viernes, 15 de diciembre de 2017

Marcharse.

Es como si me estuviera marchando pero sin desplazarme un milímetro de mi posición. Es una sensación de vacío similar a la de hacer una maleta sin ganas, y llenarla de nada que merezca la pena llevarse.

¿Debería marcharme?

Se agolpan tantas preguntas en mis sientes que se me hace difícil desanudar las cuerdas que me anclan todavía a la tierra. Es extraño, porque me siento libre, y si debiera marcharme, no sé adónde debería ir.

Sin embargo, reconozco que algo ocurre, lo palpo en esta tristeza que no soy capaz de sacudirme desde ayer, y en este rostro cuarteado que muta en apenas dos segundos cuando aparece otra persona en mi campo de visión. Las risas y las palabras se mezclan con el vicio de seguir callada, como si fuera posible quedarse en pausa.

Me pregunto cómo será ver las luces de Navidad del centro de Granada, protegida del frío debajo de un abrigo, y si me lo pregunto es porque soy dolorosamente consciente de que no voy a presenciar ese momento.

No me siento a la deriva, porque sé que no lo estoy, pero es inevitable pensar en esa soledad que me ha protegido tantos años, y aunque estoy segura de lo que quiero no sé si tengo en mis manos todas las herramientas para construirlo. La reciprocidad y la comunicación son necesarias cuando se trata de cimentar una realidad a cuatro manos.

Los nudos.

¿Los nudos se agrietan?
¿Se pueden agrietar?

Como los labios, cuando están secos.

Y en un susurro:
Jamás.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Lastre.

- Gracias por venir.
- ¿Qué querías decirme?
- Llevo varios días sin poder parar de pensar en ti. Creo que ya está aquí, que ya es el momento. Lo he pensado mucho, y... Ya lo noto en mi espalda.
- ¿En tu espalda?
- Sí. ¿No has visto mi cuello? Ya no está tan hundido. ¿Ves mi barbilla?
- No entiendo nada.
- Ya... Pero ya no me interesa que me entiendas. ¿No lo ves? Ya me da igual.
- Pero no fue eso lo que me dijis...
- Te mentí.
- ¿Qué?
- Que te mentí.
- ¿Por qué? ¿No dices siempre que nunca mientes?
- Lo sé.
- ¿Entonces?
- Es curioso... Pero sé que hay un momento en el que las personas pasan a darme igual. No lo sabía pero me he dado cuenta contigo.
- ¿Pero qué dices?
- Sí. Hay un momento en el que me vuelvo como... robótica. Entonces me da igual mentir, decir a todo que sí y sonreír como si fuera un cadáver, porque esa persona ya no me importa. ¿Comprendes?
- ¿Para esa mierda me has hecho venir? ¿Para decirme que te doy igual?
- Sí y no. En parte sí, pero también quería que miraras mis hombros.
- ¿Por qué?
- Observa qué ligeros caminan. Es porque por fin estoy soltando lastre. Me estoy deshaciendo de ti.

domingo, 26 de noviembre de 2017

La dimensión humana.

Ahora los domingos son más extraños que nunca. Sobre todo si estoy en Madrid; si vuelvo de Zaragoza o de Granada la rareza siempre es disimulada por los kilómetros y la incomodidad del autobús. Pero en Madrid...

Vuelvo a mi habitación y me parece curioso encontrarla más grande sin ti. Parece mentira, o la letra de una canción romántica, pero te juro que se me antoja mucho más grande: como si fuera demasiado para una sola persona.

Me has roto los esquemas de tal manera que hasta los domingos parecen diferentes. Y no es malo. Simplemente ahora les encuentro más matices, porque me despido de ti y mi alma se expande en todas las direcciones, mientras camino a casa sintiéndome nueva, llena de energías. Supongo que la clave aparece cuando uno quiere ser mejor persona por alguien. O gracias a alguien.

A veces pienso que no terminas de creerte que tú puedas ser ese alguien. También es cierto que me has conocido en un momento extraño; puede que ahora yo misma sea más difícil que nunca y tenga más dudas que nunca. Pero te miro, a escondidas o no, y tu rostro me da luz, y después de estar contigo se aceleran mis revoluciones para ir más allá de lo que tengo y creer que de verdad puedo conseguir todo aquello que durante mucho tiempo me pareció imposible.

Deberías creer que tú me mueves de una manera diferente, una manera exclusiva, de la que no habría sido capaz yo sola. Y por eso los domingos me parecen extraños, pero en el buen sentido. Son los días en los que me planteo cientos de cosas que me gustaría conseguir, y algunas de ellas por ti. Sobre todo cuando vuelvo a mi cuarto y tú ya no estás, y parece que sus dimensiones han cambiado sólo para recordarme que ya estoy pensando en la próxima vez que pueda dormir pegada a ti.

jueves, 23 de noviembre de 2017

La responsabilidad.

A vosotros dos:

Sí. Os llamaré "vosotros dos" porque no se me ocurre mejor fórmula para iniciar este texto. Esta idea lleva días zumbando en mis adentros, como una abeja enfurecida, y hoy he decidido dejar que me conduzca a alguna parte. Ni siquiera sé adónde.

Son varias las circunstancias que me han traído aquí. La primera, creo, fue que os pusierais de acuerdo para reaparecer en mi vida: qué cachondeíto se trae a veces Murphy. La segunda fue hablar con B. sobre si nos interesaba de verdad hablar con aquellas personas que nos hicieron tanto daño. Si de verdad queríamos decirles "Sí, tú, me abriste unas heridas enormes en el pecho. Vengo a explicarte por qué, y espero que te calles mientras hablo". La tercera, y creo que la definitiva, fueron unas palabras de Attiya Khan en una entrevista.

"Es hora de que las personas que hacen daño a otras asuman la responsabilidad de sus acciones", leí. Y me atravesó. Joder, Attiya Khan, qué razón y qué valiente, por otra parte, enfrentarte a tus fantasmas.

Cogí aguja e hilo y me cosí la misma piel para alejaros en cuanto estuve preparada. Aunque eso no lo sabéis, porque ya no estabais para escuchar mis gritos de dolor. La primera vez fui torpe, nos herí a los dos, y soy consciente de ello, pero la segunda fui más certera y práctica. Ya acumulaba la primera experiencia, y me ayudó a mantener el pulso firme. La recuperación, la segunda vez, fue un alivio rápido e indoloro. Supongo que fue porque ya cargaba meses de destrozos a las espaldas.

Los dos me perturbasteis. Sacudisteis mis cimientos. Me hicisteis mucho daño y, sobre todo, contaminasteis mi cerebro hasta el punto de que me perdí a mí misma. Y los dos, los dos casi al unísono como si esto fuera una peli, seguís creyendo que tenéis derecho a reaparecer, culparme y escupir mi nombre en vuestras noches más oscuras y etílicas. No. Vengo a deciros que no es así.

Siempre he optado por haceros a un lado, sacaros de mi vida porque sólo lo radical puede ser efectivo, e ignoraros con cordialidad cuando intentabais llamar a la puerta de nuevo. Pero a veces me pregunto si debería sentarme en frente de vosotros y relataros todo el daño que me hicisteis. Siempre he pensado que ni siquiera eso merece la pena, pero, por otra parte, ¿vosotros sois conscientes del alcance que tuvieron vuestros actos? ¿O seguís encerrados en vuestro microcosmos calentito?

Pero iré por partes.

Tú, el primero: destrozaste mi autoestima. Comparaste mi cuerpo con cuerpos mejores, sistemáticamente durante toda la relación, y creíste que mi cuerpo te pertenecía por encima de todo. Tú, tú me hiciste pensar que yo no era bonita, ni digna de absolutamente nada. Jamás compartiste mis éxitos y te negabas a que desplegara las alas. Tengo tus frases clavadas en la espalda. "Qué buena vas a estar cuando des el estirón", "Ella está más buena pero tú eres más mona de cara", "Con esos gemelos que tienes no vas a entrar por la puerta", "Pareces un tronco de árbol, así, cuadrada, sin curvas".

Por suerte, te siento tan lejano que he aprendido a volver a quererme, aunque, créeme, protagonizas algunos de mis recuerdos más oscuros.

Y tú, el segundo, me marcaste para siempre convirtiéndome en una persona insegura de sí misma. Todavía hoy siento que mi palabra no va a merecer la pena porque no merezco expresar mi opinión. Me acostumbraste a que mis versiones no sirvieran. Me hiciste sentir una amenaza sin serlo. Acabé perdida, pero por suerte ya cargaba otra experiencia a las espaldas para mantenerme lúcida y lograr deshacerme del veneno después de un tiempo corto pero extremadamente doloroso.

A menudo creo que no merece la pena que dedique tiempo y letra a esto. Pero otras veces me digo a mí misma: "Coño, ¿por qué no?".

Por supuesto que no os echo la culpa de absolutamente todos mis males. Mis defectos o mis traumas no vienen exclusivamente de cómo me tratasteis, aunque tuvisteis una aparición estelar. Pero de veras me gustaría que asumierais la responsabilidad de vuestras acciones. Lo espero de corazón. Aunque yo no seré testigo de ello. Pero ojalá lo hagáis.

Y tal vez así podáis entender que cuando habláis de mí en ese tono o me habláis con ese otro tono me entre la risa floja y, de verdad, no comprenda cómo sois capaces de pensar que voy a querer irme de cañas con vosotros. De verdad, qué cosicas tenéis.


domingo, 12 de noviembre de 2017

Tierra.

Soy consciente de que suelo caminar al borde de un límite peligroso. Hace varios años comprendí que cuando más segura me sentía era cuando estaba sola. Es verdad. Puedo hacerme la valiente e ignorarlo (qué cobarde, por otra parte) pero hay un segmento de mí que siempre se mueve al borde de la soledad escogida porque mi yo más cabezón insiste en que así estaré a salvo.

Y en parte es cierto. ¿Cuántas veces hemos intentado hablar de cómo nos sentíamos y hemos topado con incomprensión o desinterés con un dolor parecido al del can cuando su dueño le atiza en el morro con un periódico enrollado? En esos momentos, al menos yo, huyo al sitio más calentito de mi interior, aquel en el que no penetra nadie que no sea yo misma, donde el pensamiento se alarga infinitamente y me cubro de silencio. Y ahí reside el peligro. Es tentador quedarme ahí, sentada ante la lumbre de mi autorreflexión.

Estuve años allí. He estado durante años allí. A periodos, largos o cortos, envuelta en la misma manta.

Pero todo es un engaño. Un engaño recubierto de egocentrismo.

Lo sé porque luego me choco con los ojos de alguien a quien aprecio y mi carne se vuelve trémula y mi pecho arde, hambriento y furioso. Sé que ese es mi yo más yo, el que se derrite ante las hogueras de otros, y durante años también negué que fuera cierto y me empeñaba en echar el candado todas las noches. Nunca funcionó; no creo que el aislamiento le funcione a nadie nunca. Suele ser uno de los engaños más comunes, pero no funciona.

Sin embargo, como digo, es tentador volver a esa habitación sin puertas ni ventanas, recluirme creyéndome herida y comprobar que estoy a salvo. Sola y a salvo. O sola pero a salvo. No lo sé. Es difícil comprender y aceptar que un territorio tan inhóspito me hace sentir tan segura.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Pulsión.

De vez en cuando siento que podría encerrarme, no volver a salir nunca, despojarme de las formas y aprehender todo lo que pueda, dejar de ser yo para reconstruirme, y aislarme, aislarme de todo lo que contamina, para entregarme a la creación más brutal y salvaje, también la más utópica, y abrirme en canal, mientras respiro, todavía, sólo para poder transmitir de verdad tantas cosas que palpitan sin descanso ni rumbo, revistiendo mi rostro de seriedad y ceniza, re-volviéndome pensativa, silenciosa, inexperta y tan ignorante que me encerraría, para no salir ya nunca.

Dijo Federico:

"Cuando las cosas llegan a los
centros

no hay quien las 
arranque."
FGL

jueves, 2 de noviembre de 2017

Apoyos.

"Los apoyos son importantes, valiosos. Perder el apoyo de alguien es hundirte un poquito más en el fango en el que se convierte tu vida año a año.

¿Y sabes cuándo pierdes el mío? Cuando te respondo como un robot porque me has hecho ya tanto daño que has dejado de interesarme como ser humano."

domingo, 22 de octubre de 2017

La felicidad.

Supongo que tiene que ser algo parecido a tú y yo, 
merendando un domingo, 
encima de la cama, 
viendo una serie
tan friki y tan vieja 
que ni siquiera voy a transcribir su nombre aquí.

"Me gusta que estés aquí".

lunes, 16 de octubre de 2017

(Tiempos raros)

Creo que tengo los ojos heridos. Aparentemente están sanos, lo sé, pero sin embargo mi mirada está dolida, ácida cada vez que se posa sobre alguien en el ir y venir infame de esta ciudad que tanto frío me da últimamente.

A veces me asusto. Sentir pena de sentir pena. Si me descuido, me encuentro acusándome a mí misma y gritándome que no tengo absolutamente nada que ofrecerle a nadie. Que no hago más que dar vueltas para fingir que no sigo atascada. Si me descuido allí estoy, por partida doble: estoy yo, sentada en un rincón, casi paralizada; y estoy yo también, de pie, desafiante, apuntándome con un dedo desde las alturas y con los ojos llenos de heridas.

Me asusta mimetizarme finalmente con el cemento, terminar de caer hacia abajo, seguir hundiéndome, de golpe, como llegando hasta un final que sé que no existe, pero que a veces me acecha, como hoy, cuando no tenía fuerzas ni para coger el metro y seguir con el trajín.

Y es que es cierto. Ese miedo. Esos pensamientos pastosos que me asaltan y me cubren por completo, asfalto líquido todavía, llenándome de manchas que sustituyen mi piel, que ya no brilla, porque me niego. Me niego y no quiero. Y, sin embargo, lo hago. Por qué. ¿Y si es verdad? Que no tengo nada que ofrecerle a nadie. A nadie. Se abre una grieta gigantesca ante mis pies y el tropiezo es tentador. ¿Con una tía así quién coño quiere estar?

Pero mi razón se sobrepone, sea como sea, y me repite que son unos minutos, unas horas, que no pasa nada, que a veces es normal. Y lo creo, con contundencia, pero mientras tanto mi piel sigue gris y mi pecho vacío, oscuro, esperando el momento de desbordarse, con lentitud, y tal vez llevarse esos arañazos de ira e insatisfacción que luzco en los ojos, por dentro, muy dentro, donde al final sólo puedo entrar yo.

Ojalá no hubiera escrito esta canción.

domingo, 15 de octubre de 2017

M.

¿Te echaré de menos? No lo sé. Te veo tan cambiada que no lo sé.

viernes, 13 de octubre de 2017

Préstame tu fuerza 
y haz que no me vuelva a caer 
Si ya te lo he pedido 
esta será la última vez

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Marzul.

No puedo ni fechar ni ubicar esta carta. Estoy en algún lugar debajo de la tierra, y contar los días del calendario es un privilegio que perdimos hace mucho. De hecho, ni siquiera sé si esta carta te llegará en algún momento. Dado lo que estamos viviendo, imagino que no.

Pero tenía que escribirte. Hoy me ha ocurrido algo que hace tiempo te habría contado antes que a nadie, y, de alguna manera, he sentido la necesidad de sentarme a escribirte, aunque sea rodeada de escombros y tristeza.

Ya no sé cuántas compañeras he visto ser asesinadas. Nos están masacrando, sin descanso, y yo salgo un día tras otro para encontrarme con lo mismo. Y las desaparecidas... No quiero ni imaginar qué amargo destino nos espera si nos atrapan vivas. Esto es terrible. No sé. Jamás pensé que me quedaría sin adjetivos para describir un horror como este. Pero, ¿cómo imaginar que algo así iba a ser posible?

Lo que peor llevo creo que es la falta de solidaridad y tolerancia. Veo traiciones en cada rincón de cada calle, zancadillas, puñaladas por la espalda... En ocasiones así, ¿cómo mantener la creencia de que todos hemos salido de los mismos vientres y nos han criado las mismas manos? No dejo de pensar que me bajaría de esta raza en marcha. Ahora mismo.

Pero hoy me ha ocurrido algo, como te he dicho. Una de esas cosas que merecen la pena tener en cuenta.

Cuando hemos vuelto, antes de que me llevaran al hospital he querido ir a ver a P. Sé lo mucho que sufre con todo esto, y lo perdida y confusa que se encuentra. No la culpo. Me ha recibido con las lágrimas en los ojos que luce siempre, y nada más verme me ha reprochado la nueva incursión. Nada sirve con ella; siempre tenemos la misma discusión.

A los segundos me ha abrazado, con fuerza, y he sentido su tripa hinchada entre nosotras, y en sus brazos, como si fuera la primera vez que lo supiera aunque los dos sabemos que no es así, he sentido de verdad que no había patrias ni banderas, y que las fronteras sólo las marcaban ellas. Mi hija, mi futura nieta y todas las que aquí habitamos. He comprendido que ese momento podía lavar toda la sangre seca de mis ropas. Ese momento, P. y estas cuatro paredes con las que intentamos construir un nuevo hogar a pesar de todas las pérdidas humanas.

¿Sabes qué? Nunca he tenido tanto miedo a la muerte como en ese instante. Me he sentido tan aterrada que no he podido moverme, así, como estaba, entre los brazos de mi hija.

Y, justo entonces, como apoyando nuestros calores, la pequeña ha dado su primera patada. P. ha dado un respingo y ha roto a llorar, mientras me apretaba fuerte la mano y las dos juntas buscábamos de nuevo ese signo de nueva vida.

Esa patada me ha parecido el gesto más revolucionario que he vivido en los últimos meses.

He comprendido que mi patria son ellas, y que eso sí que se extraña.

No me tiembla el pulso cuando escribo, letra a letra, que hoy ha sido mi último día en la Superficie.

A pesar de todo, albergo la esperanza de que volveremos a vernos algún día.

M.

martes, 19 de septiembre de 2017

Sí.

La Navaja de Ockham es un principio que, a grandes rasgos, estipula que la explicación más simple y suficiente suele ser la más probable. Cuando me pierdo en razonamientos que se ramifican, a menudo acudo a esta afirmación, una guía más que una regla, y me obligo a desandar un trecho para pensar de la manera más sencilla posible.

También cuando siento que estoy perdiendo la visión entre tantas brumas que yo misma provoco y que casi siempre vienen acompañadas de jaqueca. Así que, de nuevo, allá voy, a lo más simple:

A la pregunta de si quiero estar contigo, respondo sí.

Y eso me es suficiente para respirar hondo un par de veces y pensar que, pase lo que pase, estoy en la dirección correcta, la que me conduce a ti y a los días contigo. Y así, cuando voy desenmarañando los miedos, soy capaz de sonreír cuando te recuerdo tosiendo por un pendiente rebelde o me calmo casi inconscientemente al despertarme en mitad de la noche para buscar a tientas tu sudadera y volverme a dormir abrazada a ella.

No diré que no soy perfecta, porque la afirmación va mucho más allá: soy muy, muy torpe. Soy torpe y me han hecho daño, como a casi todos en este planeta, y si me quitaran la palabra escrita mi capacidad de expresión se vería reducida considerablemente. Quiero escribirte porque todavía la tengo, la palabra, y porque para mí es la manera de mostrar por qué y por quién y quiénes laten los ritmos en mis venas.

Puede que esté perdida pero sí sé que necesito notar tu frente junto a la mía, y que me divierto cada vez que buscándote cerca choco con tus gafas y quiero atravesarlas para poder zambullirme dentro de tus ojos calmos, pacientes, que saben mirarme para hacerme saber que nada tiene que salir mal. Que nada tiene por qué volver a salir mal.

Voy a repetirlo, que no viene mal, y así me duermo con estas palabras sobrevolando mi consciencia:

A la pregunta de si quiero estar contigo, respondo sí. Sin dudarlo ni una milésima de segundo.

lunes, 18 de septiembre de 2017

La tristeza.

Lo que ocurre con el feminismo y algunos seres queridos es como una historia de desgaste. Al final las risas y la mofa constante de amigos y familiares derivan en una desgana selectiva; esa, esa persona que en una cena con amigos vuelve a reírse a gritos de que sea feminista a pesar de que en privado me respete o finja hacerlo, esa, justo esa persona, acaba fuera de mi círculo más íntimo.

Y para mí se trata de una pérdida. Y toda pérdida, máxime si tiene que ver con la gente a la que quiero, duele.

Pero se trata de preservar mi salud mental. No entiendo, a veces no entiendo. No entiendo por qué un hombre considera tan ofensiva la reivindicación feminista cuando respeta otras como la racial o la homosexual. En fin, quiero decir... Sí lo entiendo, pero no quiero aceptar que personas a las que quiero y respeto cumplen esos motivos porque, de nuevo, me resulta decepcionante.

No obstante, como casi todo en la vida, se trata de sobrevivir, y yo no me considero defensora de la igualdad para aleccionar a aquellos que, aunque me quieren, no se paran a pensar si me están haciendo daño o no con su inseguridad disfrazada de bravuconería. Hay un error generalizado que consiste en creer que nos declaramos feministas para educaros.

De mis seres queridos, espero comprensión y, al menos, una oreja abierta para escuchar mis motivos. Pero si eso no ocurre, de manera sistemática, acabo apartando a esa persona de una parte esencial de mí, y me pierde, nos perdemos, pero es que no conozco otra manera de sentirme a salvo y de mitigar el malestar que cuando esto ocurre surge en medio del pecho, justo encima de la boca del estómago. Creo que es allí donde habita la tristeza más honda. 

jueves, 14 de septiembre de 2017

Las secuelas.

Ojalá las batallas terminaran con las últimas estocadas y las expiraciones más tardías. Pero por desgracia la sangre y la tierra dejan ríos y huellas difíciles de borrar, que pueblan sin remedio todos los paisajes de mi mente. Apenas recuerdo los tiempos en los que me miraba las palmas de las manos y no veía cicatrices.

Hace mucho tiempo que dejé mis primeros paisajes atrás. Ahora entiendo que la falta de experiencia contribuyó a que tuviera tantísimo frío, y a que abandonara todos los campamentos sin borrar mis huellas ni apagar ninguna hoguera. Ya no me estremezco si me topo con ellos; supongo que esa siempre es la señal de que uno ha salido adelante.

Y esa mansión polvorienta, con toneladas de promesas amontonadas en el desván... Recuerdo el momento en el que de verdad eché la llave y la arrojé lejos. Me hizo falta habitar en otro piso para darme cuenta de que estaba preparada para abandonar esos pasillos que ya parecían un mausoleo. No echo de menos esa casa y esos jardines. Soy incapaz de añorarla. La chimenea estaba siempre encendida, las estanterías llenas de libros, la cama a punto para deshacer las sábanas entre dos... Pero no podía salir. No podía ir más allá de los límites de esa propiedad. Olvidé el tacto de las tierras del bosque en mis pies, incluso llegué a pensar que jamás volvería a ver el mar. Cada vez que la recuerdo y siento las junturas de mi piel intactas mis pulmones se llenan de oxígeno. También era hora de seguir adelante.

Sin embargo, cuando me curé de mis heridas la cojera no se fue, y caminaba a trompicones, sin poder cubrir todo el terreno que a mí me hubiera gustado. Todas mis batallas no habían terminado a pesar de estar sola y yo, aunque sabía la respuesta, sólo podía preguntarme por qué.

(...)

lunes, 11 de septiembre de 2017

sábado, 9 de septiembre de 2017

La soledad.

Es como un escalofrío
que se queda.

Como si deshiciera las maletas en tu frente
y, casi sin
mirarte,
se adueñara de uno de los lados de la cama.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Irremediablemente.

Y aquí estamos, un año después; pienso mientras mi respiración se normaliza. Como si fuéramos los protagonistas de una comedia de enredos y acabara de terminar la temporada con un final apoteósico.

Y aquí estoy; pienso mientras te miro con los ojos llenos. Con esa película fina y transparente que recubre las pupilas cuando están mirando de verdad.

He sentido que se abría en mi pecho una grieta que irradiaba luz. Justo en ese momento en el que me revolvía e inspiraba fuerte tus últimas palabras, mientras te abrazaba con fuerza, como si no hubiera otro alimento que tu cuerpo y mis ojos no supieran funcionar sin tus ojos.