llevó a este camino fue el sacrificio.

Me estremezco cuando imagino el momento en el que mi padre eligió el futuro de sus hermanos antes que el suyo. Cuando supo que iba a estar trabajando toda su vida pero a cambio sus hermanos irían a la universidad y estarían tranquilos. ¿Cómo tiene que ser ver morir a tu padre y asumir que ahora el juego es tuyo, que te toca a ti, que quieras o no tu vida cambia en ese mismo momento? Habría sido uno de los mejores alumnos. Poco trabajador, pero extremadamente inteligente. Ahora le quedan los libros y los conocimientos que va almacenando día a día. Si todavía le queda sufrimiento lo lleva siempre por dentro. Yo sé que sí, que hay cosas que no se borran, pero sigue riendo a carcajadas muchas veces al día.

Y luego ella... Apenas diez años y huérfana de madre, con una hermana de un año y otro que necesitaba demasiados cuidados. Convertida de repente en ama de casa, un poco confusa, tocada en determinadas fibras para el resto de sus días. A mi madre no le gustaba estudiar, pero tampoco tuvo la oportunidad de seguir probando si le gustaba. Como el que es ahora su marido debió hacerse cargo de algo que todavía no le tocaba, pero a veces las circunstancias agitan los cimientos de todo tu universo, y tienes que cumplir con lo que toca.

Me tiemblan las manos mientras tecleo y es porque sé que ellos también están viviendo su adolescencia y su juventud a través de mi hermano y de mí. Que el sacrificio que les trajo aquí encuentra consuelo en nosotros y su mayor deseo se ha convertido en que se cumplan todos los nuestros. Me viene a la cabeza la frase de mi madre, la que siempre tiene a punto y me hace reflexionar aunque ella piense que no...

Dinero no, lo único que puedo dejaros en herencia son unos buenos estudios... y espero que sepáis aprovecharlos.

viernes, 11 de marzo de 2011

Si me muerdo los labios el gusto en mi lengua es amargo. Se resquebraja la escarcha que se ha formado en estas últimas horas y en cuanto vuelvo a cerrar la boca la siento de nuevo. Sería una noche perfecta para gastarla tirados en cualquier parte o gastarnos sin más. Pero en lugar de ello alimento mi cama de mí e intento distraerme sin una salida que parezca cercana. Pensando en escribir una historia con esa canción que lleva su nombre, imaginando que tal vez alguna lleve el mío y sabiendo, en último término, que en realidad esa última no existe.

martes, 8 de marzo de 2011

Le dije a sus ojos que no podía protegerlo y los vi romperse delante de mí. Estoy segura de que el golpe del momento le impidió saber que estaba mintiendo. Porque siempre sabía cuándo estaba mintiendo.

Lo cierto es que no podíamos seguir así. Bueno, al menos no yo. Cada vez sentía las manos más manchadas de culpabilidad y no podía soportar que también le salpicara a él. La solución parecía fácil: ve con él. Pero opté por protegerlo siempre detrás de una pared, observándolo en silencio, tragándome las palabras que quería decirle. Entre su supervivencia y la mía había escogido la suya; entre su corazón encogido y el mío prefería mil veces sentir yo misma el dolor que escuchar cómo se retorcía el suyo al latir.

Me dijeron que fue cobardía. Y pudo ser. La verdad es que no me replanteé qué fue hasta que lo volví a ver feliz y cada sonrisa era para mí un día más de condena. Intentaba obligarme a alimentarme de su felicidad, pero ese era un privilegio que se había terminado y que, no obstante, sólo funcionaba cuando yo era feliz con él. No por él.

Sé que ya no lo necesita pero todavía me quedo absorta pensando si estará bien. Me lleno de angustia cuando vuelvo a recordar el momento en el que le dije que no iba a volver a protegerlo, y siento escalofríos cuando sospecho que sí que supo que estaba mintiendo.

Me faltan entonces las bocanadas de aire. Todavía hoy.

martes, 1 de marzo de 2011

-Somos adultos -me dice-. Podemos acostarnos sin que haya historias de por medio. ¿No? Vamos, que lo tenemos dominado. No hay por qué mezclar elementos innecesarios. Podemos también esconder que en realidad follamos porque nos ansiamos como dos imbéciles que están enamorados en silencio. ¡Porque somos adultos!

domingo, 27 de febrero de 2011

Tenía la espalda más bella del universo. Tenía el recuerdo de ella en la ducha, con el pelo empapado cayéndole en cascada hasta casi la cintura, y ese lunar justo donde finalizaba su columna. Ella siempre se duchaba mirando a la pared, de espaldas, y a él le gustaba pensar que era solamente para provocarlo. Porque le volvían loco las curvas de sus caderas, su piel pálida, y el cuello despejado guiando sus hombros. Hasta el par de cicatrices que tenía en ella le fascinaban; estaba hermosa hasta cuando mentía sobre cómo se las había hecho, porque él sabía que era una mentira. Pero hasta en ese momento se sentía arder desde adentro, y sabía que en sus pupilas se veían llamas cuando la miraba mover los labios.

Llegó un momento en el que las yemas de sus dedos sólo respondían al impulso de mirarla, de recorrerla con delicadeza mientras ella dormitaba abrazada a la almohada, tapándose sólo las piernas, dejándole su espalda y sonriendo a medias.

Por eso la echaba tanto de menos. Porque todavía no había hallado una espalda como la suya. Se propuso levantarse e ignorar el sufrimiento de sus dedos para encontrar una que también le sirviera, para que le trajera otro aroma distinto a su locura, y lograra olvidar esas cicatrices, ese lunar endemoniado. Pero no pudo. Hasta el momento, no lo había conseguido.

La primera que conoció tenía la boca marcada de carmín, e imaginó esas marcas rojas en su almohada. Sin embargo, algo falló... No era esa espalda. No lo fue. Ni siquiera pudo guiar a sus dedos, porque en su estómago comenzó a reaparecer el dolor, y no pudo soportarlo. Tampoco con la segunda, la tercera, la cuarta. Y así muchas más. Tantas que perdió la cuenta. Enloquecía en el momento en el que les arrancaba la ropa y encontraba lunares equivocados, ausencia de cicatrices, pieles más morenas.

No era ella. Pero lo intentó.

Intentó que de esas pieles saliera la piel de ella. Mientras se limpiaba la sangre de las manos después de cada noche, veía reflejada la ducha en el espejo del baño, y la veía a ella duchándose de espaldas sólo para provocarlo. Menuda zorra. La maldecía cada vez que se quedaba sin habla y se le nublaban los ojos, para despertar allí, lavándose las manos. Y volver a su cuarto, con paso ligero, para revisar y vigilar el cuadro que estaba creando.

Pero no era ella. Era sólo una broma macabra que estaba erigiendo desde sus recuerdos. Suspiraba lentamente entonces. Todavía le faltaba encontrar ese lunar.

viernes, 25 de febrero de 2011

He oído muchas veces que las desgracias nunca vienen solas. Pero también pienso que qué más dará. El caso es que llegan. Que te invaden casi siempre de repente y arrasan lo que pillan a su paso por alguna razón que no entendemos. A veces toca, sin más. Hay que conseguir empequeñecer el corazón para que duelan menos; a pesar de que acaban doliendo siempre, pero eres tú el que controla tu propia regeneración.

Algo que soy incapaz de soportar son las desgracias ajenas. Sobre todo cuando afectan a corazones demasiado grandes y piensas que por qué hay gente que se salva sin que se lo merezca, y hay otra que sufre algo que ni en el peor de los mundos le correspondería. ¿Exageración? Mala suerte, buenos ojos, un nudo en el estómago, quizás. El caso es que no soy yo la que puede controlarlas, ni tampoco tengo ni tendré ese derecho. Es horrible justo esa incertidumbre, porque en el fondo es obvio que es terreno que no se debe pisar.

Sólo puedo esperar y prestar un par de pupilas atentas. Los brazos dispuestos a un abrazo rápido o lento, el silencio que permite pensar y disimular los segundos, que parece que se clavan, como si nunca fueran a volver.

martes, 22 de febrero de 2011

Es un momento claro de pura mediocridad. De sentir que no estás haciendo nada salvo ser la sombra de alguien. Como si no fueras a salir de ser la simple compañía de alguien cuyo nombre sí se aprenden. Justo esa sensación. La de sentirse inútil de cara a los demás. Como si se me hubiesen entorpecido las manos, y yo no fuera capaz de crear absolutamente nada. De darle forma a un par de mundos que poder ofrecer a la gente y que así sueñen. Pero nada. No hay nada. Sólo un ceño fruncido y un agujero negro en el pecho. Ahí creo que debería haber algo.

Vivo en una constante fantasía. Pero de vez en cuando se resquebraja. Ahora mismo no sé quién soy, pero sí sé que siento con total nitidez que no tengo nada que ofrecerle a nadie. Tengo que dejar de pensar que ocupo las mentes de mucha gente. La única mente que debería ocupar es exclusivamente la mía, y ya lo hago, de una manera total, aunque a veces difusa. No obstante siempre hay momentos como este, en los que me desparramo por mis propios bordes y no soy capaz más que de soltar un par de frases que bizquean y echarme a dormir con la esperanza de presentar mejor humor mañana.

Nunca lo entenderé. Por qué así de repente. Por qué tengo que callar tantas veces a mi cabeza y parar impulsos que me volverían loca. En ambos sentidos: positivo y negativo. De vez en cuando es sano dejarme quejarme así, porque a veces de veras viene bien. Sin embargo una cosa tengo clara, aparte de otras muchas que me llevan a ese dramatismo, y es que, sea cual sea la situación y tenga o no ganas de sonreír... se me da excelentemente bien ocultar mis propias miserias.

domingo, 13 de febrero de 2011

Dicen que el peso de una mariposa puede llegar a desestabilizar un universo entero. Me pregunto si la definición de universo se puede aplicar a mi propio cuerpo, si será el aleteo de una mariposa lo que siento ahora en el estómago. Muchas veces me lo pregunto, ¿cómo aguantas las miserias ajenas si en ocasiones apenas tus hombros soportan las propias?

La respiración se me corta a intervalos cortos. Por las noches solamente tengo sueños que se agitan y que recuerdo perfectamente y que sospecho que jamás voy a contar. Estoy en un momento en el que las fechas no tienen sentido, o al menos sólo corren demasiado rápido. Y por qué. Por qué si hace meses precisamente eso es lo que quería, que corrieran los días dejándome sin aliento.

El aliento sí que me falta, pero por motivos distintos a los que pensaba la chica asustada de septiembre y de octubre. La que en noviembre decidió que mejor no pensar en fronteras: si pienso en ellas puedo acabar preguntándome demasiadas cosas. Son rodeos, ahora mismo estoy constantemente dando rodeos, y lo más angustioso es que en estas situaciones hasta las letras se vuelven en mi contra.

Es una cuestión de equilibrio... De su ausencia, de la imposibilidad de uno completo. De pensar que las cosas están bien y ser consciente de que eso no es más que una maravillosa fantasía.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Yo sé que es difícil. Es una tortura asesinar a alguien de esta manera y no tener ni siquiera el atrevimiento de sentirte mal porque eso todavía es peor. Sé lo que es sentir que estás mutilando a alguien sin mancharte las manos de sangre, sentada en la silla, sin hacer nada pero pensando demasiado. Las palabras matan, convirtiéndote en el ser más destructor que salta a tus húmedos ojos en ese momento.

Pero no debemos perdernos de vista. Aunque sea como algo atravesándote el pecho, hay veces que se acaba. Sin más. Que las cosas se agotan y no entiendes por qué antes sí y ahora no. Tampoco entiendes cómo vas a ser capaz de dejar a alguien solo, de torturar así a esa persona que te ha hecho disfrutar tanto, amar tanto. ¿Pero y tú? ¿Disfrutar alargando la agonía, enfrentándote a un día más sin más certeza que la de saber que esto no va a ninguna parte? No es egoísmo, es supervivencia.

Es una putada. Yo lo sé. Sin embargo, aquí y ahora, pocas cosas son eternas. Y ojalá lo fueran. El dolor propio supera millones de veces el dolor que sabes que estás provocando. Tal vez sea una de las decisiones más complicadas de todas a las que nos vamos a enfrentar. Pero es así... hay algunas veces que es una necesidad. Que seguir no tiene sentido, que hay que enfrentarse y luchar de esta manera.

Yo sé que la angustia es insoportable. Y no es que me sea fácil hablar, pues hasta escribir esto me está carcomiendo desde mis adentros más oscuros. No obstante, pase lo que pase, sabes que te tienes a ti misma. Que nos tienes a nosotros. Que tienes los días que te apoyan, algo a lo que agarrarte, saber que tú debes estar bien. Tú. Tú y todo lo que forma para de ti, pero sin olvidar que sin ese tú... eso que forma parte de ti no existe.

domingo, 6 de febrero de 2011

Me cuesta mucho escribir algo que se extienda más de un par de páginas. Por eso casi siempre escribo escenas sueltas que me vienen a la cabeza de repente -suele ser en forma de una frase del diálogo que luego reproduzco- y que no dejan de ser representaciones de algo que siento. Muchas veces me maldigo porque puedo llegar a ser realmente incapaz. No puedo desarrollar adecuadamente una historia.

De todas formas, les acabo de dar vida a Alberto y a Lola. No sé si será una vida que les satisfaga, sobre todo a mi pobre Alberto y a cómo echa de menos a ella, pero sigue teniendo a Lola. Les he dado un final distinto al que tenía pensado, y todo fue porque el jueves después de la universidad me los encontré.

Estoy segura de que eran ellos. Yo estaba esperando al tren y de pronto me encontré con los rizos de Lola. Una Lola diminuta que me miraba de soslayo y muy tímidamente para ver si yo le volvía a sonreír o le sacaba la lengua otra vez. Alberto la cogió en brazos y juntó su nariz con la nariz diminuta de la pequeña Lola, y las risas de ella me hicieron decidir que ese iba a ser mi final. Eran ellos, aunque tuvieran otros nombres y mi hipotético Alberto no tuviera a nadie que echar de menos, pero yo sentí que eran mis personajes, justo delante de mí, de carne y hueso.

Así que les he dado ese final, al fin y al cabo he hecho sufrir mucho a Alberto durante las largas y difíciles páginas. Se merecía un descanso, las risas de Lola. Además, yo no sé decir si creo o no en las señales... pero de vez en cuando me gusta seguirlas.

viernes, 4 de febrero de 2011

Proyectos literarios.

"Las promesas pierden fuerza con el tiempo. La primera vez que las pronuncias vibran en tu boca como las cuerdas de un violín tocado con auténtica pasión, pero luego la melodía pierde poco a poco aliento, y llegan a convertirse en una frase débil bailando en la memoria."

Y obsesiones varias...

martes, 1 de febrero de 2011

Cuando empezaba el frío era agradable fregar los platos. Después de llegar al bar con las manos heladas, el agua caliente golpeando las yemas de sus dedos era como un presagio. Como si mantuviera un diálogo con sus dedos. Preparaos, que vamos allá. Así que cuanto más caliente saliera el agua del grifo mejor.

Las piernas comenzaban a temblarle más o menos cuando los camareros anunciaban que ya no quedaban cenas, que esos eran los últimos resquicios de la vajilla empleada esa noche. Entonces sentía de nuevo la ya conocida oleada de desalientos en el estómago, y comenzaban a encenderse las comisuras de sus labios. Allí nadie la entendía. No por el idioma, el cual ya dominaba, sino porque no comprendían que le llenara más esa hora al final de la noche, cuando bajaban las luces del bar y comenzaban a servirse las copas. Claro que lo decían porque por eso no le pagaban. A ella le pagaban por fregar los platos.

Cerraba el grifo. Se secaba bien los dedos, y se quitaba el delantal sin dejar de moverlos. Algunos le sonreían porque conocían sus nervios, y otros ya la esperaban de pie en el bar, para escucharla unos instantes y marcharse, por fin, a descansar. Se pintaba los ojos porque así parecía que marcaba una distancia, que no estaba allí por un favor, sino porque de verdad le habían pedido que los iluminara a todos. En realidad sabía que eran tontadas, que a ella le gustaba verse con esos ojos marcados, y que tampoco le importaba mucho que nadie le hubiera suplicado.

Echaba a andar con sus tímidas botas sin tacón. Subía al pequeño escenario improvisado que el bar ponía a disposición de los nocturnos. Agarraba fuertemente la correa de su guitarra, miraba de soslayo a aquellos que estaban sentados en las mesas y de pie en la barra. Muchos no la miraban, o le prestaban sus pupilas despreocupadas durante unos segundos. Pero ella sabía que en sus oídos estaba, durante una hora, eso, solamente ella. Y con eso le bastaba. No estaba mal ser ella misma una hora de las veinticuatro de un día cualquiera de fregar platos.

jueves, 27 de enero de 2011

Labios cortados. La pintura de los ojos difuminada. El pelo hecho un desastre. Un abrigo horrible que desdibuja la figura pero que sí abriga. El cuello siempre tapado porque si no me muero de frío. Amante en silencio de la Gran Vía de Madrid (es el lugar donde salen a relucir los sueños que se relacionan con escenarios). El corazón lleno de remiendos, como es normal. La sonrisa a punto. Miedo a que me vengan a limpiar y no poder estar en la habitación tranquila. Setenta hojas desparramadas por el suelo mientras subía las escaleras, viniendo de reprografía. Ineptitud con casi todo lo musical, pero disfrute con la gente que sí que son unos artistas en ese sentido. Ganas de no hacer nada. El zierzo casi debajo de las uñas. Las uñas por cortar. Los ojos cansados. Las pupilas, a escondidas, atrevidas. Poca relación con la elegancia. Manías que perjudican casi siempre. Chocolate. Lo acordes de una canción determinada, despertando el mismo sentimiento siempre que suenan. La barbilla en el hueco de la mano izquierda. Ganas locas de escribir algo que haga sentir sin más. La tripa sonando. Pocos minutos para la marcha. Pensamientos. Minutos perdidos que tanta falta hacían. El tictac de siempre, pero de manera distinta. Frases sueltas. Silvio Rodríguez. Cómo me haces hablar en el silencio. La calle y de mis cascos saliendo vida. Envidia de esas películas que me hacen soñar con ser parte de ellas. Sueños. Como siempre. Que un día acabarán conmigo. Pero hasta entonces... Voy a terminar de prepararlo todo, no vaya a ser que me entren a limpiar.

martes, 25 de enero de 2011

En muchas ocasiones fantaseo con la idea de abandonar mi vida al completo. Al principio me parecía algo horrendo, pero ahora he llegado a la conclusión de que todos tenemos la libertad -aunque no la habilidad- de deshacernos de nosotros mismos por unos instantes. A veces es, incluso, necesario para purgarnos por dentro.

A lo largo de todos estos años me atrevo a decir que sólo sigo fiel en un aspecto. En esa tontada enorme de eso, de fantasear constantemente, de tener un archivo de sueños al que raro es el día que no acudo. Hay días en los que me cuestiono si no estaré siendo egoísta. Al fin y al cabo todos tenemos una vida. ¿Es tan difícil conformarse?

Unos en Irlanda, Malta, Portugal, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y yo... Yo aquí. Estornudando en mil partes distintas del mundo, pero sin moverme de la silla de mi cuarto.

Si no encuentra el hueco el corazón se vuelve loco.

sábado, 22 de enero de 2011

El martes cumplí años. A algunos no os veía desde Nochevieja. He ido de propio a ver si os veía pero no ha podido ser, así que nos hemos marchado mientras las manos que me sujetan os decían "os llamamos luego." Os hemos llamado luego. Ya os habíais marchado.

En el Duende ha sonado el cumpleañosfeliz de rigor, el de siempre. Pero el bar estaba vacío. Hugo ha sonreído y Astrid cantaba en bajito. Rubén sonreía pero sé que por dentro seguía encendido de rabia. Porque me había visto llorar de decepción, al comprobar cómo mi mente se había equivocado. Porque pensaba, sin más, que bajo el cúmulo de circunstancias al principio descritas tal vez vosotros también quisiérais pasar la noche conmigo, tanto como yo deseaba pasarla con vosotros. Porque el martes cumplí años. Y a algunos no os veía desde Nochevieja.

Sin embargo, la canción ha sonado fría en el bar. Porque ya os habíais marchado, y lo peor es que ni siquiera os dais cuenta de vuestros actos.

jueves, 20 de enero de 2011

Mientras leo en la abarrotada sala de espera pienso que la vida tiene que antojarse dolorosamente maravillosa cuando sabes que se te escapa poco a poco. Que en ese momento tiene que desaparecer cualquier situación que nos parece trascendente en nuestra rutina. Ya no existen cumpleaños, exámenes, confusiones amorosas o cualquier otro acontecimiento, porque sólo estás tú y el tiempo. El tiempo. Cada segundo que pasa es como un latigazo que te va levantando lentamente la piel de la espalda.

Es eso. La vida. Como una gran llanura que se extiende ante tus pies y de la cual sabes que no vas a poder cubrirla nunca. Es esa rabia, esa rabia tan estúpida, de decir ¿qué hago ahora yo?

Nunca he tenido miedo a la muerte, lo que me aterra de verdad es dejar de existir, dejar de disfrutar de tantas y tantas cosas que me hacen sentirme viva ahora. Dejar huérfanos de mí a los míos, y ni siquiera poder estar presentes para abrazarlos, besarlos en el cuello, e intentar introducir en sus arrugadas almas un segundo de consuelo. Siempre diré que es la situación más injusta de todas cuanto conozco.

Entre estas reflexiones levanto la vista del libro que estoy leyendo -el cual, justamente y de esa manera mágica que tienen la literatura y la música, habla de lo que me asusta, de irse para no volver- y me encuentro con que la sala de espera del hospital se ha ido vaciando poco a poco, y estoy casi sola. Se me encoge el corazón y se me llenan los ojos de lágrimas al ser consciente de qué cerca está siempre, y qué poca cuenta nos damos.

Entonces se abre la puerta, una voz femenina dice mi nombre, y de repente me siento inexplicablemente tranquila. Porque cuando hay cosas que escapan al poder de nuestras manos... ¿qué sentido tiene intentar luchar si la rebelión todavía no depende de ti?