sábado, 29 de septiembre de 2012

Sólo alcanzo a musitar que ahora es cuando la distancia duele más. Porque comienza siendo una constante para mutar en circunstancias como estas a una completa sensación de inutilidad. Quiero estar ahí aunque no pueda hacer nada, aunque parándome de pie donde he estado siempre sólo me salga dejar a la rabia precipitarse a través de mis ojos. Aunque ya no sepa de dónde sacar  las fuerzas y el universo se torne de repente un ser huraño y cruel. Prefiero eso a coger un autobús en silencio y que cada kilómetro que me aleja del problema sea una astilla que me infecta más y más la herida. No me importa el silencio que va a cumplir ya 21 años; me importa no estar ahí ofreciendo mis pupilas, titilantes, para que bebáis de ellas como yo bebo siempre -siempre- de las vuestras.

Aquí en Getafe no salgo de la espiral de susurrarme que no es justo. Que quiero que se acabe ya este fantasma que nos ha acosado siempre y que nos acrecienta el dolor cada vez que se alza inabarcable y nos engulle. Una y otra vez. Cuando lo que debería hacer es estar ahí. En pie, como siempre, aunque el alma implore caer de rodillas y rendirse ante esta reiteración tan dolorosa. Sintiendo cada latido como un toque de atención, un recordatorio de por qué tengo esta sangre y no otra. Siendo parte de vuestro soporte. Igual que vosotros sois y seréis siempre el mío.


lunes, 24 de septiembre de 2012

La señal de un beso que debería aterrizar en la mejilla y finalmente acaba en la comisura de los labios.

domingo, 23 de septiembre de 2012

martes, 18 de septiembre de 2012

Eres la persona que mejor me trata del mundo. Que más paciencia tiene. Que más intenta entenderme y apaciguarme. Eres el único que se ha puesto el despertador a las ocho de la mañana para darme los buenos días en un día que se avecinaba difícil. El único que se queda despierto mientras yo veo películas de esas raras mías para hablar conmigo antes de que durmamos.

Te conozco mejor que muchas personas. Puedo bucear en tu mente y saber qué pasa por tu frente arrugada, o interpretar los caracteres de una supuestamente sencilla conversación de WhatsApp para saber que algo no anda bien. Has conocido mis últimos momentos de niñez, mi adolescencia, mi entrada en la vida adulta, mi marcha, mis instantes ancianos. Las tristezas más profundas que me han asolado y te han hecho decirme Voy a pillar dos litros, y nos vamos esta noche al parque. Mis ratos de euforia, mis primeras veces, los dolores de corazón que siempre llevaban el nombre de Otro.

Formas parte de mi existencia de esa manera que casi sentimos inherente a la propia respiración. No quiero que nada te duela, y ojalá pudiera hacerte el hombre más feliz del universo. Porque eres un hombre, a pesar de tus reflejos de niño en tus ojos azules; un hombre que me abraza con sus casi dos metros de una manera que me hace sentir eternamente segura. Te quiero de esa manera que sé que va a durar siempre. Siempre. Porque eres consustancial a mí y a mi recuerdo como sé que lo serás al resto de mis días, de una manera u otra.

Eres la persona que mejor me trata del mundo. Y ojalá yo pudiera ser lo que esperas, lo que gritan tus adentros, lo que es imposible de construir forzando el mecanismo. Ojalá, pero, pase lo que pase... Espero que no me sueltes nunca.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Mis caminos a casa son distintos. Hace poco más de un año volvía atemorizada, mirando en todas direcciones, con paso inseguro pero rápido. Ahora ya lo hago más calmada. Ha pasado el shock inicial. El impacto inicial. El hueco que se abrió en mi mano cuando resultó que tenía que caminar sola. Sin unos dedos largos y ásperos a los que aferrarse como protección. Me tuve que acostumbrar a recorrer el camino de madrugada hasta mi casa de manera incompleta, susurrando pensamientos vagos en mi mente, sin una conversación que la llenara. Ahora ya no me da miedo. Se ha convertido en algo rutinario. En una constante. Ya me he acostumbrado a dejar de volver acompañada, que no a tener que volver sola. Como supongo que se acostumbra el alma a días como este. Tímidos, a ratos vacíos, lejanos, repetidos. Sin apenas esa esencia que antes me mantenía llena de vida.

sábado, 8 de septiembre de 2012

- Qué bien hueles. ¿Qué colonia llevas?
- Una de verano que me gusta mucho.
- Qué curioso...
- ¿Por? ¿Es la misma que la tuya?
- No. Porque vas perfumada de verano y sin embargo siempre eres invierno. 

viernes, 31 de agosto de 2012

Réquiem por la libertad

En momentos como este el agotamiento me parece el sentimiento más vano pero es lo único que alcanzo a sentir. ¿Cómo se puede estar agotada de algo que ni siquiera he empezado a hacer? Siempre dicen que estudies lo que te llene, pero cuando lo que te llena está a punto de extinguirse no sé qué queda.

Hoy en día renta más estudiar Medicina porque es más fácil curar a una persona de un cáncer que a toda una sociedad de su ignorancia y a un gobierno de la embriaguez de poder e ideología barata. El Periodismo se resquebraja con miles de personas batallando contra gigantes y dejándose la salud en el camino. Y aun así se está desangrando. Ahora o vendes o te vendes, y lamentablemente hasta los periodistas tienen que comer. Y eso es difícil con esta doble crisis. Una crisis económica que fuerza despidos y precariedad laboral y una crisis de valores que está dejando a la profesión sin identidad, provocando que cobrar un sueldo se convierta en el verdugo de la dignidad profesional y periodística. 

Me llena de rabia. No quiero estar condenada a trabajar a costa de vender mi dignidad y mis valores. En mi día a día conviven las ganas de sacarlo adelante y una realidad afilada que te obliga a darte por vencido demasiado a menudo. Mantenerse siempre alerta y obligarse a no flaquear a veces resulta extenuante. Sobre todo cuando me hallo perdida. Sepultada bajo la amenaza de la más dolorosa resignación ante una situación insalvable.

En estos dos años de aprendizaje, de castillos en el aire y de estudiar algo que necesita un cambio drástico pero que muchos mentores prefieren ignorar, el mejor consejo nos lo dio el profesor que menos mentiras nos ha contado y más duro ha sido. 

Si os sentáis frente al ordenador en blanco y si, justo antes de escribir, no sentís pasión, dejad la carrera y meteos a Económicas. Aunque tengáis que escribir lo que menos os motive del universo. Si no notáis que verdaderamente os apasiona, dejadlo ahora que estáis a tiempo. Porque aquí se pasa hambre. Y se sufre. Se sufre mucho.


miércoles, 29 de agosto de 2012

Una de esas personas de las que -sabes- podrías enamorarte.

martes, 28 de agosto de 2012

Un recurso fácil -pero muy efectivo- del mundo de la ficción es presentar a dos personas que se desean, y lo saben, pero no se deciden a estar juntas. Películas y series son bombardeadas a menudo con la trama de dos personas que se enamoran teniendo pareja o compromisos, pensando que lo que sienten por esa otra persona, ese otro protagonista, pasará (aunque el sentimiento normalmente crece). A veces incluso dejan a sus antiguas parejas, pero no es una solución. Si uno deja a su novia, la que ha estado esperando encontrará entonces a alguien más que, no obstante, no le satisface pero le distrae del chico del que está realmente enamorada. Suelen pasar semanas, meses, con el hombre o la mujer equivocados. Haciéndose daño incluso, mintiéndose y mintiendo, sin dar el paso que, por otra parte, sería tan fácil dar. Es carne de cañón para una producción cinematográfica, e hilo argumental habitual -casi nunca está ausente- de cualquier serie de ficción. También la literatura se ha nutrido y se nutre frecuentemente de este dilema tan jugoso. Y, a menudo, como espectadores, lo tachamos de estúpido, exagerado y lento. Si es tan fácil que estén juntos, ¿por qué no lo están? ¿Por qué enredan con otras personas? ¿Por qué no son sinceros, si el sentimiento es mutuo?

Lo mejor de todo es que si tan frecuente es en la ficción es por un claro motivo: estamos cansados de verlo en el mundo real. 
·14 de marzo de 2010·


Hablan de sueños. De sueños de verdad. De esos que se consiguen. Desde siempre este afán mío por ver cine y todo lo que se le parezca acaba por destruirme cuando pienso que por qué yo no. Desde pequeña. Alimentarme de sueños hechos imágenes que son falsos, pero que a su vez disfrazan el que realizaron todos aquellos actores. Actores o héroes, gente con suerte, valientes, constantes, afortunados. Qué más da. El caso es que esta sensación es maravillosa y por eso me alimento de que un día lo conseguiré yo. Crearla, llevarla a cabo, sentirla. ¿Ilusa? Puede que sí. ¿Sincera, temperamental, dramática y tremendista? También. Pero aunque sea poco a poco y dejándome la sangre voy a intentarlo... Por intentarlo que no quede, ¿no? Eso dicen. Seguro que eso dijeron, o decían, cuando sus padres los llevaban a cástings, o eran ellos, o simplemente tenían una cara perfecta para la imaginación del director. Por intentarlo que no quede. Y por poner toda la sencillez de la que sea capaz en la película más inquietante que pueda hacer nunca, también.


¿La mía? La mía.
Siempre es más agradable cuando tienes una determinación.

lunes, 27 de agosto de 2012

Una información que antaño me habría revuelto las entrañas y que ahora me provoca una sonrisa benigna al pensar en los estragos que pueden hacer las burbujas etílicas. Saber que besas otros labios y seguir en paz, serena y disfrutando de la noche.

Entonces es cuando sé que ya no me dueles.

sábado, 11 de agosto de 2012

Es como tener dos rosas de cristal en sendas manos. Una diáfana y de aspecto delicado y otra de cuerpo ahumado, creando un espejismo de rigidez e impasibilidad. No obstante, con apenas un movimiento de cualquiera de las dos manos ambas, frágiles como son, estallarían en mil pedazos contra las baldosas del suelo. Si, por el contrario, las dos manos se acercan e impactan las dos rosas saltarían y fragmentarían así sus cuerpos y los rayos de luz que se reflejaran en el cristal virgen. En la sujeción de ambas de manera simultánea se halla la clave. En no dejar caer ninguna de las dos ni enfrentarlas en un encontronazo letal. En, al fin y al cabo, el aguante sencillo e imperioso de mantener a ambas con vida.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Offret
Lo primero que se creó fue la palabra. Dime por qué, papá.
Frunce el ceño entre extrañada y aturdida. Twitter le ofrece lo de siempre: noticias prefabricadas, tweets banales y voces ahogadas en el mundo real que piden un poco de protagonismo en la Red a través de lo que intentan sea humor inteligente. Está cansada. Sigue todas las noches el mismo ritual: se sienta en la cama, abre el portátil a oscuras y decide informarse de la realidad que, cree, se ha perdido durante el día. Pero ya está cansada.

Está a más de 3000 kilómetros de su casa. Le duelen los pies porque el calzado los tortura a ampollas, y además tiene alguna magulladura de tropezones sin importancia que acabaron en una caída. Con los cascos puestos escucha su música de siempre sin pararse a pensar que lo que falla en la expresión es el de siempre. Ya no sabe qué vida es su vida de siempre. Ha estado en este territorio hostil tanto tiempo que a veces pierde una porción de orientación; esa porción que siempre da la rutina. Los ecos de los últimos disturbios le hacen relajar la expresión y se siente estúpida por sentarse a mirar Twitter mientras a las afueras del hotel donde se encuentra y donde han asentado a la prensa siguen torturando almas humanas. Está cansada.

Y por eso se fue. Porque cansada de la misma posición estática necesitaba moverse y ahora ya nunca para. Sin embargo, de vez en cuando sufre un colapso, una pequeña crisis vital que le aprieta las paredes de todo su cuerpo. Se siente extraña, errante, en tierra de nadie. Pero luego recuerda qué está haciendo en este país tan inquieto y recupera el norte. A pesar de que la mayoría de lo que ofrece a Madrid -lo que graba y locuta, las fotos que hace, las notas de prensa- no llega a su destino porque desde España piensan que no es necesario mostrar tanta brutalidad con los tiempos que corren a puerta cerrada, ella se deja la piel, y a veces nunca mejor dicho, en patearse las calles asustadas y con frecuentes escombros en busca de algo que se deba saber.

Así que ahora recarga la página web por última vez y cierra el portátil enfadada consigo misma. ¿Qué cojones está haciendo? Se dice a sí misma que no va a volver a abrir Twitter porque al lado del sonido de los disparos de fondo es más que una gilipollez. No obstante, en su fuero interno sonríe amargamente: sabe que lo hará, que no cumplirá su ya condenada al fracaso promesa. Tiene que hacerlo. Aunque sólo encuentre estupideces. Saber qué ocurre más allá. Pensar que piensa que sabe lo que ocurre más allá.

viernes, 3 de agosto de 2012

Si a veces precipito las pestañas hacia mis mejillas todavía veo restos de sangre en mis manos. No me he dado cuenta, y me he pasado los dedos por el pelo enredado cubriendo algunos mechones de esa masa carmesí y perturbadora. Dejo también esa marca sanguinolenta alrededor de mi cuello, como huellas de un asesinato que sin duda cometí aunque no esté muy clara todavía la autopsia de las víctimas. Porque hubo más de una, y  ambas siguen reviviendo el crimen cada vez que acuden impuntuales -como siempre- los recuerdos a la cita que ellos mismos fijan. Trayendo, como trae la marea a la orilla un objeto perdido días antes, los glóbulos rojos que cubrieron las pieles de nuestras almas cuando estuvieron a punto de rasgarse para siempre. Qué tontería, ¿verdad? Creíamos que nos íbamos a quedar sin alma. Que se iba a escapar nuestro espíritu por la boca y dejar sólo un recipiente caliente e insensible. Que íbamos a sacrificar todo lo demás por todo lo que nos estaba destrozando las entrañas en ese mismo momento. Qué tontería, ¿verdad? Creerlo. Aunque lo creyéramos de verdad.

domingo, 29 de julio de 2012

Estaba caminando por Grafton Street y sonaba esta canción en mi cabeza. Mi banda sonora de Dublín, y la banda sonora de todas las veces que me vuelva a ir.

http://www.youtube.com/watch?v=0UjFRBEy4dM

It's time for us to part
Although it breaks my heart

miércoles, 25 de julio de 2012

Estaba escribiéndole un mensaje en inglés a Aleksander, pero he parado para ir a desmaquillarme y me he quedado unos segundos mirándome al espejo. Estaba sonriendo levemente, con una de esas sonrisas que se llevan puestas horas y no surgen de repente como un chispazo. Y mis pies han vuelto al verano pasado y en ese momento sí que ha habido un destello.

En estos últimos meses he descubierto más de mí misma de lo que hubiera llegado a pensar nunca y, aunque el dolor forzó el mecanismo, ahora puedo mirarme en el espejo y sonreír. No me he dado cuenta de todo lo que he vivido hasta que me he topado con gente que buscaba resolver dudas que yo ya había sufrido y he visto en su estela torcida remembrazas de lo que yo fui un día.

Sé que mi pena ha salpicado a más de uno, pero lo he intentado hacer lo mejor que he podido. El resultado, no sé si bueno o malo, lo encuentro en unos envejecidos pero íntegros ojos castaños, las ojeras perpetuas, la comisura de los labios a punto y la piel brillando por nuevas experiencias, segura de querer probar otros oxígenos y otros vientos menos conocidos. Lo encuentro ahí. Justo en mi reflejo en el espejo.

lunes, 23 de julio de 2012


When I woke up this morning I have felt confused for a few seconds. In the darkness of my bedroom I was still thinking that I was sleeping in Shanowen Road. After I realized my error, something has turned inside me and now I feel restless, nostalgic, like in an eternal wait.

I could get obsessed with the idea of keeping these days fresh in my mind and not to let them go. But I don’t want that. What I want is to live with all these moments like one more stone on my way. Glad to have lived these days. To have had them. Because I’m not the same girl who arrived Ireland alone almost a month ago anymore. All of you have changed me. You and the hours in Dorset, in Temple Bar, in Gabriel’s house and, of course, the hours travelling around that green and grey island. Always magical.

martes, 17 de julio de 2012

Ya se me va cubriendo el alma con una fina película de nostalgia anticipada. Pero es normal. Suele ocurrir cuando tu vida cambia, y a mí todo este verde y gris que me asustó al principio me ha cambiado. También cosas tan banales como hablar por whatsapp en inglés esforzándome por hacerme entender o bailar salsa con un mexicano en un local insólito de Dublín llamado Pacino's. Lo mejor no son las pintas de cerveza, sino las fotos de Aleksander o la cocina de Gabriel llena de arte y de la generosidad de su dueño. Voy a echar de menos todo esto. La rutina lluviosa de Dublín, la moqueta donde dormí el sábado y la música resonando por Temple Bar. Las risas infinitas con Sergio y Claudia, la dulzura de Rosa, la risa de Adrián y las clases locas de inglés. La vida de aquí, otoñal y amable. Y las citas firmes y deliciosamente ineludibles en O'Connell Street.

Dublín, día 16.

miércoles, 11 de julio de 2012

Sólo con el apunte de rigor lo digo todo. Voy a echar de menos esto. Voy a echar de menos este estilo de vida y sobre todo a tanta gente dispar que simboliza lo que sé que seré algún día.

Dublín, día 10.

jueves, 5 de julio de 2012

- Ask Adrián about Korean food today.

Viéndolos a todos adultos, perdidos en un país extranjero, después de meses, buscando trabajo o algún modo de subsistir. Viéndolos felices, recibiendo sus besos cada día que nos vemos en la escuela a pesar de que ni siquiera llevo aquí una semana, su manera de compartir, su paciencia con mi inglés oxidado. Los veo lejos de Brasil, Méjico y Colombia, pero felices. Sonriendo, riendo, intercambiando expresiones y sabiendo que tienen el mundo si quieren en la palma de su mano. Observándolos en el piso de GG he pensado si no nos perdemos demasiado teniendo que estudiar, terminar de estudiar, encontrar un trabajo... Tanto tengo que. Los he envidiado y he sabido que en este mes voy a aprender mucho de ellos. Aunque me dé miedo, porque podría quedarme con el modo de vida que me están enseñando.


Dublín día 4.

domingo, 1 de julio de 2012

Los preparativos han sido como volver a los nervios previos a una excursión de la infancia. Luego los gritos en el avión mientras atravesábamos las turbulencias me han llevado a temores superiores y he pensado que adónde estaba yendo. Que qué estaba haciendo. Luego me ha explotado todo este verde y gris en los ojos y aunque las gotas de lluvia me han nublado el ánimo ha vuelto a ocurrir. Entre la hierba, y la lluvia suspendida en el aire, impasible, tentador, imposible de convencer -y menos ahora-: estabas tú.

Dublín día 1.

jueves, 28 de junio de 2012

A veces me gustaría que fueras mío, manchar todas tus sábanas y bajarnos al suelo en los días más calurosos de este verano tan Valle del Ebro. Amenazar las inestables paredes de la tienda de campaña mientras amanece y ya no llueve, consumiendo los últimos minutos del festival antes de que mi bus salga. Escondernos en el baño de un bar y taparnos la boca para no descojonarnos cuando alguien llama a la puerta y a nosotros nos falta ropa. Aguantar la delicadeza de un beso leve en la mejilla mientras los labios buscan sus equivalentes en el otro cuerpo y el frío se acumula justo en el centro que está creando este calor de madrugada invernal. Hacerte perder un autobús y ver cómo te marchas al día siguiente. Escrutar tus pecas mientras aún sigo borracha pero ya comienzo a preguntarme qué estoy haciendo en tu cama. Dormirme despreocupada porque sé que estás solo en casa y dejar que el único control del tiempo sean tus latidos. Sentirme celosa del agua que se va por el desagüe y se lleva nuestra esencia cuando nos duchamos juntos. Mirarte a los ojos mientras te grito y tú te ríes de mis lágrimas. No querer mirarte porque me dueles insoportablemente y decirte claramente Que te jodan cuando me pides que pare quieta para hablar contigo sin moverme. Pegarte a la desesperada porque me estás sacando de quicio y pareces saberlo y parece no importarte que quiera desgraciarte de un manotazo certero. Apartarme ligeramente de ti cuando sabes que la has cagado y me abrazas porque quieres redimirte. O no tener huevos a abrazarte cuando sé que la he cagado yo y limitarme a caminar en silencio a tu lado mientras la conversación que deberíamos estar manteniendo se libra en mi mente sin cortar el aire.

A veces me gustaría que fueras mío. Pero luego recuerdo que ya lo fuiste, que ya lo fuisteis todos, y que por eso sois míos, porque os recuerdo y me quedé con alguna de vuestras partículas. Que ahora son mías y afloran, en noches como esta, a través de la electricidad que se crea entre mis dedos y el teclado.

martes, 26 de junio de 2012

- Ah, por cierto, ya he visto La piel que habito.

Lo miro con expectación silenciosa. Para mí el cine tiene un antes y un después en su criterio, aunque él no se lo crea. Las excentricidades de Warhol, la figura a contraluz de John Wayne, mis cuentas pendientes con Woody Allen, Bergman, Wilder y Tony Soprano, el perfil bueno de Ingrid Bergman y la mirada impenetrable de Bogart, los últimos suspiros de Vito Corleone y el ceño fruncido de Hans Landa, la droga que decimos consumían Nam June Paik y Maya Deren, la osadía de Camonte y Henry Hill... Todo ello, y más, tiene que ver con él y con nuestras conversaciones.


Aguardo su respuesta con algo de temor. Como me diga que le gustó...


- Me pareció horrible-completa.
- ¡Menos mal! Joder, qué susto me has dado. Pensaba que me ibas a decir que te había gustado.


Rober sonríe algo incrédulo.


- ¿Pero en serio creías que me podía gustar eso?

jueves, 14 de junio de 2012

- ¿Sabes que un lobo escoge a una hembra en toda la manada y permanece a su lado de por vida, eligiéndola como la única madre para sus cachorros?

No contesta de primeras. Paladea el humo del cigarrillo con fingida tranquilidad, masticando la primera respuesta que le viene a la mente y escupiendo, finalmente, la burda tapadera que constituye la segunda.

- Eso te lo estás inventando.
- No, qué va. Creo que lo leí por ahí... En fin. Es igual. Al fin y al cabo nosotros sólo somos seres humanos. Nunca lobos.

jueves, 7 de junio de 2012

Cuando a los labios acude un Te echo de menos se mezcla la melancolía que esas palabras encierran con la dicha silenciosa de haber sentido algo que te lleve a ese punto vital. El de la añoranza.

Pero quien no echa de menos es imposible que se pueda sentir vivo. Echar de menos implica haber amado o estar haciéndolo aún a distancia. Un matiz positivo en esa frase a veces tan punzante y adversa. Pero no siempre se echa de menos lo que se ha tenido; es lícito también echar de menos lo que se tiene. Y yo la echo de menos a ella.

Porque su presencia balsámica fue la que me salvó en mis inicios madrileños. Ella será siempre mi primera y mi última llamada. Hemos llegado a un punto en el que nos llevamos en la sangre y aunque las horas y los días pasen sin saber nada la una de la otra siempre está el retorno, y siempre están sus brazos si busco refugio. Como siempre le digo, hay veces en las que yo la tengo que querer por las dos, pero espero que ella sea consciente de que eso también ocurre para conmigo.

Cuando llegué a un punto de confusión y tristeza tal que pude sentir que me hundía en el entumecimiento, ella fue mi constante. Siempre es mi constante. Siempre está, siempre estamos, y contamos con la presencia de la otra como una rutina ciega pero regia. Incapaz de ser superada por cualquier otra cosa.

Porque si eso pudiera ser superado... ¿qué quedaría de mí sino mis cenizas vacías? Tú me salvaste, con nuestras horas por Fuenlabrada, por Getafe, por Sol. Tú me has salvado casi siempre. Con tu presencia angelical; ese aura mágica que sólo he conocido en tu espíritu tembloroso pero fiero. Eres el ser humano más especial que he tenido la suerte de conocer. Y, además, para mi fortuna: tú eres mi constante.

viernes, 1 de junio de 2012

- Se acabó- le dijo.

Ya estaba bien del sexo nostálgico y de reabrir la herida cada vez que se volvían a juntar sus bocas. Se acabó, le susurró secamente mientras aún le acariciaba la espalda desnuda. Tengo que hacer limpieza, pensaba una y otra vez. Siempre que hacía limpieza en casa llenaba varias bolsas, de las gigantescas, y ni siquiera sentía que ahí se iba su vida. Simplemente veía desperdicios, cosas inútiles, y se preguntaba por qué había seguido guardando todos esos trastos carentes de sentido. Luego se sentía en parte aliviado por haberse desecho de todo eso, pero le jodía mucho tener esa tendencia a acumularlo todo. A ir amontonando recuerdos que hay que dejar pasar en su momento, no de golpe y porrazo. Sentía que su pasado estaba anquilosando su presente, por muy insulsos que fueran sus días.

Así que Se acabó, dijo. Hizo limpieza de nuevo y llenó varias bolsas. De ella, de su cuerpo, de todos los aromas de sus recovecos, de sus días y de ese puto sexo nostálgico que después del orgasmo no servía más que para sentirse como dos miserables, y desconocidos. Así que de todo eso llenó las bolsas. De eso y de su espalda, desnuda y sanguinolenta. 


(Inspirado en un relato de Carlos Castán)

martes, 29 de mayo de 2012

La vida puede componerse de muchos pedazos que quedan a nuestro alcance. No queremos creerlo cuando nos hallamos enfadados con nuestra condición y nuestras circunstancias, pero es así. Un banquete de momentos que podemos tomar o no según queramos o mantengamos los ojos abiertos. Tienta mucho la negación, la pereza, la carencia de esfuerzo.

No obstante muchas veces soy débil, y es tan sencillo añorar tiempos mejores... Tiempos de rutina amada, de palabras ajenas y propias, de poder compartirlo todo en esencia. Tiempos fáciles, porque mi vida era la mitad; la otra mitad se hallaba contigo.

jueves, 24 de mayo de 2012

Por fin toma -algo de- forma.

Y ahora, ¿qué?
Nos pasamos los días quejándonos de la misma vida, rutinaria, y luego cómo duele tener que llevar a cabo un cambio. Cuando formamos las aspiraciones en nuestra mente somos más valientes que nunca, pero de repente te ves haciendo las maletas y sientes un frío extraño en las venas. Un frío definitivo. Estás a punto de empezar lo que se supone quieres y aun así todo es un miedo gélido que se reviste de inexplicable tristeza. Duele marcharse.

Alguna que otra vez acuden a mi mente las tardes delante de la biblioteca retrasando el momento de despedirnos. Mientras yo estudiaba selectividad, eso que iba a ser ya lo último. Lo definitivo. Los rodeos en la conversación y en el alma, porque iba a marcharme y en lo más recóndito de nuestros fantasmas sabíamos que algo iba a cambiar. Pero nos sentíamos fuertes, y por ello cada vez que me preguntabas si íbamos a estar bien yo no dudaba un instante. Te había llegado a querer de un modo irracional, más fuerte que cualquier otro sentimiento. Por eso Sí, todo saldrá bien. ¿Qué te iba a decir si cada día habría afirmado con la más absoluta sinceridad que, como habíamos escuchado tantas veces en esa canción, sentía de verdad que iba a ser tuya para siempre?

A veces seríamos capaces de conformarnos con tal de no sufrir, de no enfrentarnos a ese dolor mudo que significa tener que marcharse. Ya quedan apenas las cenizas de mi segundo año y jamás me he preguntado qué habría pasado si me hubiera quedado en Zaragoza. Eso son vidas diferentes que nunca llegaré a vivir. What's done is done. Así que ahora soy lo que soy por haber echado tantísimo de menos y haber pasado tardes de pavor pensando en que de veras me había equivocado. Pero, para sufrimiento de mi madre, puedo sentir que nací con el espíritu inconformista, y por eso sé que voy a tener que enfrentarme al cambio muchas más veces. A marcharme. Al mutismo tembloroso de comenzar algo nuevo que, aunque prometa, no deja de recordarte toda la vida que has dejado atrás.

Pero se debe aprender a convivir con tus propias decisiones. Nadie te asegura que el cambio vaya a ser positivo, pero son riesgos que hay que correr si no quieres quedarte quejándote de la misma rutina para siempre. Yo no puedo afirmar que el cambio haya sido mejor o peor, ni siquiera sé si alguna vez lo sabré. No puedo engañarme; dolor hay siempre que debes dejar algo atrás, pero... Si sientes que tu vida debe moverse, negarlo sólo servirá para que sea demasiado tarde cuando quieras seguirle el ritmo.

jueves, 17 de mayo de 2012

Yo me sentaba en las primeras filas y él, repetidor de cursos, en las últimas, excepto en Química, que si apuraba mucho se sentaba en segunda. En clase yo no despegaba el culo del asiento y él en los recreos no podía separar sus dedos del canuto de turno. Así pasaban esos tediosos meses del bachiller hasta que, el mundo no es tan grande al fin y al cabo, nos percatamos de que vivíamos en la misma calle. En la misma. Apenas a unos números de distancia. Nos juntaron las noches de fiesta y me acuerdo de sus ojos la primera vez que me vio entre humo o burbujas. Decían, ¿esa eres tú? y yo me reía contestándole que aunque era una friki en clase la vida no sólo constaba del instituto.

Han pasado ya dos años y sigue siendo curioso cada vez que alguien llama al timbre sobre las cuatro de la tarde y ya toda mi familia sabe que eres tú. Bajo a la calle, nos sentamos en el banco de siempre y vemos la gente pasar mientras hablamos, o a veces ni eso, y renovamos las risas y las anécdotas. Yo en Madrid, tú trabajando, contándonos a quién vemos y qué está siendo de aquel otro, pero siempre ocupando el mismo banco, quejándonos de los cuarenta grados de verano o de los cero de invierno. Que si no me llamas, que si ahora soy una pija de la capi, que si deja de fumar de una vez. Hay decenas de personas a las que no hemos visto desde la última clase de bachillerato, pero sin embargo nosotros ahí seguimos. Esa extraña y agradecida mezcla. La chica de la primera fila y el bad guy, que no era tan bad guy después de todo. Con las noches de tequila como marca, y los ratos que poco a poco vamos acumulando.

Me gusta decirlo y es como mejor te defino. Algunas cosas nunca cambian. Aunque te he dado momentos malos y no tan malos, esa media hora cada ciertas semanas, que no importan cuántas sean, porque siempre volvemos al mismo banco justo antes de que yo te haya hecho esperar porque seguía en pijama. No cambia el timbre, y las mismas palabras de mi madre.

- Elena, ¿esperas a alguien?
- Será Pichi, mamá.

domingo, 13 de mayo de 2012

En estos meses agitados de aventurarme por bocas apenas conocidas, algo resalta entre todo lo demás. Un dato curioso que no sé si se podría catalogar de anécdota. Una interrogación. Por qué algunos labios pasan desapercibidos como un dato más, algo que podría haber ocurrido o no porque no tuvo especial trascendencia; y, sin embargo, otros besos permanecen, por algún motivo, encendidos. En algún rincón de la mente.

viernes, 11 de mayo de 2012

Ayer no sólo había nervios e ilusión sobre las tablas. También estaba ese sentimiento injusto que nosotros experimentamos hace dos años: era la última. La última actuación después de tantos años de ensayos y de tan poca gloria que a tanto sabe. Se me encogió el corazón cuando Rubén -esa persona que destacaba en este grupo de teatro, pues siempre hay alguien que lleva las riendas- dio un paso adelante, ya finalizada la obra, y mientras muchas compañeras lloraban sin poder evitarlo él lanzó una pregunta retórica sin luchar contra su voz, que también acabó quebrándose. Se preguntó que quién le iba a decir a él, a un adolescente disléxico que apenas podía leer textos en voz alta, que apuntarse a un grupo de teatro hacía cinco años le iba a dar la vida. O al menos parte de ella.

Y ahí está la magia.

El teatro nos ha visto crecer y por eso duele haber crecido demasiado. Tener que dejarlo porque cambias de espacio, de sitio, de rutina. Pero nunca de espíritu. En estos dos años no se ha apagado ni un ápice las ganas que tengo de hacer teatro justo adheridas a la piel. Es una de esas sensaciones a las que sólo se llega probándolo. Metiéndote en la vida de otro desde el mismo momento en el que estás obligado a dejar de ser tú.

A mí se me rompió el corazón ayer al verlos llorar como si fuera su último día en este universo paralelo. Pero siempre queda la pasión inagotable y en el horizonte las nuevas oportunidades. ¿Que tendrán otro sabor y a veces no es agradable acostumbrarse a él? Por supuesto. Pero eso no nos puede frenar.

No nos puede frenar porque somos gente que hemos sufrido y llorado como nadie por el hecho -banal, teóricamente- de no conseguir un personaje. Una voz, unos gestos. Muchos miércoles de ensayo se hacían eternos porque significaban fracaso y desorientación, dolor y rabia. Suena exagerado, pero hemos llegado a vivir verdaderas obsesiones y tristezas que se clavaban como astillas debajo de las uñas. Al menos Tal y Tal, de repente vio cómo pasaba de los primeros años en los que hacíamos teatro para divertirnos a los últimos, en los que el nivel de exigencia nos destrozaba en silencio porque si lo admitías estabas perdido. Pero luego llegaba el momento crítico, el gran momento en el que se iban por el desagüe ocho meses de trabajo en apenas dos horas, y recordábamos por qué estábamos ahí. Por qué habíamos sufrido tanto.

Por la sala llena, el sonido de los aplausos, la sonrisa encendida de pura euforia. El cuerpo destrozado pero el alma viva, vibrante. Por haber sido capaces de provocar sentimientos en ajenos, por, después de todo, no haber sido unos fracasados. Solamente unos sinnombre, desconocidos desde la primera palabra que sale de nuestras bocas y que tantas veces hemos leído en un guión. Eso, a mi juicio, no puede equipararse con ninguna otra experiencia que como humana haya conocido.

Y claro que siento nostalgia. Siempre. Normalmente apagada, pero otras veces golpeándome con fuerza. Pero como escribí hace dos años y le dije ayer a Etcétera, Etcétera...

Me quedo con esa euforia. Con los seis años que ha durado esto, que han sido tan geniales, tan intensos, me han hecho tan feliz... Que no puedo estar triste. Sólo eternamente agradecida.

sábado, 5 de mayo de 2012

Lo cantaba de manera brillante Liza Minnelli. Ocurrirá en algún momento.

Siempre Maybe this time.

viernes, 4 de mayo de 2012

¿Qué tiempo hace hoy?

Una pregunta tan desgastada como esa puede convertirse en la clave del asunto. El que haya dormido caliente entre mantas te contestará que un poco de frío sí hace, oye, y que vaya fastidio porque ya es hora de que haga calor, que estamos en primavera, hombre; el que haya pasado la noche en la calle entre cartones te dirá, no obstante, que no estuvo mal, que tampoco hace mal tiempo.

No aprendemos. Siempre tenemos que hablar cuando menos debemos. Afuera la economía se desmorona. Miles de estudiantes ven sus carreras peligrar porque nuestro gobierno se empeña en recortar en unas becas que para muchos es sinónimo de supervivencia. Para muchos, y para mí. Sinónimo de Madrid, de cine y de la vida que ahora tengo. Sin embargo siempre se van a quejar los que no conocen el verdadero significado de la palabra penuria. Todos aquellos que no saben lo que es el rechazo de decenas de currículums y morderse la lengua cada vez que alguien habla sin saber -qué desprestigio de verbo con el sin delante-. Todos aquellos que reducen sus preocupaciones a que sus padres un mes les ingresen setecientos euros en la cuenta en lugar de ochocientos. Todos aquellos a los que de vez en cuando les gusta dejarse comer por el síndrome de Oliver Twist y reírse, no sé si consciente o inconscientemente, de los que las circunstancias nos han hecho merecedores, de vez en cuando, del nombre que creó Dickens. Se ríen entonces de todos aquellos -los otros todos aquellos- que sentimos a nuestros padres dejarse la piel en un trabajo que les consume la vida y el ánimo y vemos cómo se nos cierran puertas y puertas en las narices que ansiamos como fuente de ingresos.

viernes, 27 de abril de 2012

Vivo en un país que se hunde. Hace tiempo que vamos en picado pero gusta más abstraerse celebrando el centenario del hundimiento del Titanic sin pararnos a pensar en que también nosotros vamos a la deriva. Tengo 20 años y estudio una doble carrera. Sin embargo, debo sentirme una chica con suerte si consigo trabajar a 4.5€ la hora promocionando productos en un supermercado. Y mi caso se repite como las vertebras de una generación a quien –dicen- le espera un futuro más negro que el que sus padres vivieron. Y, al igual que el Titanic fue en su tiempo el barco más lujoso y más grande, nosotros somos la generación mejor preparada de la Historia de España; pero eso no excluye que nos estemos sumergiendo en unas aguas desconocidas y oscuras.

Con los tiempos que corren, lo verdaderamente extraño no es el paro, la angustia vital o que seamos una generación preparada pero incapaz de demostrar nuestras capacidades en puestos de trabajo que no existen para nosotros. Lo más chocante es que también somos una generación dormida, acostumbrada a la comodidad de una educación accesible desde que somos niños pero incapaces de ver que esos de los que hablan en las noticias somos nosotros. Pensando que estamos a salvo en las aulas de las universidades, que actúan como nuestros botes salvavidas ante el paro juvenil y ese futuro laboral que vaticinan tan crudo y que va a ser el nuestro.

Me pregunto si los pasajeros del Titanic eran conscientes de que el barco se hundía cuando comenzaron los primeros atisbos de pánico o decidieron esperar a verse con el agua helada al cuello para creérselo. Los gritos de los que sabemos que nos estamos ahogando son acallados por los que prefieren seguir adormecidos en sus camarotes, pero eso no significa que estemos a bien poco de helarnos en medio del Atlántico. Y, cuando ocurra, nuestro capitán no se hundirá con nosotros, ni tampoco la mayor parte de la tripulación porque, en realidad, ellos nunca estuvieron a bordo.

jueves, 19 de abril de 2012

Parece que estaban en desventaja, pero no es así: tenían el mundo entero por descubrir. Su empeño en darle vida a imágenes en las que antes nadie había reparado les llevó a ser pioneros en construir poco a poco un arte que hoy conocemos gracias a ellos. Todos ellos se arriesgaron y fueron unos locos al pensar que podría funcionar... Pero todos consiguieron que su nombre permaneciera en la Historia, aunque el final de sus días lo pasaran deambulando por Montmartre, vendiendo golosinas, dejada atrás la gloria y casi sin que nadie reparara en el que había sido conocido, y sigue, como Mago de Montreuil. El mundo en que vivimos está limitado en la realidad que podemos palpar, pero el cine lo hace infinito.

Tú eres Caligari.

miércoles, 18 de abril de 2012

- ¿Cómo lo haces?

- ¿El qué?

- Verla y disimular. Se te nota demasiado.

- ¿Ah, sí?

- Claro. Sólo hay que ver cómo la miras... La ves hablando con otros chicos y tienes la sangre fría de no mostrar que tu respiración se acelera y tu mandíbula se aprieta. Pasa a tu lado y parece que hasta puedes sentir cómo te roza la onda que forma su pelo y tú, ahí, embobado, fingiendo que ni siquiera la conoces... Un día de estos se te va a notar y, ¿qué harás? ¿La vas a volver a mirar de reojo o te dará demasiada vergüenza? Si se entera se va a acabar este idilio que tanto te tiene que gustar. Puede acabar bien o mal, pero el caso es que finalizará esta rutina tan destructiva y deliciosa. Te has estudiado cada gesto, cada movimiento, cada paso que da a lo largo de un día tan normal para ella y tan diferente para ti... ¿Cómo eres capaz? Vaya fuerza de voluntad, ¿no?

- Bueno. Será que no me gusta tanto como a ti.

domingo, 15 de abril de 2012

Hace años me habría asustado y en ocasiones hasta te habría odiado en silencio. Por perturbar la paz cuya permanencia no es más que un espejismo. Pero ahora no. Ahora te imploro que si estás vencido acudas a nuestros brazos para que sequen tus lágrimas en las mangas de mi jersey. Que la fuerza que siempre impones desde que tuviste que ver a tu padre morir no es eterna, y que flaquee no es un pecado. Tienes la nuestra, la que nos diste en tu sangre y la que te da en cada segundo aquella a quien amas después de más de treinta años.

Claro que me asustan tus heridas, pero más me duelen. Las de dentro y las que entorpecen las arrugas en tu piel. Me duele la distancia y me duele dejaros solos a todos. Me duele pensar en los momentos en los que tiemblan los cimientos del hogar y yo no estoy allí para compartir las miradas y tranquilizarnos poco a poco en silencio, con la televisión encendida y nuestros pensamientos lejos. Eres la persona más fuerte que conozco. Un titán. Un sostén irremplazable. Por eso si tus monstruos te hacen temblar vamos a estar contigo para vencerlos. Porque somos parte de ti del mismo modo que tú lo eres de nosotros.

jueves, 12 de abril de 2012

No sé a qué se debe. Llego a Getafe y retomo los sueños agitados. La sensación por la mañana siempre es idéntica. No descanso, soy incapaz de presentar buen humor a corto plazo y me duele el alma por lo retorcido de mi subconsciente. No sé si será este colchón prestado o que hace muchos días que nadie me abraza por detrás por la noche. Pero arrastro la tristeza todo el día, y me muevo por la universidad de tal manera; taciturna, autómata, esclava de mi propia mente. Arrastro mi cansancio por todas partes, y posar los dedos helados en mis ojeras no ayuda, pues siguen ahí. No veo a nadie, pero porque estoy tan agotada que no me molesto en mirar a mi alrededor.

Ya hace más de un año pero en estas noches parece que no se agota tu sonrisa, que me refugian tus brazos como lo hacían siempre y que mi cabeza y mi altura encajan perfectamente en tu pecho. Sin embargo no son sueños agradables, y es lo que condiciona mi día desde que suena el despertador. Tu imagen no se agarra a mis pensamientos como algo que anhele, sino como un recuerdo que no consigo dejar atrás y es tan agotador.

Pero en Zaragoza descanso tranquila, mi sueño es reparador y no me visitan imágenes agitadas y desordenadas. Ahí, que te tengo a dos minutos, que pusimos nuestro nombre a demasiadas calles. Pero no, no estoy inquieta por verte porque hace meses que dejé de quererlo. Será que ya no te echo de menos, pero que sigo echando de menos todo lo que fuimos. Esa sensación única de querer a alguien y sentirte de alguna manera completo. Que mi subconsciente grita su soledad cuando le dejo, cuando no estoy ocupada y es él el que gobierna. Esa soledad también única, que sólo entienden los que antes no han estado solos. Y yo mientras sigo igual: bostezos, manos frías, cansancio, siestas de reflexión, ganas de volver a querer.

miércoles, 11 de abril de 2012

domingo, 8 de abril de 2012

Es una pena, porque esa noche me creí capaz de exprimir la vida entera contigo.

miércoles, 4 de abril de 2012

Las manos me tiemblan mientras limpio la sangre con cuidado de ese rostro. Mientras manejo con infinita angustia el algodón soy tan imbécil que me da por pensar en Mario Puzo y en esa familia que creó en la que uno, si hacía falta, era fuerte por los demás. El padrino. A pesar de la losa en mi estómago y mis ganas de precipitarme al suelo de la cocina contengo las lágrimas porque no es momento de llorar, de que me vean y nos veamos. Hay un halo de fortaleza en la cocina, hilado por uno de los silencios más sólidos que he experimentado jamás.

Me siento gilipollas en ese momento por pensar como siempre en algo ficticio. A veces estoy tan absorta en la ficción que me olvido de la realidad que se desarrolla ante mis ojos. Ingenua. Cualquier historia que cualquier creador ha erigido se reflejó primero en sus ojos, en vivo y en directo. Estos mazazos nos lo demuestran. Seremos ingenuos quejándonos constantemente de una vida rutinaria que nada tiene que ver con las historias de Hollywood... Está aquí y ahora. Ocurriendo. Tiñendo un día normal de sombras tenebrosas, de puro miedo, de sangre y de una reiteración dolorosa. Y no es una película. Es real. Totalmente real. Como todo lo que nos ocurre, a todos, en todos los momentos. No hay que irse a la ficción para buscar realidades.

martes, 3 de abril de 2012

Ellos no acechan. No podemos escapar ni refugiarnos, no sirve ignorarlos o simplemente no acercarte a ellos. Son un peligro constante y asimilado. Nuestros monstruos son nuestros, y como tales habitan en nuestro ánimo como cualquiera otra parte que nos conforma. A veces duermen y otras afilan las uñas contra las paredes de nuestro cuerpo, dejándonos sentir sus gritos hambrientos.

Los monstruos internos acosan siempre al ser humano. El más puro, el más malo, el más inocente... Todos tenemos, todos tenemos que luchar contra ellos tarde o temprano, en repetidas ocasiones y desarmados, apretándonos el pecho como medida de contención pero sabiendo que no servirá de nada. ¿Qué podemos hacer contra ellos? ¿Apaciguarlos, vencerlos -si es posible-, acallarlos, rendirnos hasta que decidan descansar? Aquí, la que escribe, no tiene ni idea. Me da miedo admitir que casi puedo afirmar que somos y seremos incapaces de vencerlos. No como algo negativo, sino porque son inherentes a nuestro espíritu. Como unos ojos castaños o una sonrisa de medio lado, un temperamento calmado o una lascivia apagada. Todo rasgos, características, partículas de alma -por llamarlo de algún modo-. Aspectos etéreos que nos hacen como somos.

¿Contribuirán a ellos nuestros monstruos? Así es. A nuestra fortaleza, integridad y aguante. A conocernos y arriesgarnos a hacerlo hasta límites que a veces no queremos cruzar. Pero, ¿si no los cruzamos nosotros con nosotros mismos quién iba a hacerlo? Valientes o no, habitan en nosotros y es algo que no podemos cambiar. Ni ignorar, a nuestro pesar. Cuando despiertan, despiertan... Y tarde o temprano tenemos que enfrentarlos.

domingo, 1 de abril de 2012

miércoles, 28 de marzo de 2012

Si algo puedo echar de menos al año que viene, aparte de la cercanía que deriva de vivir aquí -y la consiguiente crispación-, van a ser mis visitas furtivas a la terraza. Escaparme de noche y quedarme unos minutos inmóvil en la oscuridad. En la azotea no existen malas miradas, ni tampoco superioridades o inferioridades. Las baldosas desiertas son como un remanso de paz. Llamadme loca, pero acudir y sentarme en el suelo consigue calmarme. Tal vez es porque la mayor parte de los acontecimientos que marcaron mi año pasado sucedieron ahí. En la terraza fue donde Carlos y yo nos refugiábamos, donde compartí humo con otra boca y adonde acudí sangrante y sujetando el móvil con manos temblorosas porque acababa de destrozar la mitad de mi vida, teniendo que aceptar que dejar de amar podía ser perfectamente real.

Pero no sólo las noches clandestinas. También los ratos de sol y el sentimiento de completa inutilidad al dejar que los rayos del astro rey me coman poco a poco la piel. Las cervezas y las mantas azules soportando nuestros improvisados picnics. Tomarme un respiro y salirme a llenarme los pulmones, mientras en Getafe atardece hasta el punto de terminar ardiendo. Rendirle homenaje a la persona que se llevó parte del cielo que me cubría cada 17 de marzo.

Parece una tontada, pero por cosas como estas somos seres humanos. Supongo. Humanos, al fin y al cabo.

jueves, 22 de marzo de 2012

Los nervios de sentir al público al otro lado del telón son el preludio del alma dejada en el camerino. Salir desnuda para llenarme del personaje que tengo que interpretar justo en el segundo en que se me corta la respiración y tengo que decir la primera palabra. Y, ya con Boccaccio en los labios, hacer lo que marcaron el ensayo y los textos. Qué más da si toca gemir, llorar, reír a carcajadas, reírme del público, meterme en la cama con alguien o salir a bailar como nunca pensé. Ya no soy yo, desde el mismo segundo en el que se abre el telón. Vivo otras vidas e intento que la gente las viva conmigo. Qué más da, si no soy yo, si me he dejado la piel en el camerino para cubrirme de la esencia de un ser etéreo que se apodera de mí durante esos minutos. Qué más da, si no era yo... Y ahí estaba precisamente la gracia. La magia.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Le tiembla la mano. Jamás un simple teléfono le ha resultado tan amenazador como en este momento. Marca el número apuntado en una servilleta que debería haber tirado cuando todavía estaba a tiempo. Está perdido. Sus dedos se han convertido en hielo, pero aun así completa la frágil serie numérica que va a acabar con él. Está seguro que su aliento saldría en forma de vaho a pesar del calor que hace afuera. Así de congelado tiene el miedo aferrado a las paredes de su cuerpo. Un tono. Dos. Ya no hay vuelta atrás. Tenía que ocurrir. Tres. Un ligero golpe sordo. Su esperanza de que la llamada quedara en el olvido de una habitación vacía se ha esfumado.

- ¿Sí?

Le toca hablar. Vamos. Ahora. Contesta.

- No me has llamado... -. Silencio. Voz firme, mantén la voz firme.- Dijiste que lo harías.
- Bueno... -. Le llega su voz. Femenina, lasciva, lacerante. Peligrosa e irresistible. Adivina una sonrisa al otro lado de la línea.- Así es más divertido. ¿No?

domingo, 18 de marzo de 2012

A veces ocurre. Sabían que iba a ser una gran noche. A veces el componente que hace destacable la madrugada es este, el cosquilleo en los nudillos y las miradas de rabia. Se reúnen y van a buscar a los otros; es sencillo y puede ocurrir cualquier fin de semana. Podían considerarlo una rutina, una rutina que realmente los divertía. A algunos, porque otros simplemente se dejan llevar.

La calle está desierta y sólo se escuchan las ganas que retienen en cada respiración. Apenas hay espacio entre los dos grupos de gente, todos atentos, esperando la señal. Algunos aprietan los puños y otros acarician lo que han podido pillar, lo que esconden cuando la policía acecha y se reconfortan con el tacto metálico antes de lanzarlo contra un estómago o una mandíbula. No sienten frío, sólo la espera. Todos aguardan a la sombra del vaticinio de lo que será otra pelea callejera para el periódico, otra lucha de ideas para ellos. La sangre y los golpes son sólo el medio para demostrar que el otro está equivocado.

Ya casi está. Los tobillos se balancean, inquietos, y otros tararean canciones en sus cabezas porque están muertos de miedo pero no se les puede notar. Si quieren seguir, tienen que estar ahí, pase lo que pase. El punto de tensión se hace atractivo y cuando parece que todo va a comenzar se corre la voz. No lo van a hacer.

- ¿Qué coño pasa?
- Que nos largamos. Venga.
- Pero, ¿tú estás gilipollas? ¿Cómo nos vamos a ir? Vamos a quedar como unos mierdas.

El que protesta, lleno de furia, se fija en el otro grupo y se percata de que también hay movimiento en él. La misma confusión, la misma rotura de rutina. No lo entiende, pero lo ha dicho él. Él, cuyas palabras acatan, el que los guía, el que los había traído esta noche para llenarse de adrenalina y de gloria. ¿Todo para marcharse?

- Vámonos.
- ¡No podemos irnos ahora, joder! -. Otras voces se unen a la protesta.
- No me toquéis los huevos. Nos vamos y punto. No me cabreéis.

Su voz corta, hiela las venas del resto mostrándoles que no son tan valientes. El otro grupo se está alejando, y se puede ver que hay agitación, que unos quieren marcharse y otros no. Que están exactamente igual.

- A tomar por culo. Haz lo que te dé la puta gana, pero a mí no me llames para luego pirarnos así. A ver qué nos cuentas luego con tu labia de mierda.
- Eh. Vale ya-. Otro lo corta, temeroso. Pero el caso es que él está en silencio. Atiende a las palabras de reproche de su compañero pero no replica. Sabe que tiene razón, y por dentro está ardiendo de furia e indecisión. Pero no podía continuar. Así que da media vuelta y comienza a caminar distraidamente, sin importarle si le siguen o no. Saben que, aunque se queden en mitad de la calle, no va a pasar nada.

***

Está amaneciendo y ella le da vueltas a un café en un bar de mala muerte que está ya abierto para acoger a esos restos nocturnos que siguen vagando ya pasada la hora habitual. Parece que la madrugada queda muy lejos pero en realidad sólo han pasado unas horas. Todavía sigue maldiciendo; ha quedado como una cagada, y no ha tenido huevos de abrir la boca para explicar por qué. Nada. Silencio. El silencio más cobarde a los ojos de los suyos.

Él corta sus pensamientos entrando al bar. Los pocos que ocupan los taburetes de la barra se le quedan mirando y cuando se sienta en la mesa, enfrente de ella, analizan a ambos con una mueca entre asqueada y temerosa. Los ojos de los mirones se detienen en sus botas abultadas, adivinando el acero que se esconde en las puntas.

- Bonito peinado.

Ella no sabe cómo tomárselo. Lo mira desconfiada, no sabe qué más debería hacer. Se pasa la mano por la nuca rapada hasta llegar al flequillo recto y las patillas que le caen a cada lado del rostro. Será gilipollas: ya se está metiendo con ella.

- No creo que a ti deba gustarte mucho.
- Bueno, no te queda mal.

Se quedan en silencio mientras la cucharilla sigue moviéndose dentro de la taza de café. Por sus ojos pasan cientos de recuerdos de años atrás, en cuyas imágenes siempre salen ellos dos. Ellos dos. Juntos. Irónicamente juntos.

- Mírate, eres idiota. Te tenía que ver hoy. Mira que eres tonto-. Siempre que estaba nerviosa lo insultaba, y se siente desprotegida optando por el mismo mecanismo tantos años atrás. Como si no hubiera pasado el tiempo. ¿Pero cómo no iba a pasar? Sólo había que verlos.
- A ti y a tu grupo no os había visto nunca, y nosotros nos movemos bastante por ahí. Así que relájate. No ha pasado nada, ¿no?
- No, pero vamos...
- No hemos podido. Eso es todo, vamos a ser francos.

La mente de ella va a explotar. Él no ha cambiado. Sigue hablando tranquilo, escogiendo las palabras adecuadas, con ese halo de infinita madurez y entrecerrando ligeramente los ojos.

- Tantos años sin saber de ti y cuando te veo... Joder.
- Joder, ¿qué?
- Que te has convertido en un nazi de mierda. ¿Pero cómo es posible?
- Ha pasado mucho tiempo. Mi historia no diferirá mucho de la tuya-. La mira de arriba a abajo.

Se quedan en silencio y ella se bebe el café de un trago. Deja la taza con violencia y lo mira a los ojos. Está furiosa.

- En fin. Se supone que tenemos que odiarnos.
- Lo sé. ¿Vamos a poder?
- Sólo podremos saberlo la próxima vez que nos veamos.

Y se va. Dejándolo sentado en el bar y sintiendo cómo comienza a difuminarse la pintura en sus ojos. Se va con pasos rápidos porque sabe que si se detiene se arrepentirá. Sale a la calle recién despierta y mientras piensa en esos ojos entrecerrados espera, e implora, no volver a verlos en muchos otros años. A veces ocurre: el pasado vuelve y te pilla desarmado, llenándote de golpes.

jueves, 15 de marzo de 2012

La literatura debe ser un arte libre. Y, de hecho, lo es. Pero este hecho no engloba sólo la subjetividad y las palabras que escoges, sino también la justicia que aplicas a la realidad. Escribir es, de alguna manera, perpetuar un acontecimiento, un pensamiento, una metáfora. Hacer sólido lo etéreo. Alguien dijo que la inmortalidad sólo se consigue escribiendo y siendo leído todavía después de muerto -lo mismo que, creo yo, ocurre con el cine-. Si lo consigues serás eterno.
Es manejar la realidad. Someterla al criterio propio y eso está bien, pero... Al escribir sobre otras personas, ¿les haces justicia o sólo estás homenajeándote a ti mismo y a la imagen que tienes de ellas? La sinceridad puede ser la llave de muchas cosas, pero no estás obligado a seguirla.

Que escriban sobre ti es bonito hasta que no te gusta el tono, y las palabras hieren justo debajo de las uñas. ¿Por estar escrito tiene que ser cierto? Piensas: yo no soy así. Pienso, no es tan fácil como escribes, ojalá lo hubiera sido. Despertarme un día y saber que ya no te quería. Reducirlo todo a una decisión y no a más de diez meses de angustia y tristeza pesada que despertó todas las alarmas. De un verano que dolía y una vida que de repente era mía pero que no quería porque se me había marchado la mitad y yo no era capaz de llenarla. Si había sido hasta entonces dos personas, ¿cómo podía volver a ser una?

Ojalá hubiera sido tan fácil como escribes. Y ojalá encuentres a alguien que te lea como te he leído yo, que aquí sigo, meses después, leyendo en silencio a pesar de que hoy tus palabras más oscuras llevan mi nombre. En realidad, me fui hace tiempo. Mi desintegración se produjo durante todos y cada uno de los días que conformaron las semanas en las que no me quedó otra que aceptar que ya no te amaba como antes. Y había sido tan fácil hacerlo que la incomprensión era mayor si me paraba en la injusticia de perder el único sentimiento puro y propio que he creado en toda mi existencia. Mi desintegración continuó en los meses de herirnos, mentirnos, huir de ti, no encontrarme a mí misma, los No gastados en mis labios y mis manos temblando del frío de no querer tenerte. De no querer, aun teniéndote.

lunes, 12 de marzo de 2012

Cuando salgo a correr parece que nos veo y mira que me jode. Al pasar por el campo de hierba que está al lado del parque y en el que hay gente entrenando cada tarde. Nos veo muertas de frío en enero y de calor en mayo, con pantalón corto y polo sin mangas y las espinilleras sin abrochar porque éramos unas vagas en el calentamiento.

Mientras corro y la música suena en mis oídos repaso los movimientos, los tipos de pase, las jugadas en mi cabeza, y también me acuerdo de todo. De la rivalidad del principio entre nosotras y de cuando no nos quedó otra que juntarnos para formar un equipo más grande. Del descrédito de ser el único equipo femenino de la liga y de la falta de compenetración que acababa matándonos en cada partido. De los entrenamientos desiertos y los cabreos en el campo porque la que no estaba ahí para correr se podía volver a su casa.

Pero también recuerdo las risas y los pases que comenzaban a formar jugadas entre nosotras. De Astrid, una de las porteras más codiciadas, y el golpe que le daba en el casco al principio de cada partido como ritual. Me acuerdo de los nervios en los segundos anteriores a que el silbato sonara y de la adrenalina de perseguir la pelota. De la incertidumbre de cada penalti-corner que teníamos que defender y ya no digo nada de cuando me tocaba sacar uno. También me viene a la mente la satisfacción de ver que cambiaban de banda al delantero que yo no estaba dejando llegar a portería y cortar al contrario con el palo pegado al suelo, agachada, sin cesar el acoso. Mantenerte pegada al rival, meter el cuerpo, aguantar codazos y soltar improperios cuando la bola te daba en el pie, te destrozaba y encima era falta tuya.

Simplemente la rutina de acudir al campo cada domingo temprano a pesar de los posibles estragos del día anterior. El orgullo de cortar una bola y de hacer un látigo de revés perfecto. El cansancio y la ausencia de cambios en el banquillo, pero daba igual porque había que continuar sí o sí. Mis pensamientos casi siempre acaban en el último partido, en el chaval con más cuerpo y más fuerza de la liga, a un metro de mí, golpeando la bola con instintos asesinos y el sonido sordo en mi cabeza. Verme en el suelo, la sangre y mi empecinamiento en que tenía que seguir jugando. Andrés, mi entrenador, mareándose cuando me pusieron las grapas y las risas, las risas siempre hablando con él, contándome sus excesos, su fin de semana y en fin...

Tantos ridículos momentos que se echan de menos. Lo más banal, lo más puramente cotidiano. La suerte de practicar un deporte que te gusta, y el desafortunado sentimiento de echarlo de menos. Sobre todo cuando salgo a correr, eterno aburrimiento, y no puedo dejar de pensar que yo lo que quiero es sentir la madera cascada entre las manos y perseguir la bola. Solamente eso.

martes, 6 de marzo de 2012

Un lunes de casi hace un año, cuando decidí volverme a Zaragoza porque acababa de romper con la mitad de mi existencia, llamé a su puerta. Me abrió y le dije que me daban igual las clases, las notas, las prácticas, Madrid y en general mi vida... Que me iba. Ella tomó entre sus manos mi voz temblorosa y me sentó en su cama. Sin más, me dejó hablar. Y su experiencia reciente se reflejó en el cristal de sus ojos, titilante mientas yo le hablaba de cómo me sentía una segadora de vidas despiadada.

Más tarde, mientras casi me metía en vena una tila, yo oía su voz. En el comedor de la residencia iba y venía gente, pero yo no atendía a nada. Tampoco la escuchaba, pero sí recuerdo el timbre de su voz. En guardia, sujetándome, sin flaquear, simplemente llenando mis oídos de una esperanza que yo creía perdida para siempre.

Y hoy aquí estamos. Celebrando sus veinte años a las seis de la tarde a golpe de chupito de ron, igual que celebramos los míos en plena madrugada de exámenes, esta vez con whisky. Hablando de todo y sobre todo escuchándonos, tomándonos con calma, conviviendo de una manera tan sencilla que parece irreal. No faltan las risas y las situaciones a las que nos sometemos y que nadie en esta residencia sospecharía nunca. No falto yo sentada en su cama nada más levantarme si la noche anterior me ha pasado algo, la bromas sobre el cine y la música, los paseos por Madrid y las cañas renegando de Mahou siempre que podemos.

Hoy es su día. Pero el mío es siempre por la suerte de habernos encontrado. Felices veinte, Blanche.

lunes, 5 de marzo de 2012

En la guerra no puede ganar nadie. Nadie que la haya vivido en primera persona. Porque al final son todo pieles atravesadas por balas y sangre que se mezcla en la tierra sin importar a quién pertenecía, y mucho menos en qué creía. Por qué luchaba. Las vidas se quedan en el campo de batalla y, ¿cómo pueden ganar así? Dejándose trozos de sí mismos allá donde queda un cuerpo destrozado. La guerra sólo la ganan los que no la han vivido y no alcanzan a comprender la magnitud del peligro. De la muerte tan cercana que se convierte en algo cotidiano.

***

En 2007, un pelotón de soldados estadounidenses fue mandado a uno de los lugares más peligrosos de Afganistán, Korengal Valley. Se iniciaba así un despliegue que duraría quince meses y en el que los soldados consiguieron asentar una base que llamaron Restrepo, en honor a un compañero caído durante los primeros meses, Juan "Doc" Restrepo. Korengal Valley se presentó efectivamente como una de las zonas más peligrosas, un valle entre colinas desde las cuales podía abrir fuego el enemigo constantemente. Cuando los supervivientes volvieron a sus casas, en agosto de 2008, las autoridades estadounidenses se encontraron con que no sabían cómo tratar con ellos. Los soldados que volvían de Korengal Valley, de Restrepo, mostraban desórdenes emocionales equiparables a los que presentaron los soldados que volvieron de la Segunda Guerra Mundial y de Vietnam.

Desde que el Pentágono lo propusiera, el periodismo de guerra que antaño había sido libre comenzó a convertirse en lo que se denominó periodismo empotrado (embedded journalism). Los periodistas debían, desde entonces, ejercer su trabajo junto a un ejército implicado en el conflicto a cubrir. Así, los profesionales de la comunicación ganaban protección; así, también, el gobierno se ahorraba los desafíos y problemas que las mentes ávidas de verdad de los periodistas causaban habitualmente.

Sebastian Junger, periodista que casi obligó a Vanity Fair a que lo enviaran a Korengal Valley, y Tim Hetherington, aclamado reportero de guerra, fueron empotrados con el pelotón que levantó Restrepo. De los quince meses de convivencia con los soldados estadounidense sacaron Restrepo (2010), un documental sobre la vida en Korengal Valley. El documental es un retrato sobre los días en Restrepo, pero sobre todo pone al descubierto los riesgos del periodismo empotrado y el valor que es intercambiado sólo por enseñar, mostrar, hacer que se conozca la verdad de manera fiel.

Tres años después de Restrepo, Tim Hetherington fue asesinado en Libia por fuerzas leales a Gadafi. Al parecer, en los últimos años los periodistas, empotrados y emparentados por tanto con un ejército y sus intenciones, se han convertido en uno de los objetivos de ataques por parte de, por decirlo así, el enemigo. Es uno de los riesgos de mayor magnitud que ha derivado del periodismo empotrado. A diario se juegan la vida periodistas y fotógrafos cuya pasión es esa, exponerse si es necesario a cualquier peligro con tal de informar o mostrar lo que consideran que debe ser sabido. Gente valiente que puede arriesgar un brazo por un plano que ha tardado dos horas en conseguir y que en pantalla se consumirá en dos segundos. Gente que ve a compañeros morir, como Sebastian Junger, y que aun así no flaquea. Y sigue pensando que merece la pena.

Hay cosas que estudiemos lo que estudiemos y asistamos a las clases que asistamos... No nos puede enseñar un manual.