jueves, 1 de marzo de 2012

Habría silencio si no se escuchara el pesado sonido de sus respiraciones. Él, indeciso y lleno de rabia, la mira con violencia infinita y el aliento agitado. Ella, inmóvil en la silla, intentando sentirse confusa pero sabiéndose culpable de lo que se le acusa. Muerta de pánico, tragándose los sollozos porque tiene miedo de que uno de ellos accione el gatillo.

- Si es que ya me decían lo puta que eras.
- Por favor...

Los ojos dementes de él le imponen silencio. Una palabra de más o una de menos y estará perdida. Él siempre ha sido impredecible, pero esto... Se fija en su mano, que tiembla en torno al revólver y por un segundo cree que esa convulsión es su esperanza. Se siente imbécil. La esperanza en esas ocasiones está de copas, no con ella. Respira.

- ¿No vas a decir nada? ¿Encima te quedas callada? ¿Te crees que soy gilipollas o qué pasa?
- ¿Pero qué-qué quieres... que diga?
- No sé. Joder. ¿Que lo sientes? ¿Que lo hacías para reírte de mí? Cualquier tontería me vale, pero...

Nota el sabor de la sangre en la boca porque lleva rato mordiéndose los carrillos fuertemente. Ella, que era su vida, que lo era todo, en los brazos de otro. Piensa en su cama, en la que hicieron suya vertiendo su sudor entre las sábanas y siente una repulsión que lleva a una parte de su cuerpo: sus dedos. Un movimiento y podrá escribir la palabra venganza con su sangre. ¿Pero eso quiere?

Ella ha roto a llorar y no puede articular palabra. ¿Qué va a decir? Sabe que es verdad, se divertía y ahora... Fantasea con una llamada de teléfono, el sonido del timbre, un segundo de distracción. Lo mira con los ojos enrojecidos. Consigue hablar.

- ¿Pero... qué?
- Quiero la verdad.

¿La verdad? Pero si ya la sabe.

- Quiero la verdad o te vuelo la cabeza ahora mismo.


lunes, 27 de febrero de 2012

Cinco años. Hace cinco años buscaba tiritas por algún motivo adolescente, y a día de hoy he curado heridas que no habría podido imaginar con quince simplemente porque no era tiempo de hacerlo. Y aquí se han quedado esos quince años, almacenados en la columna de la derecha, viéndome tan dulce desde esta perspectiva. Tan pequeña ahora.

Y es que aquí están apiñados los últimos cinco años de mi vida. Las primeras incertidumbres, los alivios de solucionarlas, los besos, el sentimiento de amar y el sentimiento de saber que estaba dejando de hacerlo. Muchos dolores y angustias, muchos errores y también la determinación de no volver a cometerlos. Mis dedos encendidos después de ver una película y saber más que nunca que quiero dedicarme en el futuro a crear para que la gente sienta como siento yo gracias a otros.

Aquí están mis días en el Festival de Cine de Valencia, el culpable de que recondujera mi futuro, la rabia de tener que conformarme y también Madrid. También Madrid y todo el dolor, el cambio, la añoranza, mi vida construida por primera vez en cimientos propios. Aquí hay proyectos e historias vertidas directamente desde mi mente agitada, desde los quince hasta los veinte. Aquí está la libélula de acero que compré hace años en un mercadillo callejero y que todavía descansa junto a mis clavículas, y también la que más tarde sentí que debía tatuarme y duerme grabada en la piel de mi tobillo. Aquí hay metáforas y significados que sólo yo comprenderé. Está mi familia, la que conocí y la que no conocí, el sentimiento anarquista de mi abuelo, las muertes que se me pegan al alma y también las tristezas y las alegrías que me dan los que comparten mi sangre.

Aquí es donde también descansan mis ojos contemplando Florencia desde Santa Maria del Fiore y mis pasos por fin en París. La seriedad de Stonehenge y los resquicios de cada viaje familiar. Los lugares que quiero visitar, las cuentas que tengo pendientes. Los ojos ajenos que desbarataron mi vida y la pasión compartida. Libros, canciones, más películas...

Tantas cosas como caben en archivos que abarcan casi seis años. Lo pienso y parece una locura. Yo, hace cinco años, a 300 kilómetros de aquí, escribiendo mi primera entrada y ahora... Ahora aquí sigo. Sin saber muy bien por qué. Porque me gusta, está claro, y tal vez porque de alguna manera aquí me siento en casa. Mis raíces y mi existencia, de las que no debo avergonzarme aunque tengo motivos de sobra (dulces años que se escapan).

domingo, 26 de febrero de 2012

- ¿Era así como lo recordabas?

Caminan cogidos del brazo por el inmenso rastro de Madrid. Me pisan los talones mientras yo me abro paso distraída, y a mis oídos llega el eco de su conversación. Los escruto de soslayo y sonrío en mis adentros. Unos cincuenta años, gafas de sol, cogidos con ternura, mirada de ilusión en ella; él la contempla, con media sonrisa.

- Sí... O no sé... Vine hace muchos años, cuando mi padre nos trajo para comprar unos cuadros. Yo era muy pequeña, pero... - guarda silencio, ausente. La vida se está desarrollando ahora en sus recuerdos.- Sí, yo creo que sí. Que lo recordaba así.

Y siguen vagando, bebiendo de todas las imágenes que nos rodean. Hay personas que venden sus remembranzas en el rastro de Madrid; otros caminan esperándolos. Los recuerdos de otros, o los suyos propios, para compartirlos con alguien con quien pasean de la mano o sufrir una regresión en tonos sepia. O para vivir un rato despistado y robar un poco de domingo primaveral antes de hora. Camuflarme entre la muchedumbre, lentamente, dejando yo también que me asalte cualquier tipo de recuerdo.

viernes, 24 de febrero de 2012

- Tiene orejas de Alonso. Y la nariz igual. Si lo piensas, se parece al papá. Míralo bien, esa naricilla...

Mi primo Rubén, con apenas unos días de existencia, se retorcía en la cuna con esos ojos negros y profundos de vida recién estrenada. Sus orejas delataban que había sacado el parecido a la madre, en primera instancia, y de ahí el camino estaba claro: su abuelo materno. Pienso en mi tía, en su madre, y en su labio que seguro tembló ante la rabia de no haber podido presentarle su hijo a su padre. La misma rabia triste que tuvo que invadirla cuando su padre no pudo llevarla al altar, fruto de una muerte prematura que nadie entendió pero que todos tuvimos que aceptar porque no había otra alternativa.

¿Por qué a él? Yo tenía seis años y vestía una incomprensión despiadada y dolorosa. Mi padre me dijo que la gente se va, y a veces no importa si son jóvenes o viejos, que simplemente se marchan. Y yo recuerdo los sollozos de mi hermano en el baño, con mi madre y mi tía, y la ausencia del abrazo que creí, al entrar ese día en casa, iba a darle a mi abuelo.

Nos dejaste tus recuerdos. A mí, tu voz. Tus manos ásperas. La montura de tus gafas. Las bromas que legaste a mi hermano, ese humor Alonso que no decae, que sigue en tu hija, y en tu nieto... Esa mirada aviesa y esas orejas de Rubén, de Légolas que dice mi padre; de ti, que pensamos todos.

De ti. De tus recuerdos y la estela que toda persona deja, sobre todo si es querida, si es tu sangre, como tú. Tu sangre, que sigue aquí. Con nosotros. Latiendo en nuestras venas a pesar del parón de tus latidos.

martes, 21 de febrero de 2012

Si hay un vacío en mi vida y en mi horario, ¿por qué no llenarlos simultáneamente?

martes, 14 de febrero de 2012

No te intentes engañar; recuerdo cada fecha.

Las que debería recordar, y también las que no. Las no celebradas, las que se quedaron en mi pecho como un grito a media voz. Las lágrimas de después y las sonrisas que quitaban peso a esos malos días. Me dijiste cuando ya habían pasado cuarenta y un meses, cuarenta y una fechas, que la recordabas... ¿Tuvo que agotarse el amor para que la recordaras? ¿O debí creerte?

No seáis ingenuos. No esperéis a nada y no temáis dejaros llevar. Tampoco agobiéis ni forcéis las situaciones llegando al ridículo que más desacredita. Nunca penséis que no vais a volver a ser besados, porque siempre va a haber unos labios que os inciten a devolverles el beso. Hazlo cuando se deba hacer, no cuando sientas la garra del miedo apretando tu estómago. Pide consejos, pero no los sigas como si tu corazón fuera del que te los da. Actúa sin dudarlo pero con cuidado, procurando no lastimar a ningún amigo por mucho que las más primitivas necesidades te calienten la piel. Y sobre todo: demostrad que amáis. Lee lo que escriba, mira las fotos que haga para ti, aprecia sus esfuerzos, no subestimes sus capacidades, no pierdas de vista el detallismo, escúchale por mucha que te cueste, que no te pueda nunca la pereza. Hacedlo a tiempo, es importante. Algunas carencias son incurables, y cuando el amor flaquea se lanzan sobre su víctima, voraces, infectando la herida.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Es tan grande Madrid y nosotros a veces tan perezosos para recorrerla. Hay una parte de la ciudad que me causa especial curiosidad. La atravieso a menudo, y siempre ocurre lo mismo. Te cruzas con gente que camina en la dirección contraria, transitas al lado de alguien que toma la misma escalera mecánica que tú, te distraes y te chocas con personas con prisa y abrigo, y si tienes suerte te sonríen al decir que no pasa nada. Es el punto donde se cruzan las entradas y las salidas del cercanías en la estación de Sol. Justo cuando vas a subir las segundas escaleras y son todo miradas, extraños, esa ráfaga de viento y yo... que no soy más que otro rostro desconocido para toda esa gente.

Me da la impresión de que nunca se me va a quedar pequeña esta urbe. Pero me ocurre lo mismo con Zaragoza, y con cada ciudad que tengo la suerte de conocer. Y más ahora, que siento tanto espacio por todas partes, que prefiero ver sola las películas y los paseos se me hacen más agradables si caminamos solas mi música y yo. Que veo tan innecesario alguien a mi lado que la ciudad es mi mejor aliada. No quiero ponerme a pensar de quién fue la culpa, porque la realidad es que la soledad no me parece un castigo sino un alivio. Y es soledad cogida con pinzas, ya que tengo gente que está conmigo, y lo cierto es que estar solo, esta clase de solo, no es tan grave. Es simplemente otra etapa, otro estado que toca vivir y del que debemos sacar provecho.

Las prisas desembocan en una desesperación lasciva que se torna ridícula y traiciona tu imagen. No voy a negarme al choque de miradas, a los roces que encienden la piel, a un rostro extraño que me haga compañía quién sabe por cuánto tiempo. Pero tampoco rechazo mis días por no tener constantemente una piel que recorrer con las yemas de los dedos o unos labios que besar. Los labios en esta ciudad, y en todas, son infinitos.

viernes, 3 de febrero de 2012

Una calada pausada a su cigarrillo. El carmín mancha el filtro. Comienza a hablar.

- Quiero que sepas que al menos me hiciste escribir buenos textos. Y te lo agradezco. Que he hecho el amor con otros hombres encima de la manta que me regalaste, y debajo de ella. He dicho te quiero a pupilas que no eran las tuyas y lo más importante es que eran palabras sinceras. He descubierto que Janis Joplin tenía razón y que el mundo no acababa en Detroit como tú decías, que podía acabar, si se quería, en Katmandú. Que el sexo en pareja está sobrevalorado a medias, porque tú fuiste pésimo pero es mucho más bonito hacerlo con alguien a quien amas. El tiempo nos ha cambiado a los dos y yo he preferido seguir adelante, aunque no haya podido dejar esta mierda del tabaco. Que las lamentaciones de poco sirven, y que al cine también se puede ir con amigos o con la familia. O no ir: ya habrá días en los que se pueda ir mejor acompañado. La paciencia, mi ingenuo y antiguo amor, es la mejor aliada en estos casos.

- ¿Ya has terminado?

Otra calada.

- ¿Terminar? ¿Qué dices? Espero que esto no haya hecho más que empezar.

jueves, 2 de febrero de 2012

Siempre que me ocurre algo así pienso en mi padre y en mi madre. En esas discusiones en las que los nervios y las miradas férreas se desbordaban y pasaban hasta siete días sin que se disipara el silencio más espeso de entre las paredes de mi casa. Pienso en ellos y en si, a pesar de superarlo, les quedarán resquicios adentro.

Hay discusiones y tristezas a diario, pero hay unas, sólo algunas, en las que notas que algo se quiebra. Me ha pasado pocas veces, pero las suficientes para reconocer el vacío en el pecho y el ruido de cristales rotos en mis oídos. Es una mezcla de decepción y fuego helado en las venas, de una parálisis temporal en la que piensas ¿De verdad y por qué ha ocurrido esto? Saber que hay dolores irreparables duele, si se me permite la redundancia. Confiar de manera ciega en una persona que hace que el alma se te encoja de esa manera que notas incomponible. Y la perdonaré, sé que perdonaré y olvidaré esta impresión que todavía me dura, esta eterna rabia de saber que algo se ha perdido para siempre.

No sabría explicar muy bien cómo es. Ni cuándo lo siento y cuándo no. Son sólo cristales rotos. Sobrepasar unos límites que notas que no van a regenerarse, porque algo te lo dice. El dolor, las lágrimas, el sufrimiento, la decepción, la rabia no son sentimientos nuevos, pero sin embargo en estas ocasiones se sienten de diferente manera. Un punto y aparte, podría decirse. Un punto y aparte que no niega la existencia de párrafos nuevos, pero sí simboliza que los ya escritos no van a repetirse con esa perfección, y que los nuevos serán escritos con manos temblorosas, algo desconfiadas, dolidas de manera sorda.

Un dolor del que no puedes deshacerte. Como una cicatriz cuyo dolor desaparece pero no ocurre así con la marca en la piel. No duele, ni tira, ni escuece, pero está ahí y no se va. Y el hecho de que no vaya a desaparecer es ya molesto, triste... e incurable.

jueves, 26 de enero de 2012

Es agradable notar que el viento sigue soplando y que ya no hay lágrimas que deba secar sobre las mejillas. Es agradable salir adelante y ser feliz de una manera rutinaria, no interrumpida por la ansiada perturbación amorosa, pero suficiente si tenemos en cuenta los meses que cargo a la espalda. Es agradable no tener prisa y sí mucha paciencia; anhelar ahora alguien a quien amar no sería el camino adecuado para curarme, y la obcecación en encontrar a esa persona de nuevo sólo puede acabar siendo ridícula y desproporcionada. Es agradable sentirme íntegra desde que así lo decidí, y no traicionar mis principios ni darme al desaliento que deteriore mi imagen externa e interna. Es agradable tener gente a mi lado que atiza el fuego de mi sonrisa, que me presta sus manos y me lanzan sus palabras para que las atrape y construya los castillos que antes erigía, pero con otros arquitectos. Son agradables los días desde que aprendí a vivirlos, a calmar mis adentros y a convertir la tristeza en fortaleza, la angustia en la plenitud de mi espíritu, que poco a poco volvió, fuerte, tal como vaticiné.

No es el tiempo quien nos cura sino nosotros mismos. Conseguir sacudirnos las lamentaciones, inanes, y marcar desde ellas un sendero que nos conduzca a un lugar seguro. Un lugar que no reside más que en nosotros, pues pasamos toda la vida nutriéndonos, en mayor o menor medida pero siempre, de nosotros mismos. Consiste en despertar, afrontar, hallar, reflexionar, mostrar. En muchos verbos que conducen al mismo punto: tú. Tú y tu supervivencia como alguien firme o como un ser que se aferra a algo que hace meses que se fue.

jueves, 19 de enero de 2012

Alguna vez, todos, hemos soñado con grandes historias. Hemos movido los mecanismos de nuestras mentes que dibujan imágenes, nos convierten en protagonistas de esos sucesos. Fantaseamos con historias de amor, con esa big love story que nos vaya a ocurrir solamente a nosotros. No es más que el reflejo de un ansia, un anhelo que llevamos pegado a la piel incluso si no queremos admitirlo.

Pero el que alguna vez ha estado ahí lo sabe. Cuando ocurre, no es grandioso. No se dan grandes números ni citas románticas que no olvidarás nunca. Claro que no lo olvidarás nunca, pero no por el lujo o la originalidad o los detalles de película. Cada momento se convierte en el guión de una historia pensada y creada para que sea especial.

Se nos hincha el pecho al saber que tenemos a una persona a quien querer y quien nos quiere. Que esa persona nos está viendo crecer y está moldeando ese crecimiento con el sencillo -y uno de los más grandiosos que poseemos- sentimiento de amarnos. Es cuestión de matices. Nos cambia la mirada, la sonrisa, hasta el más visceral latido del corazón terrenal se torna diferente. Tener a alguien es sentirnos completos, cobrar el sentido que nos falta cuando nos hallamos solos. Y no es negativo, solos somos como vinimos al mundo, pero amar es un sentimiento primigenio que nos hace afortunados sean cuales sean el resto de nuestras condiciones.

Es un matiz mínimo y sustancial. Un capítulo añadido de una historia que de repente no controlamos sólo nosotros. Es imprimir un nombre a nuestros actos, uno que no es el nuestro, dedicar inconscientemente cada respiración a una figura ajena pero que sentimos parte de nuestro ser. Es conocer que has querido, pero no de esa manera. Escapa a nuestro control, y probablemente a nuestro entendimiento.

Soñamos con grandísimas historias. Es uno de los daños colaterales de la literatura, el cine y tantas otras multiplicaciones de la realidad. Soñamos con unos ojos en los que se refleje ese sentimiento tan humano y diferencial, esa ternura sorda que, atenta, nos cuida porque si falla fallaremos los dos. Una complementariedad cruel, pero única. Algo que todavía muchos no conocen, y algo que los que ya lo hemos conocido confiamos en recuperar un día. Amar, en sí mismo, es ya una gran historia. Una big love story.

sábado, 14 de enero de 2012

¿Existe la autenticidad? ¿Hay en este mismo momento algún territorio descontaminado, intacto? Hay quien dice que las ideologías caducan: mienten. La sangre se marchita, vuelve a la tierra de donde salimos, pero los ideales no palidecen. La soledad aquí no tiene cabida. Siempre hay alguna otra mente inquieta que sobrevive, lo perpetúa, lo hace eterno. Sé que la determinación que llevaba a mi abuelo a cruzar el Ebro a nado con la pistola debajo de la boina para acudir a las reuniones clandestinas de la CNT no se ha evaporado. Lo veo en los ojos furiosos de mi tío, y en el espíritu paciente y más calmado de mi padre. A su manera, los dos conservan ese ideal de sangre.

No obstante, no existe la caducidad pero sí el desgaste. Y me asusta. Nos creemos fieles pero acabamos mintiendo, entrando en el juego. ¿Es lícito si perseguimos un fin noble que creemos merecer? La única respuesta que tengo es la incertidumbre. Criticamos la manipulación pero imploramos silencio cuando somos nosotros los que la practicamos. Nos creemos, desde nuestra más primigenia humanidad, con poder para ello, libres de hacerlo. Débiles de hacerlo.

sábado, 7 de enero de 2012

Sólo los cobardes huyen de sus problemas. Cuando algo va mal, echar a andar hacia el lado contrario sólo trae dificultades. Más problemas. Y al final huir de tanto se convierte en una odisea. Se deben enfrentar, por ellos: para que no te superen; por ti: por el respeto que te debes a ti mismo y que ignoras para poder escapar.

Él lo sabe. Se ha cansado de estar a su merced, y ya no puede más amándola y siendo maltratado por el mismo motivo. El tiempo le ha demostrado que no estaba a su favor, que esperar para ver si las cosas mejoraban sólo le ha traído más vejaciones y manipulaciones feroces. Mientras camina evoca su rostro y los ojos se le llenan de lágrimas. ¿Por qué ha de tornarse tan difícil lo que otros consiguen tan fácilmente? La sencillez siempre ha sido la mejor manera de resolver las cosas. Pero no lo escuchaba... Y él no quería verlo.

Tiene las manos congeladas. Ha salido a la calle sin abrigo porque sabía que si se paraba a ponérselo iba a cambiar de opinión. Tiene que hacerlo; es ahora o nunca.

Se cruza con una pareja que camina de la mano hasta que a ella se le engancha el tacón en una alcantarilla, él se para a ayudarla y ella lo besa suavemente en los labios. Observa ese gesto, ese gesto tan sutil y trascendente, y no logra entender por qué hay personas que tienen que sobrevivir a base de colocarse por encima de los demás. Se responde a sí mismo que es por desoír sus miserias, que así se creen alguien. Pero las respuestas no le sirven. En ocasiones tu personalidad no excusa la crueldad. Hasta el ser humano tiene sus límites, y uno de ellos es el que se ubica en las personas que te rodean: irrumpir en su vida es salirte de tu propio terreno, lo que te obliga a actuar en consecuencia.

Ya está cerca. Si no llega pronto sus entrañas se contraerán y estará atrapado para siempre. No quiere seguir esclavizado, aunque sea lo que más ame en este mundo. Por fin llega, llama al timbre y le hace subir. Le abre la puerta y se encuentra con esos ojos impenetrables, cobardes, artificiales. Podría haberte hecho ver cosas maravillosas, piensa. Se muerde los carrillos. Respira. Recuerda. Determinación.

-Vaya cara que traes... Das hasta asco.

El primer golpe. Esta vez sonríe. No se esperaba menos.

-Tú, sin embargo, estás preciosa. Como siempre.

-Eso no hace falta que me lo digas tú.

Ella se muere por que él la abrace, le susurre cuatro cosas y comience a desnudarla. Pero no puede salirse de su papel, de su fachada eterna, y tiene que aparentar que es una persona diferente, una que le ayude a tapar todos sus miedos. Él, como si le leyera el pensamiento, se acerca lentamente y posa sus manos en sus hombros. La mira, pero ella sigue fingiendo desinterés, aunque tiembla ligeramente.

-Perdóname por esto.

-No te voy a perdonar. Ni siquiera me importas para tener que perdonarte por nada- dice ella. Ni siquiera sabe de lo que está hablando. Él suspira mientras cierra los ojos y se arrepiente de haber depositado una última esperanza en ella.

-Te quiero-. Y le roza delicadamente los labios.

Ella va a responder que se calle, que se deje de sentimentalismos. Pero algo se lo impide. Un sonido sordo, una quemazón en la ropa, una bala en el estómago que la deja sin respiración. Jamás ha sentido tanto desconcierto. Él la mira consumirse y deja que su cuerpo se precipite al suelo. Le cierra los párpados, bebe de esa mueca de estupefacción y se queda inmóvil unos segundos. Ahora sí está llorando. Por fin es libre.

viernes, 6 de enero de 2012

Una de las cosas más bonitas que te puede decir alguien la mañana de Reyes es que le ha decepcionado tu regalo. Irónicamente hablando. Una de las cosas menos afortunadas que me pueden decir cuando he pasado un año como el que he pasado, en el que sostener a los demás se ha convertido en mi única motivación que merecía la pena, y hacerles sentir bien. Una de las cosas más dolorosas cuando ayer terminé de trabajar y en cinco días empiezo los exámenes, y no sé ni cómo he sacado el tiempo suficiente para pensar, elegir, comprar, envolver, preparar. Así que he de aferrarme a uno de mis cinco propósitos de Año Nuevo o, tal vez, a dos.

Supongo que es normal, que a veces pasa, pero no sé qué manía tiene el Universo con que las cosas me ocurran en el momento más inadecuado. Cuando duelen más.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Si hablarais con mi corazón os diría que está harto de la que le da de comer, porque parece que no se pone de pie, que sigue de rodillas, como a mitad de la caída y del acto de levantarse. Que no entiende por qué la debilidad no remite, si sigue alimentándose.

Ya ha pasado mucho tiempo, y la sombra del fin de año y de cambiar de cifra en mi edad no son más que susurros sobre que debería haber remitido esta tristeza hace mucho tiempo. No voy a mentir, claro que ha remitido, porque en los paisajes oscuros en los que se convirtieron mis adentros brilla bizqueante el sol. Pero es esta tristeza, este sentimiento de vida agotada, la que siempre vuelve y se queda a dormir conmigo. Es como sentir que no tienes un lugar en el mundo, que tu tiempo aquí ha expirado y se han enterado todos menos tú misma.

Ya ni siquiera me cansan los tecleos de noche aderezados con agua y sal, porque se han pegado a mi piel como parte de mi rutina. Es una putada tener inspiración sólo cuando estás triste.

Se me comen los días, como si hubiera una cuenta atrás que resonara en mi oído constantemente. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Pero lo verdaderamente macabro es que no hay cuenta atrás, ni meta, ni objetivo que cumplir. Sólo días. Días, días, días. Días que van pasando y se queman. Si le preguntáis a mi corazón os dirá que se quedó en marzo; que aunque entonces el dolor era enorme, al menos se sentía vivo.

lunes, 26 de diciembre de 2011

- Te dije que no quería felicitaciones ni nada parecido.
- Venga, vamos, es sólo una vela y un pastel. Sóplala y pide un deseo.

Ella la mira con ojos nostálgicos pensando que no la entiende. Si la entendiera no habría aparecido con el dichoso pastel. Agradece el gesto, pero ahora el dolor es más grande. Quería que el día pasara sin más, como cualquier otro... Guarda silencio, sin soplar la llama titilante.

- ¿Qué pasa?
- No quería celebraciones. De verdad. Te lo agradezco mucho, pero...
- ¿Pero por qué? Es tu cumpleaños, deberías estar contenta. Y cumples 20, no 40, no entiendo por qué estás así...
- Es lo que significa esta edad. Si además te lo dije... Cumplir 20 es un parón. Comienzas a ver todo lo que has hecho y lo que no. Las maravillas despuntan antes de los 20, despuntar cuando ya los has cumplido ya no es maravilloso, sino simplemente un objetivo cumplido. Cumplir 20 es ser consciente de que hay muchos sueños que ya no cumpliré nunca. ¿Me entiendes ahora? Desde que recuerdo, me han sostenido los sueños. También es culpa mía, por dejarme, pero ahora... Ahora esos cimientos se vencen, y yo con ellos. Tengo 20, sí, y apenas he hecho nada, ¿comprendes? Ahora sé que si, por ejemplo, algún día piso Nueva York será porque es mi luna de miel, me ha tocado la lotería o llevo ahorrando 10 años de mi vida. Con esta edad se agota la magia. También será por el año que he pasado, pero es difícil, para mí este día significa un pequeño fracaso a nivel personal. Muchas veces me prometí que haría grandes cosas, y ahora sólo tengo grandes tristezas. No iré a ningún sitio sin una beca que me lo pague o sin un trabajo fijo que me haya ayudado. Es absurdo, lo sé, me quejo de estar encaminada a una vida normal cuando hay tantísima gente que desea una vida normal... Pero por eso quería llevarlo en silencio, para no tener que explicar mis motivos inentendibles y quedar como una egoísta de mierda. Yo me entiendo, me entiendo porque noto la pequeña tristeza, y quería llevarlo en silencio.

La otra la mira. Callada, en parte horrorizada, y sin saber qué hacer. Un suspiro acaba apagando la vela.

- Aun así, gracias por todo... En serio, ha sido un gesto muy bonito.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

- Esta maleta es una puta mierda. No cabe nada, joder.

Maldice mientras intenta completar el recorrido de la cremallera de la desgastada maleta azul. Su madre se le acerca por detrás y le pone una mano en el hombro. Ella para y respira con dificultad.

- Hija, tranquila, si total... Tampoco necesitas tantas cosas, ¿no? Además te las podemos ir llevando nosotros...

A sus cincuenta y tres años, tiene los ojos y el rostro arrasados. También el alma. Piensa que jamás en su vida, difícil como la de cualquier otra persona con cierta suerte, ha llorado tanto como hoy. Ni siquiera al principio, o después de los primeros datos. Ha visto a su pequeña, que ya no es tan pequeña, luchar contra la desesperación personificada en esa estúpida maleta. Debajo de su mano está el hombro hecho pedazos de su hija, igual que toda la extensión de su cuerpo. Sin embargo, si ella cae, a su pequeña ya no le quedará nada donde agarrarse. Debe ser fuerte o los cristales de escarcha harán que su corazón también se petrifique.

- Claro, mamá, qué tonta... He metido demasiadas cosas. Tampoco voy a necesitar tanta ropa, ¿no? Perdona, mamá...

Ve a su hija sonreír con tristeza, como animando los escasos resquicios que quedan de su espíritu. Es la sonrisa más gris que ha habido en esa fría casa, incluso contando con la muerte de la abuela. Quiere salir a la calle y gritarle a quien sea que la mala suerte se ceba con quien menos lo merece. Que hasta las leyes de la naturaleza deberían haberla elegido a ella, más mayor, con más años de vivencias a la espalda. Hay veces en las que el tiempo no significa nada; es sólo una melodía amarga que acompaña tus pasos y que jamás deja lugar al silencio. Como un recordatorio. Nada más.

Terminan la maleta mientras la madre le asegura que de vez en cuando le traerá cosas, como libros nuevos y alguna que otra película que su hija le diga. No sabe mucho de cine; cuando su hija le hacía ver alguna que a ella le había gustado mucho solía quedarse dormida en el sofá, debajo de la manta, mientras su hija le lanzaba miradas de soslayo y sonreía. Tal vez las vea ahora, ahora que estará sola. Aunque no sabe si será capaz de soportarlo.

- Vamos. El taxi ya está abajo.

- ¿Eh? Sí... Un-un momento, mamá.

Las yemas de sus dedos recorren las paredes como tantas otras veces. En su fuero interno no puede reprimir el pensamiento de que debería hacer ese gesto con los dedos mucho más arrugados. Pero se centra en los recuerdos: su infancia, las celebraciones familiares, los chicos que trajo a casa a escondidas. Son los recuerdos los que taponan el presente, y a menudo debe recurrir a ellos. Va hasta la puerta, y suspira. Se marcha. Desea con todas sus fuerzas revivir esas paredes, y en su más honda esperanza lo aguarda, en silencio, algún día. De momento, cierra la puerta tras de sí, se agarra al brazo de su madre, y emprenden la marcha. La marcha.

***

Al salir del taxi, les sobresalta la sirena fuerte de una ambulancia. Se miran y se toman de la mano para, al menos, adentrarse juntas en esa encrucijada, a pesar de que saben que sólo la vivirá una de ellas. No piensan dejarse, no hasta que puedan mantenerse juntas.

Entran, respiran ese olor tan dañino y evitan mirar otros rostros que no son más que los susurros de su propia miseria. Aguardan su turno, y cuando por fin les toca hablar les falta aliento. Fuerzas. Una vida entera.

- Sí, soy yo... Me atiende el Doctor Ferrón, me dijo que viniera a esta hora. Sí. Te-tenía que ingresar a esta hora.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Durante casi cuatro años luché contra una obcecación dolorosa, provocadora de discusiones y malentendidos que acababan en crueldad y en lágrimas. Algunas otras veces, también en abrazos. La obcecación, de vez en cuando, era mutua. Pero es duro amar a alguien a quien le cuesta tanto escuchar y, derivado de ello, comprender, reflexionar, razonar. La mente humana es una barrera que hay que saber tirar abajo desde tus entrañas simplemente para poder entender a los demás.

Pero, ¿debo seguir luchando? Cuando una persona desaparece voluntariamente de tu vida, y te somete a la aceptación de ese hecho, ¿es justo que intente reaparecer? Ya no soy la encargada de luchar contra tu muro, y pareces empeñado en que algunas cosas, como esta, no han cambiado. Claro que han cambiado. Han cambiado porque crecí bebiendo de tus palabras y ahora las rehuyo. Las rehuyo porque no puedo seguir expuesta al agotamiento que supone hacerte comprender, repetirte las cosas cientos de veces, luchar contra los juicios injustos que derivan de las películas de ficción que montas en tu mente y que para ti son axioma sagrado.

Esa ya no soy yo. La lucha le pertenece a otros, a otros a los que no les niegues parcialmente la entrada a tu vida y a otros que no tengan miedo de cómo vayas a reaccionar porque ya no se fían de tu comportamiento. Otros que sigan creyendo en tus palabras, otros que, a diferencia de mí, no las hallen malgastadas, reiterativas hasta la tortura, injustas. Sin validez.

Creí en ti ciegamente, y luché por que tú creyeras en mí del mismo modo. Pero, ahora, desde esta nueva óptica, me acosa la idea de que jamás llegaste a conocerme; sólo conociste la idea que te hiciste de mí. Hace casi doce meses pensaste que mi regalo perfecto sería un reloj de lujo, cuando siempre he desechado toda clase de lujos porque a mi juicio son innecesarios.

No tiene sentido librar una batalla con el pasado. Tampoco tiene sentido intentar incorporar en tu presente algo cuya fecha de caducidad expiró hace tiempo. Tal vez sí hubo un momento en el que pudimos ser amigos, normalizar la relación, charlar y reír juntos... Pero lo único claro es que ese momento pasó de largo y no sé si nos dimos cuenta.

Es duro, pero honesto. Yo no puedo opinar sobre cómo eres y en lo que te has convertido porque me acostumbraste a que tu persona estuviera fuera de mis posibilidades. Sencillamente, ya no me interesa cuestionarte, cuestionarnos o cuestionarme respecto a ti. Porque no quiero exponerme a otra caída y porque, no nos engañemos, ya no es lícito. Ni tendría sentido, porque ya no sé si nos conocemos actualmente... Sólo sé que para mí eres un fantasma del ayer. Porque así, los dos, lo hemos querido o hemos debido quererlo.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Tan preocupada como estaba en convencerme, no me he dado cuenta del miedo. No sé si son secuelas de la última historia, pero lo noto. Lo noto porque ya estuve ahí. Es una ligera inquietud, un agitamiento leve, que torna la mirada distraída y el espíritu ausente. Y yo lo noto. Lo siento. Y no quiero enfrentarme a ello.

Debería dar más de mí, pero mi alma se niega, se mantiene dormida, porque sólo así sabe que permanecerá en calma. Después de todo el hielo, todavía le quedan témpanos que la atraviesan. Lo más duro no es tener que calmarme yo misma los temblores, sino volver a salir ahí fuera. Salir. Salir con una esencia desilusionada que se niega a ilusionarse. No nos engañemos, a veces estoy hasta los huevos de este ridículo escudo de autoprotección del que no me puedo deshacer.

De eso, y de la desconfianza. De que me he vuelto tan mía que de todo sospecho, nada me convence, cualquier cosa ajena me tuerce la sonrisa y por cualquier circunstancia me molesto y quiero dejarlo todo. Me he aferrado de tal manera a mis propias entrañas que muy fuera de ellas estoy perdida. Sobre todo si me sobreviene esa sensación, que emana de alguien que no soy yo, de ese alguien clave, y pienso que sería y es totalmente normal. Porque cuando el corazón no se despereza después de tantos meses, es normal que aquel que espera decida seguir su camino.

No dejo de repetírmelo: yo no soy así. Yo me ilusionaba, yo estaba llena de ganas, yo soñaba con hacer el amor a todas horas, yo daba mucho más de mí, yo no era tan hosca, yo no dudaba tanto, yo hacía a las personas mucho más felices. Pero después de tanto tiempo... Después de tanto tiempo, tal vez toque replantearme que he cambiado. Total y definitivamente. Aunque en lo más hondo de mi ser haya una voz que grite que no. Que jamás.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Siempre es duro darte cuenta de cosas amargas. Pero es mucho más dura la reiteración. Caer en el mismo agujero una y otra vez, y sufrir el ridículo de pensar que la siguiente vez va a ser diferente.

No conozco el concepto de amistad de otra persona que no sea yo misma. Y en el mío no entran la inactividad, la pereza, la espera estática y egoísta, y tampoco el silencio en aspectos que de verdad, al menos para mi loca mente, sí que importan. No entiendo cómo en otras actitudes sí pueden reflejarse, y de nuevo la incomprensión me lleva al pensamiento de que tal vez la pieza que falla soy únicamente yo.

Pero se acabó. Lo más doloroso es que su inactividad contagia a mi actividad, que acaba marchita, bizqueante, pensando que sola no va a ninguna parte. No, no voy a ninguna parte. Y no puedo con más desesperaciones porque la gente no colabora, porque no quiero que mis ojos se llenen de rabia y de lágrimas así. No puedo más. Por eso debo optar por callar yo también, por actuar para mí. Se tendría que haber acabado hace mucho tiempo, pero soy tan tozuda que era incapaz de conseguirlo.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Estar enferma y con las defensas por los suelos no se combina bien con pensamientos en exceso. Toda mi vida, desde que recuerdo, he sido juzgada por mi apariencia física a los pocos segundos de que alguien me conociera. Luego vendrían los insultos y las peripecias personales que transformaron mi cuerpo por fuera y por dentro, sin pensar en ese momento que jamás iba a poder remediarlo. No es que los niños y adolescentes sean más crueles, es que la crueldad se recibe más duramente cuando eres niño o adolescente.

Por este motivo uno de mis propósitos vitales ha sido siempre no ser prejuiciosa. Tener la mente abierta, tolerar, intentar comprender lo más descabellado si viene de un humano como yo. Esto a veces me conduce a hablar de más, pues hay veces que el consejo no debe venir de otros, sino de mí misma.

Toda mi vida he luchado contra el impulso de prejuzgar y darme al insulto fácil, y a veces, creedme, resulta agotador. He llegado a estar en el abismo de ¿si no lo hicieron conmigo, por qué debería hacerlo yo? Pero pensar en esto me lleva inmediatamente al puro dolor de sufrir lo que sufrí, y no quiero que ese sufrimiento sea traspasado a nadie. Prefiero que se quede en mí, en mis recuerdos y en mi inseguridad irreversible. Por eso lo intento cada segundo de mi vida.

Pero estos días estoy oyendo todos sus gritos en mis oídos y vuelvo a dudar sobre lo que sería considerado prejuzgar. Oigo los gritos de tantas y tantas víctimas que, mereciéndolo o no, murieron o perdieron sus sueños para siempre. Viene a mí la voz de mi madre hablando del miedo que sentía ella y toda su familia, siendo muy pequeña. Viene a mí la percepción de demasiada injusticia, y siempre acabo en la misma pregunta. ¿Qué habría sido de mí si, con mi mentalidad actual, me planto en esos turbulentos tiempos?

Habría muerto mi cuerpo, o mi alma. Estoy segura. Podría haber sido una de las mujeres que expiraron junto a la tapia de cualquier cementerio, o una de aquellas que tuvieron que esperar cuarenta años para cumplir un sueño, sin querer ver que entonces, cuando todo acabara, iba a ser demasiado tarde.

Son tan diferentes las percepciones... El hambre, lo que tenían, lo que sufrieron. Creo que en cualquier investigación medianamente seria y neutral, una cosa está clara: el Franquismo no trajo paz. El silencio y la represión no son sinónimos de paz. Unos dicen que no pasaron hambre, otros cuentan que la autarquía económica, del año 45 al 57, no pudo sostener decenas de vida que murieron de inanición.

Yo sé que somos muchos. Y de cada uno de nosotros surge una idea, una perspectiva. Pero me he esforzado toda mi vida en ser tolerante, por eso duelen cosas como negada de mente. Por eso duele que no quiera recordar las palabras de una persona a la que quiero tanto y con la que quiero hacer tantas cosas. Porque si las recuerdo todos esos deseos de hacer mil cosas se disipan. Se van y sólo me queda una incomprensión profunda e hiriente, porque aunque me esfuerzo en comprender cómo una persona puede afirmar tal cosa, mi esfuerzo sólo me lleva a una tristeza que me asola entera. No lo entiendo, y cada vez que lo intento duele más. No lo entiendo, y esto no se me presenta como un obstáculo... Sino como un vacío.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Nunca me he parado demasiado a pensarlo, porque siempre acabo concluyendo que hay demasiados problemas estando vivos como para preocuparnos por lo que pasará cuando no sea así. Pero esta noche he deseado que existiera el cielo. El cielo, el paraíso, o cualquier trozo de espacio en el que se concentren aquellos que nos dejan desgarrados de dolor. A aquellos que esperamos, en vano, pues sabemos que sólo vamos a poder tocarlos en el aire etéreo de los sueños.

Lo he deseado de verdad, con todo mi encogido corazón, mientras sollozaba sin poder evitarlo abrazada a ti. Me has gritado desesperada que quieres que vuelva, que no aguantas más, que debe volver. Y desde el temblor de mis huesos he podido afirmarte que si, como has dicho, te deshaces en trozos, nosotros los recogeremos. Por un instante -puede que el único en toda mi vida- te he creído cuando me has dicho que, cuando dejes tú este mundo, lo verás. Verás a tu padre, a tu Jefe, a tu Señor, a la sangre que te mantiene brava, en pie aunque por dentro sólo haya ruinas.

Y que el reencuentro será amargo porque liberarás todas esas broncas que le guardas desde hace seis noviembres. Por iros. Por dejaros y dejarte. Por convertirte en la mujer férrea que eres ahora, a ratos niña y a ratos una femme fatale.

He sentido desde el tuétano que es cierto, y esa verdad ha llegado desde tus ojos a los míos, y he notado la sangre un poco más tibia. Nunca me he parado a pensarlo, pero en verdad... Si tú lo ves, yo te creo. Como también creo que aunque duela y pese siempre, y los brazos de tu padre nunca dejen ya de ser etéreos, tú seguirás en pie. Porque las promesas que haces las cumples, y esta... Esta es la que más parte de ti se lleva.

Juro que lo he sentido, he creído en eso por un instante. He sabido que había algo tras expirar, un lugar donde reencontrarse. Un cielo azul, soleado, libre de nubes, libre de reglas naturales y del paso del tiempo. Un espacio de justicia y esperanza. Donde volverás a estar junto a él.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Una de las tareas más duras a las que se enfrenta el ser humano, he aprendido, es a la tarea de saber estar solo cuando te has acostumbrado a la presencia de alguien. Es algo que algunos no consiguen, y es entonces cuando se esconden tras una máscara y dejan aflorar el egoísmo y la manipulación más pueril. Si algo he conseguido yo es fortalecer mi espíritu. Ese animal herido que era mi espíritu, a punto de expirar, apenas sin piel y ensangrentado.

Hoy camina parcialmente derecho y, lo más importante, mi animal camina hacia adelante. Lo he conseguido sin perder el corazón, el cual ahora está revestido de orgullo. Orgullo por no haber huido, por no haber apostado por vendar mis ojos ante una ridiculez como puede ser la vida que muestra la plataforma internáutica. He llegado al respeto y a la calma, y eso es lo que me reviste de orgullo. Cuando terminaron mis temblores supe que estaba repuesta. Cuando supe comprenderte y saber lo que pasaba por tu mente... Accioné los botones adecuados, nunca acercándome demasiado, pues eso era algo que me juré no volver a hacer nunca. Me di cuenta de que se trataba ya sólo de mí, y por eso corté el circuito que te permitía pisotearme, hacerme pagar por algo que no formé ni inventé, sino que simplemente ocurrió.

Ya es noviembre y eso me empuja a no vivir los noviembres de los dos años más recientes que llevo a la espalda. Desesperados, vacíos, intentando llenar algo que se fue hace tres años, con mi ingenuidad y mi desconocimiento de valores fundamentales de la vida que aprendí demasiado tarde. Este otoño me ha despertado fuerte, y puedo notarlo cuando ya no vacilo, cuando se acelera mi corazón pero no me tiemblan las manos, cuando te leo y mi cuerpo se mantiene impasible. En calma. Dueño de sí mismo. Hemos perdido demasiado en el camino, pero ahora se trata de que vayamos ganando propia e individualmente.

A menudo pienso en aquel hombre que dibujé un día en mis pensamientos. El primer hombre sobre la faz de la tierra. ¿Cómo podía sentirse libre si no conocía lo que era no serlo? ¿Cómo podía sentir la soledad acosándolo si todavía no sabía lo que era escuchar otra voz que no fuera la propia y tocar otra piel en otro cuerpo? ¿Confuso? ¿Íntegramente humano? Yo he sido ese hombre, en parte. Empezando de cero, como si la Tierra estuviera vacía, como mi cuerpo, y fuera poco a poco conociendo...

Hasta que mi animal comenzó a caminar fuerte. Se llenó de vida, desde mis propias venas, porque esta vez era una cuestión inalienable. Además... puedes apoyarte en alguien, pero el camino debe ser descubierto por uno mismo. Y aquí me hallo, con mi animal. Íntegra, presumiendo de no haberme dejado avasallar por el veneno ni de haber huido irresoluta. Fortalecida, con el espíritu renovado, dispuesta a llenarme de este otoño y de todos los que tengan que venir.

viernes, 21 de octubre de 2011

Apenas sé mucho de él. Creo que en diecinueve años he oído historias vagas, su nombre, sus fotos, pero nada más... Nada tan concreto como ahora.

Que se afilió a la CNT cuando era muy joven, cuando fue legal, cuando no lo fue. Que él, con más camaradas, cruzaba el Ebro para acudir a las reuniones clandestinas, guardando la pistola debajo de la boina, para que el agua dulce no penetrara en ella. ¿Tendría de verdad el sentimiento latente, creería en el cambio, soñaría con él?

Que con los tiempos grises que anunciaban una próxima Guerra Civil, la empresa donde trabajaba, Ford, le ofreció irse a Estados Unidos porque conocía sus afinidades. Que aceptó, hasta que la guerra estalló en Zaragoza, dominada por los nacionales, y recibió un ultimátum: luchar por la patria, o ver a toda su familia asesinada. Desapareció Estados Unidos, y así fue como un afiliado a la CNT luchó los tres años de guerra en el bando nacional. No obstante, su trabajo le permitió huir parcialmente de la barbarie de apretar el gatillo contra a saber quién: oficial de mecánico, su cometido era reciclar los camiones bombardeados para poder construir otros a partir de las piezas salvables.

Pasó la guerra. Pasaron muchas cosas de las que dicen apenas hablaba. Se casó, tuvo una hija, enviudó. Conoció a una muchacha dieciocho años menor que él, con la que se volvió a casar. ¿Un escándalo? Sí. Pero y qué. El tiempo narraría que dos tíos de esa mujer fueron asesinados durante la guerra por el bando nacional, uno fusilado y otro atropellado mientras iba en bicicleta. Otra tía, a su vez, consiguió ejercer de maestra en la Segunda República, siendo de las pioneras en el país. Un año más tarde, al ser republicana reconocida, fue encarcelada y su licencia invalidada. Nunca más volvió a impartir clases. En los años 80, durante la transición, fue indemnizada... Pero ya había pasado toda una vida.

Como decía, volvió a casarse. Nació mi padre, mi tío -el que más se parecería a él física e ideológicamente- y mi tía. Lamentablemente la vida le guardaba más sorpresas desagradables, y una simple muela acabó con él. Alérgico a la penicilina, lo descubrió justo cuando se la inyectaron en el dentista y mientras su hijo mayor -mi padre- lo llevaba a urgencias por su terrible reacción, mi abuelo notaba que se le escapaba la vida. Se le iba. Y así fue cómo, mientras mi padre conducía, le encomendó a su hijo mayor, aquel que tendría que sacrificar sus estudios y sus ansias por esta promesa, que cuidara de sus hermanos.

No soy capaz de imaginar con nitidez las manos de mi padre aferradas al volante con su padre en el otro asiento. Se me hiela la sangre sólo con la aproximación de esa imagen.

Pero lo consiguió, de alguna manera. Su hija estudió para ser maestra y su hijo, aquel que tanto se parecía a él, se licenció en Historia Contemporánea después de algún que otro encontronazo con su orgullo.

Días después de su muerte, mi padre tuvo que acudir a la delegación de la CNT de la época para darle de baja. Después de todo, todavía seguía afiliado.

martes, 18 de octubre de 2011

-¿Qué te has hecho en el brazo?
-Nada.
-¿Cómo te has hecho ese corte?
-No te importa. Déjame.
-Que cómo te lo has hecho.
-Que no te importa. Déjame en paz, te lo pido por favor. ¡Vete!
-No te suelto hasta que no me lo digas. ¡¿Quién te ha hecho eso?! ¿Qué coño te has hecho en el puto brazo?
-¿Quieres saber que me ha pasado? ¿Eh? Pues mira aquí. Y aquí. Y aquí, joder. Y este. ¿Te gusta? ¿Has visto que no sólo es el puto corte de mierda?
-Qué... qué te han hecho... ¿De dónde vienen todos esos moratones? Por favor... ¿qué es todo eso?
-Tenías que verlo, eh...
-Vístete.
-A sus órdenes.
-¿Qué ha pasado?
-¿Sabes de lo que te reías siempre? De ese club al que iba. Niños retrasados, les decías... Mira que eres gilipollas. ¿Te acuerdas o no?
-Claro que me acuerdo. Estabas ahí todo el jodido fin de semana. Con los críos...
-Sí, con los críos.
-Bueno, ¿y?
-No dejaban de venir, ¿sabes? Venían a reírse, a meterse con todos... Todos los días. Al principio sólo de vez en cuando, pero debieron de encontrar un divertimento o algo y empezaron a venir cada puto día... Los niños sufrían, pero ya sabes cómo son, vamos, si antes me escuchabas... Se mantenían felices, en su mundo. Pero ni siquiera así dejaron de venir. Llamamos a la policía y no hicieron nada. Que los ignoráramos, que eran más estúpidos que nosotros y que eso era todo. Serán hijos de puta... ¿Qué coño nos importábamos nosotros? Los importantes eran ellos, ¿comprendes? Claro que eran estúpidos, por no saber mirar más allá de lo que eran esos niños... No sabían mirar. No sabían.
-¿Y luego qué?
-Comenzaron a sobrepasarse. Empezaron a saltar las vallas y a meterse en el patio, a meterse con los niños, hasta que los echábamos. Pero un día cruzaron el límite. Guarros de mierda.
-¿Qué hicieron?
-Comenzaron a tocar a las niñas a escondidas, y también a algunos niños. ¿Sabes lo que es eso? Hay que estar enfermo, joder. Al principio no nos enterábamos. Dios, esos niños no dicen nada de eso... Tienen miedo a que sea culpa suya y alguien se enfade. Pero los notábamos callados, reacios a las caricias, miedosos. Algo raro ocurría. Algo muy raro. Hasta que lo vi... Dios. Lo vi.
-¿Qué viste? ¿Qué narices viste? Me estás asustando.
-La estaba violando. En mis narices. Por favor, si hubieras visto su cara... Salió corriendo el muy cabrón. Claro, qué va a hacer sino correr. El caso es que no pude más. Me volví loca, fue algo fuera de lo común, no me reconocía a mí misma. Salí detrás de él y vi que los demás lo estaban esperando. ¡Salieron corriendo todos! Putos maricas, huyendo de una tía como yo. Pero los seguí. No había corrido tanto en mi vida. Sentía una fuerza superior, inagotable, y ni siquiera me cansaba. Sólo quería verlos sufrir.
-Eh... ¿qué-qué les hiciste? ¿Qué pasó?
-Se conocían el barrio peor que yo. Se encerraron ellos solos.
-¿Perdona? ¿Qué hiciste?
-No están muertos, no flipes. Pero tampoco sanos. Como bien has visto, yo también recibí. Ya me visto, ya voy.
-Joder... Ahora sí que me siento gilipollas. No sabía que eras capaz de hacer algo así. Es decir, tú... No sé. Qué huevos. No-no te habría imaginado.
-Bueno. Tal vez tú tampoco tienes ni puta idea de lo que es mirar más allá.

viernes, 7 de octubre de 2011

Zaragoza me hace pensar siempre y reencontrarme con la parte de mí que entierro cuando estoy en Getafe. Creo que no voy a ser capaz de tener otra relación así de intensa hasta que no abandone esta doble vida. Una de las cosas que más me matan es sentir una ausencia cuando estoy en una de esas vidas, y cuando llego a la otra y la ausencia se disipa... no es suficiente. He aprendido que necesito estabilidad con alguien e inestabilidad conmigo misma. Aunque me duela.

Pero el caso es que vuelvo a este zierzo y me hallo tranquila. He sido capaz de sacarme a mí misma de esta espiral, porque tú no ibas a hacerlo, y a pesar de notar un vacío en los cuatro años que llevo a las espaldas... ya sé estar más tranquila. El 30 de septiembre pasó sin que me diera cuenta, y si fue así fue porque en parte nunca quisiste que fuera especial. No te reconozco en muchos aspectos, pero supongo que es normal, que tú a mí tampoco, que yo ahora también soy más seca y más triste. Que los dos somos más locos, y eso antes estaba bien, pero por separado... ya no es tan divertido.

Aun así no puedo evitar entristecerme al no hallar en ti a esa persona que a ratos me hizo feliz durante casi cuatro años. Sin eso, se me olvida el sentimiento intenso, tanta locura temprana, todas las veces, las miles de veces, que el mundo sólo era importante porque estábamos tú y yo. Comprendo que ya no me pertenece a mí el deber de encontrarte, y de esa comprensión surge precisamente esta sensación de calma.

De que ya ha pasado. Ya has pasado. Y tal vez el tiempo vuelva a juntarnos de verdad y tengamos la oportunidad de volver a conocernos ahora que hemos cambiado. Pero que hasta ese momento me tengo a mí misma y al presente, porque ya no tengo fuerzas para reconstruir el pasado distorsionado y herido en mi mente, y el futuro es algo que todavía se me escurre de entre los dedos.

Que si esta doble vida conectada por un viaje en bus de cuatro horas va a incapacitarme para sentir determinadas cosas, siempre queda la posibilidad de sentir otras. De centrarme en aspectos vitales más aburridos y lineales, pero importantes y esenciales, al fin y al cabo. Ahora ya me no me tomo el tiempo como un aliado o un enemigo. Es un factor más, una manta que me cubre a mí igual que cubre a tantos otros. Es otoño gris, sin tonos marrones y naranjas, un apoyo para mi imperturbabilidad, tan positiva como negativa. Ya apenas siento las cosas malas; ya apenas siento las cosas buenas.
Una exhalación, muchos suspiros, lágrimas, labios mordidos. El miedo taponando las venas y los pulmones, la angustia trepando por la garganta, el saberse perdido y saber que nada ni nadie va a poder evitarlo. Un tiro. Y el silencio del vencido. Ya no importa si hubo fuga, si no, cuál fue el motivo. La plaza del pueblo se cubre de sangre y sólo hay una causa y una consecuencia: la muerte. Las palabras se matan desde el mismo pecho, acribillado a tiros de espaldas a una pared, y se cree que así se gana, pero solamente se pierde. Una vida más, una persona menos. El rojo es un color que despierta dolor y venganza, ceguera y estupidez.

Años y años más tarde un herrero forjará una placa que rece Parque de La Memoria. Con ese nombre se intentará honrar a todos aquellos que con su sangre tiñeron el pueblo de carmesí. Lo que no se sabe es que en el dorso del metal el mismo herrero graba unas iniciales que le salen directamente del corazón, de su corazón vivo y salvado. Iniciales de amigos, vecinos, compatriotas, compañeros, hombres libres. Iniciales que se perdieron en la lucha, pero no en la memoria de ese hombre. Ni de muchos más.

Homenaje que, también años más tarde, será descubierto de casualidad y eliminado por lo de siempre. Esas iniciales antiguas, brillantes, escondidas solemnemente, sin ceremonias, porque no hacen falta si el sentimiento es sincero. De nuevo muertas. Por una injusticia de bandos, desigualdad de ideologías, política absurda que hoy en día nada tiene que ver con la muerte.

(Inspirado en una historia real).

martes, 4 de octubre de 2011

Va a un cajero y saca todo su dinero. No es mucho, pero debe doblar los billetes en cuatro para que le quepan en la cartera minúscula que tiene, y al principio no le entran. Se pone nerviosa, maldice, y al final mete el dinero en la funda de las gafas de sol y sale casi corriendo. No mirar atrás, importante no mirar atrás.

Emprende la marcha. Jamás se encuentra a alguien, sino que deja que la encuentren a ella. Quiere ser anónima y por eso inventa nombres y vida que nunca tuvo ni tendrá, mientras no para nunca de caminar. No mirar atrás, importantísimo no mirar atrás. Se le van terminando los billetes que guarda en la funda de las gafas e intenta ocupar su tiempo en cualquier trabajo esporádico que encuentra y no la compromete.

A veces se acuesta con alguien, aunque su imperturbabilidad no mejora mucho. Si llega al orgasmo lo agradece, pero si halla a alguien que no se esfuerza mucho en conseguirlo tampoco lo lamenta. Agradece la respiración de alguien a su lado, pero sólo durante unos minutos, los suficientes para que se le erice tanto la piel que no quiera volver a sentirlo. Hasta la próxima vez. La próxima cama.

Quedan muy atrás el cajero, las gafas de sol, las ganas de correr, el frío, el calor esporádico. Ella misma. Ya no se reconoce reflejada en los escaparates y no se sorprende porque tampoco se reconocía antes de iniciar la marcha. Todavía no se le han desgastado las suelas de las botas y mira que tiene ganas de que eso ocurra. El tiempo ya pasa demasiado despacio y sin embargo ha perdido tanto... Que no se encuentra. Por mucho que recorre. Por mucho que se repita que es importante no vacilar en no mirar atrás.

sábado, 1 de octubre de 2011

Es singular el ser humano. Aprecia lo que tiene, pero no deja de querer más. De acercarse al vacío y anhelar precipitarse para echarle la culpa a un inocente tropezón. Siempre queremos más. Nos gusta bailar con peligrosidad y perder el control mientras dominamos más y más la cadencia de nuestras caderas.

Al final una quemadura, una mordedura, un moratón... Y el recuerdo de haberlo hecho, de habernos caído. De haber querido más y haber querido conseguirlo. Al menos sólo para darnos cuenta de que estábamos bien con lo que ya teníamos.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Lo bueno de haber estado jodida de verdad -y no en el sentido sexual, ojalá fuera en el sentido sexual- es que luego hay problemas que agobian a la gente que te parecen auténticas gilipolleces sinsentido. Un problema que marca un punto y aparte en tu vida abre una brecha insalvable en tu percepción.

Desde ese momento caminas ajena a los gritos que hay en tu ambiente, calmando tus pulmones, porque si los dejas chillar a ellos se va a cagar hasta el último agobiado crónico que jamás ha sufrido como sufren las personas que se plantean dejar de vivir. Es cruel y soberbio, pero cierto. Hay afortunados que nunca han sufrido hasta el límite, que no han conocido la parte buena del amor pero tampoco la mala, y que por ello se acurrucan en su pequeño margen de dolor; por eso no entienden que a ti pueda dolerte algo que ellos ni se imaginan.

Esta reflexión la saco yo. Me dan tan igual cosas que antes me preocupaban que mi respuesta más fuerte es un mero bostezo. Entiendo que la gente se angustie por nimiedades porque yo, en otra época menos oscura, también estuve allí. Pero hay un límite que nadie que no viva dentro de ti debe cruzar, y como seres humanos nos corresponde ser conscientes de ese límite y no cagarnos en el respeto cada vez que nos da la gana y lo cruzamos.

Hay dolores que devastan, que su sólo recuerdo te llena los ojos de lágrimas. De lágrimas, de días enteros sin levantarte de la cama, de la mirada vidriosa y preocupada de mi madre, de toda mi familia desfilando ante mis ojos sin que yo los viera, y de una soledad profunda y tan peligrosa que empiezas a pensar que si la muerte se siente de manera especial tiene que ser algo así. Entonces eres tu peor enemigo, pues en tus propios adentros guardas un arsenal de armas cortantes que cercenan cada fibra de buenas sensaciones que todavía escondes. Eres tú. Tú el que hace que sufras, y tú el que te grita cada día tu dolor, te escupe en la cara tu verdad y se encarga de que no duermas tranquilo tampoco esta noche.

Hay zonas en las que la carne está fresca y herida, y la amenaza del olor a putrefacción es un acecho diario. Zonas que nadie puede ni debe manipular y curar. Zonas que ya palpitan con mi sangre cada segundo, y que forman parte de mí... Zonas que no deberían tocarse. Nunca. Ni siquiera por la más extrema ignorancia ni la más perpetrada estupidez.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Cortesía se da entre dos personas que no han alcanzado una intimidad suficiente, pero que de alguna manera les gustaría. En personas educadas, que no olvidan dónde debe ubicarse el respeto y que, también, si surge, podrían tener una relación más agradable con esa otra persona. Eso es cortesía, a mi entender. Cortesía en relaciones recientes y a punto de llegar a su mejor momento, o en relaciones recientes que no llegarán a nada.

No puede existir cortesía entre dos personas que se han destrozado mutuamente, sobre todo si las últimas palabras que se dedicaron estaban llenas de veneno. Si se perdió el respeto en el momento del dolor hecho a conciencia, y una decisión autoimpuesta perjudica confusamente a una de ellas y la otra insiste en que lo que le toca hacer es callarse, aunque no entienda. Ahí no puede haber cortesía. No al menos en este tiempo que todavía tiembla con las heridas; sobre todo si hay heridas que se sabe que no van a dejar de sangrar y que las cicatrices van a estar visibles siempre.

No me lamento de ello... Puesto que tal como viene esta tristeza se irá. Funciona así; al menos a ella la entiendo. Has optado por lo que siempre dijiste que no optarías. Te fuiste con las manos llenas de cuchillas, después del último abrazo letal... que ni siquiera existió.
Toca mantenerse fuerte. He mantenido más silencios de los que piensas, a pesar de que sea más cómodo pensar que estoy bien porque sí, y que no me interesa comprenderte. Si tú hubieras comprendido a su debido tiempo, las cosas serían diferentes... Al menos no estarías en mi memoria como un recuerdo borroso, agridulce. Ni siquiera la imagen de tu sonrisa en mis adentros me parece sincera.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Pensamos que una de nuestras mayores condenas es el paso del tiempo, sobre todo cuando dejamos atrás ciertos años que parecen mágicos y eternos. O eso dicen… nosotros aún estamos en esa frontera. El paso del tiempo duele, duele porque vemos que envejecemos y que vamos dejando atrás cosas que fueron fantásticas y que echaremos de menos con el regusto amargo de saberlas, de alguna manera, perdidas.

Pero nos pasa siempre, y aquí no hay excepción, y es que pecamos de una cosa: de impulsivos. Nos centramos en que se nos van los días, pero olvidamos lo que provoca que se nos encoja el corazón y se nos encienda la añoranza: justamente esos días. Nos arrasa la marea de un año más que pasa, pero todo lo que ese año ha acontecido es la calma que se pega a la piel cuando ya se ha marchado la breve tempestad.

El tiempo en esta ocasión también ha pasado. Veinticinco años. Lo increíble no es la cifra, ni que hayáis llegado aquí y nosotros podamos conmemorarlo con vosotros. Lo sobrecogedor es que hoy no celebramos una fecha, un aniversario más, sino todo el contenido de estos veinticinco años. Todo el camino que hay detrás de un número tan simple… Veinticinco.

Desgranándose septiembre a septiembre, nos habéis dado cada año que cumplíais desde que nos disteis la vida. No han sido años vacíos, sino años de aprendizaje, a veces duro y a veces más llevadero, de piedras en el sendero que nos ayudasteis a sortear, de sabiduría que llegaba de vuestra sangre a la nuestra. El tiempo nos ha formado con todo lo que nos disteis, y hoy podéis presumir de tener unos hijos que más o menos se arreglan, con sus más y con sus menos. Que han superado ya sus etapas más tortuosas, y que ahora se inician en la vida adulta como pueden, un poco a tientas, pero siempre con dos manos firmes que estarán dispuestas a sostenerlos: las vuestras.

Una cosa está clara y es que tenemos presentes todos estos años, y somos conscientes de que somos como somos por vuestra constante compañía. Que tenemos unos padres que nos quieren y así nos lo demuestran, de tal manera que nos habéis regalado parte de estos veinticinco años sin dudarlo. Habéis volcado la mayor parte de este número en nosotros, y aquí tenemos el resultado.

Que hemos llegado hasta aquí. Que hoy celebramos un aniversario, pero también toda una vida, nuestras vidas, con vosotros. Que estamos aquí, acompañándoos como vosotros nos acompañasteis siempre, y que un calor tenue en el alma nos susurra que va a ser así cada día, todos los años que nos quedan por probar. Más vueltas que dar al calendario, más hechos y momentos que lamentar cuando se vayan. Y claro que nos sentiremos tristes al recordarlos… Sólo así sabremos que fueron realmente buenos y dignos de conservar.

Gracias. Gracias por hoy, por todos los días que nos han traído aquí, y por todos los que vendrán. Por que sigamos juntos, con más noches como esta. Felicidades.


Nunca me había temblado tanto el pulso. Sus miradas cristalinas, la voz de mi hermano de fondo, mi corazón saliéndose por las muñecas.

viernes, 9 de septiembre de 2011

A veces caemos, y no hay problema si logras levantarte, que suele ser lo que conseguimos siempre. El verdadero contratiempo sobreviene cuando hay un obstáculo que supera nuestras fuerzas, y no conseguimos ponernos en pie. Entonces se suceden las noches sin dormir y los días exactamente idénticos: rotos, grises, tristemente tersos. En ese momento estás perdido. Vacío. Absorto en una realidad que se gesta en tus adentros y que ni siquiera comprendes. Tus actos se vuelven automáticos, sobre todo el respirar, y la vida no es más que un camino que andar porque alguien determinó que eso era así.

Sucede, en aquel momento, que entre tanta oscuridad comienza a asomarse un pequeño rayo de luz. Tímido, bizqueante al principio, pero constante en su aparición. Pesa que no hayas podido ser tú quien lo haya creado, pero entonces poco importa el orgullo y la autosuficiencia. Porque alguien te salva, esa luz te salva, y en tu pecho -en mi pecho- reconoces un golpeteo de sangre y esperanza que te suena de algo, pero que ya estabas olvidando.

Hoy mi rayo de luz particular cumple años. Siempre he pensado que en tu propio aniversario tiene que haber pequeñas sorpresas que te hagan sentir especial y lo he hecho lo mejor que he podido, pero su sonrisa mientras estábamos sentados en el cielo de Madrid me calentó de nuevo la piel. Han sido meses duros y llenos de turbulencias que han agitado mi alma y también, y no sabe él cuánto me jode, la suya. Por estar siempre, a cada segundo, por el repiqueteo de sus nudillos en mi puerta, sus camisas arrugadas por mis dedos y manchadas por mis ojos al abrazarlo.

Escribirle desde esta intimidad reciente me alivia, me hace sentir en casa. Él me hace sentir a salvo. Y porque quiero que su día sea especial, y que sepa que puedo llenarlo de palabras como me ha llenado él de vida. Por eso, y porque lo quiero... Felices diecinueve, Music Man.

sábado, 3 de septiembre de 2011

La charla se disuelve sin miradas directas ni palabras de despedida. Ella ni siquiera es capaz de enfocar la mirada para contemplar, quién sabe si por última vez, a esa pequeña criatura blanca que enciende el ánimo siempre.

Él, el de estar solo consigo mismo y deseo de no estar con nadie más, se va porque ahora lo que desea es acudir a una cita. Ella, quien no había pensado en la soledad voluntaria y tenía una cita a la que ya ni llega ni es capaz de ir, se retira con mirada temblorosa a su casa para no volver a salir.

Irónico, vacío, con falsa valentía. Se invierten los papeles. A destiempo. La soledad ha de ser soledad perpetua, sobre todo si es escogida, y nunca a medias. Nunca una excusa. Sobre todo si hay lágrimas. Sobre todo si ha existido la crueldad de una última arremetida fría mientras ella intentaba calmar su temblor. Las palabras de él... Se guardan en el archivo donde se guarda todo lo que ocurre cuando te atraviesa la espalda como un puñal el llanto. Un archivo borroso, lleno de dolor, poco útil para la vida.

Más útil habría sido evitar el Deja de lloriquear, una última mirada, hablar más bajo cuando él dice que se va a ir ahora porque ha quedado, demostrando su entereza. ¿Por qué no asumimos la carga de nuestras palabras? Este juego destructivo.

Ella quiso hace tiempo que se acabara. ¿Por qué no lo hizo? Porque en el amor siempre son dos, y las decisiones de uno afectan al otro. Por eso... No por ser cobarde. Por pecar de ingenua, como cuando tenía quince años y la cegaba la falsa maravilla de algo que ni siquiera tenía forma.

viernes, 26 de agosto de 2011

De noche el mar es más inmenso. La escasa iluminación en este pequeño pedazo de civilización en esta isla salvaje me brinda un cielo negro, perfecto. Tan perfecto que no se llega a distinguir su rotura contra la gran masa salada, y acaba difuminándose hecho espuma, entre la negra arena volcánica. Por un momento siento que estoy en un paraje mágico y desolador a la par; mi sitio... Un sitio donde podría estar tranquila para siempre, justo en la línea imposible que no conaigue separar el mar del cielo en la madrugada.

lunes, 22 de agosto de 2011

A quien mejor me conoce y más se sorprende de mí:

Después de todos estos meses, es muy agradable para mí saber que vos reposáis tranquila. Que ha vuelto el color a vuestras tímidas mejillas y poco a poco vuestra respiración es más estable. Llegué a temer por vuestra escueta sonrisa, llegué a pensar que os iba a engullir ese misterio que os acompaña, mi señora, y que en estos meses se había multiplicado desmesuradamente. Recé a los dioses para que regresarais conmigo, y aunque fracasé en muchas ocasiones, la dicha me embarga cuando pienso que no me di por vencida.

Porque, ¿qué me iba a quedar a mí, mi Lady, si vos os marchabais? Ya sé que eso sólo podían decidirlo vuestros agitados pensamientos, pero podría haberme arrancado la piel para que durmierais tranquila, haciéndoos un abrigo con ella para que no se os comiera ese frío del que tanto hablabais. Mi señora, la luz ha vuelto a vuestros ojos, puedo verla, y perdonadme si sonrío demasiado, pero me siento tan plena al ver que vos sois más feliz...

Os equivocasteis y nunca un error fue tan dulce. Os equivocasteis cuando decíais que no ibais a salir de este foso, que vuestras venas se estaban volviendo cada vez más azules porque los latidos os habían abandonado para siempre. Mentíais, señora, ¡y me alegro tanto de ello! Pese a todo, no me arrepiento de haberos secado ni una sola de las lágrimas que encharcaban vuestra delicada alma cada día. Estáis tan guapa sin llorar, contagiáis esa esencia infantil que temí se os agotara. Gracias al cielo mis temores no se cumplieron.

Mi señora, sigo estando a sus pies. Con vos siempre, cada día y cada noche, pues cuando vos sentís frío yo también, y cuando os sentís arder yo me siento de la misma forma. Las dos sabemos que esas malas noches no se irán del todo, pero sí podemos asegurar que respiramos tranquilas, que han cesado los temblores, que podemos mirarnos directamente a las pupilas sin miedo.

Mi Lady, perdonadme si alguna vez dije que os dejé de amar, pues fue una de las mentiras más viles que han salido de mis labios... Mis labios, que no son más que los vuestros, porque compartimos persona y cuerpo, y así será hasta que podamos, o hasta que una de las dos deje de amar a la otra, aunque creo que esto nunca ocurrirá.

viernes, 12 de agosto de 2011

Olfatea la puerta del ascensor esperando a que se abra, como siempre, con infinita impaciencia. Quiere salir ya a la calle, aunque al menos ya se le ha pasado el ímpetu inicial. Sigue respirando con fuerza con la mirada clavada en la gran puerta de metal, pero cuando oye el primer sollozo roto vuelve la cabeza y me mira con cautela. A la segunda sacudida de hombros se acerca hasta a mí, sin dejar de mirarme, y comienza a llorar suavemente, hasta que le rasco la cabeza y la junta con mi muslo.

Con mis mejillas apoyadas en la parte superior de su hocico, dejo que las lágrimas se pierdan en su pelaje blanco mientras le doy sonoros besos en la coronilla, y pienso que si bien es el recordatorio más nítido de por qué sufro, también es el alivio más importante que conozco. Soy consciente de que puede que en un periodo corto de tiempo sea otra quien lo saque cuando su verdadero dueño no pueda, y sea en otra en quien apoye su cabeza cuando los tres estén sentados o tumbados en el sofá. Sé que arañará otros brazos y probablemente lama otras lágrimas, pero en este preciso momento, en la quietud del ascensor y en la intimidad de estar solos en esa casa... Su inocencia me cura. Me quiere, a su manera, me mira con esos ojos marrones llenos de infancia y dejo de sollozar, porque no quiero asustarlo y porque Platón tiene razón en una cosa. Simplemente, vive.

sábado, 6 de agosto de 2011

Sandra me habla del regalo de cumpleaños que le hizo su chico, y me relata los días increíbles que pasaron en la playa, y la sorpresa que se llevó cuando él le explicó en qué iba a consistir el regalo. Mientras tanto, en otra conversación comento con un amigo que a veces quedarme en casa es mi mejor alternativa, porque ninguna otra opción me suele satisfacer, y las mismas paredes azules que pintamos hace tres años -cuando todo era muy diferente- acaban haciéndome daño en los ojos si las miro mucho rato.

Me hastía el calor, esas paredes azules, que hayamos dejado atrás los tiempos en los que pintamos esas paredes, los mismos paisajes, la falta de ganas de recorrer otros, otro fin de semana desperdiciado a pesar de que en teoría iba a ser lo único que íbamos a tener... Me desesperanza que siga fallando lo mismo, que los problemas sean los mismos, y mis anhelos me cambien, pues todavía noto esas ausencias, a la espera de que acepte que no se van a llenar jamás. Que cada uno es como es, y en aceptar a las personas está la gracia, pierdas lo que pierdas, con tal de comprender que son así.

Y si hay algo que me falte en el aire, en los adentros, tendré que buscarlo en otra parte, en otros ojos o en otras líneas. No es injusto, sino uno de los hechos más justos que nos ofrece la naturaleza. Si todos fueran como nosotros y cumplieran nuestras expectativas y lo que esperamos de ellos... ¿qué gracia tendría? Aunque tal vez sí se mitigaría, a cambio, mucho más este dolor que me pone de los putos nervios.