lunes, 22 de agosto de 2016

Hoy he tenido un sueño que ha hecho que me despertara con la idea fresca en la mente de que cada vez me cuesta menos romper con el pasado. Hace años me era muy difícil, pues era de las que se aferraba con melancolía a cualquier detalle que tenía los días contados y así me dejaba las uñas. Pero llega un momento en el que uno comprende que hay lastres que hay que soltar con naturalidad, para seguir hacia adelante. Sobre todo si está en juego cierto porcentaje de salud mental.

Cada vez me cuesta menos romper con el pasado, y no lo digo en su sentido más peligroso, pues el resultado no es que de repente desprecie todo lo vivido y siga la carretera con el piloto automático puesto sólo para no pensar en las curvas que dejo atrás. No es eso. Más bien es que cada vez me cuesta menos separar lo importante, aislar lo que no merece la pena conservar y soltarlo como quien tira una botella de vidrio vacía a la inmensidad del océano. Así que sí, tal vez tenga que modificar la frase y añadirle un detalle para que quede así: cada vez me cuesta menos romper con el pasado sobrante.

viernes, 19 de agosto de 2016

El cambio es crecimiento.

- ¿Cuándo regresarás?
- Toda la noche me hicieron la misma pregunta. ¿Sabéis algo? ¿Queréis saber un secreto? Quizá no vuelva nunca. ¡Esta podría ser la última vez que veis a Scotty P. en Pretzels!
- ¿Te irás y ya? ¿No volverás para ver a tu familia o a tus padres nunca más?
- Mis padres van a jubilarse. Los dos, este año, y están pensando en mudarse allí.
- Es una locura. Y un poco triste...
- No, no. Me encanta haber podido volver aquí con Suki. Pero me encantó el instituto, me encantó la universidad y ahora... me encanta Japón. Me encanta todo lo que he podido hacer con mi vida. Y, ¿sabéis qué? Seguramente me encante lo próximo que haga. Sea lo que sea. Así que, ¿por qué seguir mirando atrás cuando hay tanto por venir? ¿Lo entendéis? ¿Es de locos? Sí. ¿Triste? No, para nada.

martes, 9 de agosto de 2016

Martes noche, agosto.

Qué afortunada soy 
pienso, 
mientras se me hincha 
el 
pecho.

A mi yo de hace 365 días:

Querida yo,

Gonzalo me ha enseñado la foto que nos hicimos hace justo un año en la fuente del Parque José Antonio Labordeta y he de decir que parece que haya pasado un siglo. Estaba nublado y hacía algo de frío, y yo iba con esa sudadera gris de mi hermano que evidenciaba que no me apetecía vestirme, es decir, salir de casa. ¿Te acuerdas?

En la foto sonrío, pero al mirarme recuerdo el dolor en mi pecho. Lo recuerdas, ¿verdad? No se iría hasta meses después, ya pasado noviembre. Parece increíble. Sentí pinchazos de puro dolor durante semanas. ¿Cómo el estado anímico puede tener tanta influencia sobre el físico? Pero, bueno, es igual; lo cierto es que después de tener paciencia la angustia dejó de golpear el espacio entre mi diafragma y mis clavículas, y desde entonces no ha vuelto a dolerme. La piel está dura, tersa, con brillo. Sin cicatrices.

Parece mentira que haya pasado sólo un año, porque en verdad en estos meses han pasado muchísimas cosas. ¿Recuerdas la preocupación de mamá y papá, las horas eternas, los temblores y los rastros de rímmel? Creo que nunca había llorado tanto como en 2015. 

Quería escribirte para decirte que, a pesar de todo, me siento bien. Hace un año tú no habrías podido creerlo, aunque sabías que el tiempo traería alivio, pero fuiste fuerte y resististe y, como en todo, el equilibrio nos ha devuelto lo que nos merecíamos. Y sabes que tampoco ha sido una cuestión exclusivamente de fuerza, sino también de saber ser humana, honesta, íntegra.

Sigue creyendo en ti con fiereza y pasión. Sólo así podrás actuar bien, aceptándote y enfrentándote a ti misma. Porque la verdad es que a ninguna de las dos nos sirve otra forma de salir adelante.

viernes, 29 de julio de 2016

La verdad es que de ellos me quedo con el ellos que existió en los momentos que compartimos, cuando sonreíamos juntos y me hacían sonreír, y eran una persona diferente a la que son ahora, porque estaban conmigo, me dejaron conocerlos así, a solas, y con ese privilegio que pocas tendrán me quedo, por encima de todo.

martes, 26 de julio de 2016

Perder la cuenta de tantos "tantos" y "tan".

Hoy me he paseado por medio Madrid con un bañador porque hemos hecho una guerra de agua en el trabajo y, a pesar de tener en la oficina la maleta porque volvía de viaje, no tenía una muda de recambio. Parece una frase que inicia un relato enrevesado e ingenioso pero no; es totalmente cierta y mía.

Últimamente estoy haciendo tantísimas cosas que estoy perdiendo la cuenta de todas ellas. Estoy viendo tanto cine -bajo demanda, en salas, de verano- y tantas series y leyendo tanto que. Estoy tomando tantos cafés y tantas cervezas que. Estoy abrazando tanto y queriendo tantísimo a los míos que. Estoy hablando tanto sola y cantando tanto por la calle mientras tamborileo con los dedos en las farolas y las paredes que. Estoy riéndome tantísimo y sonriendo y esquivando besos que. Estoy bailando y sincerándome y durmiendo y viviendo y repitiéndome tanto que...

Que el otro día lo decía: estoy sintiéndome tan bien últimamente que me estoy recordando a un producto de Mr. Wonderful y la verdad es que no quiero, porque me parecen algo odiosos.

Creo firmemente que hay cierto bienestar que sólo podemos alcanzar cuando estamos solos. Y, hago un inciso: también pienso que hay una parte de nosotros que sólo se completa con una pareja. Pero creo que estoy ahí, en el primer bienestar. A menudo pienso que en diciembre inicié un paréntesis que me mantuvo a gusto pero no así de bien, y que se prolongó hasta más allá de febrero, cuando ya dejé de sentirme a gusto para sentirme un poquito menos a gusto. Sin embargo ahora noto en la espalda los restos del cascarón que mis alas han roto y, sí, lo admito: no me sentía así de bien, estando sola, desde abril de 2014.

Iba a escribir que "se inicia" un verano fantástico pero lo cierto es que casi me he comido la mitad y apenas me he enterado porque tengo tanta energía que me faltan días para desparramarla disfrutando conmigo y con los míos. Supongo que necesitaba llegar a este punto de nuevo, al bienestar pleno y natural. Sin mitades, ni huidas, ni distracciones.

lunes, 18 de julio de 2016

London, my dear.

- Es curioso, pero me di cuenta de que todas las personas de las que me despedí el sábado... -me dice.
- ¿Se despidieron de ti como si fueran a verte al día siguiente? Lo pensé.

Él asiente, entre bocado y bocado de tarta de chocolate.

- Es mejor así -le digo-. Además, ¿qué es una despedida? Tampoco es para hacer nada especial. Simplemente es decirle adiós a esa persona, y esperar...

Y por eso lo abrazo después, con fuerza, como siempre, dejando que mi cabeza encaje debajo de su cuello y fingiendo -sin fingir- que voy a verlo mañana, que vamos a tomarnos unas cañas, o ir al cine de verano, o beber ginebra en mi sofá destrozado mientras vemos fotografías de hace años y no paramos de reír o que vamos a seguir devorando series como lo hicimos con Unbreakable Kimmy Schmidt. Obviando el hecho de que no sabemos si volveremos a vivir en la misma ciudad, pero asumiendo, porque a veces estas cosas simplemente se saben, que sea como sea volveremos a encontrarnos.

domingo, 3 de julio de 2016

Escalofríos.

Es curioso cómo funcionan nuestros adentros. Hoy llevaba horas sintiéndome inquieta y triste sin terminar de averiguar el motivo. Pero no ha pasado mucho tiempo hasta que he averiguado el porqué: Blanca se marcha, y con ella un año increíble y lleno de buenos momentos.

Nuestra edad y nuestras circunstancias, viviendo en otra ciudad en una situación complicada, provocan que tengamos que acostumbrarnos a las despedidas. Sin embargo, soy incapaz de acostumbrarme a esta sensación de pérdida y vacío, aunque sea temporal, que se pega a mi piel cada vez que alguien que me sostiene tiene que irse. Me he dado cuenta de que para mí Madrid es Madrid por toda la gente que está aquí, "la familia que elegimos" como ha dicho hoy la que fue mi compañera de la 505, y que cada vez que alguien se ausenta de esta ciudad maravillosa es como si para mí se derrumbara una de sus torres.

Pero este dolor no es amargo; de hecho creo que una de las cosas más bonitas que hay es poder llorar con alguien mientras se sonríe. Son esos momentos, en los que el alma se resiente, en los que uno se da cuenta del valor que tienen las personas, de la importancia que tienen porque, al fin y al cabo, ¿qué es una vida sin nadie para compartirla?

martes, 28 de junio de 2016

Atardecer. (IV)

...

- Y después de esto, ¿qué es lo que queda?

Kairum la miró y esperó a que Ictria siguiera hablando. Despuntaban las últimas luces del atardecer, que cubría sus cuerpos de un tono naranja que recordaba vagamente al fulgor de las llamas de los Subsuelos. Aunque eso Kairum no podía saberlo. 

La muchacha no continuó, y por ello decidió apremiarla.

- ¿A qué te refieres?

Ictria cogió un bolígrafo y empezó a jugar con los restos de cemento fresco. Miraba sin ver, absorta en un pensamiento que creyó que no iba a revelar nunca. Pero Kairum era diferente, aunque ser consciente de ello le provocaba un revolcón sísmico en el estómago que no hacía más que recordarle por qué estaba allí.

- Vine aquí porque ya no me quedaba nada allá de donde venía. Por la rabia. No sabía qué quería hacer, sólo sabía que quería vengarme de lo que le habían hecho a las mías.

Kairum asintió y se acercó a ella. Ictria se separó ligeramente mientras fijaba su vista en el horizonte.

- Y ahora... ¿Qué va a pasar cuando se termine lo que vine a hacer aquí? -. Él la miró fijamente, comprendiéndola- No tengo ningún tipo de objetivo. En realidad, creo que me da absolutamente igual, y eso es lo que me asusta. ¿Qué hay más allá de toda esta ira? No me importa. No quiero saberlo.

El sol ya se había escondido del todo detrás de los altos edificios de piedra. La estampa les hablaba de opresión y miseria. De promesas por cumplir.

Ictria dejó el bolígrafo y comenzó a incorporarse para levantarse. Kairum quiso frenarla y ella no le dejó.

- Mañana, cuando el sol se ponga, seguramente esté muerta. Y me da igual. Me da igual, Kairum. Estoy vacía.

Y se fue.

Kairum intentó disimular el abismo en su pecho. Era como si un cañonazo comenzara a comerse su piel desde el estómago hasta las clavículas. Notaba los pinchazos de ansiedad en el pecho, y se sintió un cobarde.

Observó los restos de cemento. Su amiga había escrito su nombre inconscientemente, pues no había prestado atención a sus garabatos ni un solo segundo. Coronando la segunda i, Kairum reconoció una espiral simple.

Suspiró inevitablemente. Y se preparó para lo que les esperaba en las próximas veinticuatro horas.

***

martes, 21 de junio de 2016

Lena.

Llevo unos días pensando en escribir esto, pensando en volver a escribir en segunda persona. En verdad, era cuestión de tiempo. Y hoy he pasado por casualidad por delante del restaurante turco en el que casi rogué poder usar el cuarto de baño la noche de mayo que me rompiste en dos, y luego ha sonado Use Somebody de Kings of Leon y he sabido que estaba preparada para hacerlo.

Sé que lo estoy porque desde hace días siento que me estoy reconciliando contigo. Lo sé porque ya no hay rabia ni tropiezos con los peores recuerdos. Siento que hay coherencia, y es esa simpleza tan calma la que me permite apreciar todo lo que obtuve gracias a ti. O a nosotros, cuando nuestros cuerpos formaban ese pronombre y nos llamábamos de manera diferente. ¿Te acuerdas? Claro que te acuerdas. Lo sé porque todavía me lees, igual que yo sigo reparando en que aún lo haces. Aunque ya hayan pasado un par de años.

Después de años llena de hielo encontrarte me hizo volver a sentir. Cuando me había acostumbrado a alimentarme de las historias de amor que experimentaban otros, aparecieron tus ojos gigantes y amarillos e hicieron saltar por los aires todos mis esquemas. Y eso no lo puedo negar, ni desdeñar, por muchas cicatrices que albergue con tu nombre ni por muchas veces que se resienta mi piel cuando bajo la guardia y se vuelve a impregnar de los juegos sucios y los recuerdos más oscuros y dolorosos que también protagonizamos.

Gracias a ti he aprendido que hasta el alma más entumecida puede volver a agitarse por la pasión que otro despierta, pero también he aprendido a conocerme mejor y tener más claro lo que merezco y lo que no. ¿Quién no puede llegar a una conclusión parecida, haciendo balance? Pero lo cierto es que no puedo negar que voy a llevarte tatuado siempre. Y asumirlo sin rencor es como darme una ducha de agua caliente después de un día agotador.

Y es que formaste parte de mí, de igual manera en que ahora formas parte de mis días pasados. Soy como soy porque tú apareciste. Crecí contigo. Y en el fondo de mi ser, aunque a veces pueda olvidarlo, siempre va a haber un agradecimiento tímido hacia ti por ser una parte más de mi camino.

martes, 14 de junio de 2016

viernes, 10 de junio de 2016

Cosas que hacer antes de irse de Madrid.

Salir toda la noche.
Ser las reinas de la pista del Candela.
Desayunar en San Ginés.
Ver amanecer desde el planetario.
Ver atardecer desde las Tetas de Vallecas.
Cenar empanada casera.
Recordar batallitas como si fuéramos viejecitas de 70 años.

Sentirnos (afortunadas).

miércoles, 8 de junio de 2016

Hoy se ha materializado ante mí el equilibrio. Lo he visto, y sé que no he podido disimular que la expresión de mi cara ha cambiado durante esos segundos. Hace años, elaborando el regalo de cumpleaños de un amigo, me topé con una frase de la serie Me llamo Earl que desde entonces no he podido borrar de mi cabeza.
Todo lo que va, vuelve. Haz cosas buenas y cosas buenas te pasarán. Haz cosas malas y volverán para atormentarte.
Por supuesto que es difícil para mí hablar sobre el equilibrio. Todavía algo se retuerce en mis adentros cuando soy consciente de que pasé la mayor parte del año pasado llorando a escondidas; en mis hogares, en el trabajo, en el transporte público. Pero no voy a clamar al cielo. No voy a exigir justicia divina. No voy a culpar al universo de los golpes. Y tampoco voy a proponerme que, si acabo devolviéndolos, no será mi culpa, sino de los que antes me hicieron daño a mí.

De alguna manera, cuando era todavía más inexperta y los sentimientos y las emociones se me desbocaban sin que yo supiera, ni quisiera, tomar el control, me di cuenta de algo revelador para mi vida: sólo voy a estar bien cuando me pare a recomponer mis pedazos. 

Pero me costó. Demasiado, porque en ese proceso soy consciente de que herí a otras personas. Sin embargo, desde entonces no encuentro otra manera de ordenarme y sanarme, de alcanzar la paz. Tuve que dejar de correr. Tuve que obligarme a frenar en seco y enfrentarme a mí misma y a mis circunstancias, aunque a veces duelan demasiado y sea muchísimo más fácil, pero mucho, seguir hacia adelante sin rumbo fijo, simplemente hacia adelante, todo lo rápido que la cordura lo permita, dejando atrás lo que nos atormenta aunque anude nuestro camino.

Si lo alejo, no me afectará.

Pero afecta. Al final siempre acaba volviendo igual que la marea devuelve los objetos que se ha tragado el inmenso mar. Para mí el equilibrio es concentrarme en conseguirlo conmigo, encarando lo que viene. Siempre duelen los golpes, sobre todo los que vienen de puños ajenos, pero estos años me han enseñado que la única manera de seguir adelante es centrándome en lo propio, en mí, en todas mis partes esenciales.

Carmen me decía esta mañana que había leído que las mejores historias son las que nos cuentan lo que ya sabemos. Y tiene razón. Y por eso me gustan tanto las historias de otros, porque a veces subrayan en el momento justo lo que he estado ignorando, por muy evidente que pueda resultar, y hacen que una luz se encienda dentro de mí, ya sea de alerta o de alivio.

Mientras escribo esto recuerdo un capítulo de una serie en el que él, herido por una relación intensa y reciente, discute con ella y defiende su pasividad y su agresividad aludiendo a una supuesta maldición que tiene su familia y que les impone un bloqueo emocional que les impide tener una vida plena. Ella, una chica que está conociendo después de encapricharse de ella rápidamente, le mira decepcionada y le manda un ultimátum:
Esto ha hecho que vea las cosas realmente claras. De todo lo que va mal en tu vida, culpas a alguien: a tu madre, a tu ex, incluso a tu abuelo muerto, joder. Lo cual significa que, si algo va mal entre nosotros, vas a culparme a mí. 
(...)
Mira, te quiero, Cole. Pero no puedo deshacerme de tu "maldición". Tienes que hacerlo tú mismo.


Y, es que, si no nos preocupamos de hacerlo nosotros mismos, de conocernos y encargarnos de lo que somos y alcanzar lo que queremos ser, internamente..., ¿cómo será posible que en el futuro no cometamos los mismos errores una y otra vez? 

lunes, 30 de mayo de 2016

Y que comprendas ahora,
que siempre devuelve el golpe el mar.





Casualidades.

Lo besé despacio, con el sabor del tabaco en la boca. Creo que sólo lo hice porque los dos sabíamos que no nos queríamos y, sobre todo, que no íbamos a querernos nunca. A nuestras espaldas las conversaciones nocturnas apagaban el estruendo de canciones de rock que salía del bar donde habíamos vuelto a encontrarnos, y en medio del amor-odio a las casualidades decidimos sonreírnos y preguntarnos sobre qué había sido de nuestras vidas.

Él era el recuerdo al que recurría siempre que me sentía herida; un rostro sereno y tímido en blanco y negro. Yo para él, sin embargo, seguía siendo aquella chica asustada pero atrevida que conoció en la universidad, y esa noche nos reímos por primera vez de nuestro primer encuentro.

Me pasó el brazo por los hombros y agradecí el gesto apretándome contra su cuerpo y descansando la nariz en el hueco de su cuello, mientras aspiraba su olor. Pensé que podía quedarme dormida así justo cuando él me pasó otro cigarro y yo le regalé las pertinentes marcas de carmín. Seguimos hablando de cine mientras se nos hizo de día y el sol nos dijo que era hora de volver a casa.

Me dejé guiar por su mano, enorme y fría, y después de días agitados me sentí en calma. Le dije que era como mi falso refugio, y él sonrió de nuevo, guapo por dentro y por fuera.

- Casualidades... - me contestó. Y seguimos caminando.

sábado, 28 de mayo de 2016

Alberto sin Marga, y viceversa (III)

Antes de despertar y tomar consciencia de dónde estaba, Alberto ya pudo notar la desolación heladora de su casa. El sol iluminaba el espacio diáfano, pero se negó a salir de debajo del edredón hasta que no se le pasara esa súbita sensación de inmensidad y vacío. Se rió, amargamente: entonces podía estar días metido en la cama.

Pensó que la música lo salvaría, que el trabajo podría ponérselo fácil o que continuar con sus quehaceres cotidianos contribuiría a que el dolor fuera convirtiéndose poco a poco en melancolía. Pero desde hacía días sentía la ausencia de Marga, lacerante, ubicada en un abismo que se le había abierto en medio del pecho.

Se levantó y encendió la cafetera. Segundo a segundo, se autoconvencía de su decisión, repasaba las ventajas y hablaba consigo mismo repitiéndose que la soledad era la mejor opción cuando estaba en riesgo el bienestar de la persona a la que se quería. ¿Hasta qué punto desear la protección de alguien podía suponer apartarlo y ocasionarle dolor? Alberto todavía no había logrado responder esa pregunta; al principio creyó tenerlo claro, pero conforme el reloj se iba desmarcando del momento en el que tomó esa decisión iban creciendo las dudas. Y el miedo, que no se marchaba.

Dio vueltas al café sin azúcar mecánicamente, evitando levantarse y comprobar la ausencia de notificaciones en su teléfono móvil. Al final lo hizo, y comprobó la ausencia de Marga en su teléfono móvil. Además, su apartamento no le daba un solo respiro: los colores y las formas que registraban sus ojos lo devolvían a recuerdos con ella, a todos los momentos que se regalaron desde que él decidió abrirle la puerta de su refugio aun sabiendo que sus heridas no estaban curadas del todo. Pensó que el elixir de Marga le ayudaría, pero al final del camino se había sentido incapaz de sobrellevar sus taras sin sentirse insuficiente para ella.

Recordó el día en el que la trajo a su piso por primera vez, y no pudo evitar que las manos le temblaran. Marga...

Cogió otra vez el teléfono y buscó su número. Dudó sabiendo que no iba a llamarla. Esperó unos segundos.

Volvió a la cama. El café se le quedó frío.

***

La despertaron los latigazos de dolor en las sienes, al ritmo de sus latidos. Pum-pum, pum-pum, pum-pum. Marga no opuso resistencia y dejó que le cayeran un par de lágrimas por las mejillas mientras se incorporaba con cuidado para que no le explotara el cráneo y manchara las paredes de su habitación de sangre y sesos.

Qué resaca, pensó. Qué dolor en el pecho, se respondió a sí misma.

La noche anterior había salido para no quedarse en casa y sus pocas ganas de divertirse, unidas a las semanas tranquilas en las que apenas había probado el alcohol, fueron la ecuación perfecta para que su jaqueca fuera equivalente a su apatía.

Miró el teléfono por pura costumbre sin poder esquivar pensar en Alberto y en que desde hacía días no sabía nada de él. No obstante, sabía que iba a seguir así. Lo tuvo claro desde el principio, cuando vio la firmeza en sus ojos, y no se resistió a retenerlo porque habría sido absurdo. ¿Qué sentido tiene sujetar a una persona que quiere irse? La única manera de salir adelante era afrontar ese dolor sordo y dejar atrás la rabia a golpe de simplificación: dos personas no deben estar juntas si una de ellas no quiere.

Pero ni siquiera el estoicismo es imperturbable del todo.

Cuando se reencontró con Alberto se negó a creer en la magia. Sin embargo, el paso de los días y el hecho de caer en la trampa de querer interpretar las señales la habían conducido a dejarse arrastrar por ese pozo de misterio sin fondo que eran Alberto y sus ojos negros y llenos de miedos y ganas, en batalla constante. ¿Cuándo puede saber uno si está de verdad preparado para amar?

Marga abrió el cajón donde guardaba las medicinas y se levantó para desayunar, pero a mitad de pasillo se detuvo, entró a la cocina únicamente para coger un vaso de agua y se volvió a su habitación. Su estómago no iba a quejarse: llevaba días sin sentir una pizca de hambre.

Se tragó un par de pastillas y cerró los ojos, muy inmóvil, para evitarse en todo lo posible el dolor de cabeza. Sintió la ansiedad que le provocaba la necesidad de calma, y se tapó con las sábanas, deseando que ojalá algo tan simple pudiera curar también el frío por dentro.


domingo, 22 de mayo de 2016

Arañazos.

Parece que no.
Que no existían esas fórmulas.
Que a veces es mejor derivarse a la filosofía y hacerle caso a aquellos de la escuela de Ockham que opinaban, como él, que la respuesta más sencilla suele ser la más probable.

Todavía no sé si existen esas fórmulas.
Pero sí
-porque los noto-
estos arañazos que duermen conmigo desde hace días.
Los siento
protegidos por las paredes de mi cuerpo.
La intranquilidad,
los coletazos de ansiedad,
la tristeza muda y gritona,
el amargor de no querer dedicarle tiempo a la comprensión.
El tiempo
que implora
paciencia.
Paciencia.
Lo único a lo que puedo agarrarme ahora,
en estos días,
estas horas envenenadas,
la promesa de que si aguanto todo irá mejor,
si respeto todo irá mejor,
si guardo silencio todo irá mejor.

Y así.
Continúa la tempestad en mis adentros,
acallada,
destemplada,
desgarrada a arañazos de nostalgia,
de recuerdos,
de preguntas,
de tequieros que hasta hace poco existían.

Pero ahora no.
Como esas fórmulas.

Ahora sólo existen estos arañazos,
socavando mi piel,
disputándose el control de mi alma,
re-herida,
re-deshecha,
re-desengañada,
re-entristecida,
pero, aun así, aunque no cure esos latigazos sanguinolentos,
orgullosa
de la valentía
-una vez más
(valentía de mierda, de qué sirves cuando los silencios arañan)-.


La esperanza
de que el tiempo sanará esta incertidumbre
me golpea
y
hace que me sienta de nuevo engañada,
desmerecida
y, tal vez, equivocada.

Paciencia.
Mientras desenrollo las vendas que guardé no hace mucho
-menos mal que las conservo-
y espero a que los arañazos cesen.
Y se lleven,
así,
esta negrura de desencanto.

lunes, 16 de mayo de 2016

Mi piel en silencio grita: "Sácame de aquí"

Cae la piel rota
dejando al descubierto la otra 
con más brillo que la que cae 
porque algo está alimentando.