Estaba caminando por Grafton Street y sonaba esta canción en mi cabeza. Mi banda sonora de Dublín, y la banda sonora de todas las veces que me vuelva a ir.
miércoles, 25 de julio de 2012
Estaba escribiéndole un mensaje en inglés a Aleksander, pero he parado para ir a desmaquillarme y me he quedado unos segundos mirándome al espejo. Estaba sonriendo levemente, con una de esas sonrisas que se llevan puestas horas y no surgen de repente como un chispazo. Y mis pies han vuelto al verano pasado y en ese momento sí que ha habido un destello.
En estos últimos meses he descubierto más de mí misma de lo que hubiera llegado a pensar nunca y, aunque el dolor forzó el mecanismo, ahora puedo mirarme en el espejo y sonreír. No me he dado cuenta de todo lo que he vivido hasta que me he topado con gente que buscaba resolver dudas que yo ya había sufrido y he visto en su estela torcida remembrazas de lo que yo fui un día.
Sé que mi pena ha salpicado a más de uno, pero lo he intentado hacer lo mejor que he podido. El resultado, no sé si bueno o malo, lo encuentro en unos envejecidos pero íntegros ojos castaños, las ojeras perpetuas, la comisura de los labios a punto y la piel brillando por nuevas experiencias, segura de querer probar otros oxígenos y otros vientos menos conocidos. Lo encuentro ahí. Justo en mi reflejo en el espejo.
lunes, 23 de julio de 2012
When I woke up this morning I have felt confused for a
few seconds. In the darkness of my bedroom I was still thinking that I was
sleeping in Shanowen Road. After I realized my error, something has turned
inside me and now I feel restless, nostalgic, like in an eternal wait.
I could get obsessed
with the idea of keeping these days fresh in my mind and not to let them go.
But I don’t want that. What I want is to live with all these moments like one
more stone on my way. Glad to have lived these days. To have had them. Because
I’m not the same girl who arrived Ireland alone almost a month ago anymore. All of you have changed me. You and the hours in Dorset, in Temple Bar, in Gabriel’s
house and, of course, the hours travelling around that green and grey island.
Always magical.
martes, 17 de julio de 2012
Ya se me va cubriendo el alma con una fina película de nostalgia anticipada. Pero es normal. Suele ocurrir cuando tu vida cambia, y a mí todo este verde y gris que me asustó al principio me ha cambiado. También cosas tan banales como hablar por whatsapp en inglés esforzándome por hacerme entender o bailar salsa con un mexicano en un local insólito de Dublín llamado Pacino's. Lo mejor no son las pintas de cerveza, sino las fotos de Aleksander o la cocina de Gabriel llena de arte y de la generosidad de su dueño. Voy a echar de menos todo esto. La rutina lluviosa de Dublín, la moqueta donde dormí el sábado y la música resonando por Temple Bar. Las risas infinitas con Sergio y Claudia, la dulzura de Rosa, la risa de Adrián y las clases locas de inglés. La vida de aquí, otoñal y amable. Y las citas firmes y deliciosamente ineludibles en O'Connell Street.
Dublín, día 16.
miércoles, 11 de julio de 2012
jueves, 5 de julio de 2012
- Ask Adrián about Korean food today.
Viéndolos a todos adultos, perdidos en un país extranjero, después de meses, buscando trabajo o algún modo de subsistir. Viéndolos felices, recibiendo sus besos cada día que nos vemos en la escuela a pesar de que ni siquiera llevo aquí una semana, su manera de compartir, su paciencia con mi inglés oxidado. Los veo lejos de Brasil, Méjico y Colombia, pero felices. Sonriendo, riendo, intercambiando expresiones y sabiendo que tienen el mundo si quieren en la palma de su mano. Observándolos en el piso de GG he pensado si no nos perdemos demasiado teniendo que estudiar, terminar de estudiar, encontrar un trabajo... Tanto tengo que. Los he envidiado y he sabido que en este mes voy a aprender mucho de ellos. Aunque me dé miedo, porque podría quedarme con el modo de vida que me están enseñando.
Dublín día 4.
Dublín día 4.
domingo, 1 de julio de 2012
Los preparativos han sido como volver a los nervios previos a una excursión de la infancia. Luego los gritos en el avión mientras atravesábamos las turbulencias me han llevado a temores superiores y he pensado que adónde estaba yendo. Que qué estaba haciendo. Luego me ha explotado todo este verde y gris en los ojos y aunque las gotas de lluvia me han nublado el ánimo ha vuelto a ocurrir. Entre la hierba, y la lluvia suspendida en el aire, impasible, tentador, imposible de convencer -y menos ahora-: estabas tú.
Dublín día 1.
jueves, 28 de junio de 2012
A veces me gustaría que fueras mío, manchar todas tus sábanas y bajarnos al suelo en los días más calurosos de este verano tan Valle del Ebro. Amenazar las inestables paredes de la tienda de campaña mientras amanece y ya no llueve, consumiendo los últimos minutos del festival antes de que mi bus salga. Escondernos en el baño de un bar y taparnos la boca para no descojonarnos cuando alguien llama a la puerta y a nosotros nos falta ropa. Aguantar la delicadeza de un beso leve en la mejilla mientras los labios buscan sus equivalentes en el otro cuerpo y el frío se acumula justo en el centro que está creando este calor de madrugada invernal. Hacerte perder un autobús y ver cómo te marchas al día siguiente. Escrutar tus pecas mientras aún sigo borracha pero ya comienzo a preguntarme qué estoy haciendo en tu cama. Dormirme despreocupada porque sé que estás solo en casa y dejar que el único control del tiempo sean tus latidos. Sentirme celosa del agua que se va por el desagüe y se lleva nuestra esencia cuando nos duchamos juntos. Mirarte a los ojos mientras te grito y tú te ríes de mis lágrimas. No querer mirarte porque me dueles insoportablemente y decirte claramente Que te jodan cuando me pides que pare quieta para hablar contigo sin moverme. Pegarte a la desesperada porque me estás sacando de quicio y pareces saberlo y parece no importarte que quiera desgraciarte de un manotazo certero. Apartarme ligeramente de ti cuando sabes que la has cagado y me abrazas porque quieres redimirte. O no tener huevos a abrazarte cuando sé que la he cagado yo y limitarme a caminar en silencio a tu lado mientras la conversación que deberíamos estar manteniendo se libra en mi mente sin cortar el aire.
A veces me gustaría que fueras mío. Pero luego recuerdo que ya lo fuiste, que ya lo fuisteis todos, y que por eso sois míos, porque os recuerdo y me quedé con alguna de vuestras partículas. Que ahora son mías y afloran, en noches como esta, a través de la electricidad que se crea entre mis dedos y el teclado.
martes, 26 de junio de 2012
- Ah, por cierto, ya he visto La piel que habito.
Lo miro con expectación silenciosa. Para mí el cine tiene un antes y un después en su criterio, aunque él no se lo crea. Las excentricidades de Warhol, la figura a contraluz de John Wayne, mis cuentas pendientes con Woody Allen, Bergman, Wilder y Tony Soprano, el perfil bueno de Ingrid Bergman y la mirada impenetrable de Bogart, los últimos suspiros de Vito Corleone y el ceño fruncido de Hans Landa, la droga que decimos consumían Nam June Paik y Maya Deren, la osadía de Camonte y Henry Hill... Todo ello, y más, tiene que ver con él y con nuestras conversaciones.
Aguardo su respuesta con algo de temor. Como me diga que le gustó...
- Me pareció horrible-completa.
- ¡Menos mal! Joder, qué susto me has dado. Pensaba que me ibas a decir que te había gustado.
Rober sonríe algo incrédulo.
- ¿Pero en serio creías que me podía gustar eso?
Aguardo su respuesta con algo de temor. Como me diga que le gustó...
- Me pareció horrible-completa.
- ¡Menos mal! Joder, qué susto me has dado. Pensaba que me ibas a decir que te había gustado.
Rober sonríe algo incrédulo.
- ¿Pero en serio creías que me podía gustar eso?
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Cine
jueves, 14 de junio de 2012
- ¿Sabes que un lobo escoge a una hembra en toda la manada y permanece a su lado de por vida, eligiéndola como la única madre para sus cachorros?
No contesta de primeras. Paladea el humo del cigarrillo con fingida tranquilidad, masticando la primera respuesta que le viene a la mente y escupiendo, finalmente, la burda tapadera que constituye la segunda.
- Eso te lo estás inventando.
- No, qué va. Creo que lo leí por ahí... En fin. Es igual. Al fin y al cabo nosotros sólo somos seres humanos. Nunca lobos.
jueves, 7 de junio de 2012
Cuando a los labios acude un Te echo de menos se mezcla la melancolía que esas palabras encierran con la dicha silenciosa de haber sentido algo que te lleve a ese punto vital. El de la añoranza.
Pero quien no echa de menos es imposible que se pueda sentir vivo. Echar de menos implica haber amado o estar haciéndolo aún a distancia. Un matiz positivo en esa frase a veces tan punzante y adversa. Pero no siempre se echa de menos lo que se ha tenido; es lícito también echar de menos lo que se tiene. Y yo la echo de menos a ella.
Porque su presencia balsámica fue la que me salvó en mis inicios madrileños. Ella será siempre mi primera y mi última llamada. Hemos llegado a un punto en el que nos llevamos en la sangre y aunque las horas y los días pasen sin saber nada la una de la otra siempre está el retorno, y siempre están sus brazos si busco refugio. Como siempre le digo, hay veces en las que yo la tengo que querer por las dos, pero espero que ella sea consciente de que eso también ocurre para conmigo.
Cuando llegué a un punto de confusión y tristeza tal que pude sentir que me hundía en el entumecimiento, ella fue mi constante. Siempre es mi constante. Siempre está, siempre estamos, y contamos con la presencia de la otra como una rutina ciega pero regia. Incapaz de ser superada por cualquier otra cosa.
Porque si eso pudiera ser superado... ¿qué quedaría de mí sino mis cenizas vacías? Tú me salvaste, con nuestras horas por Fuenlabrada, por Getafe, por Sol. Tú me has salvado casi siempre. Con tu presencia angelical; ese aura mágica que sólo he conocido en tu espíritu tembloroso pero fiero. Eres el ser humano más especial que he tenido la suerte de conocer. Y, además, para mi fortuna: tú eres mi constante.
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Microrrelatos
viernes, 1 de junio de 2012
- Se acabó- le dijo.
Ya estaba bien del sexo nostálgico y de reabrir la herida cada vez que se volvían a juntar sus bocas. Se acabó, le susurró secamente mientras aún le acariciaba la espalda desnuda. Tengo que hacer limpieza, pensaba una y otra vez. Siempre que hacía limpieza en casa llenaba varias bolsas, de las gigantescas, y ni siquiera sentía que ahí se iba su vida. Simplemente veía desperdicios, cosas inútiles, y se preguntaba por qué había seguido guardando todos esos trastos carentes de sentido. Luego se sentía en parte aliviado por haberse desecho de todo eso, pero le jodía mucho tener esa tendencia a acumularlo todo. A ir amontonando recuerdos que hay que dejar pasar en su momento, no de golpe y porrazo. Sentía que su pasado estaba anquilosando su presente, por muy insulsos que fueran sus días.
Así que Se acabó, dijo. Hizo limpieza de nuevo y llenó varias bolsas. De ella, de su cuerpo, de todos los aromas de sus recovecos, de sus días y de ese puto sexo nostálgico que después del orgasmo no servía más que para sentirse como dos miserables, y desconocidos. Así que de todo eso llenó las bolsas. De eso y de su espalda, desnuda y sanguinolenta.
(Inspirado en un relato de Carlos Castán)
martes, 29 de mayo de 2012
La vida puede componerse de muchos pedazos que quedan a nuestro alcance. No queremos creerlo cuando nos hallamos enfadados con nuestra condición y nuestras circunstancias, pero es así. Un banquete de momentos que podemos tomar o no según queramos o mantengamos los ojos abiertos. Tienta mucho la negación, la pereza, la carencia de esfuerzo.
No obstante muchas veces soy débil, y es tan sencillo añorar tiempos mejores... Tiempos de rutina amada, de palabras ajenas y propias, de poder compartirlo todo en esencia. Tiempos fáciles, porque mi vida era la mitad; la otra mitad se hallaba contigo.
jueves, 24 de mayo de 2012
Nos pasamos los días quejándonos de la misma vida, rutinaria, y luego cómo duele tener que llevar a cabo un cambio. Cuando formamos las aspiraciones en nuestra mente somos más valientes que nunca, pero de repente te ves haciendo las maletas y sientes un frío extraño en las venas. Un frío definitivo. Estás a punto de empezar lo que se supone quieres y aun así todo es un miedo gélido que se reviste de inexplicable tristeza. Duele marcharse.
Alguna que otra vez acuden a mi mente las tardes delante de la biblioteca retrasando el momento de despedirnos. Mientras yo estudiaba selectividad, eso que iba a ser ya lo último. Lo definitivo. Los rodeos en la conversación y en el alma, porque iba a marcharme y en lo más recóndito de nuestros fantasmas sabíamos que algo iba a cambiar. Pero nos sentíamos fuertes, y por ello cada vez que me preguntabas si íbamos a estar bien yo no dudaba un instante. Te había llegado a querer de un modo irracional, más fuerte que cualquier otro sentimiento. Por eso Sí, todo saldrá bien. ¿Qué te iba a decir si cada día habría afirmado con la más absoluta sinceridad que, como habíamos escuchado tantas veces en esa canción, sentía de verdad que iba a ser tuya para siempre?
A veces seríamos capaces de conformarnos con tal de no sufrir, de no enfrentarnos a ese dolor mudo que significa tener que marcharse. Ya quedan apenas las cenizas de mi segundo año y jamás me he preguntado qué habría pasado si me hubiera quedado en Zaragoza. Eso son vidas diferentes que nunca llegaré a vivir. What's done is done. Así que ahora soy lo que soy por haber echado tantísimo de menos y haber pasado tardes de pavor pensando en que de veras me había equivocado. Pero, para sufrimiento de mi madre, puedo sentir que nací con el espíritu inconformista, y por eso sé que voy a tener que enfrentarme al cambio muchas más veces. A marcharme. Al mutismo tembloroso de comenzar algo nuevo que, aunque prometa, no deja de recordarte toda la vida que has dejado atrás.
Pero se debe aprender a convivir con tus propias decisiones. Nadie te asegura que el cambio vaya a ser positivo, pero son riesgos que hay que correr si no quieres quedarte quejándote de la misma rutina para siempre. Yo no puedo afirmar que el cambio haya sido mejor o peor, ni siquiera sé si alguna vez lo sabré. No puedo engañarme; dolor hay siempre que debes dejar algo atrás, pero... Si sientes que tu vida debe moverse, negarlo sólo servirá para que sea demasiado tarde cuando quieras seguirle el ritmo.
jueves, 17 de mayo de 2012
Yo me sentaba en las primeras filas y él, repetidor de cursos, en las últimas, excepto en Química, que si apuraba mucho se sentaba en segunda. En clase yo no despegaba el culo del asiento y él en los recreos no podía separar sus dedos del canuto de turno. Así pasaban esos tediosos meses del bachiller hasta que, el mundo no es tan grande al fin y al cabo, nos percatamos de que vivíamos en la misma calle. En la misma. Apenas a unos números de distancia. Nos juntaron las noches de fiesta y me acuerdo de sus ojos la primera vez que me vio entre humo o burbujas. Decían, ¿esa eres tú? y yo me reía contestándole que aunque era una friki en clase la vida no sólo constaba del instituto.
Han pasado ya dos años y sigue siendo curioso cada vez que alguien llama al timbre sobre las cuatro de la tarde y ya toda mi familia sabe que eres tú. Bajo a la calle, nos sentamos en el banco de siempre y vemos la gente pasar mientras hablamos, o a veces ni eso, y renovamos las risas y las anécdotas. Yo en Madrid, tú trabajando, contándonos a quién vemos y qué está siendo de aquel otro, pero siempre ocupando el mismo banco, quejándonos de los cuarenta grados de verano o de los cero de invierno. Que si no me llamas, que si ahora soy una pija de la capi, que si deja de fumar de una vez. Hay decenas de personas a las que no hemos visto desde la última clase de bachillerato, pero sin embargo nosotros ahí seguimos. Esa extraña y agradecida mezcla. La chica de la primera fila y el bad guy, que no era tan bad guy después de todo. Con las noches de tequila como marca, y los ratos que poco a poco vamos acumulando.
Me gusta decirlo y es como mejor te defino. Algunas cosas nunca cambian. Aunque te he dado momentos malos y no tan malos, esa media hora cada ciertas semanas, que no importan cuántas sean, porque siempre volvemos al mismo banco justo antes de que yo te haya hecho esperar porque seguía en pijama. No cambia el timbre, y las mismas palabras de mi madre.
- Elena, ¿esperas a alguien?
- Será Pichi, mamá.
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Elementos de mi vida.
domingo, 13 de mayo de 2012
En estos meses agitados de aventurarme por bocas apenas conocidas, algo resalta entre todo lo demás. Un dato curioso que no sé si se podría catalogar de anécdota. Una interrogación. Por qué algunos labios pasan desapercibidos como un dato más, algo que podría haber ocurrido o no porque no tuvo especial trascendencia; y, sin embargo, otros besos permanecen, por algún motivo, encendidos. En algún rincón de la mente.
viernes, 11 de mayo de 2012
Ayer no sólo había nervios e ilusión sobre las tablas. También estaba ese sentimiento injusto que nosotros experimentamos hace dos años: era la última. La última actuación después de tantos años de ensayos y de tan poca gloria que a tanto sabe. Se me encogió el corazón cuando Rubén -esa persona que destacaba en este grupo de teatro, pues siempre hay alguien que lleva las riendas- dio un paso adelante, ya finalizada la obra, y mientras muchas compañeras lloraban sin poder evitarlo él lanzó una pregunta retórica sin luchar contra su voz, que también acabó quebrándose. Se preguntó que quién le iba a decir a él, a un adolescente disléxico que apenas podía leer textos en voz alta, que apuntarse a un grupo de teatro hacía cinco años le iba a dar la vida. O al menos parte de ella.
Y ahí está la magia.
El teatro nos ha visto crecer y por eso duele haber crecido demasiado. Tener que dejarlo porque cambias de espacio, de sitio, de rutina. Pero nunca de espíritu. En estos dos años no se ha apagado ni un ápice las ganas que tengo de hacer teatro justo adheridas a la piel. Es una de esas sensaciones a las que sólo se llega probándolo. Metiéndote en la vida de otro desde el mismo momento en el que estás obligado a dejar de ser tú.
A mí se me rompió el corazón ayer al verlos llorar como si fuera su último día en este universo paralelo. Pero siempre queda la pasión inagotable y en el horizonte las nuevas oportunidades. ¿Que tendrán otro sabor y a veces no es agradable acostumbrarse a él? Por supuesto. Pero eso no nos puede frenar.
No nos puede frenar porque somos gente que hemos sufrido y llorado como nadie por el hecho -banal, teóricamente- de no conseguir un personaje. Una voz, unos gestos. Muchos miércoles de ensayo se hacían eternos porque significaban fracaso y desorientación, dolor y rabia. Suena exagerado, pero hemos llegado a vivir verdaderas obsesiones y tristezas que se clavaban como astillas debajo de las uñas. Al menos Tal y Tal, de repente vio cómo pasaba de los primeros años en los que hacíamos teatro para divertirnos a los últimos, en los que el nivel de exigencia nos destrozaba en silencio porque si lo admitías estabas perdido. Pero luego llegaba el momento crítico, el gran momento en el que se iban por el desagüe ocho meses de trabajo en apenas dos horas, y recordábamos por qué estábamos ahí. Por qué habíamos sufrido tanto.
Por la sala llena, el sonido de los aplausos, la sonrisa encendida de pura euforia. El cuerpo destrozado pero el alma viva, vibrante. Por haber sido capaces de provocar sentimientos en ajenos, por, después de todo, no haber sido unos fracasados. Solamente unos sinnombre, desconocidos desde la primera palabra que sale de nuestras bocas y que tantas veces hemos leído en un guión. Eso, a mi juicio, no puede equipararse con ninguna otra experiencia que como humana haya conocido.
Y claro que siento nostalgia. Siempre. Normalmente apagada, pero otras veces golpeándome con fuerza. Pero como escribí hace dos años y le dije ayer a Etcétera, Etcétera...
Me quedo con esa euforia. Con los seis años que ha durado esto, que han sido tan geniales, tan intensos, me han hecho tan feliz... Que no puedo estar triste. Sólo eternamente agradecida.
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Teatro
sábado, 5 de mayo de 2012
Lo cantaba de manera brillante Liza Minnelli. Ocurrirá en algún momento.
Siempre Maybe this time.
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Cine
viernes, 4 de mayo de 2012
¿Qué tiempo hace hoy?
Una pregunta tan desgastada como esa puede convertirse en la clave del asunto. El que haya dormido caliente entre mantas te contestará que un poco de frío sí hace, oye, y que vaya fastidio porque ya es hora de que haga calor, que estamos en primavera, hombre; el que haya pasado la noche en la calle entre cartones te dirá, no obstante, que no estuvo mal, que tampoco hace mal tiempo.
No aprendemos. Siempre tenemos que hablar cuando menos debemos. Afuera la economía se desmorona. Miles de estudiantes ven sus carreras peligrar porque nuestro gobierno se empeña en recortar en unas becas que para muchos es sinónimo de supervivencia. Para muchos, y para mí. Sinónimo de Madrid, de cine y de la vida que ahora tengo. Sin embargo siempre se van a quejar los que no conocen el verdadero significado de la palabra penuria. Todos aquellos que no saben lo que es el rechazo de decenas de currículums y morderse la lengua cada vez que alguien habla sin saber -qué desprestigio de verbo con el sin delante-. Todos aquellos que reducen sus preocupaciones a que sus padres un mes les ingresen setecientos euros en la cuenta en lugar de ochocientos. Todos aquellos a los que de vez en cuando les gusta dejarse comer por el síndrome de Oliver Twist y reírse, no sé si consciente o inconscientemente, de los que las circunstancias nos han hecho merecedores, de vez en cuando, del nombre que creó Dickens. Se ríen entonces de todos aquellos -los otros todos aquellos- que sentimos a nuestros padres dejarse la piel en un trabajo que les consume la vida y el ánimo y vemos cómo se nos cierran puertas y puertas en las narices que ansiamos como fuente de ingresos.
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