martes, 31 de mayo de 2011

Renunciar es un verbo que me queda demasiado cercano cuando va ligado al tema económico. Sería tan fácil abrir la cartera y poder pagarme cualquier viaje. Haber nacido con esa mentalidad viajera incansable no me ayuda mucho, sobre todo cuando el viajar se queda exclusivamente en la mente, y debo dejar que salgan los vuelos sin que yo vaya sentada en uno de ellos.

Sé que es el cuento de siempre, el más antiguo que existe, si cabe. Aquel que nunca he tenido problemas no se para a sentirse afortunado; aquel otro que no conoce otra cosa se moriría por poder tener esa fortuna. Es la condena más estúpida y dolorosa que ha inventado jamás el mundo occidental, sobre todo cuando pasa de padres a hijos.

No sé si estoy obrando bien, pero parece que este tampoco va a ser mi año. No va a haber rincones que investigar en ninguna ciudad desconocida, ni momentos de sentirme perdida que queden recompensados por otros mucho más positivos. Sé que algún día llegará, pero he esperado tanto y he tenido que renunciar a tanto que un verano más me hace sentir infinitamente anciana. Aunque sea una tontería.

Sería más fácil si me conformara con lo que hay, con una Zaragoza estática y los conocimientos que puedo encontrar en los libros. De todas formas, no es un drama; conformarme me conformo igual aunque a ratos escueza, y sea entonces cuando tenga que acallar estas ganas locas de conocer otros sitios y perderme para siempre si es necesario en una calle de Edimburgo.

lunes, 23 de mayo de 2011

Me lo dijeron en repetidas ocasiones. Y entonces no quise creerles. Creo que ha llegado el momento, que después de todo tenían razón y es la mejor alternativa.

domingo, 22 de mayo de 2011

Al despertarme he caído en la cuenta. Estos son culpables de lo que pasó, y para aumentar mi propia responsabilidad diré que la distancia sí tiene la culpa, al menos parcialmente. No podía soportarlos, me era imposible y no era capaz de concentrarme en otra cosa. Ahora la situación es diferente, pero el sentimiento no difiere mucho. Tal vez entre tanta revolución te estés enamorando poco a poco de otra, o sea otra la que te hace sonreír. O quizás ha reaparecido en tu vida esa tal Arabia, o alguien equivalente, que hace que despierten en ti de nuevo esos deseos ocultos y comprendas que lo que debes buscar es una mujer de verdad y no un ente que vacila entre ser una niña y un desastroso proyecto de mujer.

Me lleva de nuevo al mismo pensamiento. Me estremezo cuando pienso en que jamás nadie que pretendiera ayudarme, escucharme o simplemente fingirlo ha emitido juicios sobre ti o que yo no he violado nuestra intimidad reproduciendo literalmente tus palabras, por muy desesperada que estuviera. Me angustia mi capacidad de reprochar y tergiversar, y me angustia todavía más no ser consciente; me angustia, si cabe, más, seguir haciéndolo ante personas que realmente me importan. Vuelven a mí noches sin dormir, lágrimas eternas, conversaciones telefónicas que eran una verdadera pesadilla, incomprensiones, incertidumbres, mi ánimo imperturbable, el mundo pasando deprisa a mi alrededor, la lejanía que siento con todo lo que me rodea... Y demás lindeces. ¿Habrá vuelto Arabia? ¿O será Mira, al fin?

No lo sé. Pero sé que fue una de las cosas que me agotó. Perder el control. No toleré que nuestras vidas se separaran todavía más, así como nuestros actos. A veces estas dos vidas acaban conmigo, aunque sea momentáneamente. Supongo que pasarán. Pasará la sensación. No me despertaré tan agitada y me centraré más en mis días y en dónde estoy yo... A pesar de que ahora me sigan matando, en esencia. Aquellos días en los que apenas sé de ti.


miércoles, 18 de mayo de 2011

Nos gustaba reventar las fechas señaladas. O me gustaba a mí, por el final de todas las discusiones. Nos cabreamos en la final del mundial de fútbol, en la cena romántica aquella que preparaste en tu casa, cuando nos hacíamos un favor como el de esta tarde, en nuestros primeros Pilares, en nuestra primera Nochevieja juntos, en mis exámenes finales, en las últimas Navidades, en el último puente de diciembre, en la inauguración del piso de Johnny en Valdespartera... Muchas de las veces provocado por un enfado mío o un silencio mal explicado.

Recuerdo en especial una vez. Era el verano de la Expo, y cuando me acompañabas a casa, habiendo pasado una tarde-noche bastante buena siendo inusual en esos días, me pediste que te pasara una foto de los dos porque querías actualizar tu flog con ella. Yo me emocioné mucho, porque hacía bastante semanas que no escribías nada de los dos, y además nunca publicabas fotos mías o nuestras en tu flog. Luego por la noche, en una de esas conversaciones del /w, te recordé algo acerca de la foto y no contestaste porque mi frase en rosa se perdería entre todo lo demás. Me enfadé porque nos pasaba siempre, y te pregunté que si me ignorabas o qué. Tú te enfadaste todavía más, porque además habíais wipeado, y la cosa acabó como el rosario de la aurora. No hubo actualización, ni foto, ni nada. Sólo dolor y alguna que otra lágrima. Eso fue semanas antes de que pensaras que yo, junto con otros jugadores, te presionábamos tanto como tanque que te hizo optar por dejar de hablarme durante un día entero que para mí duró un año. Probé por el chat de la hermandad, por susurro, por mensaje directo, y hasta por el hilo general. Nada hasta el día siguiente. Tuve que ver ese nombre, ¿era Eternum?, conectarse y desconectarse, hablar con otra gente, llamar a usuarios para llenar plazas de una raid... y nada; yo ni siquiera quería jugar ese día, porque tenía un examen próximo, además.

Muchos, muchos, muchos. Muchos cabreos frente a la pantalla del ordenador, muchos sms diciéndome que hablara a la cara, muchas lágrimas y muchos gritos en mitad de la calle. Claro que el lado positivo de la balanza se inclinaba con sólo un roce de nuestras manos y un par de risas tontas mientras arreglábamos una de esas discusiones. He de decir que mientras escribía la enumeración anterior he tenido que pararme a pensar y poner en orden los recuerdos para acordarme de esas broncas. Al final siempre ganan los buenos.

Los malos momentos se aferran con garras de hierro a las comisuras del alma, pero siguen siendo arrasados, sin apenas problemas, por la buena rutina que encendía el color de la piel y nos hacía volver. Todas aquellas veces.

domingo, 15 de mayo de 2011

Eso de que las palabras no tienen peligro es una mentira. Hay algunas que son como un verdadero mazazo. Que te traen recuerdos que creías que estaban a buen recaudo y se congela tanto la sangre que ni siquiera hay ganas de ahogar el mal trago con las lágrimas de siempre. Simplemente se apaga el sonido de todo lo demás, y sobreviene el sentimiento de decepción absoluta contigo mismo. Una vez puede ser que sea un espejismo; dos ya es demasiada casualidad.

sábado, 14 de mayo de 2011

Voy a templar mi sangre porque quiero darte hasta la última gota. Solamente es lo que te debo; nada más. Aunque la gente piense que no, soy capaz de calmar mis nervios y sólo por ti lo consigo. Para conseguirlo hay que quererlo de verdad.

Contigo he aprendido demasiadas cosas. Hemos leído, comentado, paseado, dormido... Soy como soy en parte por ti, por tus enseñanzas y por tu compañía en mi camino. Yo sé que eres más fuerte que todo esto, y por eso, porque te está superando, voy a vacíar mis venas para que te cures desde ellas y devolverte lo que tú me has dado. Hemos salido de peores situaciones, hemos llorando en peores parajes y hemos sentido los latidos todavía más pesados que en este momento. Además estás tú con tu estoicismo infinito y tus ganas mudas de salir adelante. Eso es suficiente para saber que lo conseguiremos.

No puedo evitar echar de menos la arruga de tu frente donde se acumulan todas las preocupaciones y donde desaparecen cuando explotas en carcajadas. Todavía quedan muchas risas que compartir y muchos resoplidos por mi parte por tus ocurrencias. Estos años son sólo la antesala de los que aún tienen que venir. Porque sabes que yo todavía soy una niña aunque por dentro esté tan envejecida, y tus silencios me dicen que confías en mis actos, que sabes que si lo hago es por algo y no porque sea una torpe o alguien imperfecto que no sabe por dónde tirar. Y todo eso sin decir una sola palabra.

Cógeme de la mano si flaqueas y llora conmigo si quieres, aunque no lo hagas nunca y menos delante de mí. Se acercan días peligrosos, pero ya los hemos mirado a los ojos en otras ocasiones, no hay de qué preocuparse en exceso. Tenemos experiencia, unión y habilidad en dibujar las fuerzas cuando ya no nos quedan. No te va a pasar nada porque si es necesario yo te voy a dar toda mi sangre. Mi sangre. Que no es otra cosa que la tuya, porque me la diste, sin saber en qué se iba a convertir, hace unos diecinueve años. Yo estoy contigo, viejo.

martes, 10 de mayo de 2011

- Sólo duele cuando toco, pero a veces, sin más, duele constantemente. No controlo cuándo ocurre. Puedo disimularlo con la ropa y el paso de los días, la rutina; caminamos tan deprisa últimamente... Nadie se para a mirar a nadie. Algunos sí me sonríen con tristeza, pero lo hacen al mirarme el rostro. La mayoría no se percata de nada, aunque suene grotesco. Resulta una ventaja, aunque de vez en cuando no lo logro ver así. Es difícil, ¿sabe? Pero ya me acostumbro. Ha provocado que yo también cambie pero, bueno, sigo sonriendo aunque no sea tan a menudo y siempre hay tiempo para que vuelva a querer reír a carcajadas. No es que ahora no quiera, pero sigue doliéndome mucho si hago movimientos bruscos de ese tipo. Los que lo saben claro que se preocupan por mí, pero al fin y al cabo es algo que está ahí, que de momento no se borra. Se comportan como si no pasara nada porque creen que así me ayudan. ¿Quién sabe si están en lo cierto? Yo todavía no lo sé, pero hay muchas cosas que se me escapan en estos momentos. Es muy extraño, ¿sabe? Lo estoy asimilando como una parte más de mi cuerpo, y me asusta, porque no es correcto, pero no me queda otra. ¿Debería vivir agitada todos los días o tengo que empezar a aceptarlo? Me dicen opiniones de todo tipo. Yo las agradezco, pero desde que ocurrió ya ni siquiera me escucho a mí misma. Pero... creo que ya he hablado mucho, ¿no es cierto? Querrá verlo, si no no me habría preguntado. Espere un momento...

Se levanta y se pone de espaldas a un gran espejo que hay en la habitación y que va desde el suelo al techo. Me está mirando fijamente a los ojos, y yo no puedo apartar la mirada de tantísima pena. Son como dos pozos de aguas negras y eternas, detenidas, totalmente muertas. ¿Pueden morir las pupilas antes que el propio espíritu?

Me sonríe, aunque sé que está desganada, y se quita la chaqueta de punto gris cuyos puños ha estado retorciendo mientras me hablaba. La deja con cuidado sobre una silla y luego, de golpe, se quita la camiseta y vuelve a mirarme.

Es sobrecogedor. Pero está ahí: como una quemadura en la tela, con los bordes todavía tiernos, el agujero del que me había hablado. Yo entonces no la estoy mirando ya a los ojos. Me estoy viendo a mí misma, sentada, reflejada en el espejo mi expresión de espanto, de pura angustia al entender cada una de sus palabras. Ella no se ha movido de su sitio, y aun así ahí estoy, mirándome en el cristal... a través del hueco de su pecho.

domingo, 8 de mayo de 2011

Llega cargada con la mochila y la maleta. Subir al tren siempre es un desafío, sobre todo cuando la gente observa tu dificultad en levantar la maleta y no perder el equilibrio, y se limita a mirarte con desdén. Suena el pitido de rigor y se apoya en la pared de al lado de la puerta soplándose en el flequillo. Está muerta de calor. Se dispone a pensar en los días que acaba de dejar atrás en su tierra y enfrentarse a una nueva oleada de tristeza, pero algo la interrumpe de súbito.

-Tú eres de la resi, ¿verdad?

Se sobresalta. Le observa alguien con sombrero y que la mira desde detrás de unas gafas, sonriendo un poco forzado. Ella piensa que intenta ser amable, e intenta no parecer una bobalicona, y responderle con algo satisfactorio. Aun así, sigue sorprendida; no es de esa clase de chicas a las que les hablan en un tren. Ella no, hasta donde ella misma sabe.

- Sí... ¿Tú también?

- Sí. ¿Eres novata?

- Sí, sí- responde con los ojos en blanco, pensando en ese primer mes turbulento de novatadas-. Tú veterano, ¿no?

- No, no, yo también soy novato. Además cumplí los años nada más llegar a la residencia, la primera semana.

A ella se le queda cara de imbécil al pensar que es mayor que él e intenta disimularla. Si ese chico es novato, ¿qué parecerá ella? ¿La hermana pequeña del primo adolescente de algún residente? Ordena sus ideas e intenta pensar en algo que decir después de que él le pregunte si quiere su sitio. La chica piensa que debe de llevar unos pelos horribles con tanto calor.

-¿Vienes de pasar el puente en casa?

-Sí. Además eran fiestas en mi ciudad, así que sí... ¿Tú también?

-No, yo he estado con mi hermana y eso, en Madrid-. El chico al decir eso señala la funda negra de su guitarra, por alguna extraña razón.

Se preguntan que qué estudian y ella piensa que ese tío tan raro de las gafas y la barba no pega con Derecho y ADE, que Derecho y ADE suena a rancio, no a guitarrista con sombrero. El tren sigue su camino y se quedan en silencio, sin saber muy bien por qué. La conversación no fluye. Cuando llegan a su destino, él se da prisa y a lo que ella se percata lo tiene muchos metros por delante. Bueno, ya lo veré, supongo. Qué chico más raro.


A posteriori se supo que si él no habló fue porque tuvo miedo a parecer un pesado y que si ella tampoco lo hizo fue porque pensó que iba a quedar como una tonta diciendo tonterías. La suerte es que esto lo supieron ambos una noche entre risas y un poco de humo, una de tantas, con mucha música sonando en sus mentes. Pensando en la manera en la que se conocieron y cómo no volvieron a verse después, hasta un momento, un momento concreto que no recuerdan pero que sí existió. Curiosamente, empezó todo en el cercanías...

viernes, 6 de mayo de 2011

No se tiñe el pelo para huir de los demás, sino para huir de sí misma. Pretende así ignorar que todavía no está segura de quién es exactamente. También le gustan los halagos que despiertan sus cambios de look, pero eso no quita que por dentro, muy dentro, se siga sintiendo repugnantemente fea. Sin embargo, no es fea. En toda persona hay cierta belleza, y ella no es una excepción. El problema es que no posee a la persona que le haga creer de verdad que no es fea. Que la quiera, que la corresponda enteramente, la haga palpitar, tenga ojos sólo para los cambios en el color de su pelo.

Camina y disfraza sus ojos, sus mejillas, su cuerpo. El maquillaje es un aliado que no hace más que recordarle que usarlo la hace sentirse todavía peor. ¿Por qué tan perdida? ¿Por qué se esconde tras sentimientos falsos que la convierten en alguien que no es? Los papeles bien construidos son una joya, pero únicamente encima de un escenario. El suyo es admirable, maduro, ecuánime. Pero no es ella. Sus adentros la convierten en un remolino de pura contradicción. Contradicción absurda y dolorosa, no contradicción misteriosa e interesante.

De todas formas, si enseña sus ojos, los verdaderos, y se clavan en ti más de un segundo, sin intentar mostrar ningún descaro, desnudos por un breve segundo de descuido, alejados del papel que sigue día a día y que la está agotando desde los huesos, desesperada, sabedora de su culpabilidad, de sus malos actos y de la satisfacción que en su piel despertó el sufrimiento ajeno... Si miras esos ojos. Un segundo. Lo que se deje mirarla de verdad. Un breve instante.

Verás que son dos pozos de auténtica tristeza. Que está asustada, más perdida todavía, y que sabe, a su pesar, que si sigue así... nunca va a conseguir lo que anhela. Lo que de verdad desea. Sin aprender jamás a amar a nadie.

miércoles, 4 de mayo de 2011

A veces me prendería fuego y quemaría todos mis recuerdos. Todos. Cortaría mi lengua para renacer sin habla, y fingiría que en realidad no estoy escuchando a nadie. Entonces sólo existirían los pensamientos en mi cabeza y el tamaño de mi alma no dependería de cómo me tratara absolutamente nadie. Eliminaría de mi cuerpo sentimientos como la sorpresa y la satisfacción, pero me ahorraría la incertidumbre y la decepción.

Una persona nueva, anónima, vacía, incapaz de comunicarse. Pero también incapaz de sufrir incoherentemente y sin un motivo que vislumbrar con claridad en el horizonte.

domingo, 1 de mayo de 2011

En uno de esos momentos en los que los sonidos del comedor se apagan a mis tímpanos, en el escalofrío de que me pregunten que qué tal el día y que la boca y los ojos me supieran todavía a agua y a sal, he tenido un flashback y la he oído llorar de nuevo a través del auricular. Creo que pensaba que nunca iba a escribir sobre ella, pero lo que no sabe es que todo lo que escribo tiene una parte de ella. Porque yo soy a partir de ella.

Y mientras tarareaba la canción que tarareaba esta misma mañana -siempre me hace escribir esta voz, ahora que lo pienso- he hablado con ella de nuevo y he recordado lo que yo misma he escrito: ...seguimos uniendo las voces por si acaso una de las dos está quebrada y podamos ayudarnos. Aunque no lo digamos de manera directa.

Y por un momento me he sentido tranquila, en paz, sabiendo que todavía me queda mucho por remontar, muchas ganas que ganarme, mucho por lo que pedir perdón, otro tanto que evitar en sueños. Pero con ella. Con su fortaleza, con sus lágrimas que me hacen echarla terriblemente de menos. Como el primer fin de semana que volví a Zaragoza y me desperté en mi cama. Ir hasta la suya, arrastrando los pies, y meterme bajo las sábanas con ella, abrazarla fuerte... Y lo demás ya pasará. Ya pasará. Ya tendrá que pasar.

viernes, 29 de abril de 2011

No dejo de pensar en todas las cosas que podríamos haber hecho y podríamos estar haciendo juntos. Sonrío inevitablemente al ver las fotos de aquellos que se animaron a escaparse unos días y quererse en otros lugares, saboreando un aire diferente. Compartiéndolo a través de sus bocas. Sin embargo, soy consciente de que para que una herida sane adecuadamente tiene que doler; a veces, incluso, se saltan los puntos y hay que volver a iniciar la cura. Cuantas veces sean necesarias. Si taponas una herida y aprietas para disimular el dolor, la infección finalmente puede que sea letal.

No me voy a esconder. La honestidad es algo que tiene que ir por delante siempre a la hora de querer a alguien. ¿Cómo mientes? ¿Cómo se es capaz de esconder algo durante años que debería ser el motor de todo lo que hacemos? Nos debemos sinceridad a nosotros mismos, y eso también nos lleva a elegir un momento adecuado, un instante mágico, no un desastre encantador pero que, al fin y al cabo..., termina en desastre. Y en sufrimiento. En ocasiones se nos queda la boca pequeña al decir el verbo querer, pero si luego no sabemos engrandecerlo de verdad, desde adentro, actuando bien, sin intentar dañar a nadie ni aprovecharse de nada ni respaldarse en una actitud totalmente contraria a amar... Estamos cometiendo una herejía.

Yo necesito querer. Y necesito querer muchas cosas que quiero pero no con la suficiente fuerza o la suficiente templanza sobres mis temblores. No sé si son espejismos lo que provoca este miedo atroz con el que despierto, estos deseos irracionales de vernos, de que se disipen todas las heridas y los engranajes funcionen de nuevo. No obstante, confío en que si ahora no es mi momento lo acabará siendo cuando toque, y que ocurra lo que ocurra mi cuerpo va a soportarlo porque no soportarlo sólo podría significar una cosa. No vivir. No volver a amar nunca.

martes, 26 de abril de 2011

No suelo decir nunca que nada va a durar siempre, pero si tengo la misma sensación veinte veces en un día y hasta sueño con ello, tiene que ser por algo. Un peso a cargar siempre, no con la misma intensidad, irá remitiendo, pero sin irse. Como uno de esos puntos que al echar la vista atrás se ven más oscuros. Tiene todo otro regusto, desfiguro cada frase, escucho el eco de cada gesto en el tiempo como fallido por mi parte y resurgido de pronto como si fuera nuevo, se me tuerce la sonrisa, el corazón se acelera. Fue en parte mi culpa. Y ahora se va a quedar ahí, apareciendo de vez en cuando en una pesadilla, encogiéndome el pecho. Como una de esas heridas que, las cures con lo que las cures, nunca llegan a cerrarse del todo.

sábado, 23 de abril de 2011

Curiosamente, entre la taquicardia, las pocas horas dormidas y la fiebre de esta noche -o día, técnicamente, por cerrar los ojos después de que hubiera amanecido- lo único que me calmaba un poco era pensar que no estaba en mi cama sino en mi cama postiza y que en unos segundos iban a sonar esos nudillos en mi puerta. Siempre los nudillos, excepto cuando tengo la música muy alta y no te escucho. Y yo iba a abrir echa un guiñapo, todavía con lágrimas en las mejillas, te iba a hacer pasar con un gesto cansado y en mitad del pequeño pasillo me ibas a abrazar de esa manera que tenías guardada hasta hace poco. Y así me iba a poder apoyar en el hueco que hay justo encima de tu clavícula y no haría falta decir nada, aunque seguramente me dirías eso de Tranquila... y a mí me daría igual que nadie más supiera que estoy así porque ese silencio mientras te arrugo la camisa cogiéndote fuerte con los dedos sería suficiente.

Se me han mezclado los estampados de rayas en diferentes camisas, el sonido de la guitarra y la armónica, las letras que he acabado aprendiéndome y las miradas cómplices en cualquier sitio si notabas que por dentro estaba temblando. Creo que, en ese momento, con una canción que me enseñasteis en la cabeza, he logrado por fin coinciliar el sueño.

viernes, 22 de abril de 2011

-Podría devolverte las llaves de tu casa y dejar que entraras, obviando el hecho de que son las cuatro de la madrugada y tú vuelves sola. Qué tarde vuelves hoy a casa, ¿no? Sólo te falta el cartel luminoso: presa fácil. Podría hacerme incluso el tímido y devolvértelas fingiendo que no te las he quitado. También, claro está, podría confirmar esas sospechas que no dices porque estás acojonada pero que me pintan como un psicópata. Y darte la razón en tus trazos. ¿Tú qué quieres que haga? ¿Te doy las llaves?

Por mi mente pasan varias posibilidades mientras intento controlar la ansiedad. Es curioso, porque justo venía pensando en que me sorprende mi poco afán por el trabajo universitario, concluyendo que en realidad, como tantas cosas en estos momentos, me da exactamente igual, o al menos ha dejado de preocuparme tanto. Ya hice bastante la capulla en diciembre.

Pienso en llamar al timbre de casa con la esperanza de que alguien me oiga y, no sé, bajen a por mí o poder gritar a través del porterillo. Hacerme la despistada, reírme de sus palabras y acercarme para que me dé las llaves, como si yo estuviera segura de que está de broma. Echar a correr todo lo que pueda y tal vez alcanzar a Melenas y a Álex, o incluso llegar hasta la asociación, porque recuerdo que Dani ha dicho que quería recuperar sus cereales. Sin embargo, entre todas estas posibilidades noto que el corazón ni siquiera se me ha acelerado. Estoy, finalmente, por decirle que haga lo que quiera con las llaves, que yo ya me doy una vuelta por ahí y que, si quiere, puede acompañarme, si no tiene nada mejor que hacer, pero que prefiero ir sola. Que no tengo putas ganas ni de bromas ni de que nadie me secuestre o se me ría, vaya. Esta noche no. La siguiente, si eso, ya se verá.

De todas formas, mientras pienso con la lentitud que he desarrollado este último mes, a él le da tiempo a aburrirse o a pensar que soy imbécil o que de verdad estoy muerta de miedo. Así que me da las llaves, se marcha en silencio con media sonrisa y yo abro la puerta mientras todavía oigo sus pasos resonar por la calle vacía y le echo un último vistazo al reloj de la farmacia... Qué tarde vuelvo hoy a casa.

lunes, 18 de abril de 2011

Me pone frente al espejo que ocupa toda la pared de la izquierda de la sala de música y me dice que me concentre. Que piense en sentir asco, como si llevara algo en la boca que no me deja estar tranquila, que experimente lo amargada y sargento que me tengo que sentir. Ella experimenta con su rostro para que yo la siga pero tengo la mente muy lejos. Pienso en la puerta que se cerró ayer en casa de golpe y en la llamada de teléfono por la mañana de un hombre que ha roto a llorar y me ha dicho por primera vez en mi vida que me quiere y que no puede más. A mí. Ese hombre desconocido que en realidad era mi padre.

Olga me sigue hablando, ahora de la voz, de cómo tengo que conseguir sacarla de la garganta para que carraspee y no del estómago como siempre. Que me dolerá, que me tiene que salir ya porque si no no voy a poder manejarla y el día de la actuación me puedo quedar afónica o acabar escupiendo sangre. Comienza a subir el tono y a emplear ese método suyo de hacernos daño para que nos salga el personaje.

Yo me marcho y vuelvo a los minutos con los ojos enrojecidos. El silencio es total porque todos piensan que estoy así porque Olga se ha pasado y están de acuerdo.

-Elena... Me encanta que llores.

-No, Olga, no es por eso. Hay más cosas.

Y a mí en ese momento me da igual Pata Negra, aunque lleve meses intentando alcanzarla sin conseguirlo, y el ensayo que sigue mientras yo recito el texto sin ponerle un solo acento a las palabras. Como si ante mis ojos no hubiera más que neblina y el eco de esa voz en teoría desconocida que se repita una y otra vez sin que parezca que vaya a parar.

sábado, 16 de abril de 2011

La tele está puesta pero no le hacemos ni puto caso. Cuando mi madre se va del salón yo quito el volumen para escuchar bien lo que pasa en el resto de la casa. Estas situaciones siempre me han hecho perder los nervios, desde que tenía consciencia, pero esta tarde sin embargo estoy calmada porque no quiero ni que mi propia respiración entorpezca el sonido de la casa.

Y mientras tanto yo sólo pienso en los brazos que me calmaban siempre que ocurría esto, aunque no lo supieran, y me dedico a agarrar con manos frías un post-it y garabatear en él una frase, para después pegarlo en el inicio de esas instrucciones o normas que ayer escribí y que ya he tenido que releer tres veces.

"Leer en caso de histeria (o de flaqueza)."
Sentada en la escalera, con la espalda apoyada en la pared y las piernas estiradas, pienso que me podría haber quedado allí. Claro que sí. Y no habría habido ningún mal sentimiento en ese instante robado al pasado, pero no podía hacerlo después de tanto. He pensado también en la misma situación pero diferente, cuando te separaba de mí por hacer la gracia o porque estabas vacilándome demasiado y a mí no me daba la gana que me besaras. Pero la situación era bien diferente.

Mientras estaba sentada y me quitaba lentamente con las uñas el rimmel de las pestañas me he dado cuenta de que hacía al menos un mes que no lo usaba. El rimmel. Un mes en el que me han dado igual mis ojos o los pantalones que me ponía, un día el de hoy en el que he decidido sacarme eso de la cabeza para ver si surtía efecto y por dentro también mejoraba el asunto. Pero ha sido un error. El rimmel no ha hecho mucho más que pegotes entre mis pestañas.

He pensado que en esos escasos segundos se han acumulado millones de momentos que me hacen temblar al instante. Pero a la vez me ha atravesado la espalda un escalofrío al pensar en el sofá de Marcos, el bullicio a todo trapo de un bar pero que se antoja ajeno, el trayecto en autobús que se hace más corto de lo normal, caminar de la mano, las bromas sobre tu pantalón, el frenesí de los labios hasta las manos... y todo sin mí. Por primera vez sin mí. He pensado en cómo le sentó a tu corazón y sé que no le sentó mal, que lo calentó un poco de tanto frío estúpido.

Se han juntado esos dos yos sorprendiéndome y haciéndome ver que antes había mentido. Que sí que tengo dos yos aunque no sean como los tuyos, aunque yo no tenga algunas necesidades y deseos que cubrir. El yo que se habría quedado en la escalera de pie y el yo que sentado en la otra escalera pensaba en la primera vez sin mí. Los dos. Uno frente al otro diciéndose que no van a poder seguir soportándose mucho tiempo, que deben aprender a convivir de alguna forma. Mis dos yos. Y, entre ellos, la determinación -aunque ya no sé si es acertada- de que no puedo dejar que se rehaga todo el dolor causado, como un pegote de rimmel, impidiendo que las dos partes se separen.

viernes, 15 de abril de 2011

Yo te entiendo y entiendo también que prefieras callar. Me da igual que ayer me gritaras, o nos gritaras, porque yo comprendo tu reacción. Noto en tu mirada cansada que algo no funciona bien en tus engranajes y te entiendo tan bien. Me gustaría repararte de alguna manera, pero todavía no sé cómo arreglar los míos.

De todas formas, y aunque sé que seguirás guardando ese silencio respetuoso y solemne que sólo tú sabes crear, yo voy a estar para decirte "déjame el portátil un momento" y acabar haciendo quinielas sobre quién ganó en el año 1999 el Óscar a mejor actriz o en qué emplazamientos se filmó esa película que te recomiendo. Clases magistrales enteras tiradas por la borda hablando de cine, de actores, de la injusticia de los grandes festivales, de lo que nos queda todavía por hacer. Recomendándonos películas y echándonos -o echándome, más bien- la bronca porque todavía no hemos visto esa obra maestra o esa tan rara que me gustó.

Somos muy diferentes, pero de algún modo nos entendemos. Sobre todo ahora. En estos días. En estos días en los que de repente nuestros cimientos se vienen abajo y caminamos por el campus con la mirada perdida. Lo extraño es que no buscamos consuelo sino simplemente la rutina de dejarnos llevar por la inocencia de Leti o los comentarios de María. Esa rutina que nos barra durante unas horas las penas, distrayéndonos de nuestros males, aunque sepamos que luego van a volver.

No me enfado. Al igual que tú no eres idiota o un estúpido. Pero sabes que si quieres voy a estar para barrerte lo que sea sin necesidad de caminar por el césped de Humanidades o fingir que escuchamos al profesor de Estadística. Aunque sea para preguntarnos otra vez qué premios tiene tal actor. Recuerda que eres especial, no sólo por tu reticencia a sucumbir a las redes sociales o tu manera de escribir algo barroca, sino porque no te conformas con ser un simple soldado.

jueves, 14 de abril de 2011

Es el momento de cerrar la puerta tras de ti y saber que tus cercanos ahora no te escuchan. Justo en ese momento en el que se velan las pupilas y descargan todo el agua que han acumulado mediante el nerviosismo que impedía acertar bien las teclas. Se encharca el alma y eres consciente de que si no tuvieras columna vertebral tu cuerpo estaría partido en dos. Te lo dice ese dolor inconfundible en el pecho, separando las costillas una a una, mientras el corazón palpita a mil por hora y crees que te vas a desmayar y cuando despiertes ya no va a estar tu cuerpo, sino solo la angustia. La angustia de saber que era imposible la calma, porque este dolor siempre vuelve. Como volverá cada día. Como guía tu mano hasta tu boca y hace presión, para que a ser posible nadie te escuche sollozar encerrada en el baño.