viernes, 9 de septiembre de 2011

A veces caemos, y no hay problema si logras levantarte, que suele ser lo que conseguimos siempre. El verdadero contratiempo sobreviene cuando hay un obstáculo que supera nuestras fuerzas, y no conseguimos ponernos en pie. Entonces se suceden las noches sin dormir y los días exactamente idénticos: rotos, grises, tristemente tersos. En ese momento estás perdido. Vacío. Absorto en una realidad que se gesta en tus adentros y que ni siquiera comprendes. Tus actos se vuelven automáticos, sobre todo el respirar, y la vida no es más que un camino que andar porque alguien determinó que eso era así.

Sucede, en aquel momento, que entre tanta oscuridad comienza a asomarse un pequeño rayo de luz. Tímido, bizqueante al principio, pero constante en su aparición. Pesa que no hayas podido ser tú quien lo haya creado, pero entonces poco importa el orgullo y la autosuficiencia. Porque alguien te salva, esa luz te salva, y en tu pecho -en mi pecho- reconoces un golpeteo de sangre y esperanza que te suena de algo, pero que ya estabas olvidando.

Hoy mi rayo de luz particular cumple años. Siempre he pensado que en tu propio aniversario tiene que haber pequeñas sorpresas que te hagan sentir especial y lo he hecho lo mejor que he podido, pero su sonrisa mientras estábamos sentados en el cielo de Madrid me calentó de nuevo la piel. Han sido meses duros y llenos de turbulencias que han agitado mi alma y también, y no sabe él cuánto me jode, la suya. Por estar siempre, a cada segundo, por el repiqueteo de sus nudillos en mi puerta, sus camisas arrugadas por mis dedos y manchadas por mis ojos al abrazarlo.

Escribirle desde esta intimidad reciente me alivia, me hace sentir en casa. Él me hace sentir a salvo. Y porque quiero que su día sea especial, y que sepa que puedo llenarlo de palabras como me ha llenado él de vida. Por eso, y porque lo quiero... Felices diecinueve, Music Man.

sábado, 3 de septiembre de 2011

La charla se disuelve sin miradas directas ni palabras de despedida. Ella ni siquiera es capaz de enfocar la mirada para contemplar, quién sabe si por última vez, a esa pequeña criatura blanca que enciende el ánimo siempre.

Él, el de estar solo consigo mismo y deseo de no estar con nadie más, se va porque ahora lo que desea es acudir a una cita. Ella, quien no había pensado en la soledad voluntaria y tenía una cita a la que ya ni llega ni es capaz de ir, se retira con mirada temblorosa a su casa para no volver a salir.

Irónico, vacío, con falsa valentía. Se invierten los papeles. A destiempo. La soledad ha de ser soledad perpetua, sobre todo si es escogida, y nunca a medias. Nunca una excusa. Sobre todo si hay lágrimas. Sobre todo si ha existido la crueldad de una última arremetida fría mientras ella intentaba calmar su temblor. Las palabras de él... Se guardan en el archivo donde se guarda todo lo que ocurre cuando te atraviesa la espalda como un puñal el llanto. Un archivo borroso, lleno de dolor, poco útil para la vida.

Más útil habría sido evitar el Deja de lloriquear, una última mirada, hablar más bajo cuando él dice que se va a ir ahora porque ha quedado, demostrando su entereza. ¿Por qué no asumimos la carga de nuestras palabras? Este juego destructivo.

Ella quiso hace tiempo que se acabara. ¿Por qué no lo hizo? Porque en el amor siempre son dos, y las decisiones de uno afectan al otro. Por eso... No por ser cobarde. Por pecar de ingenua, como cuando tenía quince años y la cegaba la falsa maravilla de algo que ni siquiera tenía forma.

viernes, 26 de agosto de 2011

De noche el mar es más inmenso. La escasa iluminación en este pequeño pedazo de civilización en esta isla salvaje me brinda un cielo negro, perfecto. Tan perfecto que no se llega a distinguir su rotura contra la gran masa salada, y acaba difuminándose hecho espuma, entre la negra arena volcánica. Por un momento siento que estoy en un paraje mágico y desolador a la par; mi sitio... Un sitio donde podría estar tranquila para siempre, justo en la línea imposible que no conaigue separar el mar del cielo en la madrugada.

lunes, 22 de agosto de 2011

A quien mejor me conoce y más se sorprende de mí:

Después de todos estos meses, es muy agradable para mí saber que vos reposáis tranquila. Que ha vuelto el color a vuestras tímidas mejillas y poco a poco vuestra respiración es más estable. Llegué a temer por vuestra escueta sonrisa, llegué a pensar que os iba a engullir ese misterio que os acompaña, mi señora, y que en estos meses se había multiplicado desmesuradamente. Recé a los dioses para que regresarais conmigo, y aunque fracasé en muchas ocasiones, la dicha me embarga cuando pienso que no me di por vencida.

Porque, ¿qué me iba a quedar a mí, mi Lady, si vos os marchabais? Ya sé que eso sólo podían decidirlo vuestros agitados pensamientos, pero podría haberme arrancado la piel para que durmierais tranquila, haciéndoos un abrigo con ella para que no se os comiera ese frío del que tanto hablabais. Mi señora, la luz ha vuelto a vuestros ojos, puedo verla, y perdonadme si sonrío demasiado, pero me siento tan plena al ver que vos sois más feliz...

Os equivocasteis y nunca un error fue tan dulce. Os equivocasteis cuando decíais que no ibais a salir de este foso, que vuestras venas se estaban volviendo cada vez más azules porque los latidos os habían abandonado para siempre. Mentíais, señora, ¡y me alegro tanto de ello! Pese a todo, no me arrepiento de haberos secado ni una sola de las lágrimas que encharcaban vuestra delicada alma cada día. Estáis tan guapa sin llorar, contagiáis esa esencia infantil que temí se os agotara. Gracias al cielo mis temores no se cumplieron.

Mi señora, sigo estando a sus pies. Con vos siempre, cada día y cada noche, pues cuando vos sentís frío yo también, y cuando os sentís arder yo me siento de la misma forma. Las dos sabemos que esas malas noches no se irán del todo, pero sí podemos asegurar que respiramos tranquilas, que han cesado los temblores, que podemos mirarnos directamente a las pupilas sin miedo.

Mi Lady, perdonadme si alguna vez dije que os dejé de amar, pues fue una de las mentiras más viles que han salido de mis labios... Mis labios, que no son más que los vuestros, porque compartimos persona y cuerpo, y así será hasta que podamos, o hasta que una de las dos deje de amar a la otra, aunque creo que esto nunca ocurrirá.

viernes, 12 de agosto de 2011

Olfatea la puerta del ascensor esperando a que se abra, como siempre, con infinita impaciencia. Quiere salir ya a la calle, aunque al menos ya se le ha pasado el ímpetu inicial. Sigue respirando con fuerza con la mirada clavada en la gran puerta de metal, pero cuando oye el primer sollozo roto vuelve la cabeza y me mira con cautela. A la segunda sacudida de hombros se acerca hasta a mí, sin dejar de mirarme, y comienza a llorar suavemente, hasta que le rasco la cabeza y la junta con mi muslo.

Con mis mejillas apoyadas en la parte superior de su hocico, dejo que las lágrimas se pierdan en su pelaje blanco mientras le doy sonoros besos en la coronilla, y pienso que si bien es el recordatorio más nítido de por qué sufro, también es el alivio más importante que conozco. Soy consciente de que puede que en un periodo corto de tiempo sea otra quien lo saque cuando su verdadero dueño no pueda, y sea en otra en quien apoye su cabeza cuando los tres estén sentados o tumbados en el sofá. Sé que arañará otros brazos y probablemente lama otras lágrimas, pero en este preciso momento, en la quietud del ascensor y en la intimidad de estar solos en esa casa... Su inocencia me cura. Me quiere, a su manera, me mira con esos ojos marrones llenos de infancia y dejo de sollozar, porque no quiero asustarlo y porque Platón tiene razón en una cosa. Simplemente, vive.

sábado, 6 de agosto de 2011

Sandra me habla del regalo de cumpleaños que le hizo su chico, y me relata los días increíbles que pasaron en la playa, y la sorpresa que se llevó cuando él le explicó en qué iba a consistir el regalo. Mientras tanto, en otra conversación comento con un amigo que a veces quedarme en casa es mi mejor alternativa, porque ninguna otra opción me suele satisfacer, y las mismas paredes azules que pintamos hace tres años -cuando todo era muy diferente- acaban haciéndome daño en los ojos si las miro mucho rato.

Me hastía el calor, esas paredes azules, que hayamos dejado atrás los tiempos en los que pintamos esas paredes, los mismos paisajes, la falta de ganas de recorrer otros, otro fin de semana desperdiciado a pesar de que en teoría iba a ser lo único que íbamos a tener... Me desesperanza que siga fallando lo mismo, que los problemas sean los mismos, y mis anhelos me cambien, pues todavía noto esas ausencias, a la espera de que acepte que no se van a llenar jamás. Que cada uno es como es, y en aceptar a las personas está la gracia, pierdas lo que pierdas, con tal de comprender que son así.

Y si hay algo que me falte en el aire, en los adentros, tendré que buscarlo en otra parte, en otros ojos o en otras líneas. No es injusto, sino uno de los hechos más justos que nos ofrece la naturaleza. Si todos fueran como nosotros y cumplieran nuestras expectativas y lo que esperamos de ellos... ¿qué gracia tendría? Aunque tal vez sí se mitigaría, a cambio, mucho más este dolor que me pone de los putos nervios.

domingo, 31 de julio de 2011

-Anda, ven que te curo.

Lo dirige al baño y él se sienta como puede mientras tiene la mirada perdida. Ella saca algunas cosas del botiquín que hay en el armario, conviviendo ambos con un profundo silencio.

-Esto sí que es nuevo… Que mi hermano llegue a estas horas con moratones y encima llegue contigo. Qué suerte habéis tenido de que mi padre fuera de noches.

En la cocina, casi al lado, la madre discutía con su hijo mientras ambos lloraban; una porque las heridas de su pequeño le dolían a ella y no podía con la incomprensión de la situación, y él porque la noche lo había acabado superando.

-Perdona-responde él al fin-. No quiero ir a mi casa así… Mañana… mañana iré. Ahora no creo que sea buena idea.

-Lo sé, tranquilo. No digo que no puedas quedarte.

Le limpia con cuidado la sangre seca que tiene en torno a un lado de la boca, e intenta no apoyar la mano en su pómulo, que sigue muy hinchado.

-¿Qué sabes sobre lo que pasa en mi casa?

Él, de repente, parece asustado.

-Lo suficiente como para no hacer más preguntas… No te preocupes, ¿vale? No las haré.

Él no responde, así que ella, incómoda, rompe los segundos vacíos, y sigue hablando, mientras repasa con el algodón cada centímetro de su rostro dañado. No es enfermera ni sabe muy bien lo que hace, pero intenta hacerlo todo con mucho cuidado.

-De todas formas, intenta no meterte en líos. Ni mi hermano ni tú. No creo que estas cosas le vayan bien a tu casa, y además…

-¿Además qué?

-Además no quiero que te hagan daño.

Respira con calma. Hace rato que todo el alcohol ha huido de sus venas, pero la última frase de ella es como un golpe. Ella…

-Dame otro beso, por favor.

-¿Otro beso? ¿Cómo te voy a dar un beso? Anda, por favor…

-Me acuerdo de la otra noche. Me acuerdo perfectamente aunque dijera que no. No iba lo suficientemente borracho, y además no iba a olvidar algo así…

-¿Qué?

-Eso…

-¿Y por qué dijiste que no recordabas nada? ¿Porque soy una cría? ¿Porque de verdad querías olvidarlo? ¿O porque eres un acojonado que le tiene miedo a mi hermano?

-No sé, no sé. Me bloqueé… Tenía miedo. Tenía miedo de que si yo lo decía tú lo negaras, que pensaras que había sido una equivocación. No eres una cría, claro que no es eso. Es que… no sé. Me dio miedo.

Ella se para en seco. Observa su rostro a escasos centímetros del suyo, pero ya no con concentración, sino con una mueca extraña de perplejidad y la desazón latiéndole en el pecho. Él no aparta sus pupilas de las suyas, y espera pacientemente a que diga algo, porque ya no tiene nada más que decir. Vuelve a sentir miedo, pero en parte siente el alivio de ver sus sentimientos desnudos y no tener que seguir escondiendo nada. El rostro de ella es un enigma, como siempre. De repente suelta la gasa y el yodo, y lo aparta a un lado. Sin dejar de mirarlo ni un segundo, posa sus manos a lo largo de la mandíbula de él, cierra los ojos lentamente y los vuelve a abrir un instante, antes de acercarse a él y crear esa oscuridad que acelera los corazones entre dos rostros.

Sin dejar de sujetarlo, besa sus labios con extrema precaución. Él tarda en reaccionar, pero cuando lo hace la lengua de ella se desliza con cautela, mientras de sus labios sigue manando una dulzura reparadora e inusual. Los recorre lentamente, sin parar pero sin acelerarse, y cuando por fin se separa de él aguarda a que también abra sus ojos castaños. Él, por fin, los abre, aunque ni con los párpados sellados había dejado de mirarla.

-Comprueba, ahora, si pienso que esto, y lo de la otra noche, fue una equivocación…

jueves, 28 de julio de 2011

Sonríen en las fotos. Sonríen mucho. Son una de las tantas parejas que está subiendo sus fotografías de verano, en pequeñas escapadas. De aquí me llama especialmente la atención una de ellas, porque él lleva traje y ella va muy elegante. En la siguiente aparecen en uno de los bateux parisiens que ofrecían cenas románticas surcando el Sena. A ella le saco un año, y me alegro de que sea feliz. Siempre tímida y callada, ahora parece otra persona. Sigo observando sus fotos, e imagino. Se quieren, reservan unos billetes, pide permiso a sus padres, cogen ese avión... Y vuelven con sus fotos. Con sus recuerdos al borde de la Tour Eiffel, y sus sonrisas manchadas de felicidad parisina.

martes, 26 de julio de 2011

Un día me compraré un coche e iremos juntos a cualquier sitio. O tal vez nos lo compremos los dos, o te lo compres tú si tienes suerte. Yo reservaré unos billetes baratos, porque sé que quieres viajar, y no importará el destino sino que cojamos ese avión y aterricemos en cualquier parte que se rinda a que la descubramos. Te hablaré en inglés y en francés para hacerte pensar, y tendremos largas conversaciones estúpidas en las que nos corregiremos los fallos y nos reíremos con su traducción directa en nuestro idioma.

Iremos a cenar al menos una vez a la semana. A veces compartiremos plato y otras veces no, pero siempre probaremos de lo que coma el otro a no ser que no nos guste. Tú pedirás de postre algo de chocolate y a mí me dará igual con tal de verte comértelo lentamente, para que no se acabe nunca. Un día no acabaremos nunca.

Un día no te soltaré y no tendrás derecho a quejarte porque tú estarás igual y ya no tendremos ningún remedio conocido. No nos dará miedo hablar de nada y me contarás todas tus ideas aunque sean alocadas, siempre y cuando quieras escuchar las mías. Alimentaremos las suelas de nuestras botas con cualquier calle, conocida o no, y se nos borrarán las huellas dactilares de caminar cogidos siempre de la mano. Discutiremos, pero siempre acabaremos las discusiones porque a uno de los dos le entra la risa, y si hay lágrimas las usaremos para limpiarnos las heridas mutuamente.

Un día podremos hacerlo... Un día te conoceré y seremos así. Nos trataremos como si nos hubiéramos echado de menos siempre.

domingo, 24 de julio de 2011

Tus palabras me hacen parecer alguien insensible. Es curioso, a veces me elevan y me encienden desde adentro, y otras no son más que el reflejo del daño que te hice sin poder evitarlo. Bueno, en realidad sí podría haberlo hecho, pero eso no habría sido honesto, no para ti, y mucho menos para conmigo.

Anoche lo observé sentado solo en el bus, mirando el móvil, sintiéndose extraño entre todos nosotros. Y me reproché a mí misma el haberlo juzgado tan rápido, porque su tristeza llegó a mí y me asoló por completo al recordar el miedo que me dio tomar esa decisión que acabó en parte con todo lo que había sido estos últimos años. Lo vi sufrir, y pensé que tal vez la amaba de verdad, y que por tanto la decisión de dejar a su familia había sido la más dura que había tomado nunca. Y su valentía, aunque torpe y a destiempo, digna de recordar.

Pero es injusto. Es injusta esta orilla del río, es injusto que se nos juzgue por haber dejado de amar o por creer que hemos dejado de hacerlo. No es justo tener que soportar ciertas palabras y miradas, optar por la lejanía o perder aquello que te importa. No es justo estar expuesto a eso, y mucho menos deber hacerlo. Dejar de amar puede doler tanto como aguantar que hayan dejado de quererte, aunque a ojos de ajenos no seamos más que asesinos despiadados de corazones.

No fue en vano. Tuve mis motivos y después de todo el movimiento de estos últimos meses sólo sé una cosa... Que no quiero retroceder. Volver a la misma rutina autodestructiva. Quererte sin que me quieras entonces, no quererte cuando me quieres. No podré soportar más cambios de actitud, porque ya tengo suficiente con soportar día a día a la culpabilidad compartiendo cama conmigo. Esa que se acrecenta con tus comentarios y tu dolor sordo. Que ojalá pudieras llorar... aunque me dijeras que era porque no tenías más lágrimas, que se te habían acabado todas. A mí aún me quedan, y al ritmo que voy y que vamos... todavía hay para un rato largo.

miércoles, 20 de julio de 2011

Podría untar mis dedos de maravilla y así ser eterna. Cuando por fin encontré mi camino me dije que quería que mi vida se basara en hacer sentir a la gente. A ratos siento que es una profesión inútil, porque no curo, no arreglo divorcios, no entrego cuentas, no satisfago a la sociedad de una de esas necesidades imperiosas que nos acosan. Pero luego pienso en qué sería de nosotros sin el sentimiento y el mundo se me antoja enteramente mío.

Puedo mover los hilos de una existencia imaginaria que actúe como un reflejo de la propia. Quiero arrancar de cuajo la piel del pecho de quien me escuche y me vea, y llegar hasta donde puedan llegar las palabras y los sueños. El tiempo corre en mi contra cuando observo que las maravillas despuntan temprano. Pero yo no sueño con ser maravillosa, sino con poder crear una fascinación transparente y capaz de eclipsar almas similares a la mía.

martes, 19 de julio de 2011

Me horroriza enormemente cuando me piden consejo sobre una relación medianamente seria. Pero más me horroriza escucharme contestar con serenidad, llamando a mis fantasmas para intentar dar una respuesta sabia a mi juicio, y sintiéndome de repente infinitamente anciana. Como si hubiera vivido treinta años de golpe, y se me echaran encima todas las canciones de desamor que existen. Como si me atacaran todos esos recuerdos que me acosan y me oprimen el pecho, diciéndome que no fue una pesadilla, que ocurrió de verdad. Pero ya no quiero alimentar más esos malos espíritus. Quiero quedarme con el ahora, no con lo que ocurrió y no llegó a ocurrir y eché en falta. Quiero sentarme conmigo, charlar y mirarme al espejo sin titubeo. Demostrarme que sigo entera, y totalmente perdida, pero dispuesta a caminar porque será lo último que pierda antes de caer definitivamente: las ganas de andar.

Últimamente no hago más que fijarme en las parejas de quinceañeros que caminan despreocupadas, y echo de menos esos años llenos de aventuras y sentimientos desnudos, intensos, sin pizca de maldad. Tantos lloros pero tantísimas sonrisas y tantas vivencias que ahora, si ocurren, se me atragantan en el estómago. Los veo felices y pienso... Pienso. Y acabo suponiendo que esto, en teoría, debe de ser crecer.

miércoles, 13 de julio de 2011

Las ansias de información nos invaden desde que somos bien pequeños. Algunos adultos nos dicen que ese sentimiento recibe el nombre de curiosidad, pero conforme crecemos el término cambia, se transforma e incluso llega a deformarse. Mis dedos han sido rápidos estos últimos meses, y en las palabras encontraba un alivio que en realidad era inútil, excepto en los momentos en los que me topaba con un comentario de aliento y mis labios se curvaban ligeramente.

Ahora estoy optando por un silencio más calmado porque esa curiosidad púber puede alcanzar límites insospechados de avaricia que yo no quiero alimentar de ninguna manera. Si algo he aprendido en este agitado 2011 es que con mi vida me es suficiente, y no necesito meterme en la de ninguna otra persona, salvando las distancias con las vidas de aquellos que amo, claro. Pero amar no tiene nada que ver con la hipocresía de la que hablo.

Podemos aparentar que tenemos una vida que nos satisface. Que somos felices. Estamos saciados. Contentos. Llenos de dicha por nuestros días y las personas que nos acompañan y que incluso nos colman de regalos. Sin embargo, nuestros tobillos sangran cuando nos damos cuenta de que cojeamos. Que no somos tan felices, ni estamos tan satisfechos con nuestra vida. Que necesitamos que otros nos cuenten sus miserias para sentirnos mejor, o descubrir las miserias de aquellos otros de manera furtiva, y fingiendo delante de la gente que somos autosuficientes.

Es terrible el temor a estar solo y taparlo con fingida perfección y una perversión gélida. Pero peor es dañar a las personas y desearle el daño a otras... para acallar a tus demonios más oscuros. ¿Sabes qué? Que ya no te voy a dar lo que piden tus falsos ojos.

sábado, 2 de julio de 2011

Ante tu ausencia prolongada mi mente ha explotado en mil hipótesis que me asustaban. A los que me preguntaban que por qué estaba triste, podría haberles contestado que simplemente imaginaba. Porque no es otra cosa. ¿Habrá decidido alejarse al verme así? ¿Tal vez se haya cogido un bus al pueblo para estar tranquilo? No, él no tomaría la inciativa de coger un bus por sí mismo... ¿Estará durmiendo, para olvidarse de todo? Le daré un día, o dos, luego le llamaré, porque él me enseñó que huir no es el camino.

En realidad, fumabas marihuana con un colega y supongo que tú estallabas en risas, como el sábado pasado volviendo al amanecer, cuando tus carcajadas rasgaban la quietud de la ciudad, mientras mis lágrimas seguían brotando muy silenciosamente. Ojalá fuera como tú. Tan despreocupada, tan liviana, tan individualista. Sigo pensando cosas que no te definen, cosas que fueron las que nos mataron. Su ausencia, en verdad, nos asesinó despiadadamente. Pero el apoyo más grande de ese crimen fue mi mente soñadora y confiada. Confiada en que ibas a corresponder aquello que anhelaba.

¿Sabes qué? Que no se puede huir si no se ha comprendido a la otra persona, por eso yo no necesitaré recordarte nunca que no se debe escapar. Y, por supuesto, aquel que sufre realmente... no estalla en carcajadas. Yo... No te conozco. O tal vez erré la primera vez que lo hice.

viernes, 24 de junio de 2011

-¿Y sabes qué es lo peor?
-Qué.
-Que no vas a entenderlo, como siempre. Porque ni siquiera vas a leerme...
-¿Decías algo?
-Que sí, que sería increíble. Buenas noches.

jueves, 23 de junio de 2011

Se lo comentaba a Marcos y es cierto. El viento impactando en el rostro mientras la muñeca se contrae y se acelera un poco más, con mis manos cercando la cintura que conduce la moto que ataca la Zaragoza más nocturna. Después de que me ayudaran a ganarme una calma inválida, totalmente relajada sintiéndome volar con la única interrupción del chocar intermitente de los cascos. Y el recuerdo en la memoria de que aún te debo un café, un pañuelo que llené de lágrimas y que debo lavar y sobre todo mucha calma. Que se va recuperando.

domingo, 19 de junio de 2011

Creo que uno de nuestros mayores errores a la hora de buscar a alguien que nos complemente es que buscamos la perfección que nos aplicamos a nosotros mismos, sin ver que un complemento es algo que se suma a otra cosa para hacerla plena, íntegra. Aun así yo no aprendo. Sigo buscando que, como yo, te intereses por todas mis palabras y me descorazona el hecho de comprobar que me leen más las almas más cotillas y rencorosas -la generalización en plural es un signo de respeto, más que de otra cosa-, que se meten con más asiduidad a este rincón, que tú mismo. Como siempre. Ese siempre que conlleva que, en realidad, nunca te han interesado con la misma pasión mis palabras. O la información que pudieras hallar en ellas.

Anoche me dije que confiaba en la sensación con la que me despertara hoy. Sin embargo, respecto a esa determinación sólo he sentido un inmenso vacío al comprobar el móvil y el ordenador, aparte del dolor que late cada segundo en mis venas porque estoy destrozando a alguien que no se lo merece en absoluto. Alguien que, como dato curioso, sí se interesa con pasión casi enfermiza -como yo- en casi todo lo que escribo.

En teoría yo no estaba perdida. No podía estarlo. Mi situación no era comparable, ni lo es, a la de aquellos a quienes estoy dañando y mi integridad física y mental era un hecho que todos llevaban en la boca. En teoría. Porque no hago más que sentir que me choco contra las mismas paredes, a pesar de las cicatrices de anteriores golpes, sin haberme aprendido todavía el camino correcto.

sábado, 18 de junio de 2011

Me lo está enseñando sabiamente Míchel Suñén con las líneas que de manera tan hábil escribe. En Vanesa King, uno anoréxica que siendo ya un espíritu famélico y totalmente desnutrido tras el deterioro sufrido a lo largo de la novela busca perder más peso en la sadorexia, estoy hallando el recuerdo de sucesos que me encienden la piel de gallina. Vanesa King me está haciendo recordar.

Me está haciendo recordar esa profunda y desoladora frustración de pensar por qué tiene más mérito aquel que come como un cerdo sin engordar un gramo que aquel que se deja la piel, y muchas veces la infancia y la adolescencia y su vida entera, en controlar un peso que sube más rápidamente por un capricho, sin más, de la genética. Recuerdo las traumáticas dietas de la infancia y de mi escueto almuerzo frente a los suculentos pecados que mostraban mis compañeros en el patio del recreo. Mi padre pesando conmigo el pan que iba a poder ingerir en esa nueva dieta, incrédulo, pesándolo una y otra vez haciendo cada vez más pequeño el pedazo que había cortado al principio, mientras una niña de apenas ocho años lo miraba en silencio, sin nada que pudiera decir. Recuerdo el temor a que alguien me cogiera en brazos en los típicos juegos de niños, y cómo nadie quería cogerme nunca, y cómo hoy por hoy sigo temiendo que alguien me coja porque pienso que, en efecto, voy a terminar aplastándolo.

Recuerdo la adolescencia primeriza y la satisfactoria sensación de triunfo después de pasar desapercibida y conseguir mis primeras veinticuatro horas sin comer absolutamente nada. También, eso sí, recuerdo el miedo que me dio mi propia alegría, y posteriormente mis ojos postrados en la taza del váter mientras lo intentaba y no podía. Nunca pude, en realidad. Recuerdo la simpatía instantánea que causaba una chica esbelta a los desconocidos, y cómo las demás teníamos que ganárnoslo, aunque a veces ni nos escucharan.

Recuerdo las felicitaciones por la pérdida de peso, las sonrisas que me dedicaban, y cómo apuntaba mentalmente echarme una palada menos de comida ese día. Recuerdo, amargamente, que justo cuando empecé a hacer el imbécil con la comida fue cuando se me interrumpió el crecimiento del pecho. Recuerdo las miradas inquisidoras de mi madre y el mismo comentario repetido de mi abuela. Recuerdo los textos con los que me desahogaba y que siempre acababa borrando, porque me daba auténtico pavor publicarlos. El dolor llano e irracional que causaba ir a comprar ropa y los foros de Internet donde miles y miles de Anas y Mías contaban sus vivencias y sus trucos.

Yo no llegué a cruzar el límite a pesar de que bailé un par de veces a su alrededor. Pero sé que es duro, y que tantas dietas infantiles y miradas de reproche del pediatra acaban en la resignación cada vez que me miro al espejo o me quiero subir a la báscula. Siguen los comentarios jocosos, pero inocentes, porque no saben lo que hubo y hay detrás. Sigo envidiando a esas chicas esbeltas de piernas largas y perfectas, sin gemelos con demasiada envergadura o cartucheras excesivas. Pero no por tener esas piernas, las envidio sobre todo por haber tenido esa suerte al nacer, y porque no saben lo que es atravesar una situación así, y de vez en cuando tener que lidiar con tantos recuerdos.

No os voy a engañar. Nunca había escrito sobre esto y leyendo a Suñén estoy reflexionando profundamente sobre el tema. Me siento bien con mi cuerpo, aunque sé que de manera eterna voy a verle fallos y nunca seré capaz de sentirme perfecta o creer a aquellos que insistan en que les encanto físicamente. Arrastro la inseguridad de quien quiere cogerme en brazos o los días de desvíar la mirada cuando paso ante un cristal. Pero de algún modo escribir esto y descubrirme tan vulnerable me alivia, porque he descubierto que es algo que no me aprieta por dentro.

Yo he sido capaz de verme sexy, atractiva y bella frente al espejo, a ratos y a días, pero capaz, al fin y al cabo. Pero conozco esa honda desesperanza, acompañada de la incomprensión de quienes no conocen esto, esa angustia repentina a la que acabas acostumbrándote, pero que te erosiona de igual manera. Sin embargo, yo tuve suerte y supe dejar eso a un lado y aceptarme, aunque hubiera momentos de verdadera flaqueza. Aunque todavía los haya, y no haya hablado jamás de esto salvo conmigo misma, y siga empapando mis mejillas de lágrimas cuando intento purgarme.

jueves, 16 de junio de 2011

Miró sus ojos y sólo pudo ver el infinito más frío y desolador. Aun así ignoró el sentimiento invernal que le despertaba y apretó el botón de la cámara. Sonó el chasquido de rigor y la figura que estaba fotografiando no se movió un ápice. Tampoco cambió su expresión, y el fotógrafo tuvo que subirse la cremallera de la chaquetilla que se había puesto esa mañana simplemente por complementar el resto de sus prendas de ropa, no por pura necesidad. ahora, sin embargo, tenía frío de verdad.

Se le ocurrió decirle que tenía que cambiar el carrete para despegar su mirada de esos ojos gélidos, pero se acordó a tiempo de que tenía en sus manos una cámara digital, de esas que ya no necesitaban carrete. Aun así se excusó mediante la afirmación de que debía cambiar de objetivo para captar más profundidad de campo, y se agachó para rebuscar en su mochila. Intentó calmarse. Había hecho millones de fotos a miles de personas diferentes. ¿Estaba tonto o qué?

Se incorporó decidido y apoyando la idea de que estaba exagerando. Para cuando fue a sujetar la cámara y a mirar por el visor, la silla estaba vacía. No había modelo, ni signo de movimiento alguno, ni ningún eco de pasos que se alejaban. Sólo silencio y el nuevo objetivo precipitándose hasta impactar en el suelo con estrépito.

martes, 14 de junio de 2011

Hacía meses que no había textos. Tampoco salidas sorpresivas ni salidas a secas. Nos movíamos en la misma rutina, que nos servía, hasta que algo dejó de funcionar en mis adentros. Cuando te preguntaba por qué ya no escribías sobre mí me contestabas con que en mi flog tampoco salías tú. Un día me encontré sin la preocupación de encontrarme en tus líneas porque había aceptado que ya no iba a estar, y adopté la preocupación más gigantesca de sopesar si quería seguir moviéndome en esa rutina contigo. Cuando fui verdaderamente consciente, me sentí un monstruo. Sopesar ya implicaba dejar de amar con la misma intensidad, pues de lo contrario no sería ni siquiera necesario.

La gente, en incluso tú, piensan que fue repentino. Que tardé una semana en tomar la decisión y otra semana en recuperarme. Sin embargo, tus labios a los seis días ya estaban en otros labios ya vaticinados, y tus labios también probaron lo que era combinar sabores el mismo día y con muchas lágrimas de por medio. Mis labios también se aventuraron, pero siguen torcidos. Torcidos en una expresión de tristeza que ya dura meses, y que a los ojos de la gente, incluso de ti, no debería existir.

Yo fui feliz como nadie. Y en mi decisión fue en parte mi suicidio. Un suicidio real, no un tanteo infame. Con la consiguiente condena de seguir viviendo con eso en la mente las veinticuatro horas del día, aparte de opiniones y comentarios ajenos que despertaban las risas de mi ser más irónico, y me hacían lamentar cuántas personas existían que todavía no sabían lo que era amar de verdad.

Yo también vi una luz. Pero como siempre mi mayor error fue creer en lo que mi mente dibujaba, y ahora me enfrento ante bocetos que no han salido de mis manos. Esto funciona así. No sólo lo hago funcionar yo. Somos dos; o lo fuimos y ahora se pelean nuestros resquicios.

viernes, 10 de junio de 2011

Olvidarse de todo. Sentirte en paz de una manera tan tranquilizadora que parece peligrosa. Estar despierta pero seguir con los ojos cerrados porque todavía quieres disfrutar un poco más, sólo un poco más. Al menos hasta que él se levanta de la cama, aburrido o presuroso o ambas cosas, y tú notas el colchón moverse ligeramente cuando es todo para ti. Entonces ronroneas, te das la vuelta y abrazas la almohada sonriendo con los ojos a medio cerrar y dejando a la vista tu espalda completamente desnuda. Repartes bien tu cuerpo por toda la cama, como dejando entrever que ahora eres la dueña de ese sitio. Pero en realidad lo estás provocando, una vez más. Porque no quieres que te deje el colchón para ti, por muy cómoda que estés.

Permaneces moviéndote lentamente unos segundos más, abrazando la almohada con fuerza y suspirando sonoramente. Hasta que por fin él deshace sus pasos, se sienta al borde de la cama, te besa la espalda con suavidad y confirmas tu hipótesis. Él tampoco quiere dejarte sola en ese colchón que parece tan grande si sólo lo ocupa una persona.

miércoles, 8 de junio de 2011

Parece que el cielo estaba pintado. Es uno de esos atardeceres en los que en el gran lienzo azul se reparten las pinceladas blancas, violetas y azules más ocuras. Me he encontrado con la mejor profesora que he tenido nunca y me ha contagiado la sonrisa porque de verdad se alegraba de verme. Se ha quedado con nuestra imagen de los dieciséis años, y no he querido derrumbarla, porque es mejor así. Me ha traído aromas de cuarto de la ESO y de cuando parecía que el mundo estaba preparado para morder. De cuando era feliz de una felicidad estúpida, y los días no llevaban mi nombre, sino el suyo.

He seguido caminando hasta llegar a un banco en el que he apoyado la espalda, y al ver mi situación he tenido otro déjà vu. Nos he visto en el verano del mismo año 2008, sentados en el mismo banco, mientras él merendaba sin decir palabra y yo no me atrevía a preguntarle qué le ocurría porque se iba a enfadar, así que me dedicaba a apoyarme en su pecho aunque la posición era muy incómoda. Supe, a posteriori, que el silencio venía porque estaba pensando en dejarme, y además estaba muy agobiado por el trabajo. Hacía viento esa tarde, al lado de la torre del agua, y en cuanto terminó de merendar volvió al trabajo y yo me reuní con mis padres.

En ese momento ha pasado una pareja que se ha quedado mirándome y han seguido caminando cogidos del brazo. Entonces he comprendido que me miraban porque estaba sola, y por el Parque del Agua todo eran parejas que se cogían de la mano. Me he dado cuenta de que ya no era una personaje de esas películas que a veces escribía en mi cabeza, cuando momentáneamente caminaba sola por la calle. Ahora estoy sola de verdad. Y he notado en mis mejillas de nuevo las lágrimas calientes, pero esta vez sin convulsiones ni sollozos. Estaba calmada, después de haber ido a nuestro rincón secreto, donde fuimos en San Jorge, y he llorado al recordar que yo también se lo di todo.

Que aunque yo abrí la brecha también fue injusto para mí, porque para mí él lo era todo y tuve que afrontar que de repente lo quería con menos intensidad. Yo también le di absolutamente todo. Le di mi adolescencia y los años más importantes de mi crecimiento, le di los momentos más importantes de mi vida, con él aprendí a querer con fuerza y así le quise, sin pensar que podría querer a alguien de esa manera. Se lo di todo de tal manera que ahora mi espíritu se empeña en repetir que no me queda nada.

martes, 7 de junio de 2011

Vale ya con la impaciencia, por favor. No soporto a la gente que ama falsamente o que se autoimpone amar porque piensa que así será vista como una persona mejor. No. La grandeza de algo se va construyendo día a día, suspiro a suspiro, palabra a palabra, gemido a gemido. No puedes pretender querer en veinticuatro horas. No puedes decir que amas a alguien porque es lo que ves en tu amigo y la envidia te corroe de tal manera que cuando despiertas te sientes enamorado. Así sólo se destruye esa grandeza, así sólo se consigue taponar el sentimiento grande, el despertarte un día, después de meses, después de semanas, y sentir que abres los ojos por alguien. Que tu lugar en el mundo tiene sentido ahora que tienes alguien en quien pensar a todas horas, sin poder evitarlo.

No puedes obligarte a mirarte en el espejo y decirle te quiero porque así no te temblará la voz cuando lo digas mirando a unos ojos. No se trata de obligarse, sino de pura falta de resistencia. Sólo cuando no puedas resistirse estarás perdido, perdido de verdad, perdido como tu amigo, y perdido como están los locos que aman. Amar de verdad.

No soporto que la gente cambie en su mente un nombre con mayúsculas como quien cambia de camiseta. ¿Amas sin ser correspondido? ¿Amas a alguien que ya quiere a otro? ¿No hay manera de que consigas a esa persona? El dolor será inmenso. Pero amas. Es peor el dolor de amar en vano, falsamente, diciendo en voz alta palabras que ni tú mismo eres capaz de creer.

domingo, 5 de junio de 2011

Jamás pensé que ese sufrimiento cuya ausencia habría cambiado por mi propio bienestar millones de veces fuera a ser causado por mis manos. Ojalá tuviera una pócima mágica de esas que no deberían existir y que pudiera borrar toda esta indecisión y llenar este alma tan vacía. Pero hasta para eso soy inútil y me tiemblan las manos cuando he de dar un paso al frente que me conduza a algún sitio fijo. Me duele este agotamiento incomprensible, me duele que nos haya ocurrido, que me haya ocurrido, pero más me duele que te duela a ti tanto y que no pueda calmarte como antes porque tu sufrimiento lleva las letras de mi nombre.

Me paro a pensar y decido que lo que digan los demás es una burda tontería, por mucho daño o mucho bien que quieran hacer: eso demuestra que no lo han sentido, porque los que saben de qué hablo no aconsejarían en la vida así. De todas formas, parecía que lo teníamos todo, que escapábamos a todos los pronósticos, que íbamos esperando a que se fuera hilando un futuro juntos, aunque a veces no diéramos nosotros todas las puntadas. Y, sin embargo, parece que ese futuro se ha detenido. Y la peor tortura es no poder decir que sé si va a volver o si se va a quedar detenido indefinidamente.

jueves, 2 de junio de 2011

-Nos has dado un capotazo, Inverna-. Lo dice y sonríe porque ya sabe cuál va a ser el final. Sin embargo, Inverna no puede controlar el temblor de su labio inferior y se maldice por ello. Sabe que va a romper a llorar en breves momentos, y lo único que se le ocurre al escuchar la frase es hacerse la débil sorprendida. Ni siquiera le ha dado por mantenerse firme.

***

Un par de días antes estaba en el pequeño estudio de la casa donde estaba alojada. Escuchó ruidos que venían de fuera y se inquietó. ¿Era ya la hora? En noches sin dormir había esperado que no ocurriera jamás, pero en el fondo sabía que iba a ser inevitable. Tocaron en su puerta y la abrió con la cabeza bien alta y el gesto aristocrata que escondía sus sentimientos reales. Lo que no pensó fue en quien iba a estar detrás de la pesada puerta de madera.

-Inverna...

-¿Qué haces aquí? ¿Por qué tú?

-Les he dicho que tenía que ver a una vieja amiga. Al final han cedido.

Inverna contempló uniformado al hombre que nunca había dejado de amar. Recuperó la compostura y se decidió a no volver a perderla por mucho que le doliera. Él la miró con infinita ternura, y en el fondo de sus pupilas tristes Inverna vio el futuro que le esperaba. Pero él no, por favor. ¿No había hombres a sus órdenes, sedientos de poder, faltos de escrúpulos? Parecía una broma sádica. Se sintió imbécil por sentir amor todavía. Habían pasado demasiados años, y los acontecimientos habían transcurrido de tal manera que ambos habían acabado en bandos distintos. Luchando para destruirse, pero evitando los rostros del otro cuando pensaban a quién estarían hiriendo.

Él se sentó en el otro sillón de la habitación y se miraron a los ojos unos minutos, sin decir nada. Finalmente, se levantó y se subió a un pequeño taburete para llegar a lo alto de la estantería, donde tanteó unos segundos. Bajó al suelo con un libro envejecido entre las manos, y sonrío con nostalgia mirando a Inverna. Ella fue incapaz de devolverle el gesto, aunque sí que los buenos recuerdos le suavizaron un poco el ánimo.

-Periodismo y libres formas de transmisión de conocimientos-leyó él en voz alta de la tapa del ejemplar.- Mira que diste mal hasta que lo escribiste...

Ahora Inverna sí que torció sus labios en una sonrisa y le quitó con suavidad el libro de las manos para acariciarlo con las yemas de sus dedos. Evocó tantos buenos recuerdos que por un segundo se olvidó de lo demás. Cuando volvió en sí, fue a devolver el volumen a su sitio, pero él la detuvo.

-No. Déjalo aquí, mejor-y le llevó la mano a una balda visible de la estantería pintada de azul.

Ambos dejaron el libro a la vista de todo el mundo, y en ese contacto de pieles revivieron todo un pasado. Inverna dejó su mano entre las de él sin oponer resistencia, porque era perfectamente consciente de que estaba perdida. Cerró los ojos con dulzura antes de ver un par de lágrimas en el rostro de él, y fue entonces cuando escuchó el cristal de la ventana hacerse añicos. ¡Está aquí! Un par de golpes secos, olor a quemado y la visión de él despegándose de su mano y yéndose de la habitación... Todo lo demás era negro. Ya no recuerda nada más de ese último momento.

***

Inverna contempla el resto de la fila y sus ojos grises se posan en los cuerpos que no han aguantado el cansancio y los golpes y están tendidos a un lado de la interminable cola. Hay varios niños, y se fija en uno que todavía lleva agarrado un bastón. Ella también está magullada y le han cortado la larga melena. Tiene la piel agrietada del frío, y lleva un par de días sin poder mover una de sus manos. El hombre canoso que tiene delante continúa hablando, y su labio inferior sigue queriendo rebelarse.

-Mira, chica. No te vamos a mandar a Comunicación porque no nos fíamos un puto pelo. Y lo cierto es que las plazas en Limpieza están cubiertas... Además lo tuyo no es limpiar, eh; tú eres más señorita, por eso te lo vamos a ahorrar.

Las lágrimas de Inverna se desbordan y nota cómo se desconfigura su rostro con la mueca de la desesperación. Mientras veía cómo no mandaban a nadie de los que tenía delante a la Sala, se había calmado un poco. Pero ahora se viene abajo y quiere huir. Huir, huir, huir.

-Eh, tú. Inverna. No llores. Sabes por qué estás aquí y seguramente no lloraste cuando escribiste todas esas cosas. ¿Qué esperabas? Si no ocurre todo el mundo va a pensar que tenemos piedad con vosotros o que os guardamos cierta simpatía. Es algo que no nos podemos permitir. Mírame, Inverna. Mírame, joder. Ahora vas a caminar recto, ¿vale? Ya sabes dónde tienes que meterte.

Ella asiente llorando desconsoladamente. Cuando echa a andar le ordenan gritar el nombre de aquel líder que responde ante toda esta barbarie, y oye risas a sus espaldas. Camina llena de dolores físicos que le importan bien poco y se sorprende de que no haya ningún oficial que vigile el breve trayecto. Una vez dentro, tampoco ve a nadie que se encargue de la vigilancia. Piensa en echarse a correr pero sabe que en su estado no duraría mucho, y que nada más atravesar la puerta de la Sala la atraparían sin mucho esfuerzo. Divisa a las dos funcionarias, que ríen entre ellas y la miran cuando entra. Una de ellas cambia su semblante, e Inverna intuye que la ha reconocido. No se le ocurre otra cosa que seguir llorando mientras pregunta:

-¿Escribís?

La que se ha puesto seria de repente asiente de manera fugaz y mira a su compañera. Su compañera se mantiene impasible, así que da un paso adelante y abraza a Inverna con fuerza. Inverna piensa que tal vez ella estuvo en su situación y tuvo la suerte de salvarse, que no tienen ninguna culpa de que les haya tocado la Sala como destino. Inverna se deshace entre los brazos de la funcionaria mientras sigue balbuceando.

-No lo dejes nunca. No te dejes asustar por todo esto. No dejes nunca de escribir, óyeme, que no te importe nada... No lo dejes, no lo dejes...

La otra funcionaria las separa y señala con la mirada la pila donde la gente como Inverna se pone de pie por última vez en su vida. Parece una ducha, pero es más grande y sale vapor de su base. Mientras le quitan la ropa, no puede despegar los ojos de la pila. Ya ha dejado de llorar, porque siente el terror más absoluto que haya sentido nunca. Sin embargo, una vez más la desorientación le hace mella y sólo se le ocurre preguntar:

-¿Es fuego o agua hirviendo?

-Agua hirviendo- contesta la funcionaria que ha cortado el abrazo minutos antes.

Inverna cierra los ojos mientras se abraza el abdomen con las pocas fuerzas que le quedan. El corazón le late con fuerza y anhela desmayarse y sufrirlo inconsciente, pero sabe que tienen órdenes de esperar a que vuelva en sí para que esté consciente cuando llegue el momento. Se deja conducir hasta la pila mientras una luz en su mente no deja de mostrarle su pequeño estudio, su libro y el rostro de él abandonándola para siempre.

martes, 31 de mayo de 2011

Renunciar es un verbo que me queda demasiado cercano cuando va ligado al tema económico. Sería tan fácil abrir la cartera y poder pagarme cualquier viaje. Haber nacido con esa mentalidad viajera incansable no me ayuda mucho, sobre todo cuando el viajar se queda exclusivamente en la mente, y debo dejar que salgan los vuelos sin que yo vaya sentada en uno de ellos.

Sé que es el cuento de siempre, el más antiguo que existe, si cabe. Aquel que nunca he tenido problemas no se para a sentirse afortunado; aquel otro que no conoce otra cosa se moriría por poder tener esa fortuna. Es la condena más estúpida y dolorosa que ha inventado jamás el mundo occidental, sobre todo cuando pasa de padres a hijos.

No sé si estoy obrando bien, pero parece que este tampoco va a ser mi año. No va a haber rincones que investigar en ninguna ciudad desconocida, ni momentos de sentirme perdida que queden recompensados por otros mucho más positivos. Sé que algún día llegará, pero he esperado tanto y he tenido que renunciar a tanto que un verano más me hace sentir infinitamente anciana. Aunque sea una tontería.

Sería más fácil si me conformara con lo que hay, con una Zaragoza estática y los conocimientos que puedo encontrar en los libros. De todas formas, no es un drama; conformarme me conformo igual aunque a ratos escueza, y sea entonces cuando tenga que acallar estas ganas locas de conocer otros sitios y perderme para siempre si es necesario en una calle de Edimburgo.

lunes, 23 de mayo de 2011

Me lo dijeron en repetidas ocasiones. Y entonces no quise creerles. Creo que ha llegado el momento, que después de todo tenían razón y es la mejor alternativa.

domingo, 22 de mayo de 2011

Al despertarme he caído en la cuenta. Estos son culpables de lo que pasó, y para aumentar mi propia responsabilidad diré que la distancia sí tiene la culpa, al menos parcialmente. No podía soportarlos, me era imposible y no era capaz de concentrarme en otra cosa. Ahora la situación es diferente, pero el sentimiento no difiere mucho. Tal vez entre tanta revolución te estés enamorando poco a poco de otra, o sea otra la que te hace sonreír. O quizás ha reaparecido en tu vida esa tal Arabia, o alguien equivalente, que hace que despierten en ti de nuevo esos deseos ocultos y comprendas que lo que debes buscar es una mujer de verdad y no un ente que vacila entre ser una niña y un desastroso proyecto de mujer.

Me lleva de nuevo al mismo pensamiento. Me estremezo cuando pienso en que jamás nadie que pretendiera ayudarme, escucharme o simplemente fingirlo ha emitido juicios sobre ti o que yo no he violado nuestra intimidad reproduciendo literalmente tus palabras, por muy desesperada que estuviera. Me angustia mi capacidad de reprochar y tergiversar, y me angustia todavía más no ser consciente; me angustia, si cabe, más, seguir haciéndolo ante personas que realmente me importan. Vuelven a mí noches sin dormir, lágrimas eternas, conversaciones telefónicas que eran una verdadera pesadilla, incomprensiones, incertidumbres, mi ánimo imperturbable, el mundo pasando deprisa a mi alrededor, la lejanía que siento con todo lo que me rodea... Y demás lindeces. ¿Habrá vuelto Arabia? ¿O será Mira, al fin?

No lo sé. Pero sé que fue una de las cosas que me agotó. Perder el control. No toleré que nuestras vidas se separaran todavía más, así como nuestros actos. A veces estas dos vidas acaban conmigo, aunque sea momentáneamente. Supongo que pasarán. Pasará la sensación. No me despertaré tan agitada y me centraré más en mis días y en dónde estoy yo... A pesar de que ahora me sigan matando, en esencia. Aquellos días en los que apenas sé de ti.


miércoles, 18 de mayo de 2011

Nos gustaba reventar las fechas señaladas. O me gustaba a mí, por el final de todas las discusiones. Nos cabreamos en la final del mundial de fútbol, en la cena romántica aquella que preparaste en tu casa, cuando nos hacíamos un favor como el de esta tarde, en nuestros primeros Pilares, en nuestra primera Nochevieja juntos, en mis exámenes finales, en las últimas Navidades, en el último puente de diciembre, en la inauguración del piso de Johnny en Valdespartera... Muchas de las veces provocado por un enfado mío o un silencio mal explicado.

Recuerdo en especial una vez. Era el verano de la Expo, y cuando me acompañabas a casa, habiendo pasado una tarde-noche bastante buena siendo inusual en esos días, me pediste que te pasara una foto de los dos porque querías actualizar tu flog con ella. Yo me emocioné mucho, porque hacía bastante semanas que no escribías nada de los dos, y además nunca publicabas fotos mías o nuestras en tu flog. Luego por la noche, en una de esas conversaciones del /w, te recordé algo acerca de la foto y no contestaste porque mi frase en rosa se perdería entre todo lo demás. Me enfadé porque nos pasaba siempre, y te pregunté que si me ignorabas o qué. Tú te enfadaste todavía más, porque además habíais wipeado, y la cosa acabó como el rosario de la aurora. No hubo actualización, ni foto, ni nada. Sólo dolor y alguna que otra lágrima. Eso fue semanas antes de que pensaras que yo, junto con otros jugadores, te presionábamos tanto como tanque que te hizo optar por dejar de hablarme durante un día entero que para mí duró un año. Probé por el chat de la hermandad, por susurro, por mensaje directo, y hasta por el hilo general. Nada hasta el día siguiente. Tuve que ver ese nombre, ¿era Eternum?, conectarse y desconectarse, hablar con otra gente, llamar a usuarios para llenar plazas de una raid... y nada; yo ni siquiera quería jugar ese día, porque tenía un examen próximo, además.

Muchos, muchos, muchos. Muchos cabreos frente a la pantalla del ordenador, muchos sms diciéndome que hablara a la cara, muchas lágrimas y muchos gritos en mitad de la calle. Claro que el lado positivo de la balanza se inclinaba con sólo un roce de nuestras manos y un par de risas tontas mientras arreglábamos una de esas discusiones. He de decir que mientras escribía la enumeración anterior he tenido que pararme a pensar y poner en orden los recuerdos para acordarme de esas broncas. Al final siempre ganan los buenos.

Los malos momentos se aferran con garras de hierro a las comisuras del alma, pero siguen siendo arrasados, sin apenas problemas, por la buena rutina que encendía el color de la piel y nos hacía volver. Todas aquellas veces.

domingo, 15 de mayo de 2011

Eso de que las palabras no tienen peligro es una mentira. Hay algunas que son como un verdadero mazazo. Que te traen recuerdos que creías que estaban a buen recaudo y se congela tanto la sangre que ni siquiera hay ganas de ahogar el mal trago con las lágrimas de siempre. Simplemente se apaga el sonido de todo lo demás, y sobreviene el sentimiento de decepción absoluta contigo mismo. Una vez puede ser que sea un espejismo; dos ya es demasiada casualidad.

sábado, 14 de mayo de 2011

Voy a templar mi sangre porque quiero darte hasta la última gota. Solamente es lo que te debo; nada más. Aunque la gente piense que no, soy capaz de calmar mis nervios y sólo por ti lo consigo. Para conseguirlo hay que quererlo de verdad.

Contigo he aprendido demasiadas cosas. Hemos leído, comentado, paseado, dormido... Soy como soy en parte por ti, por tus enseñanzas y por tu compañía en mi camino. Yo sé que eres más fuerte que todo esto, y por eso, porque te está superando, voy a vacíar mis venas para que te cures desde ellas y devolverte lo que tú me has dado. Hemos salido de peores situaciones, hemos llorando en peores parajes y hemos sentido los latidos todavía más pesados que en este momento. Además estás tú con tu estoicismo infinito y tus ganas mudas de salir adelante. Eso es suficiente para saber que lo conseguiremos.

No puedo evitar echar de menos la arruga de tu frente donde se acumulan todas las preocupaciones y donde desaparecen cuando explotas en carcajadas. Todavía quedan muchas risas que compartir y muchos resoplidos por mi parte por tus ocurrencias. Estos años son sólo la antesala de los que aún tienen que venir. Porque sabes que yo todavía soy una niña aunque por dentro esté tan envejecida, y tus silencios me dicen que confías en mis actos, que sabes que si lo hago es por algo y no porque sea una torpe o alguien imperfecto que no sabe por dónde tirar. Y todo eso sin decir una sola palabra.

Cógeme de la mano si flaqueas y llora conmigo si quieres, aunque no lo hagas nunca y menos delante de mí. Se acercan días peligrosos, pero ya los hemos mirado a los ojos en otras ocasiones, no hay de qué preocuparse en exceso. Tenemos experiencia, unión y habilidad en dibujar las fuerzas cuando ya no nos quedan. No te va a pasar nada porque si es necesario yo te voy a dar toda mi sangre. Mi sangre. Que no es otra cosa que la tuya, porque me la diste, sin saber en qué se iba a convertir, hace unos diecinueve años. Yo estoy contigo, viejo.

martes, 10 de mayo de 2011

- Sólo duele cuando toco, pero a veces, sin más, duele constantemente. No controlo cuándo ocurre. Puedo disimularlo con la ropa y el paso de los días, la rutina; caminamos tan deprisa últimamente... Nadie se para a mirar a nadie. Algunos sí me sonríen con tristeza, pero lo hacen al mirarme el rostro. La mayoría no se percata de nada, aunque suene grotesco. Resulta una ventaja, aunque de vez en cuando no lo logro ver así. Es difícil, ¿sabe? Pero ya me acostumbro. Ha provocado que yo también cambie pero, bueno, sigo sonriendo aunque no sea tan a menudo y siempre hay tiempo para que vuelva a querer reír a carcajadas. No es que ahora no quiera, pero sigue doliéndome mucho si hago movimientos bruscos de ese tipo. Los que lo saben claro que se preocupan por mí, pero al fin y al cabo es algo que está ahí, que de momento no se borra. Se comportan como si no pasara nada porque creen que así me ayudan. ¿Quién sabe si están en lo cierto? Yo todavía no lo sé, pero hay muchas cosas que se me escapan en estos momentos. Es muy extraño, ¿sabe? Lo estoy asimilando como una parte más de mi cuerpo, y me asusta, porque no es correcto, pero no me queda otra. ¿Debería vivir agitada todos los días o tengo que empezar a aceptarlo? Me dicen opiniones de todo tipo. Yo las agradezco, pero desde que ocurrió ya ni siquiera me escucho a mí misma. Pero... creo que ya he hablado mucho, ¿no es cierto? Querrá verlo, si no no me habría preguntado. Espere un momento...

Se levanta y se pone de espaldas a un gran espejo que hay en la habitación y que va desde el suelo al techo. Me está mirando fijamente a los ojos, y yo no puedo apartar la mirada de tantísima pena. Son como dos pozos de aguas negras y eternas, detenidas, totalmente muertas. ¿Pueden morir las pupilas antes que el propio espíritu?

Me sonríe, aunque sé que está desganada, y se quita la chaqueta de punto gris cuyos puños ha estado retorciendo mientras me hablaba. La deja con cuidado sobre una silla y luego, de golpe, se quita la camiseta y vuelve a mirarme.

Es sobrecogedor. Pero está ahí: como una quemadura en la tela, con los bordes todavía tiernos, el agujero del que me había hablado. Yo entonces no la estoy mirando ya a los ojos. Me estoy viendo a mí misma, sentada, reflejada en el espejo mi expresión de espanto, de pura angustia al entender cada una de sus palabras. Ella no se ha movido de su sitio, y aun así ahí estoy, mirándome en el cristal... a través del hueco de su pecho.

domingo, 8 de mayo de 2011

Llega cargada con la mochila y la maleta. Subir al tren siempre es un desafío, sobre todo cuando la gente observa tu dificultad en levantar la maleta y no perder el equilibrio, y se limita a mirarte con desdén. Suena el pitido de rigor y se apoya en la pared de al lado de la puerta soplándose en el flequillo. Está muerta de calor. Se dispone a pensar en los días que acaba de dejar atrás en su tierra y enfrentarse a una nueva oleada de tristeza, pero algo la interrumpe de súbito.

-Tú eres de la resi, ¿verdad?

Se sobresalta. Le observa alguien con sombrero y que la mira desde detrás de unas gafas, sonriendo un poco forzado. Ella piensa que intenta ser amable, e intenta no parecer una bobalicona, y responderle con algo satisfactorio. Aun así, sigue sorprendida; no es de esa clase de chicas a las que les hablan en un tren. Ella no, hasta donde ella misma sabe.

- Sí... ¿Tú también?

- Sí. ¿Eres novata?

- Sí, sí- responde con los ojos en blanco, pensando en ese primer mes turbulento de novatadas-. Tú veterano, ¿no?

- No, no, yo también soy novato. Además cumplí los años nada más llegar a la residencia, la primera semana.

A ella se le queda cara de imbécil al pensar que es mayor que él e intenta disimularla. Si ese chico es novato, ¿qué parecerá ella? ¿La hermana pequeña del primo adolescente de algún residente? Ordena sus ideas e intenta pensar en algo que decir después de que él le pregunte si quiere su sitio. La chica piensa que debe de llevar unos pelos horribles con tanto calor.

-¿Vienes de pasar el puente en casa?

-Sí. Además eran fiestas en mi ciudad, así que sí... ¿Tú también?

-No, yo he estado con mi hermana y eso, en Madrid-. El chico al decir eso señala la funda negra de su guitarra, por alguna extraña razón.

Se preguntan que qué estudian y ella piensa que ese tío tan raro de las gafas y la barba no pega con Derecho y ADE, que Derecho y ADE suena a rancio, no a guitarrista con sombrero. El tren sigue su camino y se quedan en silencio, sin saber muy bien por qué. La conversación no fluye. Cuando llegan a su destino, él se da prisa y a lo que ella se percata lo tiene muchos metros por delante. Bueno, ya lo veré, supongo. Qué chico más raro.


A posteriori se supo que si él no habló fue porque tuvo miedo a parecer un pesado y que si ella tampoco lo hizo fue porque pensó que iba a quedar como una tonta diciendo tonterías. La suerte es que esto lo supieron ambos una noche entre risas y un poco de humo, una de tantas, con mucha música sonando en sus mentes. Pensando en la manera en la que se conocieron y cómo no volvieron a verse después, hasta un momento, un momento concreto que no recuerdan pero que sí existió. Curiosamente, empezó todo en el cercanías...

viernes, 6 de mayo de 2011

No se tiñe el pelo para huir de los demás, sino para huir de sí misma. Pretende así ignorar que todavía no está segura de quién es exactamente. También le gustan los halagos que despiertan sus cambios de look, pero eso no quita que por dentro, muy dentro, se siga sintiendo repugnantemente fea. Sin embargo, no es fea. En toda persona hay cierta belleza, y ella no es una excepción. El problema es que no posee a la persona que le haga creer de verdad que no es fea. Que la quiera, que la corresponda enteramente, la haga palpitar, tenga ojos sólo para los cambios en el color de su pelo.

Camina y disfraza sus ojos, sus mejillas, su cuerpo. El maquillaje es un aliado que no hace más que recordarle que usarlo la hace sentirse todavía peor. ¿Por qué tan perdida? ¿Por qué se esconde tras sentimientos falsos que la convierten en alguien que no es? Los papeles bien construidos son una joya, pero únicamente encima de un escenario. El suyo es admirable, maduro, ecuánime. Pero no es ella. Sus adentros la convierten en un remolino de pura contradicción. Contradicción absurda y dolorosa, no contradicción misteriosa e interesante.

De todas formas, si enseña sus ojos, los verdaderos, y se clavan en ti más de un segundo, sin intentar mostrar ningún descaro, desnudos por un breve segundo de descuido, alejados del papel que sigue día a día y que la está agotando desde los huesos, desesperada, sabedora de su culpabilidad, de sus malos actos y de la satisfacción que en su piel despertó el sufrimiento ajeno... Si miras esos ojos. Un segundo. Lo que se deje mirarla de verdad. Un breve instante.

Verás que son dos pozos de auténtica tristeza. Que está asustada, más perdida todavía, y que sabe, a su pesar, que si sigue así... nunca va a conseguir lo que anhela. Lo que de verdad desea. Sin aprender jamás a amar a nadie.

miércoles, 4 de mayo de 2011

A veces me prendería fuego y quemaría todos mis recuerdos. Todos. Cortaría mi lengua para renacer sin habla, y fingiría que en realidad no estoy escuchando a nadie. Entonces sólo existirían los pensamientos en mi cabeza y el tamaño de mi alma no dependería de cómo me tratara absolutamente nadie. Eliminaría de mi cuerpo sentimientos como la sorpresa y la satisfacción, pero me ahorraría la incertidumbre y la decepción.

Una persona nueva, anónima, vacía, incapaz de comunicarse. Pero también incapaz de sufrir incoherentemente y sin un motivo que vislumbrar con claridad en el horizonte.

domingo, 1 de mayo de 2011

En uno de esos momentos en los que los sonidos del comedor se apagan a mis tímpanos, en el escalofrío de que me pregunten que qué tal el día y que la boca y los ojos me supieran todavía a agua y a sal, he tenido un flashback y la he oído llorar de nuevo a través del auricular. Creo que pensaba que nunca iba a escribir sobre ella, pero lo que no sabe es que todo lo que escribo tiene una parte de ella. Porque yo soy a partir de ella.

Y mientras tarareaba la canción que tarareaba esta misma mañana -siempre me hace escribir esta voz, ahora que lo pienso- he hablado con ella de nuevo y he recordado lo que yo misma he escrito: ...seguimos uniendo las voces por si acaso una de las dos está quebrada y podamos ayudarnos. Aunque no lo digamos de manera directa.

Y por un momento me he sentido tranquila, en paz, sabiendo que todavía me queda mucho por remontar, muchas ganas que ganarme, mucho por lo que pedir perdón, otro tanto que evitar en sueños. Pero con ella. Con su fortaleza, con sus lágrimas que me hacen echarla terriblemente de menos. Como el primer fin de semana que volví a Zaragoza y me desperté en mi cama. Ir hasta la suya, arrastrando los pies, y meterme bajo las sábanas con ella, abrazarla fuerte... Y lo demás ya pasará. Ya pasará. Ya tendrá que pasar.

viernes, 29 de abril de 2011

No dejo de pensar en todas las cosas que podríamos haber hecho y podríamos estar haciendo juntos. Sonrío inevitablemente al ver las fotos de aquellos que se animaron a escaparse unos días y quererse en otros lugares, saboreando un aire diferente. Compartiéndolo a través de sus bocas. Sin embargo, soy consciente de que para que una herida sane adecuadamente tiene que doler; a veces, incluso, se saltan los puntos y hay que volver a iniciar la cura. Cuantas veces sean necesarias. Si taponas una herida y aprietas para disimular el dolor, la infección finalmente puede que sea letal.

No me voy a esconder. La honestidad es algo que tiene que ir por delante siempre a la hora de querer a alguien. ¿Cómo mientes? ¿Cómo se es capaz de esconder algo durante años que debería ser el motor de todo lo que hacemos? Nos debemos sinceridad a nosotros mismos, y eso también nos lleva a elegir un momento adecuado, un instante mágico, no un desastre encantador pero que, al fin y al cabo..., termina en desastre. Y en sufrimiento. En ocasiones se nos queda la boca pequeña al decir el verbo querer, pero si luego no sabemos engrandecerlo de verdad, desde adentro, actuando bien, sin intentar dañar a nadie ni aprovecharse de nada ni respaldarse en una actitud totalmente contraria a amar... Estamos cometiendo una herejía.

Yo necesito querer. Y necesito querer muchas cosas que quiero pero no con la suficiente fuerza o la suficiente templanza sobres mis temblores. No sé si son espejismos lo que provoca este miedo atroz con el que despierto, estos deseos irracionales de vernos, de que se disipen todas las heridas y los engranajes funcionen de nuevo. No obstante, confío en que si ahora no es mi momento lo acabará siendo cuando toque, y que ocurra lo que ocurra mi cuerpo va a soportarlo porque no soportarlo sólo podría significar una cosa. No vivir. No volver a amar nunca.

martes, 26 de abril de 2011

No suelo decir nunca que nada va a durar siempre, pero si tengo la misma sensación veinte veces en un día y hasta sueño con ello, tiene que ser por algo. Un peso a cargar siempre, no con la misma intensidad, irá remitiendo, pero sin irse. Como uno de esos puntos que al echar la vista atrás se ven más oscuros. Tiene todo otro regusto, desfiguro cada frase, escucho el eco de cada gesto en el tiempo como fallido por mi parte y resurgido de pronto como si fuera nuevo, se me tuerce la sonrisa, el corazón se acelera. Fue en parte mi culpa. Y ahora se va a quedar ahí, apareciendo de vez en cuando en una pesadilla, encogiéndome el pecho. Como una de esas heridas que, las cures con lo que las cures, nunca llegan a cerrarse del todo.

sábado, 23 de abril de 2011

Curiosamente, entre la taquicardia, las pocas horas dormidas y la fiebre de esta noche -o día, técnicamente, por cerrar los ojos después de que hubiera amanecido- lo único que me calmaba un poco era pensar que no estaba en mi cama sino en mi cama postiza y que en unos segundos iban a sonar esos nudillos en mi puerta. Siempre los nudillos, excepto cuando tengo la música muy alta y no te escucho. Y yo iba a abrir echa un guiñapo, todavía con lágrimas en las mejillas, te iba a hacer pasar con un gesto cansado y en mitad del pequeño pasillo me ibas a abrazar de esa manera que tenías guardada hasta hace poco. Y así me iba a poder apoyar en el hueco que hay justo encima de tu clavícula y no haría falta decir nada, aunque seguramente me dirías eso de Tranquila... y a mí me daría igual que nadie más supiera que estoy así porque ese silencio mientras te arrugo la camisa cogiéndote fuerte con los dedos sería suficiente.

Se me han mezclado los estampados de rayas en diferentes camisas, el sonido de la guitarra y la armónica, las letras que he acabado aprendiéndome y las miradas cómplices en cualquier sitio si notabas que por dentro estaba temblando. Creo que, en ese momento, con una canción que me enseñasteis en la cabeza, he logrado por fin coinciliar el sueño.

viernes, 22 de abril de 2011

-Podría devolverte las llaves de tu casa y dejar que entraras, obviando el hecho de que son las cuatro de la madrugada y tú vuelves sola. Qué tarde vuelves hoy a casa, ¿no? Sólo te falta el cartel luminoso: presa fácil. Podría hacerme incluso el tímido y devolvértelas fingiendo que no te las he quitado. También, claro está, podría confirmar esas sospechas que no dices porque estás acojonada pero que me pintan como un psicópata. Y darte la razón en tus trazos. ¿Tú qué quieres que haga? ¿Te doy las llaves?

Por mi mente pasan varias posibilidades mientras intento controlar la ansiedad. Es curioso, porque justo venía pensando en que me sorprende mi poco afán por el trabajo universitario, concluyendo que en realidad, como tantas cosas en estos momentos, me da exactamente igual, o al menos ha dejado de preocuparme tanto. Ya hice bastante la capulla en diciembre.

Pienso en llamar al timbre de casa con la esperanza de que alguien me oiga y, no sé, bajen a por mí o poder gritar a través del porterillo. Hacerme la despistada, reírme de sus palabras y acercarme para que me dé las llaves, como si yo estuviera segura de que está de broma. Echar a correr todo lo que pueda y tal vez alcanzar a Melenas y a Álex, o incluso llegar hasta la asociación, porque recuerdo que Dani ha dicho que quería recuperar sus cereales. Sin embargo, entre todas estas posibilidades noto que el corazón ni siquiera se me ha acelerado. Estoy, finalmente, por decirle que haga lo que quiera con las llaves, que yo ya me doy una vuelta por ahí y que, si quiere, puede acompañarme, si no tiene nada mejor que hacer, pero que prefiero ir sola. Que no tengo putas ganas ni de bromas ni de que nadie me secuestre o se me ría, vaya. Esta noche no. La siguiente, si eso, ya se verá.

De todas formas, mientras pienso con la lentitud que he desarrollado este último mes, a él le da tiempo a aburrirse o a pensar que soy imbécil o que de verdad estoy muerta de miedo. Así que me da las llaves, se marcha en silencio con media sonrisa y yo abro la puerta mientras todavía oigo sus pasos resonar por la calle vacía y le echo un último vistazo al reloj de la farmacia... Qué tarde vuelvo hoy a casa.

lunes, 18 de abril de 2011

Me pone frente al espejo que ocupa toda la pared de la izquierda de la sala de música y me dice que me concentre. Que piense en sentir asco, como si llevara algo en la boca que no me deja estar tranquila, que experimente lo amargada y sargento que me tengo que sentir. Ella experimenta con su rostro para que yo la siga pero tengo la mente muy lejos. Pienso en la puerta que se cerró ayer en casa de golpe y en la llamada de teléfono por la mañana de un hombre que ha roto a llorar y me ha dicho por primera vez en mi vida que me quiere y que no puede más. A mí. Ese hombre desconocido que en realidad era mi padre.

Olga me sigue hablando, ahora de la voz, de cómo tengo que conseguir sacarla de la garganta para que carraspee y no del estómago como siempre. Que me dolerá, que me tiene que salir ya porque si no no voy a poder manejarla y el día de la actuación me puedo quedar afónica o acabar escupiendo sangre. Comienza a subir el tono y a emplear ese método suyo de hacernos daño para que nos salga el personaje.

Yo me marcho y vuelvo a los minutos con los ojos enrojecidos. El silencio es total porque todos piensan que estoy así porque Olga se ha pasado y están de acuerdo.

-Elena... Me encanta que llores.

-No, Olga, no es por eso. Hay más cosas.

Y a mí en ese momento me da igual Pata Negra, aunque lleve meses intentando alcanzarla sin conseguirlo, y el ensayo que sigue mientras yo recito el texto sin ponerle un solo acento a las palabras. Como si ante mis ojos no hubiera más que neblina y el eco de esa voz en teoría desconocida que se repita una y otra vez sin que parezca que vaya a parar.

sábado, 16 de abril de 2011

La tele está puesta pero no le hacemos ni puto caso. Cuando mi madre se va del salón yo quito el volumen para escuchar bien lo que pasa en el resto de la casa. Estas situaciones siempre me han hecho perder los nervios, desde que tenía consciencia, pero esta tarde sin embargo estoy calmada porque no quiero ni que mi propia respiración entorpezca el sonido de la casa.

Y mientras tanto yo sólo pienso en los brazos que me calmaban siempre que ocurría esto, aunque no lo supieran, y me dedico a agarrar con manos frías un post-it y garabatear en él una frase, para después pegarlo en el inicio de esas instrucciones o normas que ayer escribí y que ya he tenido que releer tres veces.

"Leer en caso de histeria (o de flaqueza)."
Sentada en la escalera, con la espalda apoyada en la pared y las piernas estiradas, pienso que me podría haber quedado allí. Claro que sí. Y no habría habido ningún mal sentimiento en ese instante robado al pasado, pero no podía hacerlo después de tanto. He pensado también en la misma situación pero diferente, cuando te separaba de mí por hacer la gracia o porque estabas vacilándome demasiado y a mí no me daba la gana que me besaras. Pero la situación era bien diferente.

Mientras estaba sentada y me quitaba lentamente con las uñas el rimmel de las pestañas me he dado cuenta de que hacía al menos un mes que no lo usaba. El rimmel. Un mes en el que me han dado igual mis ojos o los pantalones que me ponía, un día el de hoy en el que he decidido sacarme eso de la cabeza para ver si surtía efecto y por dentro también mejoraba el asunto. Pero ha sido un error. El rimmel no ha hecho mucho más que pegotes entre mis pestañas.

He pensado que en esos escasos segundos se han acumulado millones de momentos que me hacen temblar al instante. Pero a la vez me ha atravesado la espalda un escalofrío al pensar en el sofá de Marcos, el bullicio a todo trapo de un bar pero que se antoja ajeno, el trayecto en autobús que se hace más corto de lo normal, caminar de la mano, las bromas sobre tu pantalón, el frenesí de los labios hasta las manos... y todo sin mí. Por primera vez sin mí. He pensado en cómo le sentó a tu corazón y sé que no le sentó mal, que lo calentó un poco de tanto frío estúpido.

Se han juntado esos dos yos sorprendiéndome y haciéndome ver que antes había mentido. Que sí que tengo dos yos aunque no sean como los tuyos, aunque yo no tenga algunas necesidades y deseos que cubrir. El yo que se habría quedado en la escalera de pie y el yo que sentado en la otra escalera pensaba en la primera vez sin mí. Los dos. Uno frente al otro diciéndose que no van a poder seguir soportándose mucho tiempo, que deben aprender a convivir de alguna forma. Mis dos yos. Y, entre ellos, la determinación -aunque ya no sé si es acertada- de que no puedo dejar que se rehaga todo el dolor causado, como un pegote de rimmel, impidiendo que las dos partes se separen.

viernes, 15 de abril de 2011

Yo te entiendo y entiendo también que prefieras callar. Me da igual que ayer me gritaras, o nos gritaras, porque yo comprendo tu reacción. Noto en tu mirada cansada que algo no funciona bien en tus engranajes y te entiendo tan bien. Me gustaría repararte de alguna manera, pero todavía no sé cómo arreglar los míos.

De todas formas, y aunque sé que seguirás guardando ese silencio respetuoso y solemne que sólo tú sabes crear, yo voy a estar para decirte "déjame el portátil un momento" y acabar haciendo quinielas sobre quién ganó en el año 1999 el Óscar a mejor actriz o en qué emplazamientos se filmó esa película que te recomiendo. Clases magistrales enteras tiradas por la borda hablando de cine, de actores, de la injusticia de los grandes festivales, de lo que nos queda todavía por hacer. Recomendándonos películas y echándonos -o echándome, más bien- la bronca porque todavía no hemos visto esa obra maestra o esa tan rara que me gustó.

Somos muy diferentes, pero de algún modo nos entendemos. Sobre todo ahora. En estos días. En estos días en los que de repente nuestros cimientos se vienen abajo y caminamos por el campus con la mirada perdida. Lo extraño es que no buscamos consuelo sino simplemente la rutina de dejarnos llevar por la inocencia de Leti o los comentarios de María. Esa rutina que nos barra durante unas horas las penas, distrayéndonos de nuestros males, aunque sepamos que luego van a volver.

No me enfado. Al igual que tú no eres idiota o un estúpido. Pero sabes que si quieres voy a estar para barrerte lo que sea sin necesidad de caminar por el césped de Humanidades o fingir que escuchamos al profesor de Estadística. Aunque sea para preguntarnos otra vez qué premios tiene tal actor. Recuerda que eres especial, no sólo por tu reticencia a sucumbir a las redes sociales o tu manera de escribir algo barroca, sino porque no te conformas con ser un simple soldado.

jueves, 14 de abril de 2011

Es el momento de cerrar la puerta tras de ti y saber que tus cercanos ahora no te escuchan. Justo en ese momento en el que se velan las pupilas y descargan todo el agua que han acumulado mediante el nerviosismo que impedía acertar bien las teclas. Se encharca el alma y eres consciente de que si no tuvieras columna vertebral tu cuerpo estaría partido en dos. Te lo dice ese dolor inconfundible en el pecho, separando las costillas una a una, mientras el corazón palpita a mil por hora y crees que te vas a desmayar y cuando despiertes ya no va a estar tu cuerpo, sino solo la angustia. La angustia de saber que era imposible la calma, porque este dolor siempre vuelve. Como volverá cada día. Como guía tu mano hasta tu boca y hace presión, para que a ser posible nadie te escuche sollozar encerrada en el baño.

martes, 12 de abril de 2011

La muerte es la muerte y da igual cómo te llames. Quién haya sido tu padre o tu abuelo, de qué color sean tus ojos o qué bandera palpite con tu sangre en el pecho. En el campo de batalla se acaba mezclando todo el líquido rojo y los uniformes se vuelven negros con el barro, negros con el cansancio, el tedio, el saber que estás arrebatando alientos porque en teoría eso venías a hacer. Todo negro. Tan negro que ya no se distingue al amigo del enemigo.