jueves, 22 de febrero de 2018

Diario, día 913.

Me es inevitable preguntarme cosas. Cuestionarme a mí misma. Intentar desentrañar si soy una flipada, o una fracasada para siempre, o cualquiera de esas otras etiquetas que siempre es fácil ponerle a otros. ¿Lo soy? ¿Soy una de esas... millennial?
A menudo me pregunto si de verdad soy buena persona. Y digo "de verdad" porque obviamente pienso que sí. No me fastidies, ¿quién piensa de sí misma que no lo es? Podría escribirlo bonito, filosofar un poco, pero esto es un diario y puedo permitirme por una vez sacrificar la pompa hipócrita que siempre nos invade cuando hablamos de nosotros mismos. Es como la tía rubia de las películas de terror que, cuando asoma la motosierra por el marco de la puerta, dice: "Oh, dios mío, Jack, ¿qué vamos a hacer ahora?". ¿Pues qué vas a hacer? Morirte, salpicar de sangre las paredes, con suerte enseñar una teta cuando caigas al suelo sin cabeza. Esas cosas de siempre. Hace esa pregunta estúpida que no tiene sentido porque ya se sabe la respuesta (gracias, guionistas, sois geniales manejando personajes femeninos). Pues eso, esa tía en una situación real no preguntaría eso. Lo mismo nosotros cuando nos pregunta alguien si nos consideramos buena persona o cuando nos lo preguntamos nosotros mismos, que es cuando podemos soltar toda la mierda si es que sois como yo y no os gusta tener auto-pudores.
Pero, en serio, me lo pregunto de verdad. O sea, creo que lo soy, me esfuerzo en serlo porque creo que es lo que menos dolores de cabeza me va a suponer. Intento tener paciencia, escuchar, no enfadarme demasiado, ser comprensiva, sonreír, sujetar la puerta del metro a esos bastardos que nunca me la sujetarían a mí... Sin embargo, hoy en clase he querido levantarme y preguntarle con violencia a un compañero si es que era subnormal (con opciones a meterle una colleja, o algo así, lo que me saliera en ese momento de enajenación). ¿Es posible que una buena persona quiera hacer eso? No lo sé. Lo he pensado en ese momento. Y luego he intentado justificarme y decirme a mí misma que ese tío en cuestión es un imbécil, que se pasa toda la clase riéndose de personas más hechas y derechas mientras él es un ególatra mantenido que piensa sobrevivir a base de practicar felaciones a los catedráticos de la facultad. Uy, esta frase me ha salido toda del tirón. Qué miedo. Hay que ver. ¿Ves? No sé. ¿Esto le saldría del tirón a una buena persona?
En ocasiones me intento explicar que una buena persona que siempre lo sea no sería una persona, sería un robot. Como la película esa de las esposas perfectas, las que sonríen siempre. Aunque luego se les va totalmente. Igual no es el mejor ejemplo. Pero a lo que voy es a que: ¿una buena persona no es aquella equilibrada, que aguanta sus momentos más oscuros y que sabe sobrellevarlos? ¿Existe alguien que nunca fantasea con reventarle la cabeza a otro alguien? Lo sé, suena fuerte, pero soy honesta. ¿De verdad nadie piensa alguna vez en que sería más feliz si X desapareciera del mapa o Y se fuera a tomar por culo para siempre con esa tal Z?
Y otras veces pienso, sin más, que la gente normal, esos que siempre son contratados como extras en las películas cutres porque tienen apariencia "normal", seguramente no se hacen estas preguntas. Pero es que yo soy así de imbécil, supongo. Bueno, no tanto como el lerdo de mi compañero. Somos imbéciles los dos, cada uno a su manera. ¿Soy mejor persona que él? ¿Es también él una buena persona aunque sea gilipollas? ¿Debería insultarlo? Es que me encanta hacerlo, se me llena la boca, y mira que estoy escribiendo. Gilipollas. Es sonoro, y bonito. No sé. Tengo un vocabulario fatal. ¿Las buenas personas dicen palabrotas? Aunque yo también me insulto a mí misma.
Eso tiene que contar... ¿No?
(...)

miércoles, 31 de enero de 2018

Pero soy un mar de dudas en oleaje perpetuo. (...) ¿Cuál es el problema? ¿Soy yo el problema y no hay más?
Puede parecer un recurso estúpido sacado de una película americana, pero admito que en ocasiones, cuando algo me preocupa, me entristece o me enfada respecto a alguien, suelo aplicar una regla sencilla: "Si de verdad este fuera el último día de mi existencia, ¿querría estar así?" Es entonces cuando compruebo que a menudo actitudes como el orgullo o la espera no tienen sentido, y por eso no quiero que pase más tiempo sin hacer nada para arreglar la situación (lo que a veces también me hace ser demasiado ansiosa y empeorarlo todo).

Sin embargo, sé que hay días en los que no tengo fuelle, en los que todo pasa por delante de mis ojos sin que yo consiga energías para alargar un brazo y tocarlo. Es como si me hubieran vaciado por dentro. Y soy consciente de que si ese día fuera el último de mi vida seguramente lo pasaría triste y sin ganas, con una mueca de serenidad pintada en la cara que podría ser infinita si yo quisiera.

No entiendo por qué me exijo a mí misma cosas diferentes de las que exijo a los demás. Llevo días pensándolo, y supongo que me cuesta admitir que muy al fondo, en esa parte de mí que hoy permanece cerrada a cal y canto, siento que la mayor parte de los problemas vienen de mí, y no sé en qué momento perdí el rumbo respecto a los conflictos o me convertí en el caparazón que soy ahora. El problema es que en esa pregunta que formulaba al principio tienen cabida los demás, pero no yo. Si la que me enfada, me apena o me preocupa soy yo misma dejo de tener tan clara la respuesta, y todo se vuelve más feo y más oscuro.

domingo, 21 de enero de 2018

Sé que falta algo porque cada semana, al final de la misma, parece que se abre un abismo ante mí. El lunes se me presenta impregnado de desubicación y en la búsqueda de los motivos acabo encontrando que no todas las semanas terminan así. Casi, pero no. Ocurre en aquellas cuyo domingo termina contigo marchándote, o conmigo marchándome, y sé entonces que necesito unas horas, un tiempo determinado, para recuperarme otra vez de tu marcha y cubrir tu ausencia con la expectación del próximo encuentro. Sé que aun así tenemos suerte, pero resulta tan fácil caer en la rabia inútil de que ojalá, un martes cualquiera, con frío o sin él, pudiera colarme en tu cama y apoyar mi nariz en tu cuello mientras te escucho respirar... Resulta tan fácil, tan sencillo, que me lleva unos segundos comprender de nuevo que tus ojos llevarán nombre de viernes y no de martes. Aun así sé que llegarán los domingos en los que no tengamos que marcharnos, y esa sensación de falta se llenará, irremediablemente.

domingo, 7 de enero de 2018

Hostililandia.

Es bueno tener motivaciones honestas, y menos mal que sí las tengo. Resulta sobrecogedor darse cuenta de cómo influyen las circunstancias para afrontar unas situaciones y otras. Es como si volviera a tener 18 años, pero en un ambiente mucho menos amable.

Con 18 años tenía una ciudad entera que descubrir y que me ayudó a almacenar nuevos métodos para curar cicatrices. Acabé en ella a regañadientes, pero me acostumbré a su aire viciado de contaminación pero también de retos que arrancaba a las luces de las farolas en cada paseo nocturno. Recuerdo un día de enero en el que fui consciente de que podía volver a caminar, y oculta entre las hordas de Gran Vía sonreí con calma, sabiendo que por fin estaba empezando a curarme.

Pero las circunstancias cambian, es obvio, todo es cambio y movimiento. Y me pregunto si me estoy convirtiendo en otra de esas almas apagadas que caminan pegadas al asfalto, con prisa y frustración por no poder dedicarle a este microcosmos pletórico todo el tiempo que merece. Pero, es que... ¿quién tiene tiempo para ello cuando mantener económicamente ese microcosmos se queda con la mayor parte de tu día?

Tengo ganas de seguir esta aventura pero me cuesta mucho más aceptar que tal vez no me lleve a ninguna parte. Entonces, ¿qué estoy haciendo? Vuelve a ser enero, un enero de seis años después, y sin embargo noto el oxígeno diferente. Sabe diferente, a nostalgia y grisura. Pero no es su culpa, en realidad. Sé que yo también camino diferente.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Un año.

Me pregunto si, de alguna manera, teníamos que encontrarnos.

Hay tantas cosas que no sé de ti pero apenas importa porque soy plenamente consciente de que esta historia ya ha comenzado, y bajarse en marcha ha dejado de ser una opción. Espero poder descubrirlas conforme vayamos cediéndonos territorio y explorando otros recovecos de los surcos que vamos dejando detrás de nosotros. Hay algo en tu forma de mirar que tal vez hace doce meses evité pero ahora se ha convertido en un elemento más de mi esqueleto vital.

Lo siento en las costillas, en la tripa y en el pecho. La falta de ti. El vacío que dejan tus manos. La ausencia de tu cabeza echada sobre mí, para que yo pueda acariciarte el pelo y respirar, con calma.

¿Lo habríamos podido imaginar hace un año? Seguramente no. Era un diciembre diferente. Con más frío, y diferente. Y, sin embargo, aquí estamos. Irremediablemente.

jueves, 21 de diciembre de 2017

Lo que flota.

- ¿Cuántos años tiene? -me preguntó en cuanto apagué la grabadora.
- ¿Quién? ¿Yo? -le respondí, apurando las últimas notas.
- No, tonta. Él. El cámara -me dijo, haciendo un gesto con la barbilla en dirección a mi compañero, que se acababa de marchar a recoger el equipo en el coche.

La miré, entre curiosa y asustada. Allí, apoyada en en esa esquina de la calle, al lado del portal donde ella nos había explicado que trabajaba, me parecía la mujer más enigmática que había conocido en los últimos años. El arrojo que destilaban sus ojos me parecían la marca inequívoca de quien las ha pasado putas y ha decidido plantar cara a todo el mundo.

- Pues... -comencé, intentando sonar despreocupada, que mira que se me da mal- creo que tiene unos cuarenta y cinco.

Mentí, claro. En unos meses él iba a cumplir cincuenta, pero no los aparentaba.

- ¿Por qué? -añadí, para que la conversación no se congelara, consiguiendo sonar sospechosamente ambigua.

Ella se rió.

- Él no me interesa. Sólo estaba pensando.

Miré en dirección al coche mientras ella se encendía un cigarrillo y me ofrecía otro, que yo acepté.

- Estar con un hombre mucho más mayor que tú no es como te imaginas -me soltó, sin mirarme a los ojos.

Me enderecé como si me hubiera llevado un calambre. Por un segundo, me atemoricé ante la posibilidad de que fueran evidentes los juegos y las frases con puntos suspensivos tangibles que acabábamos de tener él y yo en el coche, de camino a la entrevista.

Pensé en la maravillosa intensidad de lo prohibido, y la miré mientras paladeaba el humo en mi boca. Decidí no responder. Mi cara desencajada hablaba por sí sola.

- He visto cómo te mira, y he visto esa mirada tantas veces. No sé si él a ti te gusta, pero podrías acostarte con él perfectamente.
- ¿Qué dices?
- Vamos, pareces una tía lista. Seguro que tú lo sabes también.

El lenguaje de los cuerpos. Los gestos y las pequeñas señales que se nos apoderan, que lanzamos queriendo sin querer, el tiempo hecho presencia y el deseo destilado en cada roce premeditado. Claro que lo sabía.

Yo la observaba fumar y pensaba en lo estúpido que era el encanto del fumador, pero era. No podía dejar de mirarla.

- No lo sé. Creo que hay una barrera que no quiero cruzar -respondí finalmente, sin anestesia.
- Bueno, piénsalo.
- ¿A qué te referías con lo de que no es como te imaginas?

Ella pareció pensárselo unos segundos.

- Porque todo ese rollo de que la experiencia es un grado no existe. En fin, supongo que sí, pero en otro sentido. Ellos están asustados, piensan que no van a estar a la altura -. Parecía saborear cada palabra. - Se mueven inseguros pero firmes. Te tratan con delicadeza pero con decisión, para que no les notes que están tan nerviosos como tú. También te miran mucho, buscan una conexión en los ojos. No suelen ser egoístas, porque quieren quedar bien. No sé. Es como si quisieran envolverte para que te sintieras segura con ellos.

La escuché embobada. No podía desmarcarme del sentido que para mí tenía su trabajo y su vida, pero aun así casi disfruté su explicación. Creo que me sonrojé, porque me miró y volvió a sonreírme, casi maternal.

- Piénsalo, nena. Te lo vas a pasar bien seguro.

Dio una última calada y tiró el cigarro, manchado de carmín.

- Me subo ya. Ya me irás diciendo cómo sale el reportaje, y cualquier cosa que necesites cuenta conmigo.

Me dio un abrazo, abrió el portal y se marchó. Creo que escuché el viento silbar detrás de su figura, en un efecto casi teatral.

- ¿Vamos? -me preguntó él, que ya había vuelto.

Nos esperaban casi dos horas de camino de vuelta. Y yo supe que quería otro cigarro, otro con ella, y que lo iba a querer todo el viaje, y pensé en todos los cigarros que ella se habría fumado en esa cama, con sus clientes, o tal vez con alguien más. Pero ninguno conmigo.

martes, 19 de diciembre de 2017

De verdad no entiendo que habiendo tantas situaciones potenciales de felicidad a veces nos empeñemos tantísimo en fabricar amargura.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Heartbeats.

- ¿Cómo compartes tu vida con alguien? 
- Nosotros crecimos juntos...



...Era emocionante verla crecer... ambos crecimos y cambiamos juntos. Pero, esa es la parte difícil... crecer sin distanciarse. O cambiar sin asustar a la otra persona. A veces todavía tengo conversaciones con ella en mi mente.


viernes, 15 de diciembre de 2017

Marcharse.

Es como si me estuviera marchando pero sin desplazarme un milímetro de mi posición. Es una sensación de vacío similar a la de hacer una maleta sin ganas, y llenarla de nada que merezca la pena llevarse.

¿Debería marcharme?

Se agolpan tantas preguntas en mis sientes que se me hace difícil desanudar las cuerdas que me anclan todavía a la tierra. Es extraño, porque me siento libre, y si debiera marcharme, no sé adónde debería ir.

Sin embargo, reconozco que algo ocurre, lo palpo en esta tristeza que no soy capaz de sacudirme desde ayer, y en este rostro cuarteado que muta en apenas dos segundos cuando aparece otra persona en mi campo de visión. Las risas y las palabras se mezclan con el vicio de seguir callada, como si fuera posible quedarse en pausa.

Me pregunto cómo será ver las luces de Navidad del centro de Granada, protegida del frío debajo de un abrigo, y si me lo pregunto es porque soy dolorosamente consciente de que no voy a presenciar ese momento.

No me siento a la deriva, porque sé que no lo estoy, pero es inevitable pensar en esa soledad que me ha protegido tantos años, y aunque estoy segura de lo que quiero no sé si tengo en mis manos todas las herramientas para construirlo. La reciprocidad y la comunicación son necesarias cuando se trata de cimentar una realidad a cuatro manos.

Los nudos.

¿Los nudos se agrietan?
¿Se pueden agrietar?

Como los labios, cuando están secos.

Y en un susurro:
Jamás.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Lastre.

- Gracias por venir.
- ¿Qué querías decirme?
- Llevo varios días sin poder parar de pensar en ti. Creo que ya está aquí, que ya es el momento. Lo he pensado mucho, y... Ya lo noto en mi espalda.
- ¿En tu espalda?
- Sí. ¿No has visto mi cuello? Ya no está tan hundido. ¿Ves mi barbilla?
- No entiendo nada.
- Ya... Pero ya no me interesa que me entiendas. ¿No lo ves? Ya me da igual.
- Pero no fue eso lo que me dijis...
- Te mentí.
- ¿Qué?
- Que te mentí.
- ¿Por qué? ¿No dices siempre que nunca mientes?
- Lo sé.
- ¿Entonces?
- Es curioso... Pero sé que hay un momento en el que las personas pasan a darme igual. No lo sabía pero me he dado cuenta contigo.
- ¿Pero qué dices?
- Sí. Hay un momento en el que me vuelvo como... robótica. Entonces me da igual mentir, decir a todo que sí y sonreír como si fuera un cadáver, porque esa persona ya no me importa. ¿Comprendes?
- ¿Para esa mierda me has hecho venir? ¿Para decirme que te doy igual?
- Sí y no. En parte sí, pero también quería que miraras mis hombros.
- ¿Por qué?
- Observa qué ligeros caminan. Es porque por fin estoy soltando lastre. Me estoy deshaciendo de ti.

domingo, 26 de noviembre de 2017

La dimensión humana.

Ahora los domingos son más extraños que nunca. Sobre todo si estoy en Madrid; si vuelvo de Zaragoza o de Granada la rareza siempre es disimulada por los kilómetros y la incomodidad del autobús. Pero en Madrid...

Vuelvo a mi habitación y me parece curioso encontrarla más grande sin ti. Parece mentira, o la letra de una canción romántica, pero te juro que se me antoja mucho más grande: como si fuera demasiado para una sola persona.

Me has roto los esquemas de tal manera que hasta los domingos parecen diferentes. Y no es malo. Simplemente ahora les encuentro más matices, porque me despido de ti y mi alma se expande en todas las direcciones, mientras camino a casa sintiéndome nueva, llena de energías. Supongo que la clave aparece cuando uno quiere ser mejor persona por alguien. O gracias a alguien.

A veces pienso que no terminas de creerte que tú puedas ser ese alguien. También es cierto que me has conocido en un momento extraño; puede que ahora yo misma sea más difícil que nunca y tenga más dudas que nunca. Pero te miro, a escondidas o no, y tu rostro me da luz, y después de estar contigo se aceleran mis revoluciones para ir más allá de lo que tengo y creer que de verdad puedo conseguir todo aquello que durante mucho tiempo me pareció imposible.

Deberías creer que tú me mueves de una manera diferente, una manera exclusiva, de la que no habría sido capaz yo sola. Y por eso los domingos me parecen extraños, pero en el buen sentido. Son los días en los que me planteo cientos de cosas que me gustaría conseguir, y algunas de ellas por ti. Sobre todo cuando vuelvo a mi cuarto y tú ya no estás, y parece que sus dimensiones han cambiado sólo para recordarme que ya estoy pensando en la próxima vez que pueda dormir pegada a ti.

jueves, 23 de noviembre de 2017

La responsabilidad.

A vosotros dos:

Sí. Os llamaré "vosotros dos" porque no se me ocurre mejor fórmula para iniciar este texto. Esta idea lleva días zumbando en mis adentros, como una abeja enfurecida, y hoy he decidido dejar que me conduzca a alguna parte. Ni siquiera sé adónde.

Son varias las circunstancias que me han traído aquí. La primera, creo, fue que os pusierais de acuerdo para reaparecer en mi vida: qué cachondeíto se trae a veces Murphy. La segunda fue hablar con B. sobre si nos interesaba de verdad hablar con aquellas personas que nos hicieron tanto daño. Si de verdad queríamos decirles "Sí, tú, me abriste unas heridas enormes en el pecho. Vengo a explicarte por qué, y espero que te calles mientras hablo". La tercera, y creo que la definitiva, fueron unas palabras de Attiya Khan en una entrevista.

"Es hora de que las personas que hacen daño a otras asuman la responsabilidad de sus acciones", leí. Y me atravesó. Joder, Attiya Khan, qué razón y qué valiente, por otra parte, enfrentarte a tus fantasmas.

Cogí aguja e hilo y me cosí la misma piel para alejaros en cuanto estuve preparada. Aunque eso no lo sabéis, porque ya no estabais para escuchar mis gritos de dolor. La primera vez fui torpe, nos herí a los dos, y soy consciente de ello, pero la segunda fui más certera y práctica. Ya acumulaba la primera experiencia, y me ayudó a mantener el pulso firme. La recuperación, la segunda vez, fue un alivio rápido e indoloro. Supongo que fue porque ya cargaba meses de destrozos a las espaldas.

Los dos me perturbasteis. Sacudisteis mis cimientos. Me hicisteis mucho daño y, sobre todo, contaminasteis mi cerebro hasta el punto de que me perdí a mí misma. Y los dos, los dos casi al unísono como si esto fuera una peli, seguís creyendo que tenéis derecho a reaparecer, culparme y escupir mi nombre en vuestras noches más oscuras y etílicas. No. Vengo a deciros que no es así.

Siempre he optado por haceros a un lado, sacaros de mi vida porque sólo lo radical puede ser efectivo, e ignoraros con cordialidad cuando intentabais llamar a la puerta de nuevo. Pero a veces me pregunto si debería sentarme en frente de vosotros y relataros todo el daño que me hicisteis. Siempre he pensado que ni siquiera eso merece la pena, pero, por otra parte, ¿vosotros sois conscientes del alcance que tuvieron vuestros actos? ¿O seguís encerrados en vuestro microcosmos calentito?

Pero iré por partes.

Tú, el primero: destrozaste mi autoestima. Comparaste mi cuerpo con cuerpos mejores, sistemáticamente durante toda la relación, y creíste que mi cuerpo te pertenecía por encima de todo. Tú, tú me hiciste pensar que yo no era bonita, ni digna de absolutamente nada. Jamás compartiste mis éxitos y te negabas a que desplegara las alas. Tengo tus frases clavadas en la espalda. "Qué buena vas a estar cuando des el estirón", "Ella está más buena pero tú eres más mona de cara", "Con esos gemelos que tienes no vas a entrar por la puerta", "Pareces un tronco de árbol, así, cuadrada, sin curvas".

Por suerte, te siento tan lejano que he aprendido a volver a quererme, aunque, créeme, protagonizas algunos de mis recuerdos más oscuros.

Y tú, el segundo, me marcaste para siempre convirtiéndome en una persona insegura de sí misma. Todavía hoy siento que mi palabra no va a merecer la pena porque no merezco expresar mi opinión. Me acostumbraste a que mis versiones no sirvieran. Me hiciste sentir una amenaza sin serlo. Acabé perdida, pero por suerte ya cargaba otra experiencia a las espaldas para mantenerme lúcida y lograr deshacerme del veneno después de un tiempo corto pero extremadamente doloroso.

A menudo creo que no merece la pena que dedique tiempo y letra a esto. Pero otras veces me digo a mí misma: "Coño, ¿por qué no?".

Por supuesto que no os echo la culpa de absolutamente todos mis males. Mis defectos o mis traumas no vienen exclusivamente de cómo me tratasteis, aunque tuvisteis una aparición estelar. Pero de veras me gustaría que asumierais la responsabilidad de vuestras acciones. Lo espero de corazón. Aunque yo no seré testigo de ello. Pero ojalá lo hagáis.

Y tal vez así podáis entender que cuando habláis de mí en ese tono o me habláis con ese otro tono me entre la risa floja y, de verdad, no comprenda cómo sois capaces de pensar que voy a querer irme de cañas con vosotros. De verdad, qué cosicas tenéis.


domingo, 12 de noviembre de 2017

Tierra.

Soy consciente de que suelo caminar al borde de un límite peligroso. Hace varios años comprendí que cuando más segura me sentía era cuando estaba sola. Es verdad. Puedo hacerme la valiente e ignorarlo (qué cobarde, por otra parte) pero hay un segmento de mí que siempre se mueve al borde de la soledad escogida porque mi yo más cabezón insiste en que así estaré a salvo.

Y en parte es cierto. ¿Cuántas veces hemos intentado hablar de cómo nos sentíamos y hemos topado con incomprensión o desinterés con un dolor parecido al del can cuando su dueño le atiza en el morro con un periódico enrollado? En esos momentos, al menos yo, huyo al sitio más calentito de mi interior, aquel en el que no penetra nadie que no sea yo misma, donde el pensamiento se alarga infinitamente y me cubro de silencio. Y ahí reside el peligro. Es tentador quedarme ahí, sentada ante la lumbre de mi autorreflexión.

Estuve años allí. He estado durante años allí. A periodos, largos o cortos, envuelta en la misma manta.

Pero todo es un engaño. Un engaño recubierto de egocentrismo.

Lo sé porque luego me choco con los ojos de alguien a quien aprecio y mi carne se vuelve trémula y mi pecho arde, hambriento y furioso. Sé que ese es mi yo más yo, el que se derrite ante las hogueras de otros, y durante años también negué que fuera cierto y me empeñaba en echar el candado todas las noches. Nunca funcionó; no creo que el aislamiento le funcione a nadie nunca. Suele ser uno de los engaños más comunes, pero no funciona.

Sin embargo, como digo, es tentador volver a esa habitación sin puertas ni ventanas, recluirme creyéndome herida y comprobar que estoy a salvo. Sola y a salvo. O sola pero a salvo. No lo sé. Es difícil comprender y aceptar que un territorio tan inhóspito me hace sentir tan segura.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Pulsión.

De vez en cuando siento que podría encerrarme, no volver a salir nunca, despojarme de las formas y aprehender todo lo que pueda, dejar de ser yo para reconstruirme, y aislarme, aislarme de todo lo que contamina, para entregarme a la creación más brutal y salvaje, también la más utópica, y abrirme en canal, mientras respiro, todavía, sólo para poder transmitir de verdad tantas cosas que palpitan sin descanso ni rumbo, revistiendo mi rostro de seriedad y ceniza, re-volviéndome pensativa, silenciosa, inexperta y tan ignorante que me encerraría, para no salir ya nunca.

Dijo Federico:

"Cuando las cosas llegan a los
centros

no hay quien las 
arranque."
FGL

jueves, 2 de noviembre de 2017

Apoyos.

"Los apoyos son importantes, valiosos. Perder el apoyo de alguien es hundirte un poquito más en el fango en el que se convierte tu vida año a año.

¿Y sabes cuándo pierdes el mío? Cuando te respondo como un robot porque me has hecho ya tanto daño que has dejado de interesarme como ser humano."

domingo, 22 de octubre de 2017

La felicidad.

Supongo que tiene que ser algo parecido a tú y yo, 
merendando un domingo, 
encima de la cama, 
viendo una serie
tan friki y tan vieja 
que ni siquiera voy a transcribir su nombre aquí.

"Me gusta que estés aquí".

lunes, 16 de octubre de 2017

(Tiempos raros)

Creo que tengo los ojos heridos. Aparentemente están sanos, lo sé, pero sin embargo mi mirada está dolida, ácida cada vez que se posa sobre alguien en el ir y venir infame de esta ciudad que tanto frío me da últimamente.

A veces me asusto. Sentir pena de sentir pena. Si me descuido, me encuentro acusándome a mí misma y gritándome que no tengo absolutamente nada que ofrecerle a nadie. Que no hago más que dar vueltas para fingir que no sigo atascada. Si me descuido allí estoy, por partida doble: estoy yo, sentada en un rincón, casi paralizada; y estoy yo también, de pie, desafiante, apuntándome con un dedo desde las alturas y con los ojos llenos de heridas.

Me asusta mimetizarme finalmente con el cemento, terminar de caer hacia abajo, seguir hundiéndome, de golpe, como llegando hasta un final que sé que no existe, pero que a veces me acecha, como hoy, cuando no tenía fuerzas ni para coger el metro y seguir con el trajín.

Y es que es cierto. Ese miedo. Esos pensamientos pastosos que me asaltan y me cubren por completo, asfalto líquido todavía, llenándome de manchas que sustituyen mi piel, que ya no brilla, porque me niego. Me niego y no quiero. Y, sin embargo, lo hago. Por qué. ¿Y si es verdad? Que no tengo nada que ofrecerle a nadie. A nadie. Se abre una grieta gigantesca ante mis pies y el tropiezo es tentador. ¿Con una tía así quién coño quiere estar?

Pero mi razón se sobrepone, sea como sea, y me repite que son unos minutos, unas horas, que no pasa nada, que a veces es normal. Y lo creo, con contundencia, pero mientras tanto mi piel sigue gris y mi pecho vacío, oscuro, esperando el momento de desbordarse, con lentitud, y tal vez llevarse esos arañazos de ira e insatisfacción que luzco en los ojos, por dentro, muy dentro, donde al final sólo puedo entrar yo.

Ojalá no hubiera escrito esta canción.

domingo, 15 de octubre de 2017

M.

¿Te echaré de menos? No lo sé. Te veo tan cambiada que no lo sé.