martes, 25 de abril de 2017

La invasión.

¿Qué ocurre cuando uno se siente invadido?

¿Cuando no hay ganas de dar explicaciones, y cualquier gota de energía se resume en no querer dedicar ni una palabra a aquellas personas que no las van a valorar? ¿Cómo es posible que lleguemos a extremos en los que no nos expresamos porque sabemos que el miedo, y el egoísmo, y el egocentrismo, y la pereza de quien tenemos delante van a provocar que no se esfuerce en comprender ni una sílaba?

¿Y de verdad presumimos de lo que nos distingue del resto de los animales?

(Silencio.)

lunes, 24 de abril de 2017

El amor.

Si tuvieras que elegir, ¿podrías decir cuál ha sido la historia de amor que más te ha marcado? ¿Tienes una que te haya removido de tal manera que sabes que va a ser esa siempre?

Las palabras de S, siempre tan sabio, me hicieron reflexionar sobre lo extraños que pueden llegar a ser los recuerdos. Vuelvo muchísimo sobre ellos pero es que, en definitiva, mi materia y mi forma responden en parte a esas remembranzas ocultas, agazapadas en los recovecos de mi memoria. Pero sí, vuelvo a ellos y hoy es para decir que son extraños. Caprichosos. ¿Somos nosotros los que tenemos el poder de activarlos o hay alguna fuerza que no terminamos de lograr entender que los revuelve y los pone, otra vez, delante de nuestros ojos?

Yo creo que, si hemos tenido que vivir una gran historia de amor, ya la hemos vivido. Que ya hemos experimentado esa gran historia, dada nuestra edad y nuestra experiencia. Creo que al que no le ha ocurrido algo así todavía es porque ya no le va a ocurrir.

Son extraños, primero, porque pueden actuar de barrera o de puerta. No a la vez. Si acaso, primero una, y luego la otra. Nos conforman y nos hacen saber qué es lo que nos gusta, lo que queremos para nuestra vida, y, de una manera similar pero contraria, también provocan que en ocasiones salten todas nuestras alarmas. Es cuando no queremos que algo se repita. Entonces también actúan, levantando una tapia kilométrica ante estímulos externos.

¿Crees que hay una historia que nos marca de tal manera que, todo lo que vayamos a vivir después, va a ser a través de ellas? ¿Crees que a veces amar a alguien de una manera tan única nos condena a sobrevivir a base de réplicas menos intensas de esos sentimientos?

Soy una cabezona, y por eso a veces me rebelo ante las cosas que pienso y que no quiero pensar. Puedo pasar unos días concentrada en vaciar mi mente de todas esas imágenes, esos recuerdos, pero al cabo del tiempo me reprendo y me explico a mí misma, una vez más, que hay cosas que permanecen, y tengo que aprender a convivir con ellas en calma en lugar de gastar energías rechazándolas. Porque forman parte de mí, y se van a quedar conmigo, pues así lo decidieron mis pasos.

Yo sé que el día que me muera pensaré en ellos. Sé que ellos vendrán a mi cabeza por muchos años que hayan pasado.




sábado, 22 de abril de 2017

El simbolismo.

- A mí me parece una gilipollez. Lo de los candados.
- Ya, bueno... En ese momento parecía algo divertido.
- ¿Divertido?
- Sí, no sé. Memorable. Yo era feliz cuando lo pusimos. Me gusta pensar en eso.
- ¿Qué pretendíais?
- No lo sé. Hacer algo juntos, supongo. Demostrarnos algo.
- ¿Y para eso hay que poner un candado en un puente?
- Ya...
- Es una gilipollez sin sentido.
- ¿Tú crees?
- Bueno, algo de sentido tiene. Pero no romántico.
(...)
- Pues a mí los candados sólo me recuerdan a uno que tenía mi padre para cerrar la taquilla del garaje.
- ¿Por eso no te gustan?
- (Silencio)
- No tiene nada que ver con los barrotes del puente.
- Supongo que sí. Que por eso no me gustan.

miércoles, 19 de abril de 2017

Se acercan semanas llenas de kilómetros.

Tengo la tripa invadida por millones de danzantes que llevan días de fiesta usando como pista mi estómago.
Respiro y el pecho se me llena de un dulzor cálido.
Miro a mi derecha y a mi izquierda y me veo rodeada de días cada vez con más sol que me empujan a vivir el siguiente.
No desecho ni uno de los días de mi semana. Ni uno. Y eso me hace sentir muy satisfecha.
No odio los lunes.
No puedo hacerlo.
Para mí la única diferencia entre los días de la semana la marca mi oficina. Nada más. No soy capaz de lamentar ni uno de ellos, sea lunes o sábado.
Hacía tiempo.
Que.
No.
Me.
Sentía. Siento.
Tan viva.
Viva.

Las dos caras de la viveza siempre se reducen a que todo lo bueno se vive intensamente, y también lo malo.
Hay días más grises, ratos más mustios, minutos más largos.
Pero no importa.
Respiro y el pecho se me llena de vida.
Las carcajadas son reales.
Los pasos fuertes.
Estoy aquí. Ahora. En este preciso momento. Y me siento afortunada.
Y eso.
Justo eso.
Es lo que vertebra mi existencia.

domingo, 26 de marzo de 2017

"Nuestra venganza es ser felices"

Me coge de la mano y, al ver que me suelto bruscamente, me hace gestos para que lo siga igualmente. Lo hago, y acabamos en un laberinto de galerías lleno de vidrieras protectoras. Es como si fuera un museo.

- ¿Ves? -me dice-. Aquí está todo. Te lo enseño.

Y me conduce por cada pasillo ofreciéndome una breve descripción de cada estampa atrapada detrás de los cristales. Mira, me dice, allí fue donde te desplomaste y caíste de rodillas, ¿te acuerdas? Justo al lado está el banco donde firmamos nuestra sentencia de muerte y, un poquito más a la derecha, tenemos el interior de tu portal, cuando cogiste mi cara entre tus manos y me suplicaste que no siguiera diciendo que se había terminado.¿Ves? ¿Lo reconoces todo? Ah, y mira allí: están los trenes de cercanías y el edificio desconocido donde te dieron esos ataques de ansiedad. Los he tenido que reconstruir, porque, como no lo viví... En esta estantería de aquí, justo aquí en la esquina, están todos los insultos que te proferí. Los he separado en tres facciones: en la primera están las frases que te decía para que leyeras entre líneas, en la segunda están las palabras que te dije literalmente, casi nunca con tu carne y tu hueso presentes, y, por último, en la tercera, están todas las mentiras que les conté a mis amigos. ¿Has visto? Lo tengo todo perfectamente ordenado, para que no te pierdas si quieres venir a verlo.

Me freno en seco. ¿Qué es todo esto? Su intención es seguir adelante, pero yo no tengo ningún tipo de interés en continuar esta visita macabra. Así se lo digo, y él sonríe y agita la cabeza, diciéndome que no sea impaciente, que todavía queda lo mejor.

¿Lo mejor? Casi me arrastra cuando me conduce a la siguiente habitación.

¿Ves todo esto? Sé que esto te va a gustar más. ¿Te has fijado en la luz que he elegido? Es más cálida, ¿verdad? Sabía que te fijarías en estos detalles. Mira, mira: aquí están nuestros viajes. He construido un contador de kilómetros, y lo he puesto ahí, justo al lado de los tarros con la arena de todas las playas que visitamos. ¿Y eso? ¿Te gusta? Son los carteles de todas las películas que vimos. No, no es casualidad que estén todos al lado de la lista de nuestros restaurantes favoritos. ¿Te gusta? Ahí están todas las sábanas que nos arroparon y los colchones que soportaron el peso de nuestros cuerpos. ¡Ah! ¡Y mira, mira esto, por favor! Siento predilección por esta parte. Ven. Fíjate: son frases. Frases que te dije, frases que me dijiste. Algunas son de canciones, otras de tus textos, y otras de tantos momentos a dos milímetros de distancia... ¿Te gusta? Quería enseñártelo.

Está esperando a que yo diga algo, pero no se me ocurre nada que decir. No es un silencio sorprendido; es un silencio totalmente vacío. Sin embargo, tengo que hacerle una pregunta para que oiga su propia respuesta dicha en voz alta:

- ¿Por qué me enseñas todo esto?

Piensa unos segundos. Me mira y, al final, dice:

Eres la única persona del mundo a la que puedo enseñarle todo esto. ¿Tú no tienes nada que enseñarme?

No puedo evitar sonreír. Ladeo la cabeza y, con la vista fija en su figura, le digo que no, que hace mucho tiempo que no conservo nada y, que si tuviera unas habitaciones tan maravillosas como estas a mi disposición, las utilizaría para otra cosa muy diferente. ¿Nada?, me dice. Nada, le digo. ¿Qué sentido tendría? Pero, ¿y mis señales? Le digo que soy consciente de cada una de sus señales y llamadas de atención, y que no es casualidad mi ausencia de respuesta. "Deberías redireccionarlas a las personas que de verdad comparten tu presente", quiero decirle, pero la frase muere en mi garganta porque hace meses que dejé de hablar en esa segunda persona. Agacha la cabeza y no dice nada. Parece que le ha invadido una pequeña decepción. ¿O tristeza? No lo sé. No me importa especialmente.

Este sitio da escalofríos. Es como si fuera un mausoleo. Me doy la vuelta para marcharme. Conozco el camino de vuelta. Oigo su voz. ¿Adónde vas? No me vuelvo, pero le respondo:

- No lo sabes.

Esa respuesta queda ya fuera de sus galerías.

domingo, 19 de marzo de 2017

Entonces se difuminan los hilos, la carne, el tiempo, las costuras que otros rompieron y crearon a base de arañazos y cicatrices. Se mezclan las pieles y las voces, se empañan los cristales de cualquier recuerdo anterior y las paredes de la habitación se vuelven líquido, mar, tormenta, sifón, vapor.

Si pudiera pensar en algo que no fueran esos hilos, pensaría en si alguna vez somos más vulnerables que como lo somos cuando chocamos, desnudos, con alguien.

Atrápame, como si no tuviera heridas, que no las tengo, porque no las siento más allá de esta habitación entumecida, que arde, y me arde el pelo, y me tumbo y veo los muros naranjas que enmarcan tu silueta, que se mueve, se fuga, me vuelve y me habla, sin aliento, sin cuerda ni lamentos más allá de esta casa, que se viste diferente cuando tú estás desnudo, como si fuera nueva, y la acabáramos de estrenar, cada vez, cada pelea en la que acabamos conquistando el mismo terreno inhóspito, conocido, nuestro, infinito.

Si pudiera pensar en algo que no fueran tus hilos, pensaría en dónde estabas antes, hace tiempo, cuando no existíamos todavía porque no nos habíamos conocido.

Si no te conozco,
no he vivido
(...)
LC.

martes, 14 de marzo de 2017

lunes, 27 de febrero de 2017

Y yo.

Me dijo "Si muriera hoy, moriría feliz. ¿Tú morirías feliz?", y yo le dije que sí con esa voz de atontada que dice mentiras, la misma voz con la que hacía tiempo le dije "yo también" después de decirme que me quería, aunque yo a él no, pero sí había querido a otros muchos, y había deseado a otros muchos, también después de conocerlo a él. Le dije que sí todas las veces, le dije que yo también en todas las ocasiones, y él se dormía tranquilo, feliz de verdad, dispuesto a morirse en paz. Yo no lo entendía pero cerraba los ojos y acababa sumida en ese sueño tan extraño, tan eléctrico, que por aquel entonces todavía estaba empezando a conocer. Por eso, cuando dos días después de hacerme esa pregunta, el teléfono de la casa sonó y desde el contestador automático me notificaron su defunción, sólo pude pensar en si él habría sabido, al final del todo, que yo le había mentido todas las veces.

Me vestí de negro, esquivé las miradas y me planté en el cementerio. Asistí a mi primera ceremonia y esperé, esperé largos minutos a que algo se agitara en mi interior, a echarlo de menos, a lamentar haberle mentido a pesar de que mi deber era hacerlo feliz a cualquier precio. No pasó nada, salvo el tiempo. Cuando todos se habían ido me quedé allí, rebuscando entre todas esas piedras tan absurdas, y me senté en la hierba. Observé su color y sentí su levedad, como si de verdad pudiera apreciar todo eso, y el aroma a calma de aquel lugar me erizó la piel trayéndome los recuerdos agitados de todas esas noches en las esquinas de los bares, en las sábanas de otros, preguntándome, después de la extenuación, si de verdad había sido programada también para eso.

En teoría, él me encargó para hacerlo feliz. Yo lo hacía feliz, tanto que me decía una y otra vez que podía morirse ese mismo día. "¿Y yo?" era una pregunta que yo no conocía, que yo no podía hacer, pero sin embargo me asaltaba cada vez con más frecuencia, y desentrañarla me llevaba a los brazos de otros, de otras, que sí me encendían, me volteaban, me suplicaban que me quedara con ellos. "¿Y yo?", parecían preguntarme con los ojos, cuando les decía que pertenecía a otra persona, que mi sitio estaba con él. Y yo, afirmaba yo, en mi fuero interno, en esa cavidad que, en verdad, debía estar sólo llena de nada, y, por el contrario, cada vez se llenaba de más, de tantas cosas que, aunque no conseguía echarlo de menos, me estaba empezando a alegrar de que se hubiera marchado al fin.

jueves, 16 de febrero de 2017

74.462

¿Qué son 74.462 palabras si no construyen, si no remueven, si no hablan?

Me siento cansada si ellos están cansados, sufro con ellos y ahora, sentados en una sala de espera dolorosa de un hospital del norte, la desidia se me va con ellos, y me pregunto qué pasará cuando tenga que despedirlos, cuando me miren desde las páginas acribilladas a sílabas con esos ojos de "¿Ya está? ¿Esto es todo lo que vas a hacer con nosotros?"

No quiero olvidarme de lo real. Pero, ¿qué ocurre si lo real son ellos? Si me están construyendo por dentro, y no al revés; si cada vez que me hieren, o cada vez que hiero, huyo a ellos y les sigo dando forma. En qué punto de la creación asoma la nariz la ficción. ¿Cuándo dejo de ser yo para que sean sólo ellos? ¿Eso ocurre?

Mi gente a menudo me pregunta: "¿Sigues escribiendo?", y yo en mis adentros proceso las palabras de manera diferente, y me escucho responder:

"Sigo construyéndo(me), relacionándo(me), calmándome. Sigo viviendo."

sábado, 11 de febrero de 2017

Anyone alive?

¿Y qué te queda cuando empiezas a venderte a ti mismo?

So bring on the rebels
The ripples from pebbles
The painters, and poets, and plays

sábado, 4 de febrero de 2017

Mañana.

Lo malo del amor son las canas debajo de la piel. Despertarse una mañana de domingo, con la cama caliente pero el alma fría, y observar a esa persona, que todavía duerme y parece sonreír profundamente, mientras te preguntas:

"¿Cuándo sacrifiqué mis sueños para que tú pudieras cumplir los tuyos?"

viernes, 3 de febrero de 2017

Scout Finch.

- Scout -dijo Atticus-, cuando llegue el verano, tendrás que mantener la calma por cosas mucho peores... No es justo para ti y para Jem, lo sé, pero cuando lleguen los malos momentos... Bueno, lo único que puedo decir es que cuando Jem y tú seáis adultos, quizá recordéis todo esto con cierta clemencia y con la sensación de que no os defraudé. Este caso, el caso de Tom Robinson, apela a la misma conciencia del ser humano. Scout, no podría ir a la iglesia y adorar a Dios si no intentara ayudar a ese hombre.

- Atticus, debes de estar equivocado...

- ¿Cómo es eso?

- Bueno, casi todo el mundo parece pensar que tiene razón y que tú estás equivocado...

- Sin duda, tienen derecho a pensar eso, y tienen derecho a que respeten sus opiniones -dijo Atticus-. Pero para poder vivir con los demás primero tengo que vivir conmigo mismo. Lo único que la mayoría no rige es la propia conciencia.

(Harper Lee)

domingo, 29 de enero de 2017

Compañeras de vida.

Hay una magia especial en los domingos por la noche que consisten en estar en la cocina comiendo pizza con el pijama puesto. Con las risas colándose en los huecos entre las tazas de té y el humo sobre nuestras cabezas, asomadas a imágenes en movimiento de otros tiempos, cuando ya conocíamos esta fuerza conjunta que, lejos de agotarse, crece cada domingo. Sois tan básicas para mi día a día que sois hogar, savia, intensidad, calor y certeza.

Cuando todo se oscurece, llego a casa y os encuentro, y me llenáis de esa magia real y necesaria que me hace sentir afortunada de teneros.

martes, 24 de enero de 2017

Robert Kincaid.

No puedo evitar pensar si soy una especie de Robert Kincaid. Y no lo pienso porque esté destinada a seducir amas de casa que sienten que han sacrificado su vida por formar una familia a la que dedicarse. No me voy a poner tan dramática. Pero supongo que lo pienso porque vi algo de mí en ese reportero gráfico que ha dejado de escribir sólo para hacer fotografías y que se dedica a viajar de un lado a otro sin compañía.

"No esperaba compañía", le dirá a Francesca la primera vez que ella sube a su camioneta, limpiando a toda prisa todos los objetos y desperdicios que había ido depositando en el asiento del copiloto.

Hoy hablaba con unos amigos sobre pasar tiempo en soledad, para uno mismo, y ha vuelto a mí la imagen de este fotógrafo cuando he recordado la calma de viajar sola. Ese sabor diferente en los labios y ese color peculiar que adoptan los adoquines de las calles y las pieles de la gente cuando me muevo en silencio, me pierdo, pregunto, me escabullo y al final me siento a tomar un café en cualquier sitio que tenga una mesa libre.

Pero eso no significa que no necesite compañía, o que no me guste disfrutar de una buena conversación y compartir momentos íntimos con alguien. Sin embargo, desde hace un tiempo me vengo preguntando si no acabaré sola en la camioneta, si lo que acabará ocurriendo es que mi Francesca de turno nunca se subirá conmigo, sino que se quedará agarrando con fuerza la palanca de la puerta, tan destrozada como yo pero totalmente segura de que está haciendo lo correcto.

Robert Kincaid no deja de ser para Francesca un oasis de luz en mitad de una rutina autoimpuesta pero esencial para mantener la estructura vital que ha construido en el tiempo. Robert llega, rebosando experiencias, pasión e intensidad, y ella le deja entrar consciente de la fecha de caducidad de su historia. Si es justo para él no podemos saberlo del todo; la trama decide quedarse con Francesca y ver cómo la sombra de él se aleja patinando en la lluvia, como si así nos hiciera saber que está bien.

Cuanta más gente conozco y más tiempo pasa soy más consciente de que si bien parece que todos buscamos intensidad y aventuras, al final lo que nos acaba tirando es la rutina y la estabilidad. Porque a veces nos gusta lo que todo el mundo parece tener, y pensamos que el hecho de quejarnos constantemente de que no estamos haciendo todas esas cosas que siempre hemos querido hacer porque estamos ocupados con nuestras responsabilidades nos exime de aceptar que, en realidad, no buscábamos ninguna aventura. Que al final a todos nos gusta conocer a un Robert Kincaid, reírnos con él, contarle nuestros deseos e incluso arañarle la espalda desnuda en repetidas peleas de cama, pero en cuanto el subidón se disipa nos asusta esa persona tan entera e independiente. Buscamos que nos necesiten. Buscamos sentir que hacemos falta. Por eso Robert nos acaba asustando: ¿acaso una persona como él podría necesitar alguna vez a alguien tan pequeñito como yo?

Seguramente no, pensaremos.

Pero lo único seguro es que nos habremos alejado de un cambio fresco pero perturbador de nuestra rutina.

Por eso Robert acaba rodeando su retrovisor con el colgante de Francesca y se marcha hacia la derecha, en uno de los semáforos, probablamente, más penetrantes de la historia del cine.

"No vas a venir conmigo, ¿verdad?", le dice a pesar de que ella ha hecho las maletas. Lo ve, lo siente, de alguna manera lo sabía cuando ella le dijo que sí: se va a marchar solo, una vez más. Porque así es como funciona con él, y así es como, seguramente, sepa que vaya a funcionar siempre.

viernes, 20 de enero de 2017

Parece que últimamente todo tiene que ver con escribir, y no sólo para mí, sino también para los míos. En ocasiones, incluso, tengo que reiniciar cierto mecanismo mental porque estoy hablando con alguien que me está considerando una escritora y tienen que pasar bastantes frases hasta que me doy cuenta de que eso está ocurriendo de verdad.

Para mí escribir siempre ha sido un acto de libertad y autodeterminación. Y no es que me lo planteara así; ahora que han pasado tantos años he adquirido las palabras necesarias para expresarlo así, pero lo que vengo a decir es que escribía porque era más yo misma que nunca, y así ha sido desde que recuerdo. Desde que escribía cuentos con letra irregular y a lapicero en folios en sucio y los doblaba y grapaba para fantasear que eran un libro.

Sin embargo jamás me lo planteé como nada más. Simplemente era una parte de mí que alimentaba de vez en cuando, una extremidad más de mi cuerpo. Nadie aspira a vivir de su brazo o de su pierna, por lo general, ¿no? Pero en los últimos años algo ha cambiado, y parece que mi pasión por la expresión no sólo es visible para mí, sino que la consideran y la perciben todos aquellos que se molestan un mínimo en conocerme.

Mentiría si dijera que sé cómo sentirme. Son más preguntas que emociones las que me embargan, y la capitana siempre es la misma: ¿de verdad lo soy? A veces la acompañan otras como "¿debería sentir presión?", "¿esto va a perjudicar que escriba por pasión y no por obligación?".
"¿Soy lo suficientemente buena?".

No puedo perder mucho tiempo en las respuestas, porque son volátiles, van cambiando según mi estado de ánimo o mis circunstancias, y por eso las dejo que descansen a mi lado y les echo una mirada de reojo de vez en cuando. Pero si me tengo que centrar en algo es en las sensaciones y no puedo negar que, hasta el momento, crear historias es lo que me hace sentir más completa, contando con todo lo que me queda por aprender. Que esas historias lleguen a los demás es, sin ninguna duda, parte del motor que me mantiene activa.

Como cuando tenía unos siete u ocho años, y yo llevaba esos folios grapados a mi profesora de primaria. Entonces leía el cuento en voz alta, delante de mis compañeros, y yo sentía, muerta de vergüenza pero orgullosa, que el círculo se cerraba.

viernes, 13 de enero de 2017

A veces siempre.

Vivimos tan deprisa que
a veces
es necesario
parar,
respirar las motas de
realidad
como si fuera la primera vez,
notar
el pecho
hinchado
y comprender que estamos
aquí
por algo.
Siempre.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Paterson.

Algunos podrían decir que en Paterson no ocurre nada y, es más, que a Paterson no le ocurre nada, pero esa sería la visión de la vida que cada vez me da más y más pereza. Paterson es uno de esos documentos maravillosos que retratan la magia de lo cotidiano y lo extraordinario de lo que comúnmente tachamos de ordinario. De todo eso que metemos en el saco de lo "normal".

Paterson me recordó que cada vez me gusta más el presente y me encanta dejar el pasado en el pasado. Durante años fui una persona que se aferraba con uñas y dientes a lo que se estaba marchando; sin embargo, desde hace un tiempo tengo la suerte de saber dejar marchar aquello que tiene que irse, sin que eso suponga dejar de disfrutarlo o lamentar que desaparezca.

Ha sido un año de avanzar en muchos sentidos. Si miro atrás compruebo que no me he detenido en ningún tropiezo, y que he seguido cultivando esa calma sanadora a la que llevo años dedicándole muchísimas horas. Ha sido un año de recuperar equilibrios y disfrutar del tiempo como nunca, de sacarle punta a los malos momentos para que ninguno se extendiera más de lo necesario y de pensar muchísimo en silencio y mantener conversaciones tan interesantes que me han recordado, y me recuerdan, lo afortunada que soy por contar con mentes tan brillantes en mi vida.

Han sido doce meses de una paz que no habría creído hace más de un año, de sobriedad y madrugadas eternas, de palabras y risas, de aprendizaje y nuevos retos. Ha sido un año para darme cuenta de que tengo que aprender a enorgullecerme más de mis logros, pero he de decir, pudiendo caer en lo pretencioso, que no hay día que no me alegre de la persona en la que me estoy convirtiendo, y eso se traduce en una fuerza tan imprescindible que me mantiene cuerda y contenta, feliz de mi normalidad, de mis días, todos, sin excepción.

He visto nacer proyectos, propios, salidos directamente de mí, que me han calentado tantísimo las entrañas que, aunque a veces sea tentador caer en la desidia, me han demostrado que no quiero una vida que no esté unida a la creación, de la manera que sea. Lo contrario a la guerra no es la paz, es la creación. Crear me recuerda quién soy, me mantiene pegada al suelo y me susurra por qué estoy aquí y cuáles tienen que ser mis siguientes pasos. Ha sido un año de empezar a abandonar los miedos y las barreras autoimpuestas, de exploración y de descubrir que todavía queda muchísimo de mí que no conozco. Que el camino apenas está empezando.

Nunca me había gustado tanto seguir adelante. Evolucionar. Simplemente, seguir caminando, sin saltarme ningún paso, incluso cuando eso supone dudar del último trecho recorrido.

Ha sido el año de conocer por fin Escocia, de volver a mi Irlanda firme, de tantas despedidas que ya no las puedo ni contar. De quedarme, una vez más; de decisiones y hogar, hogares, personas únicas que conforman mi atlas vital, cada vez más amplio y ocupado por almas valientes y honestas.

El encanto de la normalidad y la perfección de la sencillez son combinaciones de palabras que cada vez me atrapan con más fuerza. Como un conductor de autobuses urbanos que escribe poesía en sus ratos libres sin ninguna pretensión de publicarlos. Como volver a tu casa después de un día largo y que te estén esperando. Como escribir, por la mañana, muy temprano, antes de que empiece tu turno.

Esos momentos, esos detalles del presente, esa magia casi palpable. Algunos podrían decir que no ocurre nada, que no me ocurre nada, pero esa sería la visión de la vida que cada vez me da más y más pereza. No sabéis cuánto.

Paterson


domingo, 11 de diciembre de 2016

Houses, sobre Pablo (I)

Cuando Pablo giró la llave en la cerradura el sonido le pareció extraño y aterrador. No lo reconoció. Se sintió como si fuera la primera vez que entraba a esa casa; casi un intruso. Empujó la puerta y accedió a la estancia.

Casi le asustaba el hecho de no sentirse destrozado. En momentos en los que no pudo evitar que sus defensas cayeran, había imaginado ese instante decenas de veces, y siempre se adivinaba hecho trizas. Sin embargo, si se concentraba en sus adentros sólo alcanzaba a distinguir órganos y sangre, también algo de hueso y músculo. Piel, protegiéndolo todo. Más allá de todo aquello no hallaba nada en su cavidad interna. No había emociones ni lamentos. Sólo su cuerpo cumpliendo las leyes de la biología, como cada día.

Estaba rodeado de recuerdos en forma de fotografías, muebles, prendas de ropa olvidadas y pequeños signos de las huellas de la irrepetible vida rutinaria. Dejó las llaves en la mesita de la entrada -volvió a no reconocer el sonido-, justo al lado de una crema hidratante que habían olvidado meter en la bolsa de viaje.

Se sentó en el sofá como un autómata y, al pasar la mirada por el televisor apagado, pensó en las películas. Recordó esas escenas que alguna vez había visto en las que un personaje llamaba una y otra vez a su pareja sólo para escuchar su voz grabada en el contestador. Pero era una tontería. Marta ni siquiera había grabado uno de aquellos mensajes; cuando marcabas su número, aparecía la nota de voz de la compañía telefónica de turno. Nada más.

Pero tampoco hacía falta. Cogió su teléfono móvil y, sin desbloquearlo, repasó mentalmente todas las imágenes que había en él, cientos de fragmentos robados al tiempo donde el rostro y la voz de Marta seguían vivos. Dudó pero no desbloqueó el dispositivo; lo dejó encima del sofá, y confió en olvidar que existía.

Escuchaba sus latidos, como un recordatorio de que seguía vivo. Se sentía agotado hasta los huesos, cansado incluso de sentirse vacío. ¿Dónde estaban todas esas lágrimas que se había tragado durante meses confiando en que aparecerían cuando todo hubiera pasado? Menuda gilipollez.

¿Iba a existir de verdad un día en el que todo hubiera pasado? Le parecía imposible. Hay cosas que no pasan jamás; simplemente se quedan, forman parte de nosotros y nunca se marchan. Como ese vacío que se extendía desde sus clavículas hasta su estómago, como un disparo de escopeta certero y macabro. Se tocó el pecho: pudo notar los bordes de piel quemados y sin curar. Se sintió capaz de pasar su brazo por ese hueco y sacarlo por la espalda.

Ni siquiera sabía si se iba a quedar en esa casa. Por una parte, se negaba a abandonar el fuerte donde había comenzado a construir su vida; por otra, cada rincón le hablaba del tono de voz de Marta y eso provocaba que se resintieran todas sus costuras. En ese sofá vieron cientos de series; en esa esquina él siempre se dormía; en la habitación hablaron de ser padres millones de veces; en esa cocina fue donde Marta se desvaneció por primera vez...

El timbre sonó sacándolo de ese peligroso bucle de remembranzas. Se levantó sin entender cómo y fue a la puerta, sin saber si iba a abrirla o no. De hecho, se quedó a un metro, observándola y creyendo de veras que en el umbral iba a aparecer ella.

¿Cómo iba a seguir adelante con tantos fantasmas tirando de su espalda?

Escuchó una voz conocida, desde el rellano.

- Pablo, ábreme.

La voz de Alberto volvió a sonar extraña y aterradora. Sus nudillos resonaron en la puerta, insistentes y casi feroces, y una fuerza ajena le empujó a rodear el pomo con la mano y abrir la puerta. El rostro de su amigo le saludó destilando preocupación.

- Pablo...

Él no respondió. No encontró absolutamente nada en su interior que le sirviera para juntar unas sílabas que merecieran la pena. Se quedó mirando a Alberto, lleno de una vida que en ese momento rechazaba. Seguía escuchando el sonido ensordecedor de sus latidos.

Alberto dio un par de pasos hacia adelante. Llevaba un abrigo negro elegante colgado del brazo, y le hizo un gesto para indicarle que se lo había olvidado. Pablo cayó en la cuenta y de repente comprendió que se había dejado el abrigo en el cementerio.

- ¿Para qué lo quiero? -dijo, con una voz seca y fría.
- ¿Cómo? -le preguntó Alberto.

Pablo cogió la prenda de vestir y se abrazó a ella. Creyó reconocer en ese abrigo los olores de los últimos recuerdos de una Marta ya sin vida y sus hombros empezaron a convulsionarse; primero con lentitud, a los segundos con violencia.

- ¿Qué hago ahora, Alberto? ¿Qué puedo... qué puedo hacer?

Alberto no dijo nada, porque no conocía esa respuesta. Así que hizo lo único que sentía que podía hacer: avanzó con firmeza y rodeó a su amigo con los brazos, asegurándose de que no se zafara como todas las veces en las que había intentado el mismo movimiento. Pero Pablo se dejó abrazar. Soltó el abrigo, que cayó a sus pies, y de repente se dio cuenta de que tenía muchísimo frío. Se sintió estúpido allí plantado, en esa casa que ya no sentía como suya, y pensó en qué habría dicho Marta si lo hubiera visto así.

Entre nieblas, la vio sonriéndole, e incluso le pareció escuchar el sonido de su risa.

Entonces se dejó ir. Dejó que su cuerpo cediera y se apoyara en Alberto, y empezó a llorar.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Noviembre.

Siempre he sentido una especial predilección por el mes de noviembre. Y por el otoño. Cualquiera que me conozca un mínimo lo sabe.

Ocurrió hace ya bastantes años; tuve un mes de noviembre relativamente intenso y eso me sugestionó para el resto de noviembres de mi vida. Esa es mi teoría. Así que cada año llega y se va, y a veces no ocurre nada especial, y otras todavía me estoy curando de algún naufragio, pero siempre está presente de una manera más viva.

Sergio me dijo que todo ocurre por una razón, y yo en parte pienso como él. Así que, desde esta perspectiva, podría decir que conocer a Nuno ha sido una de las cosas más trascendentes que me han ocurrido este año. Parece una tontería, pero él se puso a mi altura, me escuchó y me habló de mis limitaciones autoimpuestas, de lo rígida que me sentía al escribir y de aquello de que la inspiración debía "encontrarme trabajando".

Algo que me arranca una sonrisa inevitable es pensar en que todas nuestras conversaciones sobre lo humano y lo divino, the moon and the sun side of the brain, y otros temas son en inglés. En cierta medida, Nuno me hizo sentir que mi historia merecía tanto la pena como la de cualquier otro. Así que, en nuestro primer día, me encomendó la tarea de "escribir las primeras 15 páginas de mi primera novela". De locos. Pero lo hice, como quien sigue un juego que sólo le produce diversión.

Luego llegó noviembre y hace exactamente un mes me embarqué en este viaje de esfuerzo y superación que comenzaba con mi despertador sonando a las 6:20 de la mañana. Contra todo pronóstico, madrugar era la mejor forma de empezar el día, porque me situaba en mi escritorio, aporreando el teclado entre café y legañas.

Me siento satisfecha pero vacía. En parte vacía por aquello de finalizar un proyecto que ha vertebrado todo mi mes de noviembre. Confiada, sin embargo, porque la historia y los apoyos continúan, y tengo que seguir este viaje para saber adónde me lleva.

Algo se contrae dentro de mí cuando me siento y simplemente tecleo un par de palabras medio dormida y descubro a mis personajes más despiertos que yo misma, guiándome y susurrándome sin malicia por dónde tengo que hacerlos continuar, por dónde quieren que les haga avanzar. Nunca me había ocurrido. Sobre un esqueleto escueto y predeterminado pero no cerrado, el relato iba avanzando sin presiones ni apuros, simplemente dejaba que la vida de esas criaturas continuara.

Las ojeras han merecido la pena, no me cabe ninguna duda. Ha sido un noviembre de pluriempleo, que digo yo, pero sintiéndome plena y comprendiendo que el sacrificio a veces es necesario; me gustaría no tener que pasar nueve horas en una oficina, pero dedicarle tiempo a lo que de verdad me apasiona es la clave para convivir en paz conmigo misma.

Las consignas hay que sentirlas, y cuando eso ocurre ni siquiera uno tiene ganas de gritarlas a todas horas para convencerse a sí mismo de que se las cree. Simplemente nos guían. Y así me está ocurriendo.

no day but today.