jueves, 23 de noviembre de 2017

La responsabilidad.

A vosotros dos:

Sí. Os llamaré "vosotros dos" porque no se me ocurre mejor fórmula para iniciar este texto. Esta idea lleva días zumbando en mis adentros, como una abeja enfurecida, y hoy he decidido dejar que me conduzca a alguna parte. Ni siquiera sé adónde.

Son varias las circunstancias que me han traído aquí. La primera, creo, fue que os pusierais de acuerdo para reaparecer en mi vida: qué cachondeíto se trae a veces Murphy. La segunda fue hablar con B. sobre si nos interesaba de verdad hablar con aquellas personas que nos hicieron tanto daño. Si de verdad queríamos decirles "Sí, tú, me abriste unas heridas enormes en el pecho. Vengo a explicarte por qué, y espero que te calles mientras hablo". La tercera, y creo que la definitiva, fueron unas palabras de Attiya Khan en una entrevista.

"Es hora de que las personas que hacen daño a otras asuman la responsabilidad de sus acciones", leí. Y me atravesó. Joder, Attiya Khan, qué razón y qué valiente, por otra parte, enfrentarte a tus fantasmas.

Cogí aguja e hilo y me cosí la misma piel para alejaros en cuanto estuve preparada. Aunque eso no lo sabéis, porque ya no estabais para escuchar mis gritos de dolor. La primera vez fui torpe, nos herí a los dos, y soy consciente de ello, pero la segunda fui más certera y práctica. Ya acumulaba la primera experiencia, y me ayudó a mantener el pulso firme. La recuperación, la segunda vez, fue un alivio rápido e indoloro. Supongo que fue porque ya cargaba meses de destrozos a las espaldas.

Los dos me perturbasteis. Sacudisteis mis cimientos. Me hicisteis mucho daño y, sobre todo, contaminasteis mi cerebro hasta el punto de que me perdí a mí misma. Y los dos, los dos casi al unísono como si esto fuera una peli, seguís creyendo que tenéis derecho a reaparecer, culparme y escupir mi nombre en vuestras noches más oscuras y etílicas. No. Vengo a deciros que no es así.

Siempre he optado por haceros a un lado, sacaros de mi vida porque sólo lo radical puede ser efectivo, e ignoraros con cordialidad cuando intentabais llamar a la puerta de nuevo. Pero a veces me pregunto si debería sentarme en frente de vosotros y relataros todo el daño que me hicisteis. Siempre he pensado que ni siquiera eso merece la pena, pero, por otra parte, ¿vosotros sois conscientes del alcance que tuvieron vuestros actos? ¿O seguís encerrados en vuestro microcosmos calentito?

Pero iré por partes.

Tú, el primero: destrozaste mi autoestima. Comparaste mi cuerpo con cuerpos mejores, sistemáticamente durante toda la relación, y creíste que mi cuerpo te pertenecía por encima de todo. Tú, tú me hiciste pensar que yo no era bonita, ni digna de absolutamente nada. Jamás compartiste mis éxitos y te negabas a que desplegara las alas. Tengo tus frases clavadas en la espalda. "Qué buena vas a estar cuando des el estirón", "Ella está más buena pero tú eres más mona de cara", "Con esos gemelos que tienes no vas a entrar por la puerta", "Pareces un tronco de árbol, así, cuadrada, sin curvas".

Por suerte, te siento tan lejano que he aprendido a volver a quererme, aunque, créeme, protagonizas algunos de mis recuerdos más oscuros.

Y tú, el segundo, me marcaste para siempre convirtiéndome en una persona insegura de sí misma. Todavía hoy siento que mi palabra no va a merecer la pena porque no merezco expresar mi opinión. Me acostumbraste a que mis versiones no sirvieran. Me hiciste sentir una amenaza sin serlo. Acabé perdida, pero por suerte ya cargaba otra experiencia a las espaldas para mantenerme lúcida y lograr deshacerme del veneno después de un tiempo corto pero extremadamente doloroso.

A menudo creo que no merece la pena que dedique tiempo y letra a esto. Pero otras veces me digo a mí misma: "Coño, ¿por qué no?".

Por supuesto que no os echo la culpa de absolutamente todos mis males. Mis defectos o mis traumas no vienen exclusivamente de cómo me tratasteis, aunque tuvisteis una aparición estelar. Pero de veras me gustaría que asumierais la responsabilidad de vuestras acciones. Lo espero de corazón. Aunque yo no seré testigo de ello. Pero ojalá lo hagáis.

Y tal vez así podáis entender que cuando habláis de mí en ese tono o me habláis con ese otro tono me entre la risa floja y, de verdad, no comprenda cómo sois capaces de pensar que voy a querer irme de cañas con vosotros. De verdad, qué cosicas tenéis.


domingo, 12 de noviembre de 2017

Tierra.

Soy consciente de que suelo caminar al borde de un límite peligroso. Hace varios años comprendí que cuando más segura me sentía era cuando estaba sola. Es verdad. Puedo hacerme la valiente e ignorarlo (qué cobarde, por otra parte) pero hay un segmento de mí que siempre se mueve al borde de la soledad escogida porque mi yo más cabezón insiste en que así estaré a salvo.

Y en parte es cierto. ¿Cuántas veces hemos intentado hablar de cómo nos sentíamos y hemos topado con incomprensión o desinterés con un dolor parecido al del can cuando su dueño le atiza en el morro con un periódico enrollado? En esos momentos, al menos yo, huyo al sitio más calentito de mi interior, aquel en el que no penetra nadie que no sea yo misma, donde el pensamiento se alarga infinitamente y me cubro de silencio. Y ahí reside el peligro. Es tentador quedarme ahí, sentada ante la lumbre de mi autorreflexión.

Estuve años allí. He estado durante años allí. A periodos, largos o cortos, envuelta en la misma manta.

Pero todo es un engaño. Un engaño recubierto de egocentrismo.

Lo sé porque luego me choco con los ojos de alguien a quien aprecio y mi carne se vuelve trémula y mi pecho arde, hambriento y furioso. Sé que ese es mi yo más yo, el que se derrite ante las hogueras de otros, y durante años también negué que fuera cierto y me empeñaba en echar el candado todas las noches. Nunca funcionó; no creo que el aislamiento le funcione a nadie nunca. Suele ser uno de los engaños más comunes, pero no funciona.

Sin embargo, como digo, es tentador volver a esa habitación sin puertas ni ventanas, recluirme creyéndome herida y comprobar que estoy a salvo. Sola y a salvo. O sola pero a salvo. No lo sé. Es difícil comprender y aceptar que un territorio tan inhóspito me hace sentir tan segura.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Pulsión.

De vez en cuando siento que podría encerrarme, no volver a salir nunca, despojarme de las formas y aprehender todo lo que pueda, dejar de ser yo para reconstruirme, y aislarme, aislarme de todo lo que contamina, para entregarme a la creación más brutal y salvaje, también la más utópica, y abrirme en canal, mientras respiro, todavía, sólo para poder transmitir de verdad tantas cosas que palpitan sin descanso ni rumbo, revistiendo mi rostro de seriedad y ceniza, re-volviéndome pensativa, silenciosa, inexperta y tan ignorante que me encerraría, para no salir ya nunca.

Dijo Federico:

"Cuando las cosas llegan a los
centros

no hay quien las 
arranque."
FGL

jueves, 2 de noviembre de 2017

Apoyos.

"Los apoyos son importantes, valiosos. Perder el apoyo de alguien es hundirte un poquito más en el fango en el que se convierte tu vida año a año.

¿Y sabes cuándo pierdes el mío? Cuando te respondo como un robot porque me has hecho ya tanto daño que has dejado de interesarme como ser humano."

domingo, 22 de octubre de 2017

La felicidad.

Supongo que tiene que ser algo parecido a tú y yo, 
merendando un domingo, 
encima de la cama, 
viendo una serie
tan friki y tan vieja 
que ni siquiera voy a transcribir su nombre aquí.

"Me gusta que estés aquí".

lunes, 16 de octubre de 2017

(Tiempos raros)

Creo que tengo los ojos heridos. Aparentemente están sanos, lo sé, pero sin embargo mi mirada está dolida, ácida cada vez que se posa sobre alguien en el ir y venir infame de esta ciudad que tanto frío me da últimamente.

A veces me asusto. Sentir pena de sentir pena. Si me descuido, me encuentro acusándome a mí misma y gritándome que no tengo absolutamente nada que ofrecerle a nadie. Que no hago más que dar vueltas para fingir que no sigo atascada. Si me descuido allí estoy, por partida doble: estoy yo, sentada en un rincón, casi paralizada; y estoy yo también, de pie, desafiante, apuntándome con un dedo desde las alturas y con los ojos llenos de heridas.

Me asusta mimetizarme finalmente con el cemento, terminar de caer hacia abajo, seguir hundiéndome, de golpe, como llegando hasta un final que sé que no existe, pero que a veces me acecha, como hoy, cuando no tenía fuerzas ni para coger el metro y seguir con el trajín.

Y es que es cierto. Ese miedo. Esos pensamientos pastosos que me asaltan y me cubren por completo, asfalto líquido todavía, llenándome de manchas que sustituyen mi piel, que ya no brilla, porque me niego. Me niego y no quiero. Y, sin embargo, lo hago. Por qué. ¿Y si es verdad? Que no tengo nada que ofrecerle a nadie. A nadie. Se abre una grieta gigantesca ante mis pies y el tropiezo es tentador. ¿Con una tía así quién coño quiere estar?

Pero mi razón se sobrepone, sea como sea, y me repite que son unos minutos, unas horas, que no pasa nada, que a veces es normal. Y lo creo, con contundencia, pero mientras tanto mi piel sigue gris y mi pecho vacío, oscuro, esperando el momento de desbordarse, con lentitud, y tal vez llevarse esos arañazos de ira e insatisfacción que luzco en los ojos, por dentro, muy dentro, donde al final sólo puedo entrar yo.

Ojalá no hubiera escrito esta canción.

domingo, 15 de octubre de 2017

M.

¿Te echaré de menos? No lo sé. Te veo tan cambiada que no lo sé.

viernes, 13 de octubre de 2017

Préstame tu fuerza 
y haz que no me vuelva a caer 
Si ya te lo he pedido 
esta será la última vez

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Marzul.

No puedo ni fechar ni ubicar esta carta. Estoy en algún lugar debajo de la tierra, y contar los días del calendario es un privilegio que perdimos hace mucho. De hecho, ni siquiera sé si esta carta te llegará en algún momento. Dado lo que estamos viviendo, imagino que no.

Pero tenía que escribirte. Hoy me ha ocurrido algo que hace tiempo te habría contado antes que a nadie, y, de alguna manera, he sentido la necesidad de sentarme a escribirte, aunque sea rodeada de escombros y tristeza.

Ya no sé cuántas compañeras he visto ser asesinadas. Nos están masacrando, sin descanso, y yo salgo un día tras otro para encontrarme con lo mismo. Y las desaparecidas... No quiero ni imaginar qué amargo destino nos espera si nos atrapan vivas. Esto es terrible. No sé. Jamás pensé que me quedaría sin adjetivos para describir un horror como este. Pero, ¿cómo imaginar que algo así iba a ser posible?

Lo que peor llevo creo que es la falta de solidaridad y tolerancia. Veo traiciones en cada rincón de cada calle, zancadillas, puñaladas por la espalda... En ocasiones así, ¿cómo mantener la creencia de que todos hemos salido de los mismos vientres y nos han criado las mismas manos? No dejo de pensar que me bajaría de esta raza en marcha. Ahora mismo.

Pero hoy me ha ocurrido algo, como te he dicho. Una de esas cosas que merecen la pena tener en cuenta.

Cuando hemos vuelto, antes de que me llevaran al hospital he querido ir a ver a P. Sé lo mucho que sufre con todo esto, y lo perdida y confusa que se encuentra. No la culpo. Me ha recibido con las lágrimas en los ojos que luce siempre, y nada más verme me ha reprochado la nueva incursión. Nada sirve con ella; siempre tenemos la misma discusión.

A los segundos me ha abrazado, con fuerza, y he sentido su tripa hinchada entre nosotras, y en sus brazos, como si fuera la primera vez que lo supiera aunque los dos sabemos que no es así, he sentido de verdad que no había patrias ni banderas, y que las fronteras sólo las marcaban ellas. Mi hija, mi futura nieta y todas las que aquí habitamos. He comprendido que ese momento podía lavar toda la sangre seca de mis ropas. Ese momento, P. y estas cuatro paredes con las que intentamos construir un nuevo hogar a pesar de todas las pérdidas humanas.

¿Sabes qué? Nunca he tenido tanto miedo a la muerte como en ese instante. Me he sentido tan aterrada que no he podido moverme, así, como estaba, entre los brazos de mi hija.

Y, justo entonces, como apoyando nuestros calores, la pequeña ha dado su primera patada. P. ha dado un respingo y ha roto a llorar, mientras me apretaba fuerte la mano y las dos juntas buscábamos de nuevo ese signo de nueva vida.

Esa patada me ha parecido el gesto más revolucionario que he vivido en los últimos meses.

He comprendido que mi patria son ellas, y que eso sí que se extraña.

No me tiembla el pulso cuando escribo, letra a letra, que hoy ha sido mi último día en la Superficie.

A pesar de todo, albergo la esperanza de que volveremos a vernos algún día.

M.

martes, 19 de septiembre de 2017

Sí.

La Navaja de Ockham es un principio que, a grandes rasgos, estipula que la explicación más simple y suficiente suele ser la más probable. Cuando me pierdo en razonamientos que se ramifican, a menudo acudo a esta afirmación, una guía más que una regla, y me obligo a desandar un trecho para pensar de la manera más sencilla posible.

También cuando siento que estoy perdiendo la visión entre tantas brumas que yo misma provoco y que casi siempre vienen acompañadas de jaqueca. Así que, de nuevo, allá voy, a lo más simple:

A la pregunta de si quiero estar contigo, respondo sí.

Y eso me es suficiente para respirar hondo un par de veces y pensar que, pase lo que pase, estoy en la dirección correcta, la que me conduce a ti y a los días contigo. Y así, cuando voy desenmarañando los miedos, soy capaz de sonreír cuando te recuerdo tosiendo por un pendiente rebelde o me calmo casi inconscientemente al despertarme en mitad de la noche para buscar a tientas tu sudadera y volverme a dormir abrazada a ella.

No diré que no soy perfecta, porque la afirmación va mucho más allá: soy muy, muy torpe. Soy torpe y me han hecho daño, como a casi todos en este planeta, y si me quitaran la palabra escrita mi capacidad de expresión se vería reducida considerablemente. Quiero escribirte porque todavía la tengo, la palabra, y porque para mí es la manera de mostrar por qué y por quién y quiénes laten los ritmos en mis venas.

Puede que esté perdida pero sí sé que necesito notar tu frente junto a la mía, y que me divierto cada vez que buscándote cerca choco con tus gafas y quiero atravesarlas para poder zambullirme dentro de tus ojos calmos, pacientes, que saben mirarme para hacerme saber que nada tiene que salir mal. Que nada tiene por qué volver a salir mal.

Voy a repetirlo, que no viene mal, y así me duermo con estas palabras sobrevolando mi consciencia:

A la pregunta de si quiero estar contigo, respondo sí. Sin dudarlo ni una milésima de segundo.

lunes, 18 de septiembre de 2017

La tristeza.

Lo que ocurre con el feminismo y algunos seres queridos es como una historia de desgaste. Al final las risas y la mofa constante de amigos y familiares derivan en una desgana selectiva; esa, esa persona que en una cena con amigos vuelve a reírse a gritos de que sea feminista a pesar de que en privado me respete o finja hacerlo, esa, justo esa persona, acaba fuera de mi círculo más íntimo.

Y para mí se trata de una pérdida. Y toda pérdida, máxime si tiene que ver con la gente a la que quiero, duele.

Pero se trata de preservar mi salud mental. No entiendo, a veces no entiendo. No entiendo por qué un hombre considera tan ofensiva la reivindicación feminista cuando respeta otras como la racial o la homosexual. En fin, quiero decir... Sí lo entiendo, pero no quiero aceptar que personas a las que quiero y respeto cumplen esos motivos porque, de nuevo, me resulta decepcionante.

No obstante, como casi todo en la vida, se trata de sobrevivir, y yo no me considero defensora de la igualdad para aleccionar a aquellos que, aunque me quieren, no se paran a pensar si me están haciendo daño o no con su inseguridad disfrazada de bravuconería. Hay un error generalizado que consiste en creer que nos declaramos feministas para educaros.

De mis seres queridos, espero comprensión y, al menos, una oreja abierta para escuchar mis motivos. Pero si eso no ocurre, de manera sistemática, acabo apartando a esa persona de una parte esencial de mí, y me pierde, nos perdemos, pero es que no conozco otra manera de sentirme a salvo y de mitigar el malestar que cuando esto ocurre surge en medio del pecho, justo encima de la boca del estómago. Creo que es allí donde habita la tristeza más honda. 

jueves, 14 de septiembre de 2017

Las secuelas.

Ojalá las batallas terminaran con las últimas estocadas y las expiraciones más tardías. Pero por desgracia la sangre y la tierra dejan ríos y huellas difíciles de borrar, que pueblan sin remedio todos los paisajes de mi mente. Apenas recuerdo los tiempos en los que me miraba las palmas de las manos y no veía cicatrices.

Hace mucho tiempo que dejé mis primeros paisajes atrás. Ahora entiendo que la falta de experiencia contribuyó a que tuviera tantísimo frío, y a que abandonara todos los campamentos sin borrar mis huellas ni apagar ninguna hoguera. Ya no me estremezco si me topo con ellos; supongo que esa siempre es la señal de que uno ha salido adelante.

Y esa mansión polvorienta, con toneladas de promesas amontonadas en el desván... Recuerdo el momento en el que de verdad eché la llave y la arrojé lejos. Me hizo falta habitar en otro piso para darme cuenta de que estaba preparada para abandonar esos pasillos que ya parecían un mausoleo. No echo de menos esa casa y esos jardines. Soy incapaz de añorarla. La chimenea estaba siempre encendida, las estanterías llenas de libros, la cama a punto para deshacer las sábanas entre dos... Pero no podía salir. No podía ir más allá de los límites de esa propiedad. Olvidé el tacto de las tierras del bosque en mis pies, incluso llegué a pensar que jamás volvería a ver el mar. Cada vez que la recuerdo y siento las junturas de mi piel intactas mis pulmones se llenan de oxígeno. También era hora de seguir adelante.

Sin embargo, cuando me curé de mis heridas la cojera no se fue, y caminaba a trompicones, sin poder cubrir todo el terreno que a mí me hubiera gustado. Todas mis batallas no habían terminado a pesar de estar sola y yo, aunque sabía la respuesta, sólo podía preguntarme por qué.

(...)

lunes, 11 de septiembre de 2017

sábado, 9 de septiembre de 2017

La soledad.

Es como un escalofrío
que se queda.

Como si deshiciera las maletas en tu frente
y, casi sin
mirarte,
se adueñara de uno de los lados de la cama.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Irremediablemente.

Y aquí estamos, un año después; pienso mientras mi respiración se normaliza. Como si fuéramos los protagonistas de una comedia de enredos y acabara de terminar la temporada con un final apoteósico.

Y aquí estoy; pienso mientras te miro con los ojos llenos. Con esa película fina y transparente que recubre las pupilas cuando están mirando de verdad.

He sentido que se abría en mi pecho una grieta que irradiaba luz. Justo en ese momento en el que me revolvía e inspiraba fuerte tus últimas palabras, mientras te abrazaba con fuerza, como si no hubiera otro alimento que tu cuerpo y mis ojos no supieran funcionar sin tus ojos.

martes, 29 de agosto de 2017

Yo empezaría con un: ¿Qué tengo que hacer para vivir al día? Y dejar de pensar en los días que se me comen, como si ya estuvieran aquí, que parece que los tengo merendándose las costuras de los bajos de mi pantalón.

¿Qué busco? Qué busco, me pregunto sin cesar. El otro día me desperté queriendo escribir algo que ya escribí en diciembre de 2010, cuando mi corazón estaba convulso y mi inexperiencia a punto, pero mi pecho quería llenarse de experiencias a pesar de que tuvo que pagar el peaje de permanecer más de un año cerrado y oscuro.

El texto fue este:

¿Qué queremos exactamente? ¿Qué es lo que nos mueve a buscar? Buscamos alguien para liberarnos una noche, o alguien para caminar con él de la mano. Buscamos un instante de consuelo etílico o evitar beber para que no podamos decir ni hacer nada de lo que luego podamos arrepentirnos. Buscamos redimirnos e intentar pensar en no salpicar a nadie de dolor o hacer lo que más alivie nuestra angustia, que crece, independientemente de quién esté por medio. Buscamos el hogar de aquí, o el hogar que dejamos reposar hasta Enero, sintiéndonos extraños.
Qué buscamos exactamente. Yo no sé si busco unos labios o los míos propios cortados del cierzo. Busco no hacernos daño y no enturbiar nada de lo vivido. Quitarme esta pesadez de encima y curarme un poco más las ojeras, porque tal vez si me duele menos por fuera también dolerá menos por dentro. Busco un tiempo muerto, una regresión en la memoria, para no tener tantos nombres y tantos rostros que me bailan mezclados con humo y sabor a ron. Busco momentos que ya viví, que se consumieron, y que me están abriendo las cicatrices. Para que no olvide que siguen ahí.

Recuerdo el dolor que vino poco después. El amor y el dolor, el crecimiento obligado, mi alma arrastrándose por cada esquina como si no supiera seguir adelante sin anhelo, sin otro cuerpo, sin otros ojos que me prestaran su luz.

El dolor y el amor. ¿Qué busco? ¿Qué queremos exactamente?

¿Mi ansia por la cercanía de los días es un reflejo de la desorientación? Es un error considerarse valiente. Me he acostumbrado tanto a mi palacio de cristal que aunque sé que es una ilusión permanecer aquí me aterra abandonarlo. ¿Cómo pueden tener tanto poder las cicatrices? Ya tienen mi piel, ¿por qué quieren tener también la extensión de mi presente?

Es extraño saber lo que busco pero tener miedo a pronunciarlo en voz alta si esa certeza incluye otras personas que no soy yo. He pasado años grabándome a fuego la distinción entre lo que es y lo que me gustaría que fuera y ahora me siento perdida ante la realidad que no me pertenece. Para mí es un campo minado aventurarme más allá de la mano de alguien. Y no me dan miedo los impactos, ni la sangre, ni el riesgo a que la tierra explote de repente... Entonces, ¿qué ocurre? ¿Qué busco? 

Supongo que me asusta la incomprensión. No poder llegar al nivel de entendimiento que a mí me gustaría porque la experiencia me ha enseñado que para muchos siempre es más fácil la mentira que la empatía. Supongo que eso es. Que, en lo que amor y dolor se refiere, me acostumbraron tanto a que mi palabra no sirviera para nada que ahora antes de abrir la boca ya estoy pensando que lo que voy a decir no tiene sentido para la persona que tengo delante. Y por eso me desgano y me callo, me hundo, levemente, cada vez un poquito más, y acabo preguntándome si funciono al revés. Si tendría que replantearme mi significado de lo auténtico y sobre todo de lo vital que resulta algo así para mi existencia.



jueves, 24 de agosto de 2017

Islandia.

Estoy sentada en una terraza de Olimpia (hay millones en toda Grecia), hablando sobre Guatemala con una viajera argentina. Observo las escasas ventanas encendidas en este pequeño lugar entre montañas y mitos, y mi mente se desplaza a los días de junio que pasé en la isla del fuego y el hielo, en todas sus cascadas y sus volcanes, sus glaciares y sus fumarolas y sus carreteras kilométricas que recorrían algunos paisajes también inhóspitos. Esto tiene que ser la vida; Islandia, Grecia, Guatemala o cualquier sitio dispuesto a dejarse descubrir.

lunes, 21 de agosto de 2017

viernes, 4 de agosto de 2017

VI.

Pasa... Te estaba esperando.
Vaya frase, ¿verdad? Suena a frase hecha de una manera desalentadora, pero es verdad, te estaba esperando. Por eso la puerta abierta, por eso esta tranquilidad que ahora presencias. Tú... Tú... Pasa, pasa, no te quedes ahí. Este lugar es tan tuyo como mío.
No, no pongas esa cara, no... Tú eres una de las criaturas más extrañas que han pasado por mis manos. Pero al conocer tu composición, al estudiarla, pude entenderlo... Tú... Tenías que llegar. Para mí es un honor que hayas venido. Lo contrario me habría decepcionado. Ven. Acércate.
¿Ves todo esto? ¿Lo ves? ¿No te parece maravilloso? Vaya... No puedo cansarme de contemplarlo.
Míralos. Mírate. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué precindir de materia prima? ¿Por qué eliminar a tu enemigo si puedes convertirlo en tu herramienta? ¿Qué hay más grandioso que conseguir que tus enemigas construyan tu imperio?
No fue fácil, no... Tuve que dejar de sentir muchas cosas para poder comenzar a separar esas pieles, esa carne, a remover sobrantes, añadir... Ah, las pruebas. Erais seres imperfectos por aquel entonces. Y ahora... Míralos, son todos excepcionales, a pesar de que muchos vienen de una materia podrida. Sí, podrida. Sí... Vosotras... Vosotras ya no aportabais nada bueno. Ah, nada... Nada...
¿Qué persona antes había conseguido evitarse la gestación? ¿Quién ha sido tan brillante para poder prescindir de esa parte de la supervivencia? En el fondo, erais carne y hueso, como todos. De la carne al metal hay poco, muy poco, y sólo fue cuestión de tiempo. Pero tú... Tú... Contigo no funcionó. ¿Por qué? Por qué... Supongo que no podía ser todo perfecto en la Superficie. Sí, supongo... Supongo... Te estaba esperando. Sabía que vendrías. No podía ser de otra forma. Y ahora... Ahora...
Has venido a matarme, ¿verdad? Quieres matarme. Por eso has subido hasta aquí. Por eso saliste de tu agujero en llamas. Porque estabas llena de rabia, sí... Porque tú... Tú... Tú tienes el Elemento. Tú lo tienes. Por eso no funcionó contigo. Querías mucho a tu abuela, ¿verdad? Verdad... Y... Sus historias, las historias que te contaba, algunas... Algunas eran...
Crees que vas a matarme. Tienes miedo, pero vas a hacerlo porque es lo único que te mantiene con vida. Sí... Acércate, puedes hacerlo, no quiero que te quedes atrás.
Mírate... Eres perfecto. Perfecto. Como todos... Sin embargo, por dentro... El Elemento. Tú. Podías no existir y, sin embargo, estás aquí. Queriendo rebanarme el cuello aunque la idea de quitar una vida humana te provoque náuseas, ¿eh? Sí... He dicho vida... He dicho humana.
Pasa, pasa, de verdad... Ven hacia mí. ¿Ves lo que llevo colgando del cuello? ¿Lo ves? Vas a necesitarlo si quieres volver a lo que eras antes. ¿Quieres? O, tal vez... Contémplalo... ¿Has visto todo esto? Podría ser tan tuyo como mío. Pero aquí estás... Aquí... Y, primero... antes de nada, sin falta... Tienes que matarme.