viernes, 27 de abril de 2012

Vivo en un país que se hunde. Hace tiempo que vamos en picado pero gusta más abstraerse celebrando el centenario del hundimiento del Titanic sin pararnos a pensar en que también nosotros vamos a la deriva. Tengo 20 años y estudio una doble carrera. Sin embargo, debo sentirme una chica con suerte si consigo trabajar a 4.5€ la hora promocionando productos en un supermercado. Y mi caso se repite como las vertebras de una generación a quien –dicen- le espera un futuro más negro que el que sus padres vivieron. Y, al igual que el Titanic fue en su tiempo el barco más lujoso y más grande, nosotros somos la generación mejor preparada de la Historia de España; pero eso no excluye que nos estemos sumergiendo en unas aguas desconocidas y oscuras.

Con los tiempos que corren, lo verdaderamente extraño no es el paro, la angustia vital o que seamos una generación preparada pero incapaz de demostrar nuestras capacidades en puestos de trabajo que no existen para nosotros. Lo más chocante es que también somos una generación dormida, acostumbrada a la comodidad de una educación accesible desde que somos niños pero incapaces de ver que esos de los que hablan en las noticias somos nosotros. Pensando que estamos a salvo en las aulas de las universidades, que actúan como nuestros botes salvavidas ante el paro juvenil y ese futuro laboral que vaticinan tan crudo y que va a ser el nuestro.

Me pregunto si los pasajeros del Titanic eran conscientes de que el barco se hundía cuando comenzaron los primeros atisbos de pánico o decidieron esperar a verse con el agua helada al cuello para creérselo. Los gritos de los que sabemos que nos estamos ahogando son acallados por los que prefieren seguir adormecidos en sus camarotes, pero eso no significa que estemos a bien poco de helarnos en medio del Atlántico. Y, cuando ocurra, nuestro capitán no se hundirá con nosotros, ni tampoco la mayor parte de la tripulación porque, en realidad, ellos nunca estuvieron a bordo.

jueves, 19 de abril de 2012

Parece que estaban en desventaja, pero no es así: tenían el mundo entero por descubrir. Su empeño en darle vida a imágenes en las que antes nadie había reparado les llevó a ser pioneros en construir poco a poco un arte que hoy conocemos gracias a ellos. Todos ellos se arriesgaron y fueron unos locos al pensar que podría funcionar... Pero todos consiguieron que su nombre permaneciera en la Historia, aunque el final de sus días lo pasaran deambulando por Montmartre, vendiendo golosinas, dejada atrás la gloria y casi sin que nadie reparara en el que había sido conocido, y sigue, como Mago de Montreuil. El mundo en que vivimos está limitado en la realidad que podemos palpar, pero el cine lo hace infinito.

Tú eres Caligari.

miércoles, 18 de abril de 2012

- ¿Cómo lo haces?

- ¿El qué?

- Verla y disimular. Se te nota demasiado.

- ¿Ah, sí?

- Claro. Sólo hay que ver cómo la miras... La ves hablando con otros chicos y tienes la sangre fría de no mostrar que tu respiración se acelera y tu mandíbula se aprieta. Pasa a tu lado y parece que hasta puedes sentir cómo te roza la onda que forma su pelo y tú, ahí, embobado, fingiendo que ni siquiera la conoces... Un día de estos se te va a notar y, ¿qué harás? ¿La vas a volver a mirar de reojo o te dará demasiada vergüenza? Si se entera se va a acabar este idilio que tanto te tiene que gustar. Puede acabar bien o mal, pero el caso es que finalizará esta rutina tan destructiva y deliciosa. Te has estudiado cada gesto, cada movimiento, cada paso que da a lo largo de un día tan normal para ella y tan diferente para ti... ¿Cómo eres capaz? Vaya fuerza de voluntad, ¿no?

- Bueno. Será que no me gusta tanto como a ti.

domingo, 15 de abril de 2012

Hace años me habría asustado y en ocasiones hasta te habría odiado en silencio. Por perturbar la paz cuya permanencia no es más que un espejismo. Pero ahora no. Ahora te imploro que si estás vencido acudas a nuestros brazos para que sequen tus lágrimas en las mangas de mi jersey. Que la fuerza que siempre impones desde que tuviste que ver a tu padre morir no es eterna, y que flaquee no es un pecado. Tienes la nuestra, la que nos diste en tu sangre y la que te da en cada segundo aquella a quien amas después de más de treinta años.

Claro que me asustan tus heridas, pero más me duelen. Las de dentro y las que entorpecen las arrugas en tu piel. Me duele la distancia y me duele dejaros solos a todos. Me duele pensar en los momentos en los que tiemblan los cimientos del hogar y yo no estoy allí para compartir las miradas y tranquilizarnos poco a poco en silencio, con la televisión encendida y nuestros pensamientos lejos. Eres la persona más fuerte que conozco. Un titán. Un sostén irremplazable. Por eso si tus monstruos te hacen temblar vamos a estar contigo para vencerlos. Porque somos parte de ti del mismo modo que tú lo eres de nosotros.

jueves, 12 de abril de 2012

No sé a qué se debe. Llego a Getafe y retomo los sueños agitados. La sensación por la mañana siempre es idéntica. No descanso, soy incapaz de presentar buen humor a corto plazo y me duele el alma por lo retorcido de mi subconsciente. No sé si será este colchón prestado o que hace muchos días que nadie me abraza por detrás por la noche. Pero arrastro la tristeza todo el día, y me muevo por la universidad de tal manera; taciturna, autómata, esclava de mi propia mente. Arrastro mi cansancio por todas partes, y posar los dedos helados en mis ojeras no ayuda, pues siguen ahí. No veo a nadie, pero porque estoy tan agotada que no me molesto en mirar a mi alrededor.

Ya hace más de un año pero en estas noches parece que no se agota tu sonrisa, que me refugian tus brazos como lo hacían siempre y que mi cabeza y mi altura encajan perfectamente en tu pecho. Sin embargo no son sueños agradables, y es lo que condiciona mi día desde que suena el despertador. Tu imagen no se agarra a mis pensamientos como algo que anhele, sino como un recuerdo que no consigo dejar atrás y es tan agotador.

Pero en Zaragoza descanso tranquila, mi sueño es reparador y no me visitan imágenes agitadas y desordenadas. Ahí, que te tengo a dos minutos, que pusimos nuestro nombre a demasiadas calles. Pero no, no estoy inquieta por verte porque hace meses que dejé de quererlo. Será que ya no te echo de menos, pero que sigo echando de menos todo lo que fuimos. Esa sensación única de querer a alguien y sentirte de alguna manera completo. Que mi subconsciente grita su soledad cuando le dejo, cuando no estoy ocupada y es él el que gobierna. Esa soledad también única, que sólo entienden los que antes no han estado solos. Y yo mientras sigo igual: bostezos, manos frías, cansancio, siestas de reflexión, ganas de volver a querer.

miércoles, 11 de abril de 2012

domingo, 8 de abril de 2012

Es una pena, porque esa noche me creí capaz de exprimir la vida entera contigo.

miércoles, 4 de abril de 2012

Las manos me tiemblan mientras limpio la sangre con cuidado de ese rostro. Mientras manejo con infinita angustia el algodón soy tan imbécil que me da por pensar en Mario Puzo y en esa familia que creó en la que uno, si hacía falta, era fuerte por los demás. El padrino. A pesar de la losa en mi estómago y mis ganas de precipitarme al suelo de la cocina contengo las lágrimas porque no es momento de llorar, de que me vean y nos veamos. Hay un halo de fortaleza en la cocina, hilado por uno de los silencios más sólidos que he experimentado jamás.

Me siento gilipollas en ese momento por pensar como siempre en algo ficticio. A veces estoy tan absorta en la ficción que me olvido de la realidad que se desarrolla ante mis ojos. Ingenua. Cualquier historia que cualquier creador ha erigido se reflejó primero en sus ojos, en vivo y en directo. Estos mazazos nos lo demuestran. Seremos ingenuos quejándonos constantemente de una vida rutinaria que nada tiene que ver con las historias de Hollywood... Está aquí y ahora. Ocurriendo. Tiñendo un día normal de sombras tenebrosas, de puro miedo, de sangre y de una reiteración dolorosa. Y no es una película. Es real. Totalmente real. Como todo lo que nos ocurre, a todos, en todos los momentos. No hay que irse a la ficción para buscar realidades.

martes, 3 de abril de 2012

Ellos no acechan. No podemos escapar ni refugiarnos, no sirve ignorarlos o simplemente no acercarte a ellos. Son un peligro constante y asimilado. Nuestros monstruos son nuestros, y como tales habitan en nuestro ánimo como cualquiera otra parte que nos conforma. A veces duermen y otras afilan las uñas contra las paredes de nuestro cuerpo, dejándonos sentir sus gritos hambrientos.

Los monstruos internos acosan siempre al ser humano. El más puro, el más malo, el más inocente... Todos tenemos, todos tenemos que luchar contra ellos tarde o temprano, en repetidas ocasiones y desarmados, apretándonos el pecho como medida de contención pero sabiendo que no servirá de nada. ¿Qué podemos hacer contra ellos? ¿Apaciguarlos, vencerlos -si es posible-, acallarlos, rendirnos hasta que decidan descansar? Aquí, la que escribe, no tiene ni idea. Me da miedo admitir que casi puedo afirmar que somos y seremos incapaces de vencerlos. No como algo negativo, sino porque son inherentes a nuestro espíritu. Como unos ojos castaños o una sonrisa de medio lado, un temperamento calmado o una lascivia apagada. Todo rasgos, características, partículas de alma -por llamarlo de algún modo-. Aspectos etéreos que nos hacen como somos.

¿Contribuirán a ellos nuestros monstruos? Así es. A nuestra fortaleza, integridad y aguante. A conocernos y arriesgarnos a hacerlo hasta límites que a veces no queremos cruzar. Pero, ¿si no los cruzamos nosotros con nosotros mismos quién iba a hacerlo? Valientes o no, habitan en nosotros y es algo que no podemos cambiar. Ni ignorar, a nuestro pesar. Cuando despiertan, despiertan... Y tarde o temprano tenemos que enfrentarlos.

domingo, 1 de abril de 2012

miércoles, 28 de marzo de 2012

Si algo puedo echar de menos al año que viene, aparte de la cercanía que deriva de vivir aquí -y la consiguiente crispación-, van a ser mis visitas furtivas a la terraza. Escaparme de noche y quedarme unos minutos inmóvil en la oscuridad. En la azotea no existen malas miradas, ni tampoco superioridades o inferioridades. Las baldosas desiertas son como un remanso de paz. Llamadme loca, pero acudir y sentarme en el suelo consigue calmarme. Tal vez es porque la mayor parte de los acontecimientos que marcaron mi año pasado sucedieron ahí. En la terraza fue donde Carlos y yo nos refugiábamos, donde compartí humo con otra boca y adonde acudí sangrante y sujetando el móvil con manos temblorosas porque acababa de destrozar la mitad de mi vida, teniendo que aceptar que dejar de amar podía ser perfectamente real.

Pero no sólo las noches clandestinas. También los ratos de sol y el sentimiento de completa inutilidad al dejar que los rayos del astro rey me coman poco a poco la piel. Las cervezas y las mantas azules soportando nuestros improvisados picnics. Tomarme un respiro y salirme a llenarme los pulmones, mientras en Getafe atardece hasta el punto de terminar ardiendo. Rendirle homenaje a la persona que se llevó parte del cielo que me cubría cada 17 de marzo.

Parece una tontada, pero por cosas como estas somos seres humanos. Supongo. Humanos, al fin y al cabo.

jueves, 22 de marzo de 2012

Los nervios de sentir al público al otro lado del telón son el preludio del alma dejada en el camerino. Salir desnuda para llenarme del personaje que tengo que interpretar justo en el segundo en que se me corta la respiración y tengo que decir la primera palabra. Y, ya con Boccaccio en los labios, hacer lo que marcaron el ensayo y los textos. Qué más da si toca gemir, llorar, reír a carcajadas, reírme del público, meterme en la cama con alguien o salir a bailar como nunca pensé. Ya no soy yo, desde el mismo segundo en el que se abre el telón. Vivo otras vidas e intento que la gente las viva conmigo. Qué más da, si no soy yo, si me he dejado la piel en el camerino para cubrirme de la esencia de un ser etéreo que se apodera de mí durante esos minutos. Qué más da, si no era yo... Y ahí estaba precisamente la gracia. La magia.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Le tiembla la mano. Jamás un simple teléfono le ha resultado tan amenazador como en este momento. Marca el número apuntado en una servilleta que debería haber tirado cuando todavía estaba a tiempo. Está perdido. Sus dedos se han convertido en hielo, pero aun así completa la frágil serie numérica que va a acabar con él. Está seguro que su aliento saldría en forma de vaho a pesar del calor que hace afuera. Así de congelado tiene el miedo aferrado a las paredes de su cuerpo. Un tono. Dos. Ya no hay vuelta atrás. Tenía que ocurrir. Tres. Un ligero golpe sordo. Su esperanza de que la llamada quedara en el olvido de una habitación vacía se ha esfumado.

- ¿Sí?

Le toca hablar. Vamos. Ahora. Contesta.

- No me has llamado... -. Silencio. Voz firme, mantén la voz firme.- Dijiste que lo harías.
- Bueno... -. Le llega su voz. Femenina, lasciva, lacerante. Peligrosa e irresistible. Adivina una sonrisa al otro lado de la línea.- Así es más divertido. ¿No?

domingo, 18 de marzo de 2012

A veces ocurre. Sabían que iba a ser una gran noche. A veces el componente que hace destacable la madrugada es este, el cosquilleo en los nudillos y las miradas de rabia. Se reúnen y van a buscar a los otros; es sencillo y puede ocurrir cualquier fin de semana. Podían considerarlo una rutina, una rutina que realmente los divertía. A algunos, porque otros simplemente se dejan llevar.

La calle está desierta y sólo se escuchan las ganas que retienen en cada respiración. Apenas hay espacio entre los dos grupos de gente, todos atentos, esperando la señal. Algunos aprietan los puños y otros acarician lo que han podido pillar, lo que esconden cuando la policía acecha y se reconfortan con el tacto metálico antes de lanzarlo contra un estómago o una mandíbula. No sienten frío, sólo la espera. Todos aguardan a la sombra del vaticinio de lo que será otra pelea callejera para el periódico, otra lucha de ideas para ellos. La sangre y los golpes son sólo el medio para demostrar que el otro está equivocado.

Ya casi está. Los tobillos se balancean, inquietos, y otros tararean canciones en sus cabezas porque están muertos de miedo pero no se les puede notar. Si quieren seguir, tienen que estar ahí, pase lo que pase. El punto de tensión se hace atractivo y cuando parece que todo va a comenzar se corre la voz. No lo van a hacer.

- ¿Qué coño pasa?
- Que nos largamos. Venga.
- Pero, ¿tú estás gilipollas? ¿Cómo nos vamos a ir? Vamos a quedar como unos mierdas.

El que protesta, lleno de furia, se fija en el otro grupo y se percata de que también hay movimiento en él. La misma confusión, la misma rotura de rutina. No lo entiende, pero lo ha dicho él. Él, cuyas palabras acatan, el que los guía, el que los había traído esta noche para llenarse de adrenalina y de gloria. ¿Todo para marcharse?

- Vámonos.
- ¡No podemos irnos ahora, joder! -. Otras voces se unen a la protesta.
- No me toquéis los huevos. Nos vamos y punto. No me cabreéis.

Su voz corta, hiela las venas del resto mostrándoles que no son tan valientes. El otro grupo se está alejando, y se puede ver que hay agitación, que unos quieren marcharse y otros no. Que están exactamente igual.

- A tomar por culo. Haz lo que te dé la puta gana, pero a mí no me llames para luego pirarnos así. A ver qué nos cuentas luego con tu labia de mierda.
- Eh. Vale ya-. Otro lo corta, temeroso. Pero el caso es que él está en silencio. Atiende a las palabras de reproche de su compañero pero no replica. Sabe que tiene razón, y por dentro está ardiendo de furia e indecisión. Pero no podía continuar. Así que da media vuelta y comienza a caminar distraidamente, sin importarle si le siguen o no. Saben que, aunque se queden en mitad de la calle, no va a pasar nada.

***

Está amaneciendo y ella le da vueltas a un café en un bar de mala muerte que está ya abierto para acoger a esos restos nocturnos que siguen vagando ya pasada la hora habitual. Parece que la madrugada queda muy lejos pero en realidad sólo han pasado unas horas. Todavía sigue maldiciendo; ha quedado como una cagada, y no ha tenido huevos de abrir la boca para explicar por qué. Nada. Silencio. El silencio más cobarde a los ojos de los suyos.

Él corta sus pensamientos entrando al bar. Los pocos que ocupan los taburetes de la barra se le quedan mirando y cuando se sienta en la mesa, enfrente de ella, analizan a ambos con una mueca entre asqueada y temerosa. Los ojos de los mirones se detienen en sus botas abultadas, adivinando el acero que se esconde en las puntas.

- Bonito peinado.

Ella no sabe cómo tomárselo. Lo mira desconfiada, no sabe qué más debería hacer. Se pasa la mano por la nuca rapada hasta llegar al flequillo recto y las patillas que le caen a cada lado del rostro. Será gilipollas: ya se está metiendo con ella.

- No creo que a ti deba gustarte mucho.
- Bueno, no te queda mal.

Se quedan en silencio mientras la cucharilla sigue moviéndose dentro de la taza de café. Por sus ojos pasan cientos de recuerdos de años atrás, en cuyas imágenes siempre salen ellos dos. Ellos dos. Juntos. Irónicamente juntos.

- Mírate, eres idiota. Te tenía que ver hoy. Mira que eres tonto-. Siempre que estaba nerviosa lo insultaba, y se siente desprotegida optando por el mismo mecanismo tantos años atrás. Como si no hubiera pasado el tiempo. ¿Pero cómo no iba a pasar? Sólo había que verlos.
- A ti y a tu grupo no os había visto nunca, y nosotros nos movemos bastante por ahí. Así que relájate. No ha pasado nada, ¿no?
- No, pero vamos...
- No hemos podido. Eso es todo, vamos a ser francos.

La mente de ella va a explotar. Él no ha cambiado. Sigue hablando tranquilo, escogiendo las palabras adecuadas, con ese halo de infinita madurez y entrecerrando ligeramente los ojos.

- Tantos años sin saber de ti y cuando te veo... Joder.
- Joder, ¿qué?
- Que te has convertido en un nazi de mierda. ¿Pero cómo es posible?
- Ha pasado mucho tiempo. Mi historia no diferirá mucho de la tuya-. La mira de arriba a abajo.

Se quedan en silencio y ella se bebe el café de un trago. Deja la taza con violencia y lo mira a los ojos. Está furiosa.

- En fin. Se supone que tenemos que odiarnos.
- Lo sé. ¿Vamos a poder?
- Sólo podremos saberlo la próxima vez que nos veamos.

Y se va. Dejándolo sentado en el bar y sintiendo cómo comienza a difuminarse la pintura en sus ojos. Se va con pasos rápidos porque sabe que si se detiene se arrepentirá. Sale a la calle recién despierta y mientras piensa en esos ojos entrecerrados espera, e implora, no volver a verlos en muchos otros años. A veces ocurre: el pasado vuelve y te pilla desarmado, llenándote de golpes.

jueves, 15 de marzo de 2012

La literatura debe ser un arte libre. Y, de hecho, lo es. Pero este hecho no engloba sólo la subjetividad y las palabras que escoges, sino también la justicia que aplicas a la realidad. Escribir es, de alguna manera, perpetuar un acontecimiento, un pensamiento, una metáfora. Hacer sólido lo etéreo. Alguien dijo que la inmortalidad sólo se consigue escribiendo y siendo leído todavía después de muerto -lo mismo que, creo yo, ocurre con el cine-. Si lo consigues serás eterno.
Es manejar la realidad. Someterla al criterio propio y eso está bien, pero... Al escribir sobre otras personas, ¿les haces justicia o sólo estás homenajeándote a ti mismo y a la imagen que tienes de ellas? La sinceridad puede ser la llave de muchas cosas, pero no estás obligado a seguirla.

Que escriban sobre ti es bonito hasta que no te gusta el tono, y las palabras hieren justo debajo de las uñas. ¿Por estar escrito tiene que ser cierto? Piensas: yo no soy así. Pienso, no es tan fácil como escribes, ojalá lo hubiera sido. Despertarme un día y saber que ya no te quería. Reducirlo todo a una decisión y no a más de diez meses de angustia y tristeza pesada que despertó todas las alarmas. De un verano que dolía y una vida que de repente era mía pero que no quería porque se me había marchado la mitad y yo no era capaz de llenarla. Si había sido hasta entonces dos personas, ¿cómo podía volver a ser una?

Ojalá hubiera sido tan fácil como escribes. Y ojalá encuentres a alguien que te lea como te he leído yo, que aquí sigo, meses después, leyendo en silencio a pesar de que hoy tus palabras más oscuras llevan mi nombre. En realidad, me fui hace tiempo. Mi desintegración se produjo durante todos y cada uno de los días que conformaron las semanas en las que no me quedó otra que aceptar que ya no te amaba como antes. Y había sido tan fácil hacerlo que la incomprensión era mayor si me paraba en la injusticia de perder el único sentimiento puro y propio que he creado en toda mi existencia. Mi desintegración continuó en los meses de herirnos, mentirnos, huir de ti, no encontrarme a mí misma, los No gastados en mis labios y mis manos temblando del frío de no querer tenerte. De no querer, aun teniéndote.

lunes, 12 de marzo de 2012

Cuando salgo a correr parece que nos veo y mira que me jode. Al pasar por el campo de hierba que está al lado del parque y en el que hay gente entrenando cada tarde. Nos veo muertas de frío en enero y de calor en mayo, con pantalón corto y polo sin mangas y las espinilleras sin abrochar porque éramos unas vagas en el calentamiento.

Mientras corro y la música suena en mis oídos repaso los movimientos, los tipos de pase, las jugadas en mi cabeza, y también me acuerdo de todo. De la rivalidad del principio entre nosotras y de cuando no nos quedó otra que juntarnos para formar un equipo más grande. Del descrédito de ser el único equipo femenino de la liga y de la falta de compenetración que acababa matándonos en cada partido. De los entrenamientos desiertos y los cabreos en el campo porque la que no estaba ahí para correr se podía volver a su casa.

Pero también recuerdo las risas y los pases que comenzaban a formar jugadas entre nosotras. De Astrid, una de las porteras más codiciadas, y el golpe que le daba en el casco al principio de cada partido como ritual. Me acuerdo de los nervios en los segundos anteriores a que el silbato sonara y de la adrenalina de perseguir la pelota. De la incertidumbre de cada penalti-corner que teníamos que defender y ya no digo nada de cuando me tocaba sacar uno. También me viene a la mente la satisfacción de ver que cambiaban de banda al delantero que yo no estaba dejando llegar a portería y cortar al contrario con el palo pegado al suelo, agachada, sin cesar el acoso. Mantenerte pegada al rival, meter el cuerpo, aguantar codazos y soltar improperios cuando la bola te daba en el pie, te destrozaba y encima era falta tuya.

Simplemente la rutina de acudir al campo cada domingo temprano a pesar de los posibles estragos del día anterior. El orgullo de cortar una bola y de hacer un látigo de revés perfecto. El cansancio y la ausencia de cambios en el banquillo, pero daba igual porque había que continuar sí o sí. Mis pensamientos casi siempre acaban en el último partido, en el chaval con más cuerpo y más fuerza de la liga, a un metro de mí, golpeando la bola con instintos asesinos y el sonido sordo en mi cabeza. Verme en el suelo, la sangre y mi empecinamiento en que tenía que seguir jugando. Andrés, mi entrenador, mareándose cuando me pusieron las grapas y las risas, las risas siempre hablando con él, contándome sus excesos, su fin de semana y en fin...

Tantos ridículos momentos que se echan de menos. Lo más banal, lo más puramente cotidiano. La suerte de practicar un deporte que te gusta, y el desafortunado sentimiento de echarlo de menos. Sobre todo cuando salgo a correr, eterno aburrimiento, y no puedo dejar de pensar que yo lo que quiero es sentir la madera cascada entre las manos y perseguir la bola. Solamente eso.

martes, 6 de marzo de 2012

Un lunes de casi hace un año, cuando decidí volverme a Zaragoza porque acababa de romper con la mitad de mi existencia, llamé a su puerta. Me abrió y le dije que me daban igual las clases, las notas, las prácticas, Madrid y en general mi vida... Que me iba. Ella tomó entre sus manos mi voz temblorosa y me sentó en su cama. Sin más, me dejó hablar. Y su experiencia reciente se reflejó en el cristal de sus ojos, titilante mientas yo le hablaba de cómo me sentía una segadora de vidas despiadada.

Más tarde, mientras casi me metía en vena una tila, yo oía su voz. En el comedor de la residencia iba y venía gente, pero yo no atendía a nada. Tampoco la escuchaba, pero sí recuerdo el timbre de su voz. En guardia, sujetándome, sin flaquear, simplemente llenando mis oídos de una esperanza que yo creía perdida para siempre.

Y hoy aquí estamos. Celebrando sus veinte años a las seis de la tarde a golpe de chupito de ron, igual que celebramos los míos en plena madrugada de exámenes, esta vez con whisky. Hablando de todo y sobre todo escuchándonos, tomándonos con calma, conviviendo de una manera tan sencilla que parece irreal. No faltan las risas y las situaciones a las que nos sometemos y que nadie en esta residencia sospecharía nunca. No falto yo sentada en su cama nada más levantarme si la noche anterior me ha pasado algo, la bromas sobre el cine y la música, los paseos por Madrid y las cañas renegando de Mahou siempre que podemos.

Hoy es su día. Pero el mío es siempre por la suerte de habernos encontrado. Felices veinte, Blanche.

lunes, 5 de marzo de 2012

En la guerra no puede ganar nadie. Nadie que la haya vivido en primera persona. Porque al final son todo pieles atravesadas por balas y sangre que se mezcla en la tierra sin importar a quién pertenecía, y mucho menos en qué creía. Por qué luchaba. Las vidas se quedan en el campo de batalla y, ¿cómo pueden ganar así? Dejándose trozos de sí mismos allá donde queda un cuerpo destrozado. La guerra sólo la ganan los que no la han vivido y no alcanzan a comprender la magnitud del peligro. De la muerte tan cercana que se convierte en algo cotidiano.

***

En 2007, un pelotón de soldados estadounidenses fue mandado a uno de los lugares más peligrosos de Afganistán, Korengal Valley. Se iniciaba así un despliegue que duraría quince meses y en el que los soldados consiguieron asentar una base que llamaron Restrepo, en honor a un compañero caído durante los primeros meses, Juan "Doc" Restrepo. Korengal Valley se presentó efectivamente como una de las zonas más peligrosas, un valle entre colinas desde las cuales podía abrir fuego el enemigo constantemente. Cuando los supervivientes volvieron a sus casas, en agosto de 2008, las autoridades estadounidenses se encontraron con que no sabían cómo tratar con ellos. Los soldados que volvían de Korengal Valley, de Restrepo, mostraban desórdenes emocionales equiparables a los que presentaron los soldados que volvieron de la Segunda Guerra Mundial y de Vietnam.

Desde que el Pentágono lo propusiera, el periodismo de guerra que antaño había sido libre comenzó a convertirse en lo que se denominó periodismo empotrado (embedded journalism). Los periodistas debían, desde entonces, ejercer su trabajo junto a un ejército implicado en el conflicto a cubrir. Así, los profesionales de la comunicación ganaban protección; así, también, el gobierno se ahorraba los desafíos y problemas que las mentes ávidas de verdad de los periodistas causaban habitualmente.

Sebastian Junger, periodista que casi obligó a Vanity Fair a que lo enviaran a Korengal Valley, y Tim Hetherington, aclamado reportero de guerra, fueron empotrados con el pelotón que levantó Restrepo. De los quince meses de convivencia con los soldados estadounidense sacaron Restrepo (2010), un documental sobre la vida en Korengal Valley. El documental es un retrato sobre los días en Restrepo, pero sobre todo pone al descubierto los riesgos del periodismo empotrado y el valor que es intercambiado sólo por enseñar, mostrar, hacer que se conozca la verdad de manera fiel.

Tres años después de Restrepo, Tim Hetherington fue asesinado en Libia por fuerzas leales a Gadafi. Al parecer, en los últimos años los periodistas, empotrados y emparentados por tanto con un ejército y sus intenciones, se han convertido en uno de los objetivos de ataques por parte de, por decirlo así, el enemigo. Es uno de los riesgos de mayor magnitud que ha derivado del periodismo empotrado. A diario se juegan la vida periodistas y fotógrafos cuya pasión es esa, exponerse si es necesario a cualquier peligro con tal de informar o mostrar lo que consideran que debe ser sabido. Gente valiente que puede arriesgar un brazo por un plano que ha tardado dos horas en conseguir y que en pantalla se consumirá en dos segundos. Gente que ve a compañeros morir, como Sebastian Junger, y que aun así no flaquea. Y sigue pensando que merece la pena.

Hay cosas que estudiemos lo que estudiemos y asistamos a las clases que asistamos... No nos puede enseñar un manual.

jueves, 1 de marzo de 2012

Habría silencio si no se escuchara el pesado sonido de sus respiraciones. Él, indeciso y lleno de rabia, la mira con violencia infinita y el aliento agitado. Ella, inmóvil en la silla, intentando sentirse confusa pero sabiéndose culpable de lo que se le acusa. Muerta de pánico, tragándose los sollozos porque tiene miedo de que uno de ellos accione el gatillo.

- Si es que ya me decían lo puta que eras.
- Por favor...

Los ojos dementes de él le imponen silencio. Una palabra de más o una de menos y estará perdida. Él siempre ha sido impredecible, pero esto... Se fija en su mano, que tiembla en torno al revólver y por un segundo cree que esa convulsión es su esperanza. Se siente imbécil. La esperanza en esas ocasiones está de copas, no con ella. Respira.

- ¿No vas a decir nada? ¿Encima te quedas callada? ¿Te crees que soy gilipollas o qué pasa?
- ¿Pero qué-qué quieres... que diga?
- No sé. Joder. ¿Que lo sientes? ¿Que lo hacías para reírte de mí? Cualquier tontería me vale, pero...

Nota el sabor de la sangre en la boca porque lleva rato mordiéndose los carrillos fuertemente. Ella, que era su vida, que lo era todo, en los brazos de otro. Piensa en su cama, en la que hicieron suya vertiendo su sudor entre las sábanas y siente una repulsión que lleva a una parte de su cuerpo: sus dedos. Un movimiento y podrá escribir la palabra venganza con su sangre. ¿Pero eso quiere?

Ella ha roto a llorar y no puede articular palabra. ¿Qué va a decir? Sabe que es verdad, se divertía y ahora... Fantasea con una llamada de teléfono, el sonido del timbre, un segundo de distracción. Lo mira con los ojos enrojecidos. Consigue hablar.

- ¿Pero... qué?
- Quiero la verdad.

¿La verdad? Pero si ya la sabe.

- Quiero la verdad o te vuelo la cabeza ahora mismo.


lunes, 27 de febrero de 2012

Cinco años. Hace cinco años buscaba tiritas por algún motivo adolescente, y a día de hoy he curado heridas que no habría podido imaginar con quince simplemente porque no era tiempo de hacerlo. Y aquí se han quedado esos quince años, almacenados en la columna de la derecha, viéndome tan dulce desde esta perspectiva. Tan pequeña ahora.

Y es que aquí están apiñados los últimos cinco años de mi vida. Las primeras incertidumbres, los alivios de solucionarlas, los besos, el sentimiento de amar y el sentimiento de saber que estaba dejando de hacerlo. Muchos dolores y angustias, muchos errores y también la determinación de no volver a cometerlos. Mis dedos encendidos después de ver una película y saber más que nunca que quiero dedicarme en el futuro a crear para que la gente sienta como siento yo gracias a otros.

Aquí están mis días en el Festival de Cine de Valencia, el culpable de que recondujera mi futuro, la rabia de tener que conformarme y también Madrid. También Madrid y todo el dolor, el cambio, la añoranza, mi vida construida por primera vez en cimientos propios. Aquí hay proyectos e historias vertidas directamente desde mi mente agitada, desde los quince hasta los veinte. Aquí está la libélula de acero que compré hace años en un mercadillo callejero y que todavía descansa junto a mis clavículas, y también la que más tarde sentí que debía tatuarme y duerme grabada en la piel de mi tobillo. Aquí hay metáforas y significados que sólo yo comprenderé. Está mi familia, la que conocí y la que no conocí, el sentimiento anarquista de mi abuelo, las muertes que se me pegan al alma y también las tristezas y las alegrías que me dan los que comparten mi sangre.

Aquí es donde también descansan mis ojos contemplando Florencia desde Santa Maria del Fiore y mis pasos por fin en París. La seriedad de Stonehenge y los resquicios de cada viaje familiar. Los lugares que quiero visitar, las cuentas que tengo pendientes. Los ojos ajenos que desbarataron mi vida y la pasión compartida. Libros, canciones, más películas...

Tantas cosas como caben en archivos que abarcan casi seis años. Lo pienso y parece una locura. Yo, hace cinco años, a 300 kilómetros de aquí, escribiendo mi primera entrada y ahora... Ahora aquí sigo. Sin saber muy bien por qué. Porque me gusta, está claro, y tal vez porque de alguna manera aquí me siento en casa. Mis raíces y mi existencia, de las que no debo avergonzarme aunque tengo motivos de sobra (dulces años que se escapan).