lunes, 8 de septiembre de 2025

Talón de Aquiles.

Mi psicóloga dice que las personas que padecemos trastornos de ansiedad siempre vamos a tener un talón de aquiles. Que, con el trabajo de lo que a veces supone muchos años (años con muchas eses), ese talón de aquiles puede acabar difuminándose pero que siempre estará ahí. La aceptación, de nuevo. Y el trabajo que supone, sobre todo si eres alguien de extraordinaria autoexigencia.

Yo sé cuál es mi talón de aquiles. Ella también, porque lleva viéndome crecer seis años. Y cuando la escucho sacar otra vez el kit de emergencia y decirme que lo que me está pasando no depende de mí, ni de mi esfuerzo, ni de mis aciertos o desaciertos, que no es que fracase o que me equivoque al hacer algo, que tampoco tiene que ver con que no esté haciendo lo suficiente... Cuando la escucho hablarme con firmeza porque siente todo mi sufrimiento se me desborda la realidad a través de los ojos y solo logro llorar, en silencio, sin dejar de escucharla, mientras una frase se me tatúa en el pecho: Siento tanto dolor.

Es un dolor que viene del amor que me tengo a mí misma, aunque pueda sonar contradictorio. También la escucho decirme que por favor no caiga en la desolación, y yo quiero decirle aunque solo me salgan monosílabos que no quiero caer en ella, que por eso esta batalla tan dura, que por eso vuelvo a pensar: la aceptación, de nuevo.

A veces en el camino de hacer para mejorar puedo olvidarme de que antes de todo tengo que estar yo bien. Y parece una lección básica, algo que todas tenemos integrado, pero no es tan fácil. La línea divisoria entre las cosas que hacemos para mejorarnos y mejorar profundamente, desde el espacio que solo nosotras compartimos con nosotras mismas, ese espacio de conexión, puede ser muy endeble. Y eso no significa que todas esas cosas, esa lista de rutinas y disciplinas que sabemos que nos hacen bien, no tengan peso o validez. Es distinto. Es complicado. Es esencial, también, tal y como lo veo ahora mismo.

Yo sé que mi talón de aquiles siempre va a estar aquí. Siempre aspiro a conjugarlo, a no olvidarme de que existe intentando que tenga espacio en los esquemas que tenemos que llevar a cabo para que la vida y el sistema no se nos coma, pero supongo que me llevará tiempo (todavía, más aún) limpiar todas las esquirlas de la pelea.

La aceptación, de nuevo.

miércoles, 3 de septiembre de 2025

Con Calmiña.

Ayer, de repente y cuando salíamos de la farmacia, me dijiste: «Me das mucha paz». Fue una de esas frases que se dicen sin aviso ni contexto; supongo que en tu cabeza tenía sentido mientras que en la mía tardó unos segundos más en hacerse hueco.

Desde que te conozco, he pensado mucho en la calma, aunque menos en la paz. He pensado en la ausencia de prisas y de ansias, y de cómo llegaste en el momento en el que, probablemente, menos tiempo tenía al alcance. Pero sí seguía existiendo espacio, aunque estuviera en parte rodeado de barreras.

Hace unos días, en Escocia, abrí las notas de mi móvil para escribir una única frase. Abrí una nueva que titulé Espacio mental y apunté: «Ya no recuerdo en qué pensaba antes de pensar en ti». Y asumo ese espacio ahora ocupado como un terreno que se ha construido con tranquilidad y con ganas, a base de miradas, preguntas, brindis, conversaciones que no pensé que podría tener y despertares en los que me pego a tu espalda después de estudiar brevemente si hoy puedo hacerlo o no (a veces fallo, lo sé, estoy trabajando en ello).

Tal vez esa falta de tiempo me hizo ir sin prisa, aunque suene contradictorio. Estos meses ese pensamiento ha acudido a mi mente en varias ocasiones, y, aunque puede que sea cierto, no quiero dejarlo todo en mis manos y quiero también darte el mérito que te mereces en esto. Creo que en algún momento empezaste a ser capaz de observar mis engranajes, unos engranajes que ahora giran en un sentido que parecía que habían olvidado, y que van poco a poco, sin perder un paso pero sin apresurarse para que uno se atasque y haga que el resto dejen de funcionar. Esa quietud de las pizzas entre semana y los ratos en el sofá con Café o en tu cama con Perdidos han sido perlas robadas a un tiempo tormentoso, salpicado de angustias y deberes por hacer.

Hoy me he preguntado si eso es sentir esa paz que me dijiste. Creo que sí. Es extraño quererte sin ansiedades ni pesares, porque creo que nunca he podido empezar a querer a alguien así. No nos han educado para ello, y esa ausencia de latigazos podría parecer una señal de alarma, pero no lo es. Ahora mismo te recuerdo y siento el sosiego de llegar a la orilla después de pelearse con un mar embravecido. Tengo tu imagen en mi cabeza, achinando un poco esos ojos castaños y oscuros que destellan cuando te ríes, mirándome con algo de seriedad y simplemente diciéndome: «Con calmiña».

martes, 5 de agosto de 2025

Las Sillas.

Cualquier persona que sienta o haya sentido en su vida temprana cierta introversión o timidez coincidirá conmigo en el pequeño atisbo de terror que se siente cuando, en el contexto de comer o cenar en un grupo más o menos grande, llega el momento de elegir una silla para sentarse a la mesa. Al menos en mi cabeza se suele crear una radiografía instantánea del instante y de las posibilidades que pueden sucederse. El orden por el que entramos al restaurante si el espacio es estrecho y solo se puede caminar en fila india determinará la capacidad de elección del asiento. También con quién estuviera hablando justo antes, porque no voy a separarme bruscamente sin explicaciones. ¿Podré sentarme cerca de aquellas personas que siento más seguras, con las que sé que voy a estar tranquila? ¿O me tocará en el extremo opuesto de la mesa y tendré que esforzarme con energía extra para estar a la altura de las conversaciones y resultar una persona lo suficientemente interesante?

El otro día, sentada en una terraza de una placita de Tarragona, evoqué esta anticipación distanciándome de ella. Pensaba en todo esto poniendo el foco en la certeza de que con ellos ya nunca me pasa. Me da igual dónde sentarme. No importa cuál sea la silla que me toque, porque sea la que sea sé que voy a estar bien.

No me veo obligada a hacer cuentas mentales ni dar pasitos cortos para ralentizar el ritmo e intentar manipular el azar, porque de alguna manera hemos conseguido ser un grupo más o menos grande y encontrar una sintonía común que nos hace sentirnos en calma. Todas las conversaciones estarán bien, elegiremos la comida sin fallo, y si alguien tiene que moverse de sitio será para compartir un plato vegetariano o una botella de vino blanco (o tres) con mayor facilidad.

Es uno de esos detalles nimios, con apariencia de intrascendentes, que de repente cobran significado dentro de mí y completan el sentido de lo que llevo tiempo sintiendo. Les contaba a Johnny y a Luis, poco después de comentarle lo mismo a Juan, que cada vez que nos juntamos siento antes la sombra de la tristeza de separarnos. No como algo que me amarga o que apaga las horas que todavía nos quedan por exprimir, sino como un pensamiento que convive con la certidumbre de que estar con ellos reinicia mis sistemas, pone todo lo importante en su sitio y refuerza cada red interna a la que me agarro cuando no me queda otra que caminar por el borde del precipicio.

«El año pasado, si no hubiera sido capaz de apreciar todo lo bueno que tengo, en lo que entráis vosotros, me habrían tenido que venir a buscar al fondísimo del pozo», le dije a Luis en un momento a solas, cuando Johnny se había ido en busca de un baño. Es sobrecogedor tener un espacio donde pararse a descansar cuando tienes cosas que celebrar y también cuando tus mecanismos están asediados por el dolor y la pesadumbre. Es una suerte que ese espacio dé igual, porque lo importante es que está compuesto por personas con las que charlar largamente de sobremesa, tumbarte al borde de la piscina, hablar en la barra de un bar con la música amortiguada por las palabras, a las que besar antes de ir a dormir lo poco que podamos o alcanzar en la orilla del mar mientras amanece para mojarnos los petetes.

El mediodía iba cayendo con la lentitud de un domingo de vacaciones, mientras las moscas nos asolaban debajo de ese árbol y yo observaba a mis amigos elegir el plato que pedir, hablar entre ellos y reírse como lo llevábamos haciendo desde el jueves. Y yo solo pensaba en que ya no me importaba en qué silla me tocaba sentarme; cualquier hueco iba a ser a su lado y eso significaba que en ese espacio de tiempo, a pesar de las heridas que podamos albergar dentro, todo iba a estar bien.



martes, 24 de septiembre de 2024

Pensaba en ti mientras estaba en la silla del dentista. Así, tumbada boca arriba y con la mandíbula bien abierta, con los ojos cerrados para que no me salpicara ninguna esquirla de la batalla y rodeada de sonidos mecánicos que estaban operando en mis dientes. Pensaba en ti y tenía tu imagen en frente, tu expresión tranquila y seria, la que pones cuando estás observando lo que pasa a tu alrededor y simplemente absorto en tus articulaciones internas. Pensaba en ti y también pensaba en que apenas me permito hacerlo; pensaba en escribir este texto con esa primera frase y ya sabía que no iba a concederme escribir sobre la forma insondable de tus ojos y su forma de clavarse en las personas sin pretenderlo, el par de segundos que pasan antes de que comprendas una ocurrencia y te eches a reír o las líneas que surcan tu piel blanca, las mismas sobre las que a veces bromeas porque no te gusta que revelen tu edad pero que en realidad te hacen ser quien eres. He aprendido a pensar en ti sin escribir sobre ti, sin pensar mucho en ti. Es algo que ha permeado en mis adentros sin apenas fisuras, sin tener que empujarlo ni forzarlo para que tomara forma. Sin embargo hay momentos en los que me gustaría escribir un poco más sobre ti y no dejarte supeditado a apuntes dolorosos en mis cuadernos en los que se colaba tu inicial y de los que nunca sabrás nada, aunque sé que podría contártelo sin problema. A veces orbitas en torno a mí sin acercarte, pero el efecto de esa fuerza gravitatoria me deja queriendo pensar un poco más en ti, sin darme el permiso a mí misma para hacerlo. Todo esto pensaba, con timidez y algo de derrotismo, mientras estaba en la silla del dentista.

jueves, 8 de agosto de 2024

Las Intermitencias.

Los táperes de salmorejo y albóndigas están en la nevera. A mis padres les preocupa que no coma, y hoy mi madre y mi tío han venido con la ofrenda alimenticia antes de irnos a pasear por su barrio de niños antes de sentarnos a tomar un café. El gesto me arrulla y me da paz, a pesar de que es un ámbito de mi vida que ya no descuido nunca porque ya lo desatendí demasiado en el pasado. Controlar lo que puedo respecto a mí misma, como me ocurre con la alimentación, se ha convertido en un mantra que repito a diario porque si hay alguna prioridad que puedo seguir ejerciendo es la de esforzarme y seguir sana aunque deba adaptarme a las circunstancias.

Se agolpan los mensajes: "¿Cómo estás hoy?", y yo respondo cuando puedo y pienso en las intermitencias. Comencé a pensar en ellas algunas semanas atrás, cuando volvíamos de Miño de Medinaceli con la mente y el corazón cargados de una convivencia feliz y en armonía. Yo pensaba entonces en mi disociación, en que habría momentos del fin de semana que no sería capaz de recordar, y en la extraña coexistencia de estos tiempos tan turbulentos con los oasis de amor y disfrute que aportan las amigas y la familia. Cómo es posible, me decía, que en un momento así, en el que cada pequeña cosa me supone un esfuerzo titánico, pueda ser capaz de soltar todo el lastre y entregarme al bienestar durante 48 horas. Lo reflexionaba pero no lo negaba, ni me cuestionaba si lo vivido había sido real. Claro que lo había sido, aunque los encajes y las asimilaciones posteriores corrieran a cuenta de cada una.

Intermitencia es una palabra que siempre asocio a Las intermitencias de la muerte, la novela de Saramago que habla de un país en el que, a partir de un 1 de enero, nadie muere. A pesar de que hace años que la leí y mi memoria la habrá desdibujado, recuerdo este hecho tan repentino y cómo los habitantes lo celebran, sintiéndose triunfadores ante la muerte, para después destapar toda una serie de problemáticas que tienen que ver con la interrupción de la naturaleza viva y cómo esto sirve para poner a la lectora de bruces ante su propia humanidad.

Pienso en que ahora vivo un poco entre esas intermitencias. Hace no mucho alguien me dijo que al final siempre acababa escribiendo sobre las personas; que retorcía cualquier emoción o sentimiento universal para relacionarlo con aquellas que tengo alrededor. Creo que es así porque no podría ser de otra manera. Ahora mismo, ese salmorejo, un abrazo de mi padre, mi hermano al otro lado del teléfono, Sergio viniendo a casa con un helado, Astrid y Cris escuchándome en silencio, las personas que esta noche cogerán un tren para venir a mi ciudad, todas esas montañas de abrazos virtuales y paciencia calma a través de whatsapp, cada momento que robo observando a desconocidas por la calle... son como mis intermitencias. No tienen nada que ver con un país en el que nadie muere, pero sí con la discontinuidad, con la rotura frecuente de los síntomas más grises que abotonan mi piel estos meses.

Con la humanidad que me rodea y me abraza, ante mis ojos o a distancia, que también forma parte de aquello que sí puedo controlar y me construye a pesar de que en ocasiones la vida te quiera empujar a habitar solo ruinas. Como dice una canción que he vuelto a escuchar mucho desde ayer, hay ahí algo, al fondo, entre las sombras, la luz ha dibujado una frase. Todavía soy capaz de leerla, aunque ahora, hasta que la tormenta deje de querer arrastrarme, quizás me toque confiar en la aparición de esas intermitencias y en cómo impiden que me hunda bajo la arena.

martes, 2 de julio de 2024

Bodas y Velatorios.

Yo pregunté, llevada por el momento: "¿Se tiene que casar uno de nosotros para que nos veamos?". Alguien respondió, con la misma ingenuidad de la que había hecho gala yo misma un segundo antes: "Pues parece que sí". Pero resulta que sí que nos íbamos a ver muy poco después de esa boda, esta vez en un velatorio.

Hoy volvía a preguntarme, mientras mi cabeza se despegaba de las canciones de misa que estaban sonando, si no eran esos pensamientos como los que debe de tener una poeta mucho más joven, una de las que están empezando y entonces escribe sobre la muerte y el amor. Siempre he pensado que eran los temas por excelencia de cualquiera que quiere hacer sentir a otra; esas dos circunstancias que siempre nos generan tantas preguntas y encienden un torrente de emociones que se nos escapa.

Nunca lo había visto tan claro como estos días. Nunca había pensado en la capacidad de convocatoria que tienen dos actos como son que alguien muera y lo que la sociedad tradicional nos ha enseñado que es la celebración más absoluta del amor. Y lo diferentes que son aunque tengas cosas en común. En ambos hay lágrimas -pensaba hoy-, en ambos existen reencuentros y la gente se abraza, en ambos el corazón bombea a un ritmo diferente. A ambos solemos acudir si las circunstancias nos lo permiten; para ambos ponemos esfuerzos que quizás en otros momentos no estamos dispuestas a invertir.

En mi pared ahora se mezclan los ecos del cuadro con la brújula rúnica que me regaló Yago en su boda y las flores secas y blancas que siempre van a hablarme de Pilar. Pienso en los rituales que cumplimos, que nos hacen sentir mejor de alguna manera, y en los puntos de cruce tan extraños que pueden llegar a albergar. Bodas y velatorios. No sé si crecer es reencontrarse con personas del pasado en estos dos marcos, desde luego coincide en el tiempo que hay un momento de la vida en el que ambos se reproducen, en el que ambos se hacen habituales. En ambos acabo acudiendo también a las palabras. Aunque puedan estar viejas y agrietadas, y ya no tengan la misma factura que cuando me creía una poeta mucho más joven, de esas que solo saben escribir sobre el amor y la muerte.

sábado, 13 de abril de 2024

Las fechas.

Podría hablaros de los detalles que recuerdo con una claridad inquietante. Podría deciros: era jueves, eran las once de la noche, yo estaba de pie en mi salón, con A. mirándome desde el sofá. Podría añadir: cuando A. se marchó después de preguntarme si quería que se quedara conmigo y le dije que no, la puerta se cerró y no sabía dónde estaba, así que llamé a mi madre a pesar de las horas intempestivas.

Podría reconstruir esos días, pararme en cada elemento, hablar de la música que escuché, de todos los momentos y lugares en los que lloré sin consuelo y rota para siempre. Lo primero que escribí en mi cuaderno fue: "El dolor del duelo por perder a alguien es extraño". Las palabras apenas salían. Darle forma era imposible. Sigue siéndolo.

Podría pasarme toda la mañana desgranando los recuerdos, poniéndolos en fila, obsesionarme con todo ello y que este texto no terminara nunca. Pero ninguna de esas acciones te traería de vuelta. Así que miro nuestra foto enmarcada, la única que todavía no he empaquetado, y me concentro en pensar que seguiremos brindando y bailando por ti y por la huella que nos dejaste. Y que yo seguiré aquí, defendiendo este lugar tan adentro que guardo solo para ti, al que a veces me asomo y en el que lucho por no olvidar tu voz, ni el tacto de tus manos, ni todos los días en este último año en el que he deseado que siguieras tú también aquí y pudiéramos abrazarnos con la calma ingenua y natural de quien asume que ese gesto va a volver a repetirse.

lunes, 15 de enero de 2024

We The North.

Yo no necesitaba ninguna sudadera, pero J. me la dio. Creo que la tenía medio preparada; era la sudadera que me había dejado ya alguna vez porque aunque nunca lo admita creo que le encanta que C. y yo nos pongamos su ropa. Que así siente que nos protege, que está de alguna manera presente. Esa noche me tomé ese gesto como una brazada para sacarme a la superficie. Después de un viaje en taxi en el que apenas podía estar sentada del dolor con él mirándome con delicadeza de reojo, y de que le diera la risa floja hablando a las afueras de Atocha porque sé que estaba verdaderamente preocupado ante mis ojos hinchados, creo que darme esa prenda de ropa fue un gesto para cuidarme, para mimarme, para que me dejara cuidar como en ese momento mi espíritu y mi cuerpo totalmente derrotados necesitaban a toda costa.

Cuando Y. me dijo que iba al baño y lo vi desaparecer en la grada, al segundo supe que iba a volver con un litro (un mini, que dicen por allí) de cerveza. Yo había comentado que había mucha fila para pedir y que no quería perderme ninguna canción más del concierto; él simplemente guardó esa información hasta unos minutos después, cuando desapareció. Volvió con la cerveza en la mano, y cuando le eché la bronca me pasó una mano por los hombros y no hizo caso a mi ceño fruncido con dramatismo. No sé cómo es capaz de atesorar tantos detalles y darles forma aunque hayan pasado años, no cabe en mi capacidad de percepción que sea una persona tan observadora y preocupada por las demás, que lo haga todo tan bonito incluso cuando él mismo no se da cuenta de que nos está salvando.

Cenando tequeños ante un resumen del Brooklyn Nets contra los Cleveland Cavaliers (jugado en París, además), o desayunando en ese lugar que a las tres nos hace felices, los observo en silencio y pienso en todos esos dolores, en todas esas aristas que me cubren el pecho y que queman si las rozo. Pienso en lo caprichosa que es la vida, en cómo los vínculos surgen de un mero tuit o un comentario en una web. Pienso en que ningún dolor ocupa tanto espacio como la suerte de saberme parte de ellos y la certeza de que dejaría que me vieran en cualquier estado posible porque en cualquier estado posible necesitaría bajar las barreras y que me cuidaran. Con una sudadera de los Toronto Raptors o con un mini de cerveza en mitad de un concierto de Recycled J. Con una mirada respetuosa pero vigilante o un beso en el pelo en mitad de la euforia de escuchar una canción concreta.

Días después en mis oídos suena Cala Vento y decido sentarme a escribir porque las cosas buenas también merecen que les saquemos brillo y no podría estar más de acuerdo con ellos cuando dicen: Estoy encantado de verte aquí conmigo / porque con la que está cayendo tú me das el equilibrio.

domingo, 24 de diciembre de 2023

El encuentro.

Hace ya tiempo escribí un relato para terminar el año en el que me sentaba en una cafetería con un gran ventanal que daba a una playa del norte para tomar un café y charlar brevemente con Mónica, la protagonista de Puente. Me dio algo de calor elevar y traducir en palabras esa fantasía, e imaginarnos a las dos como iguales, conversando con algo de timidez pero con la complicidad absoluta de quienes saben que forman parte la una de la otra de manera irremediable.

Hoy en mi cabeza se dibuja una estampa de calles empedradas y lamidas por una lluvia fina, con las luces decorativas acordes a estos tiempos parpadeando en las esquinas y la noche temprana del invierno abrazando los pasos apresurados de tantas personas que caminan pensándose ya protegidas del frío. Allí nos he visto a los dos, dedicándonos tiempo durante un momento antes de marchar a nuestras respectivas responsabilidades familiares y festivas. Sin impaciencia y con la comodidad de quien puede verse casi cada día, sin la obligación de cuadrar horarios y contar cada moneda y depender de las ventanas que abra la planificación de esa aerolínea de bajo coste que ya casi todas conocemos de sobra. Ha sido bonito pensar que en un mundo paralelo quizás era posible escaparnos diez minutos; lo justo para darnos un abrazo, chocar nuestras narices heladas y besarnos unas cuantas veces con dulzura y calma, como si nuestros labios no llevaran meses sin conocerse y tuvieran complicado conseguir el privilegio de coincidir de manera corriente en tiempo y espacio.

martes, 5 de diciembre de 2023

Quiero que las cosas salgan bien.

Ya no soy capaz de escribir como antes. Ahora ya no vuelco toda la rabia y todo el dolor en este cubículo en un desahogo sin mesuras porque en ese proceso comienzo a sentirme culpable por exteriorizar cómo me siento de esta manera, pienso que no estoy siendo justa con todas las cosas buenas que tengo. Pero siento tanto dolor, tanto agotamiento acumulado. En teoría, no podemos controlar todos los elementos externos que nos determinan, no al menos completamente, y por eso tenemos que centrarnos en nosotras mismas, en limar y trabajar lo que sí está en nuestra mano. Pero estoy tan cansada.

Es curioso que justo hoy, después de acostarme ayer confiando en que al despertarme mi estado habría cambiado un ápice, haya sobrevenido la enfermedad. Otra enfermedad, al menos. Siento que cuando poso mi mano en la frente para comprobar la fiebre solo hay una cosa que anida en este saco de vísceras, dolor y huesos que creo que soy hoy: quiero que las cosas salgan bien.

No alcanzo a comprender del todo por qué me está resultando tan desgarrador esta vez. Hay una parte que sí logro desentrañar, porque es una vieja conocida y no es la primera vez que me enfrento a esto. A sentirme derrotada ante la idea de que quizás ser adulta consiste en conformarme con lo que puedo y no con lo que quiero. Sin embargo siento un rechazo total a volver a extender las cartas que creo que me puedo permitir sobre el suelo y escoger la que piense que me va a dar más seguridad. Que me va a hacer sufrir menos. Aunque haya sufrimiento de todas formas.

He pensado tantas otras veces, en otros contextos, que querer no es suficiente, que el amor no siempre es suficiente, que debería ser sencillo darle otro significado al verbo y asumir que querer se fue, que querer ya no está, que a veces es posible que sea uno de esos naipes pero que debo aceptar que la única salida plausible ahora es poder. Ser capaz. Otra vez. Sé que lo soy, pero estoy tan exhausta de ser capaz.

El otro día le decía a una amiga que en ocasiones hay cosas que nos desestabilizan porque no estamos atravesando un buen momento. Es como darse un golpe con la esquina de una mesa y romper a llorar, aunque otro día ni siquiera lo notaras. Que es normal, que a veces pasa. Pero siento que ya cada golpe me lastima, al menos en el momento en el que se produce. Aunque luego sea capaz de ignorar los moratones, porque siempre he convivido con ellos.

Quiero que las cosas salgan bien. Quiero sentir que las cosas salen bien. Necesito que las cosas puedan salir bien. Y sé que pueden; es un resorte que salta continuamente: el mismo que me impide escribir como solía hacerlo, supongo. El mismo que, irónicamente, me tiene atrapada. Como si no pudiera salir de aquí.

lunes, 27 de noviembre de 2023

Cada vez que ocurre algo que escapa a mi control y me desestabiliza me acuerdo todavía más de ti. Y en ese proceso me pregunto si estoy instrumentalizando tu recuerdo, aunque sé que no, y esa perspectiva me aterra porque no quiero que seas el ancla que me sujete al noble y desgraciado arte de la relativización. Es como si al encontrarme de nuevo contigo lo doloroso me resbalara en cierta medida, porque me doy cuenta de nuevo que desde que no estás mis pies se sujetan a la tierra de una manera diferente.

No quiero que seas el elemento que me lleve a invocar que no hay dolor que supere el de no poder volver a verte jamás. No quiero ser injusta conmigo: sé que no eres eso. Pero en días así, en los que estás tan presente y me cuesta tanto que mi pecho se mantenga en su sitio, me enredo en pensar en todo lo que no quiero que seas porque en realidad lo único que me sale querer es que sea una tarde ya oscura de otoño y, estando las cinco hasta el coño de la vida, nos juntemos para pedirnos una cerveza -la tuya con limón- y escucharte hablar de que han vuelto a confundirte con una alumna mientras te lías un cigarro y pensamos que esos momentos no van a parar de llegar nunca.

miércoles, 31 de mayo de 2023

P.

Hay imágenes que nunca deberían cincelarse en nuestra memoria. Sin embargo suelen ser precisamente esas, las más brutales e imposibles de dibujar con antelación, las que nos abren una brecha justo en mitad de la frente.

La imagen de la foto enmarcada de tu amiga encima de un féretro debería ser siempre una de esas imágenes.

He hecho lo más absurdo del mundo (mentira, porque absurdo no es, aunque parezca que en el ritmo que llevamos no tiene ningún sentido productivo) y he reescuchado el último audio que me enviaste. Le he dado al botón de descargar pensando que, entre cambios de móviles y meses entre medias, no iba a reproducirse. Pero estaba equivocada. El sonido de tu voz me ha recorrido como un calambre desde la nuca hasta los pies, y en medio segundo me ha invadido el frío.

No puedo creer la cantidad de datos que dejamos suspendidos en el tiempo. No me cabe en la cabeza y nunca somos conscientes de ello. Es normal. Son los mismos datos que ahora me niego a borrar.

Tengo tus rosas secas en el salón. Mis recuerdos de Nueva York no existen sin ti pegada a mi espalda. Hay sitios, espacios físicos que recorro a menudo, en los que las baldosas han cambiado para siempre. Sigo luchando contra la incredulidad cada vez que te pienso, a pesar del agotamiento que supone recordarme a mí misma constantemente que ya no estás y que por eso ahora el mundo siempre es un lugar un poco más triste.

lunes, 8 de mayo de 2023

Atocha temprano.

Me he despertado atrapada en esa pared de los exteriores de Atocha; en el cuerpo apenas cuatro horas de sueño y en la mano un café que ir bebiendo a tragos largos antes de que nuestros trenes salieran. De una manera natural, la conversación que acortó nuestro tiempo de descanso la noche anterior vuelve a retomarse cambiando los sujetos pero con las mismas emociones sobre la mesa, las mismas preguntas, las mismas ganas de acurrucarnos en un rincón en el que nadie pueda herirnos nunca más. Somos dos mujeres con cara de sueño que han salido a saludar brevemente el trajín de la capital antes de que sus trenes salgan. Sin siquiera pretenderlo dejamos en ese casi soportal una muesca de alivio al escucharnos y ser conscientes de que, a pesar de todo y de que seguimos peleando por personas que posiblemente no lo merezcan, entendemos que a nosotras no nos falta nada, por contradecir la canción de Menta que ella me pasa poco después, que lo que escapa a nuestro dominio es algo que no podemos controlar, y que bastante pecho estamos poniendo en intentar conservar ciertos nombres en nuestras frases aunque no terminen de encajar en nuestra manera de ver el mundo.

Me despierto con mi amiga en la cabeza, con la resaca de todo el trajín de este último mes pero con espacio en mis adentros para el agradecimiento por poder atesorar estos momentos que serían más cotidianos y probablemente menos importantes si no viviéramos a más de 400 kilómetros. Se podría tachar quizás de absurdo que en mi mente vibren esos minutos pero sé muy bien son los instantes que se graban así los que suelen tener mucha más importancia de la que creemos pensar. En un mundo infestado de personas, encontrar unos ojos que te escuchan y responden desnudando también todas sus inseguridades me parece uno de esos gestos que hacen que todas las circunstancias que agrietan la piel merezcan al final la pena.

Algo tiene Atocha para que me retuerza así el estómago, siempre en el buen sentido, y ahora me va a gustar recordarla así, con Clara y conmigo apoyadas en una pared, con todo nuestro destrozo físico y con la intensidad de todo lo puesto en juego subiendo conforme la cafeína iba haciendo efecto en nuestra sangre.

miércoles, 3 de mayo de 2023

Nunca.

Caminar de noche con dos rosas secas en la mano es algo a lo que se le podría poner un montón de apellidos. Yo misma desplegaría todas mis teorías si me cruzara a esa persona que lleva las flores boca abajo pero sujetándolas con fuerza contra el viento, con rostro de andar algo confusa, intentando buscar sin mucho éxito un número en su teléfono con la mano que le queda libre.

Soy consciente de que todavía tiene que llegar el momento en el que sea capaz de reencontrarme contigo. Y, aunque esa certeza anida en mí con firmeza, una parte de mis adentros, minúscula pero presente, se pregunta qué ocurrirá si eso no acontece nunca, si nunca encuentro el momento para seguir llorándote, si jamás soy capaz de aceptar que ya no estás.

También sé que no podemos elegir nuestros momentos. Si tuviéramos esa capacidad yo no elegiría nunca despedirme por última vez de ti mientras te alejas con ese andar resuelto y tu pelo plateado, apurando el cigarro que te acabas de liar; ni no volver contigo a la orilla del Ebro con una empanada y unas cuantas cervezas a encontrarnos a mitad de camino en una ciudad pandémica donde los planes nocturnos no abundan; tampoco elegiría que tu voz se extinguiera, que los audios larguísimos dejaran de llegar y que la breve oscuridad en tu mirada cuando sabías que teníamos razón preocupándonos por ti dejara de titilar y no pudiéramos volver a verla.

Me siento como una niña que se ha perdido, que no encuentra el camino de vuelta a su casa y que en ese instante piensa que no volverá a encontrarlo nunca. Es difícil pensar en ti constantemente y tener que obligarme a recordar que ya no estás de la misma manera, que el concepto de verte, de hablar contigo, ha dejado de estar disponible en el giro más injusto y brutal con el que la vida puede golpearnos.

No dejo de pensar: nunca, nunca, nunca. Y no sé para qué. No sé por qué. Nunca de qué.

Si me concentro en la picardía de tus ojos, en tu generosidad sin fin, en tu risa descontrolada... es que todo parece tan absurdo. Como caminar de noche por la calle con dos rosas secas en la mano, protegiéndolas como si fueron lo más valioso que tengo, porque hubo un día en el que nos obligaron a despedirnos de ti y yo estaba cruzando el Atlántico en la dirección contraria. Miro las rosas y pienso en qué me podrías haber dicho si me encuentras así, caminando sola, tan perdida, tan obligada a seguir adelante en todos los sentidos a pesar de la sinrazón absoluta y tan dolorosa que reside en que el mundo siga girando sin ti.

sábado, 1 de abril de 2023

Mis amigas me enseñan a abrazar.

Mis amigas me enseñan a abrazar, pero a abrazar de una manera diferente, a abrazar de una forma en la que parece que el tiempo se detiene. A juntar los cuerpos sin ninguna prisa en separarlos, y rodearnos con los brazos haciendo notar en nuestro tacto que estamos aquí y que no nos vamos a ir a ningún sitio. Da igual que estemos en medio de un bar, en un parque con los rayos de sol calentándonos las espaldas o en mitad de una calle concurrida; mis amigas me han enseñado a abrazar con calma, con la tranquilidad que todas nosotras merecemos para nuestras vidas, y a esperar a que todo lo que sucede a nuestro alrededor se adapte a esos instantes en los que nos abrazamos con fuerza y se nos olvida que el día sigue zumbando en nuestros oídos.

Por eso, ahora se me hace difícil tratar de comprender los abrazos con prisa, esos que parece que una da casi por compromiso. Después de acaparar miradas porque estábamos en una terraza y de repente nos hemos puesto de pie para abrazarnos y descansar la una en la otra el tiempo que nos haga falta, esos gestos que se hacen con rapidez, algunas veces acompañados de palmadas extrañas en los hombros, es como si supieran a poco. Como si dejáramos a medio curar una herida.

Anoche le dije a una de ellas: He aprendido tanto de vosotras. Y es complicado describir todas las implicaciones de esa frase, porque anidan muy en el centro, muy en el núcleo, pero sí puedo traducir en palabras que desde que mis amigas me enseñaron a abrazar así soy capaz de caminar con mayor firmeza y de ignorar algunos embates de la vida que en ocasiones vienen a arrugarnos el alma, a obligarnos a tragar con la falsa creencia de que tenemos prohibido habitar y abrazar y compartir la vida de la manera que nosotras necesitemos.

Pienso sobre el valor que le damos al tiempo, a veces incontrolable y desmesurado porque no nos queda otra, y me invade la sensación de que invertir tantos segundos en un abrazo puede ser revolucionario. Porque es posible que con este trajín que puede engullirnos de vez en cuando se nos olvide que estamos aquí para cuidarnos, para apoyarnos en los hombros de las otras cuando así lo sentimos y ofrecer nuestras manos siempre dispuestas a calentarnos las mejillas y el centro del pecho, justo alrededor del esternón.

Abrazar y dejarse abrazar -al final es algo bidireccional, no lo olvidemos- es una revuelta ante lo establecido, una rebeldía ante todo lo plomizo que quiere atenazarnos.

Mis amigas me han enseñado y me seguirán enseñando a abrazar, formando entre todos nuestros pedacitos un mosaico de luz atravesado por miles de conexiones que nos recuerda que nuestros pies están en la tierra y nuestras manos nunca solas. Así que sí, seguiré celebrando aquellos momentos en los que el reloj se detiene y no hay nada más que nosotras hablándonos y escuchándonos en silencio, vinculadas por medio de nuestros cuerpos y nuestras respiraciones acompasadas, y sintiendo que no hay absolutamente ninguna prisa en que ese instante fugaz y sanador finalice (así que perdónanos, persona aleatoria que pasaba por allí y a la que le cerrábamos el paso, pero es que nos estábamos abrazando).

jueves, 16 de febrero de 2023

Overwhelmed.

Si pienso en todos los pasos que me han traído aquí soy incapaz de arrepentirme de ninguno de ellos. Pero aun así pienso. Having too much, having too much. No es la primera vez que me veo obligada a transitar estos senderos, y por eso el ejercicio de recuperar lo que hace un tiempo quise expresar para sentirme tranquila. Es extraño, y a la vez algo reconfortante, volver a este teclado de letras sueltas y envejecidas, afianzadas con celo, del que en otros tiempos salieron los retazos, sin duda, más importantes de mi vida.

Porque en parte estoy repitiendo los pasos que ya di y los giros que ya estudié, y se me hacen familiares todas las señales que aparecen en mi vista algo abatida, hoy he vuelto a cuando me planteé qué ocurría cuando una aceptaba que hay ocasiones en las que es necesario aceptar la distancia de los puntos y aparte.

(...) Pero no hay otra salida: cuando algo duro sobreviene, hay ciertos días clave que tienen que pasar armándome de paciencia hasta llegar al punto de poder valorarlo enteramente, con todas sus aristas. Distanciándome de ello todo lo posible, he aprendido a valorar todo lo bueno de los malos baches y a discernir entre tanta niebla cuál es de verdad mi sitio. Por eso creo que la distancia es necesaria. A pesar de todas las dificultades que entraña en un doble sentido: es complicado dejarla entrar, y también lo es abandonarla cuando el proceso se ha completado. Siempre ha sido fácil, en esta línea, no querer despegarse de ese alejamiento que adormece, que mitiga la aflicción porque me empeño en negarlo todo.

Al final, como suele suceder, todo es aprendizaje, o al menos debe serlo. Sólo así encuentro la calma pertinente para poner el punto en un párrafo y prepararme para lo que tenga que aportar el siguiente.

Me sigue azotando esa consciencia, la del having too much, having too much, having too much. Sin embargo al mismo tiempo me pregunto si todas esas cosas que siento encima y que me acompañan ocupando gran parte del espacio son negativas; pero es una pregunta trampa, porque me aventuro en la respuesta mucho antes de plantearla. No lo son. Y en esa firmeza en la que vivo asentada me cuestiono en quién me he convertido, si siempre va a ser positivo que no quiera arrojar ningún detalle de lo vivido por la ventanilla yendo a toda velocidad, porque la persona que fui hace mucho habría elegido hacerlo sin dudarlo.

Ayer le dije a F. que si escribiera una novela de mi día el título sería sin duda Overwhelmed. Por algún tipo de energía que escapa a mi entendimiento, la mañana comenzó con esa palabra entre mis cejas y cuando las luces se apagaron poco a poco seguía rondando a mi alrededor. Es posible que tenga muchas cosas que ahora mismo me merman en cierto sentido la estatura, pero no rechazo ninguna de ellas. Sigo preguntándome, porque jamás podré evitarlo, si es un planteamiento sabio por mi parte pero al mismo tiempo tengo la consciencia fortalecida de que, sin lugar para el titubeo, abrazo todos y cada uno de los pasos que me enfrentan de nuevo con este camino.

jueves, 24 de noviembre de 2022

segundos.

A veces me permito pensarte y en esos segundos de licencia me veo a mí misma en calma y sin ataduras como quien se despereza nada más despertarse confiada porque sabe que nadie puede verla y es que no hay trampas ni engaños ni siquiera anhelos no existe entonces la pretensión de que tú irrumpas en mi trama y tomes tu parte solo existo yo al fin sin barreras siempre con una música de fondo que abraza la certeza de que mis heridas se fueron y la piel curó suave y dispuesta una vez que ignoré todos los miedos que hasta hace poco adornaban cada punto de sutura.

Justo en esos segundos escasos sosegados eléctricos preciosos en los que me permito pensarte.

miércoles, 26 de octubre de 2022

azules.

El otro día cambié las sábanas y me tocaba poner esas que tanto me gustan las que son súper suaves y que probablemente la mayoría de personas vean de color verde pero que yo veo de color azul por eso de la deficiencia cromática y fue un gesto de bienestar aunque suene extraño porque me hizo sentir bien y sobre todo me acordé de ti, qué tontería en verdad pero así fue, recordé esa noche en la que si mi espalda se alejaba dos centímetros de ti tu mano la buscaba aunque no me pudieras ver en la penumbra y dormimos abrazándonos a ratos con sueño ligero despertándonos a cada poco para atrapar al otro y respirarnos en silencio y cuando no queríamos dormir más me dijiste “Vamos a acariciarnos un poco más por turnos y ya nos levantamos, vale”, supongo que me acordé porque esos días estaban puestas las sábanas azules aunque mi piso sea tan oscuro aunque hiciera tantísimo calor ese fin de semana aunque la vida nos hubiera vuelto a juntar de una manera tan extraña y tan poco buscada y por un momento me pareció también volverte a ver sentado a la mesa encorvado sobre un folio escribiendo cosas que a mí no me interesaba entender y pasaba por tu lado y tus manos volvían a alcanzarme y yo pensaba en su tacto tan delicado y en tus ojos tímidos a pesar de tus nervios continuos recordé esas dos rendijas que me miraban en las sombras mientras hablábamos de las cosas que hablan dos personas que se han abrazado toda la noche y saben que tardarán en volverse a ver y yo lo acepté y estuvo bien así pero a veces vuelves de manera inocua cálida como si fueras hogar y parece que entro a la habitación y sigues allí enredado entre esas sábanas azules que seguramente sean verdes pero que no importa porque me gustan igual y me recuerdan que hubo un tiempo muy corto en el que de madrugada medio dormidos y en calma las yemas de nuestros dedos se exploraban y pudimos sentir que es más que posible que en un mundo paralelo sigamos durmiendo juntos con sábanas de cualquier color pero pegados a la espalda del otro como si fuera algo normal y no algo que ocurre de repente sin planearlo y sin saber si habrá otras sábanas que vuelvan a refugiarnos.

martes, 24 de mayo de 2022

We could.

Podríamos conocernos más.

Estoy segura de que se seguirían alargando las conversaciones, y los temas serios y ligeros surgirían poco a poco, sin presiones ni prisas porque llega la hora de marcharse.

En verdad, podríamos conocernos más.

Quizás así yo no me sentiría rígida como una tabla y tendría espacio para ir relajando el cuerpo en todo momento, y no solo cuando tus pulgares comienzan a cerrarse en torno a la curva de mi espalda, y en ese instante ya no existen barreras ni corazas y todo se concentra en la fragilidad densa de un suspiro cortado por la cercanía casi desconocida de tu boca.

No sé si podríamos conocernos más.

De veras me encuentro sorprendida con no sentir todas las habitaciones patas arriba en mis adentros, invadidas por un remolino feroz que va levantando todas mis pertenencias. No, esta vez me siento tan en calma que apenas acudo a la escritura, a la búsqueda de cualquier señal que en realidad no existe, a la de cualquier excusa que me lleve a chocarme con tus esquinas y ponerme una vez más a merced de cada uno de tus movimientos.

¿Deberíamos conocernos más?

Al final, doy bandazos entre la disyuntiva de a quién corresponde acortar distancias hasta que me paro a pensar que no debería haber longitudes que comerme insegura. Tal vez de ahí venga esta sensación de tranquilidad. De orden. De ausencia de ansia por gestos y palabras que no dependen de mí.

Podríamos...

Hay una parte de mí que sabe que es muy posible que nos conozcamos más y lleguemos a una comodidad peligrosa y holgada en la que sentarnos a descansar un tiempo. Esa posibilidad ya no me asusta. Tampoco lo hace el vacío de su potencial ausencia.


Tú buscándome la boca yo la ruina

Tú buscándome la vida yo la mía


domingo, 21 de febrero de 2021

Timing.

Los tiempos que nos acompañan y que no caminan al mismo ritmo pueden llegar a ser una putada, pero me quedo con este calor de sentirme tan afortunada, renovada y reconstruida después de salir de un letargo del que me arrojaron con resistencia por mi parte pero que me ha reabierto un mundo que echaba de menos pese a no ser consciente: el mío propio, el de mis ritmos y mis afinaduras, mis pasos y mis suturas, firmes y desordenadas, pero mías.